Capítulo 4.: Yōkais

A la mañana siguiente la joven despertó temprano, con los primeros rayos de sol. Estaba tan a gusto y tan calentita que no quería moverse. Sentía el plácido palpitar de un corazón justo al lado de su mejilla. Cerró los ojos respirando el aroma que la rodeaba, amaba el olor de Inuyasha, una mezcla entre bosque y tierra mojada, que la hacía sentirse en casa. Deslizó su mano sobre el pecho del Hanyô con suavidad, no quería despertarle, él más que nadie había gastado sus energías el día anterior y prefería que él durmiese un poquito más. Trato de no moverse demasiado para evitar interrumpir su placentero sueño pero no más lejos de la realidad, Inuyasha llevaba despierto un rato cuando la sintió respirar más controladamente. Él estaba velando su sueño disfrutando de su cálido abrazo.

"– Buenos días,… Kagome." –arrulló contra su cabeza. Ella se alzó sobre él, admirando el oro de sus ojos mirarla con ternura.

"– No quería despertarte, Inuyasha –dijo levemente avergonzada– ¿has descansado?". Él la obsequió con su típica sonrisa arrogante, ella ya sabía qué vendría ahora.

"– ¡Keh! Por supuesto, puedo dormir en cualquier sitio –contestó orgulloso– no soy un débil humano que necesite un cómodo futón para descansar." Ella lo miró con resignación, negando con su cabeza. Inuyasha no cambiaría en estas cosas, pero ella lo quería así. Él la tomó por el mentón y la hizo mirarle. "– ¿Tú estás bien?" –dijo él mirándola fijamente a su hermosos orbes color chocolate. Ella simplemente asintió sonriéndole, acercándose a robarle un rápido beso mientras se incorporaba quitando su peso del pecho del Hanyô. Ambos se levantaron y acomodaron su ropa. Prepararon algo rápido para desayunar y se dispusieron a proseguir su viaje.

No hablaron apenas durante la mañana, iban a todo lo que le daban a Inuyasha sus piernas para llegar cuanto antes al cráter donde el herrero Totosai vivía. Esperaban encontrar con él al cobarde de Myoga.

A medio día Inuyasha aminoró su ritmo volviéndose un calmado paseo, ya percibía él olor del Yōkai, estaban cerca. Cuando llegaron esperaban encontrarle trabajando en algún arma pero se sorprendieron al verlo a la entrada de su herrería fumando tranquilamente, como si les estuviese esperando.

"– Ya pensé que no llegarían hoy." –habló cansado el demonio mientras los observaba acercarse. Ellos le miraron extrañados.

"– ¿Acaso sabías que vendríamos?" –preguntó un extrañado Hanyô. Totosai los miró y asintió categóricamente, lo que dejó pasmados a Kagome e Inuyasha que ya se aproximaban al viejo.

"– Aun sabiendo de su viaje y su visita, me temo que no voy a serles de mucha ayuda." –comentó apesadumbrado encogiendo su postura. Los rostros de Kagome e Inuyasha se quedaron estáticos mirando al demonio. Él ya sabía del motivo de su viaje, de su visita y que no podría ayudarles. Entonces Kagome habló conteniendo un poco de tristeza. Al acercarse al taller de Totosai una peregrina idea había cruzado su mente, y no perdía nada por consultarlo con el hábil demonio.

"– Totosai, había pensado si… –comenzó a decir dudando–… ¿no habrá ninguna manera de crear un arma que forme parte de mi tiempo y este?". Yōkai y Hanyô la miraron con admiración y sorpresa, a pocos se les habría ocurrido semejante idea pero esa jovencita humana era especial, en comportamiento e ideas. En el tiempo que duró su viaje por Sengoku nunca había dejado de pensar que esa muchacha lo era, ella había aceptado sin condiciones ni dudas vivir en un mundo rodeada de demonios, magia y poderes misteriosos, viniendo de otro en que tales seres y elementos no existían. Sin duda ella estaba hecha para aceptarlo así, para no dudar, ella estaba destinada a formar parte de esa parte de la historia, aunque procediese de mucho tiempo después.

