TRIÁNGULO
Capítulo III
"Hilos de seducción"
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Un aero-coche en medio de la nada en cuyo interior sucedía todo. Unos asientos de cuero sumamente confortables y unos vidrios polarizados por completo empañados rodeaban dos cuerpos, el de un hombre y una mujer, mientras se mecían uno contra el otro en medio de una batalla furiosa que tenía como premio el más visceral placer. Humo sobre ellos, producto de los varios cigarrillos consumidos en los largos minutos que ese auto llevaba sacudiéndose entre árboles y vegetación, alejado de la gran urbe que todos llamaban Capital del Oeste. Sólo en un lugar perdido podían gozar quienes poseían rostros populares, pues la naturaleza no juzga un acto tan natural como sí podrían hacerlo las personas de la ciudad, todo por tratarse de gente conocida.
Gritos, rasguños, gemidos desaforados de la mujer que gozaba sobre el hombre,; los gruñidos daban la pauta del clímax cercano. Éste llegó y los movimientos eróticos y las súplicas femeninas finalizaron, no así el sudor que el calor de tan pequeño lugar provocaba en las dos personas que allí mantenían relaciones con estridente hard rock de otras décadas musicalizando sus locuras.
—¿Por qué yo? —preguntó el hombre luego de prender un nuevo cigarrillo, su voz ronca y la respiración más calmada.
—Siempre me llamaste la atención, Trunks —afirmó ella con convicción.
Él escrutó largamente a Miss Mimi, quien sonreía a su lado, notoriamente confiada en lo que decía; él fijó su vista, particularmente, en el tatuaje que decoraba la parte baja de su vientre: un tribal que, justo encima de su parte más íntima, bramaba sensualidad.
—¿Por qué? —inquirió una vez más.
Mimi puso un cigarrillo en su boca y le indicó con una mano que lo prendiera. Trunks lo hizo: acercó su mechero y el vicio se vio encendido. La mujer gozó una profunda pitada para después expulsar el humo de sus pulmones. Fijó su vista en él así como él lo hacía en ella.
—Amé, amo y amaré a Isabelle Cort —aseguró con vehemencia—. Ella fue quien me acercó a ti a través de sus fotos. Según el mito que siempre los ha rodeado, tú inspirabas demasiado a Isabelle. —Volvió a darle una pitada al cigarro—. Siempre quise saber qué tienes, por qué la inspirabas tanto. Ella era una artista admirable.
Trunks imitó la última pitada que Mimi le dio al cigarrillo con el que él fumaba; aspiró hasta acabarlo. No sabía muy bien qué decir y aprovechó el humo distorsionador de pensamientos para intentar relajarse. Tantas palabras reveladoras debían ser apropiadamente contestadas, con enorme tranquilidad.
—No tengo nada —afirmó—. No soy tan especial como crees, Mimi.
Ella rió desfachatadamente, tanto que terminó por irritarlo un poco.
—Tienes todo, mi rey —sentenció ella sin dudas, aún sonriente—. Estar aquí contigo me hace saberlo.
Apagó el cigarro sobre el cenicero —incorporado a la parte posterior del asiento delantero del auto— para así subirse a las piernas desnudas de Trunks. Tomó el rostro con sus manos para dedicarle una mirada sincera, transparente, una mirada que él jamás hubiera esperado de una mujer con enorme fama.
—Tienes algo especial —susurró ante él—. Tienes algo que inspira a las personas... —Le dio un beso corto pero no por ello superficial: fue totalmente erótico—. Tienes algo que, para mí, tiene un enorme significado.
—No te entiendo —afirmó él, su gesto inmutable—. Es un poco extraño lo que dices…
¿A qué significado se refería? La intriga se fusionó con la irritación en la que ella lo sumió con tan enigmáticas palabras.
—En este mundo, hay personas grises, que son la mayoría, pero también hay unos pocos afortunados cuya mirada expresa demasiado, porque ellos tienen demasiado, básicamente. —Rió durante una pequeña pausa—. Esas personas son las que busco, son las que deseo, con quienes quiero codearme. Por eso estoy aquí: porque presentía que en ti encontraría significado. Efectivamente lo encontré. —Lo besó una vez más sin que él pudiera poner resistencia alguna a su atrevimiento—. Y, para qué negarlo, vine buscando al hombre más hermoso que hayan visto mis ojos. Créeme que difícilmente olvide esta noche.
