Disclaimer: InuYasha, su historia y sus personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, yo simplemente los tomé prestados por un tiempo indefinido para escribir esta historia sin fines de lucro.
Fatum
Por: Samantha Blue1405
Capítulo 4: Fatum's Coffee
"Nunca terminó lo que nunca comenzó.
Tú y yo
tenemos un amor pendiente,
pero vamos a llamarlo café,
que da menos miedo".
A Pesar de Todo. Tú y yo nunca fuimos nosotros – Selam Wearing
Al día siguiente, a las cuatro en punto de la tarde, siguiendo un impulso inexplicable e irracional, Rin salió de casa de sus primos, sola.
Rumbo al café.
A media calle, aminoró el paso y se arrebujó en su chaqueta marrón chocolate. No hacía tanto frío como el día anterior, pero lamentó no haberse puesto un anorak. Pero más lamentaba haber sucumbido a la tentación. ¿Qué carajos estaba haciendo ella ahí? Lo de ayer había sido una simple y llana coincidencia, pero esto… ¡esto era un suicidio! ¿Qué esperaba, eh? ¿Encontrarlo allí de nuevo? O, ¿asegurarse de que él no creía en la posibilidad de verla otra vez y, por ende, no estaría en el café? O… ¿tal vez convencerse de que él no tenía interés alguno en ella? ¿O todo lo contrario?
— No, no, no, no —musitó, deteniéndose a escasos metros de la entrada, más y más confundida a cada paso que daba. La cabeza le daba vueltas como un carrusel con tantas preguntas—. ¡Esto es un error, Rin!
Presa del pánico, echó a correr de regreso a casa, pidió un taxi y fue al otro extremo de la ciudad, a uno de los museos que le faltaba por visitar. Con suerte eso la mantendría ocupada hasta que sus primos salieran de trabajar y alguno de ellos pudiese llevarla a casa.
Sin embargo, a pesar de todo, al día siguiente y a la misma hora, Rin se encontraba de nuevo en la misma acera: Justo a escasos cinco metros del café.
Ni siquiera había sido verdaderamente consciente de estar yendo directo allí cuando salió de casa de sus primos. Pero ahí estaba, como si una fuerza invisible y poderosa la hubiese halado hasta aquel café. El corazón le latía desbocado y sentía la respiración pesada, como si anticipara que algo, bueno o malo, estaba a punto de suceder. Se llevó una mano al pecho, que se movía tan rápido como el aleteo de un colibrí, y metió la otra en el bolsillo del abrigo para resguardarla del frío. El mismo abrigo beige que había usado la noche en que todo inició. Hundiendo la barbilla en la bufanda de suave y esponjosa lana naranja, terminó de acortar la distancia tras una larga exhalación.
Y no fue sino hasta que estuvo frente a la puerta, que reparó en el nombre del lugar: "Fatum's Coffee".
— Qué curioso… —susurró, levantando la vista al anuncio estilo latín clásico sobre la entrada, con una imitación de escritura antigua bajo una representación de Ananké, diosa madre de las Moiras y el destino, sentada en un majestuoso trono.
Con razón el interior del café tenía una onda muy mediterránea, repleto de fotografías y replicas en miniatura de templos y antigüedades griegas y romanas, especialmente de Ananké, su esposo Chronos y las Moiras.
Diciéndose que todo no debía ser más que una curiosa coincidencia, Rin dio un hondo suspiro y empujó la puerta.
El aire cálido y cargado con el aroma del café y el pan recién horneado le dio la bienvenida en cuanto puso un pie dentro, pero no se movió. Desde allí, escaneó el lugar sin saber muy bien qué hacer si él estaba dentro. Seguramente se echaría a correr, o peor aún: se paralizaría viéndolo de arriba abajo, embelesada.
Por suerte el desconocido no estaba, y Rin dejó escapar todo el aire que no sabía había estado conteniendo.
Soltó por fin la manija de la puerta y terminó de entrar, permitiendo que los aromas, los colores y la suave música la envolvieran, transportándola a algún café pequeñito en un escondido rinconcito de Santorini. Sin embargo, por más acogedor que le pareciera, al igual que el otro día, el café estaba más bien solo, y la mesa que había ocupado con Ayame la tarde anterior estaba libre. Rin fue directo a ella. Desde allí tendría una buena vista de la puerta y quedaría algo oculta también. Se quitó la bufanda y se desabrochó el abrigo, revelando un sencillo suéter de punto albaricoque. Según el pronóstico del clima, los días serían más y más fríos, con unas cuantas horas de sol a media mañana o a eso del mediodía. Un crudo invierno.
El mismo mesero del otro día se acercó para atenderla, y Rin pidió un Mocca Latte con adición de chispas de chocolate. Sacó de la cartera un librito de poesía que había comprado hacía meses y lo abrió sobre la mesa. Había sido una recomendación de su ex, la obra cumbre de un poeta italiano poco reconocido y con 'una particularmente oscura perspectiva de la vida y la sociedad', le había explicado él con vehemencia, maravillado con la idea de que Rin se interesara por uno de sus escritores favoritos. Pero ella apenas y había leído unas cuantas paginas justo antes de que una repentina gira de negocios por Seúl, Macao y Taipéi la alejara del libro y también, irrevocablemente, de su prometido. Para siempre.
Había sido precisamente durante esas casi tres semanas de viaje que él, sin consultarle, había substraído buena parte del dinero de la cuenta mancomunada. Rin había estado tan ocupada, yendo de una junta a otra, de una conferencia a alguna comida de negocios, que al final del día llegaba rendida al hotel y sólo atinaba a intercambiar un par de palabras con sus papás antes de desplomarse en la cama. Ni siquiera había prestado atención a los mensajes de texto del banco avisándole del retiro del dinero, y sólo se había dado cuenta cuando su asesor bancario le había enviado un e-mail con el extracto de los últimos movimientos del mes y el nuevo saldo de la cuenta.
Rin, que había confiado ciegamente en su flamante prometido y que jamás esperó semejante golpe bajo, había montado en cólera. Una cólera sin precedentes y tan violenta, que lo arrasó todo. Ni el prolongado viaje de negocios, ni su poca comunicación ni ninguno de los demás argumentos que él le había dado en su momento, por validos que pudiesen haber sido, excusaban su falta. Y mucho menos lo excusaba de tener la cabeza tan hueca como para confiar en aquel agente embustero y charlatán.
No era el dinero lo que él había hurtado como si nada aquella tarde, era la confianza. Si Rin no podía confiar en su futuro esposo, ¿entonces cómo pretendían llegar a formar un hogar?
Rin sacudió la cabeza y, cuando llegó el mesero con su Mocca, decidió olvidarse definitivamente de ese penoso incidente y de su ex, y concentrarse de una buena vez en la lectura. Y especialmente, en el porqué estaba allí. Dio un sorbo a su bebida para replegar por completo el frío y los recuerdos, y esperó. Esperó, aunque no sabía a ciencia cierta qué esperaba.
