Disclaimer:

Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…

Notas de Autoras:

Bueno, niñas y niños, ¿os habéis portado bien? Si es así, aquí tenéis un nuevo capítulo, y si no lo es, también lo tenéis... ¿para qué engañarnos?
Teníamos una petición de la maravillosa Stiby, que quería saber si aparecería el Lord en nuestro fic. Con toda seguridad, el motivo de su petición era el látigo del innombrable cayendo sobre su espalda una y otra vez para que nos lo preguntara, y como la queremos mucho, hemos decidido ahorrarle el sufrimiento y vamos a contestarle. En principio no, el Lord no salía en el fic, pero hemos estado estrujándonos el cerebro desde que lo mencionaste y estamos pensando en que haga una aparición estelar tarde o temprano, por breve que sea. Por el momento, habíamos empezado a escribir una escena adicional para este capítulo con la intención de incluir a nuestro temido señor oscuro, y ha acabado acaparando todo el protagonismo de la escena otro personajucho que... bueno, ya veréis, ya...

ITrustSeverus

Vaya, vaya… así que personajucho, ¿eh? Bueno, hay diversidad de opinión respecto a eso. Respecto a todo lo demás, totalmente de acuerdo.

Y estoy obligada a admitir que lo cierto es que ahora ha quedado todo el capitulín más mono y algo más largo, así que habrá quien lo agradezca.

A ver, seré sincera, es la cuarta nota de autora que empiezo, y cada vez me sale peor de los peores. La inspiración se ha ido a tomar viento fresco de las montañas (jeje) y la presión del artista (jaja) es cada vez mayor. Aquí tengo una especie de angelito (entiéndase ITrustSeverus) en un hombro diciéndome: "Tranquila, si no hay prisa, sólo he dicho que me gustaría colgar el capítulo hoy mismo, a ser posible". Y en mi otro hombro un demonio oscuro (¿veis a Severus? ¿Sí? Pues yo también) que me dice: "Nada de tranquila. Escribe algo ¡ya!". Y así, es que no se puede, no se puede…

Snape's Snake

Tenemos muchos motivos de celebración, hemos recuperado a lectoras que creíamos haber perdido por el camino. Gracias por seguir ahí, tanto si comentáis como si no. Nancy, nos vemos al final del capítulo para responder a tu comentario, ¿de acuerdo?

Gracias especiales a Black Imago, mordred6, MoonyMarauderGirl, Nancy, Lolitobunny, dedog, ES, PrincessofDark, Amia Snape y Gabrielle. Rickman. Snape por vuestros inestimables comentarios ;)

Gracias también a liss-arcangela, nerey, Amia Snape, Gabrielle. Rickman. Snape, daname, yurel-chan y Insolence-parfum, quienes tenéis esta historia en favoritos o en alertas.


Capítulo 4 – La voz del abismo

Snape abrió el grifo y sintió el chorro de agua caliente golpear los cansados músculos de sus hombros y su espalda como el masaje de una mano torpe e inexperta, pero aún así bienvenida, a falta de unas manos de verdad que se ofrecieran a deshacer los nudos que atormentaban su tensa musculatura.

Exhaló un profundo suspiro, tomar una ducha caliente siempre le relajaba agradablemente.

Se inclinó para coger el bote de champú y se puso un poco en la palma, para después frotarse el fino cabello y llenárselo de espuma.

¿A qué habrá venido esa cara?, pensó, recordando la extraña expresión en el rostro de Potter cuando entró con la toalla. Cualquiera diría que no había visto antes a ningún hombre desnudo, aunque jugando en el equipo de quidditch debe estar más que acostumbrado a ello, ya que no hay duchas individuales en los vestuarios.

Cogió el bote de gel y empezó a enjabonarse el cuerpo, acariciando su piel en un delicado gesto que hacía tiempo que no conocía de manos ajenas. Pensó en esto de pronto, olvidándose de Potter. Sí que hace tiempo, sí, se dijo, quizá ha llegado la hora de volver a visitar aquel oscuro bar del callejón Knocturn.

