3. El río Negro

—1—

Si el Patriarca hubiese convocado a una reunión de emergencia le habría bastado con enviar un mensajero al segundo templo zodiacal, lugar al que gradualmente fueron llegando todos los guardianes dorados, quienes intrigados por la alteración en el cosmos de sus compañeros se asomaron a indagar las causas.

Por supuesto al principio les pareció una reverenda tontería que la presencia de aquel librillo rojo fuera la causa de tal alboroto, pero conforme las palabras "privado" y "amazona" eran mencionadas, la cara de cada guardián formaba una mueca de incredulidad, reproche o disgusto hacia el representante de Tauro.

En determinado momento un largo y acalorado debate tuvo lugar, pues algunos opinaban que era indispensable presentar ante Shion al culpable y las pruebas sobre su falta, mientras otros afirmaban que era responsabilidad y deber de los miembros de la orden dorada juzgar a su compañero y dictaminar sobre el asunto.

Caballeros — Shaka tomó la palabra luego de escuchar los argumentos de ambas partes— no niego que ésta es una falta muy grave pero antes de tomar alguna decisión, tal vez deberíamos valorar la gravedad del asunto y escuchar las explicaciones que Aldebarán pueda darnos, mostremos un poco de prudencia y actuemos con conocimiento de causa —concluyó con serenidad.

En eso apoyo a Virgo— afirmó Kanon dejando pasmados a todos, pues el gemelo no era precisamente parlanchín, como no fuera con su hermano— después de todo aquí todos hemos faltado alguna vez a las reglas del Santuario — dijo y varios de los presentes se hicieron los desentendidos.

Pero…— protestó el indignado león.

Pero nada Aioria — le atajo Virgo, sin perder su apariencia de calma pero con gran autoridad en su voz— si mal no recuerdo escabullirse con una amazona no es precisamente una cosa permitida, que Athena finja no darse cuenta y su Excelencia siga el juego, no te hace menos culpable.

El león resopló molesto, ahí estaba de nuevo "el tema" sin embargo y a pesar de la molestia que le causaba decidió prudentemente callar. Era cierto, nadie podía constatar sus acciones (pues él y Marín solían ser discretos) pero las reglas respecto a las relaciones entre santos y amazonas seguían sin cambiar. Sin embargo eso no modificaba el hecho de sentirse tan ofendido porque algo concerniente sólo a sus compañeras guerreras estuviera en un lugar inadecuado, el águila plateada solía ser muy recelosa en cuanto a los códigos de las suyas y en cierta forma a Leo le preocupaba su reacción si se enteraba de aquello.

Bueno, pues entonces dejemos que el toro se explique —dijo Milo dejándose caer en el sofá con desfachatez y buscando ponerse cómodo, Camus le lanzó una mirada gélida, pero el escorpión fingió no verla entreteniéndose en peinar sus cabellos mientras esperaba a que los demás lo imitaran y se sentarán.

Aldebarán…— le llamó Aioros — te escuchamos.

El brasileño, que hasta el momento había evitado mirar a sus compañeros, se mesó el cabello con ambas manos, en un gesto tan desesperado que nadie le había visto antes. Miró a Aioros, en cuyas manos se encontraba el libro, pues el centauro había advertido que nadie leería nada de ese cuadernillo luego de que Milo, aprovechando la confusión, lo tomará y pretendiera echarle un vistazo.

Su pensamiento volvió a la dueña de aquel escrito, cada vez intentaba pensar menos en ella, pero se dio cuenta con profundo pesar que podía no recordarla a cada instante pero cuando venía a su mente el recuerdo era tan nítido y fuerte como los primeros días.

Por fin el santo de Tauro exhaló pesadamente y abrió la boca.

Para empezar no es un registro oficial — dijo sin ver a nadie— si eso les preocupa pueden preguntar a las amazonas si falta alguno de sus documentos.

Entonces…— quiso saber Saga.

Aldebarán sujetó su frente intentando ganar unos pocos segundos y ponerle orden a sus pensamientos. Por largos años había mantenido a salvo ese secreto y si no lo había compartido con nadie, ni siquiera con Mu a quien consideraba su mejor amigo, era porque no deseaba revelarlo. El diario y el recuerdo eran sólo suyos, le pertenecían únicamente a él, hablarles de ello lo volvería algo de todos.

