"Con el movimiento, el escote del vestido volvió a soltarse, pero esta vez estaba a salvo en su habitación."

"Ah… Señorita Marceline... q-que, sorpresa…." Se trataba nada más y nada menos que del Mayordomo Menta, el principal asistente de la Princesa Chicle.

Era bajito, delgado, tenía pelo blanco con algunas mechas rojas e iba vestido con un esmoquin azul marino, el cual usaba de uniforme. Estaba sentado, en la silla del conductor del carruaje real.

El asalto verbal de la vampiresa, lo había puesto realmente nervioso, no por el susto, si no por el motivo. Aunque en ese momento, el más perjudicado era el caballo, el cual estaba relinchando asustado por la situación. Después de un par de minutos consiguió apaciguar al equino.

El mayordomo suspiró, le había costado gran esfuerzo tranquilizarlo. Ahora solo le quedaba intentar aplacar a la Reina de los Vampiros. "Puedo asegurarle que no recuerda lo sucedido…" Tragó saliva. "Quizás tenga la sensación de haber vivido una situación con anterioridad… pero eso es algo tan común que dudo que le preste atención."

"¿Por qué tuviste que hacerle caso a ese engreído? Maldita sea Menta, sabes que no deberías haberlo hecho." Replicó Marceline, intentando calmarse.

"Pero era mi deb…" Antes de acabar la frase fue interrumpido. A lo lejos, se veían algunos de los asistentes al evento hablando entre sí, acercándose cada vez más al aparcamiento. Inquieto, observo de quien se trataba antes de seguir hablando. Por desgracia para él, cuando fue a acabar la frase, estaba completamente solo. Suspiró aliviado, aunque aún estaba hecho un manojo de nervios y no podía evitar mirar a su alrededor de vez en cuando.

Aproximadamente cinco minutos después, apareció La Princesa Chicle. Al pasar por al lado de su asistente, notó que algo raro le pasaba. "¿Menta? ¿Estás bien? Parece que hayas visto un fantasma."

"Más o menos, la… La Princesa Fantasma pasó por aquí y me pilló desprevenido. No es nada de lo que deba preocuparse." Estaba mintiendo, pero no podía hacer otra cosa.

"Si… a mí también me costó acostumbrarme. Pero es muy simpática una vez la conoces." Sin profundizar mucho más en el tema, se subió al carruaje para emprender el viaje de vuelta.

Estaba empezando a refrescar, como quedaba casi una hora de camino para llegar a la ciudad, subió la capota del vehículo pulsando un botón junto a una de las puertas y luego, encendió la pequeña lámpara elástica que había adherida al techo plegable. Ahora que ya lo tenía todo en orden, podría empezar a leer el libro sobre vampiros, que el Rey Tortuga le había encomendado para entregárselo a Marceline.

Eventualmente, acabaría dándoselo, pero primero quería ojearlo ella. Sentía curiosidad, por saber por qué su amiga se había tomado tantas molestias para limpiar el imperdible y por saber si realmente su saliva provocaba placer en sus víctimas.

Código de honor, clanes… jerarquía… oh, aquí está lo de la sangre. Conforme leía el capítulo, su rostro cambió. Al parecer, la mordedura de un vampiro no era lo que te convertía. Para transformar a alguien en uno de los suyos, primero drenaban tres cuartas partes de su sangre, al hacerlo, era tradición ofrecer al moribundo una segunda oportunidad. Por norma general, eran pocos los elegidos para convertirse.

En la mayoría de los casos la victima moría en el proceso, pero si era lo suficientemente fuerte como para poder responder con coherencia a la propuesta de una nueva vida, le era concedido el don de la inmortalidad bebiendo la sangre del propio vampiro.

Bonnibel frunció el ceño, no tenía la certeza de si lo que sentía en ese momento era asco o curiosidad científica. Siguió leyendo, para que la conversión fuese efectiva, la víctima no debía tener suficientes anticuerpos en su organismo para combatir la intrusión, de ahí lo de drenar el cuerpo casi en su totalidad. Grotesco… pensó al imaginarse la escena.