"– Yo también lo pensé largamente –dijo el Yōkai– pero me temo que no, por varias razones; no existe la magia en tu mundo y sólo puedo forjar elementos que tengan poder propio, sea sagrado o demoníaco y por otro lado, nada de tu tiempo resistiría el poder contenido de un objeto de este." Ambos se miraron con desolación en sus miradas, 'era poco probable pero tenía que preguntar' pensó Kagome, apretando sus puños con fuerza.

"– Lamento no poder se ninguna ayuda en esta situación –dijo el viejo demonio– aun con el tiempo que llevo en este mundo, no sería capaz de crear un arma con semejantes características. ¡Lo lamento, chicos!". Totosai los miró unos instantes y tras ponerse en pie, entró en su taller y siguió templando el metal del arma que había dejado aplazado al saber que su inesperada visita se aproximaba.

Inuyasha y Kagome suspiraron con pesar y se miraron con tristeza. De pronto, Inuyasha se dio con la palma de su mano en el cuello y al separarla pudieron ver como la anciana pulga Myoga más plana que una hoja descendía hasta el suelo.

"– De verdad, amo Inuyasha, un día acabará conmigo –dijo la pulga– con lo deliciosa que es su sangre como descendiente de Inu No Taisho." La pulga saltó a la pierna flexionada de Kagome. "– Pero no importa, siempre me quedará Kagome-sama, su sangre también es deliciosa." Concluyó la pulga.

"– Ni se te pase por la cabeza, Myoga." –amenazó Inuyasha alzando su puño, ante lo cual la pulga retrocedió espantada. Kagome levantó su mano hacia el Hanyô para calmarlo y con tranquilidad se dirigió a Myoga.

"– Anciano Myoga, ¿usted ha vivido por más tiempo que Totosai? –preguntó Kagome con delicadeza. La vieja pulga la miró con cierto reparo.

"– Así es, ¿cómo es que pregunta eso, Kagome-sama?" –objetó receloso el viejo. Entonces Kagome le explicó al viejo Myoga lo sucedido tras acabar con la amenaza de Naraku, cuando tuvo su encuentro con Midoriko. Ambos ancianos demonios escucharon en silencio el relato de Kagome, al igual que Inuyasha que permanecía callado al lado de la sacerdotisa.

"– Ya veo, Kagome-sama, –opinó la pulga– comprendo porque han acudido a nosotros para pedir ayuda. Son muchos los siglos que llevamos sobre la tierra y es normal pensar que podemos ser de ayuda."

"– ¡Oe! Viejo, deja de irte por las ramas –gruño Inuyasha– ¿puedes o no puedes ayudarnos?" –gritó el Hanyô enojado. El viejo Myoga miró con severidad al Hanyô y a Kagome por unos instantes. Los veía esperanzados, anhelando que él les pudiese facilitar la información que les permitiese lograr su cometido.

"– Me temo que no, amo Inuyasha –musitó apenada la pulga– pero me consta que aunque yo no pueda serles de ayuda, es posible que vuestro hermano como Señor del Oeste tenga a su disposición más medios a su alcance."

"– ¡Keh! Otra vez con eso, no quiero tener que relacionarme con él, jamás nos ayudaría." –espetó Inuyasha. De sobra sabía que su hermano no desaprovecharía ninguna oportunidad para conseguir humillarlo o entablar un combate. Ya había sido bueno que él hubiese obtenido a Bakusaiga, su propia arma nacida de él, del cambio en su corazón. Pero tampoco quería tentar a la suerte. Sesshomaru seguía sintiendo que él era un error de la naturaleza.

"– Puede que vuestro hermano no quiera colaborar con usted, amo Inuyasha, pero un cosa es segura… –murmuró Myoga– es más probable que él acceda por lo que siente por la sacerdotisa." Tras estas palabras, todos los presentes se sorprendieron.

"– ¿Quéee?" –gritaron Inuyasha y Kagome mirando a un satisfecho Myoga. Él los miró con resignación tras unos instantes, habían malinterpretado sus palabras, pero no era para menos.