Pero no tenía opción, si no hablaba ahí, si no los convencía, tendría que explicarse ante el Patriarca o peor aún ante Athena.

No, eso no quería ni pensarlo. La joven reencarnación de la diosa podría ser muy comprensiva, pero pensar en decepcionar a su señora lo atemorizaba más que pasar la eternidad en el Tártaro.

Por supuesto que no sería el primero ni el ultimo en contar una historia similar, ahí en el Santuario sería difícil ser único, no había que ir más lejos justo en su templo se encontraban al menos tres santos más con una historia parecida, la diferencia radicaba en las circunstancias.

Además sin una explicación razonable Europa y Kiki también pagarían las consecuencias de su descuido, porque a fin de cuentas era culpa suya que la doncella y el pelirrojo hallaran aquel escrito. Arrebato de nostalgia o estupidez (en esos momentos se inclinaba a lo segundo), porque debió ser más prudente y dejarlo guardado en el sitio donde había pasado los últimos cinco años a salvo de ojos curiosos.

Pero todo era consecuencia de la decisión tomada años atrás. No la del momento en que lo recibió, menos aún del momento en que supo lo que era, sino la de guardarlo, desobedeciendo al instinto que le gritaba librarse de él y fingir no haberlo visto nunca, porque había obedecido a aquel otro, el que susurraba guardarlo pues era la única prueba de que todo había sido real.

Es un diario —dijo finalmente.

—2—

Afuera la luz se ha disipado gradualmente ajena a los sucesos desarrollados en la casa zodiacal, en cuyo interior el total de la orden dorada aguarda por un relato desconocido.

El silencio reinante por se rompe cuando por fin Aldebarán pronuncia lo siguiente:

Muchas personas han pasado por el santuario. Nombres e historias que no llegamos a conocer; vidas que surgieron y terminaron sirviendo a Athena. A veces una de esas vidas se cruzó, por un instante con la nuestra. Ese diario – con un movimiento sutil señala el librito— es el recuerdo de una mujer con quien coincidí un día, una de esas historias casi desconocidas que se hubieran perdido sin alguien que las recuerde.

Un suspiro escapa de los labios del brasileño. Sus compañeros notan aquella mirada extraña, jamás le han visto de esa forma, es como si repentinamente una máscara cayera y muestra una cara diferente de aquella persona.

El silencio se prolonga y cuando uno de ellos, seguramente Milo, está a punto de decir algo, el de tauro habla nuevamente.

En esa parte se le llama Róo Negro – dice.

¿Qué? –se atreve a preguntar el guardián de Escorpio luego de una pausa prudente en la que la explicación deseada no llega.

Sin embargo las dudas de Milo y los otros sólo se incrementan cuando Tauro prosigue.

Prácticamente llueve todo el año y a pesar de eso el río no corre con demasiada fuerza. Pero incluso quienes viven a sus orillas saben lo peligroso que es intentar cruzarlo, hay lugares donde no ves la otra orilla.

La duda se pinta en los rostros de sus compañeros aunque ninguno pide explicaciones esta vez, notando la mirada ausente de su narrador.

El rio más largo del mundo…. –susurra.

Aldebarán calla de nuevo. Luego de unos segundos levanta la mirada con determinación pensando que si el momento de hablar ha llegado, no hay espacio para titubeos, ni para vergüenza o arrepentimientos. Se trataba del pasado, uno que le encontró por casualidad un día, que se hizo suyo y vive en el fondo de sus recuerdos.

Ahora que lo pienso todo se resume a una coincidencia –dice por fin— porque así fue justo cómo comenzó todo — mientras habla se estira y toma el cuadernillo, con delicadeza sus dedos acarician la cubierta roja y su mirada se tiñe de profunda nostalgia— es increíble que a eso se resuma todo— dice sonriendo con amargura— es la razón de que estemos sentados aquí. Supongo que pueden hacerse una idea de la razón por la que me fue entregado —dice sin dejar de contemplar el libro y bajando un poco la voz — para mí representa la historia que compartimos, una que comenzó el día que nos cruzamos por primera vez, o mejor dicho la tarde que nos cruzamos por primera vez, en medio de la selva, cuando…

—3—

La luz comenzaba a decaer y una lluvia fina pero constante caía sobre la selva. No era una lluvia torrencial, pero sí característica del final de la temporada en la Amazonia, por tanto el caudal del río, que en esa parte recibía el nombre de río Negro (uno uno de los ramales del magnífico Amazonas) había aumentado encontrándose cenagoso y no era raro encontrar, entre las ramas o troncos flotantes, animales de todo tamaño y tipo.

