Capitulo dedicado a los seguidoras de Zack y Aeris...
Bailando en el Aire.
Tres
Aeris llegó hasta el arroyo y las flores silvestres, que eran como gotas de sol sobre la sombra verde. Volvió a encontrarse en paz sentada en el bosque, mientras oía el murmullo del agua y el canto de los pájaros.
Aquél era su lugar. Estaba segura de ello como no lo había estado de otra cosa en toda su vida. Pertenecía a ese lugar como no había pertenecido a ningún otro.
Incluso de niña se había encontrado desplazada. No por culpa de sus padres, pensó mientras acariciaba el medallón. Ellos no tuvieron la culpa, pero su hogar estaba allí donde destinaran a su padre y sólo hasta que los mandos lo enviaban a otro lado. Su infancia no transcurrió en un mismo sitio, no tenía un lugar en el que los recuerdos pudieran echar raíces y florecer.
Su madre había tenido el don de hacer un hogar del sitio donde estuvieran y durante el tiempo que permanecieran en él, pero no era lo mismo que saber que todos los días te despertarías con la misma vista en la ventana del dormitorio.
Aquél era un anhelo que había acompañado siempre a Aeris.
Su error había sido pensar que Sephiroth podría mitigar ese anhelo, cuando debería haber sabido que era algo que tenía que encontrar por sí misma.
Quizá lo hubiera encontrado en ese lugar.
Era lo que Tifa había querido decir. «Los que son semejantes se reconocen entre sí.» Las dos se sentían a gusto en la isla. Quizá, en cierta forma, las dos pertenecían a la isla. Era tan sencillo como eso.
Pero Tifa era una mujer intuitiva y extrañamente poderosa. Percibía los secretos. Aeris sólo podía esperar que cumpliera lo que había prometido y que no se dedicara a fisgar. Si alguien empezaba a escarbar en su pasado, tendría que marcharse. Daba igual lo a gusto que estuviera en aquel lugar, no podría quedarse.
Eso no iba a suceder.
Aeris se levantó, estiró los brazos como si quisiera tocar los rayos del sol y dio unas vueltas sobre sí misma. No permitiría que aquello ocurriera. Confiaría en Tifa. Iba a trabajar para ella, iba a vivir en la casita amarilla y todas las mañanas se despertaría con una embriagadora sensación de libertad.
Con el tiempo, pensó mientras volvía hacia su casa, ella y Tifa podrían llegar a ser verdaderas amigas. Sería maravilloso tener una amiga con tanta vitalidad e inteligencia.
Se preguntó cómo sería ser una mujer como Tifa Lockhart; qué supondría ser tan extremadamente hermosa y estar tan segura de sí misma. Una mujer como ella nunca dudaría de sí misma, no tendría que rehacerse, ni se preocuparía por saber si sus actos eran los correctos.
Era fascinante.
Pero si bien la belleza es de nacimiento, la confianza puede aprenderse. Puede conquistarse. ¿Acaso no producía una satisfacción enorme ganar esas pequeñas batallas? Cada vez que lo conseguías, volvías a la guerra con más armas.
Aceleró el paso y pensó que ya estaba bien de darle vueltas a la cabeza y de perder el tiempo. Iba a gastarse el resto del adelanto en el vivero.
Si eso no era confianza ¿qué otra cosa podría serlo?
Le dejaron que abriera una cuenta. «Otra deuda que tengo con Tifa», pensó Aeris mientras atravesaba la isla en coche. Trabajaba para Tifa Lockhart, y sólo por eso la trataban con amabilidad, confiaban en ella y le permitían que se llevara cosas sólo con firmar un resguardo.
Supuso que se trataba de una especie de magia que sólo se daba en los pueblos pequeños. Aunque hizo un esfuerzo por no aprovecharse, había acabado llevándose media docena de semilleros, tiestos y tierra. También se había llevado una ridícula gárgola de piedra para que custodiara sus flores.
