–¿Sabes, exactamente, lo que debes hacer? -preguntó un hombre bajo, que no le llegaba ni a su clavícula, y de contextura gruesa, barba pronunciada, ojos vivaces, cabello largo y café recogido en una trenza; era el dueño del bar donde comenzaba a trabajar-
El día anterior había llorado y desahogado su dolor como nunca antes lo había hecho, teniendo como único testigo el diario de vida de su padre. No había pasado demasiado tiempo de aquello, y mientras leía otras hojas del diario el vibrar de su celular captó su atención; había olvidado por completo que esperaba la llamada de confirmación para su nuevo trabajo, contestado inmediatamente.
–Claro que sí -mentira, no sabía con exactitud qué debía hacer, sólo tenía una vaga idea, sin embargo, no era tonto así que aprendería con facilidad-.
–Mmm… -sintió como el hombre lo volvía a mirar de pies a cabeza, dudando de sus capacidades; ésto lo ofendió terriblemente, haciendo que frunciera el ceño del mismo modo que su padre solía hacer- Está bien, confío en ti, pero ya no me mires así -el hombre sonrió y luego miró hacia otro lado, al parecer, buscando algo- ¡Afrodita! -o alguien-
Un chico de, al parecer, su misma edad apareció. Sostenía una gran bandeja cargada con tantas cosas que se desconcertó ¿Cómo alguien con su complexión podía cargar con tanto peso sobre un solo brazo? Se preguntó. El chico era levemente más bajo que él, su cabello era largo, tenía raíces rubias y a medida que descendía se volvía celeste, estaba amarrado en una trenza que caía sobre su hombro derecho; sus ojos eran de un intenso color cian; bajo su ojo izquierdo descansaba un lunar que lo hacía ver aún más refinado; sus labios eran finos y rosados; usaba una camisa rosa pastel ceñida al cuerpo con mangas holgadas y unos jeans negros muy ajustados; sobre su ropa llevaba un delantal negro que lo cubría desde el pecho hasta las rodillas.
–¿Si, jefe? -la voz del aludido era suave pero confiada-
–Él es Shura -el hombre señaló al pelinegro-, hoy comenzará a trabajar como mesero, espero lo puedas ayudar en lo que necesite.
Shura sintió los claros ojos ajenos escrutarlo con detenimiento mientras el jefe hablaba, miró hacia otro lado, comenzando a temblar levemente. No entendía por qué el sentirse observado lo alteraba de esa manera, no lo soportaba, por eso agradecía la libertad que le otorgaba la soledad.
-Claro -respondió Afrodita, sonriéndole gentilmente a Shura-, déjame llevar estas órdenes y te saco las dudas de encima -dicho esto se fue en dirección a la terraza-.
–Él es Afrodita -los ojos azules del dueño del lugar rodaron hasta toparse con los ojos de Shura, quien intentaba disimular el nerviosismo-, es mi sobrino y trabaja aquí hace dos años, nadie lleva más tiempo aquí que él -relajó el rostro y le dio una palmada en el brazo izquierdo a Shura-. Si la cagas debes hablar con él si no quieres que me entere, jajajaja -rió sonoramente, haciendo que el pelinegro lo mirara con desconfianza-. Debo regresar a la oficina, así que no me decepciones, niño.
Cayó rendido sobre su cama, escondiendo su rostro sobre la almohada. Suspiró con pesar, sus pies palpitaban por el cansancio y sus oídos pitaban por culpa de la música sin interrupciones del bar. Ya llevaba una semana y media trabajando, sin embargo, aún no se acostumbraba al bullicio y a tratar con tanta gente; estaba exhausto mentalmente, ya que, realmente estaba dando todo de sí para hacer un buen trabajo.
