IV


–Es una lástima que ya no haya una Salvadora a la cual acudir.

Emma se jactaba de haber realizado el hechizo perfecto, sin una Salvadora cerca, nadie sabría lo ocurrido en Camelot hace 6 semanas, ni los planes del Espectro fuesen cuales fuesen. ¿Era cierto? ¿La Salvadora había dejado de existir?

Tal vez no, para Henry no. Él sabía que aún quedaba una persona a la cual acudir, una persona que con el paso de los años encontró el camino de regreso a la redención y esa era Regina Mills; la única persona capaz de hacer a un lado sus sentimientos y hacer lo que era debido. De todas maneras, muy en el fondo, ni siquiera ella se creía apta para el puesto. Tenía dudas de como la verían todos los demás asumiendo ese papel, dejando por fin su pasado y dejando de ser la Reina Malvada, para proteger a la Ciudad que creó hace más de 30 años y salvarlos a todos de la Oscuridad del Espectro.

Pero, algo que Regina tenía que entender de ser la Salvadora era que no importaba lo que los demás pensaran de tus acciones, si tú creías que era lo correcto, debías hacerlo, sin dar explicaciones, ni nada por el estilo.

–Debes asumir el problema como la Salvadora debería hacerlo. ¡Deja de culpar a los demás de tus problemas y comienza a arreglarlos por tu cuenta Regina!

Las palabras de Swan eran claras y concisas. Ser la Salvadora no era cosa de juego, no es de algo de lo que puedes zafarte tan fácil, ni salir huyendo, de ti dependen cientos de personas, de ti dependen sus finales felices, ya no eres solo tú buscando venganza de una niña de 10 años que no pudo guardar un secreto, debías entender que esto era algo más grande que tú.

Regina debía comprender que ella y Swan cambiaron de papeles en el momento en el que Emma se sacrificó por ella, le pasó la estafeta a Mills, para que siguiera con su trabajo, fue un trato, "vida por vida" un pacto que ella debía cumplir a como diera lugar.

Esos momentos desafiando a la Furia fueron lo que Regina necesitaba para entenderlo todo, el Precio que tenía que pagar era la vida de la Reina Malvada, para dar pasó a su nuevo y renovado Ser, el Precio era perder sus miedos e inseguridades y recordar lo que Emma le dijo al principio de su viaje:

–Te salvé, ahora, Sálvame, y si no puedes salvarme, haz lo que ningún otro se atrevería a hacer; Destrúyeme.

Esa súplica era algo muy difícil de ignorar, y aunque no lo quisiera, en algún momento, tendría que hacerlo, por el bien de Emma y el de todos; ese era el verdadero significado de ser la Salvadora. Y ahora, con ese pensamiento en su cabeza, estaba lista para los planes del Espectro, para siempre.