Capítulo 3
DESPUÉS de una cena exquisita, Rachel y los Fabray se enzarzaron en una partida de dominó texano a muerte.
La convencieron para que jugaran más de dos partidas y todos ganaron una, pero Rachel ganó más que ellos, para fastidio de los hermanos.
Quinn tuvo que marcharse pronto para atender una llamada. —Ahora te tenemos en nuestro punto de mira más que nunca —le amenazó Jack en tono burlón—. No te acostumbres a ganar. —Lo intentaré —replicó Rachel en tono cansino—, pero como gano casi siempre…
—Nos ha dado una paliza a pesar de todo lo que hemos practicado —comentó Andreina.
—Tened en cuenta que yo llevo jugando a esto casi desde la cuna.
—Es verdad —Bridget levantó la nariz—. Estamos empezando.
Conquistaremos el dominó y a ti.
—Tendréis que hacerlo sin mí durante una larga temporada porque vuelvo a la universidad —explicó Jack.
Bridget se levantó y le rodeó el cuello con los brazos, algo que pareció sorprenderlo.
—Te echaré de menos. Ten cuidado con las chicas.
Ya sabes que Quinn quiere borrar la imagen de playboy de los Fabray.
—Tengo cuidado, pero nunca me alejaré de las mujeres como hace ella.
—Puede ser uno de los motivos por los que siempre está de mal humor. Es posible que elabore un plan para que las cosas cambien en ese terreno —dijo Bridget con un brillo diabólico en los ojos.
Rachel estuvo a punto de sentir lástima por Quinn.
—Es hora de que me marche. Gracias otra vez por la maravillosa cena y compañía. Buena suerte en la universidad, Jack.
—Gracias —Jack se levantó—. Estoy deseando jugar la revancha cuando vuelva.
—Será un placer, Alteza —dijo ella antes de mirar a Andreina y a Bridget—. Felices sueños.
—Para ti también —le deseó Andreina
Rachel salió del palacio y se dirigía hacia los alojamientos de los empleados cuando oyó una serie de expresiones que sospechó serían palabrotas, en un idioma que no entendió, que salía de detrás de un seto bastante alto. Lo que sí entendió fue que Quinn era quien soltaba la letanía.
Por una milésima de segundo, pensó seguir por el camino y alejarse de ella, pero una parte de ella no se lo permitió.
Se dio la vuelta, tomó una bocanada del aire con olor a flores y se asomó por encima del seto.
—Espero que no estés tan enojada por el jardín —dijo ella—. Si es así, será mejor que tus jardineros se monten en una canoa y se larguen de la isla.
Se hizo el silencio y se oyó un suspiro. Ella se dio la vuelta y la vio inmediatamente.
—Ven si te atreves.
Ella, por un instante, se preguntó si, efectivamente, se atrevía. Entonces, desechó una idea tan necia. Sería una princesa pero no era más que una mujer. Caminó entre los setos hasta entrar en el pequeño recinto.
—Necesitabas un poco de aire fresco, ¿no? —le preguntó ella—.
¿Qué es lo que te ha enfadado tanto esta vez?
—Esta vez… —repitió ella arqueando una ceja—. Tal y como lo dices, das a entender que estoy enfadada casi todo el tiempo.
—Cuando el río suena… Estuviste mucho tiempo enfadado con Franny.
—Abandonó el barco sin decir nada —replicó ella.
—Es verdad, pero un embarazo es más importante que los tés benéficos —contraatacó ella—. ¿Cuándo no estás enfadada con Bridget? —Dime la verdad —le pidió Quinn acercando la cabeza a la de ella—, ¿te gustaría tenerla de empleada?
No le faltaba razón, pero ella tampoco quería contribuir a esa relación conflictiva entre los dos.
—No creo que Bridget fuese el motivo de tus improperios. —Es verdad —reconoció ella dándose la vuelta y metiéndose las manos en los bolsillos.
—Por cierto, ¿qué idioma era ése?
—Italiano, francés y griego —contestó ella encogiéndose de hombros. —Tenía que ser algo muy grave para que tuvieras que emplear tres idiomas.