Por otra parte, beber la sangre de un vampiro estando sano, reforzaba temporalmente el sistema inmunológico de quien la consumía.

Hmm… Si es beneficiosa, ¿por qué no quería que entrase en contacto con ella? Hay algo que no cuadra. A ver si encuentro algo respecto a su saliva.

Por más que leía al respecto, las cosas no le cuadraban, de momento. Buscando el capítulo que mencionase algo sobre la saliva, dio con el titulado 'La Ponzoña'.

Para asegurarse de que sus presas no escapasen, sólo tenían que morderles, inyectando así su saliva repleta de toxinas. Esta, se extendía rápidamente al entrar el contacto con el agitado torrente sanguíneo, provocando un adormecimiento progresivo del cuerpo de la víctima. Otra cosa que no encajaba.

'Si te pincharas ahora, no sentirías dolor precisamente, sino todo lo contrario.'

Al recordar la frase exacta que había pronunciado su amiga, se quedó pensativa mirando al cielo estrellado. Apenas había nubes y la luna aún estaba en fase menguante, iluminando tenuemente el paisaje nocturno.

Todavía quedaba un rato hasta llegar a palacio, así que se decantó por seguir leyendo, quizás así encontraría la respuesta al rompecabezas. Pasó al siguiente capítulo, curiosamente se titulaba 'El sol nocturno'. Al leerlo, rio entre dientes, era un bonito nombre que darle a la luna.

Les era imposible disfrutar de la luz del sol, por ello renombraron a la luna de esa manera en su honor. Leyendo esa página, algo llamó su atención. El fenómeno de la luna de sangre, o luna carmesí, era conocido por influenciar a los vampiros convirtiéndolos en bellos ángeles de la muerte, cosechando toda vida a su paso.

"Pfft… todo el mundo sabe que la luna roja no es más que una ilusión óptica…" Se dio cuenta tarde de que lo había pronunciado en voz alta.

"¿Cómo dice princesa?" Inquirió el Mayordomo Menta con su aguda pero no menos masculina voz.

"Nada… nada. Es un libro sobre astronomía que me ha prestado el Rey Tortuga antes. Es muy antiguo… y no veas como está de desactualizado." Sonrió.

El crédulo Menta rio entre dientes. "Continúe pues, ya sabe que yo de esos temas lo justo."

Qué inocente es. De todas formas, tendría que preguntarle sobre lo de la luna a Marceline la próxima vez. Al percatarse de que ya estaban llegando a las puertas de la ciudad, cerró el libro. Continuaría con su lectura en sus aposentos, donde nadie la molestase.

"Hoy entrare por la puerta del servicio Menta, es tarde y no me apetece hacer ruido entrando por la puerta principal, además, así aprovecho para pasar por la cocina, que tengo algo de sed." Dijo la princesa.

"Pero alteza, puedo llevarle lo que quiera a su habitación." El mayordomo era servicial a cualquier hora del día.

"Nah… es tarde, creo que deben de ser casi las doce de la noche." Realmente quería estar sola.

"Son las doce y veintiocho minutos para ser exactos, majestad. No será molestia alguna llevarle un tentempié." Intentaba convencer a la princesa sutilmente, pero falló en el intento.

"Insisto. Ya sabes que no me gusta que me traten como una inválida Menta." No quería ponerse seria, al fin y al cabo, era con la persona con la que tenía más confianza de palacio.

"Como desee. Entonces, ya ha llegado a su destino. Que pase una buena noche." Esperó a que la princesa se bajase del carruaje y a continuación llevó el vehículo a los establos.

Al fin sola. Dijo para sus adentros. Sin perder tiempo, entró al palacio real por la puerta del servicio, la cual daba a la cocina.

La gran sala, tenía forma rectangular y la estructura del techo estaba compuesta por grandes y antiguos arcos de piedra, pues era una de las pocas salas originales que se conservaban del primer palacio.

El centro de la sala, estaba ocupado por una larga y robusta mesa de madera, sobre ella, había una estructura metálica, utilizada para colgar los utensilios de cocina.

