Capítulo IV
Perfecto.
Todo iba perfecto.
El pan y los pastelillos de arándanos recién horneados, el aroma de las canastillas embriagando su olfato, y el de algunas personas que se paraban a comprar. Los carteles luciendo bellos colores a la vista mientras caminaba alegremente de tienda en tienda entregando panfletos, tal y como se había planeado. Un éxito seguro.
Todo eso.
ARRUINADO
Y ¿Por qué? Bueno para ella sería fácil decir que la ausencia de Calvin era la culpable. Pero, no. No era tan irracional. Claro que no.
…
…
Bien, si lo era.
Estaba segura de que al final su inasistencia le había traído mal augurio.
Llovía.
En VERANO.
V - E - R - A - N - O
Si no era eso. Entonces no sabía que era. Se suponía que aparte de hacer entrega de los pedidos de su pequeña tienda de pastelillos iniciarían con la publicidad. Es cierto que aún no podían alquilar un módulo o comprar todo lo necesario para construir su propia panadería, pero como había mencionado antes no les iba mal. Ganaban bien pero no lo suficiente. Sin embargo Bella sabía que no tardarían mucho en cumplir ese sueño. Mientras siguieran vendiéndole a las pequeñas tiendas de la localidad así de bien no tendrían que preocuparse de que los fondos de su cuenta de ahorros no crecieran. A parte, sus trabajos de niñera y camarera tenían que rendirle frutos. En todo caso lo hacía más por Calvin que por ella. Es decir, no es que no tuviera ambiciones en la vida. Claro que las tenía. Mientras se integrara de proyecto en proyecto, ella era feliz. Así de simple. Cuando veía a alguien planeando algo, ella siempre se inmiscuía y le divertía.
Nunca se estaba quieta. Asentarse iba en contra de todas sus creencias.
− Pero, niña. ¿Qué haces ahí? – Exclamó una señora bajo la seguridad de un paraguas – Mira como estas de empapada
− ¿Eh?
Confundida. Se miró así misma tras el reflejo de una vitrina. Estaba totalmente mojada de la cabeza a los pies.
− ¡Oh! – se giró hacia ella con una sonrisa – No es nada. Ya lo sabía – alzó la mirada hacia el cielo – ¿No cree que es fantástico? Se siente realmente delicioso.
La señora sólo se le quedo viendo con expresión de perplejidad y continuó con su camino. Bella la siguió con la mirada algo decepcionada. Nadie la entendía. Se encogió de hombros y siguió sonriendo mientras reanudaba su camino a casa bajo aquel torrente.
Es cierto que estaba molesta por lo de la lluvia. Pero eso sólo se debía a que había arruinado sus planes de hoy. No es que la odiara. De hecho le gustaba mucho. Después de todo pasaba horas bajo la regadera cada vez que se bañaba.
Justo cuando iba a girar en la siguiente esquina un auto se detuvo frente a ella con rudeza bañándola completamente de agua.
Trató de pensar que esa sustancia de color café era eso, sólo agua.
− ¡Apresúrate! – grito una voz desde adentro en cuanto se abrió la puerta trasera.
Un hombre se bajó de él y antes de que pudiera preguntar quién era la tomo entre los brazos y la empujo dentro del auto. Se removió lo más fuerte que pudo entre sus brazos lanzando gritos ahogados por la enorme mano que cubría su boca. No supo cuánto tiempo se mantuvo luchando hasta que sintió un aroma dulce inundar sus sentidos y perder la conciencia.
Una oscura cortina nebulosa invadía sus sentidos mientras escuchaba el murmullo de unas voces a lo lejos seguido del retumbar de lo que parecía ser una puerta. Trató de abrir los ojos pero los sentía pesados al igual que todo su cuerpo. No recordaba nada de lo que había estado haciendo antes de perder la conciencia. Lo único que podía percibir era la suavidad del sitio sobre el cual, imaginaba, estaba tumbada. Seca. Totalmente seca cuando debería sentirse mojada. Decir que estaba aterrada era poco, lo único que daba señales de vida eran los pasos lentos que se escuchaban a lo lejos. Muy a lo lejos. A penas y escuchaba por encima del pitido en sus oídos.
Edward miró fijamente a aquella figura etérea que se posaba resplandeciente sobre su cama mientras se terminaba de un trago la copa de brandy. ″Un querubín" pensó en comparación a su madre. Una señal de duda sondeando sus ojos. Esta figura parecía palidecer en comparación a su madre. Es más ya comenzaba a dudar de que esa fuera su hija sino fuera por la prueba de ADN que se le había realizado. La apariencia de la hija de aquella serpiente era todo lo contrario. La madre era veneno y la hija parecía miel. La madre una mujer y la hija una niña. Una mujer salida del olimpo y una criaturita. Porque a pesar de ser absolutamente femenina no era una preciosidad. No tenía el cuerpo esquicito de su madre, era más bien redondita, baja y desaliñada. Eso no era discutible. Parte de sus inversiones estaban destinadas a la moda y aquella chica no le llegaba ni a los talones a cualquiera de esas féminas. Sin embargo y a pesar de esa infinita diferencia, odiaba admitir que su reacción fuera tan inesperadamente lujuriosa. Y a él no le gustaban las niñas. No se parecía en nada a las modelos con las que solía acostarse, rubias extremadamente delgadas de cinturas estrechas y poco voluptuosas. Bella Swan, como dictaba su informe, era todo menos sofisticada o llamativa. Por lo que no supo que podría haberle impresionado o más bien desatado una especie de deseo primario en su interior desde que la vio entrar en brazos de uno de sus hombres.
