Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Avanzamos un poquiiito más en la historia, espero que les guste. Preferí que Kakashi se enamorase primero, supongo que en parte es por el sueño tipo "cuento de hadas" que me ha embotado la mente desde chica XD O quizá la perniciosa influencia de los doramas, para qué mentir... Sí, mejor dejo de poner excusas u_uU

Los preceptos mencionados en el capítulo de hoy son los que figuran buscando en Google. No es que desconfíe de la investigación por internet, pero sabemos que a veces es posible que sea errónea o incompleta, sobre todo cuando se trata de la cultura oriental. ¿Se dieron cuenta de eso? Me pasa que, cuando busco el significado de los nombres en japonés, encuentro muchas incongruencias de una página a otra, incluso buscando hasta la décimo-quinta "O". Se aceptan recomendaciones al respecto.

Aprovecho para saludar a Playing whith the angel, ¡comentaste anónima y no pude responderte por pm! Muchas gracias por tus amables palabras de siempre. Haber elegido ese título me impulsó a decidir que Kakashi se enamorase ya en los primeros capítulos, porque si no ¿de qué valdría proponer lo que hace un hombre cuando ama? XD La literatura es uno de mis temas favoritos, así que aparece con frecuencia entre mis fics. Me alegra saber que seguís disfrutando de la historia, gracias de nuevo por tu compañía. Espero que sigas bien :)

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


IV

La clase


Cuando un hombre ama, comparte

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Kakashi por fin pudo atraparlo. Se había escabullido por los alrededores de Konoha, ocultándose subrepticiamente entre la vegetación con la agilidad de un auténtico shinobi, por lo que el jounin tuvo que moverse con mayor celeridad para poder interceptarlo. Pocas veces se había enfrentado a un oponente tan astuto, incluso hubo un momento en el que consideró recurrir a su jutsu de invocación para rastrearlo.

-Te atrapé –musitó, sujetándolo con pericia.

Había realizado una de las hazañas más complicadas de las que se tenga conocimiento, digna de un auténtico profesional. Miró a su inquieta presa con ironía y cierto aire de superioridad. El pobre gatito se debatió cuanto pudo, pero las manos de Kakashi fueron más hábiles e impositivas.

Lógicamente, tuvo que ser muy cuidadoso para evitar que el animal escapara, pues es por demás conocida la tozuda voluntad de los mininos para zafarse del ser humano que los aprese aunque el único objetivo haya sido el de apachurrarlos. Nada más ofensivo para un gato que ser capturado por unas manos extrañas, y por eso nunca se rendían. Kakashi meneó la cabeza con resignación.

Mientras más te resistas, peor será para ti. Créeme.

Luego, precavido, lo aproximó hasta su pecho para sujetarlo mejor y desanduvo el camino de regreso a la aldea. Podía parecer una tontería, pero cualquiera que se haya visto en el apuro de atrapar a esos escurridizos bodoques de peluche entenderá el orgullo que el tipo experimentaba.

Ya en Konoha, se dirigió hasta la casa de la vecina que había solicitado la ayuda, una anciana que no podía perseguir a tan problemático animalito pese a sus mejores intenciones. Había visto que un perro lo había espantado con sus ladridos hasta el punto de alejarlo, entonces le pidió al primer ninja que pasó el favor de recuperarlo. El ninja, desde luego, resultó ser Kakashi.

Una vez que encontró la vivienda, golpeó la puerta y la anciana atendió con gran alegría al ver que le traían a su amada mascota. Cuando Kakashi se lo tendió, el gato se soltó dando un gran brinco y le agradeció el aventón con un arañazo en el dorso de la mano. Sin embargo, el hombre no se percató.

-Muchas gracias, Kakashi-san, has sido muy bueno al ayudarme –dijo la mujer.

-No hay de qué –repuso él con su habitual cortesía-. A decir verdad resultó muy instructivo, hace tiempo que no medía mis habilidades con un gato.

-Oh, tú ya no tienes nada que demostrar.

