*LOLOL Metí a Sealand en el capítulo xD Es que no podía imaginar a Iggy como hijo único! No pude evitarlo! D;

FRANCIA, 1940

Capítulo Cuatro

Había pasado una semana desde que Arthur había sido trasladado al hospital público de París.

No había demasiado que podía asegurar acerca de su estado, aunque sí notaba que estaba mejorando. Quizás de forma algo lenta por la gravedad de sus heridas, pero estaba tranquilo porque sabía que se sanaría tarde o temprano.

Lo que más lo gratificaba y le causaba satisfacción, dejando de lado su dolorosa recuperación, era que de alguna u otra forma había logrado alcanzar cierta confianza con el médico encargado a su cuidado.

Bien y era cierto que los días en ese lugar eran aburridos y solitarios. Muchas veces extrañaba el gusto y la sensación de poder volar con su avión, y otras la oportunidad que tenía de hablar con personas que entendían exactamente lo que sentía. Ahora que no podía hacer ninguna de esas cosas, estaba obligado a matar el tiempo leyendo algún libro que con suerte se conseguía prestado de alguna enfermera, escribiendo sus 'valerosas memorias' en algún pliego de papel que nunca conservaba, o solo mirando la fluctuación de personas que se movían alrededor y a través la gran ventana que alumbraba la habitación.

Existía algo más, y sin duda era lo que le resultaba más divertido de todas las actividades que se disponía hacer para pasar el tiempo: Lo que más le gustaba eran las pláticas que solía tener con Glen durante su turno de revisión, e incluso durante sus horas libres, cuando el médico no tenía nada que hacer y prefería encontrar a alguien con quién conversar.

Lo bueno de hablar con él era que, contrariamente de que tuviera dificultades para iniciar las conversaciones –aspecto que no había escapado la implacable vista del ojioliva-, terminaban siempre hablando de algo ameno, y de diversos temas. Además, estaba seguro que el historial del aviador le causaba un poco de curiosidad, y no dejaba de disfrutar, de manera muy tranquila y callada, todas las historias que él tenía para contar.

Para ese entonces ya habían agotado los temas de conversación de simples conocidos que son amables el uno con el otro, habiendo pasado a asuntos como las razones que tuvo para convertirse en miembro de la Real Fuerza aérea, la emocionante historia detrás de sus heridas, o la forma en la que se pasaba la vida en el hospital.

Conocía una parte importante de él, aunque no todo, ciertamente. Le agradaba, y no tendría ningún problema en llegar a conocerlo mucho mejor. Tal vez por eso se hacía más allegado a él, no creándose problemas cuando el inglés tenía deseos de entablar una conversación o sencillamente entretenerse con la presencia de alguien.

Y Arthur, por su lado, se mostraba tal y como era. Le confesó lo muy importante que era para él la aviación, que se había unido a las fuerzas aéreas porque era un sueño de la niñez y antigua profesión de su padre, el viaje hasta Francia, las cosas que habían visto, el día de la invasión alemana y lo último que recordaba antes de perder la consciencia. Recordaba, también, la vez que le preguntó si tenía algún familiar cercano, alegando que él tenía a su madre y a un hermano menor con el que siempre discutía, llamado Peter.

De forma bastante calmada y simple, contestó con –No una aquí- Sin mostrar alguna expresión en particular, ni siquiera aflicción, añoranza o nostalgia. Aquella respuesta fue difícil de borrar de la memoria, y encontrar su significado fue algo que le causó particular interés.

¿Cómo no querría averiguar algo que tuviese que ver con ese ser?

No, esa no era la pregunta que explicaba mejor las cosas. La pregunta que realmente necesitaba ser contestada era por qué pensaba todo eso: ¿Por qué tanta consideración para con el médico? ¿Por qué desgastar el tiempo en intentar comprenderlo como si fuese un agujero sin fondo?

No lo entendía. Aceptaba muchas cosas y muchas sensaciones que tenía que ver con él cuando estaba cerca, pero distaba de ser algo que en verdad pudiese comprender. Solo sabía que cada vez que tenía ocasión de hablar con él le sudaban las palmas de las manos; sentía dolor en su estómago; se le calentaban las mejillas y las orejas, el cuello; el pecho se percibía como más grande y vacío de lo normal; el corazón le latía a grandes velocidades y, por último, aparecía una irremediable sonrisa en sus labios, una que no controlaba a consciencia propia.