Cada tanto, echaba miradas disimuladas a la puerta, fingiendo indiferencia con el codo apoyado en la mesa y la mejilla recargada en la mano, bebiendo café de vez en cuando y pasando páginas sin siquiera leerlas realmente. Y de pronto, con el rabillo del ojo, atisbó un nuevo movimiento en la puerta, y levantó la cabeza. Su corazón dio un tremendo salto y casi le salió por la boca, mientras un tímido rubor ascendía a sus mejillas.
"¡Vino!"
Justo a la misma hora del otro día, sobre las seis treinta. Ahí estaba él, su guapísimo Capitán Butler.
Y no sabía si alegrarse o salir corriendo, pues en cuanto él asomó la cabeza plateada por la puerta, sus inquietantes ojos ámbar volaron inmediatamente a su mesa, exactamente a ella. ¡Como si supiera con certeza que estaba ahí, aguardando por él! Como si él viniera única y exclusivamente en su búsqueda. Y esto despertó un peculiar aleteo de placer bajo su piel, intensificando el ardor en sus mejillas.
Rin tragó grueso y, aunque requirió de un esfuerzo titánico, apartó la vista de sus preciosos ojos y volvió al libro, buscando desesperadamente un verso al azar. ¡Necesitaba con urgencia enfocarse en algo! Una palabra, una coma, ¡lo que fuera menos la oleada de emoción y pánico que circulaba por sus venas!
Pero Rin era demasiado consciente de su mirada depredadora fija en ella, examinándola como si pudiese atravesar las capas de ropa y develar cada una de las partes que él conocía perfectamente, y luego, llegar al fondo mismo de su alma. Al lugar exacto donde Rin Higurashi había almacenado en un acorazado todos los recuerdos de aquella noche de octubre. Su mirada era tan potente que le erizaba los vellos de la nuca, y le aceleraba el pulso cada vez más.
Pasó una página, fingiendo leer con suma concentración, como si su vida dependiera de ello. Con el rabillo del ojo, logró ver como él también ocupaba la mesa de antes, dos mesas a su derecha. Se sentó de espaldas a la puerta, de tal forma que sólo pudiese verla a ella. ¡Y no dejaba de hacerlo! Ni por un segundo. Al asecho, como un animal cazador y hambriento. Justo como lo había descrito Ayame el otro día. Y, recordando también su imitación del chillido de un animal agonizante, Rin interpuso una espesa cortina de cabello azabache brillante entre ella y aquel desconocido. Lo último que deseaba era convertirse en aquel animal agonizando en las fauces del lobo feroz.
Escuchó al mesero acercarse a él para atenderlo, y sólo entonces, con el mesero bloqueándole la vista hacia ella, Rin se atrevió a echarle un vistazo a hurtadillas y más detallado a su misterioso Capitán Butler, retirando sólo un poco su lacio cabello.
Su Capitán Butler llevaba hoy otro abrigo tipo gabán, pero esta vez de un tono de azul noche que resaltaba sus ojos cual si fuesen estrellas muy, muy brillantes. Y sí: lucía como una celebridad. Llevaba guantes de cuero negro, una camisa celeste, pantalones de tweed oscuros y chaleco de vestir a juego. Sin corbata, advirtió. Y tuvo la impresión de que tal vez se la había quitado antes de llegar al café. ¡Pero estaba guapísimo con lo que sea que usara!... O dejara de usar.
Rin se sonrojó aún más, y mientras contemplaba la porción de garganta que los botones abiertos de la camisa dejaba al descubierto, una extraña sensación de anhelo se apoderó de ella, tan feroz como si le golpearan la boca del estómago con un bate, dejándola sin aire. ¡Quiso saber qué se sentiría ser quien anudara sus corbatas al despuntar el alba, y las desanudara al finalizar el día!
Y se hizo insoportable la imperiosa necesidad de tocarlo, de pasar la yema de los dedos por ese diminuto triangulo de tersa piel nívea. De nuevo. Le picaban los dedos. Y los ojos también. Recordaba con suma lucidez cómo era ésa porción de piel al tacto, y la miríada de pequeñas descargas eléctricas que había desencadenado un simple roce de sus dedos, sus uñas, labios o su lengua por allí.
Rin apretó las piernas, mordiéndose los labios, y soltó un suspiro de crudo desasosiego, volviendo la vista a su rostro perfecto, y ahogó un grito al descubrir que el mesero se había movido y el desconocido la miraba de lleno, ignorando por completo lo que sea que el chico le estuviese diciendo.
Sus miradas se engancharon por eternos y escasos segundos, pero fue suficiente para que Rin palideciera y luego enrojeciera, virando el rostro de vuelta al libro, con el latido ensordecedor de su pulso en los oídos.
— ¿Qué estás haciendo, Rin? —murmuró, escandalosamente roja y pasando otra página con los dedos temblorosos y sudorosos.
Pescó una chispa de chocolate casi intacta con la cucharita y dio otro sorbo a su bebida, centrándose en la forma en que la deliciosa mezcla entre el cacao y el café danzaba en su lengua, relajándola un poco y permitiéndole pensar con algo más de lucidez.
Ya no quedaba mucho Mocca Latte en su taza, pero si pedía otro justo ahora, el desconocido podría creer que se quedaba sólo por él, para coquetear o algo así. ¡Y eso era lo último que quería!: darle a entender que le seguiría el juego. Darle alas.
No obstante, sí que le gustaría tener el suficiente valor para ir a su mesa, sentarse frente a él y plantarle cara. Pero aunque fuese tan valiente, ¿qué le diría? "Ey, gracias por la mejor noche de mi vida. No puedo dejar de pensar en ti. Y, ¿te cuento algo?: Me toqué pensando en ti. ¡Y eso nunca lo había hecho antes!"
— Eso sería vergonzoso —rumió por lo bajo, ocultando su rostro caliente de él tras la cortina de cabello.
Vergonzoso e ilegal, se recordó. Y sería aún más vergonzoso preguntarle si tenía algún problema con ella. Después de todo, el Fatum's Coffee era un lugar público y libre, y él ni siquiera había hecho intentos por hablarle o acercarse. Aunque con semejante forma de mirarla, no necesitaba palabras o acortar la distancia.
— Todo está en tu mente, Rin. Nada más.
Tal vez él ni siquiera venía por ella, se dijo. Tal vez frecuentaba ése lugar desde mucho antes. Y ella era la intrusa. Seguramente eso era así.
Rin apuró el café y cerró el libro con un golpe seco. Haría lo que su sentido común le decía: No tenía por qué estar allí, ni siquiera debió ir. Recogió sus cosas y se anudó la bufanda en el cuello, puso dinero suficiente sobre la mesa, y huyó.
No tenía por qué hacerse esto. Era de masoquistas, se decía una y otra vez mientras atravesaba la puerta del café sin siquiera dedicarle una última mirada fugaz al desconocido o volver la vista atrás. Cruzó la calle y, al igual que el día anterior, tomó un taxi al centro de la ciudad. Dar un paseo por algún parque iluminado le haría bien.
— Adiós, Capitán Butler. Para siempre.
Esta vez sí sería para siempre.
La tarde siguiente, Rin puso todo su empeño en distraerse. Afortunadamente, a eso de las dos treinta, recibió una llamada de Sango, quien tenía un inconveniente con el poco amigable software de gestión empresarial de la farmacéutica. Y Rin le ayudó a resolverlo gustosa, consumiendo buena parte de su tiempo de ocio.