-Nunca se sabe, últimamente me he sentido algo oxidado.

-Pues no para ayudar cuando alguien te lo pide.

Él sonrió detrás de la máscara, cohibido. Ella quiso recompensarlo con fruta, pero se negó con amabilidad. Intercambiaron algunas otras palabras y luego se despidieron amistosamente. A pesar de la sencillez de la acción Kakashi se sintió realmente satisfecho, pues ya había realizado su buena acción del día.

O quizá todavía no. Ahora que lo pensaba, esa tarde tenía que ir a la academia para ofrecer una clase especial que Iruka le había pedido. Suspiró con cansancio. Le echó un vistazo al sol para calcular la hora y, con su habitual parsimonia, enfiló hacia el edificio en cuestión. Tal vez llegase con retraso, pero el detalle jamás le preocupaba demasiado.

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Cuando los alumnos empezaron a impacientarse, Iruka miró con ansiedad la puerta abierta y a las personas que transitaban por el corredor con la esperanza de que alguno de ellos fuese por fin Kakashi. Cuán ingenuo podía ser el ser humano. Rostro tras rostro, sus expectativas no hicieron más que hacerse trizas contra el muro de la realidad.

La inmemorial impuntualidad del ninja-copia, pese a su extendida notoriedad, siempre lograba sacar de quicio al individuo al que le tocaba padecerla, sin importar si ese individuo era uno de los ninjas más bondadosos de la región. Iruka carraspeó, siguió hablando sobre cualquier tema que le venía a la mente e invocó a todas las divinidades disponibles en el universo para que fuesen en su ayuda… o para que iluminen la discontinua senda de Hatake Kakashi.

Aunque los chicos no tuviesen más de trece años, empezó a ponerse nervioso. Ya habían pasado cuarenta y cinco minutos desde la hora pautada con el rezagado invitado, por lo que había tenido que improvisar todo ese tiempo para entretenerlos. Pero claro, que tuvieran trece no los hacía tontos y pronto supieron percibir la creciente inquietud de su sensei. Faltaba muy poco para que comenzaran a alterarse y para que se dieran a la noble faena estudiantil de desbordar la clase.

Cuando Iruka explicó por cuarta vez en qué consistía el examen para genin, suceso inminente en el calendario escolar, divisó de reojo a la persona con la paciencia y la dulzura suficiente para ayudarlo a manejar esa nave a punto de naufragar. Al parecer los dioses hicieron lo que pudieron.

-Hinata –llamó al verla caminar por el corredor.

La joven, que iba a visitar a Kurenai para hacerle una consulta, se detuvo, retrocedió sobre sus pasos y se asomó a través del umbral de la puerta.

-¿Iruka-sensei?

Él se acercó y le habló en voz baja.

-Necesito que me ayudes. ¿Crees que puedas ofrecer una clase sobre los ninjas en el campo de batalla? Iba a darla Kakashi, pero… Bueno, ya sabes –dijo, señalando el reloj de la pared.

Hinata sonrió, comprendiendo la situación.

-¿Y de qué de-debería hablar? –indagó, no muy segura de someterse a esa espinosa situación.

Iruka suspiró con alivio y la miró con agradecimiento. Sabía que podría contar con ella, aunque fuese de modo improvisado.

-Diles de qué se trata ser un ninja según tu experiencia –sugirió-. Háblales sobre la misión que te lo reveló, si es que hubo una en particular, y sobre el entrenamiento que llevas a cabo. Seguro que ellos también te harán preguntas.

Eso no la ayudó mucho a ganar seguridad, pero su afán por ayudar a un maestro tan importante para ella le dio la determinación necesaria.

-Entiendo –dijo, meditando por dónde comenzar.

Ni bien puso un pie dentro del aula se llenó de nostalgia, pues ella y sus compañeros habían recibido clases por última vez allí antes de convertirse en genin e iniciar un increíble y esforzado camino. Pero luego, al ver las caras de aquellos niños llenas de expectación, flaqueó en su determinación y se puso irremediablemente nerviosa.

