DISCLAIMER: Saint Seiya pertenece a Masami Kurumada, Toei y a quien mas corresponda, pero a mi no (ya que si eso pasara sería millonaria, pero no). Sólo hago esto por amor al arte y a este anime/manga.
Tampoco tengo derecho alguno sobre el libro "Los Ojos del Perro Siberiano" del autor Antonio Santa Ana.
Esta fanfic va dedicada a todas esas personas que luchan contra el SIDA, tanto pacientes como médicos y parientes.
Los Ojos del Perro Siberiano
Por Aquarius-chan
Capítulo 4: "Adiós"
Una de las tantas tardes que pasé en su casa ese último año, le hablé de Marin. Era una compañera del taller de periodismo de la secundaria. A mí me fascinaba. No sólo era bella, bella es la palabra justa, no entraba en los cánones de la hermosura convencional, era inteligente e irreverente. Tan distinta a todas las chicas que había conocido hasta entonces.
—Goldie, me parece que nuestro joven invitado se nos ha enamorado —dijo aplaudiendo. Esa actitud me fastidió.
—No jodas, Aioros. Yo te cuento de una chica que me gusta. Que no sé qué hacer. Que tengo miedo a que me rechace y tú me tomas el pelo.
—Miedo al rechazo...Hermanito, voy a decirte algo, tal vez lo único que aprendí en mi corta vida. Si la cuerda no fuera delgada, no tendría gracia caminar por ella.
Una semana antes de cumplir los dieciséis, Aioros me pidió que un día antes de mi cumpleaños fuera a su casa, que faltara al colegio si era necesario, pero que tenía que estar ahí. Le pregunté por qué, ese día me tocaba taller de periodismo y eso significaba ver a Marin, se lo expliqué, insistí.
—Sorpresa, sorpresa —dijo, y no dijo nada más.
Obviamente estuve allí. Me sirvió té con masas. Charlamos de vaguedades, yo estaba muy ansioso, quería saber cuál sería el motivo de tanto misterio. De repente se levantó y trajo el chelo. Se sentó. Y sin decir palabra se puso a tocar la Suite No. 1 en Sol mayor de Bach.
Yo ya la sabía de memoria, la escuchaba a diario en diferentes versiones: la de Pablo Casals, la de Lynn Harrell, que era mi preferida, la de Rostropovich. Ahora la escuchaba en la versión de Aioros. Es una pieza tan difícil de tocar bien, que sólo los grandes chelistas se animan a ejecutarla en público.
Indudablemente la versión de Aioros no tenía la calidad de las versiones que yo conocía, estaba más cerca de ser un ejercicio de digitación que otra cosa, pero tenía tanto amor en cada nota, tanto sentimiento. Una Suite de tal complejidad sólo se puede ejecutar bien después de años de esfuerzo y con mucho talento.
La versión de Aioros era puro sentimiento. Yo no paraba de llorar. Cuando finalizó nos abrazamos y lloramos juntos. La semana siguiente lo internaron por última vez.
Los últimos tiempos de Aioros, los de su deterioro físico, son demasiado dolorosos para recordarlos en este momento.
Todos los muertos están solos. Todos. Aioros en el cajón parecía más solo todavía. Tenía la soledad de los muertos, de todos los muertos, pero también, la soledad de la muerte joven. La soledad de una muerte negada por su familia.
Alguien dijo una vez, no sé quién, que el SIDA es como la guerra, son los padres los que despiden a sus hijos. Aioros no tuvo esa suerte. La abuela y yo solamente lo acompañamos hasta el final. Cuando Aioros murió, papá estaba de viaje de negocios.
El día del entierro comprendí por qué en las películas los funerales se filman siempre con lluvia. En el cementerio donde lo enterraron los pájaros cantaban, había flores, el césped brillaba. Comprendí que la luz del sol es despiadada, son las sombras las que nos protegen.
Ningún gesto se escapa de la vista de los demás. Ningún rictus de dolor. Con tanta luz, tanta claridad, era más dramática aún la idea de la muerte.
Los últimos días antes de morir, Aioros tenía momentos de lucidez y momentos de delirio. Podía estar hablando normalmente y de repente perder el hilo de la conversación.
