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Capítulo 3


Existencia


El sol cercano a ocultarse perdía de a poco su luz intensa, como si fuera efecto del cansancio producido luego de cumplir la ardua labor que conlleva ser astro rey. Konoha percibía aquel cambio por la temperatura y el brillo débil. Junto a este suceso diario, a menos que se tratara de un día lluvioso, los habitantes llevaban un patrón de comportamiento casi involuntario. Sus consciencias estaban activas, pero en estas influían procesos naturales. Un ejemplo claro era el acontecimiento eterno de un atardecer que abre puertas a la noche, una de las razones que los llevaba a terminar con sus labores. Esta era la hora del día cuando los establecimientos comenzaban a cerrarse, muchos niños eran adentrados por sus padres a los hogares y los cambios de turnos de la guardia se ejercían. Pero como toda regla, había excepciones, y esta vez Naruto formaba parte de ellas.

A través de la ventana podía ver con claridad el ocaso, visión que como arrullo silencioso hacía pesado sus párpados y adormecía su mente. Un efecto al que se rendiría sin dudar, de no ser por las constantes visitas inoportunas que recibía. Luego de que Ino lo llevara a su habitación, se había esforzado por dormir, pero la preocupación por el paradero de Sakura hacía vanos sus intentos. Aquel insomnio finalizó cuando la rubia le hizo saber que su amiga de cabello rosa se encontraba en casa, aunque no la pudo ver en persona pues la señora Haruno le informó que se había encerrado en su habitación porque no se sentía bien. A pesar de que aquello no le tranquilizaba por completo, al menos sabía que ella estaba segura, y esta idea era el somnífero necesario para finalmente descansar.

Caminaba por uno de los numerosos pasillos de su enorme hogar. Lo reconocía a pesar de que las paredes, el suelo y todo objeto con el que se topaba, eran como el reflejo de un espejo ondulado que distorsionaba todo a su alrededor. Era él la única figura precisa. El corredor parecía no tener fin, sin embargo, a cada paso que daba lograba divisar una luz. Aquel brillo leve escapaba por la abertura de una puerta entrecerrada, atrás de la cual se oía el llanto de un niño, ampliado por el eco. Abrió por completo la puerta e ingresó a la habitación identificándola al instante; era la de su tío Yuto. En medio de la penumbra que reinaba en la instancia tenuemente iluminada por una luz de proveniencia desconocida, un niño estaba de frente a la ventana; sabía que lo era por su baja estatura que a duras penas le permitía a su cabeza sobresalir del marco inferior. Aun así, estaba desprovisto de cualquier color, era una imagen gris que no podía ser notada con facilidad por ojos expertos. Naruto se acercó y al estar lo suficientemente cerca del chiquillo, sintió la sutil corazonada de haberlo visto antes.

¿Por qué lloras? —El llanto aumentó de improviso tornándose desgarrador, y el rubio se culpó por su imprudencia. Entonces, la figura gris comenzó a girarse lentamente con la cabeza gacha, sus brazos caídos rígidamente a los costados y las manos cerradas en puño.

Ella… murió. —respondió entre hipidos. Las lágrimas caían y se evaporaban antes de siquiera tocar el piso.

¿Ella quién? —indagó el rubio dolido por su sufrimiento. Pero su curiosidad desapareció al igual que las lágrimas, siendo reemplazada por el asombro rayando al horror, en el preciso instante en que el niño levantó la cabeza para revelar su rostro. Uno que Naruto identificó de inmediato. ¿Cómo no hacerlo? Si le perteneció cuando tenía tan solo ocho años.

En medio de sueños, los días pueden ser unas cuantas horas y estas, simples minutos, pero lo que Naruto sintió fueron miserables segundos. Una enfermera había interrumpido su descanso para hacerle el chequeo rutinario. Ella no había salido todavía cuando otro turbador de sueños ingresó. Era Shikamaru quien le visitaba. Agradecía la intención y le sentaba bien comprobar que no había salido tan mal librado de la misión, solo con un dedo fracturado; pero al pasar de cada minuto, su cuerpo se sentía colapsar.

