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El estudio jurídico de Denali, Finch, Pierce y Cullen estaba en el número 30 de Wall Street y ocupaba todo el último piso. Trabajaban allí sesenta y cinco abogados.
Las oficinas tenían la fragancia que da la riqueza que viene desde hace mucho tiempo y estaban decoradas con un discreto buen gusto propio de una organización que representa a varios de los más importantes nombres en la industria.
Edward Cullen y Eleazar Denali estaban tomando el ritual té de la mañana.
Eleazar Denali era un hombre pulcro y bien parecido, de bastante más de sesenta años. Con una prolija barba a lo Van Dyke llevaba un traje y chaleco de tweed. Parecía como si perteneciera a otra época, pero cientos de sus Eleazar Denali pertenecía al siglo veinte. Era un titán pero su nombre sólo era conocido en los círculos en los que tenía importancia. Prefería permanecer en la retaguardia y usar su considerable influencia para modificar el curso de la legislación, las altas designaciones del gobierno y la política nacional. Era de New Englander donde había nacido y lo habían criado con discreción.
Edwar Cullen se había casado con la sobrina de Denali y era el protegido de éste. El padre deEdward había sido un senador respetable. Y el propio Edward era un brillante abogado. Cuando se recibió en Harvard con Summa Cum Laude en la facultad de Derecho, recibió ofertas para trabajar con los abogados más prestigiosos del país. Eligió Denali, Finch y Pierce, y diez años más tarde se convirtió en un socio joven. Edward era muy atractivo físicamente, y su inteligencia parecía agregarle una dimensión extra. Tenía una seguridad en sí mismo que las mujeres encontraban fascinante. Edward había desarrollado un sistema para disuadir a sus clientes enamoradizas. Estaba casado con Tanya desde hacía quince años y no aceptaba los romances extramaritales.
—¿Más té, Edward? —preguntó Eleazar Denali.
—No, gracias —Edward Cullen odiaba el té y lo había estado tomando todas las mañanas durante los últimos diez años, simplemente porque no deseaba herir los sentimientos de su socio. Era una infusión que él mismo preparaba y resultaba espantosa.
Eleazar Denali tenía dos cosas en mente y como era típico en él, reservaba la desagradable para el final.
—Las otras noches tuve una reunión con un grupito de amigos —empezó a decir Denali.
El grupito de amigos era el grupo de accionistas de más poder en el país—. Consideraron la posibilidad de pedirte que seas candidato para senador, Edward.
Edward se sintió inundado por una sensación de júbilo. Conociendo lo cauteloso que era Eleazar Denali, Edward estaba seguro de que esa conversación no había sido casual, porque si no Denali no se la habría contado.
—Por supuesto el gran interrogante es si estás dispuesto a aceptarlo. Significaría un gran cambio en tu vida.
Edwar Cullen tenía conciencia de eso. Si ganaba la elección debería mudarse a Washington D.C., dejar la práctica de la abogacía y empezar una nueva vida. Estaba seguro de que a Tanya le encantaría; pero no estaba tan seguro en lo que se refería a él mismo. Y sin embargo él había sido educado para asumir responsabilidades. Pero debía reconocerse a sí mismo que el poder era algo agradable.
—Estoy muy interesado, Eleazar.
Eleazar Denali aprobó con satisfacción.
—Muy bien. Se lo diré. —Se sirvió otra taza del horrible brebaje y casualmente introdujo en la conversación el otro tema que tenía en mente—. Hay un trabajito para el Comité Disciplinario del Cuerpo de Abogados que les gustaría que tú manejes, Edward. No te va a llevar más de una hora o dos.
—¿De qué se trata?
—Es sobre el juicio de Felix Moretti. Aparentemente, alguien sobornó a una joven asistente de Marco Di Silva.
—He leído sobre el caso. El canario muerto.
—Exactamente. El juez Waldman y Marco quieren expulsarla de nuestra honorable profesión. Yo también. Apesta.
—¿Qué es lo que quieren que haga?
—Simplemente que hagas una rápida investigación, que verifiques que esa chica Swan es culpable y que recomiendes su expulsión del cuerpo de abogados. Recibirá una notificación para presentar un alegato y ellos se ocuparán del resto. Es pura rutina.
Algo desconcertaba a Edward.
—¿Por qué yo, Eleazar? Tenemos un par de docenas de jóvenes abogados que podrían encargarse de eso.