El alto y fornido hombre caminaba tranquilamente esquivando la tupida vegetación del lugar, prestándole poca atención a la lluvia que lo empapaba, no le molestaba porque estaba familiarizado con el clima de la selva pues había pasado varios años en ella durante su entrenamiento.

A pocos kilómetros río abajo se ubicaba su destino: una pequeña aldea de nativos, donde pocos eran bienvenidos, pero que le recibiría con autentico gozo. Había pasado muchos años cerca de ellos y le consideraban un amigo.

Mientras avanzaba escuchaba con atención los sonidos de la selva, tan rebúllete de vida, pero tan ajena al mundo al que él pertenecía. Un sitio para pensar o en su caso para dejar de hacerlo. Su decimosexto cumpleaños acontecido unos días antes le permitió obtener el permiso para ausentarse de sus obligaciones temporalmente y con eso alejarse del lugar en el que ahora pasaba sus días.

El llamado de un ave se escuchó a lo lejos y bendijo a Athena por tener la oportunidad de disfrutar de aquella maravilla. Con sus pisadas amortiguadas por la tierra húmeda y el corazón lleno de alegría se dirigió al lugar que fue casi un hogar para él durante sus años de aprendiz.

Se permitió pensar en Jamir y en lo agradable que hubiera sido visitar aquellas montañas, pero sabía del recelo del Patriarca sobre el habitante de aquel lugar, algo que él no compartía, sin embargo no quería causar molestias a Mu, pues el lemuriano disfrutaba de su soledad (o al menos eso aseguraba), así que aquel sitio sólo lo visitaba cuando no tenía opción.

Pero siempre estaba Sudamérica y aquella aldea junto al río, ahí entre los relatos de la selva y las costumbres de esa gente podía dejar de pensar en el Santuario y cuanto ocurría ahí.

Conforme avanzaba a su destino el día también lo hacía, pero no se preocupaba porque para él aún de noche la selva amazónica ofrecía pocos peligros. Faltando escasos kilómetros para llegar a su destino y con el cielo nublado, sintió varias presencias moviéndose con rapidez entre la vegetación. Extrañado porque muy pocos se aventuraban a adentrarse en esa parte, agudizó sus sentidos para tratar de determinar cuántos eran. Luego de unos segundos pudo sentir cuatro personas, que presurosas se dirigían hacia el río.

Escuchó el chapoteo de las pisadas momentos después, las primeras eran ligeras, mientras que las siguientes eran más pesadas e iban acompañadas de los gritos de quienes más rezagados intentaban alcanzar quienquiera que encabezaba la carrera.

Insultos y amenazas fue lo único que escuchó. Como borrones, pasaron cerca de él sin notar su presencia. Ese breve instante le ayudó a distinguir primero una falda empapada, después tres uniformes estilo militar.

—Mala idea correr así en la selva— murmuró él y su instinto de guerrero le dijo que echara un vistazo para asegurarse que no fueran a caer al río por descuido, pero también para asegurarse de que sin importar el problema que tuvieran con la mujer no fueran a causarle daño. Y con paso ligero se encamino hacia ellos.

—4—

Corría tan rápido como su pierna herida se lo permitía. Ni siquiera tuvo tiempo de mirar con atención que tan grave era, sólo sabía que podía correr aún y que el improvisado torniquete evitaría que se desangrara.

Tras ella se escuchaban las pisadas de aquellos hombres, a quienes no pudo despistar. No debió subestimarlos, era lógico que conocieran mejor la selva y si bien era más veloz que ellos el terreno estaba jugándole en contra.

Repentinamente el río se extendió ante ella y tuvo que detenerse, era tan ancho que no podía distinguir la otra orilla. Cruzarlo no era una opción, eso consumiría sus fuerzas, además había escuchado historias sobre los peces que nadaban en esas aguas y no quería comprobarlas.

