Aquí el siguiente capítulo. Contesté a todos los rewiews que han sido escritos por autores en la web a través de PM, todos los anónimos, muchas gracias y aquí está la respuesta a mi pregunta en el final del anterior episodio.
Me disculpo por la tardanza y les aviso de que, a partir de ahora, los capítulos serán más largos: pasarán de tres mil palabras a ser de seis mil. Además, añado que, el lemon, ocurrirá más adelante, no puedo decir nada más.
Hay que decir que, sorprendentemente, éste capítulo es algo más tranquilo y pausado, no hay demasiadas sorpresas para los personajes. Así que, con mucho nervio, os dejo el siguiente capítulo. Sólo avisaros de que, los próximos capítulos, van a hacernos subir y bajar como una montaña rusa.
Disfruten, lean, comenten y tengan un buen día.
Shingeki no Kyojin no es mío.
Gota, gota, gota y otra gota.
Cuatro gotas fueron las que cayeron de sus labios aquella mañana, cuatro gotas de su más pura sangre descendieron desde la comisura de sus labios hasta impactar contra el suelo. La bofetada con la que habían decidido obsequiarla le había dolido, mucho más de lo que en un primer momento esperaba. Cerró los ojos y escondió su rostro entre el hueco que había entre sus rodillas. Apretó los dientes sin importarle el dolor de su herida y lloró en silencio, mientras los ronquidos de aquel graso hombre inundaban la húmeda habitación.
Gota, gota, gota y otra gota.
Cuatro lágrimas por cada uno de sus ojos, cuatro lágrimas que marcaban el dolor, la rabia, la desolación y la debilidad dentro de su menudo cuerpo. Aún recordaba los gritos de dolor de su madre mientras moría lentamente.
—¡Mikasa, corre, huye! —había gritado su madre, mientras corría hacia su moribundo padre—. Ellos vienen a por ti, ¡debes huir!
También los murmullos de su padre pedirle que huyera del lugar sin ser vista por los asaltantes.
—Marcha lejos de aquí —había tartamudeado a causa de la acumulación de sangre en su cavidad bucal—. Que ellos no te encuentren, hija, que ellos no te encuentren —había repetido como un viejo tocadiscos de los suyos—. Ellos te encerrarán, pequeño pájaro, ellos te encerrarán en su jaula de cristal.
Sin embargo, la pequeña Mikasa no pudo huir. Ellos la vieron y la acorralaron en una de las habitaciones de la casa para golpearla hasta la inconsciencia.
Gota, gota, gota y otra gota.
Afuera llovía. Mikasa pudo escucharlo al sentir las gotas chocar contra el vidrio y el techo de la casa. El hombre pareció no percatarse de aquello, no obstante, Mikasa agradeció que lloviera, agradeció que tronara para poder llorar y sollozar en libertad, sin ser escuchada por aquel energúmeno que se hacía llamar hombre.
El espeso líquido rojizo llenó por completo la boca de la pelinegra, provocando un gemido de fastidio y una mueca de repugnancia. Cerró los ojos con fuerza y dejó de respirar durante unos segundos para tragarse toda la sangre que se encontraba dentro de su cavidad. No podía escupir el líquido contra el suelo, tampoco moverse del lugar donde se encontraba o abrir la ventana para hacerlo. Si aquel hombre lograba despertarse por algún sonido que ella llegara a provocar, sería golpeada hasta la saciedad y ni siquiera conocía los límites de aquel salvaje. Cogió aire y volvió a hundir el su cabeza entre sus rodillas. Era lo único que podía hacer: esperar, esperar y esperar; esperar por alguien que nunca vendría a sacarla de aquel lugar.
Tembló ante la repentina aparición de aquel estruendoso trueno, apretó sus labios y se llevó las manos a la cabeza. Las lágrimas cayeron, ésta vez, sin querer parar nunca. El miedo la abrazaba tal y como sus padres lo habían hecho antes de morir, pero el miedo abrazaba de una manera demasiado fría, y aquello no le gustaba a la pequeña Mikasa.
El chirrido de la madera ser pisada por los pies de aquel animal congelaron a la pelinegra. Alzó la mirada entre sus piernas y pudo observar la sonrisa gustosa que él presentaba ante su presencia. Su lengua se paseaba por entre sus labios y el leve rubor en sus mejillas dejaba en claro a la pequeña de que, aquel salvaje, se encontraba totalmente embriagado por el alcohol que minutos atrás había tomado antes de caer en un profundo y largo sueño.
Los ojos de Mikasa se dilataron con la misma rapidez con la que los dedos del hombre llegaron a rozar la blanquecina y suave piel de ella casi tocándola sin pudor. Sus actos se detuvieron al escuchar los gritos de terror que se acumularon en el pasillo de la casa, también por los diferentes golpes secos que retumbaban contra cada una de las paredes de la habitación. Algo se acercaba a ellos, algo que ambos desconocían.