-Q-Quizá deberíamos esperar a Kakashi-sensei –musitó en un intento por retroceder.

Pero Iruka, que la conocía, la impulsó a seguir adelante. La presentó ante los alumnos como la heredera de uno de los clanes más tradicionales de Konoha y todos se asombraron al percatarse de la característica tonalidad de sus ojos. Semejante reacción la cohibió todavía más, pero al reparar en la gracia de ciertos gestos de admiración empezó a sentirse complacida al convertirse en el objeto de aquel repentino interés.

Entonces, antes de que pudiera emitir al menos un vocablo a modo de saludo, la bombardearon de preguntas de toda clase con el desorden típico de un grupo de esa edad. Con ayuda de Iruka trató de sosegar tales muestras de ansiedad para que pudieran escucharse entre sí, sin mucho éxito en realidad. Hasta que Hatake Kakashi en persona se dignó a asomarse por fin en medio de aquella maraña escolar casi como si pasara por allí producto de la mera casualidad.

-Una clase alborotada –comentó con simpatía. Y de algún modo logró hacerse escuchar, pues de inmediato los chicos comenzaron a aplaudir al reconocerlo. Se trataba nada menos que del sensei del Hokage, cuya fama al parecer trascendía las generaciones.

Iruka meneó la cabeza con resignación y sonrió. Kakashi no tenía remedio y su impuntualidad se volvería tan legendaria como su rol en la historia de Konoha. Hinata lo secundó en la reacción, contenta al ser testigo de semejante entrada triunfal.

Kakashi agradeció los aplausos con un gesto mientras se reunía con ellos dos.

-Un grupo muy animado –observó, agradecido también por el inesperado regalo de la compañía de Hinata-. Lamento la demora.

-No es cierto, nunca lo lamentas –repuso Iruka-. Y la palabra demora desde hace mucho que se ha quedado chica.

-No esperaba menos de Kakashi-sensei –comentó Hinata.

Él sonrió detrás de la máscara, desentendiéndose de la reprimenda tanto como de la chanza. Si algún ser humano conociese a una persona impuntual que admitiera abiertamente poseer este defecto, bien haría en señalarla ya mismo con el dedo para no terminar creyendo que se trata de un simple mito popular.

Un rato después lograron calmar la batahola generada por la tardanza y las sorpresas, y Hinata atinó a salirse del centro de atención. Sin embargo, al ver que pretendía retirarse, Kakashi la retuvo con gentileza.

-Compartamos la clase –sugirió-. Estoy seguro de que será más fácil e interesante si exponemos el tema entre los dos.

Hacía varios días que no se cruzaba con ella y, para su infortunio, la había echado de menos, demasiado incluso para sus inexistentes esperanzas. Aquella inesperada oportunidad le ofrecía algo para sobrellevar los días y nunca se le presentaría otra tan inocente como ésa.

A Iruka no le pareció mala idea y se colocó a un costado para dejarles el protagonismo. A Hinata le sorprendió que Kakashi le cediese ese espacio, todavía le costaba hacerse a la idea de que había dejado de ser una alumna, pero no tuvo más remedio que aceptar. Los nervios le impidieron darse cuenta de que en la clase ya podía manejarse a la misma altura que él.

Los chicos se morían de ganas de preguntar, pero Kakashi los contuvo con envidiable habilidad ubicado en el centro de su campo visual. Una vez que se calmaron se llevó las manos a los bolsillos y se tomó algunos segundos antes de empezar.

-¿Alguien puede decirnos cuál es el principio máximo de un shinobi?

Los alumnos se miraron entre sí, irresolutos, hasta que una niña que parecía ser la más estudiosa levantó la mano solicitando permiso para responder. Kakashi se lo dio.

-El principio máximo en Ninjutsu es llegar a tener un corazón benévolo –recitó casi de memoria.

Kakashi asintió y Hinata sonrió al advertir hacia dónde dirigiría la exposición.

