NA: Gracias por sus lindos comentarios, me alegra poder compartir esto con ustedes. Les traje otro para que vean que Yama no siempre es tan cabrón, jaja.

Kairos es una de dos palabras griegas para tiempo; ésta siendo de naturaleza permanente y cualitativa. Básicamente se refiere a un "lapso en el tiempo", lo que encontré apropiado para las escenas descritas a continuación, que pintan un momento importante en la vida de Mimi y Yama.


"Yama-kun?" su voz llamó, un sonido dulceto y melodioso a pesar del tono ligeramente fastidiado. Ishida Yamato no pausó ni la volteó a ver, sus ojos fijos en el cuadernillo en frente de él mientras tachaba palabras y trataba de concentrarse.

"Yamato."

Llamó su nombre de nuevo, con más insistencia. Yamato golpeó el escritorio con el dorso de su pluma, aún ignorante de qué tan peligrosamente cerca se encontraba de enojar a su amiga. Tachikawa Mimi estaba acostada sobre su estómago, tan elegantemente como una chica de quince años podía estar. Sus piernas estaban en el aire, moviéndose hacia atrás y adelante mientras ella apoyaba su barbilla en sus manos. Carraspeó, y el fuerte sonido llamó su atención. Yamato soltó su pluma, girando en su silla para verle casualmente en su cama.

"¿Sí?" musitó, no tan irritado como … indiferente. Algo frio, incluso. Mimi lo miró con sus ceño arrugado y él se preguntó vagamente si lo regañaría por su actitud o su tono, o la manera en que la miraba – todas siendo cosas que Mimi era muy conocida por reclamarle, pero la chica parecía no tener quejas en ese momento.

"Estoy aburrida," le dijo, dejando que su cara cayera sobre la almohada y dejando caer sus piernas en la cama, casi pareciendo estar dormida. Yamato suspiró suavemente y volteó de nuevo a sus anotaciones.

"Entonces sal," le ofreció simplemente, tomando su pluma y volviendo a dónde estaba antes de ser tan rudamente interrumpido.

"No quiero salir sola," la chica gimió, claramente indicando que la conversación no había acabado. Yamato la ignoró de nuevo, escribiendo un par de líneas más. No había pensado nada cuando apareció en su puerta, ruborizada e hiperactiva diciéndole que necesitaba salir de su casa y pensó en hacerle una visita. Sabía que estaba ocupado, le dijo, y prometió no interferir en sus cosas. Aunque Tachikawa era usualmente muy ruidosa, alegre y excesivamente energética, había aprendido a través de los años a mantenerlo en un nivel mínimo cuando estaba con Yamato. Él decía que era disciplina, pero ella sabía que era simplemente que la presencia de Yamato la tranquilizaba.

"Pues haz otra cosa," le ofreció de nuevo, su ceño fruncido mientras su pluma danzaba por el papel. No, eso no suena bien para nada… "Puede que hayan algunos crayones viejos de Takeru en algún lugar de la sala. Revisa las gavetas," le dijo, sin molestarse a ver lo que asumía era su muy indignado, muy cómico rostro. No podría haber evitado reír si lo hubiese hecho.

Sintió la almohada golpear la parte de atrás de su cabeza suavemente, puntualizada con un claro "idiota" viniendo desde su cama. Yamato rio, girando de nuevo para verla con sus cejas juntas, luchando por evitar una pequeña sonrisa. Cerró su cuaderno y se puso de pie, estirando sus brazos sobre su cabeza y sofocando un bostezo.

"Vamos," le dijo, metiendo sus manos en sus bolsillos. "Me haría bien caminar un poco."

Mimi saltó de la cama, sus labios esbozando una amplia sonrisa. Lo sorprendió por un momento, ver cuán feliz algo tan simple y pequeño la hacía, pero bueno, ella siempre había sido así. Era, tal vez, lo que más le enternecía de la chica. Mimi pasó rápidamente por su lado y fuera de la habitación, tomando su cartera y sombrero y saliendo del apartamento antes de terminar de ponerse los zapatos antes de que Yamato encontrara sus llaves y cerrara la puerta.

No le tuvo que preguntar a dónde quería ir, contento simplemente con seguirla. El silencio se estiraba entre ellos cómodamente, y Yamato comenzó a tararear una canción vieja para sí mismo mientras ella se mecía a su contento frente a él, sus caireles rebotando ligeramente con cada paso. No dijeron una sola palabra hasta que llegaron al pequeño parque y Mimi aceleró su paso, dejando olvidado su pequeño baile.

"Mimi, qué –," la observó correr apresurada, su vestido blanco aleteando a su alrededor, una mano sostenía su enorme sombrero color crema. Negó con la cabeza al alcanzarla. Se miraba contenta al adentrarse en el campo de girasoles, sonriéndole coqueta sobre su hombro. Yamato le devolvió una media sonrisa, sentándose bajo la sombra de un enorme árbol mientras miraba a la chica juguetear – sí, juguetear entre las flores, ocasionalmente persiguiendo alguna mariposa o tratando de atrapar mariquitas en las puntas de sus dedos.