A Trunks le pareció un tanto egoísta el verdadero motivo del encuentro, mas no pudo culparla: lo hecho, hecho estaba.
Bastante hecho.
—La pasé tremendamente bien. Eres genial, de otro mundo —comentó la mujer entre risitas pícaras—. Siempre recordaré esta noche y te entenderé si no quieres repetirla. De todas formas, cuando termine mi nuevo disco te lo enviaré. Deseo que lo escuches para que puedas entender lo que intento decirte.
Trunks necesitó sonreír ante el comentario, aun cuando vislumbró un doble sentido en sus palabras, en el cual no quiso ponerse a reparar en tan íntimo momento.
—De acuerdo —aceptó sin más.
—Lo que realmente pienso lo dejaré para ese día; por hoy, sólo te diré que el poder que tienen tus ojos es gigantesco. Tu mirada es magnética, poderosa y peligrosa, es adictiva. Incita a cosas hermosas y a cosas horribles. Veo una dualidad demasiado fuerte en ti, la que, seguramente, no todos capten. Yo soy una artista, mi rey. Por supuesto que logro captar lo que tus ojos encierran. Tu alma es compleja y tu corazón oscuro; no todos están listos para alguien como tú.
Él se impresionó por el comentario, extrañado y maravillado por éste a pesar del ápice de soberbia que había manchado cada palabra pronunciada por Mimi. Iba a decir algo, pero no le pareció conveniente hacerlo.
«No tengo por qué revelar cosas de mi intimidad con Isabelle».
Tampoco tenía por qué revelar intimidades de su propia vida, la actual vida llena de aburrimiento y sinsentido.
—Ten cuidado con esos ojos, Trunks —le sugirió ella entre nuevos besos—. Esos ojos podrían enloquecer a cualquier persona con la guardia baja.
Y lo hicieron.
Y lo harán.
Dichas las palabras, Mimi empezó a revolverse sobre él en un intento de generarle excitación. Una chica tan sensual no tenía esa empresa muy complicada, por lo que Trunks reaccionó inmediatamente, aunque un poco distraído por las enormes palabras de Mimi, esas que mucho tendría que meditar al llegar a la soledad de su hogar. La vio frágil y casi adorable al contemplar su pequeño cuerpo y su cabello corto y castaño, alejado de las pelucas llamativas que usaba sobre el escenario. Sus ojos, de un tono verde inglés, eran llamativos: se veían sinceros, incluso aniñados. Un dejo de inesperada inocencia decoraba sus pupilas.
—¿Qué edad tienes? —indagó de pura curiosidad.
Era muy buena amante, eso tenía que admitirlo. Era apasionada, ocurrente y atrevida. Parecía madura, sí, pero esa mirada y esa sonrisa no se veían acordes a la edad que ostentaba con palabras, gestos y acciones. Algo no encajaba.
Ella lamió el lóbulo de su oreja y allí mismo murmuró en un suave jadeo:
—Veinticuatro.
Los ojos azules se abrieron en un segundo.
—¡Tienes nueve años menos que yo! —exclamó un tanto horrorizado por la diferencia.
Mimi volvió a reír sin dejar de atenderlo.
—¿Y qué? No hay edad para la pasión. Tú no tienes 40 y yo no tengo 15. ¡En ese caso sentiría asco de ti y no estaría aquí! Pero somos adultos, mayores de edad, que están sumidos en la etapa más plena de la vida. Así, no me parece tan terrible. ¿A ti sí? Entonces goza de esta niña, mi rey...
Mimi masajeó su piel con manos extrañamente expertas, y Trunks se dejó llevar por el morbo de poseer a una mujer tan joven, fantasía que siempre había tenido pero que nunca había podido llevar a cabo. ¿Qué hombre no fantaseaba con algo así? Claro que no llegaría al límite de fantasear con Pan, la amiguita de su hermana, mas verse allí con una muchacha tan bonita le generó un calor bastante particular.