Conversaron por un tiempo que el rubio no quiso calcular centrándose en prestar la debida atención que su amigo merecía, y en no desmayarse. La charla terminó, el Nara se despedía y, repentinamente, alguien más llegó entrando y cerrando la puerta al instante.

—¿Qué haces aquí, Kiba? —preguntó Shikamaru de un modo que parecía como si lo hubiese repetido varias veces con anterioridad. El Inuzuka, apoyado de espalda en la puerta y agitado, le miró fastidiado de la misma forma que se ve un plato de comida que has ingerido demasiado.

—Debería preguntar lo mismo. —respondió con un tono de voz que se ajustaba a su expresión. Naruto reparó en que el castaño estaba igual o más vendado que él, y a juzgar por el modo en que su cuerpo temblaba levemente, debía estar soportando su mismo dolor a causa de tanto movimiento.

—Que problemático. —Colocó una mano en su frente en pose aburrida—. Desde ayer dejó de importarme tu salud. Lo único que me preocupa es que tu hermana me eche la bronca de nuevo—. Kiba se estremeció ante la idea. Entonces, se percató de la presencia de una tercera persona.

—Naruto, luces peor que yo. —le dijo mostrando su característica sonrisa salvaje. Aunque en cierto modo era verdad gracias a las ojeras que comenzaban a salir y su espalda inclinada, el comentario podría tomarse como una burla, pero el rubio conocía al chico lo suficiente para saber el verdadero significado: Me alegra que estés bien—. No te preocupes, la perdí en otro piso. —habló dirigiéndose al Nara, quien tomó una de las sillas y se la acercó.

—Siéntate antes de que te caigas y deba darle otro motivo a Hana-san.

—¿A qué te refieres? —Intervino Naruto confundido. Kiba se sentó con pesadez haciendo una fugaz mueca de dolor y de inmediato se relajó. Por su parte, Shikamaru se sentó en el borde de la cama con los brazos cruzados.

—Al igual que todos en la aldea, este —Apuntó al castaño con el dedo pulgar de manera despectiva— se enteró de la llegada de tu padre, y se emocionó como una fanática desquiciada. —Kiba lo fulminó con la mirada ante aquel calificativo—. Para resumirte, intentó salirse de su habitación sin permiso frente a su hermana, numerosas veces, y de paso me involucró —Finalizó cerrando sus ojos con resignación y frotando con un dedo su oreja izquierda, al recordar lo sucedido el día anterior.

Shikamaru llegó a la habitación de Kiba, encontrando a este sostenido cruelmente por su hermana, si se tiene en cuenta el estado delicado de su cuerpo; y justo cuando entró, al castaño se le ocurrió decir que lo había ido a buscar. Por lo que, de inmediato, ella supuso que era su cómplice, por consiguiente, entre amenazas y sermones, lo agarró sin piedad de la oreja con tanta fuerza que creyó que se la arrancaría.

Naruto sintió pesar por el par de chicos, sabía el temperamento que tenían las mujeres de ese clan. Pero Kiba admiraba tanto a su tío Yuto, que era capaz de enfrentarse a la furia de su hermana, para solo verlo a la lejanía. Más aun frente a su regreso luego de tanto tiempo de ausencia. Por ello soportaría el castigo de su madre. Y eso sí que era algo de temer

—Escuché lo que sucedió en una de las habitaciones. ¿Sabes algo al respecto? — Indagó el Nara dirigiéndose al rubio para cambiar de tema.

—La verdad, no sé demasiado. Por lo que Ino y yo vimos, sumado a lo que Kakashi-sensei nos dijo, al parecer hubo una pelea allí, pero se suponía que no estaba ocupada por algún paciente. Ni siquiera hay testigos. —hablaba Naruto con una seriedad que acentuaba su semblante exhausto—. De algo estamos seguros: Sakura está involucrada. No sabemos cómo, pero creemos que ella conoce a los involucrados.