Snape no era un hombre que se dejara dominar por sus impulsos más básicos, era muy capaz de controlar su instinto sexual, pero consideraba necesario desfogarse de vez en cuando para mantener la mente lúcida y sin interferencias, y el cuerpo libre de molestas necesidades reprimidas. Y cuando decidía que precisaba desahogarse, solía dirigirse a un bar que conocía desde hacía tiempo, cuya clientela era exclusivamente masculina, complaciente y poco inclinada a hacer preguntas.

Cuando acabe lo que tengo entre manos… Snape se interrumpió y rió de repente, al darse cuenta de que lo que tenía en las manos en ese preciso momento era una delicada parte de su anatomía. Ay, Severus, eso sí que es tener sentido de la oportunidad, sonrió para sí mismo mientras proseguía con el pensamiento inconcluso, cuando acabe mi misión en esta apestosa casa me escaparé en uno de mis días libres para ir al callejón Knocturn.

De pronto, una vocecilla irritante y malévola resonó en su mente: "¿Y cómo has pasado a pensar en esto cuando estabas pensando en Potter y en la cara que ha puesto al verte desnudo?".

Snape detuvo de golpe el movimiento de sus manos sobre su piel, entrecerró los ojos y apretó los dientes. Esa maldita voz acostumbraba a aparecer cuando menos se lo esperaba, y nunca era bien recibida. Era la voz que le había impulsado a cometer los mayores errores de su vida; la que le había convertido en un amargado y frustrado profesor de pociones, arruinando todos los ambiciosos proyectos que tenía planeados para su futuro; la que le había arrojado a brazos indebidos; la que le había convertido en esclavo del Señor Tenebroso; la que le había llevado a cometer atrocidades de las que veinte vidas no serían suficientes para llegar a arrepentirse. Era la voz del abismo.

Recordaba con precisión el momento exacto en que la escuchó por primera vez: tenía dieciocho años, y Lucius Malfoy, ante él, con su habitual porte aristocrático y su sonrisa altiva, le acariciaba una mejilla con uno de sus largos y suaves dedos.

-Severus, querido —el rubio había adquirido recientemente la molesta costumbre de llamarle así, pero él no iba a ser quién le dijera que dejase de hacerlo, por supuesto— deberías empezar a aclarar tus ideas, el Señor Tenebroso no esperará para siempre, ¿sabes?

Snape frunció el ceño. Le había estado dando muchas vueltas al asunto, pero su corazón y su mente aún estaban demasiado llenos de dudas. Malfoy aprovechó su vacilación para pasarle un brazo por los hombros, y acercó su rostro al del joven hasta rozar su oreja con los labios.

-Me consta que está deseando que te unas a él desde que le hablamos de ti por primera vez —el aliento etílico del mortífago invadió sus fosas nasales, mientras la caricia de esos labios sobre su piel lanzaba violentas descargas eléctricas que recorrían su espina dorsal de arriba abajo—. Y yo también lo deseo, Severus. Mucho.

Las piernas estuvieron a punto de fallarle al oír esta última aseveración. Si seguía hablándole al oído y diciéndole aquellas cosas, era capaz de hacerse la marca tenebrosa allí mismo con sus propios dientes, si era necesario. Pero Malfoy guardó silencio, apartando su rostro lo suficiente como para clavar sus claros ojos, extrañamente brillantes a causa del alcohol, en los de su amigo.

Entonces fue cuando surgió por primera vez. Era una voz profunda, diáfana, que Snape cometió el error de creer que provenía de su cabeza. Sólo dijo una palabra, y fue una orden. "Bésale". Snape tragó saliva, resistiendo el fuerte impulso de obedecer sin importarle las consecuencias. Al percibir la duda, la voz volvió a hablar. "Bésale, lo está deseando". Sí, claro, pensó su mente racional, por eso estamos celebrando su boda. Pero la voz no se desalentó tan fácilmente. "¿Por qué piensas que ha dejado atrás la sala abarrotada de gente bebiendo en su honor para llevarte a ti a este rincón oscuro y solitario del jardín?", argumentó la voz, "¿Por qué crees que te está mirando de esa manera, a sólo un suspiro de distancia de tus labios? Bésale".