En uno de los laterales de la sala, había una antigua chimenea de leña, estaba apagada porque se usaba pocas veces, por ello, la pila de troncos estaba recogida en el hueco en el que se quemaban, así no estorbaban.

Al entrar, dejó el viejo libro en la mesa central y luego, se dirigió a uno de los cuatro refrigeradores que había en una de las esquinas de la cocina. Estaban separados por el tipo de comida que contenían, carnes, pescados, verduras y bebidas.

Siendo previsora, había guardado una jarra de valeriana en la nevera antes de ir al congreso, ya que sabía que llegaría cansada. Y en cierto modo, también la ayudaría a ahuyentar a los pocos nervios que todavía tenía aferrados a su cuerpo, por lo sucedido con Marceline.

Chicle era una persona que disfrutaba más de un té o una infusión, que de un refresco artificial.

Tomó la jarra helada y vertió la mitad de ella en un gran vaso de cristal, que había cogido de uno de los armarios suspendidos de la cocina. Después la azucaró igual que siempre, con dos cucharadas y media. Agitó la bebida con una pajita y se la llevó junto con el libro a sus aposentos.

Desde la cocina hasta su habitación, había bastante distancia, por no hablar de las cientos de escaleras que había que subir. Definitivamente, se llegaba antes desde la entrada principal, que desde la sección del servicio. Demonios… como puede hacer esto Menta todos los días. Quizás debería instalar un ascensor… Pensaba mientras soltaba pequeños jadeos por subir tantas escaleras seguidas.

Hay que decir que los aposentos reales, se encontraban prácticamente en el otro extremo de la zona de servicio. Sin contar las mazmorras, la altura aproximada a la que se hallaban era de diez pisos, teniendo en cuenta que el gran salón del palacio contaba como la mitad. Por lo tanto, desde la entrada principal solo había que subir cinco pisos, mientras que entrando por la zona de los criados había que subir los diez.

Cuando finalmente llegó a la puerta de su habitación, estaba que no podía ni con su alma. Entró y nada más dejar el libro en la mesilla de noche, se bebió el vaso entero dando largos tragos. Por desgracia, se dio cuenta tarde de lo que había hecho. Estupendo, espero que no me haga efecto enseguida…

Dejó el vaso junto al libro y fue al cuarto de baño para quitarse el vestido. Una vez frente al espejo, desenganchó el imperdible con sumo cuidado, cogiéndolo del extremo no contaminado. Lo miró de cerca en busca de algún indicio extraño, pero parecía normal. Quizás podría analizarlo a fondo en el laboratorio, la muestra había sido contaminada, pero probaría suerte de todas maneras.

Siempre guardaba bolsas aislantes en el mueble del baño, por lo que aisló el imperdible en una de ellas y lo guardó en uno de los cajones.

Con el movimiento, el escote del vestido volvió a soltarse, pero esta vez estaba a salvo en su habitación. Se quedó mirando su reflejo en el espejo, clavó sus ojos en la zona en la que Marceline la había rozado y pasó sus dedos por ella. Ahí estaba de nuevo, el escalofrío que había recorrido con anterioridad todo su cuerpo provocando que sonriese de forma fugaz. Al darse cuenta de que acababa de sonreír, frunció el ceño mientras miraba a su reflejo a los ojos. ¿Qué se supone que acaba de pasar? Creo que debe de ser por el cansancio, sin duda… Pensó.

Tras batallar con el complejo vestido durante unos minutos, acabó por quitárselo, lo colgó detrás de la puerta y salió en ropa interior del aseo, ya que había dejado el pijama en la cama. Tras colocárselo, fue a lavarse los dientes, empezaba a bostezar, incluso con la boca llena de espuma mentolada.

Para cuando por fin pudo ponerse a leer el libro, la infusión de valeriana tomada precipitadamente, ya estaba haciendo efecto. Aun así no se rindió, una vez acomodada dentro de la cama, abrió el libro por el primer capítulo, titulado 'Código de Honor'.