"– Me refiero a que Sesshomaru-sama os respeta, Kagome-sama –comentó Myoga– él reconoce vuestro poder y valía, aun siendo humana. Sabe de vuestros sentimientos por su medio hermano, de todo lo que habéis dejado a un lado por salvar este tiempo, lo que habéis sufrido y soportado, y eso ha sido merecedor de su reconocimiento. Claro está que él jamás lo admitiría públicamente pero sois la única humana que ha conseguido despertar tal admiración en ese Yōkais."

La pareja se miró con sorpresa. ¿Sería eso verdad? Era una posibilidad, ciertamente, pues hacía tiempo que Sesshomaru no intentaba matarles… Sabiendo esto, podrían intentar solicitar su ayuda, sin ver peligrar sus vidas tanto.

"– Sesshomaru-sama, como Señor del Oeste tiene medios de los que el resto de Yōkais carecemos." –continuó el anciano– Si alguien tiene posibilidades de estar en posesión de la información que necesitáis, ese es él."

Pasaron unas horas más hasta que decidieron reanudar su viaje. Tendrían que viajar durante dos días hasta llegar a los dominios de Sesshomaru y finalmente medio día más hasta su palacio. El camino, por fortuna, estuvo desprovisto de incidentes de gravedad, no tuvieron que enfrentarse con casi ningún demonio y otros con los que tropezaron fueron tan pacíficos que no cabían en su asombro. Pensaron que con la desaparición de Naraku, la maléfica influencia que este ser y sus secuaces tenían en el mundo de los Yōkais se había disipado pues demonios que antaño les habrían atacado sin miramientos, les trataban distantes pero no les atacaban sin provocación.

Por fortuna, muchos de ellos los orientaron y guiaron en la dirección correcta. Habían tenido a su favor la climatología y debido a sus escasos encuentros con demonios habían avanzado mucho terreno. Veía a Inuyasha mucho más acelerado y casi nervioso mientras avanzaba por el bosque. Kagome no dejaba de pensar si realmente Sesshomaru estaría dispuesto y sería capaz de ayudarles. A ella no le importaba postrarse a los pies de Sesshomaru si llegaba el caso de tener que hacerlo para pedir su ayuda, pero conociendo al Yōkai… y a su hermano… era más que probable que su decisión dependiese más del comportamiento de Inuyasha que del de ella. Suspiró solo de pensar que sus esperanzas se centraban en la educación de Inuyasha para con su hermano. Ya podía verse de nuevo con total certeza en su mundo…

Mientras la tarde iba cayendo, Kagome cayó en la cuenta, esa noche era luna nueva. Miró a Inuyasha con preocupación, se estaba esforzando mucho y el día que precedía a la noche tenebrosa él siempre se encontraba más débil.

"– Inuyasha, debemos parar –sugirió ella– te estas esforzando demasiado." No obtuvo más respuesta que un leve gruñido por parte del Hanyô que apresuraba su paso un poco más.

"– Hay una aldea cerca, te dejaré allí para que pases la noche a salvo." –dijo serio Inuyasha. En ese momento, Kagome se irguió sobre la espalda de él. Jamás durante las lunas nuevas ella se había separado de él, ¿Por qué ahora sí?

"– ¿Por qué, Inuyasha? – preguntó ella– nunca nos hemos separado en tus noches de luna nueva, ¿Por qué ahora debería?" –Él no le respondió, sabía que no le podía decir que sería incapaz de protegerla de otros Yōkais sin arriesgarse y protegerla de él mismo por los deseos que bullían en su interior. Deseos de tocarla, de abrazarla, de besarla hasta la extenuación. Era más seguro para ella. Él ya se las apañaría para no ser atacado. Además estaba el problema que siempre tenían; una mujer humana y un medio demonio solos… eso pondría en duda la honorabilidad de Kagome y mancharía la reputación de la sacerdotisa. Cuando iban en grupo con Miroku, Sango y Shippo no era un problema, era más seguro siendo más humanos que Yōkais. Pero un Hanyô y una sacerdotisa… no, le apedrearían como el medio demonio que era.