Quinn se quedó un rato dándole la espalda y ella se preguntó si no sería mejor que se marchara. No estaba sirviendo de mucha ayuda. —Llevo algún tiempo intentando encontrar un médico para el servicio de salud de Chantaine. Nuestro actual jefe va a jubilarse pronto y necesitamos un médico joven para ese puesto. Ya lo tenía casi firmado cuando el que había elegido me comunicó que había elegido otro puesto. —Vaya, no sabía que también te ocuparas de la sanidad. Me imaginaba que había otra persona encargada de eso.
—Ha habido otras personas encargadas de la sanidad en Chantaine, pero estoy participando más que mis predecesores. No puedo inhibirme cuando mi familia ha recibido tantos privilegios solo por su apellido. Tenemos que corresponder. En el Gobierno algunos agradecen mi aportación y otros, no —le explicó ella con apasionamiento.
—No sé qué conlleva ser princesa, pero creía que tenía más que ver con las relaciones públicas que con el gobierno.
—He recibido una formación muy profunda en cuestiones de gobierno, en economía mundial, en política sanitaria y en proyectos de infraestructuras. No voy a dejar que todo eso se desperdicie por estar en un yate y sólo aparecer para que me hagan una foto cada dos meses.
—De acuerdo… —comentó ella con cautela.
Evidentemente, era un asunto espinoso—. No quería decir que te pasaras la vida en un yate, pero tampoco sería mala idea que te tomaras unas vacaciones de vez en cuando. Pareces agotada. —¿Cuántas vacaciones te has tomado tú? —le preguntó la princesa mirándola a los ojos.
—Yo no nací en tu mundo. Mi familia era muy pobre.
Trabajé para sobrevivir durante el instituto y me pagué casi toda mi educación universitaria. En cuanto terminé, acepté ese empleo hasta que vine aquí. No he tenido tiempo para tomarme vacaciones.
—Creo que tampoco te las tomarías aunque tuvieras tiempo. Hubo que obligarte a que hoy pasaras el día en la playa. Tú y yo nos parecemos. No queremos descansar hasta que el trabajo esté terminado.
—Sí, pero tu trabajo no se termina nunca —replicó ella
—. Si no bajas el ritmo, vas a machacar a todos los que te rodean… y a ti mismo.
—Casi parece como si te preocuparas.
Esa reacción la tomó desprevenida.
—Quizá no debería, pero creo que es verdad —dijo ella sorprendida de lo mucho que empezaba a preocuparle toda la familia Fabray—. Bueno, ya que no consigo ayudarte a que alcances el sosiego, me iré a mi habitación…
Quinn la agarró de la muñeca cuando fue a marcharse.
—Al contrario, te infravaloras.
A Rachel se le desbocó el corazón al sentir sus dedos.
—Estoy convencida de que no te sirvo de gran cosa, salvo para desquiciarte —replicó ella casi sin poder respirar.
Los ojos color avellana de Quinn dejaron escapar un destello desafiante que la puso un poco nerviosa.
—Vuelves a infravalorarte —insistió ella acercándola—. Me produces curiosidad.
Quinn le pasó un dedo por los labios y ella sintió una descarga desde la boca hasta la última terminación nerviosa.
—No tengas curiosidad —replicó ella sin entender por qué no podía respirar—. Soy aburrida.
Ella se rió levemente y sacudió la cabeza.
—No me lo creo. Creo que tú también puedes sentir cierta curiosidad por mí.
Ella abrió la boca para negarlo, pero la mentira no le salió de la garganta. La verdad era que Quinn le parecía mucho más fascinante de lo que había imaginado. Quinn se inclinó y ella contuvo el aliento con una mezcla de esperanza y, curiosamente, miedo. Tendría que aclararlo.
¿Por qué iba a tener miedo de…? La besó y dejó de pensar en todo lo que no fuese ella. Sus labios eran delicados y sensuales. Había un motivo para apartarse, pero ella no conseguía recordarlo. Le pasó la lengua por los labios y ella los separó. Algo se desató dentro de ella y se arqueó contra Quinn para deleitarse con su granítico pecho. Levantó las manos e introdujo los dedos entre el pelo de su nuca.
Era asombrosamente suave cuando el resto de ella era pétreo.
Entonces, el beso dejó de ser de tanteo para ser ardiente y anhelante. Notó que la tomaba de las caderas para estrecharla contra ella. El corazón le martilleaba el pecho y la sangre era como un torrente de lava. Algo dentro de ella le decía que estaba loca, pero no era nada en comparación con el deseo y la avidez que estaban a punto de hacer que estallara por dentro. Quinn dejó escapar un gemido que reverberó maravillosamente por todo su cuerpo. El anhelo aumentaba exponencialmente.