Y Snape, joven, influenciable, falto de cariño, rebosante de hormonas, y desesperado desde hacía meses por probar los labios que se le insinuaban en esos momentos con provocativa coquetería, no se lo pensó más y se abalanzó a devorar lo que tanto ansiaba.

Malfoy abrió mucho los ojos sorprendido, más que por el beso en sí, por la pasión desbordada que dominaba al muchacho, y con una confiada sonrisa, rodeó la estrecha cintura y la apretó contra su cuerpo, cortando la respiración del otro.

-Así que eso es lo que necesitas para acabar de convencerte, ¿eh? —Murmuró—. Está bien, Severus. Está bien, te daré lo que quieres.

Malfoy le devolvió el beso con ferocidad, provocando en el joven cuerpo una avalancha de sensaciones que jamás había experimentado con anterioridad. Pronto le tuvo jadeante y tembloroso entre sus brazos, sus ojos suplicando más sin pronunciar una sola palabra. Le abrió la túnica de un violento tirón y se inclinó para lamer el escuálido y pálido pecho del joven, quien en ese momento perdió rastro de todo pensamiento racional para dar rienda suelta al deseo que le subyugaba sin posibilidad de escape.

A partir de ahí, todo fue muy rápido. Malfoy le desnudó del todo, Snape, por su parte, intentó despojar a su compañero de sus ropas con premura, pero el otro acabó desvistiéndose a medias por su propia mano y le tumbó en la hierba, en ese espacio del jardín resguardado de miradas indiscretas. Después se tumbó encima suyo y empezó a prodigarle todo tipo de caricias que Snape no había conocido nunca antes, y que le estaban volviendo completamente loco.

Dejándose arrastrar por aquella voz interior aparecida de repente, Snape perdió su virginidad con Malfoy en el día de su boda. En su propia Mansión. Entre sus azaleas y sus hortensias. A sólo unos metros de distancia de su recién estrenada esposa, así como del resto de los asistentes a la ceremonia, que en ese momento festejaban, ajenos a lo que ocurría allí al lado y empezando a preguntarse dónde diablos se había metido el novio, ahora que tenía que iniciar el baile.

Mientras el rubio se acababa de arreglar sus ropas y se atusaba el pelo para volver a dirigirse de inmediato al interior de la casa, Snape pensó que esa voz realmente le había ayudado muchísimo, que se podía confiar en ella por completo. Ese fue su gran error.

Después se jodió todo, claro, como era una constante en su vida. Dejándose guiar por la maldita voz del abismo -que no le dejó en paz ni un segundo a partir de aquel momento- se marcó la piel con la firma del Lord tan sólo unos meses más tarde, para acabar satisfaciendo los más altos y los más bajos deseos de ese sádico hijo de puta, humillándose ante él de todas las formas imaginables, gustosamente al principio, y a la fuerza después. Y todo eso, ¿para qué? El puto Malfoy no volvió a permitirle que le pusiera un solo dedo encima nunca más, ni siquiera estando empapado en alcohol -lo sabía, había probado a emborracharle alguna vez, pero no dio resultado-. Y no precisamente porque Malfoy hubiese hecho aquello sólo para convencerle de unirse al Lord sin que en realidad le interesasen los hombres, no. Snape era consciente de que a su amigo le excitaba literalmente cualquier cosa que se moviese. Menos él. Sintiéndose utilizado, tuvo que aceptar muy pronto el hecho de que la fogosa promesa que el rubio le había hecho aquella noche se quedó sólo en eso: una promesa.

Oh, bueno, lo había superado. Como tantas otras cosas infinitamente peores en su asquerosa vida. Y, aunque ahora veía a Malfoy como lo que era, un idiota presumido, desde aquel día Snape tuvo que ir cargando con el peso de sus muchos errores, los peores de ellos instigados por esa jodida voz que ojalá se pudriera en el infierno, y de la que no tardó en darse cuenta de que no, en absoluto se podía confiar en ella, en absoluto provenía de su cerebro. Tenía ya muy claro de dónde procedía en realidad: directamente de su entrepierna.