Un calor casi animal.
La tomó de la cintura y, destilando experiencia y masculinidad en sus movimientos, la pegó contra el respaldo del asiento trasero de aquel aero-coche que empezaba a mecerse una vez más, decidido a gozar. Casi un año sin sexo; ya no lo toleraba más. ¡Quién sabía cuándo volvería a hacerlo! Debía disfrutar de este reencuentro con la pasión.
Internado en la punta de sus senos y justo antes de unir su cuerpo al de ella, Trunks necesitó dejar escapar una risa por demás pervertida.
—Cuántos periodistas matarían por esto...
Mimi rió a carcajadas sin dejar de jadear.
—¿No te encanta saber que jamás lo sabrán?
Y Trunks empujó contra ella, y arrancó un grito de la mujer al adentrarse en su cuerpo.
—Sí...
—Y eso fue lo que ocurrió —terminó Pan, nerviosa a más no poder.
Bra la atisbó con ojos indescifrables, sin las palabras justas para tremendo relato.
—Ay, Pan... No debiste besarlo —farfulló, no muy segura de lo que decía—. Digo, Oob es lindo y muy buen chico, pero si tú no sientes lo mismo...
—¡Claro que no siento lo mismo! Es mi rival: debo ser más fuerte que él.
Bra quiso reírse por la afirmación pero sabía que si lo hacía Pan se ofendería demasiado. Sabía bien, además, cuán en serio hablaba su amiga: entrenar era su vida, y burlarse de sus palabras significaría faltarle al respeto a lo que más amaba en el mundo. Agradeció mentalmente que Gohan le hubiera permitido a Pan quedarse a dormir con ella aquella noche de domingo al abrazarla y arrojarla sobre su cama, como las dos niñas juguetonas e infantiles que eran.
—Pan —susurró mientras la tironeaba del cabello con el único fin de molestarla—, ¿te gustó ese beso?
La morena se sonrojó. Sentir el calor en sus mejillas la fastidió.
—¡Claro que sí! Besa bien —admitió a regañadientes—. Me gustó el beso, pero no me gustó que fuera él quien me lo diera.
El beso había sido por demás dulce, algo que encandilaría a cualquier muchacha de su edad. Pan no era la excepción. Ni aquella poderosa guerrera saiyan podía escaparle al hermoso sentimiento de saberse, de alguna forma, amada.
Bra meditó unos momentos.
—Deberías hablar con él.
Cosa que Pan no había hecho: al levantarse el domingo por la mañana, y al igual que el sábado, no tardó en huir a la casa de su amiga. Habían jugado videojuegos toda la tarde a pedido de la mayor de ambas, ya que Bra no era muy fanática de ese vicio. Pan sólo en la noche fue capaz de encontrar el momento indicado para contarle a la princesa lo que había sucedido la noche del viernes en el bosque.
La nieta de Gokuh carraspeó, nerviosa.
—¡No puedo! —sentenció—. Te juro que no puedo..., no me atrevo.
—¡Esa no es la Pan que tanto presumes ser! Saca a la saiyan que hay en ti y sé valiente: solamente es un chico, nada más. No debes ser cobarde con ellos. —Bra, de repente, se deprimió. Pan, entendiendo qué le sucedía, la abrazó—. Lástima que Goten se casará —murmuró sin romper el abrazo—. De nada sirvió decirle lo que siento...
La hija de Vegeta recordó aquella escena sucedida hacía un año, cuando le entregó una carta de amor a Goten. El amigo de su hermano se tomó dos días enteros en responderle, hasta aparecer en su casa para poner fin a la incertidumbre. Con dulces palabras que mucho no iban con él, hombre de naturaleza atolondrada si los había, le dijo que se sentía halagado pero que ella era muy pequeña para él, además de que era la hermana de Trunks y la hija de Vegeta y Bulma, tres personas a las que respetaba y quería muchísimo. Le explicó que algo entre ellos era imposible y que él estaba muy enamorado de Pares, algo que complicaba más el asunto. La rechazó con clase y ternura, una que a Bra le había encantado pero que no la había satisfecho lo necesario. Le iba a doler un buen tiempo, pero intentaba no dejarse derrumbar. Pares, increíblemente, le caía bien. Goten y su prometida eran atentos y agradables con ella. No podía odiarlos, a ninguno de los dos.