—Tengo que poseerte —dijo ella sin apartar la boca de la de Rachel—. Te deseo aquí, ahora.
Volvió a besarla más apasionadamente, menos controladamente.
Ella anhelaba esa pasión, no su control.
En cierto sentido, confiaba en Quinn como no había confiado en ningún hombre o mujer. Entonces, ella dejó escapar otro gemido, se apartó y puso la barbilla sobre la cabeza de ella, que le daba vueltas como un remolino.
Aunque sabía que se ahogaría, no quería parar.
—Lo resolveré —dijo Quinn en voz baja—. Podemos vernos en secreto.
Te daré una llave…
—¿Secreto? —preguntó ella mirándolo a la cara—. ¿De qué estás hablando?
—No esperarás tener una relación pública conmigo.
Ella parpadeó al no saber qué había esperado.
—Rachel ella la agarró con delicadeza—, ni tú ni yo queremos tener un asunto en público.
Un asunto… Sonaba sucio, vulgar.
—¿Quieres que la prensa investigue todo tu pasado y todo el pasado de tu familia? ¿Quieres soportar las conjeturas de ser una posible princesa de Chantaine? —siguió ella.
—¿Princesa? —ella pudo hablar por fin—. Nunca seré una princesa en ningún sentido de la palabra.
—Efectivamente —Quinn se rió y luego se puso serio y entrelazó los dedos con los de ella—. ¿Significa eso que tú y yo debamos privarnos de…?
El contacto de la rubia casi le bloqueó el cerebro. Rachel frunció el ceño e intentó concentrarse. Cerró los ojos e intentó pensar.
—No sé. Voy a tener que pensarlo.
—¿Vas a tener que pensarlo?
Rachel abrió los ojos y asintió con la cabeza.
—Sí. No sólo eres mi jefe, también eres una princesa.
Podría convertirse en un lío monumental.
—¿Estás rechazando mi propuesta porque soy una princesa? — preguntó sin parecer complacido.
—Sí —contestó ella encogiéndose de hombros—. Una relación entre tú y yo no llegaría a ninguna parte.
Evidentemente, estarás de acuerdo en que es una aventura sin salida. Además, si te enamoraras de mí, sería un lío espantoso.
La princesa la miró sin dar crédito a lo que estaba oyendo.
—¿Si me enamoro de ti?
—Sí. Ya ha pasado antes.
—Me imagino que no se te ha pasado por la cabeza la posibilidad de que tú te enamores de mí —replicó en una voz arrebatadoramente sexy.
—No es probable.
—¿Por qué, chérie? —preguntó ladeando la cabeza.
Seguía teniendo alteradas las terminaciones nerviosas, pero se negó a dejarse llevar.
—Porque nunca me he enamorado antes. ¿Por qué iba a empezar contigo?
La rubia parpadeó como si no hubiera oído bien.
—Bueno, aparte de que seas sexy, inteligente y seguramente estés forrada —siguió ella y se sintió como si estuviese enterrándose en un agujero cada vez más profundo—. Creo que debemos olvidarnos de que esto ha pasado.
—¿Crees que podemos hacerlo? —preguntó Quinn entre risas, lo que enfureció a Rachel—. ¿Crees que será tan fácil?
—Somos adultos —contestó ella dejando a un lado las dudas—. He tenido que imponer la cabeza sobre el cuerpo muchas veces en mi vida.
Estoy segura de que tú también lo has hecho —Rachel le tendió la mano—. Estrechemos las manos.
La rubia le tomó la mano, pero en vez de estrecharla, sacudió la cabeza. Le levantó la mano, le dio la vuelta y le besó la muñeca. A ella se le aceleró el pulso.
—Perdona, Rachel, pero no hago promesas que no pienso cumplir.
Rachel consiguió eludir a Quinn durante los tres días siguientes. Se dijo que si, se distanciaba del beso, conseguiría la perspectiva adecuada, que sólo había sido un beso y que, si había sentido todo aquello, fue porque estaba cansada. Además, sentía más dominio de sí misma cuando no estaba cerca de Stefan.