Pero poco antes de las seis, estaba sentada frente a la tele, pasando los canales, conteniendo apenas la ansiedad, con los dedos ensortijados en torno al control.
Veinte minutos más tarde, Rin estaba en el Fatum's Coffee, sin saber muy bien cómo ni para qué.
Se sentó en la misma mesa, con el mismo libro y pidió el mismo Mocca Latte con adición de chispas de chocolate, y esperó, avergonzada de su poco autodominio y disciplina. Y un poco asustada también, debía admitir. Y si no se equivocaba, él llegaría a las seis treinta. En sólo cinco minutos.
No tardaría, se dijo con el estómago hecho nudos.
Sin embargo, él no llegó a las seis treinta... Ni a las seis y cuarenta. Ni a las siete. Y tampoco a las siete y quince.
Los minutos pasaban y pasaban, interminables, y Rin se sentía desesperar con cada infame tic-tac del reloj con números romanos de la pared. El pecho se le contraía cada que sonaba la puerta, levantaba la vista y descubría que no era él quien entraba. Tragaba el inexplicable cúmulo de lágrimas atorado en su garganta y volvía al libro, convenciéndose de que ya llegaría, de que seguramente habría tenido algún percance. El tráfico, tal vez. Seguramente era eso, se convencía parpadeando muy rápido para disipar las lágrimas.
Cuando acabó su segundo Mocca Latte, casi a las ocho menos tres, los ojos se le llenaron de lágrimas. Y un millar de posibilidades a las que no había querido hacer frente desde hacía horas, asaltaron su mente como un huracán.
Al igual que cuando lo conoció, era viernes en la noche, lo que significaba que él podría estar viendo una clienta justo ahora, mientras ella lo esperaba como una vil tonta, a punto de un coma diabético de tanto beber Mocca Latte con adición de chispas de chocolate.
Rin parpadeó lágrimas. Mientras ella no dejaba de mirar a la puerta con los ojos llorosos y llenos de ridículas e imposibles esperanzas, él seguramente estaba haciéndole a otra lo mismo que le había hecho a ella aquel viernes: Besándola y acariciándola como si fuese una mujer única; susurrándole palabras dulces en otro idioma para que ella cayese en el juego de su seducción y se entregara a él por completo.
Ésa de seguro era su táctica: las seducía, las hacía sentir especiales para que le proporcionaran tanto placer como les fuese posible. Ésa era su manera de hacer un poco más ameno su trabajo, al igual que cuando ella ponía a Bruno Mars durante los cierres contables del mes. ¿Qué podía ser mejor en el mundo que un mega-polvazo con una mujer caliente y dispuesta por mínimo diez mil pavos? Y ella había sido tan tonta de caer en su treta, entregándole toda la pasión que no le había entregado nadie jamás en veintisiete años de vida.
— ¡Qué tonta! —se reprendió furiosa, con absurdos celos carcomiendo los bordes de su alma.
¿Cómo pudo Ayame soportar eso por meses? ¡¿Cómo?! Saber que su misterioso Rhett Butler podía estar teniendo sexo salvaje e increíble con cualquiera, mientras ella llevaba las cuentas de La Sucursal del Infierno. Rin no llevaba ni cuatro horas de aquella incertidumbre, y quería echarse a llorar. Se sentía tan estúpidamente traicionada. Y ni siquiera tenía tantos motivos como de seguro los habría tenido Ayame para sentirse así.
Con un movimiento brusco, limpió las lágrimas que se habían arremolinado bajo sus pestañas y amenazaban con caer. Ayame tenía razón: el sexo sin apegos no era lo suyo. Le era imposible verlo como sólo coito. Aquí estaba: queriendo llorar porque un gigoló caro y absurdamente guapo la dejó plantada en una cita que sólo existía en su cabeza; e imaginando que seguramente era una mujer especial para él, cuando probablemente todas eran igual a ella en sus brazos: dispuestas, calientes, húmedas y fáciles de engatusar.
— ¡Prfff!... Eres tan tonta, Rin. —Sorbió por la nariz y, con un puchero triste, recogió sus cosas y pidió la cuenta.
¿Qué le había dado pie para creer algo así? No existía nada tangible que la alentara a ello. Estaba contando con las ganancias antes de hacer la venta; un error de principiantes que podría llevarla a la quiebra si no se andaba con cuidado. Se había armado toda una novela sosa en su cabeza, y ni leía ese tipo de libros. Siendo sinceros, ni tenía tiempo de leer.
No dejaba de ser una niña ingenua, justo como decían sus hermanos y sus primos. La niñita ingenua que otrora rescataba avecillas lastimadas del jardín, y que cada tanto regalaba a las ancianas de mirada triste del parque las costosas y rarísimas orquídeas que su mamá cultivaba para vender, simplemente porque creía que eso las haría sonreír.
La misma niñita tonta y crédula a la que su prometido le había visto la cara, robándole casi tres mil dólares en sus mismas narices.
¡Pero era hora de despertar! ¿Qué quería? ¿Acabar convertida en la amante de turno de un gigoló calavera; en su juguetito nuevo? O que, además de gigoló caro, fuese un timador y se aprovechara de ella, extorsionándola, amenazándola con denunciarla a The Agency para sacarle dinero, no sólo a ella sino a Sango y Ayame.
Rin se estremeció de mero pánico. ¡Por Dios!, no sólo estaba jugando con fuego, sino arriesgando a sus amigas por un capricho ridículo con un hombre que se ganaba la vida seduciendo a las mujeres, y haciéndole toda clase de cosas deliciosas para que ellas siempre quisieran repetir con él. Una y otra vez. Mil veces más. Así eran los negocios: mayor demanda, mayores ganancias. Y seguramente como Scarlett O'Hara-21 no había solicitado otra cita con él, le causó curiosidad que se le resistiera. Oh sí, porque un hombre como él debía saberse muy irresistible. Y por eso había venido ayer, para tentarla de nuevo ahora que la había encontrado de casualidad. Para asegurar una nueva venta. A nadie le vendría mal diez mil dólares en el bolsillo por tener sexo con alguien como ella que, si bien no era Scarlett Johansson, también tenía lo suyo. Era joven y algo guapa, no una anciana depravada.
— Y aquí estás, idiota —masculló, atravesando la puerta y yendo a casa con paso furioso.
No volvería a poner un pie en ese lugar nunca más. ¡Nunca! No caería en la tentación de ese dios del sexo malvado y cruel. Sólo era un infeliz gigoló ambicioso y sinvergüenza. Nada más, ni nada menos. Sin ninguna de las tantas virtudes imaginarias que ella le había atribuido inconscientemente.
¡Qué bueno era haber despertado!
Al día siguiente, como lo prometió, se mantuvo lo más alejada que pudo del Fatum's Coffee. Salió al almorzar a un bonito restaurante campestre con sus primos y su tía. Los cuatro pasaron la tarde comprando suvenires en el mercadillo de una pequeña villa cercana, y al caer la noche fueron a uno de los espectáculos de luces repartidos por toda la ciudad por la temporada.