—Antes de venir quise echar un vistazo, pero cuando llegué no había vigilancia, nadie intentaba investigar la escena. Lo que más me extrañó fue que el lugar estaba completamente normal. No había rastros de lucha. Por un momento pensé que me había equivocado. —dijo Shikamaru con la actitud analítica que Naruto reconocía tan bien. Aquello solo significaba que tenía una idea de lo que pasaba—. Es como si quisieran ocultarlo. Pero ¿Por qué?

—Deben haber descubierto algo. —respondió el rubio, lo cual era innecesario porque dudaba que el pelinegro no pensara lo mismo.

El silencio reinó en la estancia por unos minutos. Cada uno especulaba basado en los hechos, pero, aunque no hablaban, todos concordaban mentalmente con algo: la única que les podía dar respuestas era Sakura.

—Por cierto ¡¿Yuto-san vendrá a visitarte?! — preguntó Kiba emocionado, sacándolos de su estado pensativo.

—No lo veo desde la mañana, pero supongo que llegará pronto. —contestó Naruto sonriendo leve ante su comportamiento eufórico. Pero esa sonrisa se vio borrada por un bostezo y sus párpados cayendo pesadamente.

—Será mejor que lo dejemos dormir. —Sugirió Shikamaru notando su aspecto más agotado.

—Puede dormir cuando le plazca. No pienso salir de aquí. —Resolvió renuente a marcharse, quizás por seguir a la espera de su héroe o por esconderse de su hermana. Shikamaru supuso que las dos razones eran correctas. Por su parte, Naruto, después de acomodarse, se perdía entre el sueño poco a poco, y la charla entre sus dos amigos se escuchaba como ecos a la lejanía

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Las farolas se encendieron iluminando tenuemente a Konoha, ya que el fulgor del sol desaparecía tras las montañas con una triste despedida. En una de las numerosas calles, una figura caminaba a paso lento. Alto, imponente y elegante eran las palabras adecuadas para describirlo. Y a pesar de vestir una túnica abana y que su cabeza estuviera cubierta por la capucha, su porte atraía las escasas miradas con las que se encontraba. Le parecía increíble que ni ocultándose podía dejar de ser un imán de curiosos, pero al menos, nadie se le acercaba a hostigarlo con cumplidos y coqueterías. Podía mostrarse ante el resto como si ya se hubiera acostumbrado a todo ello, pero nunca lo estuvo ni lo estaría por completo. Jamás sentiría halago ni su ego se inflaría por algo que no obtuvo por su esfuerzo.

Él sabía que era un símbolo viviente de su verdadero héroe. No era más que un recuerdo andante, y el tiempo para terminar con esa maldición había pasado. Sin embargo, no permitiría que la misma historia se repitiera en su familia, este era el principal motivo por el que años atrás sacrificó parte de su corazón y aceptó entregar su propia vida a una causa que salvaría millones de personas, aunque a él solo le importaba dos en especial.

Yuto, en cierta medida, era muy distinto a su hermano. Él solo cuidaba a su familia, y que esto lo conllevara a proteger la aldea, era algo colateral. Sus rasgos físicos cegaban a todos aquellos que lo admiraban y envidaban, por ello nadie percibía su actitud distante y fría ante el bienestar de los demás.

Ni siquiera la Hokage.

—Tsunade sama, ha llegado Yuto-san. —Anunció Shizune ingresando a la oficina para posarse a su lado, con su inseparable cerdo en brazos. La aludida, que veía a través de la ventana a Konoha iluminada por el sol en todo su esplendor, se giró para tomar asiento tras su escritorio, y justo como su asistente dijo, el rubio entró cerrando la puerta tras de sí.