—Nuestro respetado Fiscal pidió específicamente por ti. Quiere estar seguro de que nada salga mal. -Eleazar se recostó en la silla y observó a Edward. —Marco estaba propuesto para gobernador. Todo lo que necesitaba era el caso Moretti para ser un héroe. En cambio, esa chica Swan le hizo pasar vergüenza. Como nosotros sabemos —agregó fríamente— Marco no es el hombre más clemente del mundo. Quiere despellejarla y clavarla en su pared.
Edward se quedo allí, pensando en lo ocupados que estaban sus días. —Una mano lava a la otra, Edward. Nunca se sabe cuando podemos necesitar un favor. Diablos, esta todo preparado de antemano.
—De acuerdo, Eleazar. —Edward se puso de pie.
—¿Seguro que no quieres más té?
—No, muchas gracias. Estaba riquísimo, como siempre.
Cuando Edward Cullen volvió a su despacho, llamó a una de sus asistentes, Zafrina, una inteligente joven negra.
—Zafrina, consígueme toda la información que puedas sobre una abogada llamada Bella Swan.
Zafrina sonrió y dijo:
—El canario amarillo.
Todos la conocían.
Entrada la tarde, Edward Cullen estudiaba la transcripción del proceso del tribunal en el caso El Pueblo de Nueva York versus Felix Moretti. Marco Di Silva se lo había enviado con un mensajero especial. Ya había pasado la medianoche cuando Edward terminó. Había cancelado un compromiso para comer y se había hecho llevar unos sándwiches. Cuando Edward leyó toda la transcripción, no tuvo dudas de que Felix Moretti hubiera sido declarado culpable por el jurado si el destino no hubiera intervenido bajo la forma de Bella Swan. Di Silva hubiera podido llevar el juicio perfectamente.
Edward volvió a mirar el testimonio que había sido tomado más tarde en el despacho del juez Waldman.
Di Silva: ¿Usted se recibió en una facultad?
Swan: Sí, señor.
Di Silva: ¿En una facultad de Derecho?
Swan. Sí, señor.
Di Silva: ¿Y un desconocido le dio un sobre, le dijo que se lo entregara al testigo principal en un juicio por homicidio y usted simplemente lo hizo? ¿No diría que eso está más allá de los límites de la estupidez?
Swan: No sucedió de esa manera.
Di Silva: Usted dijo que fue así.
Swan: Lo que quiero decir es que no creí que fuera un desconocido. Pensé que era un hombre de su equipo
Di Silva: ¿Qué le hizo pensar eso?
Swan: Ya se lo dije. Lo vi hablando con usted y después se me acerco con ese sobre y me llamó por mi nombre y dijo que usted quería que le entregase eso al testigo. Pasó todo demasiado rápido.
Di Silva: No creo que haya sucedido tan rápido. Creo que llevó tiempo el arreglarlo Llevó tiempo hacer los arreglos para que alguien le pagara a usted para que entregara el sobre.
Swan: Eso no es cierto. Yo…
Di Silva: ¿Qué es lo que no es cierto? ¿Que usted no sabia que estaba llevando un sobre?
Swan: No sabía lo que contenía.
Di Silva: Entonces es verdad que alguien le pagó por hacerlo.
Swan: No voy a dejar que tergiverse lo que digo. Nadie me pagó nada.
Di Silva: ¿Entonces lo hizo como un favor?
Swan: No. Creí que estaba siguiendo sus instrucciones.
Di Silva: Mire, señorita, dejémonos de juegos Le hemos dado todas las posibilidades. Todo sera más fácil para usted si habla ahora
Swan: No tengo nada que decir.
Di Silva: ¿Quiere un abogado?
Swan: No necesito un abogado.
Di Silva: Señorita, usted necesita un empresario de pompas fúnebres porque yo voy a sepultarla ¿Cuánto tiempo hace que conocía al hombre que le dio el sobre?
Swan: Nunca lo había visto antes.
Di Silva: ¿Pero el la llamó por su nombre?
Swan: Sí
Di Silva: ¿Cómo conocía su nombre?
Swan: No lo sé.
Di Silva: Oh, vamos Tiene que tener alguna idea. Quizás haga una buena suposición. A lo mejor, el miró a los que estaban en la sala y dijo aquí hay alguien que tiene el aspecto de llamarse Bella Swan ¿Cree que fue así?
Swan: Ya se lo dije No lo sé.
Di Silva: ¿Desde cuando usted y Felix Moretti son amantes?
