Autentico Texano

CAPÍTULO 04

¿Se arrepentiría del beso? Probablemente.

Alice suponía que ésa era la razón de no haber vuelto a verlo. No lo sabía con seguridad pero, como siempre, su mente era su peor enemigo: se disparaba e imaginaba todo tipo de locuras.

Desde que estaba a cargo de la cafetería sólo había visto a Jasper una vez. No había sido un cliente habitual así que no tenía por qué empezar a serlo.

Lo cierto era que no podía dejar de pensar en el beso. Sí no lo hubiera permitido, se sentiría bien; pero había cometido un error y eso tenía consecuencias. Quería verlo de nuevo, por más que se recordaba que no sería conveniente.

La vida de Alice estaba en Houston. Pronto se iría de Lane, Texas. Además, estaba deseando volver a su trabajo auténtico, y al reto que suponía.

—Alice, teléfono para ti —volviendo a la realidad, sonrió a Albert y fue al pequeño despacho a contestar la llamada. Era su jefe, John Billingsly.

—¿Cómo te va? —preguntó él con voz amable.

—¿De veras quieres saberlo? —sentía un profundo respeto por John y lo consideraba amigo además de jefe, pero en ese momento no estaba entre sus personas favoritas. Al fin y al cabo, en gran medida era culpa suya que estuviera allí.

—Sabes que sí —soltó un suspiro, —o no habría preguntado.

—La verdad es que las cosas van mejor de lo que esperaba, aunque odio admitirlo.

—Sé que sigues disgustada conmigo —rió él.

—Y lo estaré mucho tiempo —aunque Alice había hablado con sinceridad, no había rencor en su voz.

—Sabes cuánto me importas, Alice. Sólo deseo lo mejor para ti.

—Lo sé.

Era cierto. A veces tenía la sensación de que a él le gustaría ser algo más que su jefe, sin embargo nunca había cruzado esa línea, Pero percibía que sus sentimientos por ella iban más allá de lo que expresaba.

—Quédate allí algo más de tiempo —dijo John, —para dar a tu cuerpo y a tu mente la oportunidad de sanar del todo. Es lo único que te pido.

—¿Tengo elección?

—No —respondió él con voz suave pero firme.

Ella sabía que tenía razón, aunque odiaba admitirlo. Tanto John como el doctor Rivers, su psiquiatra, se lo habían dicho, pero había sido John quien la convenció. No había llegado a cuestionar la seguridad de su empleo, pero si la había amenazado con perder el ascenso que le correspondía y ella anhelaba.

Recordaba el día muy bien. La había llamado a su despacho y cuando se sentó, John ocupó la silla contigua y tomó su mano.

—¿Puedes mirarme a los ojos y decirme que no estás en apuros?

Alice no pudo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿He perjudicado a la empresa? Sí es así, lo siento.

—No te mentiré; últimamente has tomado algunas malas decisiones. Pero creo que eso ya lo sabes. No has perjudicado a la empresa, de momento. Eso es lo que vamos a procurar evitar.

—Gracias a Dios —Alice había apretado su mano con fuerza.

—Tienes la posibilidad de convertirte en socia de la empresa —dijo John, —pero sólo si puedes controlar tus emociones y convertirte en la abogada que sabemos puedes ser.

«Pero así era antes de que un conductor borracho matara a mi esposo y a mi hija», deseó gritar ella.

—Es necesario que superes tu pérdida —había añadido John, como si le leyera el pensamiento.

—Lo he hecho —gritó Alice, liberando su mano. La molestaba que la tratase con condescendencia, como si fuera una niña. Era increíble. Ella era Alice Brandon, la triunfadora de la empresa. Había conseguido algunos de los clientes más grandes e importantes. Eso debería contar para algo. Pero por lo visto no era así porque, al menor problema, intentaban liberarse de ella como si fuera un desperdicio.

Su conciencia se rebeló, recordándole que estaba sacando de contexto las palabras de John. En el fondo sabía que él y la empresa la apoyaban por completo,

—No, no la has superado —dijo él con paciencia. —Muy lejos de ello, y ése es el problema. Has enterrado tu dolor y tu corazón en el trabajo. Ahora, cuatro años después, el dolor al que nunca te enfrentaste abiertamente se vuelve contra ti. Está empezando a controlar tus emociones y tu salud. Ambos sabemos que estás al borde de una crisis nerviosa.

Aunque odiaba admitirlo, era cierto. Ya no podía convencerse de que ella y cuanto la rodeaba iba bien.