Era como si su cuerpo lo recompensara al verlo, como si cada parte de él estuviera mejor, como si todo en ese depresivo salón volviera a la vida, como si el dolor fuera menos y el bienestar infinito.

No era capaz de precisar ese sentir y, cuando esa palabra que probablemente resumía todo en unas pocas letras aparecía de improvisto en su mente, la alejaba desconfiado y un tanto asustado. Siempre consideraba que era mejor no sacar conclusiones ni dar nada por sentado, a pesar que no pudiese evitar sonrojarse y sonreír avergonzado.

Y si tan solo pudiese haber borrado el pensamiento por el resto de días que siguieron, quizá habría sido mucho más fácil de evitar considerar* todo tipo de pequeños detalles que dirigían su atención a un objetivo específico con la intención de probar el sentimiento que deseaba evadir. No por nada empezó a fijarse más en Glen, en cavilar acerca de cada una de las cosas que se le venían a la mente al verlo.

Todo comenzó con el inocente interés de observar más de cerca y más detenidamente su apariencia física. Creyó que se trataba de una vigilancia prestada por el mero trato constante o la mera curiosidad. Empero, pronto se halló sumiéndose en un cuidado que escapaba a unos designios tan simples como lo eran aquellos.

Ya no podía verlo con los mismos ojos ni con una perspectiva tan sencilla: A cualquier persona le hubiese parecido fuera de lo común verse continuamente en la posición de un observador tan aprehensivo. Quizá estaba loco, cuestión que era minimizada cuando lo veía pasar con su característica postura elegante, cuando se deleitaba con cada detalle de un cuerpo que le parecía en composición perfecto y muy atractivo. Llegaba a dejarse llevar enteramente por sus movimientos, su silueta, la figura que penosamente imaginaba debajo de su ropa. Por su piel que relucía siempre tan provocativa, por su cuello, las facciones de su rostro, su imperturbable gesto y su inteligencia tranquila.

Con unas cuantas semanas, gran concentración e inexplicable devoción, Arthur descubrió que había memorizado cada detalle del médico, detalles que iban desde lo simple de una minúscula y solitaria pea en la mano con la que lo revisaba hasta el agradable olor tan peculiar en él. Conocía tan bien esas insignificancias que hasta podía definir de memoria el color y la textura de cada pequeña rayita se sus iris, esa combinación, profundidad y sensación que terminaban por configurar el particular color de sus ojos.

También llegó a saber al dedillo a qué hora atendía a cada paciente, a qué hora lo veía, sus horas libres y la hora a la que se retiraba a descansar al final del día. Prácticamente conocía cada aspecto visible de Glen Llywellyn y sus rutinas, siendo lo más raro de explicar por un sentir que no tenía nombre.

Tampoco era como si no pudiera hacer otra cosa y se limitara a acudir a lo disponible. En vez de perseguirlo con la vista, bien podía leer algo, escuchar la radio que anunciaba algún nuevo acontecimiento, escribir la novela que siempre había deseado escribir o convencer a alguna enfermera de que lo dejara salir a tomar aire. Sin embargo, el problema era que ninguna de esas cosas le interesaba al saber que el galés estaba cerca y que podía gastarse su tiempo solo en él.

Era todo como un lamentable círculo vicioso, uno del que no podía salir por estar atrapado en su mirar. Siempre terminaba hallándose en un dilema que le exigía conocer su naturaleza.

Glen le era tan frío que saber de su esencia le resultaba problemático y en ocasiones intimidante, aunque prefería pensar que el riesgo a la destrucción de comprender algo que no debía valiera la pena y no fuese por nada porque precisamente era él de quien se trataba y, aunque no quisiera emocionarse, era importante para sí mismo, era su única compañía.

Le hacía bien tenerlo cerca, de eso no había duda. Los dolores en el pecho y el nerviosismo no podían ser perjudiciales por ser él quien los despertaba.