-Sin embargo –prosiguió el jounin-, llegar a tener un corazón benévolo conlleva una serie de, digamos, cualidades que debemos aprender. Es decir, no se es bondadoso sólo por desearlo, sino más bien por voluntad propia. Y esa voluntad en el mundo shinobi se rige por varios preceptos. ¿Los conocen?

Esta vez ninguno de los chicos tuvo algo para decir, pues desconocían de qué se trataba. Hinata comprendió la incertidumbre generalizada.

-Kakashi-sensei habla de preceptos ancestrales –señaló esforzándose en dominar la tartamudez-. Hoy en día son citados en escasas ocasiones, a pesar de que siguen constituyéndonos y rigiendo nuestras acciones.

-Así es –confirmó él-. Y estamos hablando de diecisiete preceptos, ni uno menos –añadió con simpatía para espantar los densos augurios del número. Entonces, sin perder más tiempo, empezó a enumerarlos-: El primero de todos, por ejemplo, es el de la serenidad. Este precepto implica que seas tranquilo en tu interior.

Con sólo escuchar esas palabras, a Hinata se le dispararon los recuerdos.

-Y que dejes que esa paz se irradie a través de un semblante sereno –aportó. Kakashi asintió con aprobación-. Un semblante sereno es pacífico, sonriente y serio, y no muestra ninguna emoción violenta. Es como la superficie de un lago en calma.

Los estudiantes escucharon en silencio. Un atributo tan característico fue debidamente recibido y se interesaron más al advertir que, tal cual hubiese anticipado Hinata, se trataba de exponer ni más ni menos que los rasgos que los definían.

-El segundo precepto es la regularidad –prosiguió Kakashi-. Esta pauta implica que seas regular en tus hábitos diarios, en tus prácticas espirituales y en tu propio trabajo.

-Levántate siempre a la misma hora y sé puntual en tus actividades –añadió Hinata, divirtiéndose con la idea al recordar lo sucedido minutos atrás-. Eso te liberará de preocupaciones y ansiedades y harás siempre lo correcto en su justo momento.

Kakashi percibió la mirada irónica de Iruka. Carraspeó sin hacerse cargo de nada ni agregar otras aclaraciones al respecto.

-El siguiente precepto es la sinceridad –continuó-. Deja que tus palabras coincidan con tus pensamientos y deja que tus acciones coincidan con tus palabras.

A continuación Hinata volvió a completar la idea según lo recordaba de sus propios estudios. Para los dos expositores, conocedores del tema, hablar sobre esos principios fue como deslizarse por un tobogán.

Así, uno tras otro, los preceptos de todo shinobi fueron formulados por Kakashi y acertadamente ampliados por Hinata: simplicidad, veracidad, ausencia de vanidad, no irritabilidad, ecuanimidad, fijeza, adaptabilidad, humildad, integridad, nobleza, magnanimidad, caridad, generosidad y por último pureza. Claros y prolijos, nada les quedó en el tintero y se ganaron dignamente la atención del auditorio escolar.

Hablando de aquello que los constituía, ambos se sintieron tan realizados como cuando ganaban una batalla, mientras que los oyentes les devolvieron la dedicación y la convicción con respeto y entusiasmo. Durante el tiempo que duró la exposición, todos disfrutaron de la plática así como de cultivarse sobre aquello que les era propio.

En medio de esa significativa clase Hinata cayó en la cuenta del tiempo que había transcurrido desde la última vez que tuvo que estudiar. Volvió a llenarse de nostalgia, de recuerdos, de horas de pacífico aprendizaje y de entrega a sus ideales de aquel entonces, la primera juventud. Los rostros infantiles de sus amigos desfilaron por su mente y a cada uno de ellos pudo atribuirle uno de esos preceptos en especial, como si al hacerlo pudiese entenderlos mejor. Y se emocionó al entrever en el grupo la misma admiración que ella les había profesado a sus instructores.