Pan le sonrió.
—Tú lo intentaste y eso te lo admiro mucho —exclamó—, pero esto es distinto. Yo no amo a nadie y poco me interesa el amor en este momento. No quiero a Oob. Hay demasiados hombres en el mundo, ¿entiendes? Que esto haya sucedido junto a él me irrita.
—¡Pero debes decírselo! —gritó Bra—. Debes rechazarlo con dulzura, como Goten hizo conmigo; le dolerá demasiado si no lo haces. Sabes que Oob siempre te miró de otra forma.
Pan pareció deprimirse también.
—Tienes razón —reconoció—. Me cuesta mucho, eso es todo.
—Pero debes intentarlo. Piensa en Oob como la Bra de esos dos días de no saber nada de Goten.
Ambas se aferraron más a la otra. Cuánto se adoraban.
—Acabo de imaginarme a Oob con peluca —dijo Pan entre risas, las que contagió rápidamente a su caída amiga.
Cerró la puerta tras él y vislumbró su departamento en penumbras, ofuscado. Las luces nocturnas de la ciudad eran las únicas que había y que necesitaba. No encendió ni una sola lámpara, simplemente fue al enorme sofá de la sala y se arrojó boca arriba para internar sus ojos en el oscuro techo. Suspiró con desgano y se golpeó en la frente con su puño repetidas veces intentando, de alguna manera, ordenar sus pensamientos.
Mimi no era lo que buscaba y saberlo lo hacía sentir decepcionado.
Sí, ella era una artista. Sí, ella era excéntrica. Sí, ella había sido por demás original al encararlo de esa forma tan peculiar. Sí, la había pasado increíblemente bien en ese coche.
Mas no, ella no era lo que él buscaba.
Se había prometido a sí mismo que la miraría como mujer, no como artista o como recordatorio de Isabelle. Desgraciadamente, no había cumplido su promesa. Al tocarla, al besarla y al entrar en su cuerpo había pensado en su mujer. ¿A quién quería engañar? No podía tocar a una mujer sin que los ojos celestes y el cabello rojo de ella se dibujaran en su memoria. Era imposible, siempre lo había sido. ¿Siempre lo sería? Preguntarse aquello lo asustó; no dejó que la melancolía violara sus sentimientos.
Mirando la situación en perspectiva, habiendo alejado los oscuros pensamientos cuya protagonista era Isabelle, se sintió irritado por las palabras de Miss Mimi, por las extrañas advertencias que, desde su punto de vista, eran tontas y no venían a nada.
¿Qué podían tener sus ojos para ser peligrosos? ¡No tenía sentido! Sin embargo, tuvo que reconocer, no era la primera vez que se lo decían. Isabelle se lo había dicho repetidas veces. Susu, su mejor amiga, también.
Apretó los párpados, risas manchadas de ironía escapaban mientras de su boca. No quería destrozar el techo con su mirada.
¡Cuánta estupidez...!
Buscarlo con motivos tan egoístas, ¿para qué? Ella había asegurado, momentos antes de separarse, que más que a él buscaba a los famosos ojos.
¿Qué tenían sus ojos? Tonterías.
Que lo buscaran con motivo tan absurdo logró irritarlo enormemente. ¡Estaba furioso! Se sentía usado.
Como un vil e inocente muchachito.
—Qué manera de arruinar la noche —pensó en voz alta—. Si no hubiera dicho eso...
—¿Por qué? —preguntó él, incrédulo, ante ella.
—Por tus ojos —respondió ella, sonriente.
Había dejado pasar casi un año desde que se habían conocido en el despacho de la Corporación Cápsula para decirle la verdad: Isabelle Cort no había sido contratada por actos de la casualidad para fotografiarlo para Z News. No había sido acto del destino; todo había sido digitado por ella.