Sin embargo, Snape ya era lo bastante mayor, y tenía tras él suficientes años lidiando con ella, como para saber acallarla, de modo que sonrió de medio lado y continuó con lo que estaba haciendo, vaciando su mente de todo pensamiento, y dejando que el silencio le envolviera como el abrazo del agua que seguía resbalando por su piel.

Mientras tanto, Harry vacilaba en la escalera, a medio camino hacia la habitación de su padrino para comprobar su estado, masajeándose la frente con una temblorosa mano.

Por algún motivo, lo que acababa de ver le resultaba muy perturbador. El cuerpo desnudo de su profesor de pociones no era en absoluto como se lo había imaginado.

-¿Pero de qué hablas? —Se increpó a sí mismo en voz baja—. No me lo había imaginado en absoluto, ni de esta ni de ninguna otra manera.

Pero, fuese como fuese, lo cierto era que jamás hubiera creído que ver su desnudez pudiera resultarle tan…

-"Traumático" —se dijo, dándose varias palmadas en la frente—. La palabra que buscas, Harry, es "traumático". Y ahora deja de pensar tonterías.

Pero no podía evitar que una tozuda parte de su cerebro insistiera en que esa no era en absoluto la palabra que continuaba la inacabada frase.

-Harry, ¿eres tú?

La voz de Lupin procedía de la habitación de Black. El chico entró en el cuarto.

-Sí, soy yo —contestó, agradecido por la interrupción, que le distrajo momentáneamente de sus pensamientos—. ¿Puedo ayudarle, profesor?

-Sí, quería volver a cambiar las sábanas, están otra vez empapadas.

El chico se acercó y ayudó al licántropo en la tarea.

-¿Con quién hablabas? —Le preguntó de pronto.

-¿Qué? —Se sobresaltó el chico.

-Me ha parecido oír tu voz, por eso te he llamado.

-Ah… sí, hablaba solo.

Lupin dejó un momento lo que estaba haciendo para mirar al chico a la cara.

-No te preocupes por él —murmuró, seguro de que era eso lo que inquietaba al muchacho—, se pondrá bien. Ya has oído a Severus.

-Sí… —dijo Harry en un susurro— le he oído… a Snape.

-Profesor Snape, Harry, no lo olvides —le reprendió suavemente.

Pero la mente del chico estaba en ese momento muy lejos de allí. El cuerpo de Black, que flotaba por encima de la cama, le había recordado algo.

-Profesor Lupin… —dijo de pronto.

-¿Sí, Harry?

-Cuando le hicísteis aquella broma a Snape… cuando le pusísteis boca abajo… ¿llegásteis a… quitarle los calzoncillos?

No sabía por qué, pero de pronto, el recuerdo de aquella memoria de Snape robada del pensadero de Dumbledore relampagueaba en su cerebro como si fuera un cartel luminoso que reclamara su atención.

Lupin frunció el ceño.

-Eso, Harry —dijo en tono severo—, es algo que me esfuerzo en olvidar. No es un momento del que esté precisamente orgulloso, y te agradecería que no volvieses a mencionarlo.

El chico quiso protestar, pero no halló argumentos y mantuvo la boca cerrada.

Cuando la cama estuvo lista de nuevo, Lupin hizo descender el levitante cuerpo de Black sobre ella, y le tapó con la sábana, y entonces Harry volvió a salir de la habitación.

Se acercó a la escalera para bajar hasta la cocina y acabar de desayunar, pero antes de abordar el primer escalón, se detuvo un momento para escuchar el agua de la ducha que se oía correr libremente en el piso de abajo.

¿Qué estás pensando, Harry?, volvió a reprenderse mentalmente, molesto.

Se obligó a poner un pie en el escalón y a continuar el descenso hasta la planta baja sin detenerse en la segunda, mientras seguía interrogándose a sí mismo por su extraña reacción a lo ocurrido en el aseo.

En el recibidor, justo después del oculto retrato de la señora Black, había un espejo con marco metálico y oxidado que le hizo detenerse cuando pasó por delante. Miró su reflejo de cristal con ojos escrutadores.

-¿Qué estás pensando, Harry Potter? —Se preguntó de nuevo, esta vez en un casi inaudible susurro.

