Just Made To Touch


Notas de la Autora: Exactamente... esa es la última noche que Rinoa pasará en el Jardín... ¿Qué pasará, qué pasará? =D

Rinoa Haatirii: Pues ya ves ^^ la inspiración no se fue! No esperas que pase nada en esa última noche de Rinoa en el Jardín, ne?... Pues qué quieres que te diga... ya va siendo hora de que pase algo, no crees? XD En cualquier caso... sólo leyendo podrás ver si es así... o no =D


CAPÍTULO IV: LA GRACIA DEL FUTURO.


El momento en que más idiota me sentí fue cuando ya no pude continuar reprimiendo mi risa y ambas continuamos hablando de Squall riendo en voz baja.

Salí de aquel baño una hora después de haber entrado, hecha un manojo de nervios, y me encontré a Quistis sentada en su cama, pegada a la pared y con la espalda apoyada en el mueble que había a los pies de la misma.

Había dejado para mí el privilegio de dormir con la cabeza sobre su almohada y me había dicho que no le importaba dormir sin ella. Y no agradecí aquel gesto tanto como el hecho de que ella durmiese en los pies y yo en la cabecera. Seguiríamos estando en la misma cama, pero no sería tan incómodo dormir así como tenerla pegada a mi espalda.

Me había metido en la cama, me había tapado con aquella fina sábana y ambas nos quedamos completamente en silencio.

Pero por suerte empezó a hablar, comentando algo sobre un examen que debía hacer a sus alumnos el día siguiente, y aquella conversación desinteresada fue moviéndose poco a poco haciendo que me sintiese algo más tranquila.

El tema cambió de una tontería a otra hasta que salió el nombre del comandante. Y en lugar de acabar lloriqueando por lo ocurrido me encontré riendo con cada comentario que aquella chica hacía sobre su ex alumno. La verdad es que lo conocía realmente bien.

Hablar con ella volvía a ser algo increíblemente tranquilizador y reconfortante, no entendía cómo había podido dejar que una tontería como un beso me hubiese hecho sentirme tan incómoda con una amiga como ella.

- Y no podemos ser injustos... - dijo Quistis rascándose una ceja e intentando aparentar seriedad – no es que el chico no tenga sentimientos...

Se quedó callada, mirando hacia el techo, apoyada aún con la espalda sobre la pared y las piernas estiradas ante ella, cruzando una rodilla sobre la otra.

- Es sólo que.... no se ha dado cuenta aún... - dijo finalmente.

¿Cómo podía alguien tener sentimientos y no darse cuenta de ellos? Estaba claro que continuaba bromeando, intentando animarme, y la verdad es que lo había conseguido sin demasiadas complicaciones.

- Hace dos minutos lo odiaba y ahora estás consiguiendo que empiece a darme pena... - dije yo entre risas – Lo estás poniendo al pobre...

Quistis también rió y se dejó caer después sobre el colchón, quedando su cabeza a un par de palmos de mis pies, mientras sus piernas se mantenían con las rodillas flexionadas en el aire, apoyando sus pies a la altura de mi cintura.

- Es broma... - susurró al cabo de un minuto.

Nos quedamos en silencio, las dos tumbadas bocarriba en aquella posición durante un rato, mirando el techo y cada una pensando en sus cosas.

- ¿Estás mejor...? - me preguntó en un tono amable.

- Mañana me iré... - dije yo en un susurro.

Y de nuevo volvió a hacerse el silencio.

Mi voz no había sonado triste, aún me sentía tranquila y animada después de haber hablado con ella, pero tampoco sonaba demasiado optimista.

- Lo hemos dejado... así que supongo que no pinto nada aquí... - dije en un tono más resignado que otra cosa.

Quistis continuaba sin contestar nada y mis ojos se movieron hacia la simple esfera del reloj que colgaba de una de las paredes, viendo con algo de asombro que pasaban unos minutos de la una y media de la madrugada.

- ¿Qué harás después de irte...? - preguntó después de un buen rato.

- No lo sé... primero iré a Timber a recoger las cosas que dejé allí – contesté yo de manera casual – Después iré a casa... y ya veré...