Un grueso brazo rodeó el níveo y débil cuello de la menor, llevándose un grito de horror de su parte. Tembló entre los brazos del viejo hombre e intentó forcejear para ser soltada y poder salir del infierno en el que se encontraba. No obstante, y queriendo sobrevivir a tan terrible pesadilla, Mikasa decidió no moverse al presenciar el afilado cuchillo que el hombre colocaba contra su cuello. El contacto hizo estremecer a la pelinegra: fue un contacto helado, doloroso y tenebroso. Algo que Mikasa nunca había llegado a sentir.
No pasó demasiado tiempo hasta que la puerta se abrió y una menuda figura se adentró en la habitación. La capa que colgaba de sus hombros se elevó gracias al viento que rodeaba todos los cuerpos. El cuchillo que tanto temía, se apretó contra su cuello y sus ojos observaron suplicantes al hombre que avanzaba hacia ella, a su salvador. Sonrió con dificultad e intentó pedirle sin palabras que la ayudara a salir de allí.
La luz de la luna iluminó el rostro del hombre, convirtiéndolo en un hermoso ser para la única hija de los Ackerman: en el ser más hermoso que alguna vez sus ojos habían podido descubrir. Sus pequeños azulados ojos enamoraron a la pelinegra y la seguridad que le acompañaba le hizo no temer a nada más.
Un grito ahogado sale disparado desde las profundidades de su garganta y su cuerpo se sumerge en un baño de sudor frío que hace estremecer su cuerpo. Su respiración, un tanto agitada, sobrevuelan el cerrado habitáculo en el que se encuentra recostada. Aún sin salir de su propia irrealidad, Mikasa se mantiene sentada encima de su colchón, con una mano en el pecho y los ojos cerrados. Acongojada por el cúmulo de emociones que habitan dentro de ella, la pelinegra se lleva las manos a la cara y verifica que todo ha sido un sueño, una pesadilla o un retorcido recuerdo de sus más oscuras vivencias. Los dedos de sus manos se separan lentamente, mientras abre los ojos y puede observar entre ellos el habitáculo iluminado por la blanquecina luz de la luna.
La tranquila respiración de su adormecido hermano hace que Mikasa sonría. Él, a su lado, duerme sin percatarse de los cambios que ha sufrido durante la noche a causa de repetitivos recuerdos en los que sólo él y ella son los protagonistas. Sus manos caen contra sus muslos y sus ojos vuelven a cerrarse al coge runa gran bocanada de aire. Su largo cabello negro cae en cascada por encima de sus hombros y desde las profundidades de su garganta emerge un suave gemido de satisfacción. Ésta vez, las lágrimas no han aparecido, convirtiéndose en más que un premio para la única superviviente con apellido Ackerman.
Sin hacer el menor ruido, Mikasa se deshace de sus blancas sábanas y se acerca de puntillas hacia la puerta. No obstante, un ruido en el exterior del pasillo la alerta: alguien se ha sentado frente a su puerta y mantiene su espalda apoyada contra ella. Rodeando el mango con su fría mano, Mikasa se sorprende al reconocer el sujeto tras su puerta y qué busca saliendo de su habitación. Su padrastro, tal y como le ha dejado saber, se encuentra esperándola fuera de su habitación. Temerosa por lo que puede llegar a ocurrir, la muchacha permanece de pie frente a la madera, esperando a que el hombre abandone el lugar o que su propio cuerpo tome el control de la situación y la lleve de vuelta a su colchón. Mas, y sorprendiéndola, es su hermano quien capta su atención en un momento tan intenso como éste.
El masculino cuerpo se remueve entre sus ropas y alza la vista sin levantarse de su nido. Ante él, la esbelta figura de su hermana emerge entre la oscuridad de la noche y le deja perplejo. Su desordenado cabello y los débiles temblores que se han apoderado de ella hacen que recuerde el día que pisó por primera vez su nueva casa. Bajo la lluvia, y después de haber sido salvada por él y su padre de unos traficantes, Mikasa lloraba sin control, temblaba como una hoja de papel y murmuraba nombres que él nunca llegó a reconocer. Fue aquella noche cuando, sin presiones, Eren decidió desprenderse de su más preciado objeto y entregárselo a su futura hermana. La bufanda seguía quedándole a la perfección con el paso de los año, y el menor de los Jeagger no se arrepentía de habérsela regalado.
Desconcertado por la actitud de la pelinegra, Eren gatea unos centímetros y alarga su mano hacia la de ella, entrelazándolas en el proceso. Mikasa, anonadada y asustada por el repentino tacto, abre los ojos y ahoga un grito que muere lentamente en el lugar más profundo de su femenina garganta. Los ojos de ambos jóvenes toman contacto, se acarician en silencio y adaptan un brillo especial que sólo ellos saben reconocer.
—Mikasa —susurra su hermano con cierta preocupación mientras frunce el ceño y arruga la nariz—, ¿te encuentras bien? —demanda saber tirando de ella.
La pelinegra, algo sorprendida por el cariño de su hermano y la dulzura en su voz, abre los ojos y parpadea varias veces seguidas. Con una sonrisa tímida y casi inexistente, Mikasa cierra los ojos y asiente con tranquilidad. Una tranquilidad que llega a transmitirle al muchacho.
