Buenas a todos! Si ya se estaban embolando, aquí vamos a introducir a otro elfo guapito, un rubio muy delikatessen y el novio de Sunny a sus ocho años (si estás leyendo sorry, había que contarlo al mundo!). Espero que les guste!


Capítulo 4

Cuando cruzó el límite del Bosque Negro, con la espada de Fingofin manchada de la negra sangre de las arañas, se dejó caer en el suelo mortalmente agotada. Sus heridas no habían cicatrizado aún, aunque la fiebre del veneno había cedido y supo que se recuperaría por completo. Se sentía agradecida con el rey elfo, la había rescatado cuando era presa, había sanado todo su cuerpo, y se había retirado en paz en cuanto ella se lo pidió. Además, le dio en préstamo su poderosa espada, sin la cual seguramente estaría muerta. Sabía que le debía mucho, y ella en cambio sólo le había mentido. Lo cierto era que sabía perfectamente quien era el Rey Supremo de los Noldor, pero fingió no conocerlo. Era el último que hubiera esperado encontrarse mientras esperaba la muerte por el veneno que inundaba sus venas. Era por tratarse justamente de él que sintió miedo e ira, y fue extrañamente él quien la despertó de su coraza sin sentimiento alguno y revivió su corazón.

Por otro lado, el miedo competía con la curiosidad, con el deseo. ¿Qué le había ocurrido al rey de Beleriand que lo hacía viajar sin rumbo? Deseaba con fervor volver a encontrarlo. No sólo por devolverle los favores que le había brindado, sino por volver a ver esos ojos fríos y cálidos a la vez. Deseos y miedo entrelazados, buscaba apropiación y despojo a la vez; esas contradicciones que conocía de otras épocas. No podía dejar que Fingolfin conociera su historia y cómo sabía de él, puesto que se sentía avergonzada. La vergüenza había sido lo único que había logrado sentir en su corazón sitiado durante los últimos años. Fue por eso que partió de su hogar, buscando ocultarse en algún lugar donde nadie la conociera, donde nadie fuera testigo de su vergüenza. Más tarde dejó de sentir incluso eso, y se volvió un espectro, una elfa sin hogar, sin linaje, sin siquiera una raza que la enmarcara; media elfa. ¿Dónde iría? ¿Sería más fuerte el deseo o el miedo? Buscó en su bolsillo, sólo tenía una moneda de oro, no pensaba gastarla porque era su amuleto. La lanzó al aire y dejó que el destino decidiera cuál sería su próximo paso.

Ganó el miedo. Siguió un poco más a pie hasta encontrar un pequeño poblado de hombres que se compadecieron de su deplorable estado. Pero antes que nada pidió prestado un mapa. Lo extendió sobre el suelo y lanzó al aire su amuleto de oro, allí donde cayera, iría. Quiso la suerte que cayera sobre Menegroth, ciudad de majestuosas cavernas protegidas por Melian hasta hacía poco, pero ahora en sincera decadencia. De todos modos conocía aquella ciudad en Doriath, conocía su gente, y allí estaría protegida de la vergüenza de volver a encontrar a Fingolfin. En secreto, y sin admitirlo siquiera en voz alta, lo deseaba con fervor.

Menegroth no era tampoco un lugar que amara. Pero estaba fuera del enorme reino de Beleriand para variar, y eso ya era una excelente novedad para Dianna; quien en su nuevo huracán de sentimientos encontrados, había vuelto a odiar esas tierras donde había nacido. En las cavernas doradas de Doriath había encontrado alimento y abrigo, desempeñándose como sirvienta en el palacio. Le tenía sin cuidado, no era un trabajo extenuante, sino que más bien le daba mucho tiempo para reflexionar. Sus movimientos eran automatizados, cortar, sazonar, asar, servir; recoger, limpiar, guardar; lavar, secar, doblar. A eso se reducía su accionar en Menegroth. En algunas ocasiones, cuando se organizaba un banquete para algún invitado –lo que sucedía bastante a menudo- elegían a las más bellas entre las sirvientas para que sirvieran a los señores de tierras aliadas. Ella siempre era elegida, y de hecho le convenía laboralmente, le traía beneficios diferenciales.

La mayoría de los elfos de aquella primera edad del sol, por no decir todos; habían nacido en Valinor. Pero no así Dianna. Hacía muy poco que se habían creado las fronteras de los reinos, los linajes habían empezado hacía tan poco que era casi imposible no encontrar que el rey vecino era, digamos, un primo. La Tierra Media, una gran familia feliz de la que ella no era parte ni por asomo. Ahora vivía en la ciudad, ya no era una viajera errante, y a veces pensaba en los lazos con los otros seres vivos. Servía en los bailes y en los banquetes, observaba cómo los elfos podían amarse, besarse, reír junto con sus hijos, llorar la muerte de sus amigos; y eso la hacía miserable. Estaba sola, enteramente, desde hacía muchísimo. Entonces un recuerdo comenzó a colarse entre sus pensamientos, primero en sus sueños; que la hacía despertar con la conciencia atormentada y con una inmensa felicidad a la vez. Luego, no la dejaba dormir. Ese recuerdo era la melodiosa voz de Fingolfin, a mí me importas, le había dicho. Estaba en su lecho, sí, pero con los ojos muy abiertos y repitiendo esa frase.