Estaba deseando empezar. Aparcó delante de la casa y se bajó de un salto. En cuanto abrió la puerta trasera, se encontró inmersa en una pequeña y fragante jungla.
—Vamos a pasárnoslo muy bien y voy a cuidar mucho de vosotras.
Se inclinó para alcanzar la primera de las bandejas.
«Menudo espectáculo», pensó Zack mientras se paraba en el otro lado de la calle. Un pequeño y bien formado trasero de mujer enfundado en unos vaqueros viejos. Si un hombre no le dedicaba un minuto de su tiempo, es que era un pobre desgraciado.
Salió del coche, se apoyó en la puerta y observó que Aeris sacaba un semillero de petunias blancas y rosas.
—Una imagen preciosa.
Ella se levantó tan bruscamente que casi tiró la bandeja. Zack lo notó, como notó la sombra de precaución que cruzó la mirada de Aeris. Él se irguió perezosamente y cruzó la calle.
—Déjame que te eche una mano.
—No te preocupes, ya lo tengo.
—Hay muchos más. Vas a tener trabajo —pasó junto a ella y cogió dos semilleros más—. ¿Dónde los llevas?
—De momento los dejaré detrás de la casa. No he decidido todavía dónde plantarlos. Pero, de verdad, no hace falta...
—Huele bien. ¿Qué has comprado?
—Hierbas. Romero, albahaca, estragón, esas cosas... —Aeris pensó que la mejor forma de deshacerse de él era dejar que le llevara las bandejas—. Voy a hacer un herbario delante de la cocina; quizá añada algunas hortalizas cuando tenga tiempo.
—Mi madre siempre decía que plantar flores era echar raíces.
—Me propongo hacer las dos cosas. Puedes dejarlas en el porche. Gracias, sheriff.
—Tienes otras dos en el asiento delantero.
—Yo puedo...
—Iré a por ellas. ¿Te has acordado de comprar tierra?
—Sí, está en el maletero.
El sonrió y alargó el brazo.
—Necesito las llaves.
—Ah. Claro —estaba atrapada. Buscó en el bolsillo—. Gracias.
Cuando él se marchó, Aeris apretó las manos. No pasaba nada. Sólo quería ayudar. No todos los hombres ni todos los policías eran un peligro. Ella lo sabía perfectamente.
Zack volvió cargado y ella se rió al verlo con una bolsa enorme de tierra al hombro y una bandeja de geranios rosas en las enormes manos.
—He comprado demasiadas cosas —Aeris cogió las flores—. Sólo quería hierbas, pero antes de darme cuenta... ya no podía parar.
—Es lo que dice todo el mundo. Te traeré los tiestos y las herramientas.
—Sheriff —hubo un tiempo en el que lo natural para ella era corresponder a la amabilidad con amabilidad y ahora quería volver a ser natural—. Esta mañana hice limonada ¿quieres un vaso?
—Lo agradecería.
Lo único que tenía que hacer para ser ella misma era tranquilizarse. Llenó dos vasos con hielo y sirvió la limonada. Zack ya había vuelto cuando ella salió. Aeris sintió una leve sacudida al verlo, tan grande y viril en medio de flores rosas y blancas.
Le atraía. Si bien reconoció la sensación, se recordó a sí misma que eso era algo que no podía ni quería volver a sentir.
—Gracias por el servicio de mula de carga.
—De nada.
Él tomó el vaso y vació la mitad de un sorbo mientras la leve sacudida se transformaba en un cosquilleo en el estómago de Aeris.
Zack dejó el vaso.
—Esto es una limonada de verdad. No me acuerdo de la última vez que tomé limonada recién hecha. Eres un verdadero descubrimiento.
—Me gusta trajinar en la cocina.
Aeris se inclinó y agarró la pala nueva.
—No te has comprado guantes.
—No me he acordado.
