Capítulo 04 – Bracara Augusta
La rutina es la mejor manera de que el tiempo pase volando y eso fue lo que le ocurrió a Francis durante los siguientes meses que sucedieron después de su llegada a la granja de Bartolomé y Catalina. Los dos habían sido criados por familias pobres, que poco habían tenido y a los que no les había quedado otra solución que plantar sus semillas y rezar para que el campo les diera los frutos que necesitaban para alimentarse. Se habían casado cuando él tenía quince años y ella doce. Su matrimonio no era el vínculo más profundo y amoroso que pudiera existir, pero se querían lo suficiente como para desear tener descendencia. Sin embargo, ni Catalina ni Bartolomé habían sido bendecidos con el don de la fertilidad y por mucho que lo intentaron no lograron concebir ningún chiquillo que pudiera incrementar la dicha en esa casa.
Lejos de lo que hubiera podido imaginar, la llegada de Francis supuso una ráfaga de aire fresco. Desde un principio le advirtieron que no podían pagarle demasiado y él, lejos de molestarle, les sonrió y les dijo que con comida y un techo bajo el que poder dormir se conformaba. Le dieron una habitación minúscula, aún mucho más pequeña que la que le habían dado en el monasterio y allí pudo dejar sus cosas. Lo cierto era que a pesar de no tener tantas posesiones, al dejarlas por el cuarto, éste se veía constantemente abarrotado y eso le inquietaba. En el transcurso de un mes, Francis cambió la disposición de todo hasta en cinco ocasiones. En una de las paredes había una especie de estante, donde había acomodado Catalina algunos libros de su esposo y que Francis había cotilleado por curiosidad, sin éxito alguno.
No se podía negar el duro trabajo que se realizaba en el campo y lo agotador del mismo, pero todo fue acostumbrarse. Por suerte no era un novato y aprender no se le hizo cuesta arriba. Se pasaba las horas bajo el sol, con un gorro de paja sobre la cabeza para que no le diera una insolación. Cuando llegaron los meses del verano, las temperaturas subieron de manera alarmante y si no lo llevaba se arriesgaba a deshidratación y sufrir una grave insolación. Su piel blanca, que había estado inmaculada hasta que se marchó, se bronceó por el constante abrazo de los rayos del sol y de su antigua tonalidad sólo quedaban las marcas de las zonas en las que no llegaba. El contraste era muy exagerado.
A finales de septiembre en el campo ya había tres trabajadores, contándole a él, además de los señores de las tierras. Por una parte había un chico que venía de la Galia profunda, esa que no estaba bajo el control de los visigodos y el cual le caía muy bien. Su nombre era Pierre o Petrus, según quién se dirigiera a él, y era un vívido joven que no superaba los doce años. Su cabello era rubio ceniza y, para sorpresa de todos, sus ojos poseían la noche más oscura de todas. Normalmente iba vestido con unas calzas, cosa que le chocaba ya que la prenda caracterizaba la indumentaria visigoda, y mientras trabajaba en el campo, para disgusto de Bartolomé, nunca solía usar camisa sobre su torso porque decía que le entorpecía los movimientos y que con el sudor se le pegaba a la piel. No sabía demasiado de su historia, ya que cuando le preguntaba siempre se iba por las ramas y terminaba hablando de cualquier otra cosa. Sus patrones poco habían querido investigar, temían encontrar algo turbio que les hiciera verle de otra manera. Por ahora, preferían convivir con ese joven tierno, alborotado e hiperactivo que era Pierre.
Además, el joven había encontrado en Francis algo así como un hermano, por lo que le buscaba siempre que podía y en sus ratos libres se pasaba las horas a su lado, aunque fuera en silencio, leyendo un libro mientras Francis pintaba o simplemente oteaba el horizonte. La compañía de Pierre se tornó algo que incluso llegó a disfrutar así que al final, cuando le veía llegar con un libro entre las manos, no cesaba cualquier actividad que estuviera realizando y seguía a lo suyo. El chico en ocasiones le contaba de qué iba la historia e insistía en que debería leer más. Ay, si supiera que no podía hacerlo porque no sabía cómo… Le daba vergüenza admitir algo así, por lo que nunca en el tiempo que hacía que le conocía lo reconoció abiertamente. Por otra parte estaba un chico de la región, Lope, que no hablaba demasiado y era bastante independiente. Tenía el cabello corto y negro, los ojos marrones y apariencia lánguida y cansada en muchas ocasiones. Nadie allí comprendía cómo un chico con apariencia frágil podía trabajar de esa manera, prácticamente de sol a sol, en los campos.
Cuando hacía ya como seis meses que vivía allí, Francis empezó a conocer a gentes que vivían por los alrededores, en sus propias casitas de campo modestas que nada tenían que ver con aquel monasterio en que Diago y sus chicos habitaban. Sin embargo, ocasionalmente a la mente del rubio venía una persona que parecía un fantasma al cual no podía ahuyentar por mucho que quisiera. Hacía tiempo que no le veía y quería comprobar realmente que la hermosura de su Eros era tal y como la recordaba. Así pues, el domingo por la mañana se levantó cuando el gallo cantó y se vistió en un abrir y cerrar de ojos. Bartolomé y Catalina le observaron fuera de sí, atónitos por su presencia.
— Me gustaría ir con vosotros a la iglesia. Creo que he perdido mi camino y me gustaría ver si las enseñanzas de Dios pueden llenar este hueco en mi corazón y devolverme la fe.