—Sí, Eren… —contesta en un murmullo—, tú sigue durmiendo —pide sin emoción, como siempre y sin sorprender a su hermano.
Éste, en su posición, se niega a moverse de su posición y sigue tirando de ella. Finalmente, y tras un fuerte tirón por parte de Eren, Mikasa acaba de rodillas frente a él sin soltar su mano. Anonadada, Mikasa intenta mantenerse segura y no mostrar la sorpresa que la ha invadido. Poco a poco, el moreno deshace la unión entre ambas manos y Mikasa puede llevársela hacia su bufanda roja y, con ésta, ocultar el mínimo sonrojo que ha aparecido en sus mejillas.
—¿Te encuentras mejor? —pregunta por segunda vez sin ocultar la incomodidad en su rostro.
Mikasa se queda en su posición, en silencio, sin moverse. Las palabras no salen, tampoco sabe qué debe decir. Por su parte, el moreno suspira y rodea la figura de su hermana con sus brazos, decidido a hacer que descanse las pocas horas que aún quedan de noche. Entre sus brazos, la pelinegra respira pausadamente con los ojos cerrados y una sonrisa llena de satisfacción. El miedo, la preocupación, las pesadillas han desaparecido de su mente desde el primer contacto que ambos han mantenido.
—Eren… —suspira la muchacha algo cohibida.
—Ven aquí —interrumpe su hermano entre dientes y acomodándose en su colchón sin deshacer el abrazo que les mantiene unidos. Al percatarse de lo que Eren quiere hacer, Mikasa sonríe interiormente y cierra los ojos más tranquila que antes. Él, al sentir la desaparición de la tensión en el cuerpo femenino, sonríe tranquilo y se dispone a dormir—, hoy estás muy extraña —le hace saber antes de caer dormido.
Mikasa sonríe y acaricia los marrones cabellos del mayor de los Jeagger sin dejar de sonreír. Porque, aunque él no sea capaz de verlo, ella sabe que Eren la protege de todo lo que se encuentra acechando por dañarles, sabe que Eren es el mejor hermano al que alguien puede aspirar a tener y sabe que, aunque él no deba de conocerlo, él ha sido el hombre que mejor ha sabido cuidar su corazón, pero no el último.
Mientras cae rendida a los brazos de Morfeo, la adolescente observa por última vez la débil sombra que emerge por debajo de la puerta cerrada de su habitación. Un brillo melancólico maquilla sus grandes ojos grisáceos y un lastimero murmullo sale de entre sus labios.
Lo siento, piensa la joven antes de volver a dormir, ahora, junto a su querido, pero antes que nosotros se encuentra mamá.
La voz de Eren despierta a la joven a su lado en la mañana. Con un cariñoso toque en su cabeza, Eren sonríe a la chica y sale de entre las blanca sábanas mientras bosteza constantemente. Aún dentro de las sábanas, Mikasa frota sus cerrados párpados contra el dorso de sus manos y sigue a su hermano hacia la cocina.
En silencio, Mikasa no imagina cómo debe encontrarse Levi después de su nueva negativa a verle por la noche a escondidas de su madre y hermano. Sin embargo, la adolescente sabe que debe encontrarse decepcionado o, al menos, enfurecido por no obtener la respuesta que él sigue esperando. A fin de cuentas, ella conoce a Levi mucho más que su familia, mucho más que su madre, pero sabe que ello no le da ningún derecho a romper un matrimonio estable. Aunque la idea de tener a Levi a sus pies sea demasiado tentadora.
Al entrar en la habitación, la pelinegra se percata de que el hombre de la casa no se encuentra en la cocina y, al parecer, tampoco en otra habitación de la casa. Un ligero suspiro es expulsado de su cuerpo sin que ninguno de los presentes se percate de ello.
—Buenos días, mamá —saludan sus dos hijos sentándose alrededor de la mesa.
Su madre, con una de sus más relucientes sonrisas, contempla a sus dos hijos y les entrega su bol de arroz matutino. Aquello inquieta a Mikasa durante unos minutos quien, cohibida por la repentina alegría de su madre, coge sus cubiertos y empieza a comer su comida poco a poco sin prestar atención a nada más que su plato. A lo mejor, Levi había decidido volcarse tanto en su madre como en su matrimonio, y aquello era algo bueno para ella.
—Buenos días, hijos —habla su madre envuelta en un brillo especial. Expectante, su hijo sonríe y su hija se mantiene con los ojos bien abiertos. Más alegre que nunca, Carla ríe suavemente y vuelve a tomar la palabra—: Venga, empezad a desayunar.
—Mamá —habla Eren llevándose el primer bocado a la boca—, ¿y Levi? —se atreve a preguntar ante la presencia de su hermana.
Ella, al escuchar semejante nombre, tensa completamente su cuerpo. A su lado, Eren frunce levemente el ceño al descubrir su repentino malestar y, antes de poder interrogarla sin que su madre se percate de ello, es ésta misma quien toma el control de la conversación.