Zack se dio cuenta de que ella quería que se bebiera la limonada y se largara, pero era demasiado educada como para decírselo. Precisamente por eso, se sentó en el pequeño porche que había delante de la cocina y se puso cómodo.
— ¿Te importa si me siento un minuto? Ha sido un día muy largo. Pero empieza si quieres. Es muy agradable ver a una mujer trabajando en el jardín.
Aeris lo que quería era sentarse en el porche. Sentarse al sol e imaginar dónde pondría las flores y las hierbas. Pero lo que tenía que hacer era empezar.
Empezó por los tiestos. Sabía que si no le gustaba el resultado, podía cambiarlo.
—Mmm, hablaste con el hombre del perro.
— ¿Pete? —Zack dio otro sorbo de limonada—. Creo que hemos llegado a un acuerdo y que la paz volverá a reinar en nuestra pequeña isla.
Lo dijo con humor y cierta satisfacción indolente. Era difícil no darse cuenta de las dos cosas.
—Tiene que ser interesante ser el sheriff y conocer a todo el mundo.
—Unas veces más que otras.
La observaba trabajar y comprobó que tenía las manos pequeñas. Dedos ágiles y diestros. Aeris mantenía la cabeza inclinada y la mirada apartada. Zack pensó que era timidez acompañada de algo que parecía ser una falta de costumbre para tratar con los demás.
—En gran medida —continuó— consiste en tratar con veraneantes que se toman las vacaciones muy en serio. Principalmente, se trata de pastorear a tres mil personas. Entre Yuffie y yo es fácil.
— ¿Yuffie?
—Mi hermana. Es la otra policía de la isla. Los Grimore han sido los policías de la isla desde hace cinco generaciones. Eso está muy bonito —dijo señalando con el vaso lo que ella estaba haciendo.
— ¿Te parece? —Aeris se sentó en cuclillas. Había puesto un poco de todo en un tiesto. El resultado final no era un batiburrillo, como había temido, sino algo muy alegre. Como su rostro cuando lo levantó—. Es la primera vez que lo hago.
—Se te da muy bien. Deberías ponerte un sombrero. Te vas a quemar si estás mucho rato al sol.
—Ah —se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Seguramente.
—Seguro que no tenías un jardín en Boston.
—No —llenó otro tiesto con tierra—. No pasé mucho tiempo allí. No era un lugar para mí.
—Sé lo que quieres decir. Yo también estuve algún tiempo fuera de la isla y nunca me sentí como en mi casa. ¿Tu familia sigue en el medio oeste?
—Mis padres han muerto.
—Lo siento.
—Yo también —metió un geranio en un tiesto—. Sheriff ¿esto es una conversación o un interrogatorio?
—Conversación —agarró una planta a la que ella no llegaba. Una mujer cauta. Según su experiencia, las personas cautas siempre tenían algún motivo para serlo—. ¿Hay alguna razón por la que debería interrogarte?
—No me buscan por nada, nunca me han detenido y no busco problemas.
—Eso es más que suficiente —le pasó la planta—. Es una isla pequeña. En general amistosa, pero la curiosidad también forma parte de su encanto.
—Me lo imagino —no podía mantenerlo al margen. No podía mantener al margen a nadie—. Mira, llevo tiempo viajando y ya me he cansado. He venido aquí en busca de un trabajo y de un sitio tranquilo para vivir.
—Al parecer, has encontrado las dos cosas —se levantó—. Gracias por la limonada.
—De nada.
—Te está quedando muy bonito. Se te da bien. Buenas tardes, señorita Gainsborough.
—Buenas tardes, sheriff.
De vuelta al coche, Zack repasó lo que había averiguado de ella. Estaba sola en el mundo; recelaba de los policías y de las preguntas; era una mujer de gustos sencillos y asustadiza, y por algún motivo que no podía comprender, no acababa de fiarse de ella.
Echó una ojeada al coche de Aeris y memorizó la matrícula. No estaría de más comprobarla, aunque sólo fuera para quedarse tranquilo.