El día antes del desfile estaba repasando su lista de tareas. No podía negar que estuviera un poco nerviosa, pero también estaba satisfecha porque lo había preparado lo mejor que había podido. Se había puesto en contacto con todos los jinetes excepto el conde Christo, que no había contestado sus llamadas. Era el que llevaba una fusta y estaba decidida a encontrar la manera de quitársela antes de que montara a uno de sus caballos.
Descolgó el teléfono para llamar al mozo de cuadras cuando llamaron a la puerta. Levantó la cabeza y vio a Andreina.
—Hola, Alteza, ¿qué os trae por aquí?
Andreina sonrió, se entrelazó las manos y volvió a soltárselas. —Llámame Andreina, por favor. He venido a hacerte una visita. Ya sé que mañana es el gran día y quería ver qué tal te va.
Rachel notó que la estudiosa princesa estaba inquieta.
—¿Pasa algo?
—¿Qué iba a pasar? —preguntó Andreina entrando en el pequeño despacho—. ¿Has pasado todo el día aquí? ¿Has salido a almorzar? Rachel, desconcertada, se preguntó por qué estaría inquieta Andreina. —Hoy hemos cepillado a los caballos y llevo aquí desde las seis de la mañana. Me tomé un sándwich en la mesa para almorzar. ¿Estás segura de que no te pasa nada? ¿Te preocupa el desfile de mañana? —No —Andreina sacudió una mano—. La gente no se fija en mí. Sé cómo pasar desapercibida.
—Muy bien… —Rachel seguía desconcertada por la visita —. ¿Puedo hacer algo por ti?
Andreina se encogió de hombros y volvió a sonreír demasiado radiantemente.
—No, nada. Quinn y Bridget están ocupados y me pidieron que pasara a hacerte una visita.
—Muy amables —dijo Rachel—. Tengo bien atados todos los detalles. —¿Qué vas a hacer el resto del día? —le preguntó Andreina con las manos juntas.
—Repasar la lista de tareas para mañana, mimar un poco a los caballos y acostarme, ¿por qué?
—Por curiosidad. Puedo decirle al chef que te lleve una cena ligera a tus aposentos.
—No hace falta —replicó Rachel—. No voy a comer mucho en cualquier caso.
—Insisto. Todos estamos muy contentos con el trabajo que estás haciendo. Estamos muy contentos de tenerte en Chantaine.
—Gracias.
Rachel deseó sentirse más complacida, pero había algo que no le cuadraba. Aunque Andreina siempre había sido amable y cariñosa con ella, nunca la había visitado en los establos. Le habían dicho que la princesa estaba muy ocupada para terminar su doctorado lo antes posible. —De nada. Estoy deseando verte mañana —dijo Andreina antes de darse la vuelta y marcharse.
Rachel frunció el ceño. Estaba pasando algo, pero no sabía qué. Quizá estuviese paranoica.
Después de una noche agitada, Rachel se levantó cuando todavía estaba oscuro y se vistió de amazona. Prefería mantenerse en un segundo plano, pero le habían dicho que la prensa podría hacerle algunas preguntas. Después de comerse una barrita de proteínas y de beberse un café, fue a los establos a supervisar los preparativos de los caballos. El desfile estaba programado para las dos de la tarde y saldría desde la plaza del palacio. Uno de sus cometidos era que el conde Christo dejara su famosa fusta. El anciano caminaba con altivez alrededor de Pretty, la preciosa y mayor yegua que Rachel le había asignado.
—Es preciosa, ¿verdad? —le preguntó Rachel—. Disculpe, soy Rachel Berry, la encargada de las caballerizas reales.
He oído hablar de usted. ¿No es el famoso conde Christo?
El conde elevó los hombros y la barbilla en un gesto de orgullo.
—Efectivamente, lo soy y, efectivamente, es una yegua preciosa.
¿Estás segura de que estará a mi altura? Soy todo un caballista, ¿sabes? El conde sacó la fusta y se dio unos golpecitos en la mano. A Rachel se le revolvió el estómago.
—Pretty tiene uno de los mejores pedigrís de la cuadra de la princesa. Es noble y responde muy bien al trato amable. Estoy segura de que ya habrá montado caballos así.
—Naturalmente —replicó él sin dejar de darse golpecitos con la fusta.
—¿Le importa que eche una ojeada a su fusta? No había visto una así.
—Ha pasado de generación en generación en mi familia.