Vestía la misma prenda abana que le vio usar el día que llegó a la aldea y le habló tan tranquilo como si no se hubiera ausentado en años, felicitándola por su puesto de Hokage y agregando al final, al igual que se habla del clima; que traía consigo a Sasuke Uchiha. No había cambiado demasiado, exceptuando las transformaciones naturales y físicas que conlleva madurar. Su personalidad seguía siendo igual a como lo había visto hacía tantos años, cuando estaba en sus primeros años de adolescencia: casi indescifrable.

Aún tenía la mirada en una extraña combinación entre neutralidad y calma, que hacía difícil percibir sus cambios de ánimos o si quiera adivinar que pasaba por su cabeza. Las únicas dos personas que lo lograron, ya estaban muertos: Sandaime y Yondaime Hokage.

—Debes estar al tanto de la magnitud de tu regreso. —Comenzó la Hokage mirándole fijamente, luciendo serena pero al pendiente de cualquier reacción. Si los anteriores Hokage lograron entender al hombre frente a ella, también era su deber hacerlo—. De acuerdo con el permiso que el Sandaime te otorgó, en el momento que pisas la aldea, retomas tus obligaciones como Namikaze y ninja de Konoha. Pero es algo de lo que hablaremos más tarde—. Shizune tomó una carpeta delgada del escritorio, con algunos papeles guardados en su interior, se la entregó al rubio y regresó al lado de Tsunade. Yuto la examinó—. Como podrás ver, son resúmenes de informes relacionados a dos sucesos que le corresponden a Konoha encargarse: La repentina muerte de Orochimaru y los ataques simultáneos a todas sus guaridas, en donde quedaron pocos sobrevivientes.

Entonces lo vio. Fugaz y casi imperceptible. De no estar atenta, habría pasado desapercibido el instante en que los ojos de Yuto detuvieron su movimiento de lectura en una, por poco invisible, expresión de asombro. Ese acto, que duró un segundo, comparado a lo que estaba por decirle, no podría considerarse una prueba indispensable, pero en lo personal, era un importante avance de lo que se había propuesto a lograr

—En la guarida donde encontraron el cuerpo de Orochimaru, hubo un sobreviviente que aseguró haber visto al atacante el cual, basado en su descripción, tiene tus mismos rasgos. Esto, sumado a tu aparición con Sasuke Uchiha, a su desaparición junto a Sakura Haruno el día de hoy, descarta cualquier coincidencia. —Tsunade poyó los codos sobre el escritorio y entrelazó sus dedos bajo el mentón—. A pesar de que mis sospechas son obvias, tengo que preguntar. ¿Tienes alguna explicación al respecto?

Yuto cerró la carpeta y, sin mirarlas, se dirigió a paso lento hacia el sofá de la oficina situado en la pared al lado derecho del escritorio. Según le contó su hermano, ese sofá fue creado poco después de la fundación de Konoha. El material de aquel mueble era el mismo que el de su mansión, madera de roble, un árbol que crecía en el norte del País del Trueno, y que a causa de las constantes talas, se extinguió. Yuto se sentó en él preguntándose mentalmente cuántos personajes respetados de la aldea y fuera de ella se habrían sentado ahí.

El tapiz se cambiaba constantemente, pero esa madera podría perdurar miles de años, absorbiendo memorias, escuchando sin escuchar, mirando sin mirar, pero estando. Esa eternidad efímera era algo a resaltar, sin embargo, aquellos que lo utilizasen no lo apreciarían como tal, para ellos no era un objeto al cual admirar cada vez que sus ojos lo vieran, sino simplemente uno en el cual descansar. Servía únicamente a su propósito. Así como él.

Desde que se había marchado de la aldea, ya no era Yuto Namikaze, sin importar que la gente de Konoha inconscientemente se empeñara en demostrar lo contrario.

