4. Solo un hechizo.

Lo torturaba un poco saber que lo que para él era un sueño lleno de belleza y satisfacción, para el protagonista del mismo era una pesadilla. Porque definitivamente lo que menos quería era engañarse y era un vil engaño pensar que en algún momento y de alguna manera, Severus Snape se había sentido bien con lo que había sucedido. Claro que aunque intentara mentirse sería difícil obviar el claro gesto de terror del muchacho cuando lo había besado.

Habían pasado algunos días desde el suceso y el Director había ido a su despacho para explicarle lo sucedido y hacerlo confesar. Si, hacerlo confesar de una vez lo que sentía, lo que celosa y prudentemente se había guardado para él desde que descubrió lo que lo atormentaría de aquella manera. Pero las artimañas del director habían acabado por sacarle todo y ambos hombres habían convenido que nadie más se enteraría de ello. Quizá ese fuera su consuelo, siempre que los odiosos alumnos que lo habían presenciado no abrieran la boca. Pero el hecho de que su encuentro no saliera a la luz, no borraría de su propia mente la expresión en el rostro del muchacho.

Si antes no había podido dormir gracias a sus divagaciones y recuerdos, ahora sentía que cerrar los ojos era una tortura casi placentera. Sólo bastaba que sus párpados cayeran para que la imagen del pasillo ensombrecido y el sonido de pasos resonando en las paredes volvieran:

Severus Snape estaba cerca de una ventana concentrado en practicar al parecer un hechizo, con una concentración admirable y poco característica de las personas de su edad. Justamente ese era el hechizo que lo había hecho ponerse en evidencia, ahora lo sabía. Se acercaban pasos y se oían voces de adolescentes por el otro lado del corredor y al desviar su mirada hacia los dos jóvenes que se aproximaban, sintió una sensación extraña, embriagadora: De repente, ya no le importaba su trabajo, ni las normas del colegio, ni su responsabilidad como adulto, nada. Veía como se acercaban dos Gryffindor, dos de los Merodeadores, lo más insolentes. Y las ganas de hacerles daño, de vengarse y de cobrarles las horas extras de trabajo por las detenciones que él había tenido que administrarles y aún más horas extras de limpieza por sus estúpidas bromas, fueron casi incontrolables


–Hey, Snivellus –había dicho Potter, el más gamberro de los dos. Y él no pudo dejar de desviar su mirada hacia el aludido.
Snivellus, así lo había llamado, un apodo sin duda ridículo y definitivamente inmerecido para alguien como él.

Y De repente todo cambió cuando enfocó su mirada en Severus Snape. Las ansias de venganza fueron remplazadas por unas ganas enormes de hacerlo partícipe de lo que él mismo sentía y esta vez no hubo distracción, esta vez sus piernas y su deseo lo llevaron en dirección del joven en la ventana. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo tomó por los hombros con fuerza y sin importarle el gesto sorprendido del estudiante, lo besó.Todos esos meses de delirio y de sueños imposibles fueron desahogados en ese beso no compartido, aunque él mismo no se dio cuenta de que así lo era. Cuando se separó del muchacho y se percató de su expresión aterrada, su sentido común fue más fuerte y huyó del lugar.

¡Ah, si fuera un mago! Si fuera un mago podría simplemente borrarles la memoria a los tres y no tendría que sentir la vergüenza de saber expuestos sus sentimientos, no tendría que soportar las mudas burlas en sus rostros. ¡Y la intolerancia, el asco...! Porque también lo había notado, el asco es sus ojos negros. Quizá... quizá pudiera convencer a Dumbledore. Aunque dudaba que él, amante de la transparencia, quisiera hacerlo.

Ahora sólo le quedaba revolcarse en su propia pena, en su sufrimiento, completamente solo y expuesto. Una sonrisa amargada surcó su rostro cuando se dispuso a salir de su despacho para cumplir con sus deberes del día. No, no podía seguir escondiéndose como un cobarde, no podía seguir compadeciéndose.

Aunque había algo de mentira en todo eso. Era mentira que él era el único que sentía pena por sí miso y era aún menos cierto que la vergüenza por lo sucedido sólo lo afectaba a él, al perpetrador. Porque Severus Snape, aún varios después de aquel extraño beso, no quería aceptar que por salvar el pellejo de un par de estúpidos se había clavado el puñal. Por que para él había sido una confesión terrible saber y hacer saber, que ese hombre sentía algún tipo de deseo o atracción por él ¿Acaso no era suficiente ser el hazme reír de los Merodeadores¿También estaba condenado a ser el punto de mira de alguien como el conserje? El solo pensamiento lo repugnaba y lo hacía sentirse perseguido.