Había escapado, sin quererlo, de mi pasado. Mi infancia se había deformado como un papel bajo la lluvia y los versos de mi inocencia se habían convertido en un río de tinta cálida y escarlata, que corría ahora dócil entre mis dedos.
Ante mí, se hallaba el lamentable espectáculo de la muerte.
Aunque el cuerpo del sacerdote se había roto en mil pedazos, podía sentir su alma luchando por contenerse, por aferrarse a la una vida que yo le había quitado. Podía escucharla, jadeando, resollando, removiéndose dentro de aquel hombre, obligándole a retorcerse, a mantener los ojos abiertos, a arrastrarse por el suelo, a escapar de mi presencia. A pesar del dolor que debía de sentir, apoyó el cuerpo sobre un hombro y giró la cabeza en mi dirección, buscando seguramente mi rostro.
Me acerqué a él, lentamente y me agaché a su lado. Utilizando únicamente mis manos, golpeé, rompí y desgarré su pecho, sin importarme sus incomprensibles súplicas o sus lamentos, hasta llegar a su corazón, tal y como había visto hacer algunas veces en aquella misma Capilla. Cuando lo tuve en mis manos, palpitante y aún vivo, no pude contener las lágrimas. Lo había conseguido…después de tantos años, lo había conseguido. Había tenido el valor de dar el primer paso, de conseguir la primera ofrenda para mi querida madre.
Llorando como el niño que ya no era, y con el corazón todavía caliente entre mis manos, me desplomé de rodillas en el suelo y deseé, como nunca lo había hecho antes, sentir el roce de sus labios sobre mi mejilla.
01/21. Había grabado aquellos números en su cuerpo, con el cuchillo ceremonial. Él había sido el primero, ahora tendría que darme prisa en encontrar a los demás, si quería volver a verla cuanto antes.
Tenía momentos en los que perdía la conciencia de mi mismo. Vagaba sin rumbo por los bosques, las calles, los pueblos, sin pensamientos, sin recuerdos ni emociones, casi como un animal, atrapado en una intensa niebla. Despertaba enfermo, desorientado, cansado, incluso, de mi propia existencia. El vago recuerdo de su aroma, de los latidos de su corazón contra mi cuerpo, volvían a en ocasiones, para recordarme que aún tenía algo por lo que vivir, por lo que conservar la poca cordura que me quedaba, a pesar de todo.
Por eso, cuando me encontré a mi mismo sobre el cuerpo de aquel chico, no me sorprendí en absoluto. Continué apretando su garganta con toda la fuerza de mis manos, de mi furia y de mi desesperación, hasta que de ella no broto más que un débil gorgoteo. ¿Cómo había llegado hasta aquella situación? Ya no me importaba. Tampoco me importaban aquellos ojos, horriblemente conocidos y suplicantes, que me gritaban compasión desde el silencio, temblorosos, hasta que desaparecieron tras el velo blanco y bilioso de sus órbitas.
Menos me importó el grito que profirió el otro chico que se encontraba allí cuando fue consciente de lo que sucedía. Tal vez el miedo, o la fascinación, comprimieran los músculos de sus piernas, porque se quedó allí inmóvil, esperando, observando, cómo terminaba de tallar el resultado de mi trabajo sobre el vientre de aquel desgraciado joven. Cuando me acerqué a él, no opuso resistencia alguna, cosa que agradecí enormemente pues me sentía completamente agotado.
02/21. 03/21. Tras tirar sus cuerpos a un río cercano, se perdieron en la oscuridad, mecidos por el suave murmullo de las aguas, una bella e improvisada canción fúnebre de cuna que me conmovió profundamente.
A pesar de que aquella misión sólo me concernía a mí, no estaba solo. Muchas veces volví al Orfanato, el único lugar conocido que podía asemejar con un hogar.
Me resultaba enormemente desagradable volver allí pero, tras errar sin rumbo por aquellos parajes oníricos en los que se había convertido mi realidad, no era capaz de pensar en otra cosa. Para mi sorpresa, me acogieron muy bien después de haber huido, e incluso me proporcionaron una cama y una celda cálidas y confortables.
Era el hijo pródigo, que había abandonado a su padre para volver años más tarde, reclamando aquello que había destruido con sangre y dolor, y que volvía a serle concedido, tras expiar sus pecados. Me facilitaron, además, alimento, armas, ropas y todo aquello que necesitase para mi tarea.
04/21. 05/21. Hasta aquel instante, todo había sido relativamente sencillo. Cuando entré en la tienda de animales y acabé con el dependiente, el lugar se llenó de ladridos, aullidos y gruñidos, que aumentaban de volumen con cada segundo que pasaba. Me acusaban, me señalaban, me juzgaban ante Dios, la Diosa, ante mi madre, ante todo aquello que vivía y respiraba lejos de la sombra de la soledad y el alcance de la muerte.
No podía soportarlo.
Aquel sonido inundaba mis oídos. Creí que me desmayaría, que perdería el equilibrio y caería al suelo. Creí que moriría allí mismo. Creí que fracasaría. Creí que no volvería a verla. La angustia se apoderó de mi cordura. Mi rabia y mi desesperación se agolparon con violencia contra mi pecho, contra mis sienes, me hicieron perder la razón. Disparé contra todo lo que se movía a mi alrededor, sin saber dónde estaba, sin entender aún lo que estaba haciendo.
El silencio sobrevino de repente. Por un momento, no recordaba ni siquiera mi propio nombre. El terror se había apoderado de mí como no lo había hecho antes y tras contemplar de nuevo lo que había hecho, huí, dejando atrás una orgía de sangre y vísceras, de recuerdos, una locura a la que no había puesto veda.
Acabé con otra víctima en mi carrera. No me paré para ver quién era, no me interesaba, simplemente era un obstáculo más y debía de sortearlo. A pesar de mi confusión, grabé con un cuchillo que traía conmigo su número correspondiente y extraje su corazón, en pleno éxtasis de locura, alienado por el miedo. Finalmente terminé en la capilla del Orfanato, ensangrentado, empapado en sudor y lágrimas, cercado por mi propia condición humana.
La odié de nuevo. Las odié a todas. Ella… ellas me habían obligado. Las mujeres, las madres sólo me habían causado dolor. Intenté renunciar a mi misión pero no pude. No me dejaron. Las madres no me dejaron. El Orfanato tampoco. Querían que siguiera adelante, se metían dentro de mi cabeza y me obligaban a continuar, me presionaban para que siguiera, sin importarles si sufría o no, sin importarles que pudiera sucumbir en el intento. Cuando uno de los sacerdotes comenzó a gritarme, también lo maté.
06/21. Tras acabar con él y marcarlo, me marché de allí para siempre. No volvería a aquel lugar jamás. No quería su compasión ni su ayuda, y mucho menos su consejo.
Volví a vagabundear sin rumbo, a buscar a la siguiente víctima. Extrañaba a mi madre. La necesitaba. Ya no sabía si quería besarla o estrangularla, si sentir sus labios o su sangre sobre mi rostro, pero la necesitaba.
Yo sólo quería amor.
Yo sólo quería amor, cuando encontré aquellos gemelos jugando juntos. Tan pequeños, tan frágiles, tan iguales, tan queridos…
Tan repugnantemente queridos…