Su instinto le decía que aunque era posible que Aeris Gainsborough no estuviera buscando problemas, tampoco daba la impresión de que le fueran desconocidos.
Aeris sirvió unas empanadas de manzana a la pareja que estaba sentada junto a la ventana y limpió la mesa de al lado. Había tres mujeres ojeando las estanterías y pensó que pronto se verían tentadas por la zona del café. Se quedó un momento mirando por la ventana con las manos llenas de tazas. Se acercaba el trasbordador seguido de gaviotas que revoloteaban en círculos y se zambullían en el agua. Las boyas se mecían en el mar que ese día estaba tranquilo y de color muy verde. Un balandro, con las velas henchidas, cortaba suavemente la superficie del agua.
Ella también había navegado en otra vida y en otro mar. Era uno de los pocos placeres que recordaba de esa época. La sensación de volar sobre el agua y de elevarse con las olas. Era curioso que el mar la hubiera atraído siempre. Le había cambiado la vida y se había adueñado de ella.
Aquel nuevo mar le había concedido otra vida.
Ese pensamiento le hizo sonreír, se volvió y se chocó con Zack. Trastabilló a pesar de que él la agarró del brazo.
—Lo siento. ¿Te he manchado? Qué torpe soy. Estaba mirando...
—No ha pasado nada —pasó los dedos por las asas de unas tazas y se las quitó con mucho cuidado para no volver a tocarla—. Estaba en tu camino. Un barco muy bonito.
—Sí —se apartó y volvió precipitadamente detrás de la barra. Detestaba que se le acercaran por la espalda—. Pero no me pagan por mirar los barcos. ¿Vas a tomar algo?
—Respira, Aeris.
— ¿Cómo?
—Que respires —dijo amablemente Zack mientras dejaba las tazas en la barra—. Tranquilízate.
—Estoy bien —notó cierta crispación en su tono. Las tazas chocaron entre sí cuando las retiró—. No esperaba que hubiera nadie detrás de mí.
Él hizo una mueca.
—Eso está mejor. Me llevaré una empanada y un café grande. ¿Has terminado de plantar las flores?
—Casi.
No quería hablar con él, de modo que se entretuvo haciendo el café. No quería que el policía de la isla charlara amigablemente con ella y la observara con esos ojos azules y penetrantes.
—Quizá esto te sirva de algo cuando hayas terminando y tengas que cuidar las flores.
Dejó una bolsa encima de la barra.
— ¿Qué es?
—Una herramienta de jardinería.
Contó el dinero y lo dejó también en la barra. Ella se limpió las manos en el delantal y frunció el ceño, pero la curiosidad le impulsó a abrir la bolsa. Sonrió al ver el ridículo sombrero de paja adornado con absurdas flores artificiales.
—Es la cosa más tonta que he visto en mi vida.
—Los había aún peores —aseguró él—. Pero así evitarás que el sol te queme la nariz.
—Es un detalle de tu parte, pero no deberías...
—Por aquí se llama buena vecindad —justo entonces sonó el busca que llevaba en el cinturón—. El deber me llama.
Cuando Zack estaba bajando las escaleras, Aeris sacó el sombrero y corrió a la cocina para probárselo y mirarse en el reflejo de la campana extractora.
Yuffie Grimore se sirvió otra taza de café y dio un sorbo mientras miraba por la ventana de la comisaría. Había sido una mañana tranquila, como a ella le gustaban.
Sin embargo, había algo en el ambiente. Hacía todo lo posible por pasarlo por alto, pero había algo. Le resultaba más fácil decirse que debía ser el exceso de estímulos recibidos la semana que había pasado en Boston.
No era que no lo hubiera pasado bien. Todo lo contrario. Los seminarios y talleres sobre cumplimiento de la ley le habían interesado y le habían abierto nuevas perspectivas. Le gustaba el trabajo de policía, la rutina y el cuidado por los detalles que suponía, pero el caos y el bullicio de la ciudad la agotaban aunque fuera durante tan poco tiempo.
