—Ahora, Troye Sivan nos brinda su nueva canción: "For him". Disfrútenla, señores. Mientras, nosotros nos iremos despidiendo. Hasta la próxima, ¡oyentes de lo clásico y nuevo! —así se despedía el conductor de voz gruesa en la radio llegada las ocho de la noche. Akaashi subió el volumen, habiendo escuchado ya esa canción en Youtube y disfrutándola en vivo por la radio.
—Te gusta mucho el pop y el rock —observó en voz alta Bokuto, finalmente. Aunque esperando descubrir otra cosa más del pelinegro.
Se encontraban arreglando la tienda para su cierre cercano a San Valentín, donde las parejas encargaban ramos extravagantes en tamaño, color y precio. Siendo la actividad del local casi constante. Dos entrando y uno saliendo. Aquellos días agradecía tener un rompe plantas como Bokuto a su alrededor, siendo que este había mejorado su trato con los pimpollos al haber estado trabajando durante más de dos meses allí. Pero, por más que Dios le ame de vez en cuando, tampoco tenía tanta suerte: Un florero era roto por día, al menos. El cual Bokuto prometía pagar con otro día de trabajo.
"A este paso jamás vas a dejar de trabajar como ayudante aquí. Te das cuenta, ¿no?" Cuestionó luego de ver como otro pedazo de cerámica era lastimosamente tirado al suelo y roto en varios pedazos de formas irreconocibles. El de raíces oscuras le sonrió avergonzado desde el suelo, donde levantaba el material quebrado con delicadeza de no cortarse.
—Sí —Respondió, volviendo a la realidad, donde Bokuto aún no había roto algo en todo el día y Dios parecía quererle un poquito más de lo normal.
La canción seguía pasándose de fondo, alumbrando el ambiente mientras que Bokuto apagaba la última luz capaz de cerrarles el día.
—Aún no apagué la radio —Avisó Akaashi ante el repentino único sentido que le funcionaba: La audición.
—El que llegue último a apagar la radio paga la entrada a la feria central —retó Bokuto, sonriendo de forma avispada ante la idea.
—¿De qué feria hablas?
—Tres —contó en voz alta al otro lado de la tienda, justo frente a la puerta y a pocos metros de la radio.
—No, vamos a romper algo —Alertó el pelinegro, sintiendo como la suerte de un día sin accidentes se esfumaba rápidamente.
—Dos.
Akaashi dejó la escoba contra la pared a su costado, justo al lado del mostrador. Accedió en silencio, siendo enredado por su debilidad: Los retos.
—¡Uno! —disparó Bokuto.
Ambos, en plena oscuridad y sin idea de a qué altura de la mesa de muestras se encontraba la radio, comenzaron a correr, enfrentándose. Escucharon como la conocida cerámica se rompía y Akaashi dedujo que su querido compañero había logrado otro día más de trabajo junto con él.
Bokuto fue a dar otro paso sin importar la tierra y flores tiradas al suelo, resbalando en el intento por un armazón que deslizó con él hacia adelante sin cuidado alguno, llevándose puesto al pelinegro en mitad de la oscuridad. Cayó bajo este, tomándolo entre sus brazos en la oportunidad y así impidiendo que se dañe la cabeza y brazos mientras terminaban desplomados en el suelo.
—¿Estás bien? —Cuestionó el de abajo, librando al pelinegro de su cuidado y esperando una respuesta. Esta no llegó.
Akaashi se levantó de forma tronca y acelerada sin importar lo sucedido, corriendo nuevamente hasta la mesada y encontrando la radio, apagando la canción que les acompañaba en el último verso antes de acabar.
Entre la respiración agitada y radio en mano, se encaminó unos pasos cerca de la puerta, permitiéndose alumbrar el lugar nuevamente.
—Gané.
A la par, Bokuto se levantaba dificultosamente del suelo. Agarrándose con fuerza del mostrador, resbalando en su apoyo y cayendo de culo otra vez. Keiji comenzó a mofarse poco a poco, sonriendo instintivamente a la escena y luego carcajeándose sin miedo de su amigo.