"– Inuyasha… –dijo ella con ternura–… si eres humano, podrás quedarte conmigo en la aldea y estarás también a salvo ¿no lo has pensado?" – Inuyasha se quedó atónito, y poco a poco el ritmo de su carrera fue reduciéndose hasta convertirse en un paso tranquilo. La bajó de su espalda sin girarse a mirarla, pero ella pudo ver de soslayo que tenía sus mejillas levemente coloreadas. "– ¿No quieres… quedarte conmigo?" –musitó aproximándose y poniendo su mano en la mejilla de Inuyasha para que la mirase. Sus ojos suplicantes se cruzaron con el ámbar cálido de los ojos de él, en ellos pudo leer claramente que no, que él deseaba estar con ella tanto como ella lo anhelaba.

"– Kagome… no sé qué tan seguro sería." –murmuró volviendo a apartar su mirada de la de ella. Kagome le obsequió con una gran sonrisa mientras deslizaba sus dedos por la mejilla de Inuyasha, que la volvió a mirar.

"– Yo confío en ti. ¡Anda! Vamos." – dijo mientras sujetaba su mano tirando de él. Justo cuando ya vislumbraban los tejados de la aldea, el sol terminó de ocultarse y el cuerpo de Inuyasha pulsó, comenzando el cambio en su cuerpo; desaparecieron sus caninas orejas siendo sustituidas por unas humanas, sus garras se replegaron convirtiéndose en uñas, sus ojos se oscurecieron y su plateado cabello se tornó castaño oscuro en unos segundos. Ella lo miró con ternura, él se sentía avergonzado por saberse observado tan detenidamente durante su transformación. No era como estar desnudo pero si se sentía algo vulnerado.

Minutos más tarde, habían conseguido hospedaje en una de las cabañas de la aldea. Al principio los aldeanos les miraron recelosos; a ella por las extrañas ropas que vestía y a él por portar una espada demoníaca, aun así les vieron como lo que eran, simples humanos pidiendo alojamiento por una noche, y les ofrecieron quedarse en una vieja cabaña a las afueras de esa aldea. Recientemente la pareja de ancianos que allí vivía habían fallecido y estaba abandonada. Les dejaron algo de comer y les ayudaron a preparar el fuego del hogar trayendo algo de leña y agua. Una de las aldeanas les indicó donde estaban los futones antes de dejarles solos.

"– ¿Ves, Inuyasha? Después de todo, ser humano por esta noche no es tan malo." –comentó risueña Kagome mientras cenaban. Él la miró con recelo mientras se terminaba su segundo tazón de ramen, cierto que su condición les había permitido conseguir alojamiento sin que le trataran como una bestia y sin que les mirasen con odio y desconfianza, pero al llegar el alba él se transformaría, tendrían que salir antes del amanecer de allí.

"– ¡Keh!" –fue lo único que pronunció Inuyasha al terminar de sorber sus fideos. Fuera de la cabaña reinaba un gran silencio, únicamente escuchaban algunos grillos y a algunos animales de los corrales cercanos, pero por lo demás todo estaba en calma.

Kagome sacó la Shikon No Tama de su cuello y restauró la barrera temporal, consiguió realizarla en menos tiempo que el día anterior. '¿Será suficiente sólo con esta barrera espiritual?' pensaba mientras la guardaba en esta ocasión en la mochila. Miró a Inuyasha que había sacado de su cintura a Tessaiga y pensó en la barrera que está formaba protegiéndoles de ataques cuando estaban bajo techo, 'nunca está de más extremar las precauciones, no hay que atraer la atención de Yōkais sobre la aldea'.

"– ¿Desplegarás a Tessaiga esta noche?" –preguntó Kagome. Inuyasha la tenía entre sus brazos, sólo la miró y la desenvainó clavándola en la puerta. De esa manera estarían protegidos aunque fuese mínimamente. En ese momento, Kagome se levantó y fue al arcón donde les habían indicado estarían los futones. Lo abrió y comenzó a tirar para sacarlos y extenderlos en el suelo. No pudo, parecía que se había enganchado con algo. Inuyasha se acercó a ella por la espalda para ayudarla pero justo cuando estaba a punto de decírselo, el futón decidió desatascarse súbitamente, lo cual hizo que Kagome perdiese el equilibrio y cayese sobre Inuyasha quedando ambos sepultados por el futón.

