Algo cambia

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me perteneces, son de la entera propiedad de Rumiko Takahashi. La historia a continuación no persigue ningún fin lucrativo.

Título: Algo cambia

Pareja principal: [Sesshoumaru / Kagome Higurashi]

Pareja Secundaria: [Miroku / Sango]; [InuYasha / Kykyou]

Aclaraciones:

Narrador

— Diálogo de los personajes —

"Pensamiento de los personajes" —

[...] Aclaraciones de la autora

Recuerdos

Género: Humor/Romance/Drama/Acción

Ranting: T+

Summary Completo: Algo había cambiado en ellos, tal vez por la experiencia y el tiempo juntos, o simplemente era que nada podía permanecer igual que siempre. InuYasha aun seguía detrás de Kykyou mientras sus compañeros recriminaban el dejar a la joven miko dolida esperando a su encuentro. Pero en algún instante, no pudieron volver a ver la tristeza reflejada en los ojos de Kagome, no pudieron ver la tristeza al ver al Hanyou irse detrás de su predecesora. Solo pudieron verla sonreír, como si esperara, antes de irse al bosque en busca de alguien que desconocían.

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Capítulo Tercero

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El dia llego con lentitud a la gran ciudad de Tokio, iluminando las oscuras calles con los rayos del astro rey que, a diferencia de los otros días en aquel abrumador verano, se encontraba oculto entre grandes nubes de algodón que, a pesar de cubrirlo en gran medida, no eran capaces de contener su calor abrasador. Lentamente las rutinas de los habitantes del lugar daban comienzo, rumbo a sus trabajos, estudios o simplemente alguna actividad ociosa, incluso quienes se mantiene en sus viviendas para refugiarse del calor, más liviano que otros días.

En uno de los templos de la ciudad, rodeado de frondosos árboles, en la cima de unas largas escaleras, los habitantes de la casa parecían adentrarse en sus rutinas ya arraigadas. La familia Higurashi, encargada del templo, disfrutaba de un nuevo dia y, al mismo tiempo, de la inesperada llegada de la joven primogénita de la Sra. Higurashi. Kagome había llegado hacía apenas dos días, quedando solo un dia de su estadía antes de retomar su retorno a la época feudal. Pero aquello no era algo en lo que la familia pensara, disfrutando de la estancia de la joven miko.

Kagome, lejos de levantarse de su cama para continuar un nuevo dia, se mantenía recostada en la comodidad de la misma, rodeada de las colchas que le brindaban el calor y confort que en la época feudal parecía tan necesitada; aunque no estaba dispuesta a quejarse. Como única iluminación la luz solar que se filtraban por su ventana, se mantuvo serena observando el techo de su habitación con gesto ausente, perdida entre pensamientos, recuerdos y sentimientos.

Era uno de esos breves instantes en que recapacitar con lentitud lo ocurrido en los últimos tres años de su vida. La batalla contra Naraku, la recolección de la Shikon no Tama, su amor ya extinto por el hanyou con quien viajaba, el nuevo amor —más grande, tal vez— por el medio hermano del anterior, sus amigos del otro lado, el pequeño kitsuke a quien consideraba su hijo, la niña que acompañaba a su pareja a quien podría considerar casi igual, incluso Kikyou abarcaba una parte de su mente. Eran tantas cosas juntas que resultaban abrumadoras pero al mismo tiempo gratificante, como si fuera algo con lo que su vida contaba, su propia rutina a la que no parecía capaz de renunciar.

Unos fríos ojos ambarinos invadieron su mente.

Sesshomaru se había tomado posesión de su mente casi con recelo y autoridad, como si aquella aura intimidante y poderosa hubiera sido suficiente para tomar todo de ella, haciéndose con su cuerpo, su mente y su corazón. Aquel demonio, un asesino a sangre fría, había sido capaz de provocar en ella tales sensaciones que —incluso con Inuyasha— no sintió antes. Abrumadoras, como un fuego invadiendo su cuerpo, concentrándose en su vientre bajo, haciéndola ansiar la presencia del Taiyoukai, desear fundirse entre sus brazos, entregarse a los deseos de los que aquel ser era capaz de provocar. Deseaba con ansias que la noche llegara para poder ir en busca del Lord, y anhelaba que el dia nunca llegara para no abandonar sus brazos.