Con los platos en el fregadero y todo recogido, Carla se sienta frente a sus pequeños y se lleva los dedos hasta su fina y blanquecina barbilla. Su cabeza medianamente alzada y sus ojos observando el techo, la madre intenta recordar dónde se encuentra exactamente su marido y porqué. Durante menos de un minuto, la ama de casa se mantiene en su posición, sin moverse, acompañada por un hijo expectante por saber la respuesta y una hija indiferente a su respuesta.
—Ahora que lo dices —murmura mirándole a los ojos y volviendo a su posición original. Eren deja de comer y de mirar a Mikasa para escuchar lo que su madre quiere decirle, mientras ella hace oídos sordos y decide obviar todo lo que tenga relación con el hombre de la casa—, fue a visitar a algunos de sus antiguos compañeros de Legión —responde con la misma sonrisa de siempre.
Tan pronto como le es explicado, Eren suelta una orgullosa carcajada. Mikasa, algo más despreocupada, destensa su cuerpo mínimamente.
—¡Levi es impresionante! —exclama soltando los cubiertos sobre la mesa de madera—. ¡Él es el soldado más fuerte de la humanidad! —recuerda sonriente y haciendo reír felizmente a su madre.
Tiernamente, Carla desordena los cabellos de su hijo y asiente dos veces seguidas.
—Así es, hijo —corrobora la morena colocándose correctamente en su asiento. Más sería, la madre mira a sus descendientes y les señala sus platos con el dedo índice de su mano derecha. Éstos, no entendiendo sus gestos, miran su plato con el ceño fruncido y esperando una respuesta por parte de la joven ama de casa—. Comed o se enfriará —advierte seriamente.
Durante veinte silenciosos minutos, los adolescentes permanecen sentados en sus sillas comiendo de su plato sin prestar atención a nada más. De vez en cuando el muchacho observa de reojo a su hermana con cierta preocupación en su gesto. Lo que había ocurrido la noche anterior aún tiene al moreno hecho un saco de nervios.
Su hermana siempre había sido una chica silenciosa, casi invisible a los ojos de los aldeanos, y sin miedo a nada. El estado que había presentado ante sus ojos había sido, simplemente, deplorable. Ni tan siquiera llegaba a asemejarse a la Mikasa que veía cada día. El miedo la había abrazado durante la caída del astro solar, él había podido notarlo mientras la abrazaba. Su blanquecino cuerpo había temblado más de dos veces, sus ojos habían dejado escapar pequeñas lágrimas y sus labios habían murmurado nombres que llegó a interpretar, otros no.
Sin embargo, aún ahora, Eren sigue preocupado por su estado anímico, pero eso parece ser lo que menos le importa al joven. Lo que aún le mantiene algo inquieto en su asiento son los nombres que su hermana ha tartamudeado entre sueños. Porque Eren puede entender que su hermana soñara con su prometido, pero no entiende cómo puede soñar con aquel a quien dice repugnar. El pequeño Eren no sabe cómo interpretar las palabras que su hermana ha dirigido inconscientemente entre sueños a su padrastro. No comprende su transmitida devoción, tampoco las súplicas que ha expulsado sin reconocer el lugar ni la hora. "Levi-sama..." Había repetido su nombre una y otra vez.
A escondidas de los ojos miel de su madre, Eren pasea su mano por encima de la mesa de madera e intenta acariciar la de su compañera. Ansioso por ser notado y respondido, el moreno muerde su labio inferior nerviosamente y sonríe al estar a escasos centímetros de ella. Sin embargo, antes de poder cumplir con su objetivo, dos fuertes golpes impactan contra la puerta y hacen que su madre dé un bote en su propia silla y su hermana levante la vista con el ceño fruncido. Sin querer ser descubierto, el muchacho retrocede rápidamente y suspira aliviado con los ojos cerrados.
Su madre, quien parece sorprendida por la repentina visita, está a punto de levantarse y recibir al visitante, pero su hermana se lo impide. La pelinegra se levanta de su silla y sonríe tímidamente a sus familiares quienes, al escucharla, asienten sonrientes y observan su andar hacia la puerta.
—Ya voy yo, mamá —dice caminando hacia la gran madera.
En escasos segundos, Mikasa abre la puerta y se encuentra con la amplia sonrisa de su prometido quien, más sonriente que nunca, la observa detenidamente sin poder evitar sonrojarse como loco. Delante de él, Mikasa parece sorprendida por su inesperada aparición. Más anonadada que nunca, la pelinegra intenta hablar, comunicarse con él, preguntarle el porqué de su visita, pero no puede: sus palabras no salen. Lo único que la única superviviente del clan Ackerman puede hacer es, simplemente, murmurar su nombre lo más bajo posible, creyendo que él no es capaz de escucharla.
—Jean...
—Buenos días, Mikasa —contesta él en buscando una serenidad que le falta junto a un sonrojo imborrable.
Detrás de su prometida, el hermano y la madre de ella parecen querer conocer la identidad del visitante al que, al parecer, no pueden ver por culpa del cuerpo de la azabache. Más tranquilo que antes, Jean sonríe y vuelve a mirar a su querida enamorada.
—¿Puedo pasar? —cuestiona algo nervioso.