Cualquier otra persona en su sano juicio se hubiese ahogado en la culpabilidad por engañarles de aquella manera, pero Francis no se sentía tan mal. Se trataba de una mentira piadosa y al fin y al cabo no iba a hacer daño a nadie. Ellos creerían que aún podía haber salvación para él y mientras Francis tendría la oportunidad de ver a Antonio. El camino fue más corto montados en aquel pequeño y ajado carro que crujía como un condenado. Era propiedad de Bartolomé y en él iban montados la parejita, Lope y él. Pierre, como era usual, se había quedado durmiendo ya que decía pertenecer a otra religión que le había sido difícil comprender. Además no era un practicante habitual, creyente pero pasivo. Puede que el visigodo nunca fuera a entender por qué los humanos necesitaban creer en algo superior para poder vivir con tranquilidad. Hacia el final del camino, éste se tornó accidentado y las piedras que habían clavadas en él amenazaban con romper la madera así que Bartolomé decidió que el poco trozo que quedaba era mejor que lo hicieran a pie si es que no querían regresar de esa manera hasta la granja. Parte del polvo que se levantó se fue a asentar sobre las sandalias que llevaban y él, con la vista fija en éstas, puso una mueca de disgusto al verlo. Una cosa era ensuciarse en el campo mientras trabajaba y otra muy diferente ensuciarse en la calle, cuando estaba libre.
El monasterio estaba tal y como lo recordaba, quizás un poco más grande y todo. Le daba la impresión de que la zona donde tenían sembradas diferentes tipos de verduras y hortalizas se había hecho proporcionalmente más grande. Ellos se encararon hacia el norte y se dirigieron hacia la entrada de la iglesia. El interior estaba dividida de la siguiente manera: primero había un largo pasillo con bancos a los dos lados. Dejaban un pasillo central que llegaba al altar donde el cura tenía una cruz de oro con la imagen de Cristo, una copa dorada con vino y un plato con hostias consagradas. El altar estaba cubierto por un mantón de tela fina y brillante que se veía bien cuidada y que rebosaba por los filos y caía a peso, dejando que los pompones que bordeaban la pieza de tela oscilaran con cada mínima ráfaga de aire. En cada fila de bancos había candelabros con velas que entonces se encontraban apagadas.
En la parte izquierda había un pequeño pasadizo interior, en el que se albergaban diversos confesionarios donde las ovejas del señor admitían haber pecado y buscaban redención. Dicho pasillo estaba cubierto, separado por un muro que no estaba cerrado y que se comunicaba con la iglesia central mediante unos arcos, con adornos que terminaban en pico en la parte superior del arco. Si alzabas la mirada al techo de la iglesia, se veía todo el entramado de madera que sostenía el tejado. En la parte superior, por los laterales, había ventanucos sencillos, finos, alargados, que dejaban entrar escasa luz y por eso habían colocado más cantidad, para permitir una iluminación mejor. Detrás del altar, había un ventanal más grande con forma picuda en la parte superior que se dividía en cuatro ventanitas más pequeñas. En la parte superior, el marco estaba agujereado en zonas estratégicas, formando pequeños ventanucos que permitían a su vez la entrada de luz y eso era lo que más iluminación aportaba a esa iglesia. A la izquierda había un órgano pequeño que se encontraba recogido.
En el interior ya había bastante gente que había ocupado su lugar. Muchos de ellos llevaban rosarios con abalorios de diferentes colores, aunque predominaba el negro, y que terminaban en una pequeña cruz plateada que oscilaba con cada ligero movimiento. Los cuatro tomaron asiento en unos bancos que se encontraban casi al final de la iglesia. Con disimulo, Francis estiró el cuello y buscó entre los presentes una cabellera castaña que pudiera sonarle familiar. Su mirada de ilusión fue relajándose hasta quedarse en una de decepción. No, Antonio no se encontraba allí. Creyó que tendría suerte y al final nada. Lo peor era que tendría que quedarse hasta el final.
Pasó como media hora y por fin la misa parecía que iba a empezar. Un portón lateral se abrió, produciendo un crujido que resonó por toda la iglesia, y por ella entraron diversos monjes. Éstos se sentaron en las primeras filas, que habían permanecido vacías. En el rostro de Francis se dibujó una sonrisa e incluso se incorporó mejor sobre el banco en el que se encontraba cuando su vista captó la figura perfecta de Antonio. En ese medio año que había pasado no había cambiado a duras penas y con sus ojos azules se permitió examinarle durante el poco tiempo que tuvo antes de que tomara asiento en uno de los bancos. Diago fue el que se posicionó detrás del altar y empezó a dirigir la misa.
El grupo de fieles que se encontraba allí reunido empezó a cantar y él se dio cuenta de que no se sabía ni la letra ni la melodía de las canciones. Cogió un papel, que tenía posiblemente los cantos escritos pero, ironías, no sabía leer, así que de mucho no es que le sirviera. Movió la boca, fingiendo que seguía a la perfección los cantos y a los minutos, sintiéndose demasiado estúpido, lo dejó de hacer. Sus ojos azules se movieron hasta estar fijos en Antonio. Le veía ligeramente de perfil y su boca se movía al ritmo de la de los demás. Bueno, no sabía de qué se extrañaba, era un aprendiz de monje al fin y al cabo, así que seguro que le habían obligado a aprenderse todos los cantos.