El rubio miró a su amiga con lo que podría considerarse una expresión tierna antes de sacar su vieja armónica del bolsillo. La trajo a sus labios y a medida que la melodía venía a él, cerró sus ojos. El clima era fantástico – el sol brillaba pero habían muchas nubes y soplaba una deliciosa brisa fresca. No escuchó a Mimi acercarse pero pudo oler su perfume – la dulce fragancia de vainilla y canela de su cabello, y sintió como su corazón se aceleraba un poco cuando se le acercó, cálida y fragante.

"¿En eso estabas trabajando?" le preguntó, curiosa.

Yamato terminó la canción y humedeció sus labios.

"No, esa era otra canción," dijo. Era una canción para otro momento, en otro tiempo – nada podría resultar de traerla a la vida aquí, con ella.

"Tócala para mí, ¿sí?" Mimi pidió, recostándose en el árbol. Estaba sentada en un ángulo de 45 grados, con su espalda ubicada de cierta manera que sus hombros no se tocaran; él sólo podía mirarle por el rabillo de su ojo o si se giraba sobre su hombro. Pero no hizo ninguna de esas cosas. Miro el campo de himawari, floreciendo alegremente y buscando del sol mientras él tomaba un enorme respiro. Estuvieron sentados por un buen rato, los labios de Yamato ocupados con su harmónica mientras las manos de Mimi estaban entrelazando margaritas, una sonrisa jugueteando en sus labios, escuchando la dulce melodía que tocaba para ella.

Sus ojos estaban cerrados y sonrió ante el instrumento cuando sintió a Mimi moverse al otro lado, ladear su cabeza para verle, aunque él no la miró a ella.

"Yama?" Su voz era suave, y lo sorprendió. No pausó, porque era tan suave, tan dulce que no interfería con la melodía. Muy seguido se sorprendía de cuanto le gustaba escucharle hablar, incluso cuando eran niñadas que a él no le interesaban en lo más mínimo. Hizo silencio por un momento y su tonada tomó un ritmo más alegre. Yamato volteó a verla, sólo por un momento, sólo lo suficiente para ver la amarga sonrisa que tenía para él.

"Me mudaré, sabes. A América."

Levantó sus cejas y la música cesó abruptamente. Mimi se le hacía extraña en ese momento, y se dio cuenta muy tarde que lo que había tomado como traviesa inquietud había sido ansiedad. ¿Hace cuánto traía eso encima?

"Mis padres me lo dijeron hace unas semanas, yo … no sabía cómo decírtelo." Sus ojos buscaron algo en él, pero si lo encontró o no, Yamato no podía decir. "¿No vas a decir nada?" le preguntó, y podía verlo entonces, escondido en el rabillo de sus ojos, detrás de cada larga pestaña – cuán herida se sentía de ver que él parecía ser indiferente a sus palabras.

Humedeció sus labios, girando un poco para poderla ver mejor, sólo sobre su hombro. Entonces, el más leve movimiento para encoger sus hombros.

"¿Qué quieres que diga?"

De inmediato supo que había cometido un error. Mimi presionó sus labios, sus manos arrugando su vestido. Se acercó a él, su rostro angustiado y ligeramente histérico. "Dí que nada cambiará," le pidió suavemente, agachando su cabeza, "No quiero irme."

Yamato la miró, observando como sus caireles color miel adornaban su ovalado rostro, como sus ojos dorados se arrugaban en las esquinas cuando iba a llorar. Estiró una mano hacia ella y tomó la suya por un momento demasiado breve, y no lo suficiente. Cuando le soltó, sintió un peso foráneo en su pecho, un pequeño dolor que no sabía o recordaba haber sentido antes. No le ofreció palabras de consuelo ni buscó aliviarla de otra manera, pero tan gentilmente como pudo, soltó su mano y su armónica volvió a sus labios. La tonada que le ofrecía era lenta y muy, muy suave. La tocó delicadamente para ella, susurrando las notas para que quizás, sólo quizás, se sintiera consolada.

La canción terminó y Yamato suspiró, la comisura de sus labios torciéndose en una pequeña e irónica sonrisa. Sin verla directamente, sabiendo que si lo hacía estaría llorando, se puso de pie, dejando salir un respiro antes de voltearse para ofrecerle su mano. Mimi la tomó sin dudar, sus dedos torpemente aferrándose a la cadena de margaritas que había estado haciendo. Yamato la tomó gentilmente, examinándola con curiosidad por un momento.

"Haces las cosas más extrañas, Mi-rin," le dijo, terminando de unir los dos extremos para hacer una pequeña coronilla que puso en el cabello de Mimi. Tenía que admitirlo – el efecto era casi mágico. Mi-rin se miraba como un hada princesa en esas terribles historias que insistía en leerle, pero no le dijo esto. En vez de eso, metió sus manos en sus bolsillos para evitar la tentación de coger la suya de nuevo, y comenzó a caminar, mirándole sobre el hombro.

"Vamos," le dijo, "Ya voy tarde a práctica."

Y así, como si nada, Mimi sonrió. "¿Crees que puedas tocar esa canción hoy? En la que estabas trabajando, creo …"

No supo qué lo hizo decirlo, sólo sabía que su Mimi se iba, que quería llorar y que no había absolutamente nada que él podía hacer para evitar cualquiera de las dos. Pero las cosas no tenían que cambiar justo ahora, justo ese día – podían tener una alegre tarde más, con Mimi siendo imposible y Yamato llegando tarde a su práctica.