Había algo que permanecía constante más allá de los años, atravesando y conformando a las generaciones. Quizá nadie fuese tan nuevo en el mundo como ingenuamente se tiende a creer, sino que tan sólo forme parte de un ciclo superior que funcionaba sobre la tierra desde el inicio de los tiempos y que, por ende, continuaba funcionando a su compás.

Entonces no fue ella la primera niña en asustarse, en desconcertarse, en dudar, en enamorarse, en esforzarse por ser mejor. Lo comprobó en los ojos de las futuras kunoichis, que atravesaron por cada una de esas emociones en la medida en que intentaban corroborar si el precepto en cuestión correspondía a su carácter. No fue la primera, así como tampoco sería la última.

Cuando iban por el penúltimo precepto, comprobó además que el sector femenino observaba con una dosis extra de fascinación al ninja que tenían enfrente. Esto un poco la descolocó. ¿Podía ser posible?

Hinata miró alternativamente a las chicas y a Kakashi, y de vuelta a las chicas. Vaya, eso sí que era nuevo. En sus épocas de estudiante era muy normal quedar prendida de un compañero, y ella era la prueba viviente de ello. Incluso sus compañeras se pasaban las tres cuartas partes del tiempo, el libre, el destinado al estudio y el destinado a la práctica, a contemplar embobadas a Sasuke como si fuese el único ejemplar existente de humano varón en aquellos lares. ¿Pero fijarse de ese modo en un entrenador? Jamás se le hubiese pasado por la cabeza.

Sin embargo, así sucedía en ese preciso momento y en ese preciso lugar, lo supo al reconocer los ojos fijos y asombrados de Ino y de Sakura en los rostros de las muchachitas presentes. Cuando le tocó el turno de completar el concepto de generosidad, tuvo que obligarse a volver en sí, ya que el estupor la había distraído. ¿Cómo era posible que chicas tan pequeñas le echasen el ojo de esa manera a su propio instructor?

Además, tratándose de Kakashi deberían de mostrar más respeto. Un ninja de su trascendencia no estaba para ser reducido al nivel del ídolo pop de turno.

-Por último la pureza –dijo el jounin en ese momento, y Hinata lo consideró muy oportuno-. Elimina la lujuria, la avaricia y otras malas cualidades, y tampoco dejes que entren malos pensamientos en tu mente.

-Piensa en el bienestar de todos –intervino Hinata, todavía extrañada con la situación-. Sé puro también con tu cuerpo, mantén tus ropas y tus alrededores limpios. En suma, observa las normas de higiene física, mental, moral y espiritual.

Lógicamente, hubo algunas muecas de inconformidad entre los alumnos al entender la magnitud de tal precepto, demasiado rígido para su edad. A Kakashi le divirtió la reacción, seguramente porque conocía lo diferente que podía ser a veces la realidad con respecto a las normas.

-Qué, ¿algún problema con el precepto de la pureza? –indagó en son de burla.

Algunos se enfurruñaron y otros bufaron para demostrar su incomodidad. Kakashi sonrió.

-Bien, se habrán dado cuenta de que los shinobis nos regimos por esas cualidades. A veces nos sale bien y otras no tanto, pero siempre nos esforzamos por acercarnos. Porque la virtud no radica en ejercerlo a rajatabla, sino en intentarlo, en tender hacia ello siempre, en buscar ser mejores. Cuando uno busca ser mejor, y acciona para conseguirlo, entonces de algún modo ya lo es.

Ahora los chicos rieron relajadamente, reconfortados con esas palabras. Hinata también sonrió y él halló en su sonrisa aprobación, por lo que se sintió satisfecho.

-¿Preguntas? –inquirió a continuación.

Y automáticamente se elevaron al cielo los brazos del público femenino, Hinata no pudo dejar de reparar en el detalle. Kakashi señaló a una muchacha al azar.

-¿Cuántos años tiene? –preguntó la chica con ansiedad.

Kakashi manifestó cierta contrariedad por la falta de adecuación al contexto, y luego recordó que no resultaba nada raro viniendo de una persona de esa edad. Hinata, en cambio, sintió vergüenza ajena y, por alguna misteriosa razón, también se sintió expuesta.