Se giró sobre sí mismo para ver al techo, cubriendo su rostro con ambos antebrazos, para evitar la luz de la lámpara que colgaba sobre el mismo le llegara a los ojos; volvió a suspirar pesadamente, mas el sonar de su celular llamó su atención, lo sacó de su bolsillo derecho y desbloqueó para leer un mensaje de Afrodita, preguntando si podía cambiar el turno del día siguiente con otro compañero. Alejó el aparato de su rostro y pensó mirando el techo.
–Por favor… mañana es mi día libre -bufó molesto-. Aunque si lo pienso mejor… Mañana es viernes y habrán más clientes, por ende, más propina -sonrió triunfante-.
Tecleó rápidamente una respuesta y envió el mensaje, giró sobre sí y tomó el cable del cargador, lo conecto al celular y lo dejó sobre la mesa de noche. Eran las diez menos veinte de la noche, el turno que le tocaría al siguiente día era el peor de todos: el cierre. Se levantó de la cama y fue a la cocina tras sentir su estómago rugir con fervor, llevaba más de seis horas sin comer y recién lo había notado.
Tras preparar una cena express, que consistía en pasta acompañada por un par de verduras salteadas con algo de vino blanco, comió en silencio recordando, sin querer, su día de trabajo. La relación que había entablado con Afrodita le agradaba, ya que éste era simpático y, pese a lo engreído que era, bastante solidario; desde un principio se dispuso a ayudarlo, dandole el ultimo empujón de confianza antes de atender su primera mesa, logrando adaptarse con rapidez al ritmo del trabajo; también lo presentó ante el resto del personal, el cual en su mayoría era muy amable, sobre todo uno llamado Milo con el cual trabajaba en armonía. Tras terminar de comer levantó los platos y los lavó, guardó el resto de comida en la nevera, se dio un baño y se fue a dormir.
A la mañana siguiente despertó sin complicaciones, sin embargo, con una sensación de vacío indescifrable e inmensa; no se inmutó y se quedó en la misma posición, analizando su propio sentir. Había soñado… Sabía que había sido un sueño largo y profundo, mas al recuperar la consciencia la nada se apoderó de su ser, anhelando no haber despertado nunca de ese sueño. Y lo peor de todo es que no recordaba absolutamente nada de lo vivido en su inconsciente.
Luego de unos minutos en silencio tomó su celular para ver la hora, faltaban cinco minutos para las nueve de la mañana; suspiró y se levantó, necesitaba orinar.
Luego de vestirse y desayunar decidió hacer los quehaceres, terminando cerca de la una de la tarde. Aún no almorzaba, ni hambre tenía, así que caminó hacia la mesa de estar y tomó sus llaves junto a su cigarrera; no le apetecía estar encerrado, así que sólo salió a caminar. Tal vez aprovecharía de hacer las compras para dejar el siguiente día completamente libre.
Caminó en dirección a la colina que su subconsciente tanto le aclamaba visitar, molestandose consigo mismo por no saber qué más hacer con su vida; su cabeza era un embrollo, le agradaba su privacidad pero al mismo tiempo le molestaba ¿eso tenía algún sentido? Al llegar a la entrada del sendero observó el camino con parsimonia, alegrándose enormemente de estar ahí; sus pies comenzaron a moverse sin su consentimiento, notándolo sólo cuando había llegado frente a la banca que solía frecuentar. La observó unos segundos y luego miró hacia los lados, cerciorándose de estar solo.
¿Por qué hacía eso? Se preguntaba una y otra vez lo mismo, pero lo único que se le venía a la cabeza era aquel tipo… El mismo que le había hecho hiperventilar.
Al divagar en su mente no notó lo mucho que había avanzado por sobre el camino de tierra húmeda, notando que había llegado a la cima, la cual se alzaba por sobre los techos de las casas, obsequiándole una vista más que encantadora; en ese preciso momento algo se removió en su interior, sintió felicidad mezclada con algo indescriptible ¿Nostalgia? No lo sabía. Se sentó sobre una roca y contempló el horizonte, mientras una brisa helada chocaba contra su rostro despeinándolo de paso.