Swan: Señor Di Silva, ya hemos hablado de eso Me esta interrogando desde hace cinco horas Estoy cansada No tengo nada para agregar ¿Puedo retirarme?
Di Silva: Sí se mueve de esa silla la haré arrestar Esta en un problema serio, señorita Swan. Hay un solo camino para librarse Deje de mentir y diga la verdad.
Swan: Le he dicho la verdad. He dicho todo lo que sabía.
Di Silva: Excepto el nombre de la persona que le entregó el sobre. Quiero saber ese nombre y cuánto le pagaron a usted.
Había cincuenta páginas más de la transcripción. Robert Di Silva había hecho todo menos usar el castigo físico con Bella Swan. Ella había perseverado en su declaración.
En la evidencia prima facie parecía culpable y si lo era deberían excluirla del foro.
Edward cerró la transcripción y se frotó los ojos. Eran las dos de la madrugada.
Al día siguiente decidiría el asunto de Bella Swan.
Ante la sorpresa de Edward Cullen, el caso de Bella Swan no era tan fácil de decidir. Como Edward era un hombre metódico verificó los antecedentes de Bella Swan. Hasta donde podía ver, ella no tenía antecedentes delictivos, así como no había nada que la ligara a Felix Moretti.
El caso tenía algo que perturbaba a Edward. La defensa de Bella era tan endeble y su culpabilidad demasiado obvia. Si hubiera trabajado para Moretti, éste la hubiera protegido con una historia razonable y plausible. Así como estaba, su historia era tan transparentemente ingenua que le daba un toque de verdad.
Al mediodía, Edward recibió un llamado del Fiscal.
—¿Cómo va todo, Edward?
—Muy bien, Marco.
—Entiendo que te encargas del papel de asesino profesional en el asunto de Bella Swan.
Edward Cullen se sobresaltó ante esa frase.
—Estoy de acuerdo en hacer una presentación, sí.
—La voy a sacar del camino por mucho tiempo. —Edward se sorprendió del odio que había en la voz del fiscal.
—Calma, Marco. Todavía no ha sido condenada.
Di Silva se rió entre dientes.
—Eso te lo dejo a ti, mi amigo —su tono cambió—. Me ha llegado el rumor de que piensas mudarte a Washington muy pronto. Quiero que sepas que puedes contar con todo mi apoyo.
Que, como Edward sabía, era considerable. El Fiscal hacía mucho que andaba en esto. Sabía dónde se enterraban los cadáveres y cómo extorsionar con esa información.
—Gracias, Marco. Te lo agradezco.
—Encantado, Edward. Espero noticias tuyas.
Es decir sobreBella Swan. El quid pro quo y la muchacha usada como instrumento. Edward pensó en las palabras de Marco Di Silva: La voy a sacar del camino por mucho tiempo. De la lectura de la transcripción, Edward consideraba que no había real evidencia contra Bella Swan. A menos que ella confesara, o a menos que alguien apareciera con información que probara su complicidad criminal, Di Silva no iba a poder hacerle nada a la joven. Contaba con Edward para conseguir la venganza.
Las frías, y duras palabras de la transcripción eran bien definidas y sin embargo Edward deseó haber podido oír el tono de voz de Bella Swan cuando negaba su culpabilidad.
Asuntos urgentes reclamaban la atención de Edward, casos importantes que concernían a sus mejores clientes. Hubiera sido más sencillo terminar de una vez y cumplir con los deseos de Eleazar Denali, el juez Lawrence Waldman y Marco Di Silva, pero algo instintivo hacía que Edward Cullen dudara. Volvió a tomar la ficha de Bella Swan, escribió de prisa algunas notas y empezó a hacer llamadas de larga distancia.
Le habían dado una responsabilidad y Edward estaba dispuesto a llevarla a cabo con toda capacidad. Además sabía de las largas y cansadoras horas de estudio y de trabajo duro que se necesitaba para llegar a ser abogado. Era un premio que demandaba años de dedicación y no iba a privar a alguien de ese derecho a menos que estuviera convencido que era lo justo.
A la mañana siguiente, Edward Cullen tomó un avión para Seattle, Washington.
Había concertado entrevistas con los profesores de Derecho de Bella Swan, con el abogado principal de un estudio para el que Bella había trabajado durante dos veranos y con algunos de sus compañeros de curso.
Eleazar Denali le telefoneó a Seattle.
—¿Qué estás haciendo allí, Edward? Tienes un caso importante esperándote. El asunto Swan debería ser algo instantáneo.