Bokuto, oficialmente, era un tarado sin buena suerte. El pie se le había atascado perfectamente en un pedazo de cerámica, impidiéndole caminar con ese pie y no resbalar en el intento.
—¡Akaaaaaaaashe, ayúdame que no me puedo parar! —Gritó en medio del lloriqueo, incapaz de ocultar su risa repentina de vez en cuando.
Dos golpes secos en la pared alada le helaron la sangre, seguido por un "¡Cállense!" de la vieja vecina. Fue un momento de silencio y un estallido de risas medianamente controladas y a falta de aire seguido, que lograron quitarle la maceta del pie a Bokuto.
—Bien, parece que hoy invito yo —accedió el de raíces oscuras, saliendo primero de la tienda y colocándose su abrigo. Akaashi no respondió al instante, simplemente cerró la puerta con llave y activó la alarma de seguridad como de costumbre.
—¿Vamos caminando? —Cuestionó, esperando que no le respondiera con lo más insólito.
—Vamos en mi bici.
Ahí va Bokuto, saliendo con lo más insólito. Akaashi siempre esperaba cosas cerca de lo anormal, aunque Koutaro encontraba la forma de que estas siempre sobrepasaran este punto.
Accedió, teniendo en cuenta su poco esfuerzo durante el trayecto. Ni tendría que caminar, aunque podría caer con facilidad o sería una opción chocar con alguien, dada la poca iluminación de la noche.
Dejó que el conductor suba primero para hacerse un espacio en el transportín, comenzando el viaje con desconfianza pero encontrándose irrealmente cómodo en aquel momento. Con un esfuerzo constante por parte de las piernas de Bokuto, el camino rodado a una velocidad uniforme, permitiendo el apoyo de su cabeza sobre la espalda del menor y una bella vista hacia lo dejado atrás. Calles limitadamente iluminadas, hogares felices, otros vacíos, vías vacías y un cielo estrellado pocas veces visto en Tokyo. Todo parecía abrazar sutilmente su cuerpo y lanzarlo a la paz de estar. Simplemente eso. Ser, estar y vivir en esos momentos sin cambiar nada.
—Llegamos —le cortó la bocha Bokuto, frenando la bicicleta como sólo él sabía hacerlo: Bruto como un animal.
Akaashi por poco cae de frente al suelo, agarrando con fuerza los pequeños barrotes del transportín. Bajó de este y admiró el lugar iluminado de forma estrafalaria. Nunca había ido y tampoco pensó que lo haría a sus veinte.
Los niños corrían dentro del terreno alfombrado por pasos verdes y partes terrosas dado el pasaje humano constante y destructor. En mil colores los juegos se encendían y unas cuantas canciones se distinguían a la distancia, todo borroso gracias al notable murmullo general de la gente. Niños gritaban en algunos juegos extremos, otros se emocionaban al ganar un juguete gracias a las tiendas que abrazaban la entrada con muñecos y atracciones. Era mucho movimiento, todos podían deducir aquello. Y en este tipo de casos, dentro de aquél embrollo de gente, habían dos clases de personas: Quienes amaban el sonido de locura, como Bokuto, o los que se encontraban medianamente aterrados ante el movimiento del lugar, cual Keiji.
Él observó todo durante unos momentos, de cuerpo tieso y mirada veloz, aunque fue interrumpido por ese torbellino agradable.
—¿Empezamos por tiro al blanco? —Preguntó, adelantándose unos pasos y mirándole emocionado. Keiji asintió, sintiendo los nervios crecer en él sin permitirle hablar con palabras.
Bokuto remataba en cada oportunidad que se le daba. Derribó patos, vacas y tortugas, ganando los premios y miradas de cercanos. Elevando la pelota con una mano y pegándole fuertemente con la otra, dando en el blanco sin fallar una vez. Akaashi lo comenzó a mirar a él, en vez de todo el movimiento que le sofocaba. Y en cierto momento se le hizo un poco difícil alejar la mirada del muchacho, siendo que su excentricismo le traía un poco de paz.
—Tengo una idea —Comentó en la última oportunidad del muchacho para lanzar a embocar.