— Yo maté a Orochimaru y a todos en su guarida. Estoy totalmente seguro de que no dejé a alguien vivo. De ser ese el caso, debieron haber escapado, y dudo mucho que permanecieran allí hasta que fueran encontrados. Fui muy cuidadoso en mi labor. —dijo Yuto antes de posar su brazo izquierdo estirado en el respaldar y el derecho sobre brazo del sofá, dejando la carpeta a un costado. Continuó sin darles chance a intervenir, con sus ojos fijos en la nada—. Sé que les llevó mucho tiempo el tratar de descubrir el paradero de Orochimaru, y cuando lograban hacerlo, él escapaba dejando atrás un escondite vacío y sin pistas del próximo. —Esta vez su vista se dirigió hacia ellas—. Me parece curioso el hecho de que consiguieran localizar, no solo todas sus guaridas, también la exacta ubicación en donde él se escondía, y es más extraño que fuera justo después de efectuarse los ataques.

—Entonces ¿Confiesas tener algo que ver con la desaparición de Sasuke Uchiha y Sakura Haruno? —preguntó Tsunade sin perder su calma a pesar de que la respuesta del rubio la tomó por sorpresa, al contrario de Shizune cuyo rostro dejaba a la vista su asombro.

—Sí. Pero antes de revelarle los motivos de mis acciones, quiero que me responda una pregunta.

—No creo que estés en posición de exigencias. —dijo la Hokage con tono duro aseverando su mirada, y notando lo sospechosamente fácil que estaba resultando su interrogatorio informal.

—¿Por qué? ¿A caso he cometido algún crimen? —En la naturalidad de sus palabras, junto a la indescifrable mirada, relucía la seguridad que se tiene al sentirse justificado por completo—. Desde tiempos inmemorables se ha cazado y asesinado a criminales. Y, en términos simples, he hecho un bien para Konoha. No solamente asesiné a un renegado de la aldea, también la salvé de posibles planes contra ella. Una prueba de ello es el hecho de haber evitado que obtuviera a uno de los Uchiha, y eso es decir poco.

—Dudo que secuestrar a dos niños se considere algo normal. —Interfirió Shizune sin poder resistirse a rebatirlo. No toleraba su descaro y eso le crispaba. Empezaba a conocer una parte de Yuto que le desagradaba, y creía que había más por descubrir.

—Entiendo su punto, Shizune-san. Pero me explicaré cuando se cumpla mi condición. —La aludida quiso refutar, pero Tsunade se le adelantó con una respuesta que la tomó desprevenida.

—De acuerdo. —El Namikaze se mantuvo en silencio por unos segundos.

—¿Cómo encontraron los escondites? En el resumen no lo menciona.

— Fue por un aviso anónimo que le llegó a un equipo en su misión. —Yuto tenía los ojos cerrados en un gesto pensativo, y permaneció así durante casi un minuto.

—Bien. —Abrió los ojos—. Cumpliré con mi parte.

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Había soñado con lo mismo una y otra vez. Mientras durmiera se reproducía automáticamente la irrealidad de caminar por su distorsionada casa, entrar a la habitación de su tío y ver a aquel gris Naruto de ocho años llorando.

A cada repetición empezaba a comprender el significado de aquel sueño. Sabía que estaba relacionado a un recuerdo, porque desde que tenía memoria, todos sus sueños se basaban en sucesos ya pasados, mostrados de manera inexacta. Pero casi nunca se repetían, y menos tan constantemente como en esta ocasión. Debía haber algún propósito en todo ello, esa era la única conjetura que su mente formaba, sentado con su espalda apoyada en la almohada dentro de su oscura habitación, apenas iluminada por luz de las farolas. Ya no sentía cansancio gracias a las horas en la que durmió y, por otra parte, al chakra que le ayudaba a sanar con más rapidez; una prueba era que el dolor provocado por el movimiento había menguado considerablemente.

Cuando Naruto despertó, Shikamaru y Kiba ya se habían marchado, y se sintió con la tranquilidad suficiente para reflexionar sobre el significado de aquel sueño, descubriendo así, que era una representación casi metafórica del día que marcó la vida de muchos, entre ellos a su tío Yuto; lo que fue el detonante de decisiones, despedidas y grandes cambios de los cuales él fue el mayor partícipe.