Trato de recordar el mapa, al norte una pequeña ciudad se situaba no muy alejada de donde confluían los tres ríos, pero en esos momentos no estaba muy segura de la dirección que debía tomar, además dudaba poder pasar desapercibida. Tenía muy claro que aquellos hombres tenían ojos y oídos en cada pueblo cercano y tan pronto se supiera de una extraña en alguno, herida por demás, tendría a un pequeño ejército tras ella. Sería más fácil si lograba llegar a Manao, pero en eso momentos no creía estar en condiciones de hacer aquel recorrido.

Por eso, y aunque la situación no era óptima para una confrontación detuvo su carrera y esperó, sería más fácil enfrentar a esos tres y escabullirse después en la selva.

—¿Creíste que te escaparías de nosotros pequeña zorra?— le preguntó un escuálido hombrecillo tuerto apareciendo de entre la maleza con la respiración aún agitada por la carrera y el sudor manchándole la camisa del uniforme.

—El jefe tiene varias preguntas que hacerte y además un par de ideas para convencerte de hablar— el segundo de sus perseguidores, le dijo con un tono que sin duda podría causar escalofríos, mientras un cuchillo brillaba en su mano derecha.

La muchacha no respondió, miro atentamente de uno a otro, un instante después el tercer hombre apareció y con actitud arrogante se plato frente a ella, sin decir palabra y mirándola con desdén pues consideraba un insulto tener que perseguir a una mocosa.

Cualquier otra persona lo hubiera mirado con temor, además de ser bastante más alto que los otros dos y tener aquella cicatriz que le atravesaba la cara, su fama no era precisamente algo bueno, pero la mujer no pareció asustada en ningún momento, cosa que pareció fastidiarle al hombre quien de inmediato avanzó un par de pasos hacia la insolente.

Su pierna derecha protestó al sentir el movimiento. Sin embargo la mujer apretó los dientes y no hizo expresión alguna, mientras su cuerpo entero adoptaba una posición de guardia, lo cual hizo que la bolsa de cuero que pendía de su cintura se balanceara acompañada de un leve tintineo.

Al verla el hombre de la cicatriz sonrió maliciosamente.

—Así que la mujercita no vendrá con nosotros por las buenas— dijo — ¿quieres pelear linda?— añadió con burla.

La muchacha no respondió, entrecerró los ojos y rápidamente examinó a sus oponentes, atenta a quien se lanzaría primero.

—En ese caso— dijo el tuerto.

El hombre se le abalanzó, con la cabeza hacia adelante como si pretendiera taclearla, sin embargo con gran agilidad la mujer no sólo lo evadió si no que además le plantó un golpe en la nuca que le hizo caer desmayado.

Los otros dos se miraron y sin mediar palabra se lanzaron en contra de ella, intentando despistarla. El primero se lanzó directo queriendo clavar el cuchillo, mientras el de la cicatriz, trataba de burlarla y atacarla por la espalda. Para sorpresa de ambos la chica lanzó el cuerpo hacia un lado, evitando el cuchillo mientras su pie izquierdo fue a estrellarse en la cara del que lo sujetaba aturdiéndolo, y quitándose de la trayectoria del puño del otro atacante.

Furioso y sorprendido el cabecilla del grupo se abalanzó de nuevo, lanzo varios golpes que no alcanzaron a tocarla, por lo que cambio de estrategia, acorto la distancia entre ellos y mientras ella se ocupaba en defenderse jaló la bolsa. Sin embargo no pudo quitársela porque ella alcanzó a sujetarla. Pero con aquel movimiento el hombre pudo sujetar el brazo femenino y antes que ella pudiera zafarse él había aprovechado para patearla justo en la pierna herida, haciéndola tambalear.

La ventaja le duro poco, pues si bien la herida comenzó a sangrar más, la mujer estaba poco dispuesta a rendirse, sin dudarlo plantó nuevamente la diestra en el piso y asestó un rodillazo en la entrepierna del hombre, quien lanzó una maldición al tiempo que se encorvaba. La muchacha no se conformó con eso sino que extendió la palma y golpeó en la nariz al hombre produciéndole un crujido y una hemorragia profusa.

El dueño del cuchillo volvió a atacar, pero tardó más en levantarse que ella en golpearle la quijada ayudándose del codo, lo que le hizo caer de nuevo mientras de su boca un hilo de sangre fluía.