El domingo se quedaron en casa, cocinando y viendo películas hasta bien entrada la noche. Y Rin resistió con entereza, e incluso consiguió no pensar mucho en él cuando había alguna escena subida de tono, ni mientras veían la repetición de Pretty Woman [1]. Aunque el desconocido no era ni por asomo vulgar como Vivian, ni Rin tenía las canas o los millones de Richard Gere en la película.
Pero Rin no se engañaba tan fácil: su resistencia se debió en gran parte a que el Fatum's Coffee no abría los domingos.
Y justo como imaginó, el lunes la situación fue totalmente diferente. Una ansiedad absurda formaba nudos en su estómago y le hacía enroscar los dedos de los pies. Y estar sola en casa con el gato con sobrepeso de sus primos no era un distractor lo suficientemente fuerte para mitigar la tentación y el anhelo de verlo. O, por lo menos, de ir a comprobar que él no llegaría.
Sin pensar en nada y mandando todo al carajo de nuevo, se puso unos vaqueros desgastados y un suéter negro. Agarró su chaqueta marrón, la bufanda naranja y los botines marrones, y corrió al café, maldiciéndose internamente una y mil veces por ser tan irremediablemente estúpida. Una tonta redomada. A eso la reducía él.
Atravesó la puerta del Fatum's Coffee a las seis en punto, resollando por el esfuerzo, con las mejillas y la nariz enrojecidas y algo irritadas por la brisa helada de aquella tarde. Escaneó el lugar en busca de su mesa, llevándose una tremenda sorpresa: ¡Él estaba allí! Justo en su propia mesa.
Rin jadeó con los ojos abiertos de par en par, sin poder apartarlos de él. Iba con una chaqueta informal marrón sobre un suéter verde oliva oscuro, y se veía tan guapo como siempre. Su chaqueta era apenas un tono de chocolate más oscuro que la de ella, como si se hubiesen sincronizado, pensó.
Y pese a que su expresión era de absoluta impasividad, no dejaba de mirarla como si fuese la única mujer o persona sobre la faz de la tierra. Cómo si nadie más existiera para él.
"Ése es su truco, Rin. ¡Recuérdalo! Es sólo un redomado conquistador."
Rin entornó los ojos y levantó la barbilla, altiva, y tras darle su mirada más fría e indiferente, viró el rostro y buscó una mesa libre lejos, lejísimos de él. No le daría el gusto de irse sólo porque él estaba allí, ocupando SU mesa. No, señor. Si alguien tenía que largarse, ése sería él, porque ella acababa de decidir que tenía algo que demostrarle y demostrarse a sí misma.
Era hora de dejar de actuar como una cándida niñita crédula y empezar a hacerlo como lo que era, una mujer adulta y exitosa.
Como los días estaban cada vez más fríos, el sitio estaba más lleno de lo usual, y Rin sólo halló una mesa al fondo, lejos de él pero en la misma hilera, así que estaban casi frente a frente, separados sólo por unos cuantos metros. Pero estaba decidida a ignorarlo. No lo miraría ni una vez. Ni una sola jodida vez.
Sacó el librito de poesía y lo interpuso entre ambos.
— Canalla, mujeriego, gigoló calavera… —rumió, y así continuó su larga lista de insultos, inexplicablemente furiosa.
Pero una partecita muy profunda de ella reconocía que, lo que realmente tenía eran celos. Vanos y estúpidos celos sin sentido. ¡Cómo si tuviese algún derecho u obligación de sentirlos!
Iba por el décimo u onceavo insulto tal vez, cuando el mesero de siempre se le acercó. Rin le sonrió y él, en lugar de entregarle la carta, le dejó un calentito Mocca Latte con extra-adición de chispas de chocolate sobre la mesa. Rin arrugó la cara en un puchero infantil y encantador, interrogándolo con la mirada. Pero su corazón, que parecía conocer la respuesta antes que su cerebro, dio un salto y se desbocó sin control.
— El hombre de allá lo envía —le indicó con una cabeceada la mesa del desconocido.
Rin enrojeció, pero obligándose a mantener la compostura, le lanzó una fugaz mirada fría y desdeñosa al Capitán Butler, antes de volver al mesero.
— No acepto bebidas de desconocidos. ¿Podrías regresársela? —le sonrió amable—. Y podrías traerme un Latte de vainilla y canela, por favor —pidió, con el único fin de que al chico no le quedara más remedio que devolverle el Mocca Latte a ese sinvergüenza y servirle otro diferente a ella.
Sin borrar la sonrisa edulcorada, alzó la nariz y volvió la vista al libro, lamentando la perdida de aquella provocativa extra-adición de chispitas de chocolate, ¡que ya empezaban a derretirse! ¡Justo como le gustaban!: a medio derretir, blandas por fuera y aún congeladas por dentro.
El mesero tomó su orden y, mascullando algo entre dientes, se llevó el café y lo dejó sobre la mesa del desconocido.
"¡Toma eso, libertino descarado!"
Rin trató de disimular una pequeña sonrisa triunfal, conteniendo apenas el impulso de volver el rostro y ver la expresión de desconcierto del desconocido. Pero ¡tenía que ignorarlo a como diera lugar! Tenía que demostrarle a él y a sí misma que le era indiferente, que podía ignorarlo.
¿Qué creía ese canalla sinvergüenza? Que con un ridículo café iba a caer rendida a sus pies, luego de haber estado haciendo quién sabe qué con sólo Dios sabía cuántas mujeres. ¡A saber con cuántas se había acostado desde que se estaban viendo en el café!, y con cuántas más lo había hecho desde que se conocieron. Y también, cuántas veces lo habría hecho con cada una de ellas en el tiempo que duró cada cita.
¡Estaba celosa! Verde de celos. No eran más que celos estúpidos aunque le doliera admitirlo. Gruñía en su fuero interno y la cabeza le daba vueltas sacando cuentas, sumando y multiplicando todos los polvos a sus espaldas.
— No es hombre para ti. No necesitas un hombre así —masculló con los labios prietos, sin levantar la vista del libro.
Ni poetas, ni médicos, ni contables y, mucho menos, gigolós.
No volvería a ese café nunca. Nunca. ¡Jamás! Y ésta vez iba en serio.
Al permanecer en el Fatum's Coffee le había dejado clarísimo al desconocido calavera que no le tenía miedo, que no huiría de él. Y también, que no quería nada de él al rechazarle su estúpido café. "¡Ojalá te quede bien claro, malvado dios del sexo!" Porque, de ahora en adelante, eso fue para ella: sólo sexo. Acababa de demostrárselo a él y a sí misma. Nada de sentirse única ni especial, ni ligada a él de ninguna manera sobrenatural. Y, por sobre todo, nada de eso de "algo casi mágico cercano a hacer el amor". Sólo fue sexo salvaje y maratónico. Puro y duro. Nada más.
— ¡Sí! —se dijo, pasando una página sin leer y tomando un sorbo de café. No era Mocca y no tenía deliciosas chispitas, pero estaba calentito.
Levantó la mirada para echarle un vistazo rápido, y su corazón dio un vuelco: ¡Estaba mirándola como si no hubiese hecho absolutamente nada más en todo este tiempo!