Y es que, además de sentir deleite por su apariencia y sus maneras, sentía gran admiración por su forma de ser que no se ocultaba, por esa vocación y dedicación para con sus pacientes. Podía dejar atrás la imparcialidad de su carácter para ayudar a quienes estaban bajo su cuidado, y eso se notaba tanto por la forma que adoptaban sus atenciones como por el tiempo que se tomaba para hacer las cosas lo mejor posible, las constantes visitas de supervisión en sus supuestas horas libres y el turno extra en el hospital hasta bien entrada la noche.

Podía terminar por ser la persona más generosa del mundo cuando se trataba de quienes estaban bajo su responsabilidad, incluyéndolo: Siempre le preguntaba cómo se sentía, desde cuando era su turno de atención propiamente dicho hasta en las conversaciones que tenían cuando habían los minutos disponibles.

Cuando estuvo mejor y sus heridas algo más regeneradas, no tardó en recomendarle salir a tomar aire, considerando lo bueno que es el cambio de ambiente para el ánimo particular y la frecuencia con la que Arthur miraba el cielo claro a través de las ventanas, deseando estar allí.

Se lo agradeció mucho y él movió sus influencias inmediatamente para conseguirle una silla de ruedas y a un asistente disponible para que lo acompañara.

Por un momento y luego de mucho tiempo, el inglés sintió que alguien se preocupaba por él, llenándose el pecho de una sensación dulce al saber que se trataba del ojioliva.

Éste le mostró una rara sonrisa antes de ayudarlo a pasarse a la silla con una enfermera.

-No te esfuerces mucho. Aún te falta para componerte por completo.

-L-Lo tendré en cuenta- Contestó sonriendo, mirando la profundidad de sus ojos y la amabilidad de la extraña y cautivadora curva en sus labios.

Dicha enfermera lo llevó hasta el patio trasero del hospital. Aquel paraje tenía un brillante gras, un árbol y unas cuantas flores con arbustos podados en bloques. El aire se respiraba fresco y la brisa era renovadora. Después de mucho esperar volvió a sentir los tenues rayos solares en su piel, el olor de las flores y su alérgico polen, animado por la vista del cielo en el que solía navegar.

Permaneció allí admirado sin saber cuánto, pensando y rememorando miles de sucesos. Una rara alegría acaba de invadirlo al momento que sintió una mano posarse en su hombro. Miró hacia arriba para ver a Glen a su lado, mirando el jardín con él.

-Ho-Hola ¿No ibas a estar adentro?

-Ya estoy en mi turno libre, son las doce.

-Oh…- Sus mejillas volvieron a encenderse y una graciosa sensación le pasó por dentro.

-¿Se sintió bien salir después de casi tres semanas de encierro?- El galés intuía que sí por la seña de realización que portaba, y eso de alguna manera lo dejaba tranquilo, pues era para él bueno saber que Arthur se encontraba bien.

-Mucho. Es decir, ex-extrañaba esto. Cuando era niño vivía al lado de un amplio jardín, y desde entonces me han gustado mucho este tipo de vistas.

-A mi también. Es relajante, supongo.

El sonido del viento, de las hojas, y del silbido del pasto fue lo único que se oyó por un par de minutos.

El primero en decir algo fue el doctor, en un tono tranquilo y aún mirando hacia el firmamento con nubes blancas, pensativo y extrañamente retraído –Espero que no te pase nada allá afuera, Arthur. Algo así sería una lástima…

Arthur le echó un vistazo, desconcertado. ¿Era acaso que se preocupaba por él de verdad? No sabría, pero imaginarlo se sintió bien. Su pecho estalló en todas esas sensaciones inquietas y hermosas y sus pulmones se llenaron con su esencia traída por una corriente de aire.

Encontró, de pronto, un nuevo sentido para sobrevivir a lo que lo esperaba fuera de esos cuatro muros: El deseo del ojioliva de que así fuera. Era lo más importante en ese momento, quizá, y lo haría, demostraría que podía hacerlo.

Supo que protegería su vida y la de él si fuese necesario, y por entonces los por qués no debían aún ser revelados. Sonrió.

-No pasará…

Quería que así fuera, que esa paz y ese sentimiento dulce duraran un poco más para no decepcionarlo. Deseó sobrevivir, desde ese momento, para Glen.