Cuando Aldebarán llegó se sorprendió con la escena, contrario a lo que imaginaba no se trataba de una doncella en apuros, pues a pesar de la herida parecía arreglárselas bastante bien, incluso se preguntó si no serian ellos quienes necesitarían ser protegidos. Sin embargo no tuvo tiempo de pensar demasiado porque el cabecilla del grupo, apuntaba en ese momento con un arma a la muchacha quien distraída por el ataque más reciente no lo notó.

—Me has roto la nariz grandísima puta— dijo mientras jalaba del gatillo.

Los ojos del hombre se abrieron desmesuradamente. De la nada y son gran agilidad un hombre más alto y fornido que él apareció. Empujo a la chica quitándola de la trayectoria del proyectil, y luego, de alguna forma y sin tocarlo lo arrojó contra el grueso tronco de un árbol. El hombre escuchó un crujido y antes de desmayarse se preguntó si era la madera o sus costillas el origen de aquel sonido.

El único atacante consciente echó a correr hacia la selva, espantado ante lo que vio, el santo de oro lo dejo ir, seguro de que no se atrevería a regresar. Así que volteo en dirección a la muchacha.

Pero el cuadro no resultó reconfortante, tirada sobre el costado ella le miraba con un brillo de miedo, mientras su falda se teñía cada vez más de rojo. Aldebarán atribuyó el miedo a su tamaño y a la ligera proyección de su cosmos, que ante ojos ignorantes resultaba un espectáculo impresionante.

—Estas a salvo —trato de tranquilizarla pero como respuesta recibió un gemido— no voy a hacerte daño— añadió.

Cuando se acercó la mujer intentó arrastrase sobre el suelo lodoso, tratando de escapar, sin embargo otro mueca de dolor se dibujo en su cara y no pudo moverse.

Fue entonces que el dorado noto el charquito de sangre sobre el que estaba recostada. Presuroso se arrodilló a su lado y la levantó con cuidado, entonces noto el cuchillo clavado en su costado izquierdo, justo entre las primeras costillas.

—Demonios— fue todo lo que pudo decir antes de que ella se desmayará.

—5—

Por más que lo repasaba no lograba entender como había ocurrido aquello último. El hombre habría tenido que ser muy rápido y aprovechar el momento en que la había empujado tratando de protegerla, ahora se sentía culpable, la había librado del disparo pero los resultados habían sido peores.

Mientras esperaba que el chamán de la aldea curara la herida de la mujer, los niños se le habían acercado deseosos de escuchar relatos sobre su vida, sin embargo no podía concentrarse, por lo que los pequeños fastidiados y soñolientos, pues habían transcurrido varias horas desde su llegada a la aldea, se marcharon a dormir.

Su pensamiento volvía una y otra vez a lo ocurrido, además le inquietaban aquellos hombres, no entendía porque estaban en la selva y porque estaban tan interesados en la chica. Una parte de él deseaba haberlos seguido cuando recobraran el conocimiento, para saber de donde provenían y qué tipo de asuntos, con seguridad ilícitos, estaban llevando a cabo. Habría sido muy fácil para él vigilarlos sin que lo notaran, sin embargo no podía dejar a la muchacha herida por ahí mientras investigaba, pues era obvio que moriría desangrada. Lo único cercano y seguro era la aldea a la que se dirigía pues algo le decía que aunque en alguno de los pueblos cercanos habría médicos e incluso alguna clínica no sería buena idea llegar con una mujer herida. Así que optó por cargar con la chica y dirigirse con la tribu en quien confiaba, al menos podrían hacer algo y en el último de los casos si la cosa era demasiado grave podrían ayudarle a llegar navegando por el río hasta un poblado más seguro.

La lluvia seguía cayendo refrescando la noche, arrullándolo con su murmullo y cuando por fin iba a cerrar los ojos la mano de una de las mujeres en su hombro llamo su atención.

—Entra— le dijo señalando la cabaña.

Obediente el santo dorado se introdujo en la pequeña vivienda de varas, donde un anciano y otros hombres mayores rodeaban a la herida. El aroma a hierbas resultaba penetrante, tanto que en un primer momento Aldebarán sintió un mareo.

— Debes sujetarla— le indicó uno de los ancianos, mientras señalaba a la mujer tendida en el piso— su espíritu está más fuerte y podemos curarla, pero no tenemos la fuerza suficiente — añadió el hombre.