—Sé que tu prima necesita ayuda, Alice —siguió John. —Ve a ayudarla. Otro ambiente, otro trabajo, gente nueva... —hizo una pausa y sonrió. —No te imagino sirviendo café y comida, pero sé que te entregarás por completo, como haces con todo.

—Yo tampoco me imagino haciéndolo, pero parece que no vas a ofrecerme otra opción.

—Tienes toda la razón —admitió John con severidad.

Alice se había inclinado hacia él, había besado su mejilla y salido del despacho. Desde entonces habían pasado tres semanas. Tres de las más largas de su vida.

—Alice, ¿sigues ahí? —preguntó John en su oído.

—Sí, Disculpa. La verdad es que estaba recordando nuestra última conversación.

—Me alegro, porque por mi parte nada ha cambiado.

—Lo sé —se le cascó la voz pero espero que él no lo notase. Quería mantener su dignidad a toda costa.

—Vuelve al trabajo. Hablaremos de nuevo pronto.

Cuando colgó y volvió al comedor, Jasper entraba por la puerta con cara de pocos amigos. Se le cayó el alma a los pies. Había acertado: él no se alegraba de verla. Debía de haber ido porque quería café o comer algo.

—Pareces sorprendida de verme —dijo él con tono amable, mientras iba hacia una mesa.

Iba vestido algo más formal que las otras veces. Llevaba vaqueros y botas, desde luego, pero la camisa era de algodón liso, no de franela, y en vez de casco llevaba un sombrero negro, que se quitó.

—Lo estoy —dijo Alice con honestidad, cuando recuperó el habla. Después no supo qué decir, algo muy inusual en ella. Pero achacó su nerviosismo al hecho de haber besado a ese hombre con pasión pocos días antes.

Cuando Jasper pasó a su lado, captó un aroma limpio y fresco, como si acabara de ducharse. Eso la puso aún más nerviosa. Sonrojándose, Alice se dio la vuelta. No había pensado así desde la muerte de su marido.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó. —¿O comer?

—Un café bastará.

—¿Seguro que quieres que te lo sirva yo? —se obligó a preguntarlo con una sonrisa, esperando que él se relajara un poco.

La tensión de su rostro se suavizó e incluso esbozó una sonrisa. A Alice se le disparó el corazón.

—Claro, pero ya te habrás dado cuenta de que me he sentado muy cerca de la mesa.

Ella sonrió de nuevo, pero Jasper, en cambio, frunció de nuevo el ceño. Alice fue a por el café y dejó la taza ante él con mucho cuidado.

—Pareces molesto —dijo. Si era por culpa de ella, quería saberlo.

—Sí, pero no contigo —la miró a los ojos. Ella notó cómo el rubor cubría sus mejillas. Jasper siguió con voz baja y ronca. —Estás tan preciosa que, si pudiera, te abrazaría aquí mismo y te besaría hasta que me suplicaras que parase. Y aun así, no sé si obedecería.

La provocativa afirmación la desconcertó tanto que se quedó de pie, muda y ardiendo de calor.

—¿Tienes un minuto?

—Claro —dijo, temiendo escuchar algo que no deseaba oír.

Él apartó la silla contigua a la suya y le indicó que se sentara.

—Deja que vaya a por un café antes. Volveré enseguida —Alice volvió con su café y se sentó. Estuvieron en silencio unos minutos, bebiendo. —Ha ocurrido algo —aventuró ella por fin.

—Y que lo digas — Jasper soltó un suspiro.

—¿Quieres hablar de ello?

—Necesito un buen abogado. ¿Conoces alguno?

A Alice le dio un vuelco el corazón, pero mantuvo el aspecto de serenidad. ¡Vaya si conocía abogados!

—Con todos tus negocios, me sorprende que no tengas uno.

—Sí lo tengo, pero está fuera del país. Y su socio es un idiota.

—Ah —Alice alzó las cejas pero no hizo preguntas.

—Perdona. Eso no es del todo cierto. Digamos que no tenemos las mismas ideas.

—¿Por qué crees que necesitas un abogado? —preguntó Alice. No tenía por qué contárselo, pero parecía querer hablar con alguien del tema.

—Dan Holland, el propietario del terreno cuyos árboles compré acaba de llamarme y ha dejado caer una bomba.

—¿Sí?

—Sí, y lo peor de todo es que yo lo consideraba amigo mío.

—La amistad y los negocios son cosas muy distintas, Jasper. Eso deberías saberlo.