–¿Volveré a ver a este tipo?
Se preguntó en voz alta luego de apoyar su codo derecho sobre su pierna y dejando su cabeza descansar sobre su mano. Por muy contradictorio que fuese, quería conocerlo… El comenzar a interactuar con otras personas había conseguido despertar en él las ganas de tener amigos, pese a nunca haberlo sentido antes; en el pasado sólo se dedicaba a estar en casa, leyendo algo o ayudando a su padre con su trabajo, y en la escuela sólo se dedicaba a estudiar; hasta ahora nunca le había tomado importancia a la vida social pero ahora que su padre no estaba su vida se había vuelto monótona y sin gracia… Y era por ésto que anhelaba conocer al tal "Angelo". Desde el primer momento el tipo se le acercó sin cuidado y confianzudamente, probablemente por la diferencia de edad.
–Debe pensar que era sólo un crío…
Después de casi una hora se retiró del lugar para pasar por los pequeños puestos del mercado a comprar frutas y verduras frescas, ya que durante el tiempo que pasó meditando había decidido preparar algo especial al día siguiente, con el fin de levantar sus ánimos.
–¡Queda una hora para el cierre! -exclamó el cantinero, llamando la atención de los meseros cercanos, Shura y Milo entre ellos-.
–¡Genial! -celebró Milo para después acercarse a Shura- Apuesto que cerraré mis mesas antes que tú -habló con desición. Las apuestas entre ellos se habían vuelto cada vez más frecuentes, ya que el rubio era excesivamente competitivo, pero sin salir del margen; le agradaban las apuestas del contrario, las cuales eran completamente infantiles, sacándole más de una carcajada-.
–¿Qué quieres apostar? -preguntó Shura con su semblante neutro mientras acomodaba vasos con alcohol sobre su bandeja-
–Veamos… -observó a su alrededor, fijando su vista en una cestas con limones- ¡Ya sé! -exclamó tomando su bandeja con las órdenes a entregar- El que pierda le dará una mascada a uno de esos limones -hizo un gesto con la cabeza para señalarlos y luego sonrió-.
–Estás loco -comenzó a caminar hacia el salón, luego volteó a verlo- y por eso hoy comerás limón -finalizó serio y continuó su caminar-.
Milo sonrió divertido y corrió persiguiendo a Shura, se alejó después de unos pasos para seguir con su trabajo. No pasó más de media hora para que Shura cerrase las cuentas de sus mesas, se apresuró a desocuparlas, pero estaba tardando demasiado… y no le apetecía pagar la apuesta de su compañero, aunque debía admitir que era divertido, gracias a las pequeñas competencias que el otro le ofrecía lograba enfocarse más en el trabajo, cumpliendo positivamente con su labor.
Había ido a la cocina a dejar los trastes de una de sus mesas, cuando se topó con Afrodita, el cual lucía bastante molesto; estaba en la misma labor que Shura, salvo que al rubio le había tocado atender la terraza solo.
–¿Pasó algo malo? -preguntó Shura-
–Hay un imbécil en la terraza que no quiere pagar la cuenta -respondió Afrodita- y para colmo sigue ordenando alcohol -el rubio sacaba vasos y cubiertos sucios de su bandeja, colocandolos en la barra de la copería-. Siempre tengo problemas con ese tipo, siempre viene los días viernes y siempre es lo mismo… Salvo que hoy el jefe no está para que lo corra -bufó tras terminar de hablar-.
–¿Y qué se debe hacer en caso de no pagar?
–Deberé pedir sus datos y esperar que vuelva mañana y pague… o llamar a la policía -su expresión cambió por completo tras mencionar lo último, haciéndole sonreír perverso-.