Y Rin se preguntó, ¿qué misterio tenían sus ojos dorados que la hacían sentirse tan especial para él, tan única?
No supo cuánto tiempo quedaron enganchados, hasta que él esbozó aquella sonrisa perezosa y retorcida, extremadamente fría. La respiración de Rin se aceleró y sus mejillas se encendieron. Entonces, él se llevó uno de sus largos dedos de pianista a los labios. Y por un momento Rin no supo cómo respirar. Instintivamente ella entreabrió los suyos, deseando saborear esos pecaminosos labios como tantas veces había hecho en sueños. Y había soñado con ellos más veces de las que le gustaba admitir.
Él no borró su sonrisa retorcida mientras daba suaves golpecitos a su labio superior, cerca de la comisura derecha, como invitándola a acercarse. Tentándola. Ofreciéndole su boca prohibida. Y Rin tuvo que apretar las piernas y tragarse un gemido, evocando cómo ese mismo dedo había dado golpecitos similares a su cúmulo de placer aquella noche, haciéndola arder y explotar.
Rin tragó grueso, y él volvió a dar suaves golpecitos a su labio, acentuando su sonrisa retorcida y masculina, como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando. Todas esas imágenes calientes y eróticas que pasaban por su cabecita. Pero también parecía estar… ¿indicándole algo?
Rin entornó los ojos, ¡y captó!
De inmediato, apartó la mirada de él y se llevó los dedos a la boca. "¡Mierda!" ¡Justo donde él le había indicado, tenía espuma de café con canela!
Maldiciendo por lo bajo, sacó la puntita de la lengua y lamió un poco, sin podérselo creer aún, y luego tomó la servilleta de papel y se aseguró de limpiar todo.
Cuando volvió a alzar la vista, él ya no sonreía. En absoluto. Su mirada dorada, oscura y caliente, estaba fija en sus labios. Mantenía los dientes tan apretados, que un músculo se agitaba en su mandíbula al tiempo que sostenía con fuerza excesiva el borde de la mesa con ambas manos. Parecía que en cualquier momento fuese a saltarle encima para devorar sus labios, mordisquearlos y lamerlos hasta quedar saciado, o hasta partírselos.
Y Rin recordó cómo esa boca había reptado por todo su cuerpo, y todas las cosas deliciosas que había hecho, y gimió por lo bajo. Sus pezones se endurecieron como guijarros ante el recuerdo de esos dientes y esa lengua, raspándolos y lamiéndolos, y de la sensación de sus labios succionándolos con avidez. Y ella tenía la plena certeza de que sus besos serían igual de apasionados y hambrientos. Él no dejaría ni un solo recoveco de su boca sin explorar, se tomaría su tiempo hasta dejarla con las piernas temblorosas y totalmente excitada. Sólo con un beso. Uno solo bastaría.
Sus ojos dorados entornados atraparon los suyos otra vez, demandantes. Y el viento invernal que azotaba las calles fuera del café pareció llevarse a todas las personas a su alrededor, porque de pronto, sólo eran ellos dos. Completamente a solas en el Fatum's Coffee.
La electricidad parecía crepitar entre ellos, incitándola a acortar la distancia y acceder a sus órdenes tácitas. Y Rin se sobresaltó cuando fue consciente de estar empezando a moverse un poco. ¡A levantarse para ir con él!
Rin soltó un sonoro jadeo, rompiendo el contacto visual, con la respiración entrecortada. Volvió a acomodarse en el asiento, temblando. ¡¿Dios, qué había estado a punto de hacer?! Casi había saltado a sus brazos, pidiéndole que la besara como si no hubiese un mañana. ¡Ese hombre no era bueno para ella de ninguna manera posible! No sólo era un canalla, sino que trastornaba sus sentidos y la obligaba a hacer cosas insólitas, como si la hipnotizara. Como Gary Oldman con Winona Ryder en Drácula.
El ruido del teléfono desde el bolsillo de su chaqueta le hizo dar un salto al techo. Era su primo, preguntándole dónde estaba y si quería que pasara por ella. Asustada aún por lo que había estado a punto de hacer, aceptó de inmediato. En diez minutos él llegaría y la llevaría a casa, a salvo. Lejos de ese canalla desconocido y lo que sea que causara en ella.
Bebió de un sorbo el resto del café para pasar el mal trago, y esta vez se aseguró de no tener rastros de espuma. Guardó sus cosas en el bolso, dejó el dinero y salió a la acera, rogando que el desconocido no le diera alcance. De ser así, se lanzaría corriendo a la avenida, sin importar el tráfico.
Un vistazo sobre su hombro le confirmó que él seguía dentro del Fatum's Coffee, bebiendo tranquilamente de su café y observándola por encima de la taza con esos ojos dorados de cazador, aún exigentes y posesivos: Tentándola fríamente a regresar con él. Ordenándole dejar de lado su sentido común y todo, absolutamente todo, y volver a sus brazos.
Rin se estremeció de pies a cabeza.
— ¡Ni loca, sinvergüenza! —masculló, dándole la espalda y cruzando la acera.
Por suerte, su adorado primo no tardó más de un minuto en aparcar frente al café. Dos horas más tarde, Rin estaba bocarriba en la cama, acariciando al gato y pensando en él, Su Capitán Butler, en su mirada.
Odiaba admitirlo, pero ese canalla tenía los ojos más preciosos que había visto nunca, tan enigmáticos y fieros. Y había sido la última vez que se perdió en esas profundidades ambarinas. No volvería a hacer nada para verlo de nuevo.
Al día siguiente, quedó con Ayame, quien la llevó a cenar a su restaurante favorito de la ciudad. Hacia el final de la tarde, fueron a un bar estilo clásico irlandés muy popular por esos días. Estaba atestado de turistas franceses, irlandeses y suecos, y el ambiente era animado y tranquilo, sin peleas de ebrios. El sexy barman les guiñó el ojo cuando pidieron dos cocteles sin licor, pero ellas sólo suspiraron pesadamente y bebieron de sus copas, abatidas. No volverían a beber una sola gota de licor en sus vidas, mucho menos a ligar con un desconocido. No después del lío en el que se metieron la última vez que quedaron como unas cubas. Además, Ayame debía trabajar al día siguiente.
Y Rin decidió no contarle nada respecto al desconocido. Si Ayame se enteraba que había seguido yendo al café para verlo, le daría un ataque de pánico. Además, ¿para qué preocuparla sino volvería a verlo nunca jamás? Así que se tomaron sus cocteles sin licor, y regresaron temprano a sus casas, como buenas chicas.
El miércoles, pese al tremendo frío que hacía, Rin no pudo contenerse y pasó frente al Fatum's Coffee poco antes de las siete. Enfundada en un anorak con capucha y con una bufanda hasta la nariz, cual espía o ninja, echó un ojo disimulado al interior desde la ventana, sin dejar de caminar.
Él no estaba.
¿Le habría quedado claro el mensaje? Una parte de ella esperaba que sí, pero otra… otra lloraba en silenciosa agonía. ¡Y ahora era un manojo de indecisiones! ¿Qué rayos le pasaba?