Zack habría dicho que lo que pasaba era que no le gustaba mucho la gente... y ella hubiera sido la última en discutírselo.
Lo vio bajar por la calle. Calculó que tardaría unos diez minutos en llegar a la mitad de la manzana. La gente lo paraba y él siempre tenía algo que decirles.
Pensó que era algo más que eso, a la gente le gustaba estar cerca de su hermano. Tenía una especie de... no le gustaba la palabra «aura», era demasiado típica de Tifa. Decidió que era mejor «aire». Zack tenía un aire que hacía que la gente a su alrededor se sintiera mejor. Todo el mundo sabía que si le contaban sus problemas, él les daría una respuesta o se preocuparía por encontrarla.
Yuffie pensó que Zack era una persona sociable, afable, paciente y eminentemente justo. Nadie diría lo mismo de ella.
Quizá por eso formaran un equipo tan bueno.
Como ya estaba a punto de llegar, Yuffie abrió la puerta al aire del verano y a los sonidos de la calle. Como a él le gustaba. Había hecho un puchero de café y estaba sirviéndole una taza cuando por fin entró.
—Frank y Alice Purdue han tenido una niña de tres kilos y setecientos gramos a las nueve de la mañana. La van a llamar Belinda. Robbie, el más pequeño, se cayó de un árbol y se rompió un brazo. El sobrino de Missy Hachin que vive en Bangor se ha comprado un Chevrolet último modelo.
Zack cogió el café mientras hablaba, se sentó, puso los pies en la mesa y sonrió. El ventilador del techo volvía a chirriar. Tendría que ocuparse de eso.
— ¿Qué me cuentas tú?
—Un exceso de velocidad en la carretera del norte —le dijo Yuffie—. No sé dónde creen que van con tanta prisa. Les he explicado que los acantilados, el faro y todo lo demás llevan siglos en el mismo sitio y que no parece probable que vayan a desaparecer de la noche a la mañana —sacó un fax del bolsillo—. Ha llegado esto para ti. Aeris Gainsborough. Es la cocinera nueva de Tifa ¿no?
—Mmm.
Ojeó el informe del departamento de vehículos a motor. No había infracciones de tráfico. Tenía permiso de conducir de Ohio que debería renovar dentro de dos años. El coche estaba registrado a su nombre. Tenía razón sobre la matrícula nueva. La tenía desde hacía menos de una semana. Antes llevaba matrícula de Tejas.
Interesante.
Yuffie se sentó en una esquina del escritorio que compartían y bebió el café que él había dejado.
— ¿Por qué la has investigado?
—Es una mujer curiosa.
— ¿Cómo de curiosa?
Zack iba a contestar, pero sacudió la cabeza.
— ¿Por qué no te pasas por el café a la hora del almuerzo y lo compruebas tú misma? Me interesa conocer tu impresión.
—Quizá lo haga —Yuffie miró con el ceño fruncido hacia la puerta abierta—. Me parece que se acerca una tormenta.
—No hay ni una nube, querida.
—Se acerca algo —musitó, en parte para sí misma, antes de coger su gorra de béisbol—. Daré una vuelta, quizá pase por el café para echar una ojeada a la recién llegada.
—No tengas prisa. Yo me ocuparé por la tarde de la patrulla en la playa.
—Te lo agradezco.
Yuffie se puso las gafas de sol y salió.
Le gustaba el pueblo y el orden que reinaba allí. Para Yuffie, todo tenía un sitio que debía mantenerse. A ella no le importaban los caprichos del mar o del clima, era otro orden natural de las cosas.
Junio significaba la llegada de una oleada nueva de turistas y de veraneantes, una subida de temperaturas, hogueras en la playa y parrillas humeantes.