–Y si es cliente frecuente ¿por qué no sólo le pides sus datos? -la curiosidad atacaba a Shura, ya que esa información le sería de utilidad en el futuro-
–Es lo que cualquiera haría, pero éste sujeto es complicado… es un hijo de puta. Mi tío siempre termina echándolo por la fuerza y yo no gastaré más de mis energías en él. Ahora, si quieres hacerlo, es todo tuyo -tomó su bandeja y caminó a la salida-. Lo único que quiero es largarme, estoy agotado, detesto este puñetero turno… -abandonó el lugar blasfemando-.
Shura lo siguió de lejos, pasando a despedir a sus últimos clientes, agradeciendo internamente haber aceptado la tonta apuesta de Milo ya que éste continuaba atendiendo una mesa; no fue hasta que pasó junto a la salida que da a la terraza cuando vio al tan odiado comensal de Afrodita.
Ahí estaba, sentado sobre una silla con sus piernas estiradas y a la vez cruzadas, su diestra sostenía un tarro con cerveza hasta la mitad, su cabello blanco estaba peinado hacia atrás mientras mechones rebeldes caían sobre su frente, sus ojos rojos observaban su vaso con detenimiento, su piel morena estaba ligeramente sonrosada sobre sus pómulos y nariz; usaba la misma chaqueta verde musgo con la que lo había visto antes y unos jeans negros; si, ahí estaba el hombre que hacía horas deseaba conocer con fervor.
¿Qué debía hacer? No lo sabía, así que activó el piloto automático.
Regresó con prisa a la cocina, deshaciéndose de los trastes que llevaba su bandeja, caminó hacia la cafetera de los empleados y sirvió un poco del humeante líquido en una taza blanca. Abandonó el lugar con la taza sobre su bandeja y caminó en dirección del cliente problema.
–¿A dónde llevas eso? A esta hora ya no puedes servirle nada a los clientes, estamos por cerrar -Afrodita lo había interceptado a medio camino-.
–Resulta que conozco a tu cliente problema, yo me encargo -dijo serio-.
–¿Es en serio? ¿Conoces a ese don nadie? -el rubio lo observó completamente sorprendido, transmitiendo incertidumbre con su rostro-
Shura no contestó, sólo asintió con algo de desconfianza, continuó su camino hasta llegar junto a la mesa del moreno. No habló, sólo tomó la taza y la dejó sobre la mesa.
–No he ordenado ni un puto café -habló Angelo sin inmutarse ni verlo-.
–Ahora me debes un cigarro y un café -Shura se cruzó de brazos y lo miró con desaprobación-.
–¿Qué dices, imbé…? -no terminó su insulto, ya que volteó para ver quién lo provocaba, sorprendiéndose al estrellar su mirada contra la de Shura y reconocerlo- Oh… yo… -balbuceó llevando su siniestra hasta su nuca- Lo s-siento… qué vergüenza encontrarte en éste… estado -desvió la mirada-
–¿Estás bien? Mi compañero dijo que te negabas a pagar la cuenta -dijo serio-.
Notó al aludido tensarse en su lugar, al parecer sus reacciones se hacían más notorias estando ebrio, luego notó que buscaba algo entre sus ropas, sacando una billetera desde un lugar al interior de de su chaqueta; sacó unos billetes de su interior y los dejó sobre la mesa.
–No es lo que parece, es sólo que no me apetecía marcharme -continuaba sin mirar a Shura-. Ni siquiera sé qué hora es…
–Faltan cinco minutos para las tres de la madrugada -indicó con calma, Angelo se alarmó al escuchar qué horas eran-. Eres el cliente por el que no hemos cerrado -sentenció-
–Oh… lo lamento, yo… -llevó su mano derecha a su rostro, golpeándolo con reprobación- No quiero molestar, pero… necesitaba beber.
–Eso está bien… supongo -se encogió de hombros y suspiró-. Bebe el café antes que se enfríe, nos vemos -dicho esto tomó el dinero de la mesa y regresó al interior del local, logrando sorprender considerablemente a Afrodita al llegar con el dinero de la cuenta-.