"– ¡Lo siento, Inuyasha! –dijo Kagome apartando de encima suyo el futón.

"– ¡Mira que eres torpe! –exclamó Inuyasha tomándolo y extendiéndolo en el suelo, le extrañó pues era un futón doble– No hace falta que saques otro, en este cabrás de sobra." –Kagome lo miró pensando 'quiere dormir como siempre apoyado en la pared, se despertará con dolor de espalda'.

"– ¿No pensaras dormir como siempre en tu estado? –espetó ella– ¡Mañana no habrá quien te aguante del dolor de espalda que tendrás!".

"– ¡Keh! Cuando amanezca se me pasará pero ¡bah! no quiero discutir –gruñó el Hanyô– Sacaré uno para mí así que no seas plasta."

Ella se inclinó hacia el arcón y vio que no había más que ese futón y lo recordó, les habían comentado que allí vivía un matrimonio de ancianos, con razón sólo había uno doble… ella se sonrojó al pensar que tendrían que compartirlo. '¿Pero por qué me sonrojo todavía? No me entiendo, si después de todo lo que ha pasado no debiera reaccionar tan vergonzosamente'. Inuyasha se giró hacia ella, no entendía porque se había quedado parada y no se movía.

"– ¡Oe! Kagome, ¿qué ocurre?" –preguntó extrañado mientras se aproximada a ella.

"– Sólo hay este futón –dijo avergonzada mirándolo– tendremos… que compartirlo… si no te importa, claro". Él la miró sonrojado y negó con la cabeza.

"– No pasa nada, duerme tú en él –murmuró– yo puedo hacerlo como siempre." –Entonces Kagome le tomó de la mano y lo miró fijamente tratando de controlar el súbito temblor y nervios que le produjo la situación.

"– Inuyasha, yo… no tengo problema con eso… deberías saberlo." –murmuró Kagome desviando la mirada para que no viese el intenso rubor en sus mejillas, pero el mismo que ella tenía, ya teñía las del Hanyô. Él se acercó a ella sin soltar su temblorosa mano y puso la otra en la cintura de muchacha.

"– Kago…me, tú quieres…" –comenzó a decir un muy nervioso Inuyasha. Ella sólo asintió mientras él trago lentamente pensando nuevamente en la íntima situación a la que se enfrentaban. Durante el día habían estado igualmente solos desde que se separaron de Totosai y Myoga, pero por qué después de tanto tiempo, de tanto que habían vivido, de lo sucedido en las noches precedentes, seguía sintiéndose tan nervioso con ella. Era como si no estuviese haciendo las cosas bien, su cuerpo le pedía cada vez que tocaba a Kagome hacer algo… algo que no sabía que era. Nunca tuvo esta necesidad antes… antes de unirse a Kagome de aquella manera. Cuando estaba íntimamente con ella, lo sentía natural; su piel ardía en deseos de tocarla, sus manos de recorrerla, su cuerpo le pedía tenerla junto a él, tomarla. Pero también sentía después que fallaba algo, como si no hubiese hecho algo vital para él… para ellos. No entendía que era, al ser mitad humano imaginaba que eso que instintivamente sentía procedía de su parte Yōkai… o tal vez no. Pero debía averiguar, sentía que era importante.

Kagome se sentó inquieta en el futón y tras descalzarse se metió debajo de la sabana. Un bastante nervioso Inuyasha se quitó la vaina de Tessaiga de la cadera y se deshizo el Hitoe dejándolo en la cabecera del futón. Con un pausado movimiento levantó la sabana y se tumbó al lado de Kagome que ruborizada le miraba expectante. Como humano no sentía esa urgencia apremiante y casi salvaje que su sangre Yōkai le imprimía cuando había tenido ese contacto tan cercano con ella las noches pasadas. Lo malo es que como humano, sus nervios los sentía con mayor intensidad y no sabía cómo sería tenerla a su lado en su condición.

