La semana se pasó volando y por fin llegó el domingo. Amaneció con un cielo despejado y una ligera brisa, siendo un día perfecto para salir a pasear.
—¡Junko! Sal de ahí inmediatamente antes que te obligue, jovencita.
El señor Sakurada ya no sabía qué hacer. Creyendo que cuando su hija entrara a la preparatoria estaría bien del todo, se llevó una desagradable sorpresa al verla llegar de su segundo día de clases con expresión entre abatida y asustada, para luego encerrarse en su habitación. No había asistido a clases, así que su padre tuvo que llamar a la Hanatensai para decir que estaba enferma, pero la situación no estaba nada bien. Esa hija suya… Sí que se parecía a él cuando quería.
—Junko, es hora de almorzar —la llamó a media mañana, luego de ponerse a trabajar un rato en la mesa del comedor —Después de eso, podemos salir a pasear, ¿quieres? Es domingo y…
Un potente y sorpresivo golpe al otro lado de la puerta cortó la frase del adulto.
—No —dijo la voz de Junko, más ronca de lo usual —No… quiero… salir.
—Entonces… Entonces te enseñaré mi último pedido, ¿te parece? —intentó el señor Sakurada por última vez en ese lapso de tiempo, sin hacer notar su alivio por escuchar hablar a su hija por primera vez en días —Siempre te ha gustado ver mis pedidos ya terminados.
El silencio se apoderó del pasillo, siendo interrumpido por el timbre de la puerta principal.
—Junko, enseguida vuelvo —avisó el hombre, alejándose de la puerta —¡Voy, voy! —gritó en dirección a la puerta, un tanto malhumorado y preguntándose qué más hacer para sacar a su hija de su cuarto. Finalmente, llegó a la puerta principal, respiró profundo y abrió, encontrándose con Shinku al otro lado, cargando libros y libretas —Buenos días, Rozenmaiden–san, ¿qué se te ofrece?
—Buenos días, Sakurada–sama —correspondió Shinku al saludo educadamente —Vine a traerle las tareas a Junko, ¿puedo pasar?
—Sí, claro —el señor Sakurada se hizo a un lado, cediéndole el paso, y al verla reemplazar los zapatos por unos de los pares de pantuflas para visitas, carraspeó —Rozenmaiden–san, no creo que debas molestarte en subir. Junko… aún está un poco indispuesta. ¿Porqué no me das las tareas? Se las subiré con gusto.
Shinku terminó de ponerse las pantuflas y negó con la cabeza.
—Prefiero hacerlo yo, Sakurada–sama, si no le importa.
—Da igual —soltó de pronto el señor Sakurada —Si a mí no me abre, mucho menos a ti.
¿Él, Paz?
Shinku arqueó una ceja ante semejante comentario.
—¿A qué se refiere, Sakurada–sama? —inquirió.
—Es… uno de sus arranques —contestó el aludido con un incierto ademán de indiferencia —Le dan de vez en cuando, aunque hacía mucho que no tenía uno —observó, frunciendo el entrecejo —¿No le pasó algo en la escuela, Rozenmaiden–san?
La rubia negó con la cabeza.
—En ese caso, no sé qué pensar —se resignó el señor Sakurada —Sube si quieres —invitó a la rubia —Su habitación es la segunda a la izquierda. Pero dudo que te reciba.
Shinku asintió, ascendiendo la escalera ante la atenta mirada del señor Sakurada. La chica llegó a la planta alta, contó las puertas y al llegar frente a la indicada, llamó. No hubo respuesta.
—Junko —comenzó la rubia —Soy Shinku. Te traje las tareas, ¿puedo pasar?
Silencio. Shinku empezó a impacientarse así que depositó los libros que cargaba en el suelo, luego de lo cual se sacó un bolígrafo de un bolsillo, se acuclilló, abrió una de las libretas y garabateó algo en una hoja en blanco, la que arrancó poco después para ponerlo encima de todo.
—Muy bien, no me hables —le espetó a la puerta cerrada —Yo cumplí con traerte las tareas. Espero que nos veamos mañana en la escuela.
Al bajar, la rubia sintió que había perdido el tiempo, pero entonces la asaltó una duda: ¿qué provocaría esos arranques, como los llamaba el señor Sakurada?
—¿Te abrió?
Y hablando del rey de Roma…
—No —respondió escuetamente —Sakurada–sama… Lo que le pasa a Junko, ¿es normal?
—Sí y no. Quiero decir, en ella es normal, pero no le ocurre muy seguido. No desde… desde que era niña.
—¿Y no hay nada qué hacer?
El señor Sakurada negó con la cabeza.
—Me retiro —anunció Shinku de improviso, haciendo una leve inclinación —Nos veremos otro día, Sakurada–sama.
—Sí, sí —afirmó el adulto distraídamente —Muchas gracias por venir, Rozenmaiden–san.
