· Sirius Black ·

Sirius se recostó sobre la silla del extremo derecho del despacho de Minnie. Había estado tantas veces allí que ya consideraba aquella silla como suya. Le tenía cariño; habían pasado tantas reprimendas y castigos juntos… De hecho, veía más a aquella silla que a su hermano Regulus.

—¿Alguno tiene idea de qué hemos hecho esta vez? —preguntó Peter, mordiéndose las uñas.

James se encogió de hombros, pero Remus miró a Sirius acusadoramente.

—¿Qué? —se defendió el chico—. ¡Pero si llevamos varios días sin hacer nada malo!

Lo cual era bastante triste, pero no era buen momento para discutirlo. No si no quería que Remus se le lanzara al cuello. Un hombre–lobo furioso era bastante aterrador, no gracias.

—Yo creo que sé por qué… —empezó Remus, pero no tuvo oportunidad de terminar.

En aquel momento se abrió la puerta y apareció la profesora de Transformaciones. Se sentó en su silla y les dedicó aquella mirada de ‹‹sé lo que habéis hecho›› que tanto temían los alumnos. Suerte que Sirius no era como los demás. Probablemente se lanzaría un Avada si tuviera que soportar tener el carácter tan aburrido de alguien como Snape. Por no decir su aspecto. Ugh.

Minnie sonrió y apoyó la espalda en la silla. Sirius entrecerró los ojos ligeramente, confuso. Aquella faceta era nueva.

—Acabo de ver lo bien que les ha salido el examen de esta mañana.

—Habíamos estudiado mucho —respondió James, sonriendo beatíficamente.

—Por eso les he hecho venir nada más terminar el examen —explicó Minerva, sin borrar la sonrisa del rostro. Sirius intuyó que algo no iba bien. La profesora sacó cuatro papeles de su escritorio y los puso uno delante de cada amigo—. Por lo visto se sabían la materia tan bien que parece que hayan copiado.

Sirius soltó un grito ahogado.

—Minnie, creo que esto ya es demasiado; ¡apenas damos dos pasos y ya se nos está acusando de algo! ¡Aunque no lo parezca, nos importan los estudios, y nos esforzamos por aprobar! —exclamó, indignado.

Lo más importante al decir una mentira era la seguridad con que la decías. Y seguridad era algo que Sirius tenía de sobra.

McGonagall volvió a sonreír y levantó un dedo, haciendo callar a Sirius. Este se puso cómodo en su silla.

—Si no fuera porque sus respuestas tan perfectas no corresponden con las preguntas de la prueba, hubiera sospechado que habían conseguido una copia del examen. —Sirius tragó saliva. ‹‹Mierda››. La mujer se levantó—. Pero, claro, eso no puede ser, porque he puesto las preguntas esta misma mañana. Sin embargo, lo que ustedes han escrito se parece sospechosamente a las preguntas del modelo de examen anterior. —Miró a cada chico a los ojos con expresión cansada—. En serio, muchachos, ¿tan tonta parezco?

Sirius apoyó un codo en la mesa.

—Eres casi tan inteligente como guapa, Minnie. Y eso que eres muy inteligente.

Minerva puso los ojos en blanco, pero a Sirius no se le escapó la sonrisa que consiguió reprimir casi inmediatamente. Por desgracia, volvió a su expresión severa al momento. Casi lo había conseguido, se lamentó Sirius.

—Ustedes tres —Señaló a Sirius, James y Peter—, quedan castigados. Ayudarán a Filch a limpiar el colegio durante un mes.

—¡UN MES! —saltó James—. ¡Pero…!

—Nada de ‹‹peros››, señor Potter. Ya tendrá tiempo de tontear con Evans cuando cumpla su castigo.

Sirius frunció el ceño y miró a Remus, que se mordía el labio en un intento por contener la risa.

—¿Y él por qué no está castigado?

Las comisuras de los labios de la mujer se curvaron hacia arriba imperceptiblemente.

—Porque, a diferencia de ustedes, el señor Lupin sí se tomó la molestia de leer todas las preguntas antes de responder lo que se pedía.

~~~ · · · ~~~

Cuando salieron del despacho con otro castigo a sus espaldas, Sirius dio un puñetazo a Remus en el hombro.

—Vaya chasco de amigo eres, Lunático. ¡Ya podrías habernos avisado!

Remus se encogió de hombros.

—No creía que fuerais tan tontos. Qué quieres que te diga: tú tienes tu cara bonita y yo mi cerebro. Cada cual hace lo que puede con lo que tiene.

Sirius se pasó una mano por el pelo. No servía de nada darle más vueltas al asunto.

—Bueno, ya nos saldrá bien la próxima vez. —Se quedó pensando—. ¿Creéis que Filch nos reducirá el castigo si se lo pido… amablemente? —Guiñó un ojo a James, quien soltó una carcajada.

—¿Te pones límites alguna vez? —preguntó Remus, enarcando una ceja.

—La vida es demasiado corta para eso. —Pasó un brazo por encima de los hombros de Remus—. Confiésalo: en el fondo me vas a echar de menos cuando ya no estemos aquí.