Su tío siempre le decía que por más insignificante que fuera un acontecimiento, era el efecto de una causa provocada con anterioridad, pero había algunos que eran el resultado de hechos tan lejanos en el tiempo, que podía tratarse de generaciones y generaciones anteriores. Todo tenía una razón de ser, y que las decisiones que se tomaran o las acciones que se hicieran en el presente, podrían ocasionar sucesos en un futuro muy distante, tan lejos que quizás no se estuviese con vida para verlo.

Pero, a pesar de lo verídico de sus palabras, no había logrado hallar el motivo por el que tantas vidas hubieran sido arrebatadas, el exterminio de casi todo el clan Uchiha; o que su tío se marchara tan imprevistamente. Sin embargo, en el recorrer de los días de nuevas amistades y tratos, consiguió un cimiento resistente que le ayudaba a soportar el hecho de no tener noticia alguna de Yuto, diciéndose a sí mismo que tal vez, de no ser por su partida, no habría cambiado su personalidad sumisa e insocial, y no tendría los amigos que ahora tenía.

No obstante, aun creía que no era razón suficiente para tanta muerte, y que había un motivo más grande.

—Pensé que estarías dormido. —Una voz conocida desde la entrada lo sacó de sus cavilaciones.

—Ya dormí lo suficiente. —dijo Naruto al tiempo que veía a su tío ingresar y cerrar la puerta tras de sí. Encendió la bombilla y luego se sentó en el borde de la cama—. La enfermera dijo que mañana me quitaría parte del vendaje. —Agregó al ver en su rostro un atisbo de preocupación.

—¿Cogiste las malas costumbres de Tsubaki? —preguntó con fingida seriedad y una expresión divertida, pero a su sobrino no pareció hacerle gracia, ya que tomó una pose decaída.

Tsubaki era la jefa de personal de la mansión Namikaze, y con sus 24 años, demostraba ser apta para cumplir su labor, no solo de mantener el orden de todo, también de cuidar a los dueños. Sin importar la edad, que fuera mayor o menor, ella podía reprenderlos de ser necesario, y lo especial de sus capacidades era que lo hacía respetando los límites entre empleado y jefe, aunque los dos la consideraban parte de la familia.

—Ella se ha encargado de que no lo haga. —Yuto sonrió con compresión. Tsubaki era muy estricta y utilizaba métodos severos para que todo se hiciera al pie de la letra, aunque contradictoriamente, la joven hacía lo opuesto; Yuto comprobó que no había cambiado cuando ella, en pijama, le avisó que la Hokage lo solicitaba, prueba de que aun dormía hasta tarde. Sin embargo, confiaba mucho en ella, por eso dejó a Naruto bajo su cuidado, estando seguro de que haría bien en tomar su lugar de crianza durante su ausencia.

—Está enojada contigo. No debiste ir a esa misión sin avisarle. —No hubo tono burlón en su voz ni diversión en el rostro. Era algo para tomar en serio y Naruto lo entendió. Sabía que había sido un error marcharse sin decirle algo, y Yuto lo notó al verlo cabizbajo por la culpabilidad—. Pero alégrate. Ella debe haberte perdonado porque se ofreció a cuidarte el resto de tiempo que tardes en recuperarte. Así que mañana mismo regresarás a la mansión. —Añadió en un simulado intento por animarle, obteniendo otro resultado. Su sobrino volvió al decaimiento dramático.

—Me matará, lo sé. —dijo nervioso imaginándose las formas crueles con las que la joven se vengaría por su falla. El rubio mayor posó una mano sobre su cabello aun cubierto por vendas, logrando que el chico riera. Era algo que acostumbraba hacer mucho. Naruto creía que solo se trataba de un simple gesto, pero luego descubrió que lo hacía cuando lo veía concentrado en algo específico, fuera de lugar. Como si quisiera llamar su atención, porque al final, siempre hablaba.