Shinku asintió y se marchó. En cuanto cerró la puerta tras sí, miró a su alrededor y luego, abrió su guardapelo lentamente.
—Hollie —llamó en un murmullo.
La lucecita roja salió de inmediato. Iba a rodearla, pero la rubia se lo impidió con un ademán.
—No, ahora no —ordenó —Tengo un trabajo para ti.
La lucecita se movió hacia sus labios y Shinku le susurró lo que quería. Al terminar, preguntó en voz muy baja si había comprendido, a lo que el espíritu artificial contestó con un movimiento rápido arriba y abajo, parpadeando fuertemente.
—Hazlo, entonces —pidió la rubia.
La lucecita se elevó y fue a dar vueltas alrededor de su cabeza, antes de flotar hacia el techo de la casa de la familia Sakurada. Sin más que hacer allí, la rubia ojiazul se retiró, no sin antes soltar un suspiro mientras pensaba un nombre con triste ensoñación.
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En el centro de la ciudad había una mansión majestuosa de estilo oriental que tenía un ala dedicada a un dojo de kendo. Ese domingo el dojo estaba vacío… O casi.
—Hey, Kogane –llamó tímidamente un voz femenina y ligeramente infantil desde la entrada del dojo —Es hora de almorzar.
El único ocupante del lugar, un castaño de oscuros ojos azules, bajó la espada y miró a la persona que lo llamaba, una jovencita de rizos rubios y ojos verdes.
—Gracias, Hina–chan —respondió, sonriendo sutilmente.
La rubia asintió y estuvo a punto de irse cuando recordó algo.
—¡Ah, sí! Kogane, tus padres dijeron que no los esperáramos a comer, que tienen una junta.
—¿En domingo? —se extrañó el chico, aunque no de manera creíble, como lo demostraba la tristeza que empañaba su sonrisa serena.
—Sí, ya sabes cómo son. En fin, hay comida y podemos dar una vuelta después, ¿verdad?
El ofrecimiento de Hina enterneció a Kogane.
—Lo pensaré —prometió él finalmente —Voy a guardar las cosas, a ducharme y cambiarme, ¿de acuerdo? Nos vemos en el comedor.
La rubia ojiverde asintió y se perdió de vista. El joven, en tanto, recogió el material que había empleado, lo guardó y fue a su habitación, que se encontraba muy cerca del dojo. Al abrir la puerta, se encontró con que, además del habitual desorden en su escritorio y en parte del piso, una lucecita roja rondaba por el techo, como un bichito atrapado.
—¿Pero qué…? —se sorprendió Kogane.
La pequeña luz, al parece consciente de que la puerta estaba abierta, voló hacia ella y se fue por el pasillo. Creyendo saber de qué se trataba, el muchacho olvidó lo que iba a hacer y la siguió hasta el comedor, donde Hina servía el almuerzo para dos personas. La lucecita se colocó justo frente a su cara, titilando de manera rápida y consecutiva.
—¡Hey, espera, Hollie! —pidió Hina, impacientándose —Más despacio, por favor, que no te entiendo. ¿Qué dices de Junko?
La lucecita roja titiló de nuevo, a un ritmo un poco más lento. Al parar, la rubia mostró tristeza en sus ojos verdes.
—Pobrecilla —dijo finalmente —Mira que no salir de su cuarto ni para comer… Seguro por eso está enferma ahora. ¿Y qué se supone que debo hacer yo?
La lucecita volvió a titilar.
—Bueno, lo intentaré —accedió Hina —Gracias por avisarme, Hollie.
El espíritu artificial titiló una vez más antes de marcharse por la ventana abierta más cercana. En tanto, Kogane se retiró con sigilo a su dormitorio, pues ya había decidido a dónde salir a pasear.
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Durante las dos horas que le siguieron al almuerzo, el señor Sakurada anduvo ocupado contestando el teléfono. Para su asombro, llamaban chicas con el mismo apellido que Shinku, preguntando por la salud de Junko y pidiendo hablar con ella. A todas tuvo que decirles que lo sentía mucho, pero que su hija no podía atenderlas: en cuanto le avisaba de las llamadas, un fuerte golpe en la puerta de la habitación de Junko daba a entender que no estaba de humor para ponerse al teléfono. La última a la que le dio esa respuesta, una joven con voz falsamente dulce y un tanto maliciosa, bufó con fastidio al escucharlo.
—Chiquilla malagradecida —masculló antes de colgar.
El señor Sakurada, a estas alturas, ya estaba muy preocupado. Planeaba seriamente tirar la puerta de su hija para hacerla salir cuando llamaron a la puerta. Cansado, se dirigió a abrir.
—Buenas tardes, Sakurada–san.
