Me tardé en traerles el capítulo porque el que viene luego de éste aún no está listo, pero ya anda en esas... por lo pronto, la historia empieza a tomar el camino que quiero que tenga... no prometo escenas excelentemente bien hechas, pero intentaré que salgan lo mejor posible...

Por lo pronto, ya saben, los personajes son de JK, yo nada más los pongo en situaciones en que ella no los habría puesto nunca...

Gracias por leer.


El método inició en apariencia de una forma muy simple, en los comienzos de la organización del Ministerio de Magia, a alguien se le ocurrió que era momento de discutir un asunto en relación con el núcleo mismo de la sociedad mágica inglesa: el matrimonio; cada día, las jóvenes brujas y los (no tan jóvenes) magos que contraían nupcias, tenían más y más problemas conyugales y aunque era parte del matrimonio mismo el hacer un pacto mágico de no separación so pena de muerte -así de extremista era el asunto al comienzo-, cada día más y más familias mágicas de prestigio, se paseaban ante el escritorio, mesa de té o cocina de algún mago con buen nombre, para pedirle apoyo en la resolución de algún problema marital. De esa forma, Wulfric Dobson, quien era un viejo mago muy dado al estudio de los comportamientos mágico-sociales, propuso la búsqueda de una solución al problema, convencido de que debía existir una forma de reducir el riesgo de insatisfacción conyugal; durante semanas, una comisión especializada en tratos familiares y asuntos mágicos primitivos del apenas creciente Ministerio de Magia Inglés, estudió las posibilidades que tenían para evitar dichos asuntos penosos, pero por meses y meses, la solución no apareció.

Unos dos años después, mientras el mismo Dobson tomaba unas vacaciones en Italia, alguien le comentó que en algunos pueblos mágicos se acostumbraba dejar que los jóvenes probaran suerte con varias parejas antes de embarcarse en algo tan importante, solemne y sagrado como el matrimonio mágico, después de todo estaba de por medio la calidad de la sangre mágica, la estabilidad social y en muchas ocasiones hasta el futuro de toda una casta familiar (por no mencionar el asunto del "amor" que era algo que, por muy real, los magos no acostumbraban tratar con facilidad); Wulfric no creía en el libertinaje, tampoco en el conceder que un hombre y una mujer pudieran disfrutar de una desconsiderada libertad sexual, así que se volvió a Londres con la idea entre las cejas pero sin acabar por aceptarla.

Fue una tarde de invierno en que visitaba a unos compañeros en Edimburgo, cuando le voló (literalmente) a la cara la solución perfecta: James Scott uno de sus amigos de infancia, había tenido por idea el practicar tiro con arco mágico usando patos, pero su pequeña hija, Melanie, adoraba los patos y odiaba que su padre los matara, así pues, Scott con un par de encantamientos ideó la forma de tener copias de un pato, copias que se comportaban y hacían las mismas actividades de éste, como si de "clones" se tratara.

Dobson propuso entonces la idea a Scott y lo animó a ser él mismo quien diseñara el asunto: un sitio donde se pusiera a disposición del hombre, una serie de copias de varias jóvenes brujas con la intención de que probara suerte, así el mago sabría qué le esperaba con una u otra y ellas no tendrían que enfrentar la vergüenza y deshonra de ser sólo "probadas"; a Scott le pareció la idea de lo más divertida y de lo más liberal, así que se dio a la tarea de crear el sistema mágico que haría posible tal cosa. Tres años después, Dobson y Scott presentaron ante el Ministerio de Magia (cada vez más consolidado) el "piloto" de lo que sería el Castillo de Prueba para los jóvenes magos de la época, lo único que tenían que hacer los interesados, era entregar una lista de cinco posibles candidatas y ellos, los trabajadores y encargados del Castillo de Prueba, harían las copias y las pondrían a su disposición durante una semana dentro de sus instalaciones.

El proyecto fue visto por los más liberales como todo un avance social y fue propulsado con un ímpetu desesperado, pero los más conservadores se pusieron rojos, qué digo rojos, ¡morados de indignación! y la rechazaron como si fuera una propuesta para matar a todos los magos nacidos en martes; Dobson y Scott fueron mal vistos por los siguientes dos o tres meses y para el año, la propuesta se movía bajo el agua y tomaba fuerza, pocos lo decían, pero era una opción muy seductora, así que en dos años, estaba ya corriendo por los escritorios de algunos importantes magos y para cuando se dieron cuenta, tanto James Scott como Wulfric Dobson, estaban perfilando la construcción del Castillo de Prueba.