-Aunque no esté muy seguro de la relación con el tema –aquí los chicos rieron nuevamente-, diré que tengo treinta y tres.

-¿Estás casado? –se atrevió a preguntar otra de las chicas.

Nueva vacilación de Kakashi, acompañada del desconcierto de Hinata.

-No todavía –dijo él con amabilidad.

-¿Entonces lo harás pronto? ¿Tienes novia? ¿Ya estás comprometido? ¿Conociste a alguien?

Las insólitas preguntas se precipitaron como un torrente después del deshielo, comprometiendo a Kakashi y dejando a Hinata muda del estupor. Iruka, que hasta el momento se había mantenido al margen, creyó oportuno intervenir.

Trató de sosegar los requerimientos femeninos así como las indignaciones masculinas, ya que los varones de pronto se vieron relegados del intercambio. Además, se hizo muy notorio el desvío del propósito original de la clase. Iruka frenó a unos y apaciguó a otros, restableciendo poco a poco el orden para poder proseguir.

Entretanto, Kakashi y Hinata se mantuvieron apartados, apiadándose de las tribulaciones que todo entrenador debe atravesar para tratar de domar a esa manada de espíritus demandantes de atención. A ninguno de los dos se le ocurrió desear estar en su lugar.

-Desde el principio dije que se trataba de un grupo muy animado –comentó él, guiñándole un ojo a su compañera.

-Así parece –repuso Hinata, algo preocupada por Iruka-. Jamás he visto niñas tan cu-curiosas.

-¿Verdad? Es la primera vez que me preguntan por mi vida sentimental antes de indagar por mi Sharingan. –Luego Kakashi hizo una breve pausa, sopesándolo con seriedad-. Cómo obtuve ese ojo solía ser la primera pregunta que me hacían en este tipo de clases, pero parece que las cosas han cambiado un poco.

Hinata se abstuvo de replicar, pues ella también había estado realizando su propio balance de la situación. Si era el hombre inteligente que ella creía que era, por fuerza tenía que darse cuenta de que eso no era lo único que había cambiado en los últimos años.

Las futuras kunoichis se habían entusiasmado demasiado con él, sus preguntas eran producto de ello y de cierta desenvoltura ganada por la ventaja de moverse en bloque. Ella, a su edad, jamás se lo hubiese permitido, apenas si podía mirar a Naruto a la cara cada vez que se lo cruzaba.

Comprendía que Kakashi fuese cálido, gentil, confiable, leal, inteligente, incluso atractivo a pesar de la máscara y encantador a pesar de su indolencia. Sin embargo, de ahí a exhibir con descaro un interés más allá de lo profesional…

Incluso a pesar de la dulce mirada que le dirigía, incluso a pesar de lo segura que podía sentirse a su lado.

-¿Hinata?

La joven reaccionó con un sobresalto. Se ruborizó al comprender que se había quedado como lela mirándolo, que él se había percatado de eso y que la interpeló para devolverla a la realidad.

-Lo-Lo siento –musitó.

-¿Qué cosa? –indagó él, asombrado. Luego hizo una mueca, como si algo le doliese. Sacó la mano izquierda del bolsillo y la examinó con detenimiento-. Desde hace rato que esta mano me está molestando.

Se quitó el guante protector y por fin advirtió el largo arañazo del gato que había rescatado con anterioridad. Una marcada línea roja atravesaba el dorso y la zona inmediata a la herida aparecía igualmente enrojecida.

-Vaya, no me había dado cuenta –reconoció.

Hinata se apresuró a revolver en su bolsa hasta que halló un apósito adecuado para la magnitud de la lesión. Luego tomó la mano de Kakashi y lo colocó con sumo cuidado, cubriéndola casi al completo. El jounin se dejó hacer, algo confuso por la repentina intimidad generada entre ambos.