Bokuto le observó expectante, siendo esa la primera vez que el pelinegro le había dirigido la palabra, en vez de acciones, desde que comenzaron la noche. La música de fondo, colorida y candorosa le hizo acompañamiento a las bellas palabras de Akaashi:
—Yo armo y tu rematas, ¿te parece? —sugirió, sonriendo levemente, sabiendo de antes la reacción viva del mayor. Una sonrisa centelleante y reacciones afirmativas de forma instintiva.
Le pasó suavemente el balón blanco, acomodándolo enseguida en la palma de su mano, siendo este apenas más grande que esta. Se posicionaron en medio de toda la gente sin importar mucho el movimiento ajeno. Como si sus sentidos se apagaran, lanzó el balón al aire una vez.
«Hace años no juego. ¿Lo haré bien?», se abrumó el pelinegro. Igualmente, ya no había vuelta atrás. Un pase corto y alto fue hecho al de raíces oscuras, dejando al pelinegro hacer lo suyo: Observar.
Lo vio como en frecuencia lenta. De comisuras levantadas y mirada concentrada, músculos tensos y posicionándose a la perfección sin mucho esfuerzo, total memoria muscular. Con sus brazos trabajados y un salto alto, como si una red le impidiera encontrarse con su objetivo, él estampó su mano contra el plástico frío y lo hizo romper barreras que no existían. Algo le transportó a sus días de pasión sin darse cuenta, imaginando el sonido cambiante a chillidos gratificantes de los zapatos resbalando, ecos de pelotas logrando derrotas y ganadores, gritos gratificantes y otros gruñidos derrotados.
Se imaginó allí, con él. A pesar de haberlo conocido hace dos meses y algo, lo pudo ver en su pasado como uno más de los tantos que le hicieron sentir vivo.
Sintió un espasmo en todo su cuerpo por este pensamiento.
—¿¡Viste eso, Akaashi!? —cayó Bokuto, levantando la voz de sobre manera como era usual. La gente le observaba pero él no lo notaba-. ¡Fue perfecto! - Se acercó a él, tomándolo por los hombros y zarandeándolo enternecidamente.
Keiji no pudo evitar sonreír. ¿De veras le había gustado ese pase por más desastroso que fuera? Koutaro era increíble.
No pudo vivir ese momento mucho más, ya que el dueño del carro les entregó el premio máximo: Dos tickets, los cuales valían por una cena doble en "El puestín de Cacho". Sin muchas esperanzas por un nombre tan peculiar, se encaminaron tranquilamente, entre juegos y puestos, al famoso puesto de comida rápida.
Les entregaron dos cenas infantiles. Constando por una hamburguesa y papas fritas en bandeja de payasos y un laberinto como servilleta. Ambos se sentaron en las pequeñas sillas frente al carro, siendo los únicos adultos al menos cinco metros a la redonda. Se miraron, acertando internamente que aquellos juegos no estaban pensados especialmente para adultos.
—¿Y si mejor vamos a sentarnos al césped? —sugirió Akaashi, quien ya sentía los brazos del asiento incrustándose en sus caderas.
—No, yo no quiero ir —lloriqueó Bokuto, tomando un puñado de papas y metiéndoselo en la boca, pretendiendo estar ocupado.
—¡Dices eso porque te tocó la silla de "La sirenita"! —se quejó el menor, recordando que hacía dos semanas en la radio se habían equivocado brutalmente de transmisión y por los parlantes del equipo comenzó a sonar "Kiss the girl" de la conocida película infantil. Encontrando en sus recuerdos fragmentos del ridículo canto de su amigo con la escoba y unos gritos delirantes cual Scuttle.
—Si me voy, entonces la silla también —enfrentó, señalándolo con una papa.
—Bien, pero nos vamos de acá. Que ya me estoy empezando a sentir agredido por estos niños —excusó el pelinegro, recorriendo con su mirada los ojos acusativos e intrigados de los pequeños; sintiendo como esos cuerpecillos le avergonzaban hasta el alma.
Bokuto tomó su bandeja y se levantó con ímpetu, llevándose todo consigo; incluso la silla.
