Casi podía sentir el aroma del fuego en sus fosas nasales. Hell's Kitchen había ardido, y su hermano había sido herido, al igual que Karen. Afortunadamente, pensó, ambos estaban bien, con más miedo que heridas físicas. Los noticiarios no dejaban de difundir la imagen del hombre vestido de negro. El Diablo de Hell's Kitchen. Todos los quioscos tenían periódicos en cuya portada aparecía él. Por la calle no se hablaba de otra cosa. Todos murmuraban y decían que era él quien había provocado los incendios que asolaron el barrio unas noches atrás, causando varios heridos.

Respiró hondo, notando como su pecho subía y bajaba y apretó los puños, intentando relajarse. La sangre corría por sus venas y sentía su corazón palpitando más rápido de lo normal. Su pulso se aceleraba de ira cuando pensaba en que aquél hombre enmascarado podía haber herido a Foggy y Karen. Incluso a Matt.

Matt.

Su corazón dio un vuelco cuando pensó en el abogado. Las horas habían pasado y ninguno tenía noticias sobre su paradero. Foggy no dejaba de gastar bromas sobre su ceguera, pero su tono de voz mostraba la preocupación que intentaba encubrir con el humor. Karen no dejaba de mirarle con su rostro serio y los ojos enrojecidos. Ella misma no dejaba de llamar al teléfono de Matt, sin éxito alguno. Sentía ganas de estrellar el suyo contra la pared.

Al final, después de muchos intentos, había aparecido. Estaba magullado y parecía que su cabeza estaba en otro sitio, pero estaba bien. Estaban todos bien. Y ella no pudo evitar suspirar de alivio mientras la alegría la embargaba. Pero esa alegría no duró demasiado mientras en su cabeza se instalaban otros sentimientos más desagradables. La ira. El deseo de venganza.

Aún recordaba el debate que habían mantenido en Nelson and Murdock al día siguiente. Foggy echaba la culpa al hombre vestido de negro mientras Karen lo defendía, alegando que la salvó cuando estaba en problemas. Ella se había mantenido en silencio, cruzada de brazos, mirando la escena. Tenía sentimientos encontrados respecto al Diablo de Hell's Kitchen. Y no podía compartirlos con nadie sin poner en peligro su secreto.

Ese secreto que había mantenido desde lo ocurrido en Londres, cuando decidió que si nadie la ayudaba, tendría que ser ella quien ayudase. Una tarea que no pensaba llevar hasta Nueva York y sin embargo lo había hecho. Su hermano no sabía nada y era mejor así.

Se percató de que Matt tampoco había participado en la conversación. Se había limitado a quedarse en silencio, con las manos entrelazadas encima de los papeles que estaban analizando antes de que su hermano sacase el tema. Sus nudillos estaban enrojecidos y magullados y su rostro, a pesar de estar parcialmente cubierto por las gafas de cristales rojizos, parecía tenso. Se había preguntado qué le pasaría, cuando tuvo que salir corriendo para trabajar en la galería.

Soltó un suspiro y se colocó bien la máscara que le tapaba la mitad inferior de la cara, dejando solo a la vista sus ojos. Se subió la capucha, que cubrió todo su cabello y saltó al edificio de al lado.


—Pareces agotada hermanita. ¿Te hacen trabajar mucho en esa galería o qué? Tienes más ojeras que un mapache.

—Yo también te quiero, Foggy—Dijo Charlotte con una mueca de hastío y de cansancio, clavando el tenedor de plástico en su ensalada, que parecía hecha del mismo material. La salsa comenzaba a calentarse y la lechuga a ponerse babosa. Apartó el recipiente de plástico y sonrió con cansancio, poniendo las manos sobre sus rodillas—¿Y vosotros qué? ¿Mucho trabajo?

—Bueno, lo de siempre, supongo—Respondió Matt quedamente pasando las yemas de los dedos por uno de los documentos, escrito en braille.

—Está bien—Charlotte suspiró con exasperación y los miró a todos—¿Qué os pasa?

Foggy miró a su hermana durante unos instantes antes de apartar la mirada. Karen apretó los labios y negó con la cabeza, removiendo la comida que tenía ante ella. Matt tenía las manos inmóviles sobre el papel y Charlotte se dio cuenta de que apretaba las mandíbulas. Entre ellos se había instalado un silencio incómodo que ella no comprendía. Alzó las manos y sonrió con tristeza.

—Está bien, no me lo digáis. De todos modos yo me voy a trabajar.