De nuevo no dijo nada, los minutos pasaban y las dos continuábamos en silencio. Aquello me desconcertó de alguna manera, Quistis era el tipo de persona que siempre tendría algo que decir en cualquier tipo de conversación, siempre tendría un consejo o unas palabras sabias a mano para una situación así.

Pero continuaba en silencio.


Se iría dijese lo que dijese, así que realmente no tenía mucho sentido que le dijese nada. Sin embargo seguía molestándome la idea de que Rinoa ya no estuviese por allí.

Desde que habíamos vuelto todos nos habíamos convertido en una pequeña gran familia, todos disfrutábamos de nuestra compañía de manera más o menos manifiesta y convivíamos en armonía. Si Rinoa se iba sería una parte que faltaría de todo aquello.

Mi vida no me había desagradado antes de conocerlos a todos, pero debía confesar que desde hacía meses prefería el ambiente que flotaba constantemente a mi alrededor. Era ligero y alegre, divertido y entretenido. Era una sensación tierna el tenerlos a todos así de cerca.

Y en todo aquello Rinoa era sin lugar a dudas la parte más representativa de aquella sensación.

Squall era la parte leal y realista, Selphie era como una inyección de energía en estado puro, Irvine era ridículamente divertido, Zell era la parte inocente e infantil, sin maldad alguna... Rinoa era frescura y calidez al mismo tiempo, era algo un poco más completo que los demás por separado. Rinoa era a la vez sensata, entretenida, alegre, tierna, honesta...

Si Rinoa se iba nos faltaría una parte realmente importante de lo que éramos todos juntos.

- Nos dejarás a medias... - dije al cabo de un buen rato.

- ¿Perdona...? - dijo ella levantando la cabeza de la almohada, mirando hacia mí con confusión.

- Si te vas faltará algo entre nosotros... - contesté yo – El Jardín no será lo mismo sin ti...

Su cabeza volvió a caer sobre la almohada y se tumbó de lado, dándome la espalda.

- Sí... a mí también me faltará algo sin vosotros... - murmuró bajo la sábana.

- Podrías quedarte... - dije de repente, incapaz de reconocerme, dándole un consejo que venía del simple egoísmo. Sólo de mi deseo de que el grupo que éramos continuase entero.

- No soy un mercenario, Quistis... - dijo en voz baja – No pertenezco a este Jardín...

- Pero podrías serlo... - le dije yo.

Recordaba haberla visto luchando junto a nosotros y desenvolviéndose en una batalla con bastante facilidad. Su destreza como luchadora no era comparable con su poder como bruja, pero aún así podría pertenecer a aquel mundo nuestro sin problema alguno.

- La verdad... es que es el recuerdo más vivo que tengo – la oí susurrar levemente.

Giré mi cabeza hacia la figura de su cuerpo y seguía inmóvil, en aquella misma posición. ¿Qué expresión habría en su cara?

- Cuando nos enfrentamos contra Artemisa, sentir que era capaz de proteger a los que eran importantes para mí... - dijo lentamente – Fue una sensación maravillosa...

Yo volví a mirar hacia el techo de mi habitación y una cálida sonrisa se dibujó en mis labios.

- Sí... lo fue... - comenté yo completamente de acuerdo con ella.

- Supongo que podría vivir así... sintiendo eso... aunque Squall no estuviese a mi lado... - dijo finalmente.

Dejó de hablar y yo no encontré palabras en mi cabeza. Claro que podría vivir así, luchando junto a nosotros por mucho que Squall no supiese simplemente disfrutar de lo que ella podía ofrecerle. Squall era una sola persona, y la vida es mucho más que una sola persona.

Miré mi reloj de pared al cabo de lo que me pareció una eternidad perdida en mis pensamientos y me sorprendí al ver que hacía más de media hora que ambas nos habíamos quedado calladas. Rinoa debía estar dormida sin lugar a dudas.

Me giré hacia ella y me encontré con sus pies justo frente a mis ojos, descalzos y asomando tímidamente bajo la sábana, inmóviles e invitadores.