—Han aparecido unos pocos interrogantes —contestó Edward cauteloso—. Volveré en un día o dos, Eleazar.
Hubo una pausa.
—Me doy cuenta. Bueno, no gastes más tiempo del necesario.
Para cuando Edward Cullen dejó Seattle, sintió que conocía a Bella Swan por lo menos tan bien como ella se conocía a sí misma. Se había hecho un retrato de ella, un identikit mental armado con los datos de sus profesores de Derecho, su casera, el dueño del bar en donde Bella trabajó durante dos veranos, los miembros del estudio jurídico en donde estuvo y sus compañeros de clase. El retrato de Edward no tenía ningún parecido con el que le había hecho Marco Di Silva. A menos que Bella Swan fuera la más consumada actriz del mundo, no había posibilidad de que hubiera estado mezclada en un complot para liberar a un hombre como Felix Moretti. Edward estaba seguro de que la joven era culpable solamente de ser demasiado crédula. Felix Moretti eligió cuidadosamente su blanco. Escogió a alguien nuevo y desconocido para el grupo del Fiscal y el resto fue muy sencillo. El hecho de que la vida de una persona inocente fuera arruinada no había perturbado a Moretti ni por un instante.
Ahora, casi dos semanas después de que tuvo esa conversación matinal con Eleazar Denali, Edward Cullen se encontró enfrentado a la joven cuyo pasado había estado explorando. Edward había visto fotos de Bella en los periódicos, pero no estaba preparado para lo que vio. Incluso ahora, con una vieja salida de baño, sin maquillaje, y con el pelo marrón oscuro empapado, era adorable.
—He sido asignado para investigar su actuación en el juicio de Felix Moretti, señorita Swan —dijo Edward .
—¡No me diga! —Bella pudo sentir que la ira crecía dentro de ella. Empezó como una chispa y se convirtió en una llama que estalló.
Todavía no habían terminado con ella. Iban a hacérselo pagar por el resto de su vida. Muy bien, ya había tenido suficiente.
Cuando Bella habló, le temblaba la voz.
—No tengo nada que decirle ¡ni ahora ni nunca! Váyase y dígales lo que quiera. Hice una estupidez, pero por lo que sé, no hay ninguna ley contra la estupidez. El Fiscal piensa que me sobornaron —hizo un gesto despectivo con la mano—. ¿Si tuviera dinero, cree que viviría así? —se le empezó a estrangular la voz—. No… no me importa lo que haga. Todo lo que quiero es que me dejen sola. ¡Ahora váyase!
Bella se dio vuelta y se dirigió hacia el baño, cerrando la puerta con fuerza.
Luchó contra la angustia, respiró profundamente, y se enjugó las lágrimas de los ojos. Sabía que se había portado como una tonta. Es la segunda vez, pensó con burla.
Debería haber manejado de otra manera a Edward Cullen . Debió tratar de explicarle en lugar de atacarlo. Quizás así hubiera evitado que la expulsaran. Pero sabía que eran pensamientos vanos. Enviar a alguien para que la interrogara era una charada. El próximo paso sería que le enviarían una orden para defender su causa y se pondría en marcha la maquinaria legal. Se formaría un tribunal con un panel de tres abogados que elevarían su recomendación a la Junta de Disciplina, la que a su vez enviaría su informe a la Junta de Gobernadores. La recomendación sería una conclusión tomada de antemano: expulsión del foro. Le prohibirían el ejercicio de su profesión en el estado de Nueva York. Bella pensó con amargura: esto tiene su parte brillante.
Puedo figurar en el libro de Récords mundiales Guinness, como la carrera de abogada más corta de la historia.
Se introdujo nuevamente en la bañera y se abandonó dejando que la acción del agua todavía caliente la relajara, sacándole la tensión. Muy bien, que me echen. Ya encontraré algo para hacer. Sabía exactamente qué y estaba demasiado cansada para preocuparse. Bella cerró los ojos y dejó su mente a la deriva. Estaba media dormida cuando la despertó el frío del agua. No tenía idea de cuanto tiempo había permanecido allí. De mala gana salió de la bañera y comenzó a secarse. Ya no estaba enojada, pero el encuentro con Edward Cullen le había hecho olvidar el hambre.
Bella se cepilló el pelo y se puso crema en la cara y decidió que se iría a la cama sin comer. A la mañana telefonearía para el viaje a Seattle. Abrió la puerta del cuarto de baño y entró al living.
Edward Cullen estaba sentado en una silla leyendo una revista. Miró a Bella que entraba en ese momento, desnuda.