—Te dije que podías llevar la silla, pero nunca pensé que lo harías de esta forma —Burló, ganándose un intento de mantener la compostura por parte de Bokuto. Las miradas de los niños se dirigieron a la escena.
¿Qué se sentiría más atemorizante que la mirada de treinta niños de doce años sobre ti? Nada, dedujeron los ve veinte y veintiuno.
—Me queda preciosa —sentenció con frente en alto y postura derecha, de pasos firmes a un costado de forma dificultosa y un labio tentado con estallar en risas.
—Menos mal yo no tengo tu mala suerte —mofó el pelinegro, imitando a su compañero… en todo.
—¿Decías?
La Sirenita y El príncipe Eric no pretendían separarse de los traseros de esos veinteañeros.
Y con todo el orgullo forzado dentro de ellos, caminaron con sillas de infantes enganchadas en sus caderas hasta la llanura desierta más cercana, comenzando a carcajearse apenas legar.
Era imposible no escucharlos de a ratos, revolcándose en el pasto con las bandejas a un lado y solo migajas como sobras. De risas libres y fuertes, esas que el aire les falta y las ganas no. Entre recuerdos de volley, conversaciones largas sin sentido alguno y varios secretos entre tejidos.
Todo paró por un momento, cuando las risillas tomaron su tiempo y el silencio borroneado por los sonidos de la feria de fondo se acapararon la atención.
—Hablé con mis padres el jueves pasado —Comentó Bokuto, sentándose en posición de indio, comenzando a arrancar pastitos y así concentrar su atención en aquello mientras daba la gran noticia-. Les comenté lo que hablamos la vez pasada. Lo de dejar la universidad porque me estaba haciendo mal y comenzar a hacer algo que me guste.
—¿Qué dijeron? —preguntó el pelinegro, imitando las acciones del de raíces oscuras.
—Costó un poco con mamá, ella estaba preocupada de que no encuentre trabajo y tenga problemas económicos y eso me deprima —Explicó, dejando de lado el césped y enderezando su espalda, mostrándose de forma más abierta—. Pero entendieron todo lo que sentía lo más bien —sonrió. Esa maldita sonrisa que se mostraba tan vagamente natural no podía evitar hacerle mambos al pelinegro—. Además luego vino mi prima y nos pusimos a jugar a las muñecas entre todos, así que quedó todo bien.
—Tú y toda tu familia son extremadamente extraños —Keiji bromeó, sintiendo la verdad rondando la oración. Escuchando la leve risa de su amigo.
—Gracias.
—No se supone que fuera un cumplido, Bokuto —Aclaró Keiji.
Aunque no lo pudiera notar, el brillo frenesí en el rostro del mayor ahora se había evaporado. Encontrándose el pelinegro frente al mismo muchacho que había ido a ver hacía unas cuantas semanas atrás. O más bien, la versión mejorada. De mirada tibia, facciones relajadas y sonrisa torcida, incapaz de ocultarla.
—No me refiero a eso —rió, incómodo. Bajito y contenido—. Gracias a ti soy el nuevo entrenador oficial de Volley en mi antigua secundaria.
—¿¡Eh!? Eso es increíble —aduló Keiji, posando una mano sobre el hombro de su compañero y sonriendo ampliamente. Por fin trabajaba en algo que le hacía feliz.
—Además, tendré tiempo libre para otro trabajo. Así que, ¿crees que podría comenzar a trabajar contigo en la florería?
¿Por qué se encontraba tan nervioso? Si alguien le decía que vería a Bokuto de esa forma hacía dos meses, Keiji nunca lo creería.
—Estaré encantado de tenerte como compañero —aceptó sin poder impedir sonreír ante la noticia. Ya era oficial: Trabajarían juntos. Extendió su mano derecha, empeñado en un apretón de manos formal. Fue correspondido con gracia.
—Prometo dejar de romper las macetas —Comentó el mayor, apretando firmemente su mano con energía; típico de él.
—Voy a hacer como que te creo.
Bokuto soltó la aterciopelada mano de aquél compañero que había logrado recobrarle un poquito de felicidad con algo de pesadumbre, sintiéndola fría casi al instante.
Esta contrición se les haría presente cada vez que suelten el calor del otro, eventualmente.