El rostro de aquel joven le resultaba familiar al hombre, pero no se acordaba de dónde hasta que vio un lunar bajo su ojo izquierdo.
—¡Ah, Kawasaki–kun! —exclamó —Lo siento, no te reconocí. Has crecido mucho.
Kogane Kawasaki sonrió, un tanto avergonzado.
—Quisiera ver a Junko–san, por favor.
La petición tomó por sorpresa al señor Sakurada.
—Ah… Sí, claro —accedió, no muy seguro —Arriba, segunda puerta a la izquierda. Pero… te aviso que no se siente muy bien.
Para aumentar el asombro del adulto, el muchacho esbozó una sonrisa.
—No hay problema —aseguró Kogane, subiendo la escalera.
Llegó pronto a su destino y llamó a la puerta, pero ésta no se abrió. Suspirando, llamó de nuevo, pero esta vez habló con su voz pausada y amable.
—Buenas tardes, Junko–san. Soy yo, Kogane. Como es domingo, quise pasar a saludarte.
Unos cuantos ruidos al otro lado de la puerta le indicaron que sus palabras tenían efecto.
—¿Cómo has estado? —inquirió el chico a continuación —Hina–chan me contó que no has ido a la escuela porque estás enferma, ¿ya te sientes mejor? —como no escuchó nada, se acercó a la puerta de madera y recargándose con cuidado en ella, musitó —¿Acaso fue por mi culpa?
La frase apenas se extinguía en el aire cuando Kogane sintió que su apoyo se movía. Se enderezó justo a tiempo para no caer al abrirse la puerta, que reveló a una Junko vestida de gris, pálida, con el cabello suelto y marcadas ojeras. Sus castaños ojos se veían tan apagados tras los anteojos, que la tenue sonrisa que Kogane mostró al verla casi se evapora.
—Hola —saludó el muchacho con cariño —Me alegra mucho volver a verte… Junko–san.
La chica negó silenciosamente con la cabeza.
—Sí, me alegra —rebatió suavemente él, dando un paso hacia ella —Eres muy incrédula, Junko–san —dio otro paso —¿Puedo… agobiarte un poco?
La joven lo miró de forma extraña, como interrogante.
—¿Ya no te acuerdas? Junko–san, creí que… Bueno, es que al abrazarte el otro día…
Comprendiendo al instante, Junko volvió a negar.
—Tú no me agobias —aseguró.
Su voz sonó muy tenue y ronca, como si los días anteriores se la hubieran socavado. Sin embargo, Kogane detectó sinceridad en sus palabras, por lo que amplió un poco más su sonrisa.
—Junko–san… Si no es mucho atrevimiento, ¿puedo pasar?
Ella bajó la mirada un segundo antes de asentir, haciéndose a un lado.
—Gracias.
Kogane entró despacio, queriendo conocer cada detalle de la habitación de Junko, la cual denotaba que pertenecía a alguien que todavía conservaba algo de su infancia.
Las paredes eran de color rosa pálido y el techo, blanco. Una ventana dejaba ver la calle frente a la casa y la luz del sol, junto a la que se encontraban un escritorio y una cama; a derecha e izquierda, respectivamente. En la pared opuesta a la ventana, un librero lleno de libros compartía el espacio con cajas de cartón llenas de muñecas y animales de peluche. La cabecera de la cama poseía una repisa de madera en la que descansaban una fotografía en un marco rojo, material de dibujo y objetos de costura. Y ahora que se fijaba, Kogane había visto el color de las paredes de milagro, porque la gran mayoría de las mismas estaban cubiertas de varios dibujos, algunos de los cuales se hallaban desperdigados por el suelo entre ropa, lápices de colores, retazos de tela, listones y muchas cosas más. Por andar viendo los dibujos en las paredes, el chico se sorprendió al sentir que Junko lo jalaba de un brazo, deteniéndolo.
—¿Qué sucede? —quiso saber.
La joven se inclinó frente a él y recogió unas enormes tijeras para tela.
—Ah, gracias —Kogane sonrió —Dime, ¿puedo sentarme?
Junko movió la cabeza afirmativamente, a la vez que señalaba la silla frente al escritorio. Él fue a ocuparla, viendo de reojo que la dueña del dormitorio se afanaba por poner todo en orden. Pero al detectar cierta torpeza en sus movimientos, se puso de pie y caminó hacia ella, quitándole algunos dibujos de las manos poco después.
—Te ayudo —ofreció —¿Dónde pongo esto?
Junko suspiró con resignación y asintió. De esa forma, la habitación quedó razonablemente decente en poco tiempo. La chica se sentó en la cama poco después, exhausta, ayudada por Kogane.
—Junko–san, ¿tienes hambre? —como ella asintió, el chico se enderezó y se encaminó a la puerta —Entonces le diré a tu padre que…
El chico sintió que lo tomaban de la mano. Aparentemente, Junko no quería dejarlo ir.