Te haré mía en cuanto lo encuentre oportuno.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando las frases se hicieron parte en su ser, arrancándole un fuerte sonrojo y una sutil sonrisa. La voz grave, tan fría como siempre, pero también ronca y cargada de un deseo mal disimulado, aún permanecía latente en su cuerpo como si el aliento caliente de aquel youkai aun chocara contra su rostro para hacer estragos en ella. Tal vez eso era lo que más disfrutaba, lo que la hacía entregar todo por el Taiyoukai que, noche tras noche, la estrechaba entre sus brazos a la espera de poder concretar la unión que ambos ansiaban. Era aquella fijación solo hacia ella la que la había hecho olvidar por completo al hanyou, al saberse la única de poder haber conquistado el corazón del frío asesino —a parte de Rin, siendo que la pequeña se había ganado el afecto incluso de Jaken—. Pero lo que más le alentaba a continuar, a no dudar y volver siempre a los brazos del platinado,era su respuesta. Aquella respuesta donde ella era la única opción, donde no existía otra, no estaba la duda y la sombra del dolor se disipaba solo con sus ojos. Fríos y cálidos a la vez.

Si, Sesshomaru le había dado lo que no consiguió con Inuyasha. Ser ella la elegida y a quien le entrega su amor —por mas frío que fuera—.

Sonrió, con amor y un brillo de ilusión, mientras se levantaba de la comodidad de su casa, siendo consciente de los sonidos que empezaban a inundar su casa. Ya era hora de comenzar con su rutina, una a la que solo volvía en contadas ocasiones.

Tomó una muda de ropa, una toalla y los utensilios necesarios para su aseo antes de caminar rumbo al baño de su habitación. Sin dejar de envolverse entre recuerdos e ilusiones, sonrisas sutiles y unos ojos ambarinos que no abandonaban su mente.

Los recuerdos de los encuentros casuales con el Taiyoukai había vuelto a su mente mientras se hundía en la bañera, llena de agua caliente, liberando el estrés y tensión acumulada. Aquellos encuentros, pocos y espontáneos, se habían grabado a fuego en su mente y su cuerpo. Las veces que se había alejado de su grupo, con el dolor corroyendo su cuerpo al saber a Inuyasha en brazos de su antecesora, eran las compañías silenciosas de Sesshomaru lo que la reconfortaron. Aquel demonio se había mantenido a su lado, siempre a distancia prudente, acompañándola cuando el dolor la consumía, observándola con detenimiento hasta que, cansada de tanto llorar, se levantaba para volver con sus compañeros con fuerzas renovadas agradeciendo su compañía con la mirada.

Fue el paso del tiempo lo que cambio esa rutina con sutileza, a su tiempo, sin forzarlo o apresurarlos. Comenzaron con intercambio de monosílabos, preguntas a medio contestar, miradas profundas que solo duraban los pocos segundos que ella soportaba. Lentamente las lágrimas se hacían una compañía cada vez más esporádica, nula si se quiere, sin darse cuenta ya no era el deseo de refugiarse para ocultar su dolor sino el deseo de observar al demonio solo unos instantes. Con el tiempo ya no pensaba en el hanyou que había roto su corazón, solo buscando la presencia del platinado de mirada fría, ansiosa por su compañía, de escuchar su voz y ser el centro de su mirada.

Le había costado admitirlo, a sí misma y al demonio, por temor a ser dañada, de amar a un ser más imposible que el mismo medio demonio. Pero ni siquiera ella había sido la que había dado el brazo a torcer, ni había revelado ella sus sentimientos en primer lugar,ni siquiera recordaba haber derramado lágrimas de dolor por un amor no correspondido.

Sesshomaru, contra todo lo que ella pensaba, simplemente la había tomado, la había besado con necesidad mientras la tomaba entre sus brazos. Casi le había demandado entregarse a él, pertenecer solo a él, olvidarse de Inuyasha y entregarse a aquel sentimiento que compartían. Amor, pasión, deseo o simple cariño; eran todo y al mismo tiempo nada, no tenían un nombre para lo que sentían, entregándole solo apelativos que parecían acercarse a lo que realmente sentían. Pero eso era lo de menos.

—Hija, te dejo ropa limpia—

—Gracias mamá —hablo lo suficientemente alto para ser escuchada a través de la puerta del baño mientras salía de la bañera.