Los ojos se le empañaron y el corazón se le encogió mientras caminaba a la tiendita de antigüedades de la esquina. Ojeó unos cuantos escaparates y regresó a casa, pasando una vez más por el café por si tal vez él había entrado. Sólo para verlo. Aunque fuese de lejos, una última vez.
Pero no. Ni rastros de su desconocido.
Y finalmente, comprendió que él no volvería al Fatum's Coffee. Su rechazo había funcionado la mar de bien. Rin debería haber saltado en un pie de la dicha, pero en lugar de eso, dejó escapar un sollozo. Caminando a casa por la fría y desolada acera, se convenció de que era hora de empezar a resignarse, que esto era lo mejor.
La noche del viernes, Rin fue a echarle un vistazo a la exposición que había abierto el pasado lunes en la galería de arte donde trabajaba su prima. Anualmente, la galería patrocinaba un evento especial por Navidad en el que se exhibían y vendían pinturas y esculturas realizadas por niños de la unidad de pediatría de varias clínicas y hospitales de Kioto. Lo recaudado era utilizado para costear los tratamientos de niños sin recursos, especialmente de las zonas rurales, e incluidos algunos de los pequeños artistas. ¡Y eran realmente talentosos! ¡Sorprendentes!
Y como a su apartamento aún le hacía falta algo de color, Rin decidió comprar el cuadro de un ángel blanco y etéreo, algo amorfo, de pie en lo alto de un acantilado escarpado. El ángel estaba bañado por la luz dorada del sol y cubierto por un resplandor blanco, casi plateado, mientras el viento mecía sus cabellos y las plumas de sus inmensas alas. Parecía estar preparándose para alzar vuelo. La forma en que el pequeño artista había plasmado en el lienzo el movimiento y la textura de las plumas la hizo querer extender la mano y tocarlas, comprobar si eran tan suaves y cálidas como aparentaban. El juego de luces y sombras era impresionante, y más si se tenía en cuenta que el artista sólo tenía siete años. Era un lienzo magnifico, pero pequeñito, y tal vez por eso había quedado rezagado y nadie lo había comprado aún.
¡Una verdadera suerte!, pues a ella la había cautivado desde el primer instante el contraste entre el dorado y plateado. Algo en esos colores le resultaba extrañamente arrebatador y… tan familiar. Le encogía el corazón y le hacía arder las manos por tocarlo, por alcanzar algo, y no sabía muy bien qué.
Su prima, diligentemente, marcó el cuadro como vendido, y la galería se lo haría llegar en cuanto terminara la exposición, luego de Navidad. Y Rin se sintió rebosante de dicha al ver la marquita de "Sold" junto al nombre de la pintura, "Guardián". Le encantaba ayudar, y hacía donaciones anuales a fundaciones respetables. No defendía una causa específica, pero procuraba repartir su ayuda. Un año animales, al siguiente niños, luego ancianos, y así. Sus padres y abuelos les habían enseñado a ella y sus hermanos a compartir siempre una parte de las bendiciones que la vida les daba; y no necesariamente se referían sólo a dinero. A veces una sonrisa, una palabra o la mera compañía en el momento justo, como cuando decidió ayudar a Sango con los problemas de la farmacéutica en Kioto, bastaban.
Con una ancha sonrisa satisfecha, regresó a casa sola. Su prima aún tenía cosas que hacer y muchos clientes que atender, así que no quiso molestarla. Acordaron verse más tarde en casa para charlar y beber algo con su tía. Su primo saldría de juerga con sus amigotes, por lo que estarían las tres solas en casa. ¡Noche de chicas!: botanas, cotilleos y viejas películas empalagosas.
Aprovechando que aún era temprano y que ya sabía moverse un poco mejor por la ciudad, Rin se atrevió a tomar el metro. Pero al pasar frente a Fatum's Coffee, su sonrisa flaqueó. Con una honda inhalación, decidió no permitir que la ausencia del extraño menguara su felicidad. Un extraño sinvergüenza que no volvería a interferir en su vida.
Aun así, decidió entrar al café. Había un recital de poesía, decía un letrero en la entrada. Y luego de haber salido por meses con un poeta, se le había contagiado el cariño por la buena poesía. Era contable, no insensible y sin corazón, aunque procuraba no vivir tanto en las nubes.
El lugar, como no era usual, estaba atestado de gente. Habían amontonado las mesas de blanca madera lacada para hacer espacio a una tarima improvisada a un lado, de tal forma que la mayoría de las mesas tuviesen una buena visibilidad. La mayoría, salvo las del costado derecho, dónde sólo habían unas cuantas vacías, incluidas las que ella y el desconocido habían ocupado los días anteriores.
Soltando un suspiro, caminó entre las mesas, esquivando clientes y meseros con bandejas repletas. Cuando finalmente llegó al fondo del café, sólo la mesa del desconocido estaba libre. Rodando los ojos, Rin se sentó, diciéndose que sólo era una mesa, tampoco era como si él estuviese allí o la hubiese marcado como suya.
Pidió un Mocca Latte con adición de chispas de chocolate al mesero de siempre, y el recital no tardó en empezar. Escasos cinco minutos después, Rin estaba a punto de vomitar con el primer sujeto que se hacía llamar poeta. ¡Esto no era buena poesía! Además, la mesa estaba tan mal ubicada que el sonido le llegaba fuertísimo y distorsionado. ¡Era espantoso!
Hizo una mueca ante un verso pésimo, y pescó una chispita de chocolate para cortar el mal sabor. ¡Parecían frases sacadas de un Trap! Apretó mucho los ojos ante una palabra malsonante, mientras relamía la cucharilla, y cuando volvió a abrirlos, ¡él estaba justo frente a ella!
¡El desconocido!
Ahogó un grito y casi dejó caer la cucharilla al piso. Alcanzó a agarrarla cuando cayó a la mesa, pero el tintineo y su gritito fueron tragados por el chirrido estridente del micrófono.
Sin siquiera preguntarlo, el extraño desabrochó los botones plateados de su peacoat oscuro, atravesándola con sus ojos dorados todo el tiempo, retándola a despreciar su compañía de la misma forma que le había despreciado el café. Pero Rin sólo era capaz de parpadear, dividida entre la euforia y el pánico, sosteniendo fuertemente la cucharilla con dedos temblorosos.
Rin finalmente tragó en seco el chocolate derretido, y el desconocido tomó el asiento libre frente a ella, deslizando la mirada por cada parte de su cuerpo, demorándose un poco más en el escote de su blusita roja y en sus hombros desnudos, antes de volver a sus ojos. Y Rin se estremeció, pese a que en el café hacía tanto calor que ella había tenido que quitarse el abrigo recién llego.
Como si le leyera la mente, el extraño divisó su abrigo y su cartera sobre la silla del lado, y puso el peacoat sobre ellos. Y así de sencillo, había logrado atraparla: Si Rin quería huir despavorida del café, tendría que pasar por encima de él, o dejarle el abrigo y la cartera con todos sus documentos y pertenencias.