Cerraron el local para comenzar a ordenar las sillas y las mesas del interior, tardando no más de cinco minutos, Milo como acostumbraba lo había retado a terminar primero agilizando el trabajo, al salir a la terraza para entrar las sillas notó que Angelo no estaba; lo había buscado con la mirada en las repetidas oportunidades que fue al exterior por los restantes sin resultados positivos. Al terminar con sus labores fue hasta los camarines a buscar su mochila con sus pertenencias.
–Será mejor que te abrigues, Shura, en cualquier momento comenzará a llover -dijo Milo entrando en la habitación, caminando en dirección a su casillero-.
–Oh, gracias, lo tomaré en cuenta… -contestó mientras cubría su cuello con una bufanda negra- El lunes te cobraré la apuesta -Milo pareció congelarse en su lugar-.
–Vamos, Shura, no me harás comer un desabrido y amargo limón ¿o si?
–Fue idea tuya, en primer lugar -lo observó indiferente, ignorando sus suplicas-, paga tus apuestas o no apuestes -terminó de abrochar su chaqueta, cerró con rapidez su casillero y caminó a la salida- Nos vemos -se despidió-.
–Está bien -suspiró con resignación-, nos vemos.
Se despidió de todos los que quedaban en la cocina, recibiendo su propina del día cuando pasó por la caja, para irse con rapidez del lugar. Al salir del recinto observó el cielo, notando que las palabras de Milo eran ciertas, el cual estaba rojizo por las nubes cargadas con lluvia.
–Ha helado bastante… Mejor me doy prisa.
Se cubrió la boca con su bufanda, observando el vaho que se formaba con su respiración al comenzar a caminar. No había caminado mucho, tan sólo un par de cuadras, cuando divisó una figura tambalearse más adelante; era extraño, observó los alrededores, a esas horas de la madrugada no había gente caminando por las calles. Continuó su andar con sus sentidos alerta, desconfiando de aquella solitaria alma que caminaba en la misma dirección que él; se había acercado bastante, ya que el extraño caminaba demasiado lento, probablemente porque se tambaleaba excesivamente, trastabillando de vez en cuando. No fue hasta que estuvo a unos cinco metros de distancia que distinguió la inusual cabellera blanca de Angelo, dejando escapar un largo suspiro de alivio al saber que no debía temer, apresuró el paso hasta llegar a su lado, notando que cargaba una vieja mochila sobre su hombro izquierdo.
–¿Tienes un cigarrillo? -preguntó Shura de la nada, haciendo que el moreno volteara a verlo inmediatamente-
–¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar trabajando? -preguntó en respuesta-
–Oh, bueno, acabo de salir.
–Genial -sus mano derecha entró en el bolsillo que le correspondía, extrayendo una cajetilla de cigarros-. Ten -depositó la cajetilla sobre la mano izquierda de Shura-, me da igual si sacas uno o te llevas la caja mientras me dejes uno -soltó una carcajada fingida a todas vistas-.
Shura sólo se limitó a observar su comportamiento, intentando descifrar qué le pasaba; era obvio que estaba ebrio, pero el moreno no podía ocultar que algo le molestaba, aunque evitaba el tema como todo un experto, dándole a entender que no le diría una sola palabra sobre eso.
–Está bien, pero sólo quiero uno -sacó un cilindro del interior y le devolvió la caja, buscó con su diestra el encendedor que guardaba en su chaqueta y procedió a encenderlo-.
–Eres raro… -rió y fijó su vista en el camino- O tonto, cualquiera se hubiera quedado con la caja -volvió a reír-.
–No me insultes -dio una calada al cigarrillo y exhaló con rapidez al escuchar una tercera carcajada ajena-.
-Jajaja. Está bien, lo siento ¿Hacia dónde vas?
–A casa… La locomoción es complicada a estas horas y como vivo a una distancia caminable, camino -se encogió de hombros y escondió su siniestra en el respectivo bolsillo de su chaqueta- ¿y tú?