—Lo siento —exclamó Edward—. Yo…
Bella dio un gritito de alarma y apresuradamente se refugió en el baño para ponerse su toalla. Cuando volvió a enfrentar a Edward, Bella estaba furiosa.
—La investigación terminó. Le pedí que se fuera. Edward dejó a un lado la revista y dijo con calma.
—Señorita Swan , ¿cree que podríamos discutir esto con tranquilidad?
—¡No! —toda la furia acumulada volvió a surgir en Bella—. No tengo nada que decir, ni a usted ni a su maldito Cuerpo de Abogados. ¡Estoy cansada de que me traten como… como a una especie de criminal!
—¿Yo dije que usted lo fuera? —preguntó con tranquilidad Edward.
—Bueno… ¿Acaso no es por eso que está usted aquí?
—Le diré por qué estoy aquí. Me designaron para investigar y recomendar a favor o en contra de su expulsión del Cuerpo de Abogados. Quiero oír su versión de lo sucedido.
—Ya veo. ¿Y cuánto le tengo que pagar?
El rostro de Edward se puso tenso.
—Lo lamento, señorita Swan . —Se puso de pie y se dirigió hacia la puerta.
—¡Espere un minuto! Edward se dio vuelta. —Discúlpeme. Es que… todos me parecen enemigos. Le pido que me disculpe.
—Acepto sus disculpas.
Bella, se dio cuenta de que estaba con muy poca ropa.
—Si todavía quiere hacerme preguntas, me iré a vestir y entonces podremos hablar.
—Muy bien. ¿Usted ya comió?
—Bueno, en realidad…
—Conozco un pequeño restaurante francés que es el lugar perfecto para interrogatorios.
Era un tranquilo y encantador bistró de la calle 56, en el lado este de la ciudad.
—Este lugar no es conocido por mucha gente —le comentó Edward cuando se ubicaron en una mesa—. El dueño es un matrimonio joven, son franceses y antes trabajaban en Les Pyrénées. La comida es muy buena.
Bella tenía que aceptar lo que Edward le decía, porque ella era incapaz de sentirle el gusto a nada. No había comido en todo el día, pero estaba tan nerviosa que lo único que pudo hacer fue forzarse a tragar unos trozos de comida. Trataba de relajarse, pero era imposible. No importaba que él lo negara; el encantador hombre sentado frente a ella, era su enemigo. Y era encantador, tenía que admitirlo. Inteligente, entretenido y atractivo y en otras circunstancias, Bella hubiera disfrutado enormemente de esa noche. Todo su futuro estaba en juego. Las próximas dos horas determinarían en qué dirección seguiría el resto de su vida.
Edward estaba haciendo todo lo posible para que ella se tranquilizara. Hacía poco que había regresado de un viaje por el Japón donde había conocido a algunas personas muy importantes del gobierno. Allí habían preparado una cena especial en su honor.
—¿Alguna vez comió hormigas cubiertas de chocolate? —preguntó Edward.
—No.
—Son mejores que las langostas recubiertas de chocolate —agregó con una mueca.
Después le contó lo que le había sucedido durante un viaje que el año anterior realizara por Alaska para cazar y cómo un oso lo atacó. Habló de todo, menos de la razón por la que estaban allí.
Bella se había estado preparando para el momento en que Edward empezara el interrogatorio y cuando finalmente eso sucedió, sintió que su cuerpo se le ponía rígido.
—Voy a preguntarle algunas cosas, pero no quiero que se moleste. ¿De acuerdo?
Bella sintió un nudo en la garganta. No estaba segura de poder hablar. Asintió con la cabeza.
—Quiero que me cuente exactamente qué sucedió ese día en la sala del tribunal. Todo lo que recuerde, todo lo que sintió. Tómese su tiempo.
Bella estaba preparada para desafiarlo, mandarlo al diablo y decirle que hiciera lo que quisiera con ella. Toda la noche había sabido que esto era simplemente pro forma ya que no tenía cómo luchar contra el Fiscal de Nueva York, el Cuerpo de Abogados de Nueva York y un juez. Pero por alguna razón, el estar sentada frente a Edward Cullen, escuchando su voz tranquila, la resistencia de Bella había desaparecido. Toda la experiencia estaba tan vivida aún en su mente que el sólo recordarla le resultaba doloroso. Había estado tratando de olvidarla durante más de un mes. Ahora él le estaba pidiendo que empezara todo de nuevo. Tomó aire, profunda y angustiosamente y contestó:
—Muy bien.