La gente se fue levantando a por el cuerpo y la sangre de Cristo, pero él se permitió quedarse en el sitio y pasar desapercibido. Poco centrado estaba realmente en la misa ahora que su Eros se encontraba en el mismo edificio que él. Diez minutos después, Francis se dio cuenta de que Dios, en caso de existir, no le odiaba tanto. ¿Por qué pensaba eso? Fácil, porque Diago había llamado a Antonio. Éste se había levantado, había cruzado el altar, permitiéndole ver sus piernas atadas con unas bonitas sandalias marrones y su túnica rojiza oscura, y fue hasta plantarse delante del órgano. Retiró la banqueta, se sentó sobre ésta y se acercó ligeramente. Le llamó la atención la pose que adoptó, con los brazos flexionados y las muñecas ligeramente arqueadas. Sus manos formaban semicírculos y las yemas de los dedos acariciaron las teclas del órgano durante un eterno segundo de silencio en el que la atención de todo el mundo reunido en esa iglesia se posó sobre él. Los dígitos del joven de cabellos castaños fueron presionando las teclas y el sonido del pequeño órgano se propagó entre las cuatro paredes con más fuerza de la que el rubio hubo imaginado. El sonido era armonioso y le parecía una pena que ese grupo de feligreses fuera a cantar sobre una melodía tan hermosa.
Para su sorpresa no fue la iglesia la que empezó a cantar, sino Antonio. Su voz reverberaba dentro de la edificación y se metía en los tímpanos de los presentes. No sabía qué decía la canción, ya que estaba en una lengua que él no conocía, pero le daba la sensación de que podía captar lo que quería transmitir. Escucharle cantar de esa manera le puso la piel de gallina y en un momento llegó incluso a estremecerse, por lo que se frotó el brazo a ver si esa sensación se le pasaba. Cuando la canción se terminó, fue a aplaudir pero se dio cuenta de que nadie iba a hacerlo y pudo detenerse a tiempo. Bajó las manos, las aferró a la túnica y observó la figura de Antonio regresar al banco.
Dio gracias a los cielos cuando la misa por fin terminó. Nunca hubiera imaginado que fuera tan larga. La gente se levantó y él, lejos de hacer caso a sus acompañantes, estiró el cuello para divisar a Antonio. Con cuidado de no golpear a nadie, Francis se fue abriendo paso entre las personas que aún se resistían a dejar el lugar sagrado e incluso apartaba a algunos con sus manos, gentil. Sin embargo, cuando ya le quedaba poca distancia para llegar al chico, que estaba callado y bastante serio, entonces vio que éste desviaba la mirada, sonreía y se iba hacia su izquierda. El rubio se detuvo por completo y miró a Antonio, que hablaba animadamente con Eduardo. Éste le felicitaba por su gran actuación en el órgano y el de ojos verdes se llevó una mano a la nuca y se la frotó avergonzado, con las mejillas más rojas de lo normal. Francis ladeó la mirada y supo que, llegados a ese punto, no tenía sentido que fuese a felicitarle. Estaba claro, Antonio estaba colgado de ese hombre y en ese momento no había otra opinión que fuera a hacerle más feliz que la de él. No pintaba nada allí, seguramente ni se acordaría de ese extranjero que se alojó en el monasterio unos días.
Aunque creyó que sólo él había visto aquello, lo cierto es que diversos ojos se centraron en la conversación del joven adoptado por Diago y el hijo de agricultores. Por ese día, Francis se rindió. Dio media vuelta, fue a reunirse con sus compañeros y benefactores y abandonaron la iglesia sin más dilación. A pesar de saber que otra persona tenía el favor de su Eros, Francis empezó a asistir con regularidad a las misas de los domingos. No es que lo que dijeran le hubiera hecho abrir los ojos, más bien era que podía ver a Antonio aunque fuera de lejos, le podía oír cantar con su voz maravillosa y escuchar la melodía que sus dotados dedos producían con tanta facilidad. Aunque él estuviera con los ojos puestos en otra persona, eso no quitaba que Francis no pudiera sentir esa atracción platónica tan fuerte hacia el atractivo y talentoso joven. Durante meses asistió a cada una de ellas, escuchó con devoción sus actuaciones y se cautivó con cada gesto, cada movimiento, cada pentagrama que tocaba de esa partitura. Le daba igual que al final de éstas siempre fuera a hablar con Eduardo, él mismo lo había hecho un par de veces para agradecerle lo que hizo por él. Además, sus benefactores le conocían y le tenían estima.
Y entonces, sin previo aviso ni aparente explicación para él, Antonio dejó de asistir a las misas. Ya no estaba en el banco, ya no caminaba hacia el órgano, ni se sentaba a él, ni tocaba, ni cantaba. Cuando pasó un mes se dio cuenta de que esa ausencia no había sido nada temporal: Antonio seguía viviendo en el monasterio, o eso decían las malas lenguas, pero no iba a entrar en esa iglesia. Aunque, para entonces, Francis ya podía deducir el motivo.
Durante los meses venideros después de la partida del extranjero, Antonio había llevado su vida de siempre, nada fuera de lo ordinario. Había estado trabajando en la traducción de aquel libro que empezaba a detestar a pesar de que con anterioridad lo había adorado. Era un relato que narraba los periplos de un hombre de fe al que se le sometía a innumerables pruebas para demostrar que creía con auténtica devoción. La parte de Dios no era la que le fascinaba realmente, le interesaba el factor humano, que estaba muy bien desarrollado. El personaje flaqueaba, parecía estar a punto de romperse por completo y, al final, se recomponía y lograba dejar a todos mudos de admiración.
Él se veía reflejado un poco en las acciones de ese protagonista de ficción aunque, según su propio criterio, no sería capaz de arriesgarse hasta ese punto por otra persona. Puede que por Eduardo lo hiciera, pero era algo que nunca sabría a ciencia cierta hasta encontrarse de repente en una situación de vida o muerte. En ese personaje Antonio veía a un hombre admirable y, para el final del libro, se dio cuenta de que le gustaría poder tener unas convicciones tan firmes como él y un corazón tan bondadoso como el suyo.