—Veo que hiciste amigos en mi ausencia, y unos muy buenos. Es agradable saber que de los dos, tú eres quien cumple las promesas. —Lo melancólico de su voz hizo que Naruto borrara su sonrisa. Captó el mensaje de sus últimas palabras y a qué se referían.

—Cuando te fuiste, pensé mucho en ello. —Empezó Naruto a hablar desviando su vista hacia la ventana—. Me sentía engañado y furioso. Creía que si tú, siendo mi familia, me dejaste, ¿Qué podía esperar del resto? ¿Cómo podría confiar en alguien más? Por eso fue difícil intentar hacer amigos, porque lo único que me impulsaba era la idea de que sería diferente a ti si cumplía mi promesa. Se trataba de una obligación. —Curvó su labio a un lado y cerró los ojos—. Pero luego comprendí algo. El viejo Sarutobi, Tsubaki y Kakashi-sensei, todos ellos que me cuidaban, lo hacían en tu lugar, por petición tuya y por decisión propia. —Alzó sus parpados para mirarlo fijamente, con una expresión de total gratitud—. Antes de irte, te aseguraste de dejarme en buenas manos. Nunca rompiste tu promesa, la cumplías a través de otros y aun lo sigues haciendo.

Yuto quedó totalmente asombrado ante palabras tan significativa que lo aliviaron. Le quitaron el peso de la culpabilidad que lo tenía alejado de su sobrino. De solo pensar que quizás Naruto sintiera rencor era uno de los motivos por el cual no fuera a visitarlo en casi todo el día. No quería afrontar un reclamo que se merecía o la indiferencia que esperaba. Pero, en ningún momento creyó que su sobrino se sintiera agradecido. Era verdad que antes de dejar la aldea, le pidió a los tres mencionados que lo cuidaran, sin embargó, jamás imaginó que su sobrino lo descubriría.

—Te pareces a tu padre. —dijo con sinceridad, y fue el turno de Naruto para sorprenderse. Nunca había escuchado de la boca de su tío, la mención del parecido que tenía con su padre, ni siquiera el físico. Quien siempre se lo decía era Tsubaki y el viejo Sarutobi cuando estaba en vida. Al parecer no era el único que había cambiado—. ¿Quieres que me quede hasta que duermas? —preguntó en tono burlón haciendo ademán de quitarse la túnica como buscando mejor comodidad.

—¿Eh? ¡Ya no soy un bebe, tío Yuto! —exclamó ofendido ante tal ocurrencia.

—De acuerdo. Solo quería cerciorarme. —Se disculpó fingidamente y luego se levantó dirigiéndose a la puerta—. Siendo así, dejaré que duermas.

—¿Ya te vas? No tengo sueño. Además necesito preguntarte algo.

—Naruto. —Esta vez su voz tenía un matiz diferente que no le había escuchado desde que llegó. La dureza de una orden. Le daba la espalda pero podía ver su rostro perfilado—. Hablaremos del tema en su momento. Cuando el tiempo llegue te avisaré. Tú solamente vive con normalidad. —Dicho esto, se marchó, dejó en el chico confusión y lo regresó a la penumbra de su habitación.

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El cielo era un manto negro que engulliría todo bajo su presencia, de no ser por la luna menguante que con su suave brillo hacía de protector ante esa oscuridad. Una espesa selva era uno de los favorecidos de su protección, ya que gracias a la luz del astro nocturno, podía ser divisado el agujero que, comparado a la imponencia de tanto espesor natural, era insignificante. En aquel espacio destacaban numerosas casas, pero por su cantidad, tipo de estructura y posición geográfica, podía deducirse de inmediato que se trataba de un pequeño pueblo separado por kilómetros de cualquier otra civilización. Sin embargo, no era un problema para sus habitantes. Viviendo entre la naturaleza disponían de muchos recursos, y todos eran capaces de sacarles provecho. Por ello, nunca creyeron que tanta lejanía era una dificultad. Jamás llegaron a imaginar que necesitarían la existencia de otro grupo de personas fuera de su comunidad, hasta ahora.