—Hm —asiente ella escondiendo su rostro debajo de la tela rojiza de su bufanda.
Al reconocer al invitado, ambos familiares se sorprenden, pero no de la misma manera. Eren le observa con reproche, mostrando débilmente los dientes y con el ceño muy fruncido, esperando que desaparezca pronto del habitáculo. Su madre, por otra banda, sonríe dulcemente y se acerca hasta él para darle dos besos. Uno en cada mejilla.
—¡Jean-kun, qué sorpresa verte por aquí! —exclama al alejarse de su cuerpo e invitarle a sentarse alrededor de la mesa.
El joven Kirschstein asiente agradecido y acepta su invitación. Alentada por su madre, Mikasa se sienta al lado del moreno, muy cerca de él. Ansiosa por poder adaptarse rápidamente a su presencia, la única adolescente en la sala cierra lentamente los ojos. Su respiración acompasada destensa cada uno de los músculos en su cuerpo y su corazón se agita nervioso al sentir los dedos de Jean rozar los suyos por debajo de la mesa. Sin embargo, nadie puede ver el leve sonrojo que colorea sus mejillas al encontrarse tapadas por el delicado obsequio de su hermano. Después de entrelazar sus dedos y juntar las palmas de sus manos, Jean observa de reojo a Mikasa y ésta decide no devolverle la mirada. ¿Qué debe de hacer al verle? ¿Qué deber de decirle? Y lo más importante, ¿cómo actúa una mujer enamorada?
—¿Qué te trae por aquí, Jean-kun? —Agradecida por las súbitas palabras de su madre, Mikasa suspira quedamente al ver cómo la atención de Jean se dirige hacia el rostro de su madre.
La dulce mujer, sentada frente a ellos, tiene los brazos cruzados encima de la mesa y se encuentra muy curiosa por saber cuál ha sido la razón que ha traído a su yerno hasta su casa a primera hora de la mañana. Sin rodeos, Carla interroga al muchacho sobre todo en lo que su hija pueda encontrarse involucrada. Ella confía en el joven, sin embargo, y como buena madre, Carla también se preocupa por el bienestar de su querida hija. Aunque sabe que ella es una chica fuerte, una de las chicas más fuertes que ha visto nunca.
Jean, sonrojado ante la mención del nombre de su prometida, agacha la mirada y ríe nerviosamente. Endulzada por las muecas en su rostro, la matriarca de los Rivaille revuelve los cabellos del alto muchacho y murmura un 'qué bonito es el primer amor'. Frente a las palabras de la azabache, Mikasa vuelve a tensarse. ¿Ella es el primer amor del joven Kirschstein?
—Oh, ehm... —tartamudea con cobardía al no saber cuáles serán las respuestas que cada uno de ellos le obsequiará antes de marchar—. Mis padres han decidido aceptar su propuesta, así que, mañana... —repentinamente, Jean se ve interrumpido por el sonoro ruido de una silla.
A su izquierda, Eren Jeagger se ha erguido ante él y ha adoptado una impasible actitud contra él. Con los dientes verdaderamente apretados y sus puños contra sus caderas, Eren le observa sin poder o querer contenerse, esperando el momento oportuno para encestar el golpe de gracia al compañero de su hermana y enviarlo lejos de su casa y su familia. Sin embargo, antes de asustar a ninguno de los presentes, el moreno ha marchado hacia su habitación y ha abandonado el salón. El estruendoso ruido que la puerta hace al cerrarse de un sólo golpe resuena por toda la vivienda.
El trío que aún se encuentra aposentado alrededor de la gruesa madera sigue en silencio. Carla, quien está de lo más enfadada con la actitud de su hijo, suspira y se lleva las manos al rostro. Como toda madre, ella también ha pasado por la adolescencia, pero no entiende los cambios de humor de éste al encontrarse con su yerno. Durante unos segundos, la matriarca de la familia se mantiene en su posición, sin moverse y sin apenas ganas de seguir con la conversación que tienen pendiente.
Cuando Carla decide seguir con la explicación de Jean, una de las puertas se abre. Ésta vez es la puerta principal. En medio de un largo suspiro, Levi Rivaille cierra la puerta y se encuentre frente a frente con su hijastra y su prometido. Estático y sorprendido, el antiguo soldado parpadea varias veces y muestra aquella mirada fría de la que todos han y siguen hablando. Al encontrarse cara a cara con ella, Jean se estremece y traga duro. No obstante, y bastante sorprendido, el joven mira de reojo a su compañera al sentir cómo su mano se aprieta alrededor de la suya y cómo su mirada cae contra el suelo. Su cuerpo se tensa al escuchar su nombre salir de los labios del mayor y su mano vuelve a apretarse contra ella.
¿Mikasa teme a su padrastro? ¿O es, simplemente, una fuerte incomodidad que no le deja ser ella misma? ¿Porqué el miedo ha invadido su cuerpo? ¿Qué le está escondiendo? Además, ¿cuál es la verdadera razón detrás del melancólico brillo en sus grisáceos ojos?