Y por un instante sentí de nuevo aquel impulso, simplemente quería alargar mi mano y rozar su piel. Lo mismo que me pasó en su habitación la noche que la besé.

Esta vez sin embargo no eran sus ojos los que me pedían que me acercase un poco más, realmente no había ninguna señal imaginaria para que me moviese hacia ella, ni tampoco me había pillado por sorpresa aquella sensación. Por eso mismo no llegué a tocarla.

Simplemente miraba sus pies, observando cómo la tenue luz de aquella noche despejada se colaba por la ventana y jugaba sobre la superficie de su piel, dejándome entender la suavidad que debía sentirse al tacto.

Cuando hacemos algo podemos pararnos a pensar en los motivos que hemos tenido para hacerlo de dos maneras: antes de hacerlo, o después de haberlo hecho.

Si lo hacemos seguramente encontraremos dos versiones completamente distintas, pero sólo una será la verdadera.

Cuando hacemos algo sin que entendamos el motivo, e intentamos encontrarlo después, podremos estudiar la situación que se dio mirando todos y cada uno de los detalles que nos rodearon en ese momento. Seguramente encontraremos docenas de motivos para que lo hayamos hecho. Pero si lo pensamos antes de llegar a hacer nada, sólo podemos basarnos en la sensación que nos impulsa hacia esa acción. Sólo veremos qué es lo que nos obliga a hacerlo.

Yo miraba aquellos pies, de formas suavemente redondeadas y dedos pequeños y finos, y en lugar de buscar el motivo como hice con aquel beso, me paré a preguntar qué motivo podía haber para que quisiese acariciarlos.

Una explicación lógica y coherente, eso esperaba encontrar. Pero lo único claro que podía ver era sólo la sensación temblorosa en mis manos mientras intentaba contenerme.

Era su piel, el color claro de la planta de sus pies, la suave visión de su superficie, impecable, irresistible.

La forma y el tamaño de aquellos pies eran simplemente perfectos, una parte del cuerpo humano que simplemente me parecía simpática, pero así como estaba en ese momento, debatiéndome entre la posibilidad de acariciarlos o no, empezaban a tener aquel deje sensual e invitador.

El único motivo que podía haber para que quisiera tocar su piel era simplemente que me apetecía hacerlo, que me llamaba la atención llegar a rozar sus pies con mi mano y sentirlos no sólo a la vista, si no también al tacto.

Aquello sólo me llevaba a una conclusión: si la había besado aquella noche ni el alcohol, ni el ambiente, ni mi intención de animarla, ni una posible malinterpretación de señales entre las dos habían tenido nada que ver.

Había sido yo quien había sentido el impulso de besarla, y simplemente no había sido capaz de resistirme a hacerlo.

Y sabiendo aquello me sentí realmente idiota intentando resistir las ganas de alargar mi mano y rozar sus pies. Porque sabía que tarde o temprano terminaría haciéndolo.

Uno de mis dedos quedó a un palmo de mi cara, justo frente a la planta de su pie, y lo coloqué en el centro sin moverlo. Si le hacía cosquillas seguramente se despertaría.

Mi mano se movió lentamente pero con cuidado, intentando que no se diese cuenta de que la estaba tocando. ¿Y si no estaba dormida?

Mi dedo índice llegó hasta la punta de su dedo pulgar y mi mano se movió buscando los pequeños huecos que se formaban bajo la yema de cada uno de sus dedos. Recorría su pie con curiosidad y fascinación, entendiendo mejor aún por qué sentía aquella necesidad de acariciarla y acercarme un poco más a ella.

La calidez de su cuerpo, la suavidad de su piel. Parecía un ser hecho expresamente para ser tocado.

Mi mano se paró sobre sus dedos, a meros milímetros de su piel, y por un instante sólo sentía el calor que se intuía en el aire que rozaba su cuerpo. Era como una capa suavemente aterciopelada e invisible que la cubría de manera perfecta.

Tal vez esa era la diferencia entre Rinoa y el resto de la gente que conocía. Ese calor y suavidad que había sobre ella, a su alrededor, no sólo en el tacto físico de su piel. Era como tocar su esencia... su alma...