Y es que a pesar de las heridas y la pérdida de sangre por momentos la chica recuperaba la consciencia, y aunque pocas, tenía fuerza aún para moverse y los hombres que pretendían curarla no estaba muy seguros de poder sujetarla, además como confesarían más tarde ninguno de ellos quería tocarla, porque sus espíritus así lo decían.

Así que no teniendo otra opción el santo del toro se situó a un costado de la muchacha y se dispuso a sujetarla mientras veía al viejo chamán acercarse con un cuchillo en una mano y un cuenco de algún preparado en la otra.

—6—

Entreabrió los ojos y vio algunos rayos de luz colarse por las rendijas del techo. Se incorporó y comenzó a mover los entumidos músculos. Se había quedado dormido sentado con la espalda contra la pared de varas y la cabeza pendiendo sobre su pecho, por eso su cuello protestaba.

Percibió de nuevo aquel olor a hierbas y no pudo evitar hacer otra mueca cuando le golpeó la nariz.

Unas risillas se escucharon, un par de mujeres con cuencos en las manos lo observaban divertidas. Vio como una de ellas empapaba un trapo y lo colocaba sobre la frente de la mujer que yacía en el piso. Fue entonces que se pusó de pie, aunque tuvo que encorvarse porque la choza era mucho más pequeña que él. Les sonrió a las mujeres y luego miró a la herida.

Sudaba.

Recordó los sucesos de la noche y un escalofrío le recorrió la espalda. Habían extraído una bala de su muslo derecho, limpiado las heridas con algún preparado de hierbas y después suturado su costado con un huesecillo de pescado y alguna fibra que no supo reconocer. Al principio algunos gritos se escucharon, y por supuesto tuvo que sostener con firmeza a la chica, pero conforme el procedimiento avanzó las pocas fuerzas se fueron extinguiendo y finalmente un sopor inquietante se había apoderado de ella.

Y los ancianos habían decidido que tendría que ser él quien vigilara esa noche a la mujer, cuidando sobre todo la fiebre que comenzaba a aparecer y cambiando las cataplasmas de las heridas cada vez que se secaran. Así que había pasado la madrugada en aquella tarea hasta que en algún momento el sueño le había vencido.

Ahora al despertar el panorama no lucia alentador, ella tenía fiebre, deliraba y lucía muy pálida.

Su rostro reflejó preocupación y ambas mujeres lo notaron, sus risas cesaron y con rostros serios le ordenaron salir, él iba a protestar, pero entonces vio aquel brillo en sus miradas y decidió obedecer. Aquellas personas tomaban muy en serio su medicina, el poder de sus conocimientos ancestrales y los secretos de cada planta de la selva, por eso sí alguien ponía en duda la eficacia de sus remedios, era mejor no tenerlo cerca.

El santo salió de la choza no sin lanzar una última mirada a la mujer herida.

—7—

Estaba avergonzado. Aquellas personas siempre le habían recibido con los brazos abiertos y sin querer les había ofendido.

La prueba de que no debió dudar era justamente que la chica ya no tenía fiebre y parecía mejorar cada día, aunque los primeros tres días los pasó bastante mal.

Por eso se encontraba reparando los techos de las chozas de todo el pueblo, aunque eso no parecía poner de mejor humor a sus habitantes.

Cuando salió del Santuario imaginó que pasaría de otra forma sus vacaciones y ahora no tenía un minuto de descanso, aunque si tenía que ser franco todo ese trabajo y los sucesos pasados no le dejaban pensar en Grecia.

Tan entretenido estaba que no notó que el niño llevaba parado cerca de él un largo rato, y fue hasta que el pequeño tiró de sus pantalones que se dio por enterado de su presencia.

—¿Qué?— le preguntó.

El pequeño rio y luego señaló la choza del chamán. El anciano salía de ella con rostro sereno y miró al santo fijamente, luego con un movimiento de cabeza le indicó en interior.

Aldebarán dejo sus labores y se dirigió rápidamente hasta donde se encontraba el anciano.

—¿Despertó?— preguntó esperanzado, por respuestas el indígena se hizo un lado para dejarle libre la puertecilla.