–Ya veo… -miró hacia el lado contrario- Yo… -dejó las palabras en el aire y continuó caminando-
El cigarrillo se consumía entre sus dedos mientras observaba al moreno, intentando comprender qué le sucedía, mas era obvio que no se lo diría, por algo evadía las preguntas y no decía nada. Llevó el cilindro hasta su boca y le dio una larga calada, inhalando la combustión con rapidez; dejó escapar los restos de humo y continuó su andar con la vista en frente, dando cortas caladas al cigarrillo que comenzaba a extinguirse. Habían avanzado casi dos cuadras sin decir una sola palabra, Angelo evitó a Shura todo ese lapso y Shura, por su lado, sólo se limitaba a pensar.
Una fuerte y cegadora luz llamó la atención de ambos, haciéndolos mirar al cielo, luego se escuchó un estrepitoso sonido. Las gotas de lluvia no tardaron en comenzar a caer después del relámpago que iluminó el horizonte, provocando que ambos jóvenes se miraran a los ojos, como si esperaran una palabra del otro, la cual, jamás llegó.
La leve llovizna que comenzó a caer se convirtió en un aguacero tras un segundo relámpago.
–Mierda… -dijo Angelo- No me apetece enfermar, movámonos -no esperó una respuesta, sólo lo tomó del brazo izquierdo y se echó a correr-.
Shura casi cae de no ser porque sus piernas reaccionaron solas, eso o su cerebro tardaba más entender que en reaccionar. Observó con detenimiento la espalda ajena frente a él, sintiendo como todo a su alrededor perdía velocidad, apreciando los colores que las luces amarillas deformaban a su chaqueta, reparando en cada arruga visible… sintiendo como todo se detenía por un efímero segundo, que hizo latir su corazón de una forma descomunal.
No notó cuántas cuadras habían avanzado durante la carrera, pero de un momento a otro comenzaron a detenerse. Cuando cesaron su andar jadeaban aceleradamente, creando nubes de vapor al exhalar.
–A la mierda… Ya estoy empapado -dijo Angelo sujetando sus rodillas, con su columna envorvada y sus piernas flectadas-.
Shura observó a su alrededor, intentando orientarse mientras recuperaba el aliento, tras ubicarse comenzó a pensar qué hacer; estaban cerca de su casa.
–¿Qué te pasa? ¿Acaso no hablas? -Shura volteó a verlo de inmediato, quedando sin aliento por un segundo; las gotas de lluvia caían por el rostro del moreno y su cabello estaba compactado por el agua, una de sus cejas estaba alzada y sus labios levemente fruncidos. Sin previo aviso comenzó a sentir calor, precisamente en su rostro, tal vez provocado por todo lo que había corrido-
–Si lo hago -frunció el ceño por inercia-.
–Entonces hazlo más seguido -se enderezó-. Y no me veas así, das miedo -comenzó a reir mientras alzaba su rostro, dejando a las gotas de lluvia empaparlo-.
–. . . -relajó el rostro al ver su reacción y, sin darse cuenta, sonrió con sinceridad. Aquel tipo lo hacía sentir completamente a gusto, ni siquiera le importaba el hecho de no conocerlo; aquella reacción le había hecho querer imitarle, y lo hizo, alzó su rostro al momento que cerraba sus ojos y se dejaba empapar por la lluvia, estremeciéndose al sentir el viento gélido chocar contra la piel mojada- ¿Quieres otro café? -preguntó en la misma posición, sin siquiera abrir sus ojos-
–Suena bien, pero no creo que encontremos algún lugar abierto a estas horas.
–Mi casa está a unos minutos.
–Oh… -Angelo dio un paso hacia él- No quiero molestar ¿no te dará problemas llevar a un ebrio desconocido a casa? De seguro tu madre me corre a escobazos, jajaja -soltó una carcajada-.