Y su fría mirada cargada de superioridad terminó por despejar todas sus dudas: él lo había hecho adrede, no se arrepentía y no la dejaría marchar tan fácil como las demás veces. Incluso parecía un tanto exasperado con aquel jueguito del gato y el ratón. Finalmente se había cansado de jugar con su presa y le había puesto las garras encima, sosteniendo su dulce colita de ratoncita asustada.
Rin tragó grueso, sin poder apartar los ojos de él. Estaba paralizada, con los músculos agarrotados, mientras el mesero hacía esfuerzos por comprender lo que el desconocido ordenaba por encima del ruido.
El mesero se marchó y el silencio reinó entre ellos.
¿Qué pretendía ese hombre? ¡Ni podrían hablar con semejante ruido infernal! Pero su rostro no le daba ninguna pista. Él estaba impasible y sereno, ni siquiera los horribles poemas lograban perturbarlo. Sólo la observaba, de la forma que siempre hacía. Como si no hubiese nadie más. Nada más.
El poeta terminó por fin, dándoles unos minutos de sagrada paz mientras el siguiente pasaba a la tarima.
— Scarlett —dijo él simplemente, esbozando aquella sonrisa de ultratumba.
Rin pasó del blanco espectral al rojo encendido ante su tono bajo y ronco. Le dio la impresión de que él podía saborearla al pronunciar cada letra. Y cada entonación evocó imágenes muy precisas en su cabeza. Imágenes no aptas para menores.
— No te conozco —espetó Rin, queriendo escapar airosa y sin romper ninguna de las reglas de The Agency.
— Yo diría que nos conocemos muy bien, Scarlett —matizó con sequedad, endureciendo sus facciones de golpe y entornando los ojos.
No era una simple seducción. Era una amenaza, advirtió tragando grueso, percibiendo de nuevo aquel dejo de exasperación en su tono profundo y aterciopelado.
Rin abrió la boca, dispuesta a replicar, pero la contaminación auditiva empezó de nuevo. Y a éste nuevo intento de poeta se le ocurrió la brillantez de mezclar el inglés y el japonés y acompañarlo todo con una guitarra y una voz tan espantosa como sus versos.
Rin hizo una mueca y arrugó la boca justo cuando el mesero regresó con el pedido del desconocido: café espresso negro y espeso, sin crema ni azúcar. Un brebaje que parecía yodo líquido.
— ¡Esto apesta! —musitó bajito ante un graznido del poeta, removiéndose incomoda.
— Lo sé —articuló el mesero de pronto, rodando los ojos.
Y Rin no pudo evitar darle al desdichado chico una sonrisa pesarosa. ¡Pobre hombre! Ellos por lo menos tenían la opción de irse cuando quisieran, pero el chico debía quedarse hasta las once, cuando acabara el recital. Y faltaban casi tres horas para eso. En momentos como éste, él debía maldecir su trabajo.
El mesero se retiró y Rin clavó los ojos en el desconocido nuevamente. Entonces, un verso aún más forzado que el anterior murió tras una nota desafinada de la guitarra. Y a su propio pesar, Rin tuvo que ahogar una carcajada, sacudiendo la cabeza.
— ¡Es horriiiiblee! —articuló al extraño sin poder dejar de sonreír.
Toda la situación era tan ridícula, tan absurda, que podría partirse de risa si él no estuviese observándola como si quisiera comérsela para acompañar su café yódico.
El desconocido sólo asintió con una parca cabeceada, pero parecía muy cómodo, demasiado, disfrutando de su compañía pese al apocalipsis lírico a su alrededor. Y sin alcanzar a comprender la razón, Rin también se relajó; poco a poco. Igual que ocurrió durante la peculiar cena que habían compartido meses atrás. Algo en él le trasmitía cierta paz y sosiego.
Rin le sonrió tímidamente y agachó la mirada, sonrojándose. Alcanzó el ánfora griega a escala que decoraba la mesita, tratando de distraerse con algo para no quedarse viéndolo como una gatita frente a un tazón de natas. Pero tuvo que soltar el ánfora al instante: ¡era un ánfora erótica!, con una escena sexualmente explicita entre un hombre y una mujer, ¡en una pose que ellos habían practicado aquella noche hacía casi dos meses! De todas las ánforas griegas descubiertas hasta la fecha, ¡¿tenía que tocarles precisamente ésa?!, pensó martirizada.
El desconocido notó su reacción y su intenso sonrojo, e inevitablemente reparó en el ánfora. De inmediato, sus ojos se oscurecieron de deseo, como oro líquido ardiente. Y Rin supo que había recordado exactamente lo mismo que ella.
— Ven conmigo —le ordenó apenas moviendo los labios, con esa mirada imperiosa.
Los pezones de Rin se tensaron contra el encaje del sostén, y sacudió la cabeza enérgicamente, con los ojos muy abiertos. Instintivamente se echó para atrás en la silla, pero él fue mucho más rápido y en una fracción de segundo le tomó la muñeca, tirando de ella; inmovilizándola.
Ahora sí que la había atrapado completamente.
Sin menguar su agarre, él empezó a trazar arabescos suaves y pausados con el pulgar justo donde su pulso latía desbocado, calmándola, al tiempo que le provocaba pequeñas descargas eléctricas por todo el cuerpo.
En ningún momento dejaron de mirarse. Permanecieron en silencio, ajenos a todo lo demás excepto a lo que sentían, sólo disfrutando de su contacto pequeño y reconfortante y de sus miradas, hasta que el poeta lírico terminó y un coro de aplausos aliviados retumbó en el lugar, seguido de un silencio que más de uno agradeció.
— Salgamos de aquí, Scarlett —ordenó, inclinándose sobre la mesa hasta estar casi pegado a su nariz.
— Su-suéltame, por favor —dijo no sin una notita de miedo en su voz, sin rehuir su mirada.
Él la retuvo unos segundos, pero finalmente la soltó a regañadientes. Parecía contenerse para no echarla sobre su hombro y largarse con ella a quién sabe dónde. Y tal vez, sólo tal vez, Rin ni siquiera pondría resistencia.
— ¿Prefieres quedarte? —le retó, enarcando una altanera ceja plateada, indicándole la tarima a su espalda con un sutil movimiento de cabeza.
— Prefiero no tener problemas. No quiero líos con… con The Agency —susurró bajito, preocupada.
— No los tendrás. No estoy aquí por eso, Scarlett —ladró, viendo el escepticismo brillar en sus bonitos y grandes ojos marrones. Él afiló su mirada implacable.
— ¿Entonces…, por qué estás aquí? —preguntó con sumo cuidado.
El siguiente poeta subió a la tarima, y el extraño le dedicó una larga y significativa mirada.
— ¿Por qué? —insistió pese a que los ojos del desconocido parecía gritar: "¡Tú! ¡Sólo tú, pequeña tonta!".
De pronto, el teléfono de Rin comenzó a sonar. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla. Era su prima. Había demasiado ruido para contestarle, y no confiaba demasiado en él para salir del café a responder, dejándolo a solas con su cartera y toda la información sobre ella allí. Así que cortó la llamada y le envió un mensaje. Su prima contestó al vuelo: Acababa de salir de la galería y se ofreció a recogerla. Su tía ya tenía preparadas algunas botanas y refrescos.