Recogió todas sus cosas y salió por la puerta, cerrando los ojos cuando sintió la bofetada del frío aire que hacía aquél día. Se puso la bufanda y echó a andar hacia la galería, donde estaría Vanessa en aquellos momentos. Afortunadamente su jefa tampoco había sido herida durante los incendios. La mujer había sonreído de una manera extraña y dijo que se encontraba en uno de los lugares más seguros y que nadie la haría daño. Charlotte se quedó extrañada por aquella revelación, pero decidió no decir nada.

Cerró los ojos y soltó un suspiro, de manera que el aire se convirtió en vaho con el frío del exterior. Su cabeza le dolía y no podía dejar de pensar en qué iba a hacer con todo lo que tenía entremanos. Tenía que tomar una decisión. Y hacerlo rápido.


Matt escuchaba las noticias. El portátil estaba sobre la mesa y la rueda de prensa estaba siendo televisada en directo en todos los canales de gran importancia. La sangre corría por sus venas y sentía su propio corazón latiendo a toda velocidad. Le costaba respirar. Se aflojó el nudo de la corbata e inhaló el aire por la nariz, soltándolo después por la boca, en un intento fallido de tranquilizarse.

—Por eso, quiero hacer de esta ciudad un lugar mejor...

Soltó un gruñido y barrió la mesa con el brazo, tirando el ordenador al suelo. Escuchó como se rompía contra el suelo y apretó las manos hasta convertirlas en puño. Se pasó la lengua por los labios y volvió a respirar hondo, intentando controlar su desbocado corazón.

Wilson Fisk había salido de las sombras y su nombre se hacía público. Eso invalidaría todo lo que habían logrado en el bufete junto con Urich. Eso los dejaba con pilas de papeles rellenas de información que no podrían utilizar nunca. Eso hacía que todo su esfuerzo, todo su trabajo, quedase reducido a cenizas. Ahora, tendrían que seguir otras líneas para conseguir detenerle.

O tendría que hacerlo él. Si no, Hell's Kitchen estaría perdida bajo las manos de Fisk. Matt pensó en Elena Cardenas, en Karen, en Foggy. Pensó en Charlotte. Aquella joven cuya voz le provocaba que sonriese. Su forma de ser era tan parecida a la de Foggy, pero a la vez tan diferente. Pensó en Fisk destruyendo todo aquello que quería, el barrio donde había crecido. Todo aplastado bajo su bota.

Tenía que hacer algo.


Charlotte echó un último vistazo a la sala y se movió a otro lugar. Su ya inseparable agenda iba con ella y anotaba todo lo necesario e imprescindible. Era consciente de la alta estima en que Vanessa la tenía y lo contenta que se encontraba con su trabajo. Eso daba esperanzas a Charlotte, que quería conservar aquél empleo todo lo que pudiese.

Entró en la sala principal y se quedó parada a medio camino mientras observaba la espalda de un hombre. Era alto, tenía el cabello castaño y llevaba un traje. No le hubiese llamado la atención de no haber sido por el bastón blanco que tenía a su lado y que ella conocía muy bien. Matt giró la cabeza levemente y Charlotte pudo ver un amago de sonrisa en su rostro, casi como si supiese que era ella.

—¡Matt! ¿Qué haces aquí?—Dijo en voz baja la joven mientras se aproximaba a él.

—Bueno, a veces tu hermano dice que tengo un apartamento pésimo y que tendría que decorarlo con más gusto, pero—Se señaló las gafas con una sonrisa—Como ves, me resulta imposible.

—¿Quieres impresionar a una chica?—Respondió Charlotte con un tono de burla en su voz. Tono que no pasó desapercibido para el abogado, que soltó una pequeña risa.

—Bueno, desde luego al repartidor de pizza, no—Matt hizo una pausa y apretó el bastón entre sus manos—¿Me ayudarías?

Charlotte se quedó mirando el brazo que le ofrecía y lo entrelazó con el suyo sin dejar de sonreír, llevando a Matt por los diferentes cuadros que exponían y que se encontraban a la venta. Ella se los describía lo mejor que podía, intentando evocar imágenes o sensaciones. El abogado no dejaba de escuchar su voz, calmada y suave, explicando con todo detalle aquellas pinturas de tal manera que casi podía verlas. No pudo evitar sonreír al escuchar el tono que teñía la voz de Charlotte. Estaba entusiasmada por su trabajo.

—¡Charlotte, querida! ¿Es un cliente?—Vanessa se acercó a ellos y estrechó la mano que le ofrecía Matt—Si quieres puedo terminar yo la venta.