Debían ayudarse unos a otros, tanto estando en situaciones de peligro, como fuera de ellas. Como también se respetaba la propiedad de las víctimas. Si un vampiro alegaba que una presa era suya, ningún otro tendrá derecho a tocarla. Infringir esta norma, era castigado duramente.

Ahora entiendo porque es tan posesiva con su comida, incluso con sus cosas, pero no sabía… que también se… aplicaba a las víctimas. Presa del cansancio, finalmente sucumbió al sueño. La habitación se quedó en silencio, la luz de la mesilla encendida y el gran ventanal que daba al balcón entreabierto.

De repente, algo parecido al ruido blanco producido por un televisor empezó a taladrar su cerebro. Abrió los ojos lentamente, estaba todo a oscuras, se quedó quieta unos instantes hasta que su vista se adaptase a la penumbra. Todavía estaba algo espesa por acabarse de despertar, miró a su alrededor en busca de la fuente de ese molesto sonido, pero no encontró nada.

Se frotó los ojos y se sentó al borde de la cama, mientras intentaba despejarse mirando una zapatilla, escuchó un susurró a sus espaldas. Contuvo la respiración por el susto, era de noche y era imposible que alguien hubiese podido entrar en su habitación.

Para su sorpresa, al girarse en dirección al origen de la voz, no había nadie. Asustada, se levantó y observó la habitación. Lentamente, caminó hacia el centro de la sala.

Es mía…

Otro susurró que destacaba entre el ruido blanco. Seguía sin ver a nadie.

y nada ni nadie va a interponerse entre ella y yo…

"¿H-Hola? Sé que es una pregunta estúpida… pero ¿Hay alguien ahí?" Nadie respondió. "Si te estás haciendo un sándwich en la cocina… también puedes contestar." Rio nerviosa. Tampoco obtuvo respuesta esta vez.

mucho menos tú…

"¿Yo?" Preguntó a la nada. Miró a sus espaldas, de dónde provenía el susurro, no había nadie. Su respiración empezó a acelerarse, estaba tan alterada que estaba empezando a faltarle el aire. Si se trataba de una broma, era de muy mal gusto. Fue en ese momento en el que se le ocurrió que quizás Marceline, quien podía volverse invisible, estaba detrás de todo aquello.

"¿Marceline? Si eres tu… muéstrate, esto no tiene gracia." Dijo intentando calmarse.

De repente, algo frío y suave empezó a acariciarle la nuca. Al girarse lentamente, el ruido blanco aumentó de volumen, haciéndose insoportable, cerró fuertemente los ojos y se tapó los oídos. Tras unos instantes ensordecedores, el sonido cesó. Pero al abrir los ojos, lo que vio, lo que sintió, era surrealista. Una bestia negra de grandes fauces, mirándola fijamente con sus brillantes ojos, rodeando su fino cuello con sus garras heladas.

Ante la imagen, gritó horrorizada, y el monstruo como respuesta, rugió al mismo tiempo que la estrangulaba, ahogando así su voz.

Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, una luz cegadora inundó el lugar.

Fue entonces cuando despertó.

Todo estaba en su sitio, tal y como lo había dejado horas antes. Ya era de día y el sol entraba por todas las ventanas de la habitación.

Bonnibel, estaba realmente alterada por esa horrible pesadilla. Respiraba rápidamente por la boca, por más que intentaba calmarse no lo lograba. No podía dejar de temblar y de recordar lo sucedido en el sueño. Se quedó sentada en la cama, mirando a su alrededor, pasó la mano por su rostro, estaba sudando y sangraba por la nariz. Al ver el líquido carmesí impregnando sus dedos, se alteró todavía más, tan rápido como pudo cogió un pañuelo de papel, extrayéndolo del dispensador que tenía en uno de los cajones de la mesilla de noche.

Un par de minutos después, un horrible dolor de cabeza empezó a aparecer, apoderándose lentamente de cada rincón de su cerebro, al menos había logrado calmarse. Mientras se frotaba las sienes intentando apaciguar al dolor, escuchó como alguien llamaba a la puerta. "¿Alteza? ¿Se puede pasar? Le traigo el desayuno." Era la voz del Mayordomo Menta, tan puntual como siempre.