Significaba también demasiadas fiestas, los borrachos y desórdenes de rigor, algunos niños que se perdían y las inevitables riñas de enamorados. Pero los turistas que hacían fiestas, se emborrachaban, se perdían y discutían, aportaban también una remesa de dólares que permitía que la isla se mantuviera a flote durante las tempestades del invierno.
Ella soportaría alegremente (de acuerdo, quizá no tan alegremente) los problemas que creaban los visitantes durante esos meses con tal de mantener a Tres Hermanas.
Esos dieciocho kilómetros cuadrados de rocas, arena y tierra eran todo el mundo que ella necesitaba.
Bañistas achicharrados abandonaban la playa para ir a comer. No podía entender qué llevaba a un ser humano a tumbarse al sol hasta quedar como una sardina a la parrilla. Además de parecerle incómodo, ella se habría vuelto loca de aburrimiento en menos de una hora.
Yuffie no era de las que se tumbaban si podía estar de pie.
Le gustaba la playa. Corría por la orilla todas las mañanas, fuera invierno o verano, y luego, cuando el tiempo lo permitía, se daba un baño. Cuando hacía demasiado frío iba a la piscina cubierta del hotel.
Pero prefería el mar.
Bañarse en el mar había contribuido a que tuviera un cuerpo atlético que solía vestir con pantalones caqui y camiseta. Tenía la piel bronceada, como la de su hermano, y los ojos cafés y despiertos. Su pelo era largo y castaño y solía llevarlo recogido por la parte trasera de una gorra de béisbol.
Los rasgos de su rostro formaban una mezcla extraña: una boca ancha con el labio superior algo grande en comparación con el inferior, una nariz pequeña y unas cejas oscuras y arqueadas. Su físico había hecho que Yuffie se sintiera incómoda de pequeña, pero le gustaba pensar que había madurado y que había dejado de preocuparle.
Entró en el café, saludó a Gevurah con la mano y se dirigió hacia las escaleras. Con un poco de suerte echaría un vistazo a esa tal Aeris Gainsborough y, además, evitaría a Tifa.
Le quedaban tres escalones por subir cuando supo que no iba a tener esa suerte.
Tifa estaba detrás de la barra, con su aspecto elegante de siempre, vestida con un vestido vaporoso de flores. Tenía el pelo recogido en la nuca, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara.
La mujer que trabajaba a su lado parecía muy arreglada, casi remilgada en comparación con ella.
Yuffie prefirió inmediatamente a Aeris.
Se metió los pulgares en los bolsillos traseros y avanzó hacia la barra.
—La ayudante Grimore —Tifa inclinó la cabeza y la miró por encima del hombro—. ¿A qué debemos el honor?
Yuffie no le hizo caso y se dirigió a Aeris.
—Tomaré la sopa del día y un sándwich.
—Aeris, ella es Yuffie, la hermana que le ha caído en desgracia a Zack. Dado que ha venido a comer, podemos dar por sentado que ha sucedido algo extraordinario.
—Vete al infierno, Tifa. Encantada de conocerte, Aeris. Tomaré también una limonada.
—Muy bien —Aeris miró a una y luego a la otra—. Ahora mismo —murmuró mientras entraba en la cocina para preparar el sándwich.
—He oído que la sacaste directamente del trasbordador —continuó Yuffie.
—Más o menos —Tifa sirvió la sopa—. No la molestes, Yuffie.
— ¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque te conozco —Tifa dejó la sopa en la barra—. ¿Notaste algo extraño cuando te bajaste ayer del trasbordador?
—No —contestó con demasiada rapidez Yuffie.
—Mentirosa —siseó en voz baja mientras Aeris volvía con el sándwich.
— ¿Se lo llevo a la mesa, ayudante Grimore?
—Sí, gracias —Yuffie sacó dinero de un bolsillo—. ¿Por qué no me llamas, Yuffie?
Yuffie consiguió sentarse justo en el momento en que Aeris dejaba la comida.