− No me gusta. Pero supongo que algo se le podrá hacer. Prepáralo todo. Debo asegurarme de que estén firmados antes de la reunión de mañana y no te olvides de tomar otra serie de muestras, no quiero tener que repetírtelo – declaró, confiado, alzando una de sus cejas esperando a que se inclinase en confirmación de lo ordenado. Luego tambolirió los dedos sobre la copa que descansaba sobre la mesita y volvió nuevamente su mirada escéptica hacia la joven inconsciente − A juzgar por su apariencia veo imposible mostrársela – señaló recostándose sobre el espaldar del sofá con la mirada en el techo mientras estiraba hacia arriba ambos brazos para colocarlos detrás de su cabeza − Mejor consíguete a otra más. A esta no la dejaré salir de aquí.
− Edward, no puedes hacer eso – exclamó una voz molesta mientras atravesaba la puerta de manera abrupta.
− ¡Haz silencio Rosalie! – gruñó abandonando su relajada postura en cuanto escuchó la voz irreverente de su prima, golpeando la mesa con la mano izquierda, lo que provoco que la botella de brandy y la copa se alzaran y derramaran su contenido.
− ¡Pero es que…
− ¡Dije que te calles! – y sin volver la mirada ordenó – sáquenla de la casa y asegúrense que esta vez no vuelva.
Rosalie comenzó a revolverse entre los brazos de los guardias alzando la voz desde los corredores.
− ¡Eres un mounstro. No puedes hacerle eso!
− ¡Jacob, qué esperas para cerrar la puerta!
− Sí, señor.
− Como si realmente me importara – murmuró para sí mismo.
Dirigió su mirada hacia una de las esquinas de la habitación.
− ¿Ese es todo su equipaje?
− Si, señor
− Revísalo y entrégame cualquier cosa que sea valiosa. Nadie saldrá de aquí hasta que encontremos algo.
− Por supuesto señor.
Rosalie sí que era de armas a tomar. Había sido la mejor decisión dejarla fuera de todo, pero a esa pequeña diablilla no se le escapaba nada y su genio era casi tan grande como el suyo. Hace nueve años ella había tenido que lidiar con los reproches de Tanya, robándole la atención de su padre. Sus deseos por ser aceptada la llevaron a cometer error tras error. Su prima se había equivocado mucho. Había desarrollado una adicción a las drogas, se mantenía la mayor parte del tiempo de fiesta en fiesta, saliendo con chicos que se interesaban más en su fortuna que por ella y al final había terminado embarazándose a los veinte y seis años de algún cobarde que ni ella podía recordar. Tanto Alice como él habían tenido que lidiar con su desborde emocional, Rosalie siempre había sido la más favorecida de su padre y al verse excluida ante su rechazo había perdido el control. Edward entendía su situación considerando que ella ya era una mujer pero su tío había sido demasiado absolutista; porque prefería irse de viaje con esa fulana que celebrar algún acontecimiento familiar importante. En ese entonces ni siquiera la noticia de su embarazo le inmutó. Y él por su parte, tarde pero seguro, se había encargado de buscar al mal nacido luego del nacimiento de su sobrino. Nadie se metía con él y salía ileso. El susodicho, hombre de cuarenta y cuatro años, y casado terminó en la cárcel y por él se pudriría ahí mismo por el resto de su vida. Vaya casualidad que vendiera drogas. Sin embargo Alice era otro caso. Parecía ir en contra de la familia con su aparente sabiduría. La admiraba y la amaba muchísimo pero no podía evitar sentir cierto rencor por su aislamiento. Siempre que quería conversar con ella no dejaba de sacar el tema de su plan de venganza.
Su querida Alice Cullen, prima que se había convertido en su consuelo siempre que le dominaban la rabia y la tristeza, ahora le repudiaba, recriminaba y hasta ignoraba. Se había cambiado de casa porque según ella, su descontrol y sed de venganza la exsasperaban. Sus arranques de celos por cualquier hombre que se le acercara lo habían alejado de ella. ¿Celos? El no conocía tal cosa. Su prima le acusaba de tener los peores celos de hermano que cualquiera podría experimentar. ¿Porqué, dispararle a tres de sus últimos ex novios que la habían hecho llorar, estaba mal? Lo que más detestaba es que llegaran externos a robarle la poca felicidad que le quedaba a sus primas y sus sobrinos. Eran suyos y por él nadie les pondría un dedo encima. Y no entendía como Alice no se daba cuenta de que deshacerse de Tanya de la misma manera en la que ella se deshizo de su madre estaba mal.