Antes de contestar, se apresuró en dejar los pañuelos desechables manchados de sangre escondidos bajo las almohadas. "Ah… esto, sí, pasa… está abierto." Se recostó e intentó fingir que no había pasado nada.

El asistente entró portando una bandeja, en la que llevaba un suculento y energético desayuno. "Me va a disculpar, todavía no se han repuesto las naranjas, por lo que el zumo de hoy es de mandarina."

La princesa asintió, estaba realmente espesa a causa de la jaqueca y no podía evitar darle vueltas a lo que había soñado.

"¿Se encuentra bien? No tiene buen aspecto… dejando de lado que se acaba de despertar." El mayordomo sonrió, podía permitirse el lujo de bromear con ella.

"Estoy bien…" Dijo con un hilo de voz. Carraspeó y siguió hablando. "Tan sólo he tenido una larga y horrible pesadilla. Pero seguro que con este estupendo desayuno que me has preparado se me olvida todo en un pis-pas." En la bandeja, aparte del zumo de mandarina, había un plato con varias tostadas, junto a un tarro de mermelada de fresa y un par de pequeños envases de mantequilla. Para coronarlo, un bol con varias piezas de fruta fresca.

"Me alegro que le guste. Por cierto, tiene la agenda libre hasta la hora de comer. Si se lo está preguntando, ahora son las ocho de la mañana." Era eficiente hasta la médula. "Si me disculpa, debo retirarme, tengo que organizar los pedidos de comida de hoy."

"Claro… claro, faltaría más. Gracias por traerme el desayuno." Dicho esto, el asistente salió del cuarto, cerrando la puerta tras él.

Agradecía los gestos que tenía Menta con ella, pero a veces los consideraba fuera de lugar, que fuese princesa no significaba que fuera a romperse en pedazos por hacer las cosas por sí misma.

Empezó a untar las tostadas, primero una fina capa de mantequilla y luego la mermelada. Mientras llevaba a cabo esta simple tarea, pensó en los susurros que el odioso ruido blanco había dejado escapar en la pesadilla. Es mía… y nada ni nadie va a interponerse entre ella y yo… mucho menos tú. Parecía que juntando los fragmentos, se formaba una frase, con algo de sentido.

No obstante, no había tenido éxito al identificarla, estaba difuminada y algo distorsionada, apenas podía decir si quien la pronunciaba se trataba de un hombre o una mujer.

Al dar un mordisco a la tostada, recordó a la terrorífica bestia, la imagen de sus brillantes ojos y sus grandes colmillos se le había quedado grabada. El solo hecho de imaginarla, hacía que le entrasen escalofríos.

Tras comerse cuatro tostadas y beberse todo el zumo, se percató de que el viejo libro sobre vampiros no estaba a la vista. Posiblemente se deslizó entre las sabanas cuando se quedó dormida. Para buscarlo mejor, se levantó de la cama y puso la bandeja del desayuno en la mesita de noche, ya de paso incluyó en ella el vaso de valeriana vacío que había dejado la noche anterior.

Acabó encontrando el tomo bajo las almohadas, no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí, pero al menos lo había encontrado.

Tenía ganas de ducharse, por lo que cerró la puerta con llave y aprovechando que el ambiente estaba caldeado gracias al sol, empezó a desnudarse de camino al baño. Aún llevaba la lencería de encaje a juego con el vestido de la noche anterior, la cual dejaba ver escasamente sus encantos.

Una vez en el aseo, se miró en el espejo que había encima del lavabo y comprobó que no tuviese ningún rastro de sangre en su nariz. Luego se quedó observando detenidamente su cuello de cerca, en busca de alguna marca de estrangulamiento, pero todo estaba normal. Suspiró, se alegraba de que solo hubiese sido una pesadilla. Antes de que empezase a quitarse la ropa interior, sonó el teléfono. Quién debe de ser… si son las ocho y media. Pensó extrañada.

Fue responder de mala gana, pero al descolgar el teléfono y escuchar la voz de quien había al otro lado, su cara cambió por completo.