A principios del nuevo mes, Diago fue hacia su habitación y le dijo, escueto y sin mirarle a los ojos siquiera, pues se encontraba más entretenido en el desastre que había en su recámara:
— A partir de este domingo quiero que participes activamente en las misas. Sé que no tienes la confianza para hablarles a los feligreses, por eso he pensado que podrías salir cada semana a tocar el órgano y cantar alguna de nuestras oraciones, la que mejor te sepas —dejó un momento de silencio para que procesara la información y cuando vio que Antonio abría la boca para replicar algo, se apresuró a añadir antes—. Esto no es una petición, es una orden y espero que la acates.
Con aquello, dio la conversación por finalizada, pegó la vuelta y se marchó de allí. El joven de cabellos castaños se quedó mirando ese lugar en el que había estado antes el hombre de fe y después de unos segundos en silencio, pensando en lo que acababa de pasar, Antonio frunció el ceño a disgusto. Estaba claro que cuanto más tiempo pasaba allí, menos le gustaba Diago. Pero ni por esas osó desobedecerle. Por eso mismo, durante días, en los momentos en los que la iglesia estaba libre, Antonio se sentaba al órgano y practicaba las melodías que más le gustaban. En esa soledad, cantaba a pleno pulmón, preguntándose si realmente había alguien que le escuchaba, un Dios que quisiera malgastar un segundo en ser la audiencia de un mortal más.
Aquella monotonía, aburrida y en ocasiones tediosa, se veía gratamente recompensada con la presencia de Eduardo. Cuantas más semanas pasaban, más ligado se sentía a él. Era la luz en su vida, lo que le daba sentido a todo aquello. Por mucho que le hiciera ilusión y le llenara de dicha el pensar en que pudieran tener algo más, con lo que actualmente compartían se sentía feliz. Sin embargo, de repente, por un motivo que desconocía, Eduardo dejó de asistir con tanta frecuencia al monasterio. Antes venía para verle, para llevarle por ahí, para enseñarle a cazar y a pescar, cosa que sus padres nunca habían hecho con él, pero para el inicio del verano las visitas del hombre habían disminuido de forma considerable.
Al principio, Antonio pensó que era una racha, algo que se pasaría cuando se liberara de ciertas tareas que habían recaído sobre sus hombros, pero luego se dio cuenta de que había algo más. En la mirada de Eduardo siempre había algo, algo que él no alcanzaba a comprender. A veces le parecía pena, a veces le parecía desaprobación, a veces le parecía rencor y era tan fugaz que no podía leerlo, no podía saber a ciencia cierta si era cierto o simplemente un delirio de su mente, que echaba demasiado de menos al varón. La duda parecía disiparse cuando hablaba con él, como siempre, e intentaba hacer planes pero siempre estaba ocupado. Así pues, Antonio sonreía y le decía que todo estaba bien, que otro día podían ir a pescar de nuevo.
Eduardo le devolvía ese gesto y le decía que sí, que claro, pero en el fondo se sentía despreciable por lo que estaba haciendo. Era vox populi, la amistad que compartían empezaba a ser extraña para el resto de los feligreses que acudían a las misas. Nunca se había fijado en aquello, pero cuando le llegó el rumor de labios de su madre, Eduardo no pudo más que observarla anonadado, como si hubiera hablado una lengua extranjera que él no dominara.
— Eso son tonterías, madre. ¿Antonio y yo? ¿Pero qué tiene la gente en la cabeza? Antonio es como un hermano para mí, jamás podría pensar en él de esa manera pecaminosa.
— Sé que eres un hombre de bien, amable y bondadoso, y que te da pena ese chiquillo al que abandonaron sin más. Te pareces a padre Diago, intentando encarrilarle por el buen camino, pero él no reacciona con normalidad frente a ti. Los rumores están empezando a tomar forma y no quiero verte metido en un escándalo de esas características, hijo mío. Deberías alejarte de él. Sería lo mejor: tanto para ti, como para ese joven.
Después de tal declaración impactante, Eduardo ni siquiera fue capaz de darle la razón o no a su madre. Debía pensarlo, analizar lo que estaba pasando, intentar ver si eso que se rumoreaba era verdad o únicamente delirios de mentes aburridas por la monotonía en la que habitaban. No quería tomar una decisión apresurada de la que al final se arrepintiera. Así que durante los días que siguieron, Eduardo dejó de ir a visitarle con tanta frecuencia y en las misas se fijaba en el comportamiento que tenía con él. Aquello que al principio le había parecido amor fraternal, de repente ya no era lo mismo. Puede que algunas de sus acciones ocultaran otras intenciones, pero ahora ya no podía discernirlo y hasta el gesto más inocente podía parecer una insinuación para Eduardo.
Así pues, tal y como su madre le sugirió y con todo el dolor de su corazón, el hombre empezó a apartarse de Antonio, intentando apaciguar unos rumores que estaban llegando a oídos de todos los vecinos. Incluso el señor al cuidado de sus terrenos le había mirado raro cuando había ido a visitarles. Y aunque su vida fuera un poco más complicada ahora, Eduardo no odiaba a Antonio. Era un joven confundido que había perdido su camino pero entre monjes estaba seguro de que encontraría el correcto. No obstante, su padre Estienne era agua de otro costal. No dejaba de insistir en que ese chico les había traído desgracia y que ahora eran la vergüenza de la zona. Eso le hizo pensar a Eduardo: ¿de veras era tan horrible? No le correspondía, claro que no lo hacía, porque era antinatural, pecado, sucio, pero tampoco podía decir que Antonio fuera un terrible muchacho. Al contrario, era una de las personas más afables que conocía.