—¿Porqué? —inquirió ella en un susurro, soltándolo —¿Porqué se preocupan por mí?
Kogane, sin perder la compostura, se sentó a su lado y la atrajo lentamente hacia sí, reposando la cabeza de ella en su hombro mientras le acariciaba el cabello.
—Tu padre se preocupa por ti porque te quiere —comenzó a responder, imprimiendo afecto y seguridad en su voz —Hina–chan y las chicas se preocupan por ti porque les caes bien. Y yo me preocupo por ti porque… Bueno, ya sabes porqué.
—No, no sé —rebatió Junko quedamente, sin sonar tan ronca como antes, pero también parecía que bromeaba un poco —Kawasaki–kun… ¿quisieras… repetírmelo, por favor? Es que… a veces… siento que lo soñé hace mucho tiempo.
—No lo soñaste y sí, puedo repetírtelo cuantas veces quieras —Kogane sonrió, con los ojos cerrados y sin dejar de pasarle la mano por el cabello con delicadeza —Junko–san, yo te quiero mucho. Por eso me preocupo por ti. Me gustas mucho.
Con pesadez, la muchacha levantó la cabeza y lo miró. A Kogane lo divirtió que estuviera tan sonrojada cuando él se encontraba de lo más campante.
—¿Y porqué yo? —inquirió ella de pronto —¿Porqué te gusto yo?
Él rió con suavidad, pero Junko creyó detectarle una mueca de amargura en el rostro, por lo que sintió que era su turno de abrazarlo y hacerlo posar la cabeza en su hombro. Aunque le costó mucho trabajo al ser ella tímida y él, aún sentado, un poco más alto.
—Tal vez… yo no sirva de mucho —murmuró, para luego de dudarlo por un segundo, posar una mano en la cabeza del muchacho —Pero… si puedo hacer algo por ti… dímelo. Te escucho, yo… quiero agradecerte… que seas tan bueno conmigo.
Kogane asintió, sin cambiar de posición y correspondiendo al abrazo. Junko, al sentir los brazos de él rodeándola, se estremeció, pero poco a poco logró calmarse. Era Kogane, se decía. No le iba a pasar nada malo.
—Es triste —soltó él de pronto a su oído —Es triste sonreír y que no haya nadie que te acompañe. Es triste querer y que nadie lo note. Y es triste verte sufrir y no poder…
Sintió un apretón, señal de que Junko lo estrujaba un poco más fuerte.
—Por favor, no estés triste —rogó ella con voz temblorosa —Yo… estoy contigo. Es que yo… yo también te quiero.
Ante eso, Kogane no atinó más que a estrecharla muy fuerte, como si temiera que de repente se fuera a escapar.
Y ninguno de los dos notó cómo afuera, en la ventana, una diminuta lucecita se movía de un lado a otro incesantemente.
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8 de Marzo de 2008. 7:25 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México)
Hola, hola, gente. Aquí Bell reportándose de nuevo con este fic. Sí, admito que ya lo tenía medio olvidado, pero si algunos(as) de los lectores de RMG lee mis otras historias, ya sabrá que he estado sumamente ocupada. Pasemos a las curiosidades.
Sí que el capi tuvo sus cosas emotivas, ¿o no? Aunque de entrada, vemos cómo Junko no fue a la escuela desde que se encontró con Kogane, y su padre le dice a Shinku que le dio uno de sus arranques. ¿A quién nos recuerda la señorita Sakurada, eh? ¡Ajá, al padre en la serie original! Sí, Junko también tiene esa tendencia a aislarse a veces, por eso Jun piensa que su hija sí que se parece a él cuando quiere. La chica, cuando la conozcan mejor, sabrán que es normal que se ponga así de vez en cuando.
Y Kogane resultó su caballero de reluciente armadura… O lo que es lo mismo, el que la saca de su encierro. Creo que era evidente que al chico le gustaba Junko, y si no, pues aquí quedó más que claro. No sé, nunca había hecho un personaje como Kogane, así que en ocasiones, si el chico sale con alguna cosa rara, pido que me perdonen, pero trato que todo encaje en él y a la vez, el niño no me hace caso. ¿Cómo es eso posible? No tengo idea, jajaja.
En lo personal, creo que Junko y Kogane hacen buena pareja, y no precisamente por haberlos creado y emparejado yo, jajaja. Verán, cada uno por su lado, tiene sus penas, lo que les ha forjado la personalidad que tienen ahora, así que cuando ven al otro mal, se pueden poner en sus zapatos más fácilmente. Y si quieren saberlo, Kogane se enamoró primero de Junko, jajaja. ¿Cómo? Lo verán en el siguiente capi, que enseguida me pondré a pasar en limpio.
Bien, bien, por el momento me despido. Cuídense mucho y nos leemos pronto.