Se envolvió en una toalla limpia mientras salía a su habitación observando la pequeña pila de ropa, doblada y preparada, que su madre había dejado sobre su cama. Revolviendo un poco entre esta se colocó un pequeño short azul cielo y una blusa blanca, ajustada debajo del busto para luego caer con gracia sobre su vientre hasta un poco encima de sus caderas. Peino su cabello, deshaciendo los nudos con lentitud, detallando su reflejo en el espejo completo de su recamara. Con lentitud, sus ojos chocolate iban delineando sus facciones, marcando sutiles marcas y rasgos que la hacen similar a su antecesora, aunque también notado lo que las diferenciaba.

El compararse con Kikyo había terminado por ser una muy mala costumbre. Aunque ahora ya no dolía como antes. Tal vez porque tenía quien la veía a ella, Kagome Higurashi, y no a una reencarnación. Alguien que veía a la humana, con defectos y virtudes, y la seguía eligiendo por sobre todo.

—Sesshomaru… —susurro para si terminando de arreglarse para salir de su recamara dispuesta a disfrutar el último día en su época antes de volver al encuentro de su amado youkai.

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Una sonriente niña corría de un lado a otro, exasperando al pequeño demonio sapo que la perseguía con el único propósito de no ser apaleado por su amo bonito si la niña sufría algún tipo de daño. Rin, por su parte, corría con todas sus fuerzas en aquella pradera rebosante de diversa flora que, a parte de brindar un embriagador aroma, cautivaba los ojos inocentes de la pequeña de apenas 10 años. Motivo más que suficiente para estirar sus brazos y seguir corriendo por el lugar, queriendo mimetizarse con su entorno, de dejarse envolver por el paisaje que la rodeaba hasta volverse uno.

Hasta que un choque con algo inusual la detuvo de su ensoñación.

—¡Señor Sesshomaru! —la niña observó a su mentor con una gran sonrisa, manteniendo una corta distancia entre ella y la pierna con la que con anterioridad había chocado.

—¡Amo Sesshomaru bienvenido de vuelta! —Jaken, quien se había acercado con el propósito de regañar a la niña, había desviado totalmente su objetivo al ver al Taiyoukai hacerse presente en el lugar.

—Hn—

Aquello fue suficiente para hacer saber a la niña y al demonio que su bienvenida había sido aceptada y escuchada, volviendo una vez más a la rutina que tan arraigada estaba en ellos sin darse cuenta, sabiendo que si el platinado no había dicho nada era que no tenía intenciones de dar una nueva dirección o rumbo.

La tarde lentamente empezaba a caer en el lugar, bañando con su luz naranja el lugar en el que se encontraban, iluminando aún más la belleza de la pradera en la que se encontraban. Las risas, los gritos y regaños no se hicieron esperar, entregándole la vida que le faltaba para completar la imagen casi idónea.

Sesshomaru, apartado de su pupila y sirviente, se mantuvo bajo la sombra de un frondoso árbol observando su entorno con poco interés; atento a los movimientos de sus protegidos y al mismo tiempo sumergido en pensamientos abrumadores que consumen lentamente todo lugar en su mente. Era la imagen de una mujer de cabellos azabache y ojos chocolates la que se colaba, sin compasión, empujado su calma y tranquilidad para hundirlo en un embrollo de sensaciones de las que no se creía capaz de experimentar.

Pero, a pesar de saber eso, sin importar que aquella mujer tan testaruda y gritona pudiera ocasionar en el lo que en dos milenios nadie pudo no era motivo para que su fortaleza flaqueara; no se sentía mas débil, no se sentía vulnerable al enfrentar un enemigo, aún era capaz de ignorar el dolor si ha de recibir un ataque directo. Aún no sentía la duda en su cuerpo, en su pulso, al empuñar su espada para eliminar a su enemigo —youkai, hanyou o humano—.

Aunque, algo que ha cambiado —o crecido— desde que aquella humana empezó a ocupar espacio en su mente, fue el odio hacía su hermano. Hacía el mestizo que tantas veces hizo llorar a la mujer que ahora pretende hacer su compañera, las veces que la lastimo y la dejó de lado; todas las veces en las que la observo desde la distancia, asegurándose de que nada le pasara cuando su medio hermano estaba entre los brazos de aquel cadáver putrefacto. Era la indignación de saber que alguien —de su propia sangre, aunque no lo apruebe— sea capaz de ocasionar algo tan deshonroso como el intentar mantener a dos mujeres a su lado, a pesar de estar destruyendo el corazón de una de ellas.