Y Rinoa era eso... honestidad, vitalidad, ternura... Rinoa era una especie de sensación cálida y aterciopelada.

Rinoa era transparente.

Verla por fuera era lo mismo que verla por dentro, sólo por eso sabía que sentirla así, por fuera, con mi mano a menos de dos milímetros de su piel, era igual que sentir su alma... era transparente.

Hacía rato que había dejado de pensar de manera lógica, me había centrado simplemente en sentir, y mi mano seguía suspendida sobre su piel porque casi no me atrevía a tocarla del todo.

- Rinoa... - susurré levemente.

No sé si fue un intento por llamar su atención, por comprobar si estaba dormida, o simplemente por oír mi propia voz pronunciando su nombre, pero en el momento en que lo hice me di cuenta de que había hablado.

La muchacha no contestó nada. Así que debía estar profundamente dormida.

Mi mano descansó finalmente sobre su pie, rodeando sus dedos con los míos y estrechándolo suavemente mientras sentía mejor esa maravillosa sensación, cómo era aquella chica al tacto.

Pasaron un par de minutos mientras yo continuaba perdida en aquel momento, y fue el tímido murmullo de su voz lo que me hizo volver de repente a la realidad.

- ¿Qué...?


La mano de Quistis seguía sobre mi pie, agarrándolo amablemente, sin moverse lo más mínimo. Y por un instante no dijo nada.

Llevaba un buen rato sintiendo cómo sus dedos me acariciaban mientras yo permanecía con los ojos cerrados, simplemente sintiendo sus caricias suaves y decididas.

Lo había vuelvo a hacer.

Fue como cuando me besó, en el momento en que su piel entró en contacto con la mía se me olvidó que había ningún otro sentido en mi cuerpo. Sólo era consciente de la manera en que sus dedos se movían sobre mi pie.

Quedarme callada e inmóvil era realmente lo mejor y lo único que podía hacer. Era lo mejor porque mientras ella no supiese que estaba despierta no tendría que apartarme de aquella sensación, y era lo único porque la verdad es que no quería dejar de sentir aquello.

Y entonces la oí pronunciar mi nombre. Y me quedé helada.

Estaba dormida ¿no? Así que aquello es lo que haría, continuar fingiendo que dormía profundamente, completamente ajena a sus caricias. Y me quedé helada una segunda vez, en cuanto oí mi propia voz contestarle.

Ahora su mano no se movía, continuaba sobre mi pie, pero ella no decía nada.

Sus dedos se movieron lentamente y se apartaron de mí devolviéndome algo de cordura y la capacidad de usar las palabras a mi mente.

- No... deberías dejar que te afecte tanto... - dijo débilmente – Ya sabes, todo esto de Squall e irte del Jardín... tómatelo con calma...

Y aun siendo ella una experta en mantener las apariencias y ocultar lo que pasaba por su cabeza hasta yo pude ver que realmente no pretendía decir eso cuando pronunció mi nombre.

¿Quería que creyese que su intención era aconsejarme y mostrarme apoyo de manera amistosa? ¿Después de haber pasado diez interminables minutos acariciando mi pie? ¿Después de haberse quedado callada al oírme contestarle? Seguramente pensaba que estaba dormida mientras me tocaba.

- Sólo me... siento un poco perdida... - contesté yo.

Las dos sabíamos que no podíamos engañarnos en ese momento. Ella no pretendía hablar de todo aquello y yo sabía perfectamente que así era. Lo sabía tan bien como ella misma.

- No saber lo que va a pasar de ahora en adelante me pone nerviosa... - dije sinceramente.

- Es la gracia del futuro... - la oí decir mientras se movía para darme la espalda - que no lo conocemos... No podemos dar nada por sentado porque todo puede cambiar en un sólo instante.

Aquellas palabras sonaron realmente sinceras y yo levanté una ceja molesta ante aquella afirmación. Sabía que tenía razón, las cosas a veces simplemente cambiaban y era imposible prever lo que podía ocurrir. Pero por eso mismo me sentía nerviosa. No soportaba no saber hacia donde me llevaría todo aquello.

- Pues yo no le veo la gracia... - dije sonando como una cría enfadada.

