Lamento tanto apenas estar colocando el final. Se me atravezó el inicio de clases y todo eso que no me daba tiempo de verlo y checarlo.

Genee espero el final sea de tu agrado y muchas gracias a las demás por sus bonitos comentarios.

saludos!


Veredas

Capítulo IV — Final


Sora tenía un camino que apartó de otro, pero a veces deseamos que los paisajes sigan siendo los mismos aunque con diferente compañía.

Sora decidió cambiarse de carril y tomar la siguiente salida: compró un buen conjunto en el centro comercial y se pintó las uñas de las manos. No le gustó tanto el resultado, pues tenía la maña de morderse y las puntas las tenía desiguales, pero decidió dejar el color zafiro que había estado sin usarse por meses, guardado en su cajón.

Sora de probó unos zapatos altos y se miró al espejo; su cabello se doblaba hacia afuera justo a la altura de sus hombros y se preguntó cuándo había sido la última vez que había probado otro estilo.

Fue un reto llegar a la puerta principal de su casa, los tacones eran tan incómodos y sentía que podría golpear los moldes del techo si no se iba con cuidado, aunque en realidad seguía en el rango de la estatura media. Su celular sonó en el momento justo en que ponía el pestillo de la puerta y lo dejó todo por contestar.

Sonrió al escuchar la voz del que iría a encontrar en unos momentos y fue más ancha cuando colgaron.

Taichi bebía de melancolía siempre que podía, lo cual contrastaba en demasía con su manera de ser con los demás. Nadie espera que piense en posibilidades infinitas o existenciales, en veredas partidas por tiempo o caminos truncos.

¿Qué pasa cuando lo que más deseas es volver al principio, ignorando que hay más de uno?

Claro, venía repitiéndose aquello mismo, que no todo era una línea recta, como si fuese un mantra que tenía que memorizar. Volteó hacia donde daba la puerta del apartamento de Sora y la vio tan elegante.

Casi involuntariamente su mente hizo un recuento desde el día que la vio por primera vez hasta ese momento: el cabello caído en los hombros, los sombreros, las uñas roídas, las zapatillas deportivas desgastadas.

Sacó su celular y activó el discado rápido que tenía memorizado el teléfono de la pelirroja y se escondió tras un árbol para que no le viese. Le dio un par de indicaciones y la citó más bien en el parque en el que, noches pasadas, la había visto con Yamato.

¿Separar los caminos? Tal vez había una manera de volver al inicio sin olvidar todo lo que ya había pasado, porque ahora ya no se trataba de borrarlo sino de superarlo y apreciarlo por todo lo que fue.

Los vasos de melancolía de Taichi o las flores que nunca recibió Sora.

Sora se encontró con Taichi en el mencionado sitio y sonrió al verlo practicar dominadas con el balón de soccer que ella le había regalado en su pasado cumpleaños. Taichi no había usado aquel balón, más bien lo tenía en una base especial en uno de los libreros de su recámara, justo a lado de algunas fotografías viejas de ambos. Pensó que pronto sería san Valentín y habría que actualizar la galería: le regalaría una foto enmarcada.

Pensó que aquel preciso día era perfecto y agradeció de haber olvidado dejar su cámara en casa. Le tomó una fotografía, recordando los consejos de Hikari, y después se acercó a él.

—Antes podías durar más con el balón sin tocar el piso.

—Lo sé. Es vergonzoso.

—Un poco. Yo ya no puedo durar más de tres toques, lo he intentado.

Taichi sonrió: —Es que te has dedicado a practicar la puntería de tus brazos.

Dejó caer el balón al suelo, que rodó y rodó hasta alcanzar el césped, que lo frenó.

Taichi la había abrazado al instante, la había envuelto y acariciado el cabello. Le susurró un millón de maneras de decir perdón al oído mientras le apretujaba, con la otra mano, la piel de los hombros.

Sora solo asentía a todo lo que decía mientras pasaba sus manos por toda la longitud de su espalda.

Cuando a Taichi se le acabaron las palabras, ella empezó a desbordarse de ellas.

Se dieron cuenta que los reproches se los estaban inventado ellos mismos. Complicándose la vida, pensando en futuros hipotéticos o recordando un pasado que era más bien subjetivo. En resumen: habían estado perdiendo el tiempo.

Una vez sellaron su nuevo trato con un beso. Taichi se permitió observarla de pies a cabeza y sonrió ante la imagen: una Sora en una blusa de tirantes anchos, pantalones elásticos y zapatillas deportivas.

Y aunque hizo su lucha, Taichi la repasó en su juego de penales. Le juró que pronto, se las pagaría en la cancha de tenis.