¡Pero si acababa de decírselo! No lo podía creer y tampoco podía evitar desilusionarse por conocer la realidad. Esas fotos habían sido acto de intenciones ocultas de la mujer de la que se había enamorado ilusamente.
—Vamos —dijo Isabelle mientras lo abrazaba en la enorme cama de hotel en la que se encontraban, de viaje en la Capital del Sur debido a compromisos laborales de él—. ¿Tanto te molesta? Te vi en un evento un mes antes de que me conocieras y me enamoré de tus ojos, Trunks. —Isabelle hablaba seriamente, sin la postura despreocupada que a caracterizaba—. Quien te tomó las primeras fotos es George, un amigo mío, conocido del circuito de la fotografía profesional. Me contó sobre ti y me mostró las fotos que te sacó tiempo después del evento. Al otro día, llamé a Z News y supliqué para que me permitieran fotografiarte, incluso acepté trabajar gratis para ellos. ¡Y es que no podía quedarme sin aquello que había buscado toda mi vida!
Aún sin entender lo que ella explicaba, Trunks se incorporó en la cama y la escrutó lenta y obsesivamente.
—¿Qué cosa? —preguntó fastidiado.
Ella lo besó apasionadamente. Lo empujó para tenerlo a su merced en el colchón y se sentó sobre su cintura. En medio de tan sugerente posición, dramática y erótica dada la desnudez de ambos, ella lo miró fijamente, mirada que anuló todo raciocinio en Trunks.
Como siempre.
—Las ventanas de la perfección. Tus ojos, esos que reflejan tu alma con tanta honestidad, son mi máxima inspiración. —Una última sonrisa y un nuevo beso.
No quedaba mucho más por decir.
—Usado, como aquella vez.
Y con el mismo motivo.
Se levantó del sofá y fue hacia el baño, donde se detuvo frente al espejo. Se observó a sí mismo por largos e interminables minutos, intentando buscar en sus ojos eso que los convertía en un peligro.
—No hay nada —bufó.
Cansado, abandonó el baño y fue hacia la cama. Se acostó y adiós pensamientos.
Estaba enojado y satisfecho a la vez, dos cosas imposibles de mezclar para cualquiera, mas no para él. Agradeció, sintiéndose tan egoísta como Mimi, el placer que había sentido junto a ella. No todo había sido tan malo: por lo menos, su cuerpo estaba contento, saciado adecuadamente.
—Y quién sabe cuándo vuelva a estar con una mujer...
Y quién sabía cuándo volvería a ver a Isabelle al momento de la pasión.
La incertidumbre no logró perturbarlo, y el sueño se abrió paso en su cama. Lo abrazó con manos posesivas.
—No responde —musitó frente a su netbook—. Tal vez perdió el interés; demasiado rápido, pero no me extraña. Siempre es así.
Cuando un hombre le interesaba, éste no se esforzaba demasiado por ella.
No le pasaba muy seguido, pero alguna que otra vez sí: algún que otro hombre le había atraído por fuera de Trunks, mas la atracción nunca era correspondida.
¿Acaso ella se lo buscaba? Quizá sí, se dijo.
—Touji... ¿Para qué mandas un mensaje así si no vas a responderme?
Cerró la computadora con fastidio y se lanzó en el sofá de su sala no sin antes prender la televisión. Cambió de canales totalmente ausente hasta llegar a uno de noticias, donde se encontró a la tal Miss Mimi cantando mientras una periodista hablaba:
—El show de Mimi armó una gran polémica mientras que la canción fue celebrada por la crítica. El problema fue la espada y las connotaciones sexuales de la performance, las cuales no parecieran adecuadas para un show solidario —finalizó la encargada de la sección espectáculos del noticiero.
—Mimi es así —comentó el conductor del programa—, no deja de sorprendernos con los shows más extraños. No tiene grises.
—¡Y todos hablando de ella! —agregó la periodista anterior—. El mensaje de texto que envió durante el show es un misterio. Las redes sociales explotan con teorías acerca de a quién iba dirigido. El hashtag #elmensajedeMimi es lo más comentado en el microblogging más popular de Internet. Nadie tiene idea de qué significó su accionar y no hubo pistas ni indicios claros.