—Tiene muy buena pinta.
—Espero que le guste.
—Estoy segura. ¿Dónde aprendiste a cocinar?
—Aquí y allá. ¿Quiere algo más?
Yuffie levantó un dedo y tomó una cucharada de sopa.
—No. Está buenísima. De verdad. ¿Has hecho tú todos esos bollos?
—Sí.
—Es mucho trabajo.
—Me pagan por eso.
—Claro. No dejes que Tifa te explote. Es una tirana.
—Al contrario —dijo Aeris con un tono gélido—. Ha sido increíblemente generosa y amable. Que le aproveche.
Yuffie decidió que Aeris era leal y siguió comiendo. No podía culparla por ello. También era educada, aunque un poco rígida, como si no estuviera muy acostumbrada a tratar con la gente.
Nerviosa. Había asistido visiblemente sobrecogida a la conversación todavía suave entre Tifa y ella. Yuffie se encogió de hombros y pensó que había personas que no soportaban los conflictos, aunque no fueran con ellas.
En general, decidió que Aeris Gainsborough era inofensiva. Y una cocinera de primera.
La comida le había puesto de tan buen humor que se entretuvo en la barra cuando salía. Le resultó fácil hacerlo ya que Tifa estaba ocupada en otras cosas.
—Muy bien, lo has conseguido.
Aeris se quedó de piedra, pero mantuvo la cara inexpresiva y las manos quietas.
— ¿Cómo dice?
—Voy a empezar a venir habitualmente, algo que había conseguido evitar durante años. El almuerzo ha estado sensacional.
—Ah. Me alegro.
—Seguramente te habrás dado cuenta de que Tifa y yo no somos precisamente muy amigas.
—No es asunto mío.
—Vives en una isla y los asuntos de los demás son tus asuntos. Pero no te preocupes, la mayoría de las veces conseguimos evitarnos. No quedarás atrapada en medio. Me llevaré un par de esas galletas con virutas de chocolate para luego.
—Le sale más barato si lleva tres.
—No se hable más. Me llevaré tres. Le daré una a Zack y quedaré de maravilla.
Aeris, más tranquila, metió las galletas en una bolsa e hizo la cuenta. Pero cuando tomó el dinero de Yuffie y las manos se rozaron, se quedó boquiabierta por la sacudida. Yuffie le lanzó una mirada larga y cargada de impotencia. Agarró las galletas y se fue hacia las escaleras a grandes zancadas.
—Ayudante... —le llamó Aeris con la mano muy apretada—. Se deja el cambio.
—Quédatelo —masculló entre dientes mientras bajaba precipitadamente. Al pie de la escalera estaba Tifa con las manos cruzadas y las cejas enarcadas. Yuffie se limitó a gruñir y siguió adelante.
Se acercaba una tormenta. Aunque no había ni una nube y el mar estaba en calma, se acercaba una tormenta. De una violencia tal que rugió en los sueños de Aeris y la arrastró hacia el pasado. La enorme casa blanca descansaba sobre una alfombra verde de césped. En el interior, las esquinas eran afiladas y las superficies duras. Los colores eran muy pálidos: gris oscuro, gris claro y color arena.
Pero las rosas que él le compró, las que le compraba siempre, tenían el color de la sangre.
En sueños, apartó la cabeza, resistió. No quería volver a ese lugar. Nunca más.
La puerta se abrió, la puerta alta y blanca que daba a un vestíbulo amplísimo. Mármol blanco, madera blanca y los heladores destellos del cristal y los cromados.
Se vio entrar. El pelo largo y castaño le cubría los hombros de un impecable vestido blanco que desprendía un brillo gélido. Tenía los labios rojos, como las rosas.
Él entró justo detrás. Siempre justo detrás de ella. La empujaba con la mano levemente apoyada en la parte baja de la espalda. Aún podía notarla ahí.