—Lo sé, diablos. Pero en un pueblo pequeño la palabra de un hombre vale tanto como su firma. Y yo tenía ambas cosas de Dan.

—¿Qué es lo que ha cambiado?

—Quiere que mis trabajadores dejen de talar.

—¿Por qué razón?

—Un cuento de un medio hermano ilegítimo que ha aparecido de la nada y quiere tomar parte en el negocio que Dan y sus hermanos habían hecho conmigo.

—¿Y tu amigo se lo ha creído y quiere romper al trato? —Alice estaba atónita pero también intrigada.

—Se lo ha tragado enterito. Dice que si Larry Ross, así se llama el tipo, dice la verdad, tiene derecho a una participación en el negocio.

—Suena ridículo.

—Es más que eso. Es una locura.

—¿Y qué has contestado? —preguntó Alice.

—Le he dicho a Holland que está fuera de sus cabales si un tipo al que no ha visto nunca llega de repente con esas pretensiones y no lo manda a paseo.

—Me parece increíble que no lo haya hecho —Alice movió la cabeza consternada.

—Dan dijo que nunca me había visto tan enfadado.

—Tengo la sensación de que ese comentario no debió de gustarte nada —Alice abrió mucho los ojos.

—Tienes razón. Le dije que si creía que eso era estar enfadado esperase un poco, porque aún no había visto nada. En ese momento aún estaba tranquilo.

—Qué lío—comentó Alice.

—Hay más —interpuso Jasper, —Dan defendió al tipo diciendo que su padre era un mujeriego y era posible que Larry Ross fuera fruto de una de sus aventuras. Según él, la madre de Ross estaba harta de callar y le juró a su hijo que Lucas Holland era su padre y que debía reclamar todo aquello que le correspondiera.

—¿Y tu respuesta? —Alice lo miró a los ojos,

—Basura y más basura — Jasper soltó el aire de golpe. Alice casi sonrió. —Le dije que suena demasiado fácil. Ross es su problema, no mío. Tenemos un trato en marcha, firmado, sellado y entregado.

—Pero él no lo ve así, ¿verdad?

—Acertaste. Por lo visto, Larry Ross amenaza por poner una demanda para interrumpir mí negocio, alegando que su familia no tiene derecho a vender los árboles sin su firma.

—Es una locura; cuando hizo el trato, Dan ni siquiera sabía que el tipo existía —Alice estaba atónita y lo demostraba. —Pero por lo visto al tal Ross le da igual.

—Así que le dije a Holland que me devolviera el dinero. Un proceso judicial podría arruinarme.

—¿Y qué contestó? —Alice estaba cada vez más horrorizada. Jasper tenía razón: necesitaba un abogado, cuanto antes mejor.

—Dijo que no podía, que él y sus hermanos lo habían invertido todo en acciones de liquidez a largo plazo.

—Ese hombre es toda una pieza.

—Le dije que ése era su problema, no mío. Por supuesto, Dan gimió que buscaríamos una solución, que sólo me pedía que suspendiera las operaciones unos días, hasta arreglar este lío.

—Espero que le dijeses que no.

—Efectivamente, El arguyó que estaba siendo irrazonable. Le pregunté qué haría él si estuviera en mi lugar. ¿Estaría dispuesto a ceder? Contestó que no, así que le dije que la solución era pedir un préstamo utilizando las acciones como garantía y pagar al tipo.

—Sí hubiera aceptado, no estaríamos teniendo esta conversación —apuntó Alice.

—Correcto de nuevo —afirmó Jasper. —Amigo o no amigo, un trato es un trato. Yo cumplí mi parte y espero que él cumpla la suya. Dan se enfadó y me dijo que esto no quedaría así. Pero si quiere lucha, la tendrá. Yo voy a talar mí madera.

—Tal vez pueda ayudarte.

—¿Tú? — Jasper la miró sorprendido.

—Eso he dicho —dijo Alice con ecuanimidad,

—¿Cómo? —él rió, —¿Vas a utilizar tus dotes de camarera para echar café caliente en su entrepierna?

Alice sabía que intentaba ser gracioso, pero para ella el comentario no lo era en absoluto. Forzó una sonrisa almibarada y se puso en píe.

—Tengo mis fallos como camarera, pero cuando me dedico a las leyes, soy una abogada excelente.

Jasper se puso pálido, como si acabara de rebanarle el pescuezo.

—¿ eres abogada? —su risa resonó por todo el local.