El santo ateniense entró y entonces unos ojos verdes le miraron directamente, con sorpresa primero y luego con inquietud.

—Vaya. Al fin despertaste. ¿Cómo te sientes?— preguntó en portugués él.

La mujer lo miró extrañada y no le respondió por un rato, después con algo de nerviosismo se atrevió a preguntar en inglés.

—¿Dónde estoy?

—En una aldea a orillas del Amazonas— respondió en el mismo idioma el santo de Athena.

La mujer pareció procesar aquella información y luego intento incorporarse, sin embargo su cara reflejo dolor.

—Tus heridas han mejorado pero aún pueden abrirse, tendrás que estar quieta un poco más— le dijo mientras la empujaba ligeramente para que volviera a recostarse.

—¿Mi bolsa?— pregunto alarmada.

—Está segura — le respondió tratando de calmarla.

—La necesito— dijo con urgencia y levantando la voz, lo que hizo que las mujeres que estaban ahí la miraran con seriedad.

—Tranquila, no es necesario gritar— le dijo— la bolsa está segura y nadie la tocará sin tu consentimiento, por ahora te recomiendo que te calmes y descanses. Después— dijo mirando a las personas a su alrededor— podrías explicarnos por qué te perseguían aquellos hombres.

La mujer se mordió el labio y giró la cabeza para evadir la mirada del santo.

Despacio una de las mujeres se acercó hasta ellos y luego le extendió al hombre una pequeña jícara con algo en su interior, al tiempo dijo algo que la muchacha no pudo comprender. Él asintió con la cabeza y recibió el cuenco.

—Bebe —le ordenó mientras acercaba a su cara el recipiente con un extraño líquido verdoso.

—¿Qué es?— preguntó ella con un gesto luego de percibir el olor.

—Te recomiendo que no preguntes— contestó el otro— de otra forma se sentirán ofendidos, además sea lo que sea te ayudará a recuperarte más rápido.

La chica miró el cuenco, luego se incorporó todo lo que pudo y acerco la boca al recipiente, Aldebarán le sostuvo la cabeza mientras ladeaba el cuenco para ayudar a que bebiera el liquido, ella se lo tomó haciendo gestos de desagrado que para el santo de oro resultaron muy divertidos.

—Creo que algo murió ahí— se quejó ella.

El de tauro soltó una risa involuntaria, ganándose una mirada de reproche tanto de la muchacha como de las mujeres que les acompañaban y que ahora los miraban con seriedad.

—No te quejes, creo que es lo que te salvo la vida— dijo adoptando una expresión más seria— Será mejor que descanses.

—Gracias— respondió ella colocando la cabeza sobre el improvisado lecho de ramas y paja en el que se encontraba y cerró los ojos.

Aldebarán se levanto y se dirigió a la salida, pero antes de irse preguntó.

—¿Cómo te llamas?

La mujer no abrió los ojos y se mantuvo largo rato callada, el santo pensó que quizá se había quedado dormida, pero justo antes de que abandonara la choza la escucho decir.

—Puedes decirme Helga.


Lo sé, lo sé, soy la peor autora del mundo.

Un agradecimiento a Saint Lunase y a Koko por sus comentarios.

Jaelinna: como lo prometí, aunque el torito me cuesta, no he de abandonarlo tienes mi promesa. Espero que disfrutes este capítulo, prometo apurarme con el siguiente. No comas ansias, las dudas que surjan tendrán su explicación pronto.

Koko: gracias por tus palabras, me alegra que te guste lo que hago. Yo también pienso que Alde es muy tierno con Europa y Kiki. Acordarme de ti en los agradecimientos es una forma de agradecer tus comentarios y tu lectura. Espero que la actualización haya sido de tu agrado.

Saint Lunase: Gracias por tus comentarios. Claro que Kiki, Europa y Aioria merecen su castigo por metiches, tomaré en cuenta tu sugerencia de que al león lo castigue Marín. La doncella y el lemuriano ya se llevaron un buen susto por ahora, peor Mu no sé que opine y a Europa tendrá que castigarla alguien más. Espero que disfrutes el capítulo actual.

Lectores fantasmita, gracias por leer, si se animan a dejar comentarios será un placer recibirlos y responderlos.

En el próximo episodio Leo tiene una duda y una chica esquiva las preguntas de Alde.

Saludos a todos.