Él era alto y delgado. Como un príncipe con un traje oscuro y el pelo como un casco de plata. Ella se había enamorado de su aspecto de héroe de cuento de hadas y se había creído las promesas de felicidad eterna. ¿Acaso no la había llevado a ese palacio en la tierra de la fantasía y la había colmado con todo lo que una mujer podía desear?
¿Cuántas veces se lo había repetido él?
Aeris recordaba muy bien lo que pasó después. Se acordaba del vestido blanco y resplandeciente; se acordaba de lo cansada y aliviada que se sentía porque la velada hubiera terminado; se acordaba de que todo había salido bien. No había hecho nada que pudiera irritarlo ni avergonzarlo ni molestarlo.
Al menos, eso creía ella.
Hasta que se volvió para decirle lo agradable que había sido la velada y vio la expresión de su cara. Había esperado hasta que llegaron a casa, hasta que estuvieron solos, para transformarse. Era una de sus mayores habilidades.
Ella recordaba el temor que le atenazó el estómago mientras se estrujaba la cabeza para pensar qué podía haberle hecho.
— ¿Lo has pasado bien, Aerith?
—Sí, ha sido una fiesta estupenda. Pero un poco larga. ¿Quieres que te prepare un brandy antes de que nos acostemos?
— ¿Te ha gustado la música?
—Mucho.
¿Música? ¿Habría dicho algo inapropiado sobre la música? Podía decir muchas tonterías sobre esas cosas. Apenas pudo contener un escalofrío cuando él se acercó para juguetear con un mechón de cabello.
—Ha sido una maravilla poder bailar fuera, junto al jardín.
Ella dio un paso atrás con la esperanza de poder darse la vuelta hacia las escaleras, pero él la agarró del pelo y la sujetó.
—Sí, ya me he dado cuenta de lo que has disfrutado bailando, sobre todo con Mitchell Rawlings. Coqueteando con él. Pavoneándote. Humillándome ante mis amigos y mis clientes.
—Sephiroth, yo no coqueteaba. Sólo...
El golpe con el dorso de la mano la hizo tambalearse y caer y el destello de dolor la cegó. Ella se acurrucó para defenderse y él la arrastró por el suelo de mármol tirándola del pelo.
— ¿Cuántas veces te ha puesto las manos encima?
Ella negó y gimió pero él siguió acusándola. Hasta que se cansó y permitió que ella gateara hasta una esquina para llorar.
Pero esa vez, en sueños, ella gateó hasta las sombras del bosque donde el aire era suave y el suelo cálido.
Allí, entre el murmullo del arroyo, se durmió.
Se despertó con el retumbar de los truenos y los zigzagueantes resplandores de los rayos. Aterrada. Corría por el bosque y su vestido blanco era como un faro resplandeciente. La sangre le hervía como si fuera una presa perseguida por los mastines. Las ramas de los árboles se quebraban a sus espaldas y el suelo subía y bajaba, como en borbotones, entre la niebla.
Ella seguía corriendo aunque la respiración le rasgaba la garganta y se convertía en gemidos. Se oían alaridos y no todos eran suyos. El miedo la dominó hasta que no sintió nada más, ni razón ni sentido ni respuesta.
El viento la abofeteaba con manos hirientes y maliciosas y los dedos como garras de los arbustos redujeron su vestido a harapos.
Se arrastraba como una lagartija sobre las rocas. El resplandor del faro era como un sablazo plateado entre las tinieblas y, debajo, el mar se batía con fuerza contra las rocas.
Ella seguía avanzando entre llantos y gritos, pero no se volvió, no podía mirar a su alrededor y enfrentarse a aquello que la acosaba.
Prefirió volar a luchar y saltó desde el acantilado. Giró una y otra vez, llevada por el viento mientras caía hacia el agua y las rocas; el faro y los árboles cayeron tras ella.
Continuara...
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Hasta el próximo capítulo!!!
Ciao