Podía ver en Antonio la decepción cada vez que le decía que no podía quedar con él, que estaba ocupado con tareas que en realidad no existían, y una parte de él se sentía culpable por estarle mintiendo de esa manera. Mentir también era pecado, ¿le perdonaría Dios si por evitar otro más importante cometía uno menor? Varias veces pensó en cómo podía arreglar la situación y al final, decidió que ese fin de semana le llevaría aparte y le contaría la verdad, le diría que por eso no podía seguir siendo su amigo y que mejor dejaran que las cosas se enfriaran. Si los chismes desaparecían, entonces quizás podrían retomar su amistad, pero siempre dejándole claro que él no tenía ningún interés romántico en Antonio y que jamás de los jamases lo tendría. Entonces, a finales de noviembre, recibió la visita de uno de los monjes que habitaba en el monasterio. Iba ataviado con una sotana oscura y sobre ésta llevaba un abrigo de piel pesado que le cubría y protegía del frío. Le miró curioso, ya que en pocas ocasiones salían de sus terrenos, y le sonrió como acto reflejo a su gesto.
— Buenos días, don Eduardo. Lamento molestarle a estas horas de la mañana.
— No se disculpe, padre Fabio, ya sabe que siempre es bienvenido a nuestra casa. ¿Qué se le ofrece? ¿Quiere pasar? Le puedo ofrecer algo de beber.
— Oh, no. No hace falta. Soy un simple mensajero y tengo otras tareas que hacer, por lo que voy a ir al grano y marcharme —le dijo sonriendo afablemente—. El padre Diago me ha dicho que quería hablar con vos de algo muy importante y que, por favor, cuando podáis, le vayáis a ver al monasterio.
— ¿Ha ocurrido algo grave? —le preguntó con aire tenso. Por un momento pensó en que quizás le había ocurrido algo a Antonio y se sorprendió al ver lo pesada que se tornaba esa culpabilidad que había ido arrastrando, como lastre, durante días.
— No que yo sepa —replicó el religioso de manera airada. De veras parecía que estaba siendo sincero cuando decía aquello. Eduardo suspiró aliviado. Una cosa era que no aprobara que a Antonio pudieran gustarle los hombres y otra que deseara que algo malo le ocurriera.
— Está bien, dígale que mañana a primera hora me tendrá allí, justo después del rezo de las seis —dijo el hombre robusto.
Se despidieron cordialmente y él permaneció durante unos largos segundos en el marco de la puerta. Se preguntaba qué querría y por mucho que lo pensó no se le ocurrió nada en absoluto. Por ese día lo dejó correr y se centró en su trabajo en el campo. A la mañana siguiente, cuando el gallo que tenían en el corral empezó a cantar, Eduardo se levantó, se cambió a unas ropas más limpias y puso rumbo hacia el monasterio. Al llegar aún estaban cantando, así que se quedó fuera, dando vueltas en círculos mientras su voz profunda susurraba la letra del rezo, la cual se sabía al dedillo. Cuando cesó, llamó a la puerta del monasterio y allí apareció Diago. Al verle, sonrió agradable.
— Eduardo, qué alegría veros por aquí. Fabio me dijo que vendríais, pero pensé que quizás estaríais demasiado ocupado para presentaros por nuestra morada —le dijo mientras le guiaba hacia el interior del recinto.
— No podría, me dijo que teníais que hablar de algo serio conmigo y no podía haceros esperar demasiado. ¿Están todos bien? ¿Ha sucedido algo?
El monje le sonrió pero no añadió ni una sola palabra más en el poco rato que les tomó llegar al despacho de Diago. La estancia era pequeña, cuadrada, orientada al este, por lo que a esas horas de la mañana recibía parte del sol. Tenía un par de ventanas y justo frente a éstas se encontraba un antiguo escritorio de nogal oscuro sobre el que habían diversos libros. Tenía un tiesto grande, con una planta verde y dos sillas, una a cada lado del escritorio. La decoración era escasa, aunque no por ello había una acústica hueca en el lugar. El religioso cruzó la habitación hasta ponerse frente a la ventana y le indicó la silla al otro lado.
— Por favor, tome asiento —dijo Diago con esa cordialidad que le caracterizaba con la gente que era de fuera. Eduardo no pudo rechazar su amabilidad y por eso mismo se sentó. Se mantuvo en silencio, esperando a ver qué tuviera que decirle—. Veamos, Eduardo, ante todo tengo algo que decirte —el de ojos oscuros le observó sorprendido por ese cambio en su forma de hablar. De repente le estaba tuteando. Observó su rostro, aún con rastros de esa sonrisa cordial—. Lo que hablemos esta mañana no va a salir de aquí. Es un asunto secreto y espero tu total colaboración. Nadie puede enterarse: ni tu madre, ni tu padre, ni tus amigos... Ni un alma. Antes del domingo vas a coger tus cosas y vas a emprender un viaje hasta Bracara Augusta.
Los ojos oscuros de Eduardo se abrieron con sorpresa cuando escuchó ese nombre. Era una zona que quedaba hacia el noroeste de la península y actualmente se encontraba sumida en el conflicto. Estaba ocupada por los suevos, que creían en diversos dioses paganos. Los pobres habitantes del imperio romano que habían quedado en esa zona aislada tenían que convivir con gentes que tenían unas creencias que los incomodaban y, para rematarlo, las tierras estaban en constante disputa entre los visigodos y los suevos.