Napoleón se la regaló a un tío abuelo mío —le explicó él mientras se la entregaba.
—Parece que se ha usado muy pocas veces —comentó ella mientras pasaba la mano por el cuero.
—Claro. La llevo para lucirla. Un verdadero jinete sólo usa la fusta en circunstancias extremas.
—Es usted un hombre muy sensato —le alabó Rachel con cierto alivio.
—Tenías miedo de que fuera a fustigar al caballo… —musitó él.
Rachel se quedó sorprendida por su perspicacia.
—Mi trabajo consiste en proteger los caballos y a quienes los montan.
Él esbozó media sonrisa.
—No te preocupes. No sacaré la fusta de su funda.
Ella suspiró y ladeó la cabeza.
—Muchas gracias, conde Christo.
—Es un placer. Me alegra comprobar que la nueva encargada de las caballerizas es tan meticulosa. Es un cambio estimulante. —Gracias otra vez —se despidió ella sin poder disimular una sonrisa.
Rachel fue a comprobar los demás caballos y jinetes y se acercó a Bridget, que ya estaba montada en uno de los caballos. —¿Está todo bien? —le preguntó Rachel comprobando automáticamente la silla y los estribos.
—Muy bien —contestó Bridget—. La buena noticia es que Quinn ha encontrado una manera de contener a esos manifestantes tan pesados. —¿Manifestantes? —preguntó Rachel con incredulidad.
—No… —Bridget hizo una mueca de fastidio—. ¿El ayudante de Quinn no te ha llamado? Creímos que era la persona indicada para explicarte el problema.
—¿Qué problema? —preguntó Rachel pensando en todos los problemas que podían originar unos manifestantes.
—Ayer hubo un artículo en el periódico. Quinn y yo estuvimos ocupados y mandamos a Andreina para que fuera a verte hasta que el ayudante de Quinn se pusiera en contacto contigo. No puedo creerme que no lo hiciera —
Bridget frunció el ceño—. Quinn va a ponerse furiosa.
Pero ya lo ha arreglado. La guardia real marchará en el desfile para protegernos.
Rachel frunció el ceño. Ésa debería ser una celebración jubilosa, una exhibición de los maravillosos caballos de Chantaine.
—¿Por qué se manifiestan?
—Los ciudadanos creen que Quinn se gasta demasiado dinero en los caballos… y en la nueva encargada de las caballerizas. Para ellos, los caballos no se ganan lo que cuestan.
—Bueno, eso podría arreglarse fácilmente.
—¿Cómo? —preguntó Bridget.
—Poniendo a Black de semental. Su esperma vale una millonada.
Me parece que ha llegado el momento de esparcirlo.
—Me encantaría ver cómo lo convences —replicó Bridget con una risita.
Rachel, furiosa porque no se lo había comentado, cerró los puños.
—No hay tiempo que perder. Hasta luego, Alteza.
Rachel lo buscó entre la multitud y lo distinguió enseguida.
Estaba magnífico con su ropa de gala junto a Black. Se acercó a Quinn.
—Alteza… —le saludó ella haciendo algo parecido a una reverencia. —Señorita Berry, me alegro de verla. Los caballos están en plena forma.
—Espero que sigan así. Esa manifestación que nadie me ha comentado podría causar problemas. —Ya me he ocupado de eso —replicó ella.
—Deberían haberme informado. Será ridículo que un ejército de soldados escolte a los caballos. Debería ser una celebración de orgullo por la cuadra real de Chantaine.
—Desgraciadamente, no todos los ciudadanos opinan lo mismo.
—Hay una solución muy fácil para el problema del dinero.
—¿Cuál? —preguntó ella mirando alrededor.
—Repartir la simiente de Black.
Quinn giró bruscamente la cabeza para mirarla.
—¿Cómo has dicho?
—Me has oído. Tienes que permitir que Black ejerza de semental.
Ganarás mucho dinero.
—He estado esperando… —¿Qué? ¿La potranca perfecta?
Ella frunció el ceño.
—¿Quién eres tú para decirme cuándo tengo que emplear de semental a mi caballo?
—Soy la responsable de las caballerizas reales. Me contrataste para esto —contestó ella levantando la barbilla.
Se oyó una trompeta.
—Lo comentaremos más tarde.
—Puedes estar seguro. Además, harías bien en reducir a la mitad los soldados o parecerá que vas a la guerra.
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