-Comparada con las heridas de una batalla no tiene importancia –señaló ella, sosteniéndole la mano aún-, pero había comenzado a irritarse con el roce de la tela. Podría haberse infectado, Kakashi-sensei, debería prestar más atención.

El jounin apenas pudo dominar sus emociones. Asintió con la cabeza, tragó con dificultad y ya no pudo decidir si apartar la mano por cuenta propia o esperar a que ella la soltase. Y al advertir el detalle, Hinata comenzó a atravesar por la misma zozobra.

Después, un poco por voluntad propia y un poco por voluntad ajena lograron desasirse. De todas maneras, ninguno podría asegurar que hubiese salido indemne de tan inusitado escollo, él porque conocía sus sentimientos y ella porque de pronto había comenzado a dudar de los suyos.

Para aumentar la desazón, cuando voltearon hacia la clase se toparon con las perplejas miradas del alumnado en su totalidad fijas sobre ellos, además del inconveniente desconcierto de Iruka. Evidentemente ya se habían calmado y estaban esperando que ellos dejaran de hacer "sus cosas" para reanudar la exposición.

Desde luego, el sector femenino echaba chispas por los ojos y puñales parapsicológicos sobre Hinata al notar lo cerca que parecía estar de Kakashi y el nítido interés que él tenía por ella, interés del que la kunoichi no se había anoticiado aún. Y así como ellas poseían la sensibilidad necesaria para percibirlo, el mismo Iruka llegó a preguntarse qué estaría pasando entre ellos para configurar juntos aquel inusitado halo de confianza. Aunque fue discreto y se guardó sus pensamientos.

Al notar la tensión en el ambiente y la incomodidad de Hinata, Kakashi optó por desenvolverse con normalidad retomando la clase en donde la había dejado. Fue tan hábil manejando las ansiedades del grupo y tan atinado para atraer la atención exclusivamente sobre sí, que las cosas poco a poco volvieron a su cauce original sin mayores consecuencias. Sobre todo para resguardo de la aturdida Hinata.

Ella, entretanto, al verlo tan seguro y cordial como de costumbre, logró recuperar su templanza. Y al percatarse de que había desviado la atención de los alumnos, también se sintió agradecida.

Esta vez se mantuvo a un lado y le dejó la exposición a él. Los chicos no volvieron a reparar en ella, y eso fue lo mejor. Cuando Kakashi dio por finalizada la clase, todos aplaudieron encantados como si nada hubiera sucedido. La corta edad los preservaba de recuerdos innecesarios ajenos a su propio universo.

Pero sí pertenecían al universo de Hinata, y la joven se quedó pensando y dándole vueltas al asunto. ¿Qué había pasado en realidad? Apenas le había puesto un inocente apósito, pero por la asombrada mirada de los chicos parecía que lo hubiese atendido como si fuese su propio esposo. Y el mismo asombro divisó en los ojos de Iruka… ¿Qué había pasado en realidad?

Quería ahondar en eso y entenderlo, le abrumaba demasiado como para dejarlo pasar como si careciese de significado. Los demás habían visto algo en ellos, pero fue incapaz de determinar qué. De todas maneras se quedó sin tiempo, pues los alumnos empezaron a marcharse.

Los chicos la saludaron en la medida en que salían del aula. Iruka se despidió de ella a lo último y Kakashi quedó para el final, aunque trató de evitarlo yéndose primero. Sin embargo, él la retuvo con un gesto.

-¿Tienes algo que hacer ahora? –le preguntó con su indolencia habitual.

Ni siquiera en medio de una confusión tan grande como la que la acometía Hinata supo mentir.

-No. A esta hora Kurenai-sensei debe haber vuelto ya a su casa y no qui-quisiera molestarla.

-¿Te importaría acompañarme a cenar? Yo invito –propuso él, y ella lo miró contrariada-. La clase me cansó y me generó mucha nostalgia, así que ahora me gustaría comer un buen tazón de ramen con mi compañera de enseñanza. ¿Qué dices?

Y ése fue precisamente el problema. Durante unos intensos instantes, Hinata no supo qué decir.