Todo iba viento en popa hasta que las mujeres metieron su cuchara.

En un primer momento, la reacción femenina pareció leve, pues el desinterés era pan de todos los días; las cosas, no obstante, se pusieron feas cuando en cada mesa de té y en cada cena entre amigas donde alguna bruja poderosa y de renombre (osea miembro del Ministerio) estuviera presente, empezaron a caer en la cuenta de que serían sus hijos los que probarían suerte y sus hijas las copiadas para ser probadas… o bien, que sus parejas habrían de probar antes de decidirse por ellas… ¡y ellas no habrían probado nada!

Aquel terrible acto de discriminación sexual derivó en los vergonzosos sucesos del conocido "Jueves de los panqués", día en que no menos de treinta y cinco brujas atacaran con panqués de nuez a los miembros del insipiente Wizengamont, luego de que uno de los miembros (versiones aseguran que habría sido Aracnae Malfoy) le gritara a una de las más aguerridas contrincantes del proyecto Castillo de Prueba, que las mujeres no tenían que probar nada además de lo que horneaban en su cocina; por décadas, el suceso ha sido visto como un acto de profunda vergüenza, tan es así que ningún texto académico habla abiertamente del hecho, que si bien dejó a muchos magos con la cara roja de embarazo y llena de migas de pan, también contribuyó a que el proyecto inicial evolucionara a los que hoy día son conocidos como el Método Venus y el Proyecto Marte. O para los amigos: Venus y Marte.

Diez años después de iniciado el proyecto, Venus vio la luz no como el sitio en que los futuros maridos podían probar a quienes ellos eligieran dando pie a miles de malas y perversas interpretaciones, sino como un sistema diseñado para proporcionarle a cada hombre la opción de probar entre aquellas candidatas que pudieran, luego de examinar su relación de amistad o romance de su pasado y presente, haber sido la mujer de su vida; por otro lado, Marte se diseñó con las mismas intenciones, aunque con los cambios obvios de un sistema hecho para mujeres. Venus cobró con el tiempo mayor poder mágico (cada año se convoca a las mejores 10 brujas de toda Inglaterra y se les pide que dediquen un trozo de su magia a sostener el sistema que lo controla; igualmente se hace con Marte, que es impulsado por la magia de los mejores 20 magos de cada generación) y los hombres comenzaron a verle como una entidad más poderosa de lo que ellos habrían esperado; Venus era capaz de confrontarles con sus propios miedos, con su futuro, Venus significaba abrir viejas heridas y disfrutar de ello.

Había anécdotas de hombres que habían logrado, gracias a Venus, reencontrarse con viejos amores, mujeres que habían muerto jóvenes y a las que ellos habían amado con locura; Venus también podía hacerles ver a sus amores perdidos, les mostraba lo que hubiera sido si hubieran entregado su amor a determinadas personas, quizá aquella que se había casado con alguien más o a la que habían rechazado o herido tanto que no había vuelta atrás. Incluso hubo casos en que Venus no les presentó a mujeres, revelándoles su real naturaleza; por eso es que los hombres temían a Venus, por eso es que lo veían como un infierno.

El dulce y amoroso infierno rosado.


Se dio cerca de dos minutos para digerir el lugar en el que estaba, tardó más todavía en identificar lo que llevaba puesto, cuando finalmente se percató de su alrededor y su mente encajó todas las piezas, Draco Malfoy comprendió que se encontraba en el Caribe, que llevaba puesto un traje de baño holgado, a cuadros negro y verde y que además tenía el cabello corto casi militarizado y un bigote insipiente sobre el labio; echó el cuerpo al frente y se miró los pies descalzos, tenía la sensación de estar recordando un sueño, poco a poco su mente iba atando cabos hasta terminar por hacer todos los nexos necesarios: él era hoy día un hombre de familia, estaban festejando sus felices cinco primeros años de casados, su hijo primogénito esperaba en casa de sus abuelos mientras los dos se tomaban una semana de vacaciones, mientras los dos revivían sus pasiones de novios, pasiones de novios… novios… casados… amantes… amor… un amor cándido y firme, como una esfera de agua caliente dentro del pecho… amor… pasión… deseo… cinco años después de dormir todos los días con la misma mujer aún sentía deseo.