— Es importante tu misión. La iglesia católica necesita a alguien allí, alguien que lleve nuestras enseñanzas, que le dé fe a la gente, que les anime a seguir adelante y que convierta a esos suevos que viven en pecado y que, de no hacer nada, arderán en las profundidades del infierno. Los suevos necesitan nuestra ayuda y ahora mismo eres al único al que le puedo confiar esto. Así que dirás a todos que esto ha sido idea tuya, que tú me propusiste ir cuando escuchaste que necesitaba que uno de nuestros creyentes se desplazara, cogerás tus cosas y te marcharás, hasta que sea necesario.
Mientras escuchaba a Diago, en el corazón de Eduardo había un pellizco que le producía incomodidad. La idea de servir a Dios en una misión de conversión no parecía mala idea, pero había algo en la manera en que decía las cosas que no le agradaba en absoluto. Era como si el hasta ahora benevolente padre Diago hubiera mostrado una cara que no había enseñado a nadie hasta ahora. Cuando le sonrió, un escalofrío recorrió el grande cuerpo de Eduardo, que se quedó tenso sobre la silla. Carraspeó y habló después de un rato en silencio.
— ¿Y qué pasa si me niego? Mis progenitores son mayores, padre Diago, no puedo abandonarles sin más para irme hacia el norte. ¿Qué sería de ellos?
— Creo que no me entiendes, Eduardo. Mañana vas a coger tus cosas, vas a montarte en el carro que se ha preparado exclusivamente para la misión y vas a partir. Si no lo aceptas amablemente, como una bendición que te ha sido encomendada, los guardias del Reino vendrán a buscarte a tu casa, te sacarán en calzones de tu cama y te arrastrarán hasta meterte en él. ¿Esa es la imagen que quieres que se les quede en la cabeza a tus padres? ¿De veras? Creo que no tendrán dónde esconderse de la vergüenza si al desagradecido de su hijo lo tienen que arrastrar para ir a servir a su Rey y a Dios. Opino que estarían muy orgullosos si su hijo se marchara con intención de propagar nuestra fe allí donde se le necesite.
Las grandes manos de Eduardo asían su propia túnica, a la altura de los muslos, con fuerza. Nunca hubiera imaginado que ese hombre tuviera ese trasfondo, pero ahora mismo lo tenía claro: había maldad en él y no era pasajera, no era un arrebato, estaba cuidadosamente calculada. Los ojos del cura le observaron, fríos y sin un ápice de compasión en ellos. Él fue incapaz de pronunciar una palabra, atónito, confundido.
— ¿Y bien, Eduardo, cuál es vuestra decisión? —le dijo, de repente volviendo al formalismo con una sonrisa conciliadora.
— Mañana me marcharé a vuestra honorable misión, padre Diago.
El monje se levantó de su propia silla, anduvo hasta ponerse a su lado y posicionó su mano derecha en su hombro izquierdo. Al sentir ese toque, el cuerpo de Eduardo se tensó y sus ojos se clavaron en las manos, que seguían apretadas contra sus muslos. ¿Qué excusa iba a poner? ¿Sus padres le creerían? No podía quedarse, Diago parecía dispuesto a todo con tal de llevárselo lejos. ¿Pero a qué tanto interés? ¿Qué era lo que pretendía con todo aquello?
— Has escogido bien, Eduardo... Tus padres estarán orgullosos de ti —susurró el monje con una sonrisa aciaga.
Las piezas por fin caían en su sitio y el varón que ahora se marchaba cabizbajo, derrotado, iba a marcharse lejos de su panel de juego. Últimamente se había convertido en una molestia y tenía que eliminarle. Ajeno a todo aquello, Antonio continuó con su vida con normalidad dos días, hasta que decidió que tenía que ir a hablar con Eduardo. Algo pasaba, lo tenía claro, y quería escuchar sus motivos. Puede que fuera capaz de disculparse si es que le había ofendido. Así pues, el viernes Antonio dejó sus cosas atrás en la biblioteca y se escabulló por la puerta trasera hasta llegar al exterior. Cuando el viento meció sus cabellos castaños, que acariciaron su frente y provocaron un leve cosquilleo, sonrió contento. Aunque el mundo exterior le asustara, lo cierto era que le fascinaba demasiado. Había hermosura en ese mundo, había cosas extrañas que no comprendía cómo funcionaban o qué propósito tenían y eso despertaba esa curiosidad que tenía y que en muchas ocasiones había dominado su curso de acción.
El paseo hasta la granja de la familia de Eduardo fue entretenido y a pesar del frío no se le hizo tan pesado. Había sido previsor y se había puesto una toga abrigada sobre la que llevaba debajo. Cuando empezó a cruzar campos que ya eran de propiedad de la familia, saludó a los soldados que se encargaban de vigilar los límites de los terrenos para asegurar que ningún bandido asaltase la cosecha de esa humilde familia. Estuvo mirando a los trabajadores, intentando encontrar entre ellos a Eduardo, pero del hombre no había ni rastro. Al final, cansado de buscar, fue hasta la casa y golpeó contra la madera con sus nudillos fríos y ligeramente rojizos por las bajas temperaturas.
Escuchó el rumor de pasos dentro del hogar y, de repente, la puerta se abrió y dejó ver a Helena. La madre de Eduardo no era demasiado alta y tenía una atractiva figura voluminosa, con caderas anchas, estómago relleno y muslos henchidos. Sus mejillas rechonchas estaban rojizas la mayor parte del tiempo y cualquiera que la viera recordaba esas imágenes de ciertos pintores que retrataban a los ángeles como niños saludables, con las mejillas sonrojadas al igual que las de ella.
— Hola, Antonio —dijo con un tono de relativa sorpresa—. ¿Qué haces por aquí? ¿Es que necesitáis algo?