Inuyasha vio temblar su mano mientras la acercaba al rostro de Kagome, quien visiblemente estaba nerviosa. Su respiración era algo más rápida que antes, su pecho se movía con mayor rapidez. Ella atajó su mano, apresurando el movimiento de esta hasta su rostro. Tras esto se incorporó levemente y deslizó su mano al rostro de Inuyasha y con un lento movimiento que situó su mano en la nuca de él, lo aproximó a su rostro para besarlo. Fue un beso suave, muy lento, que permitía probar el sabor que destilaban los labios de ambos. Cuando se rozaron pudieron comprobar hasta qué punto su cuerpo estaba reaccionando ante la cercanía de ambos cuerpos, ahora humanos. El sabor que él estaba degustando se sentía diferente a las otras veces, más íntimo, más personal, menos animal. Su aliento se mezclaba con el de ella y poco a poco mientras se inclinaba para que terminase de tumbarse, su beso fue ganando intensidad. Succionaba su labio con suavidad consiguiendo que Kagome se estremeciese y emitiese leves gemidos que eran apagados por la unión de sus bocas. Sin saber cuándo, su lengua estaba recorriendo ya cada parte de la húmeda cavidad de la muchacha, que excitada sumó la suya para saborearle a él también.

Kagome abrazaba los hombros de Inuyasha quien lentamente se había posicionado casi sobre ella. Sentía el peso del muchacho presionarse sobre ella y le resultaba sumamente incitante. Aun nerviosa por ese nuevo contacto, lo sentía cada vez más seguro en cada uno de los acercamientos que habían tenido, la mayor parte incitados por él de manera inocente, pero realizados por la audacia de ella. Mientras sus bocas seguían unidas en esa fusión perfecta, deshizo su abrazo deslizando sus manos hasta el nudo de la hakama de Inuyasha. Ya sabía sobradamente que en ella se sujetaban tanto su Hitoe como el kosode aunque estos tuviesen sus propias cintas para mantenerlos cerrados. El que Inuyasha se hubiese quitado el Hitoe fue un acierto. Desató los lazos que la mantenían en su sitio y lentamente poniendo sus manos en la cintura de él deslizó la hakama por las caderas de Inuyasha, quien notándolo detuvo su beso separándose un poco de ella, mirándola avergonzado.

Se miraron unos instantes, los cuales Kagome aprovecho para desprender la hakama de Inuyasha por debajo de su bien formado trasero, dejando libre su duro y caliente miembro. Inuyasha miraba avergonzado hacia abajo siguiendo el lento ascenso de las manos de Kagome que en su cintura se cruzaron sujetando la camisa de ella y en un rápido movimiento se la sacó por la cabeza. La dejo cerca de la cabecera y nuevamente sus manos se dirigieron a su cadera donde desabrochó su falda y metiendo sus manos por los laterales de esta, la deslizó por sus piernas arrastrando también sus pequeñas braguitas rosadas.

Inuyasha la miraba maravillado ante la visión del perfecto cuerpo de Kagome, ahora sólo con esa pequeña prenda que tapaba sus pechos de su vista. Con un movimiento similar al que Kagome usó con su camisa, sacó por su cabeza el kosode blanco, arrojándolo donde estaba abandonado su Hitoe. Tragó lentamente mientras se inclinaba para besarla nuevamente y una de sus manos se desplazaba por su cálida y suave piel consiguiendo arrancar leves jadeos de ese pequeño cuerpo que deseaba y se entregaba nuevamente a él. Sintió como Kagome se movía bajo él, mientras la besaba impulsado por ese nuevo deseo de poseerla y él la recorría con su mano, ahora sin tanto miedo de desgarrar su frágil y suave piel ya que sus garras habían desaparecido. Se separó de su boca y fue deslizando sus labios por su rostro descendiendo hasta su cuello donde acompañó con su lengua el recorrido que realizó hasta sus pechos aun cubiertos. Solucionó esa circunstancia rápidamente, con sus manos accionó el broche frontal de la prenda y ésta mostró su exquisito contenido abriéndose como una flor.

Kagome respondía intensamente a sus caricias y labios, como las otras noches, pero se sentía diferente, como si la piel de ambos ahora estuviese más en consonancia… como si fuesen iguales… y de hecho, así era, la sentía como humano, más cercana, más suya.