− Mph… ¿Dónde estoy? – Dijo en apenas un susurro. Se sentía débil y algo mareada. Giro la cabeza en varias direcciones hasta que dio vista a la figura altiva de lo que parecía ser un ser humano. Se alzó sobre sus rodillas y brazos, dio media vuelta y entrecerró los ojos tratando de enfocar mejor la vista.
Parpadeo varias veces. ″Tiene que ser un sueño" pensó con asombro. La imagen ante ella era simplemente alucinante. Porque el hombre que se recostaba sobre el dosel de la cama era la viva imagen de un arcángel. Cabello dorado, lacio y brillante, le llegaba unos cuantos centímetros por debajo de las orejas y un poco por encima de la base del cuello, sus ojos eran azules como dos piedras de zafiro fríos como hielo, sus labios carnosos y rojizos bien delineados, el inferior más grueso que el superior.
A Bella le pareció todo un Dios bajado del olimpo. Excepto por que la miraba con un desprecio tal que la hizo temblar de miedo en cuanto se encontró con su mirada fría y la mueca de deferencia en sus labios.
Pero pese a todo lo que podía percibir en un ambiente cargado de rencor y odio no pudo evitar decir lo que pensaba.
− Eres hermoso
Edward estuvo a punto de alzarle una ceja y simulo bajo una máscara de indiferencia la sorpresa de ese comentario tan descarado mientras ella se tapaba la boca rápidamente. Había esperado por dos horas a que se despertara porque estaba curioso de cómo sería su voz y las expresiones de su rostro. Esperaba que, carente de belleza, al menos pudiese detectar algo de la elegancia innata de Tanya. Que equivocado estaba ¿Era realmente su hija? No tenía la altura, la gracilidad ni los ojos seductores de esa arpía. Es más su piel era demasiado pálida, el cabello café y los ojos pardos. Ninguna pizca de que provenía del vientre de aquella mujer.
− Sin duda, no me sirves − murmuró con voz contenida mientras la penetraba con todo el poder despectivo de su mirada.
Estaba tan alucinada por su belleza que fue como si él no hubiese dicho nada.
− Realmente bello – murmuró por detrás de las manos que tapaban su boca. En un momento las bajo − ¿Cómo te llamas? ¿Eres quien me trajo aquí? ¿Qué quieres? ¿Dónde estamos?
Al parecer más que simple sería realmente cansino y exasperante. No tenía precedentes. No dudaba que tenía un poderoso atractivo hacia el sexo opuesto pero la desinhibida deAliceción casi romántica más que tomarlo por sorpresa le hizo ver que no tendría que pujar mucho para tenerla donde la quería. ¨Una mujer demasiado tonta¨ se dijo. Porque esa cara infantil y ese cuerpo poco deseable eran tan transparentes que no le quedo la menor duda sobre su ingenuidad. Lo sabía porque años de experiencia con ese basilisco le habían dejado claro las intenciones frívolas de los demás. Pero esto, fuera de todo pronóstico, era estupefaciente porque esa niña definitivamente era hueca, y no en el buen sentido. Bien, mejor para él, no tendría que gastar saliva en tantas amenazas. Lo que sí iba a traerle eran dolores de cabeza, porque ni bien ella había despertado ya se sentía molesto.
Le dio una mirada llena de rabia, con las venas de su frente visibles, mientras fruncía el ceño aún más.
− ¡Cierra la boca!
Su voz de seda sonó como un gruñido. Por fin, la joven parecía haber hecho contacto con la realidad porque ante sus palabras bastantes bruscas, retrocedió gateando hacia atrás, y su mirada se llenó de miedo.
Bella tragó saliva, temblando de pies a cabeza, tanto que apenas pudo hablar.
− ¿Qué hago aquí? ¿Qué vas a hacerme? – susurró con una voz apenas audible mientras se iba bajando de la cama lentamente de espaldas, como para no llamar su atención cuando sabía que sería imposible dado que no apartaba la mirada de ella. Él sonrío de lado ante su evidente terror y dio un paso hacia delante acercándose un poco hacia ella. El pánico nublo los sentidos de Bella. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras hiperventilaba pesadamente y justo corrió hacia la esquina más cercana a ella. Se pegó lo más que pudo como si pudiese, de alguna manera, atravesar la pared para esconderse. Edward dejó de sonreír y se dirigió hacia la puerta con porte elegante, dejando a una sofocada Bella cayendo sobre él suelo apenas consiente.
− Asegúrate de que no salga de aquí hasta que yo regrese y dile a la señora Clearkwader que prepare la habitación de huéspedes.
Habiendo dado la orden a dos de sus hombres que custodiaban la puerta de su habitación se dirigió a su oficina a continuar con su trabajo.
Ya lidiaría con ella más tarde.