— Ah, no, no venía para compraros nada. ¿No está Eduardo? —preguntó mientras observaba a su alrededor de nuevo. Quizás no le había visto, aunque le extrañaba ya que era un tipo grande. Cuando devolvió la vista a la mujer, ésta le observaba con una expresión que no supo descifrar. Casi parecía que estaba en presencia de un loco.
— ¿Es que no te has enterado? —dijo ella con aflicción—. Supongo que no. Eduardo no está, se marchó hace unos días a una misión en el noroeste.
— ¿Ido? ¿A dónde? ¿Por qué se iría tan de repente? —preguntó él, confundido.
— A Bracara Augusta para cristianizar a los suevos y hacer llegar la fe a los cristianos que hay en esas tierras, aparentemente.
— ¿¡Qué!? —exclamó ahogadamente. Al escuchar ese nombre, su corazón se había encogido preso del miedo—. ¡Pero si esa zona es conflictiva! No muy lejos están los visigodos y los suevos peleándose por el territorio y dicen que la guerra se puede extender a Bracara Augusta en poco tiempo. ¿Por qué se iría de esta manera a una zona tan peligrosa, dejándoles a ustedes aquí solos?
— No lo sé. No entendemos qué es lo que se le ha metido en la cabeza a este chico. Se fue un día a ver al padre Diago y éste le contó acerca de la misión. Ya sabes cómo es Eduardo, un chico bonachón, y por eso le dijo que si necesitaba ayuda él le ofrecería la suya. Al día siguiente cogió sus cosas y se marchó. Estienne está tremendamente disgustado y lleva días centrado en el campo. Temo que se haga daño.
— ¿Padre Diago...?
— Sí, Eduardo y otros dos chicos se marcharon. Espero que estén a salvo.
— ¿Cuándo volverán? ¿Será una misión corta? —preguntó con un atisbo de esperanza. Quizás aquello era para un par de días y en ese momento Edu estaba de regreso. Quizás podría ir a recibirle, saludarle y pedirle perdón por su comportamiento últimamente. Ahora que lo analizaba, era posible que hubiera estado demasiado pegajoso con él. Sin embargo, el gesto velado por la tristeza de Helena le hizo aguantar el aliento durante un par de segundos.
— La misión durará el tiempo que haga falta, no hay previsión alguna. Lo siento, Antonio, no tengo ganas de continuar charlando acerca de este tema. Creo que suficiente visita he tenido por hoy.
— Ah... S-sí, lo siento Helena —murmuró él, aún falto de aliento después de semejante revelación—. Espero que sepan pronto algo de él. ¿Me lo dirán?
La mujer hizo un gesto con la mano derecha y cerró la puerta, dejándole allí fuera. Sus manos seguían frías y a esto se le había añadido un hormigueo inquietante. Dio media vuelta, con el corazón en un puño, y desanduvo lo andado sin comprender cómo la situación había vuelto a cambiar de esa manera. Le habían llegado nuevas acerca de los diversos conflictos y aquella zona de Bracara Augusta aparecía en la lista como sitio especialmente peligroso. Había batallas que arrasaban con los alrededores y suevos y visigodos peleaban encarnizadamente intentando luchar por la tierra, aunque la mancharan de sangre a su paso. ¿Por qué se había marchado? Ni siquiera había venido a despedirse. ¿Por qué? ¿Es que no le consideraba su amigo? ¿Por qué no había venido a contarle nada? ¿Le odiaría? ¿Era por eso que se había marchado? ¿Había entrevisto lo que pasaba por su mente, ese deseo carnal que controlaba como podía yendo a pasar la noche con desconocidos que se parecían a él?
Cuando llegó al monasterio, se encontraba con la moral por los suelos. Eduardo no estaba, se había marchado y viendo el lugar al que se había ido era posible que no le volviera a ver nunca más. Arrastró los pies por el pasillo, de camino a su habitación, cuando se fijó en la puerta del despacho de cierto monje. Su marcha se detuvo de inmediato y él se quedó mirando la madera fijamente. De repente tuvo una especie de presentimiento que le dejó aún más frío. Se desvió hacia la derecha, llamó a la puerta y esperó hasta que escuchó la voz de Diago, en el interior, que le daba paso. Abrió, entró y cerró tras de sí. El monje no le prestó atención y continuó garabateando con la pluma sobre sus estudios.
— He estado en casa de Estienne y de Helena hace un rato. Me ha contado que Eduardo se ha marchado, a una misión de la que tú le hablaste —murmuró Antonio sin presentación. No solía hablar demasiado con Diago y los motivos eran trabajo o búsqueda de información. Entre ellos no había charla banal. Si tenían que hablar, preferían ir al meollo del asunto y dejar las cosas claras.
— Ah, sí. Eduardo estuvo en casa, le expliqué esta misión y él se prestó voluntario.
— Tendrías que haberle disuadido. Sabes que es el único amigo que he tenido por estas tierras, el único que me ha tratado como a un hermano y se ha ofrecido a enseñarme lo que sabía. Sabes también que esa zona de suevos es peligrosa y que la tensión está en su punto álgido. ¿Y cómo se te ha olvidado mencionarme algo así? Ni siquiera he podido despedirme de él.
Diago sabía que esa conversación iba a venir en cualquier momento, era cuestión de tiempo que sucediera. Dejó la pluma en un sitio seguro donde no manchara nada en caso de moverse y levantó la vista hasta clavarla en Antonio. Si algo no le gustaba era esa pizca de sospecha que había en sus ojos y que podía leer a la perfección. Por ahora seguiría con ese juego de fingir que no sabía nada.
— Lo lamento pero fue todo precipitado. Partían al día siguiente y tuve que realizar muchos preparativos. Sé lo que ha sido para ti y se lo agradezco, pero no podré más que admirar su coraje al decidir marcharse a realizar esta misión de Dios. Si han pasado días y no te he dicho nada es porque he estado ocupado.