Ella se retorcía ante las sensaciones que Inuyasha estaba imprimiendo en su piel. Esta vez era algo diferente, la calidez del cuerpo de Inuyasha la embargaba, su suavidad, su candor, su delicadeza al tocarla,… lo sentía todo de una manera nueva. Cuando percibió que Inuyasha descendía besándola, sintió arder cada parte de su piel que él tocaba, consiguiendo que su excitación se incrementase. Ella acariciaba su espalda y enredaba sus manos con su cabello mientras recibía las electrizantes sensaciones que el muchacho estaba proporcionándole a su cuerpo. Como pudo, deslizó una de sus piernas al otro lado de las de Inuyasha para poder rodearle con ellas.

Inuyasha acariciaba, besaba, lamía, chupaba, succionaba sus pechos y pezones como cachorro alimentándose. Sus manos hacían presa de cada centímetro de piel; no dejaba, o no quería dejar, ni una sola parte por recorrer. Todo el bello cuerpo de la joven merecía ser amado y él quería demostrarle todo el amor que como humano podía proporcionarle sin miedo a lastimarla.

Kagome arqueaba su espalda ante cada ataque que él le daba, reaccionando ante cada asalto absorbiendo cada descarga en su cuerpo con nueva energía, apretándole contra ella lo más que su excitado cuerpo le permitía. Sus gemidos, antes acallados por la boca del Hanyô, ahora eran lanzados libres sin control al aire cada vez más caliente del interior de la cabaña. Kagome se sentía cada vez más confusa, intoxicada por las deliciosas sensaciones que el muchacho dejaba en su extasiado cuerpo.

Mientras sus pechos recibían tan dedicado trato, Inuyasha deslizó su mano hasta la intimidad de Kagome, donde su humedad era ya innegable, y donde como Hanyô sabía que desprendería el aroma más atrayente y embriagador que le haría perder la cordura y el control, pero que siendo humano no percibía tan claramente. Comenzó a acariciar la cálida y húmeda zona con suavidad recibiendo nuevos jadeos de placer por parte de ella. Sentía como el pequeño cuerpo de Kagome se pegaba mas al suyo con cada suave movimiento y como sus caderas se mecían para incrementar el ritmo con el que Inuyasha la excitaba. Con un rápido movimiento introdujo en Kagome dos de sus dedos mientras con su pulgar seguía acariciando la abultada zona que conseguía enervar la excitación de la joven.

Kagome arqueó de tal manera su espalda al sentirle entrar con sus dedos mientras seguía excitándola, que consiguió que él se elevara unos centímetros de su apoyo. Ella gemía sonoramente recibiendo los ataques en su clítoris y en su pecho, era tanto lo que estaba sintiendo que creía se desmayaría de tanto placer. Éste se iba incrementando poco a poco con cada nuevo movimiento de Inuyasha.

"– ¡Inu… aaaahhh… no puedo… más… Inu…yash… me estás… enloqueciendo… aaaaah!" –sollozaba entre gemidos de placer Kagome, que no podía hilar una frase ante las sensaciones que experimentaba.

Inuyasha se separó de su pecho y le habló dulcemente: "– Shhh,… Kagome,… déjame amarte… déjame…" –y descendió nuevamente sobre el otro pecho de la joven, que al escuchar sus intensas palabras y sentirle nuevamente lamiéndola recibió una nueva descarga eléctrica que la recorrió muriendo en su seno consiguiendo que alcanzará el mayor orgasmo que había experimentado, alcanzando un éxtasis superior a todo lo vivido hasta la fecha. Era incapaz de contener las convulsiones que la invadían con agresividad y que Inuyasha, al no haber parado de excitarla y seguir en ese momento acariciándola, estaba consiguiendo intensificar. Su violento orgasmo aun sólo durando unos segundos la dejó débil unos instantes, sus fuerzas la habían abandonado.

Inuyasha ascendió por el sudoroso cuerpo de Kagome, mientras su hakama se quedaba atrapada en las piernas de Kagome dejando sus muslos desnudos y su miembro totalmente expuesto.