-¿Hay alguien despierto? –preguntó una voz que sabía era de su jefa- Ha llegado un importante invitado, ¡rápido! ¡Avíspense, muñecas! –pero la mayoría de las trabajadoras, si bien había escuchado, fingió no hacerlo. A Dianna le convenía ocupar su tiempo en algo más que en repetir mil veces una misma frase, y acabó ofreciéndose. En el camino hacia el despacho del Capitán, la dama le explicó brevemente que el Capitán de Beleriand traía noticias de sus tierras. Menegroth había carecido de rey por algún tiempo, desde que Thingol fuera asesinado allí mismo; pero eso no le importaba en lo más mínimo a la media elfa. No servía a Thingol ni a nadie, sólo buscaba algo dentro de sí misma, algo que la había llevado a vivir allí por algunos meses. Según parecía, venía a advertir que los enanos de Nogrod se estaban preparando para saquear las cavernas doradas, aprovechando la acefalía y decadencia que reinaban allí. Se preguntó fugazmente por qué diablos estaba compartiendo información tan sensible con ella, una simple sirvienta.

Entró en el despacho con la mayor educación, llevando una bandeja del más delicioso té que los Noldor podían ofrecer. La reunión era presidida por Finrod Felagund, mientras la elfa se sorprendió con el enorme parecido que tenía este con su tío, aquel elfo que le quitaba el sueño. Sabía que ocupaba un puesto provisorio allí en Menegroth, intentando reemplazar a su tío abuelo, Thingol. Sin embargo era un secreto a voces que Finrod no lograba ni por asomo devolver a la ciudad su esplendor anterior. No era su culpa, por supuesto; sino que la causa era que Melian la Maia había retirado su protección. Así y todo, las peripecias de la política no eran de su incumbencia, sólo el té. Lo único que intentó dilucidar fue si se acercaba realmente una invasión, para huir antes de que se produjera.

De espaldas a ella se encontraba el invitado de Finrod, sólo lograba ver unos cabellos dorados y perfectos tan característicos de los Noldor de la línea de Fingolfin; no así de sus hermanos. El príncipe Finrod no tenía nada que envidiarle respecto a su belleza, aunque sabía por experiencia propia que más se parecía a su padre, Finarfin. El invitado se giró para recibir la taza humeante que Dianna le tendía, y grande fue su sorpresa; tanto que debió utilizar todo su autocontrol para no lanzar la bandeja entera al suelo. Vio la misma sorpresa en los ojos del elfo, la había reconocido, era obvio; pero no intercambiaron palabra. Glorfindel le revivió un odio que hacía mucho que no sentía, se vio en sueños cortándole la cabeza con la espada que el Alto Rey le había regalado, pero simplemente se petrificó.

Escuchó aquello que hablaban, con disimulo mientras les servía; averiguó así que Menegroth sería saqueada y que el Valá Ulmo le había encargado a Finrod erigir una ciudad que estuviera oculta a los ojos de Morgoth. Requirió la ayuda del capitán, quien aceptó con mal disimulado orgullo, enterándose que esa ciudad sería erigida como una fortaleza subterránea bajo el Río Narog, no demasiado lejos de allí mismo. Nargothrond sería llamada, y él sería rey mientras Menegroth era abandonada a su suerte. Para Dianna eso era por demás injusto, y no le sorprendió en lo más mínimo que Glorfindel sintiera orgullo por apoyar una injusticia.

Lo había decidido, ya no había nada para ella allí. De hecho, nunca lo había habido. Salió con la mayor educación de la que fue capaz, pero enseguida comenzó a correr. El viento en su rostro hizo brotar las lágrimas con fuerza, ¿por qué de tan amplio el mundo iba a encontrarse con el más odiado justo allí? De él huía, y quiso el destino que volviera a ubicarlo bajo el mismo techo. Sólo tomó sus pocas pertenencias y la espada que Fingolfin le había prestado, no tenía armadura, ni caballo, ni absolutamente nada más que aquella espada que ni siquiera era suya. Atravesó las murallas con envidiable habilidad, corriendo hasta que los músculos gritaran, llorando hasta que no hubiera una sola gota más dentro suyo. Sufriendo, hasta lo más hondo; a Glorfindel nunca le había importado ella. Se encontró comparándolo con Fingolfin, que tan distinto era, el único ser vivo además de su madre que había demostrado interés alguno en ella o en lo que le pasara. Siguió corriendo buscando esconderse en alguna cueva oscura, donde nadie fuera capaz de atestiguar su vergüenza y su miseria. Siguió corriendo sin detenerse, siempre adelante.