—Jean-kun —La voz de su próxima suegra hace que desvíe la mirada y vuelva a centrarse en ella y su ámbar mirada. Carla Rivaille, con una tranquila sonrisa, asiente y pide seguir con la conversación. No sin antes, no siendo una sorpresa para el joven Kirschstein, disculparse por el repentino cambio en Eren—, siento la actitud de mi hijo, ya sabes cómo es —suspira en un doloroso e incomprendido lamento.
Jean, al verla, no puede evitar sonreír y pedirle que esté tranquila.
—No se preocupe, señora Rivaille —niega él sin reprimirse—. Comprendo a Eren —admite encogiéndose de hombros. Al escuchar el nombre de su querido, Mikasa levanta la mirada y observa a su prometido con cierta suspicacia—. Yo también estaría furioso si un extraño apareciera de la nada y me alejara de mi hermana así como así.
—Te agradezco tu comprensión, Jean-kun —vuelve a hablar la mujer—. Entonces —añade removiéndose en su lugar e intentado retomar el tema principal de conversación—, ¿cuál ha sido la respuesta de tus padres? —cuestiona.
—Aceptan encantados —responde sonrojado hasta las orejas.
Un leve gruñido de Levi llega hasta los oídos de Mikasa quien, al escuchar crujir la madera a su espalda, no puede evitar descubrir a qué se debe tal sonido. De manera erótica, su padrastro se ha apoyado contra la pared y la luz solar ilumina su cuerpo dándole un toque que ni ella misma sabe especificar. Sin poder hacer nada más, Mikasa decide vincular la visión actual de Levi a la de un hermoso Dios inmortal de los que tanto hablan dentro de las murallas.
Los fríos ojos masculinos la examinan sin descanso, tanto cuando está de cara como cuando está de espaldas a él. Todo ello, por supuesto, sin que su mujer se percate. Cuando ambas miradas conectan, Levi decide fruncir el ceño y mostrarle el enfado que aún permanece en él. Al notar el cambio en sus facciones, la muchacha se esconde detrás de la tela rojiza alrededor de su cuello y vuelve a darle la espalda como antes. Convirtiéndose en un espectador de su cambio, Levi aparta la mirada bruscamente y vuelve a gruñir. Sin embargo, ésta vez no le importa que su mujer se encuentre delante y muestra sus blanquecinos dientes.
Es al cabo de media hora cuando Jean abandona definitivamente su casa. Mikasa decide no escuchar los futuros gritos de su madre y su hermano, así que sale de la casa y se sienta lejos de ésta para observar el cielo en completo silencio.
—¿Y Mikasa, cariño? —pregunta al no encontrarla por ninguna de las habitaciones de la casa.
Rivaille, quien sigue apoyado en la pared, se despega de ella y avanza hacia la puerta principal. Él y ella deben hablar sobre temas personales que ninguno de ellos debe conocer, y ésta es una muy buena oportunidad para hacerlo. Con un semblante de lo más calmado, el pelinegro le regala una tímida sonrisa a la mujer y deposita una suave caricia en una de sus mejillas. Carla, al notar el tacto de sus pieles, cierra los ojos y le devuelve la sonrisa.
—Está fuera —contesta separándose de ella y caminando hacia la salida—. Tengo que hablar con ella, así que tómate el tiempo necesario para reñir al mocoso —explica sin volverla a mirar y cerrando la puerta tras de sí.
Después de verle desaparecer, Carla gira sobre sus talones y avanza por el iluminado pasillo mediante pasos fuertes y firmes. Éstos anuncian a su hijo, quien permanece encerrado en su habitación compartida, que ella se encuentra cerca y preparada para pedirle las explicaciones pertinentes. Sin ningún tipo de miramiento, la mujer abre la puerta y se adentra en el cuarto para encontrarse a su hijo sentado en su cama y mirando a través de la ventana que adorna la habitación. Su hijo se ha percatado de su llegada, ella lo sabe y él también sabe que ella no lo desconoce. Abrumada por el orgullo de Eren, Carla bufa ofuscada y coloca sus manos contra sus caderas.
—¿Puedes explicarme qué ha ocurrido en el salón antes de que tu padre volviera? —ordena Carla con palabras amables.
Sin moverse de su sitio, Eren sigue mirando a través de la ventana. Para ser sinceros, Eren no tiene ninguna intención de mantener una discusión con su madre, mucho menos después de encontrarse con aquel demonio en su salón y verificar que, al parecer, a su hermana sí le gusta la compañía de tal demonio. Con los dientes fuertemente apretados, Eren se cruza de brazos y deja que su madre sea capaz de ver parte de su tenso rostro. Él, a su vez, también puede observarla de reojo.
Después de mirarla sin que ella sienta su atención, Eren aparta la vista de su figura y suelta con desdén:
—Tch.
Al escuchar el desdén en su hijo, Carla avanza hasta él y estira de su oreja con fuerza. Eren, dolorido, gime sonoramente y cierra los ojos al no creerse capaz de soportar el dolor. Su madre, sin tomar en cuenta los quejidos de éste, sigue estirando sin temor ni remordimientos.