— Deberías haberle detenido. Sus padres están preocupados.
— Comprenden la importancia de la misión de su hijo, y eso es lo que al final cuenta —apuntó, sin interés. Se ponía demasiado pesado y eso le agobiaba. Ojalá se marchara de una vez y le dejara trabajar tranquilamente—. Además, con la de rumores que circulaban últimamente, que se fuera es algo que os ha beneficiado a ambos.
Los ojos de Antonio se abrieron como platos al escuchar eso y su corazón se desbocó de manera salvaje. No pudo tomar las riendas para domar sus propios latidos y éstos retumbaban con fuerza en sus orejas. Mientras respiraba, forzándose a ir lento, sabía que su cuerpo le iba a demandar que tomara el aire con más rapidez para saciar el corazón descontrolado. Hacía años que conocía a Diago, sabía qué era capaz de hacer, conocía sus métodos sucios, sus tretas, su falta de compasión cuando lo requería y todo se multiplicaba por cinco si hablaban de él. ¿Es que había sabido ver que albergaba algún tipo de sentimiento hacia Eduardo?
— ¿Tú lo has hecho? ¿Le forzaste a irse? —murmuró ahogadamente
— Lo he hecho porque tú no has cuidado tus propias acciones y te has metido en líos. Como siempre, el que tiene que venir a limpiar tus desastres soy yo. Me tienes muy harto, Antonio —dijo molesto. Dejó los papeles, se levantó del escritorio y lo sobrepasó para estar más cerca del joven, que había retrocedido hasta chocar contra la puerta, en estado de shock—. Sabes que estás aquí por mí y me lo debes. He hecho lo que debía hacer.
— ¿¡Lo que debías hacer!? ¿¡Mandar a alguien a su muerte es hacer lo que debías hacer!? ¡Eres un asesino, eso es lo que eres! ¡Un asqueroso y vil asesino! ¡Una serpiente venenosa con cara de hombre afable que se divierte manejando a todo el mundo a su antojo! ¡Le has enviado a su muerte! ¡Le has puesto la soga al cuello y lo has lanzado al mar! ¡Ha sido lo mismo! —gritó Antonio, perdiendo la compostura al comprender el horror de lo sucedido.
Antes de que pudiera reaccionar, Diago se fue hacia él, le empujó con fuerza contra una de las paredes y posó una de sus manos sobre su boca, cubriéndola para sofocar aquellos gritos desesperados y frustrados de Antonio. Éste, al tenerle tan cerca, pudo notar su instinto diciéndole que estaba en grave peligro y se tensó por completo. Trató dos veces de apartar esa mano, pero fue imposible.
— ¿Y qué esperabas? Sabes que tienes que mantenerte quieto, en silencio, que debes obedecer y pasar desapercibido. ¡Sabes lo que nos jugamos! ¡Y aún así...! —su voz bajó a un susurro rabioso, que supuraba rencor y desprecio—. Aún así te dedicas a jugar al juego más sucio y rastrero que un ser humano puede imaginar. ¡Con hombres...! ¡Se te debería caer la cara de vergüenza! ¡Y no sólo eso, bebías los vientos por ese tipo! Todo el mundo lo sabía, todo el mundo lo comentaba, ¿y de veras creías que lo iba a dejar pasar sin más? No pienso permitir que mi hijo me deshonre acostándose con hombres o ambicionando tener una relación con ellos. Y si eso implica que tenga que mandar a un hombre a su muerte, que así sea. Mi secreto no se va a ver expuesto, Antonio. Aún sea lo último que haga.
Y esa era la verdad, esa era la pieza que a todo el mundo le faltaba y que sólo cuatro personas sabían. Diago era en realidad su padre biológico.
¡Buenas!
Sólo diré que Diago no es un buen hombre y si no ha quedado claro ahora, seguro que quedará claro en un futuro. No tengo mucho más que comentar ni del proceso creativo xD Os respondo a vuestros hermosos comentarios,
LaTipaAby, bueno no sé si esto que acaba de pasar es una calamidad… xD Perdón. La granja no está tan lejos pero, claro, tiene que buscar un buen motivo para pasar por el monasterio sin que eso sea raro. Sobre todo teniendo en cuenta que Francis es vikingo y por lo tanto, como mínimo, no adora al mismo dios (y cómo máximo no adora a ningún dios, ni al suyo XD) Creo que ahora lo vas a empezar a llamar Monjejoputa por un motivo :) uno de peso xDD. Gracias por leer~
Joycemvr2, por ahora las cosas no le van mal a Francis, está empezando una vida nueva y aunque su Eros no está mucho por él, al menos tiene donde dormir, puede comer y está con gente agradable. Me alegra que te enganche la historia y espero que te siga gustando y sorprendiendo. ¡Saludos!
Zyxwvu17, Francis ahora va a tener cierta paz, se la merece, su inicio fue muy y muy accidentado. Es realista, no encuentra manera de "vencer" a Eduardo y además él cree que lo que siente es todo platónico. A mí me gustan actores y cuando les veo pulular con sus esposas no me enfado es un bueno… xD es lo que hay. Ahora mismo no recuerdo si había una explicación de lo que él opinaba de la religión, pero si ves que pasan y pasan los capítulos y sigues con la intriga, tú pregunta, sin que te dé vergüenza. Lo mismo para cualquier otra duda. Si te puedo contestar, lo haré, si es spoiler ya te diré que se resolverá en un futuro :P Muchísimas gracias por leer~
Eso es todo por esta vez.
Nos leemos la próxima.
¡Saludos!
Miruru.