Se sentó a la orilla de su camastro y miró más allá de la sombra que daba su sombrilla playera, la arena blanca resplandecía bajo el rayo del sol y las espumosas olas del mar rompían tiernas contra la orilla; a lo lejos, una pequeña barca, con un hombre moreno como africano tiraba una redecilla delgada y brillosa como telaraña, la barca era de un color azul cielo artificial y más allá, a lo lejos, tres chicas montaban la "banana" entre exclamaciones que llegaban a sus oídos como gritillos de ratas. Se llevó la mano a la cara, la nariz le escocía de la quemazón del sol y tenía los labios resecos, alcanzó a percibir el reflejo del sol sobre la superficie del agua de la alberca y más allá la del océano.

Consciente de que necesitaba refrescarse la piel tostada se puso de pie, caminó con grandes zancadas hasta la alberca y se arrojó con un clavado que habría hecho titubear a cualquier experto nadador; entre el agua fresca se sintió ligero y hábil como un pez, cuando salió, cuando se paró a la orilla de la alberca mirando al horizonte, con cada suave y brillante hilo de agua escurriendo por las formas cuadradas y firmes de su cuerpo, el aire le pareció tan fresco y arrobador como nunca lo había sentido, era como haber despertado a un universo totalmente diferente, nuevo, encantador.

Las manos se deslizaron fijas, fuertes como garras por sobre su piel mojada, desterrando las gotas de agua como si estuvieran celosas de su presencia sobre él; los dedos acariciaban con morbosa ternura, una sensibilidad apasionada y acompañadas de una risa suave y gentil, con un cierto dejo de terquedad, testarudez que le hizo sentir un escalofrío cuando las uñas, largas y pulcras montaron por su pecho, partiendo surcos por su piel bronceada. Algo en el estómago se le removió, como si tuviera adormilado dentro un gato y este comenzara a desperezarse, entonces los labios se pegaron a su espalda, besaron, sorbieron, bebieron el agua que le caía por el cabello insipiente de la nuca.

-Te has bronceado mucho, chiquito. -La voz era molesta, melosa y pecaminosa a partes iguales, pero no pudo evitar que le naciera una sonrisa socarrona desde dentro, como llevada por el deseo y el amor inquieto y juvenil que tenía dentro por ella.

-La verdad es que ya me arde el cuerpo. -Admitió aprisionando con sus manos las de ella contra su piel.

-Vamos a la habitación, es mejor que te ponga algún ungüento, antes que te quemes demasiado y pueda levantársete la piel. -Dio un paso a la derecha rodeándolo, él le pasó el brazo sobre los hombros y pudo verla entonces por completo, era más baja que él, con el cabello castaño sujeto por una enorme pañoleta y las gafas de sol, enormes como los ojos de una mosca le cubrían casi una tercera parte de la cara; pero sus labios sonreían y estaban rojos, se los había estado mordiendo, su nariz estaba llena de pecas del sol de los últimos días y sus hombros y cuello lucían igual.

Le sonrió con cierta malignidad y fueron juntos hacia el elevador, subieron entre una familia compuesta por cinco chiquillos escandalosos y los padres; disimuladamente, pudo Draco entonces deslizar su mano por la cadera hasta el trasero de su esposa, donde pudo dar un apretón que sació temporalmente su necesidad de contacto físico. A Lavender se le sonrojó la cara hasta las orejas, pero los ojos le brillaron de una forma que Draco no pudo menos que interpretar como pura y absoluta aceptación; estaba ansioso por llegar a la habitación, estaba desesperado por encontrarse a solas con ella, recordó todo lo que su madre le había dicho cuando le anunció su compromiso con la chica aquella, como Cissy la había catalogado de "tonta necia vacía absurda Brown", y él simplemente se había reído de lado pensando que por lo menos la mitad de todo aquello, se ajustaba a la perfección al 90% de sus ex novias.

La familia entera abandonó el elevador en el quinto piso y ellos pudieron tomar aire y entrelazar las manos camino al séptimo, en el sexto sin embargo, dos ancianos subieron y empezaron a preguntarles sobre el clima, las atracciones mágicas del lugar y a contarles sobre su casita en Ottawa; cuando las puertas del elevador se abrieron, Draco tuvo que sujetar con fiereza la mano de Lavander y sacarla a fuerzas, porque se había enfrascado en una plática que a todas luces le había bajado la calentura de dos pisos antes. Ya en el pasillo, Draco aprovechó para apretarla contra sí cada dos que tres pasos, a la sombra de cada columna de camino a su puerta, Lavender se deshacía en risillas tontas y vanas, pero Draco, Draco iba lentamente enloqueciendo.

Cuando por fin llegaron a su puerta y él pudo plantar su mano sobre la cerradura mágica, cuando la puerta se abrió y entraron como entraría el agua al reventarse el dique que la detiene, se miraron un instante como si no hubiera otra cosa en el universo.