- A veces los cambios no son tan malos, Rin... - la oí murmurar de cara a la pared – Anímate...

Nunca me había llamado Rin... y hasta ese momento no me di cuenta de lo gracioso que sonaba ese nombre en una voz tan seria y madura como la suya.


Noté que el peso de su cuerpo se movía sobre el colchón y me giré hacia ella para verla incorporándose con una sonrisa extraña en la cara. Lo siguiente que vi fue mi almohada precipitándose hacia mi cara.

La agarré y la miré como una idiota.

- Te he dicho que no me importa dormir sin almohada... Puedes quedártela - dije volviendo a mirar hacia ella.

Pero Rinoa continuaba en movimiento, colocándose a cuatro patas mientras estiraba una mano hacia mí. Agarró mi almohada, quitándomela de un tirón, y la colocó justo al lado de mi cabeza, dejándose caer sobre ella bocabajo, hundiendo aquella extraña sonrisa en su superficie.

- ¡No pensaba devolvértela! - dijo en un tono entretenido mientras giraba la cara para mirar hacia mí.

Yo estaba tumbada bocarriba, con ambas manos sobre mi estómago, y ella permanecía bocabajo, con la cara girada hacia mí. Mirándome con aquel par de brillantes orbes color chocolate.

Podía sentir su codo rozando mi brazo, y aquello parecía ser suficiente para que el impulso por besarla de nuevo no fuese tan irresistible.

- Gracias... - susurró antes de acercarse un poco más y apoyar su frente contra mi hombro, ocultando su cara mientras cerraba los ojos y se acurrucaba a mi lado.

¿Gracias? ¿Por pronunciar consejos de ánimo al azar sin tener realmente ni idea de cómo improvisar para encubrir mis intenciones?

Empezar a entender que una persona te llama la atención de aquella manera era algo que nunca me había ocurrido tan de repente. Con Squall la cosa fue apareciendo poco a poco, como una idea entretenida que se iba haciendo grande de forma proporcional a lo gracioso que me parecía la idea de encapricharme con él.

Esta vez todo aquello había empezado a ocurrir sin que me diese mucha cuenta, y ahora que empezaba a distinguir entre el hecho de ver a Rinoa como una persona por la que era imposible no sentir simpatía, y verla como alguien que me atraía de manera irresistible, como un imán hecho de calidez y suavidad; comenzaba a sentirme realmente estúpida.

Porque en el fondo sabía que desde el principio todo me había ido llevando justo en esa dirección.

¿Recordáis cómo os hablé de Rinoa y Squall cuando os expliqué que la cosa no funcionaba muy bien? Sobre cómo pensé al conocerla que ella era la única que podría hacer que Squall sintiese algo especial... ¿Me permitís que recupere mis palabras exactas?

Os hablaba sobre cómo había cambiado mi manera de ver a Squall al ir entendiendo cómo era Rinoa.

Ella llegó inundándolo todo de luz, frescura, música, impulsividad y buenas intenciones. Ella llegó siendo completamente opuesta a mí y en lugar de celos o envidia sentí calidez en mi interior.

Ver a alguien así era entender que sería eso lo que podría hacer sentir algo a Squall, a cualquier persona como él, completamente opuesto a ella. Eso era lo único que podría conquistar a alguien como Squall, y eso me hizo ver que no sentía nada realmente verdadero hacia él. Éramos incompatibles por naturaleza.

Exacto... así os lo expliqué... ¿Y por qué éramos incompatibles Squall y yo? Pues porque él era demasiado serio, demasiado sombrío... Yo ya era lo bastante tranquila y serena como para no necesitar a alguien así. Yo era muy parecida a él, pero sin toda aquella dureza y acritud.

Si sólo alguien como Rinoa podría hacer sentir algo especial a Squall, si sólo alguien como ella podría completarlo.

Sólo alguien como ella podría hacerme sentir algo a mí.

Y yo había sido lo suficientemente idiota como para no darme cuenta hasta ese maldito instante en que me paré a preguntarme por qué tenía tantas ganas de tocar uno de sus pies.


Pies.... *¬*