–No hay problema -abrió sus ojos e incorporó su rostro para mirarle a los ojos-.
–En ese caso, acepto, ya me dio frío -sonrió mostrando su dentadura-.
Le sonrió de lado y comenzó a caminar. Notó algo de asombro en el rostro ajeno al sonreír, mas no dijo nada, sólo se limitó a dar largos pasos para llegar rápidamente a su casa, escuchando los pasos del contrario al seguirle.
No tardaron más de quince minutos en llegar al edificio donde estaba su casa, subieron las escaleras con rapidez hasta llegar al tercer piso, Shura sacó sus llaves y abrió la puerta, encendiendo las luces al entrar; Angelo ingresó tras él, analizando la morada con detenimiento.
–Iré por unas toallas -dijo Shura tras quitarse su bufanda y chaqueta-. Puedes dejar tus ropas mojadas sobre alguna silla -señaló hacia la mesa del comedor, una rectangular de 1x1,5 metros aproximadamente, cubierta por un delgado mantel blanco-, ya vengo.
Caminó hasta la habitación que antes pertenecía a su padre para sacar un par de toallas del clóset, deteniéndose antes de salir, volteó de golpe y buscó algo con la mirada; un nuevo relámpago iluminó el cielo tras las cortinas, suspiró con dificultad al exhalar… juraría haber visto la silueta de su padre con su vista periférica. Se llevó la mano izquierda a la cabeza y luego se talló los ojos, negando al volver a escrutar el lugar y no ver nada nuevo, fijando su vista en el cofre de su padre, el cual no había guardado la última vez que lo escudriñó. Bufó al apagar la luz de la habitación y salir de ella, caminó por el pasillo hasta llegar a la sala de estar, sonrojándose levemente al toparse con Angelo sólo con sus jeans negros y una sudadera con las mangas dobladas hasta el hombro; podía notar que la ropa que se había dejado también estaba mojada, asumiendo que no se la había quitado por decencia.
–¿Quieres que te preste algo de ropa? -preguntó; sentía una extraña sensación en su boca, una mezcla de sabores que desconocía, mas no era desagradable sino más bien nueva-
–Si no te molesta no tengo problema -se encogió de hombros- ¿Estás solo?
–Si ¿por qué? ¿Aún temes que llegue mi madre y te corra? -rió con discreción, no se le daba el hacer bromas, sin embargo no lo pudo evitar-
–¡Claro! No sería la primera vez que una mamá me corre de su casa por ser "mala influencia" para su angelito -ironizó divertido-.
–Bueno, en mi caso no temas, vivo solo -le tendió la toalla, que por unos instantes había olvidado por completo; el moreno la recibió y se sentó sobre el sofá, comenzando a quitarse sus botas. Shura comenzó a caminar de vuelta al pasillo para ir a su habitación por algo de ropa-.
Se desvistió con agilidad y se puso ropa abrigadora, tomó una muda completa y regresó hasta donde estaba su invitado; le tendió la ropa y éste la recibió.
–Puedes cambiarte en el baño si deseas.
–Está bien, muchas gracias -le sonrió con agradecimiento, luego caminó hasta el baño y cerró la puerta tras de sí al entrar-.
Mientras el otro se cambiaba, Shura caminó hasta la cocina, tomó el hervidor eléctrico y lo llenó con agua hasta el tope; abrió la despensa buscando algo que ofrecerle a su invitado, encontrando sólo frascos con frutas deshidratas o hierbas. Su padre era un desabrido y sólo hasta ahora reparó en que también lo era.
–Espero que no se burle…
–¿Burlarme de qué? -Shura retrocedió unos pasos por la sorpresa, golpeando su talón derecho contra un mueble de cocina, sin notar lo mucho que se había sonrojado; por un lado la sorpresa al aparecer y hablarle de la nada, y segundo… se le hacía raro ver a un extraño con sus ropas, pero debía admitir que le sentaba bien-