-Siéntate en la cama, traeré el ungüento. -Lo miraba como esperando que le entendiera más allá de las palabras, él asintió y fue directo a la cama, ante sus ojos el enorme ventanal dejaba ver la inmensidad del mar color turquesa, las orillas espumosas resplandecían blancas y perlas, más allá dos veleros danzaban como una pareja en su noche de graduación y un murmullo de gaviotas lo llenaba todo.

Entonces Draco se dio cuenta que tenía los pies mojados y estaba empapando la alfombra, estaba mirándose las uñas de los pies y los vellitos extraños que le estaban brotando en los dedos, cuando sintió la espontánea frescura de las manos de su esposa untándole la espalda y los hombros con aquel preparado.

-No puedes quemarte tanto, chiquito… te va a hacer daño. -La sintió subirse en la cama, abrir las piernas y apoyarse en sus rodillas, una a cada lado de él, rodeándolo; las manos de su esposa masajeaban suavemente sus hombros, subían por ellos hacia su cuello y presionaban gentilmente cerca de su nuca. Aquello lo relajaba tanto que tenía la cabeza echada atrás, los ojos cerrados y la boca entre abierta, su respiración se había acompasado, las manos apoyadas sobre sus piernas reposaban tan tranquilas que habrían pasado por las de alguien que dormía.

-Se siente riquísimo. -Confesó sintiendo como los pulgares de Lavender descendían por la línea de su columna haciendo una presión que le daba una sensación de placer inusitada, mantenía la boca abierta y dejó escapar un suspiro lleno de complacencia, cuando sintió la humedad de una lengua acariciar su cuello, subir suavemente por él hacia su lóbulo derecho, mientras las manos se detenían en su cintura y los pulgares masajeaban el final de su columna, hacia su cóccix que se perdía víctima de su peso en la cama. -Mmm. -Aquella lengua jugueteaba con su oreja poco a poco y las manos dejaron su columna para ocuparse de su cintura hacia adelante, jugando cada vez más cerca de su vientre plano y marcado.

Cerró los ojos y volvió la cara hacia ella poco a poco, los labios de su esposa se deslizaron por su barbilla hacia su boca, la suave calidez de la boca de Lavender se abrió para la suya y pudo sostenerla entre sus labios; dejó que su lengua acariciara el borde de aquella, que la punta humedeciera esos jugosos, rojos y carnosos labios. Lavender gimió y llevó sus manos más allá, los deslizó afuera y adentro de su vientre, acariciando con sus uñas el nacimiento de Draco, ahí donde poco a poco la sangre iba emergiendo; él se giró buscándola con sus manos, los ojos abiertos y mirándola, ella le miraba también y se tendió sobre la cama mientras él se colocaba encima de ella con lentitud, el traje de baño holgado se había secado de camino a la habitación.

Pero todo ahí adentro era rastro de humedad.


Alzó la cara como para reconocer el sitio en que se encontraba, era un autobús y varios hombres con túnica viajaban de pie, sujetos al tubo de la parte superior, uno de ellos llevaba sombrero de hongo y el otro leía el periódico pese a inclinarse hacia un lado por la velocidad del vehículo, como una torre de naipes muy mal equilibrados; con el ceño fruncido se miró las manos, como buscando en ellas una respuesta a lo que estaba ocurriendo, usaba el reloj que los Weasley le regalaran e iban a dar las seis. Tragó saliva mirando a todos lados sin saber qué hacer, entonces el Autobús Noctámbulo se detuvo y sintió que las piernas le decían que debía ponerse en pie, era su parada, todo su cuerpo lo denotaba y no tuvo otro remedio más que obedecerlo; bajó con cuidado sin decir nada, aunque sí sonrió a una mujer que esperaba en el primer asiento, era una conocida, alguien de la oficina… ¡Madisson!

Abrió el paraguas para no mojarse bajo la lluvia pesada que lo rodeaba, ya en la calle fue como saber sin querer a donde ir, poco a poco recuperó la normalidad de su cuerpo y de sorpresa estaba sumergido en su vida cotidiana, ya sin darse cuenta era él en su vida normal; las ventanas de la casa estaban cubiertas con las cortinas gruesas de la noche y la luz se escapaba suavemente dando un aire de mansión navideña a la fachada, mientras subía las escaleras cerró el paraguas y lo sacudió con dos leves golpecitos contra su zapato. Tenía la suela plagada de arena, una arena gruesa como de pavimentación.