La verdad era que había una enorme diferencia entre descubrir que su mirada se desviaba subrepticiamente hacia los fornidos cuerpos de sus compañeros de quidditch cuando estaban todos en las duchas, y empezar a obsesionarse con el inesperadamente perfecto culo de Severus Snape, el hombre al que había odiado desde que puso el pie por primera vez en Hogwarts.

Deseó que Hermione estuviese allí en ese momento. Ella era la única en la que había confiado para confesarle que había descubierto que en realidad Cho le traía sin cuidado, y que más bien hubiera preferido citarse con Cedric Diggory en el salón de té de Madame Tudipié que con la Ravenclaw… si el chico siguiese con vida, claro está. A Ron no podía explicarle eso, de ninguna manera. No de momento, al menos. No sabía cómo se tomaría el pelirrojo la noticia de que era homosexual, a su amigo siempre le costaba asimilar las novedades mucho más que a los demás.

-¿Comprobando que el estudiado despeinado de su cabello sigue intacto, Potter? — La susurrante voz había inundado el recibidor de manera inesperada, provocando que el chico brincara en su sitio—. Está claro que la vanidad es un rasgo hereditario.

Harry se dio la vuelta y miró hacia arriba. Snape estaba en el piso superior, con las manos apoyadas en la barandilla de la escalera y mirándole con socarronería. Su cabello estaba húmedo, su túnica medio abierta por la parte de arriba, y la piel de su pecho resultaba casi luminosa al contraste con las franjas negras de la ropa que la enmarcaba. Harry tragó saliva.

-¿Qué quiere, Snape? —Dijo con toda la altanería que fue capaz de reunir.

-Profesor Snape para usted, Potter. Tiene suerte de que no estemos en Hogwarts, o le habría restado puntos a su casa por su insolencia.

Harry no respondió y Snape compuso una pequeña sonrisa torcida.

-Y ahora —prosiguió el profesor—, dígame dónde puedo encontrar una cama decente. Como le he dicho durante el desayuno, tengo intención de acostarme un rato.

Harry subió las escaleras con desgana, llegó hasta su profesor y pasó por su lado, mientras el hombre le seguía hasta una puerta situada en ese mismo rellano.

-Aquí —dijo, abriéndola y señalando al interior de la estancia.

Snape llegó hasta donde estaba el chico y pasó muy cerca de él, tanto, que las túnicas de ambos se tocaron brevemente y Harry percibió el aroma del jabón procedente de la piel y el cabello del hombre, haciéndole cerrar los ojos unos segundos.

-¿Cree posible que encuentre algo de intimidad aquí dentro? —La voz sonó justo delante de él y abrió los ojos de golpe, asustado, había creído que el profesor pasaría de largo y entraría en la habitación, pero se había detenido justo enfrente suyo, y le taladraba sin piedad con sus abismales iris negros—. ¿O sólo puedo aspirar a la misma clase de privacidad que me esperaba en el baño?

-No… no entraré en su habitación —dijo Harry casi sin voz—. Nadie le molestará.

-Eso ya lo veremos —rezongó Snape con voz venenosa y, entrando en la estancia, cerró la puerta tras de sí y dejó al muchacho plantado en medio del pasillo.


¿Y bien? ¿Qué os ha parecido? Si habéis llegado hasta aquí deseamos que bien. Esperamos millones y millones de comentarios. Muchas gracias de nuevo.

Y ahora, lo prometido es deuda, aquí dejamos la respuesta al comentario anónimo.

Nancy: Muchas gracias por tu comentario, Nancy, adoramos saber que podemos alegrar el día a alguien. Sí, de momento eres la única anónima, pero no pasa nada, nos encanta igualmente recibir tus reviews :)

La gran ventaja de recibirlos es que podemos saber qué sentís al leer, y es gratificante de verdad. Esperamos que la lectura de este fic se vaya haciendo cada vez más y más agradable… ;)

Sobre Harry… jeje, ya verás, ya, este chico no se anda por las ramas, y cuando se le mete algo entre ceja y ceja no para hasta que lo consigue… XD

Muchas gracias por tu apoyo.

Un beso.