—¡No me hables así, Eren! —ordena su madre por segunda vez, mientras su hijo sigue gimiendo sonoramente—. ¡Es el prometido de tu hermana, tienes que respetarle! —recuerda entre dientes y acercando sus labios hasta su maltratado oído.
Instantes después, Carla suelta la oreja del muchacho de ojos turquesa y se cruza de brazos. A sus pies, él sigue acariciando su oreja en un intento de calmar el persistente dolor que aún abrasa la zona. Con pequeñas lágrimas en los bordes de sus orbes, el moreno sobre su nariz y mira a su madre con reproche. Está enfadado y cree que su madre se ha excedido en su llamada de atención. Con las mejillas infladas, Eren mira a su madre y contesta con la misma fuerza que ella:
—¡No quiero respetarle! —dice él sin temer a los reproches que ella pueda darle, tampoco a los siguientes castigos que le esperan.
Su madre, cansada de intentar cambiar la opinión de su hijo sobre el joven Jean Kirschstein, cierra los ojos y se lleva una mano al rostro. Carla aguanta la respiración por unos segundos y escucha a su hijo removerse entre las sábanas de su cómoda cama compartida. La molestia que el castigo ha producido en su hijo, al final, le ha inducido a esconderse entre las blancas mantas de ella y todo lo que le rodea. Acongojada, la matriarca se acerca hasta él y se agacha hasta quedar a su altura. Lentamente, la morena revuelve sus cabellos y sonríe dulcemente.
—Eren, por favor —susurra suplicante, pidiéndole un esfuerzo necesario para la felicidad de todos—, no lo hagas más difícil —murmura con quebrada—. Tu hermana quiere ser feliz —añade con tristeza.
Porque todos conocen la historia de Mikasa, todos saben por lo que la pequeña pelinegra ha pasado y nadie quiere que siga ardiendo en un fuego insoportable por mucho tiempo más. Un fuego que manifiesta la tristeza, melancolía y pérdida a la que se ha visto sumida desde aquel fatídico día. No obstante, y aunque él lo supiera, Eren no quería que Mikasa fuera feliz con él.
—Por eso mismo, mamá —asiente bajo las blancas y suaves mantas—. Quiero que Mikasa sea feliz con un hombre que la merezca —Su hermana merece a alguien mejor, alguien que sepa cuidarla y que la aleje de aquel oscuro pasado; alguien que, si ella no es capaz de encontrar, él lo encontrara por ella. Cueste lo que cueste—, no con él —gruñe al recordar el rostro de su futuro cuñado.
Ajenos a la conversación que dentro se lleva a cabo, la menor de la casa y el patriarca de la familia permanecen sentados uno al lado del otro en silencio. Durante más de cinco minutos, el menudo hombre había tratado de hablar con ella, saber qué sentía y, además, conocer las razones que habían impedido verse a escondidas la noche anterior. Pero, y aunque para él sea algo complicado de aceptar, Mikasa no parece estar por la labor. Por ello, un enfurecido Levi decide dar el golpe en la mesa y aclarar las cosas de una vez por todas. O al menos las dudas que él aún presentaba.
—¿Porqué tan sola, Mikasa? —habla mirando al frente y obteniendo un tortuoso silencio como respuesta. Sus manos se encogen, convirtiéndose en puños, mientras chasquea la lengua con repugnancia—. Te estoy hablando, mocosa —sisea casi envenenado.
Contra las cuerdas, Mikasa se encoge de hombros con cierta dificultad y dibuja una mueca de despreocupación que llega a desfigurar levemente su rostro. Su ceño sigue fruncido y, en algún que otro momento, es ella misma quien decide mostrar sus dientes en un acto de cólera.
—No te incumbe —se limita a contestar la aludida.
Consternado por las dificultades que la muchacha presenta a mantener una simple revelación en solitario, Levi se lleva las manos al rostro y suspira. Él no había conocido a la fría Mikasa años atrás, tampoco tenía constancia de que, en el pasado, Mikasa hubiese podido relacionar la palabra "odio" con su nombre. Y por primera vez en su experimentada vida, el que fue capitán y mejor soldado de la humanidad, no era capaz de librar la más ardua batalla de su vida contra un enemigo mucho más fuerte y peligroso que un titán.
—Hoy se cumplen siete años —recuerda por sorpresa y haciendo que, por primera vez en aquel lugar, Mikasa le miré fijamente a los ojos.
Ésta ultima le observa anonadada. ¿Él recuerda la fecha exacta? ¿Él es capaz de recordar el día en que, por primera vez, sus caminos se cruzaron? Impresionada, la única Ackerman traga pesadamente y parpadea con perplejidad. A su lado, Levi sonríe disimuladamente y moja sus secos labios con su áspera lengua. Su mano derecha, anteriormente apoyada contra la húmeda hierba, ahora se encuentra encima de la cabeza femenina y revolviendo sus largos y sedosos cabellos. Esos cabellos que él tantas noches olió y acarició sin límite. Esos cabellos de los que, a día de hoy, aún no se ha cansado de ver, oler o acariciar.