-Voy a ensuciar la alfombra. -Murmuró tallando sus pies contra el piso de la entrada, colgándose el paraguas del antebrazo y abriendo la puerta.

De dentro se escapó como un torrente un aroma de pan de centeno que no podía ser hogareño porque ella no sabía cocinarlo ni con magia, seguramente era un encargo de esos que hacía cuando tenía una buena noticia que darle, numerosas en el año, escasas en los últimos dos meses; escuchó que en el fondo de la sala alguien dejaba caer una pelota y una risa contenida se filtraba por entre las habitaciones hasta colmarle los oídos. Se asomó ajustándose las gafas en la sala y las encontró a las dos frente a la chimenea, ambas tenían el cabello negro como el carboncillo y las frentes amplias, los cuatro ojos rasgados se volvieron para darle la bienvenida y él atinó a sonreír.

-¡Papá! -Gritó la pequeña, seis años y pies flacuchos, cuando lo abrazó sintió el aroma de la lavanda en su cabello como un velo de rocío matutino que le golpeara la cara; la besó con ternura en el hombro y la apretó fuerte contra sí sonriendo, casi de inmediato un mono se le vino encima atándole por la espalda y se puso de pie llevando su mano para sostenerlo por las piernas.

-¡Llegaste papito! -El niño a su espalda no alcanzaba los cuatro años, hablaba como si tuviera cinco y llevaba las gafas, flexibles y pequeñas, pegadas a la nariz al punto de causarle una marca profunda en el tabique.

-¿Cómo han pasado la tarde? -Preguntó mientras daba vueltas sujetando a tumbos a los dos y notaba cómo su mujer, Chang de soltera, se ponía de pie y discretamente guardaba algunas de las cosas que estaban regadas por la habitación con cierto descuido.

-¡Encontré un escarbajo! -Gritó el niño y la pequeña le propinó un manazo que le echó el cabello a la frente, un cabello lacio, tanto que caía pesado y denso.

-Se dice escarabajo, tonto. -Sentenció mientras Harry Potter, padre de dos, los miraba con el aire de orgullo con que mira el lobo a sus cachorros correr tras un conejo.

-Nada, nada… está aprendiendo a hablar, Hokuto… no le hables así a James. -Seguía causándole cierta extraña sensación la combinación de nombres en que habían terminado sus hijos, pero no podía negar que ya le gustaba el de la pequeña; mientras se desplazaban hacia el comedor para la cena, Cho lo retuvo un momento tomándole de la mano con suavidad. -Tengo algo que contarte, una sorpresa.

-Ya me decía yo que ese pan no podía ser anuncio de otra cosa. -Sonrió mientras dejaba que le besara la mejilla, adoraba esos momentos, suaves y gentiles en que tenían un contacto casi novicio, casi falto de intimidad, como si fueran los novios primerizos de aquellos primeros días en el Ministerio; aún le faltaba información sobre cómo hacía Cho para estar siempre a la hora de la cena en casa con todo listo, mientras él tenía que desplazarse por todos lados de la oficina.

-Primero, la cena. -Sentenció ella y fueron hacia la mesa, los niños ya volvían del baño con las manos mojadas dejando un rastro de gotitas por el piso de mármol; cuando se sentaron, la fiesta comenzó, los pequeños hablaban hasta por los codos, mientras que él y su esposa escuchaban con atención, no importaba cuantas veces Hokuto contara cuando habían ido al Valle a visitar la tumba de los abuelos, Harry siempre sentía la misma ternura por el comentario y no importaba cuantas veces James se equivocara al decir el nombre de la tía Hermione, Cho se seguía riendo como si fuera una broma nueva.

Bocado a bocado, plato a plato la noche iba cayendo, los niños empezaban a caer víctimas del cansancio y cuando al fin el reloj dio algunas campanadas más, se decidió y con los dos en brazos los llevó hasta sus camas, donde los arropó y llenó de besos; ahí fue cuando volvió a su habitación, Cho estaba sentada ante su espejo, poniéndose crema humectante desde los dedos hasta los hombros y el cuello, su bata azul cielo resaltaba por sobre el asiento aterciopelado rojo de su banco, él se sacó los zapatos al borde de la cama y se despojó de la ropa. Su mujer estaba absorta en sus preparativos para dormir o eso parecía, así que él fue al baño, se lavó los dientes, se quitó las gafas y manualmente les dio una buena limpiada, mientras volvía a la cama enfundado en su pijama, la voz de Chang rompió el suave silencio de su habitación.

-Estoy embarazada. -Aún sin las gafas, le pareció que el mundo se veía tremendamente claro.