Rin miró al extraño, mordiéndose los labios mientras su prima le escribía que en quince minutos estaría en el café.
— Debo irme —articuló, extrañamente angustiada.
Él apretó los dientes y un músculo ondeó en su mandíbula. Sus ojos eran dos fosos helados.
— ¿Novio? —articuló de vuelta, con una mirada entre molesta y posesiva que hizo estragos con las mariposas en su estómago.
Ella sacudió la cabeza, ansiosa por hacerle saber que no había tenido un novio en meses. Nunca le habían gustado los hombres celosos pero, extrañamente, viniendo de él le parecía un poco enternecedor y hasta dulce. ¿Cómo podría un hombretón guapísimo como él sentir celos, en especial con esos preciosos ojos dorados rodeados por esas pestañas larguísimas? Pero también era algo hipócrita de su parte, considerando cómo se ganaba la vida.
Pero al menos no era la única con problemas de celos irracionales, pensó. Él también los sufría.
— Familia —se excusó sencillamente, encogiéndose de hombros y esbozando una linda sonrisa que pareció ablandarlo sólo un poco.
Rin apuró el café y él también. Diez minutos después, él le entregó su cartera y la acompañó fuera del café, lejos del ruido, pese a que esta poetisa era muy buena y declamaba con increíble pasión. Al parecer, los mejores eran dejados para el final del recital.
Caballerosamente, él le ayudó a ponerse el abrigo cuando salieron a la acera, demorando las manos en sus hombros un poco más de lo debido. Los apretó ligeramente, como si no quisiera dejarla ir. No aún. Ni nunca.
Y ella empezaba a desear no tener que hacerlo. Su mirada era intensa, y a esa escasa distancia, Rin percibió un rastro de su aroma tremendamente masculino: amaderado y con notas de ámbar gris.
Sin soltar sus hombros, él se inclinó un poco, buscando sus labios, pero se detuvo a escasos centímetros. Rin sólo atinó a parpadear.
— ¿Vendrás mañana? —se aventuró Rin con voz tímida, viéndolo a través de las pestañas y siguiendo un impulso irrefrenable de su corazón. Sin pensarlo siquiera.
— ¿Lo harás tú? —terció, prestando atención a su bonito sonrojo y su boquita de piñón roja y entreabierta, perfectamente a juego con la confusión de sus ojos marrón chocolate.
Rin le sonrió y, vencida por su curiosidad pero aterrada de sí misma, asintió, sin saber muy bien qué estaba haciendo. Sólo quería… quería intentar conocerlo. Si era verdad que él no quería meterlas en problemas, ¿qué de malo habría en tratarlo, si él se mostraba tan insistente y ella no podía dejar de pensar en él? Además, no se acostaría con él mañana ni después, ni gastaría otros diez mil dólares, sólo… sólo se verían en un café para charlar. Nada más.
Una cita inofensiva. Sólo una taza de café.
¿Por qué no hacerlo?, se dijo, si al fin y al cabo sería la última vez que lo vería. Exactamente en una semana sus vacaciones habrán terminado y estaría de regreso en su oficina en Tokio, preparándose para otro exitoso cierre de año y empacando sus cosas para trasladarlas a su nueva oficina en el piso de arriba, donde están los gerentes de área y el presidente de la farmacéutica.
Ya no habría más encuentros casuales ni planeados con el desconocido. No habría espacio en su vida para esto. Él y todo lo que habían vivido pasaría a formar parte de su pasado y sus recuerdos. Unos maravillosos recuerdos por los que siempre le estaría agradecida, y que harían que su corazón se saltara un latido cuando pensara en ellos. En él y sus profundos ojos dorados.
Justo entonces, su prima aparcó del otro lado de la calle, y Rin se zafó a regañadientes de su agarre.
— Hasta mañana, entonces —susurró.
— Hasta mañana, Scarlett.
Aclaraciones:
1. Pretty Woman: es una peli de principios de los noventas protagonizada por Julia Roberts y Richard Gere. Trata sobre un hombre rico que conoce a una prostituta (Vivian) durante un viaje de negocios a Los Ángeles, y le ofrece tres mil pavos (¡tres mil en esa época!) por quedarse con él toda la semana.
2. Sé que debí aclarar esto el capi anterior y lo olvidé por andar con las prisas. Lo lamento. Aquí va: el Shalimar es un costoso perfume de la década de los veintes, uno de los más famosos de la historia y aún en la actualidad. Es un icono de la cultura pop y se menciona en varios libros y películas, especialmente porque se asocia con mujeres seductoras y sofisticadas, y chicas malas. Es una fragancia oriental con notas de vainilla.
Hola chicas,
Como siempre, mil gracias por todos sus hermosos reviews. Me encanta leerlas y saber qué piensan de la historia, los personajes, etc. ¡Es muy emocionante! ^-^
Este capítulo va dedicado a mi nueva amiga Mena Mena. ¡Felicidades por aprobar tu examen! Como un trato es un trato: ¡Aquí está el nuevo capítulo!
¡Disfrútenlo, chicas! ;) Ojalá les guste *cruzo los dedos* Disculpen algún dedazo o errorcirijillo ;)
Y a propósito de compromisos, ¿irá Rin a la cita con su desconocido como lo prometió? O, ¿se echará para atrás a último momento?
Este capítulo debió llamarse algo así como "Rompiendo barreras", pero era algo soso y lo descarté. Vimos como poco a poco, encuentro tras encuentro, inconscientemente o no, Sesshomaru fue derribando temores, prejuicios y recelos de Rin hasta que finalmente fue ella quien, llevada al límite, le propuso verse al día siguiente. ¿Cumplirá la cita? ¿Habrá beso poooooor fiiiiiin? O… ¿algo más que sólo un beso?... *guiño, guiño*
Por cierto, éste es el capítulo en que ponemos el meme de nuestra querida Oprah porque el título del fic cobra sentido jajajaja XD
Quiero agradecer especialmente a todos los que pasaron y leyeron, y también a los que agregaron la historia a sus alertas y favoritos, y a quienes dejaron un review: floresamaabc (Nope, definitivamente Rin no la está pasando muy bien que digamos jijiji), BloodyP xD, bucitosentubebida, DreamFicGirl, Sakura521, Carmenjp, BABY SONY, Cath Meow, annprix1, Maril Delgadillo (¿Fue suficiente la dosis de hoy del ricote hijo de los Dioses? Jijiji), Kacomu (Sip, es humano. Uno muy guapo y misterioso XD), Ginink, Yoselin V, Rin Hudson, Lily Hudson, xts'unu'um (¡Jesús, mujer! :O ¿Qué haces metida en mi cabeza? Casi que adivinas jajajaja), Cochita D, gaby gomez, Aoi Moss, DraconisRose960, melinna sesshy, atenea torres, Star fiiree -Lupita Reyes, Adrisib, Sydien2000, Jaz y a todos los Guest por ahí.
Mil gracias y un abrazo mega-gigante a mis chicas del grupo Elixir Plateado en face, por todo su apoyo y el cariño hacia este fic. ¡Un besote!
Un abrazo de oso gigante y nos leemos pronto,
Sammy Blue.