Kagome respiraba velozmente, él no tanto pero estaba excitado por todos los sonidos y sensaciones que había conseguido del cuerpo de Kagome. Cuando estuvo a su altura, Kagome tomó su rostro con sus manos y lo atrajo hasta sus labios, besándolo con pasión, recorriendo su boca con su lengua. Ella sentía cansancio pero estaba todavía muy excitada y no deseaba detenerse, quería sentirlo con ella… en ella. Con sus piernas hizo presa sobre la cadera y trasero de Inuyasha consiguiendo que su miembro se introdujese levemente en ella. Al sentirlo ambos gimieron.

"– Ven, Inuyasha… quiero que tú también lo sientas… te quiero dentro de mi…" –susurró jadeante Kagome mirándole ruborizada.

Inuyasha se alzó y comenzó a introducirse en el interior de Kagome, donde su cálido interior lo abrazó como si ese fuese su hogar y nunca hubiese salido de allí. A medida que más de él se introducía en ella, mil descargas le recorrían sin piedad consiguiendo que su ya de por si erecto miembro engrosara su tamaño y rigidez. Al llegar al final, ambos gimieron sin poder controlar su excitación, su piel ardía en contacto con su interior, le invadía una sensación tan placentera que algo le pedía se incrementase. Bajó su rostro hasta la boca de Kagome que hambrienta le recibió gustosa, lamiendo sus labios, su lengua…

Kagome inició un suave vaivén haciendo que Inuyasha comenzase a salir y entrar en ella. Salía casi completamente de ella, volviéndose a introducir con violencia. En cada embestida, ella gemía su nombre o sílabas de él entre jadeos. El ritmo que impuso el Hanyô partió intenso desde el principio; agresivo, posesivo, codicioso de las sensaciones que obtenía de estar dentro de Kagome. Se iba acelerando poco a poco, cada vez más rápido, obteniendo más de esas emociones deliciosas que su cuerpo, ahora humano, estaban experimentando por primera vez. Era delirante, su excitado cuerpo le pedía más; su mente estaba confusa, como fuera de él, en otro plano. Le invadían con intensidad todas las emociones juntas y por separado; su cordura era un mero recuerdo, ahora sólo existía el placer, el deseo, el éxtasis que sabía llegaría. Los jadeos y gemidos de ambos se mezclaban y alternaban con sus nombres con cada arremetida.

Sin saber en qué momento sucedió, aceleró aún más su ritmo sujetando con sus antebrazos y manos, la cabeza de Kagome mientras la besaba con intensidad. Lo sentía acercarse, con una intensidad arrolladora, como un mar embravecido y desbocado. Entonces algo que no esperaba sucedió: las paredes del interior de Kagome comenzaron a estrecharse entorno a su miembro y su pequeño cuerpo comenzó a convulsionar nuevamente. Sin buscarlo, Kagome experimentó otro nuevo orgasmo que al aprisionar el excitadísimo miembro de Inuyasha, consiguió hacerlo alcanzar un intenso y vertiginoso éxtasis mientras se derramaba en su interior, mientras ella se sacudía delirante bajo él. Al experimentar el orgasmo, sintió como su cuerpo estallaba contenido dentro del cuerpo de Kagome, un mar de descargas lo inundó desde el lugar de su unión propagándose por todo su cuerpo. No pudo hacer más que gemir con fuerza como si su alma saliese de su cuerpo por su boca para dejar escapar algo de la energía que lo había invadido haciéndole perder la cabeza.

Se dejó caer sobre el caliente cuerpo de Kagome. Ambos jadeaban con intensidad, sus cuerpos estaban empapados en sudor mientras fugitivas gotas resbalaban de la unión de ambos cuerpos. Sus respiraciones aceleradas se mezclaban en aquel apasionado ambiente que los rodeaba, únicamente iluminado por los restos del fuego que ardía en el centro de la cabaña.

Inuyasha miró a Kagome todavía jadeante, en sus ojos sólo vio amor y plenitud… sí, se sentían plenos. Estaban unidos, juntos de la manera más íntima, más profunda que puede haber… como humanos, en igualdad de condiciones. Se habían amado de una nueva forma, esa que sólo sucedía una vez cada mes en la noche tenebrosa.