Un gruñido bajo se ahogó en su garganta.

Solo tenia que esperar un poco más, esperar el momento oportuno en que aquel único lazo que aún unía a su mujer con el idiota de su hermano se terminará por romper. No esperaría a que aquella promesa llegará a su final, no porque no creyera que la destrucción de Naraku estaba cerca, por el contrario, era la incertidumbre de saber si aquel idiota sería capaz de cumplir su parte, de tener la suficiente convicción de cumplir la promesa que alguna vez le hizo a la miko; el protegerla.

No podía dejarla en manos de ese idiota.

No estaba dispuesto a perder a su mujer por la ineptitud de su medio hermano. No lo iba a permitir.

Mucho menos por la intervención de aquel pútrido cadáver caminante.

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La tensión se hizo presente una vez más, acompañada del sepulcral silencio que acompañaba al grupo de viajantes que lentamente se acercaban a su destino. La incomodidad y las miradas de molestia se habían convertido en algo de todo el dia entre los amigos, la nueva compañera recientemente integrada había sido catalogada como la manzana de la discordia entre si mismos. La indignación y la molestia se hacían cada vez más notorios ante las actitudes altaneras de la que, alguna vez, fue una gran miko.

—¿Cuanto falta para llegar? —el pequeño zorrito pregunto una vez más, en un murmullo sobre el hombro de la exterminadora, escondiendo su nariz en el hombro ajeno, en un intento de menguar el olor a huesos y barro.

—Solo un poco más—

—Extraño a Kagome-Okasan —el susurro del niño, en respuesta de las palabras del monje, había llamado la atención de la mayoría de los integrantes; causando la molestia de una sacerdotisa —la cual supo disimular— y la explosiva reacción del hanyou.

—¡Fhe! ¡Deja de quejarte como un maldito bebé! —exclamó continuando su camino, seguido de Kikyo.

Una vez más, el silencio se hizo presente entre los presentes. Un suspiro inaudible había escapado de los labios del monje, observando al kitsuke en brazos de la exterminadora en un intento de contener las reacciones de ambos. Sango no estaba nada contenta con la integración de Kikyo en el grupo, mucho menos el haber partido los pocos días que Kagome había estado en su época y la actitud de la sacerdotisa no era algo que ayudará a mejorar su ánimo. Shippo, en cambio, estaba resentido por la forma de actuar de Inuyasha, cual perro faldero detrás de su amo, haciendo cuanta cosa le pidiera aquel cadáver caminante. Ninguno de los presentes podía esperar por llegar a la aldea de Kaede-Obasan, en donde deseaban que Kagome los estuviera esperando.

Sin embargo, Kikyo no estaba contenta con la idea de volver a la aldea en busca de su reencarnación, tal vez por algún tipo de molestia que su presencia le ocasiona o porque las palabras de cierto Taiyoukai aún se mantenían latentes en su mente ¿Que podía tener esa mocosa que ella no lo tuviera mejor? Primero Inuyasha y luego aquel demonio, como si pudieran ver algo más que aquella niña malhumorada y torpe que solo era una carga.

Pero no estaba dispuesta a soportarla por mucho. Se encargaría de ella cuanto antes.

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Bueno, acá finalmente les traje el siguiente capítulo de esta pequeña historia. Los problemas van apareciendo y el 'clímax' se esta acercando…. Cada uno preparándose a su propia forma.

He pensado algunas formas en que Inuyasha se entere finalmente lo que sucede entre Sesshomaru y Kagome, pero aun estoy indecisa ¿Alguien me ofrece ideas? Estoy abierta a escuchar y reflexionar lo que me propongan.

También, este capitulo me pareció algo… aburrido ¿Ustedes que dicen? Creo que me centro demasiado en cómo lo veía kagome, Sesshomaru y lo que pasó en el grupo en esos tres días.

En el siguiente capítulo, un pequeño adelanto, ¡se presenta Naraku!

Tambien prometo que sera más largo jajaja

Bueno, eso ha sido todo

¡Reginae fuera!