Estaba durmiendo cuando llegué a la habitación, la abuela aprovechó mi arribo para ir a tomar un café. Me senté al lado de la cama y le tomé la mano, mientras se la acariciaba se despertó.
—¿Sabes? Yo te enseñé a caminar.
—Sí, lo sé.
—Vaya paradoja, yo te acompaño en tus primeros pasos, y tú me acompañas en los últimos...
—No digas idioteces, Aioros.
Sonrió. Cerró los ojos un rato, cuando los volvió a abrir me dijo:
—He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque ardiendo sobre el hombro de Orion...
Está delirando otra vez, pensé. Volvió a sonreír, me apretó la mano. Cerró los ojos y se quedó dormido. Nunca más los volvió a abrir.
Después que murió Aioros nos convertimos durante un tiempo en una familia de fantasmas. Pasábamos por la casa sin vernos. Sin hablarnos. Poco a poco todo fue volviendo a la normalidad.
Mi madre a sus plantas. Mi padre a sus negocios. Y yo, bueno, yo tenía muchas cuentas que cobrarme con mis padres por su trato a Aioros. Pero no tuve el valor. Seguí dedicándome al colegio, al estudio y a los libros.
Ahora, que terminé la secundaria, me voy a estudiar a una universidad de los Estados Unidos. No tengo otra forma de irme de aquí. No sé si voy a volver. Siento que cada vez son menos las cosas que me atan a este lugar.
Hay una cosa que admiré de Aioros. A pesar de todo nunca perdió el entusiasmo, ni la alegría. Nunca se entregó.
—Ninguna enfermedad te enseña a morir. Te enseñan a vivir. A amar la vida con toda la fuerza que tengas. A mí el SIDA no me quita, me da ganas de vivir.
Al mes del entierro de Aioros, la abuela vino a verme.
—Antes de la internación, Aioros me pidió que te diera esto.
Y me dio un video casete. Era Blade Runner.
—He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque ardiendo sobre el hombro de Orion.
Rayos "C" brillando en la oscuridad cerca de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
—No sé por qué me salvó la vida. Quizás en los últimos momentos amó la vida más que nunca. No sólo la suya, la de cualquiera... la mía. Buscaba las mismas respuestas que buscamos todos. ¿De dónde vengo? ¿Adonde voy? ¿Cuánto tiempo tengo? Y sólo pude verlo morir.
Ya amaneció, pasé toda la noche en vela. Acaba de venir mi madre para avisarme que ya están listos para ir al aeropuerto. Recién terminé de afinar el chelo por última vez, nunca aprendí a tocarlo, ni lo intenté. Pero, tanto en tanto, lo saco de su estuche, lo limpio y lo afino.
Mi padre me grita que vamos a perder el vuelo. No importa, hay tiempo. El es de los que llegan, por las dudas, dos horas antes del embarque al aeropuerto. Marin va a estar allí para despedirme. Irá a verme en dos meses. Nada me gustaría más.
Ayer volví, después de tantos años, al río. El agua, las piedras, los árboles, el viento, son los mismos. Yo ya no soy el mismo. Ya no me pregunto cómo será mi destino.
Le debo a Aioros el haberme enseñado que la vida no es más que eso: Asomar la cabeza, para ver qué pasa afuera, aunque haya tormenta. Y una Suite de Bach.
Comentarios de la Autora: El último cap. T-T Lloré de nuevo mientras lo leía T-T Espero que les haya gustado! De nuevo les recomiendo que lean el libro. Si no son de Argentina tal vez les cueste un poco algunas cosas, pero nada de otro mundo.
Algunas cosas que quiero destacar de la historia:
1) Originalmente, no se conocen ni el nombre del protagonista ni de los padres. Yo les di "identidad"
2) Nunca se menciona como e contagio Ezequiel (nombre del personaje original). En esta historia iba a dar el porqué, pero me parecía mejor dejarlo a interpretación.
3) La historia esta ubicada en Argentina por eso tuve que investigar bastante sobre Grecia.
Muchas gracias por haber seguido esta hermosa historia. Gracias por sus reviews, sus favs y sus simple lecturas.
Nos leemos en las otras fanfic :D