Vacilante, Bella empezó a narrar los acontecimientos en la sala del Tribunal, pero gradualmente fue hablando más rápido como si todo volviera a tomar vida otra vez. Edward estaba allí, escuchándola tranquilamente, estudiándola sin decir nada.
Cuando Bella finalizó su relato, Edward le dijo:
—¿El hombre que le entregó el sobre… estaba en la oficina del Fiscal cuando les tomaron juramento, esa mañana más temprano?
—Pensé en eso. Y de verdad no me acuerdo. Había tanta gente ese día en el despacho y todos eran desconocidos.
—De todos modos ¿había visto alguna otra vez a ese hombre?
Bella sacudió la cabeza desconsolada.
—No puedo recordar. Pero no creo.
—Usted dice que vio al hombre hablando con el Fiscal antes de dirigirse a entregarle el sobre. ¿Vio que el Fiscal le diera el sobre?
—Bueno… no.
—¿En realidad vio al hombre hablando con el Fiscal o simplemente en el grupo que lo rodeaba?
Bella cerró los ojos por un instante, tratando de recordar la escena.
—Lo siento. Está todo tan confuso. Yo… yo no sé.
—Dice que él la llamó por su nombre. ¿Exactamente qué dijo?
—Dijo: «Señorita Swan» y yo le contesté: «Sí», y entonces él dijo: «El Jefe quiere que le lleve esto a Stela. Dígale que se aprenda de memoria estas fechas. Colfax va a tratar de despedazar su testimonio esta tarde y el Jefe quiere estar seguro de que Stela no va a meter la pata».
—¿Tiene alguna idea de cómo podría saber su nombre?.
—No.
—¿O de por qué la eligió a usted?
—Eso es fácil. Probablemente sabe reconocer a una idiota en cuanto la ve — movió la cabeza—. No. Lo siento señor Cullen, no tengo idea.
—A raíz de todo esto se han acumulado muchas presiones. El fiscal Di Silva estaba detrás de Felix Moretti desde hace mucho tiempo. Hasta que usted llegó, era un caso cerrado. El Fiscal no está muy contento con usted.
—Tampoco yo estoy muy contenta de mí misma. —Bella no podía culpar a Edward por lo que tenía que hacer. Simplemente cumplía con su trabajo. Querían agarrarla y lo habían logrado. Edward Cullen no era el responsable. Era el simple instrumento que ellos utilizaban.
Bella tuvo el súbito e irresistible deseo de quedarse sola. No quería que nadie viera su desdicha.
—Lo siento —se disculpó—. No me siento muy bien. Me gustaría volver a casa.
Edward la miró por un momento.
—¿La haría sentir mejor si le digo que voy a recomendar que dejen sin efecto el pedido de expulsión en su contra?
Tardó unos segundos en darse cuenta del sentido de las palabras de Edward.
Bella permaneció muda, mirándolo a la cara, clavando la vista en sus ojos Verde esmeralda detrás de los anteojos de carey.
—¿Usted… usted realmente piensa eso?
—¿Ser abogada es muy importante para usted, no es cierto?
Bella pensó en su padre y su confortable y pequeño despacho de abogado y las conversaciones que tenía y todos los años de estudio y sus esperanzas y sus sueños.
Vamos a ser socios. Apúrate en recibirte.
—Sí —contestó Bella.
—Si puede superar este penoso comienzo, tengo la sensación de que probablemente va a ser una muy buena abogada. Bella le dirigió una sonrisa agradecida.
—Muchas gracias. Voy a tratar de serlo.
Repitió las palabras en su cabeza: ¡Voy a tratar de serlo! Le iban a permitir que ejerciera la profesión. No importaba que la oficina que compartía con un miserable detective privado y con un hombre que recuperaba autos fuera pequeña y sucia. Era un estudio de abogado. Ella era miembro de la profesión y le iban a permitir que la siguiera ejerciendo. Estaba llena de excitación. Miró a Edward y supo que le iba a estar agradecida eternamente.
El mozo estaba sacando los platos de la mesa. Bella trató de hablar pero le salió una mezcla de risa y llanto.
—Señor Cullen …
Con seriedad, Edward le contestó:
—Después de todo lo que hemos pasado juntos, creo que debe decirme Edward.
—Edward…
—¿Sí?
—Espero que esto no cambie nuestra amistad pero… —Bella susurró—. ¡Me muero de hambre!.