Daba zancadas tan largas como el tamaño de sus piernas le permitía y a la velocidad que su estado físico soportaba. El largo cabello se alborotaba por el viento a su andar, y la ropa se mecía por los bruscos movimientos. Siempre había odiado las faldas, y de un modo absurdo, muy en el fondo de la escasa parte de su cerebro que tenía lucidez, agradecía preferir los pantalones. Aun así, para el miedo no había límites, y el tipo de vestimenta no sería uno de ellos.

Hasta lo más recóndito de su ser estaba concentrado en un único objetivo: Huir. Escapar ignorándolo todo, ya que nada existía. No había motivos, algo que la atara a aquel lugar. Porque los cuerpos inertes no eran ni siquiera una razón. Ni su madre muerta junto a su padre; ni las personas en condiciones iguales, con las que compartió lo que llevaba de vida; ni mucho menos su novio, aquel ser del que corría. Todo quedaría atrás si llegaba a salir de allí y se adentraba a la selva que tan bien conocía, entonces podría esconderse fácilmente.

Estaba tan segura de que su plan funcionaría, ya sea por esperanza o por el terror que le cegaba la lógica; que olvidó una regla fundamental: en la vida unos se salvan y otros no. Lo recordó en su inconsciente cuando fue demasiado tarde, y comprendió que formaba parte del último grupo cuando al estar a pocos metros de su meta, tropezó con una piedra y cayó al piso, quedando a merced de su perseguidor. El hombre del que se había enamorado. Bueno, cariñoso e inocente, que hasta hacía unos minutos compartía con ella y sus padres una cena agradable en la sala de su casa. Y que ahora, repentinamente, se había convertido en un monstruo irracional.

Fue virada con brusquedad para que estuviera boca arriba, y pudo ver su rostro desfigurado por una ira teñida de insana excitación y ansiedad. La locura afloraba sin medida, a través de sus ojos que no la veían, la saliva que salía abundante de su boca y los gemidos roncos que emitía. Ese era el cuerpo de su novio, pero lo demás parecía haber sido arrancado del mundo junto a sus padres. No gritó, ni luchó cuando él agarró su cuello con las dos manos y apretaba el agarre a cada milisegundo. Nada serviría. Pero, la fe hace que las mentes desechen cualquier realidad. Aunque sabía que era, hasta ese momento, la única sobreviviente, buscó con su vista algún atisbo de salvación, y se topó con la crueldad personificada a grados que su mente inocente no podría soportar.

Justo antes de su último suspiro, pudo observar a otro joven de su edad apaleando el cuerpo sin vida y sangrante de la que fue su hermana. Más allá había otro hombre sobre una chica muerta, y sin especificar, podía suponerse por el movimiento de su cadera, lo que hacía entre las piernas de aquel cuerpo inherte.

En todo el pueblo había actos distintos y parecidos, pero todos tenían el mismo nivel de maldad y demencia. Era una escena perversa, observada por dos espectadores desde el techo de la estructura más elevada. La luna estaba exactamente tras de ellos, lo que oscurecía su apariencia, pero dibujaba a la perfección sus formas.

—Ya no queda nadie con vida. Es hora de actuar. —dijo con seriedad la figura de estatura mucho más alta que la otra.

—Y pensar que seremos los vengadores de las muertes que nosotros mismos causamos. —habló de un modo divertido que desentonaba totalmente de sus palabras y las circunstancias. Los dos personajes saltaron y, exactamente al tocar el suelo, uno de los individuos enloquecidos se dirigió a la figura más baja, quien con tan solo un movimiento de su brazo derecho torció su cuello con la facilidad que se parte una rama—. Será una larga noche. —dijo con sarcasmo sacando a relucir sus dientes blancos y afilados que relucían en su oscuro semblante, a la par que más objetivos los rodeaban.