La joven abrió la boca y los miró a ambos pero se limitó a hacer un gesto afirmativo con la cabeza, abriendo la agenda y moviéndose de nuevo por la galería, atendiendo a otros clientes o dando órdenes a los empleados. Matt podía saber en qué lugar de la habitación se encontraba. Podía sentir su aroma flotando alrededor y el ruido de sus zapatos bajos al pisar la madera.

—Y, ¿Hay algún hombre en su vida?—Preguntó Matt con una sonrisa encantadora en el rostro. Vanessa también sonrió y se giró, mirando a algún punto detrás de Matt.

—¿Por qué no se lo pregunta usted?

Charlotte saludó a Wilson Fisk con una inclinación de cabeza y fingió mirar uno de los cuadros expuestos en las paredes. Aquél hombre era enorme y no solo por la altura. Sus ojos parecían escrutarte y conocer tus puntos débiles. Parecían saber dónde golpear para hacerte más daño. Sentía temor de estar en la misma habitación que él, al igual que estar con su ayudante, Wesley, cuyos ojos fríos tampoco dejaban de mirarla.

Observó como Fisk saludaba a Matt y se percató de la rigidez del cuerpo del abogado. Sonreía, pero su sonrisa parecía una mueca grapada a su boca. Sus hombros estaban rectos y todo su cuerpo parecía estar en tension. Sus manos apretaban el bastón y sus nudillos estaban blancos, pero su voz era cálida y parecía fingir muy bien que nada pasaba.

Para quien no le conociese, no le parecería extraño. Pero Charlotte le conocía. Y no comprendía por qué Matt Murdock estaba así.

Vio como Vanessa le hacía un gesto con la cabeza. Gesto que ella sabía perfectamente qué significaba. Se quedaba ella al cargo de la galería. Esperó unos instantes hasta que Fisk y sus hombres se marcharon y se acercó lentamente a Matt, que estaba plantado delante de un cuadro de color naranja que a Vanessa le encantaba. Tocó el hombro de Matt y sintió sus músculos tensarse más.

—¿Estás bien?

—Sí, sí.

—Ya, y yo me lo creo.

Matt alzó la cabeza y Charlotte miró sus gafas rojas, volviendo a sentir que Matt podía verla realmente. Éste suspiró y se inclinó para depositar un beso en su coronilla, extendiendo el bastón y caminando hacia la salida de la galería. Charlotte Nelson se quedó allí plantada, con la agenda de Vanessa en la mano, viendo como desaparecía. Era casi como si el tiempo se hubiese detenido y sólo ellos dos estuviesen en movimiento, a pesar de que la vida continuaba en la galería.

Matt Murdock tenía un secreto.

Y ella tenía que descubrirlo.


Matt cogió una bocanada de aire frío al salir de la galería y caminó con paso acelerado mientras movía el bastón de un lado a otro. En realidad, con sus sentidos alterados por los químicos que le dejaron ciego, no le hacía falta, pero él sabía que tenía que fingir.

Así era Wilson Fisk, pensó mientras su corazón iba bajando sus pulsaciones hasta alcanzar un ritmo normal. No esperaba encontrarse con él tan pronto, y menos siendo él mismo, y no el Diablo de Hell's Kitchen. Como tampoco esperaba encontrarse a Charlotte en la galería. Esperaba que Vanessa estuviese allí. Aún recordaba como la mañana siguiente al comunicado en directo, las noticias todavía mostraban imágenes de Fisk. La joven alegó no poder haber visto la tele, pero frunció el ceño y señaló el portátil de Karen, diciendo que aquella era su jefa.

Y allí había ido. Dispuesto a conocer a la mujer que había hecho salir a Fisk de las sombras.

Matt se paró en la calle y suspiró, pensando en sus amigos y todo lo que estaba en peligro. Pensó en Charlotte, quien trabajaba tan cerca de alguien como Vanessa y que seguramente había conocido a Fisk anteriormente aunque ella no hubiese dicho nada. No tenía por qué hacerlo, se dijo. Los asuntos personales de su jefa no eran de su interés.

Recordó la calidez del brazo de la joven mientras le paseaba por la galería y el roce de su pelo cuando él se había inclinado para darle un beso en la cabeza. Entonces, paró en seco en medio de la calle, provocando que algunos transeúntes soltasen un improperio y continuasen su camino. Había recordado dónde había notado antes ese olor a vainilla.

Charlotte era la joven que le ayudaba cuando era el Diablo de Hell's Kitchen.