—Has crecido mucho, Mikasa —dice con cierta diversión con la que sólo ella ha podido tratar.
—Soñé sobre ello —se apresura ella a añadir.
Las palabras de la chica no impresionan al que fue soldado, pero llegan a conmoverle muy internamente. Él también había recordado el primer día que se vieron durante su espera en el baño. Aunque, y sincerándose con él mismo, Levi sabe que no sólo recuerda los momentos vividos junto a ella en días como éste. Porque, siendo sincero consigo mismo, Levi debe recordarse que, como todas las noches, él acaba soñando con ella, con todo aquello que vivieron juntos y con todo lo que les quedó por vivir. Por ello, y por muchas cosas más, a Rivaille le duele que ella decida no aceptar su invitación. Pero le duele mucho más, que ella no quiera vivir, ahora, todo aquello que no pudieron vivir en el pasado.
—¿Por éso no viniste como te pedí? —menciona con la mirada perdida en el horizonte.
—No tenemos nada que hablar —decide contestar sin obsequiarle con una de sus fulminantes o vacías miradas hacia él—. Tú eres mi padrastro y yo tu hijastra —recalca en la misma posición —Y ante sus palabras, Levi queda helado.
Es tanta la incomprensión que alberga dentro de su pecho que, si no fuera gracias a su autocontrol, Rivaille hubiera perdido la cordura instantes atrás, haciendo de la situación un campo de batalla.
—Mocosa, escúchame...
Sus manos rozan la piel expuesta de la fémina, pero instintivamente, al notar un nuevo toque entre ambos, Mikasa muestra sus dientes y gruñe por lo bajo, incitando la salida de la furia dentro del menudo cuerpo del antiguo capitán.
—No —dice contundente y sin querer dar marcha atrás—. La felicidad de mamá está por encima de la mía —sentencia sin emoción.
—Pero no de la mía.
Su voz sale fría, casi helada. Ninguna emoción permanece en ella y ni tan siquiera la anterior respuesta de Mikasa es rival para la frialdad que él ha transmitido. Sin embargo, y mucho más sorprendente que su tono de voz, para Mikasa es la respuesta que acaba de darle a su sentencia.
—Eres egoísta, Rivaille —gruñe evadiendo sus grisáceos ojos.
Cansado por no ser observado, Levi se levanta con el menor ruido y se posiciona delante de ella, obteniendo toda su atención y todo lo que necesita de ella. Los dos pares de ojos conectan, se funden entre ellos y en ambos nace un brillo especial. Un brillo que sólo pueden tener el uno para el otro.
—Te seguiré esperando todas las noches en el mismo lugar y a la misma hora hasta que marches junto a tu prometido —asegura el hombre agachándose hasta quedar a su altura y, además, a pocos centímetros de distancia de su frágil figura.
Al escucharle, lo único que Mikasa puede hacer es bufar y volver a encararle, ésta vez, con más fuerza que antes. El hombre no entiende el esfuerzo que hace, tampoco los sueños que la torturan casa noche y la tientan en ir con él para perderse entre sus brazos. Porque, aunque él no pueda verlo, ella lo desea y quiere estar con él, pero es algo imposible. Ella prometio a su hermano hacer feliz a su madre y, destruir la relación que la mantiene en un estado de felicidad interminable, no hará feliz ni a su madre ni a Eren. Y eso, la pequeña Ackerman no puede permitírselo.
—Es que no me has...
Las grandes, y por culpa de la humedad, frías manos de Levi se posicionan en ambas mejillas femeninas sorpresivamente. Sin embargo, y antes de que Mikasa pueda finalizar la oración, sus labios impactan contra los de su padrastro. Los anchos ojos femeninos se abren de par en par al reconocer cómo, con quién y dónde se encuentra. Pero, y luchando contra su voluntad, Mikasa no puede hacer nada más que rendirse ante la caricia de su nuevo padre y dejarse besar por él.
Intuitivamente, Levi rodea la estrecha cintura de la pelinegra con sus brazos al reconocer que ha ganado la batalla. Ella, sumida en un paraíso que sólo ellos dos comparten, arquea su cuerpo, pega su pecho y parte de su abdomen contra él. Levi la aprieta firmemente contra él, temeroso de que intente escapar o de que todo lo que está ocurriendo sea una de sus tortuosas fantasías nocturnas de las que es víctima cada noche.
Ambos labios se vuelven a juntar en un segundo beso, mezclando sensaciones, respiraciones, sentimientos y texturas. Durante el beso, Mikasa se siente totalmente feliz al sentir a Levi correspondiéndole con el mismo deseo y anhelo que ella le transmite a través de la íntima caricia. La pelinegra se sorprende y aferra sus manos alrededor de su cuello, haciendo suspirar al hombre que se encuentra delante y a ella misma. La masculina lengua entra con fuerza dentro de su cavidad bucal, dominando la situación y guiando a la muchacha a hacer lo mismo que él se encuentra haciendo.
Varios gemidos, suspiros y jadeos son expulsados por parte de ambos al empezar a tener que separarse por la falta de aire.
—Entremos de una vez, todos están preocupados por ti.