—Pero así estamos, hablando de ella.
—Sí: Miss Mimi lo ha logrado una vez más —exclamó la mujer—. Aunque no fue el único momento destacado de la noche. —Dejaron de exhibir imágenes del extraño show para pasar al primer plano de la periodista, quien tenía una notebook frente a ella—. Tierno fue el momento en el que Trunks Brief, el conocidísimo empresario dueño de la Corporación Cápsula, se subió al escenario para recibir un galardón y sonrió cuando escuchó a algunas personas coreando el nombre de la querida y recordada Isabelle Cort, quien, como sabemos, era su mujer hasta el momento de su fallecimiento hace cuatro años.
Marron se acercó a la pantalla para ver la escena y sonrió inevitablemente al ver a Trunks en un escenario con una estatuilla en la mano. Se escucharon gritos entre el público y varias personas corearon «¡Isabelle!», cosa que, efectivamente, provocó una dulce sonrisa en Trunks, sonrisa que fue muy aplaudida entre el público presente en Unidos por la Música.
Los profesionales del noticiero siguieron repasando los momentos más llamativos del evento benéfico y Marron se desinteresó en un segundo; Trunks ya no estaba en pantalla así que no valía la pena seguir mirando.
Fijó la vista en el techo y pensó en los ojos azules hasta el límite de sus capacidades. Recordó la sonrisa al ir a su habitación y a la comodidad de su cama. Desgraciadamente, la sonrisa de sus recuerdos se distorsionó para dar paso a la cena que había protagonizado con sus padres hacía unas horas.
Se fastidió al recordar con exactitud eso y no la dulce boca del hombre al que amaba.
—¡Mi princesa! —exclamó un alegre Krilin desde su silla en un restorán de la Capital.
Marron se acercó tímidamente a sus padres, quienes la esperaban para cenar los tres juntos aquel domingo en la noche. Su padre fue el primero en saludarla: se puso de pie y la abrazó con fuerza. La joven apretó los hombros de su progenitor con todo el amor del mundo. Cuando él volvió a ocupar su asiento, fue su madre quien la saludó, aunque con más frialdad. No se paró, simplemente le dio la mano y un beso, sin moverse de su puesto en la mesa.
—¿Otra vez usando gorros? —comentó Dieciocho en un tono que oscilaba entre burlón e indiferente—. Tienes un hermoso cabello, no deberías taparlo así.
La hija empezó, inevitablemente, a fastidiarse.
Ver a su madre le costaba mucho: la amaba, lo hacía con todas las fuerzas que tenía, pero verla era ver un espejo de los sueños, una imagen que jamás alcanzaría.
Según ella le había contado en una de esas inusuales noches de sinceridad, cuando la convirtieron en androide no tenía más que 20 años, hecho que, hasta esos días, la hacía ver tremendamente juvenil a pesar de la edad que supuestamente tenía. Su madre se vestía como una dama, como una mujer entrada en años que poseía gran estilo; sin embargo, su rostro, su piel y su cuerpo se veían jóvenes, sin deterioros provocados por el paso de las décadas. Su cabello estaba distinto desde hacía tiempo: lo llevaba más corto en un corte más maduro, pero no había caso.
«Si se pusiera otra ropa, se vería más joven que yo».
Esa era la maldita verdad.
¡Y ese cuerpo! No lo culpaba a su padre, pero le habría gustado más heredar la estatura de su mamá... Si bien había poca diferencia entre ambas, Dieciocho era más alta y estaba muchísimo más desarrollada: ¡tenía un cuerpazo! Sentía envidia por ella, una que lejos estaba de ser sana.
Su madre personificaba la utopía inalcanzable, la mujer confiada e inteligente con gran carácter y abismal personalidad que podía llevarse el universo entero por delante. Ella, Marron, era una muchacha tímida, retraída y pequeñita.
¡La injusticia! Cada vez le hacía peor ver a su madre.
Verla era recordar que jamás sería como ella.
—¿Me acompañas al baño, Marron? —pidió la mujer que protagonizaba sus pensamientos—. Krilin, tú ve pidiendo lo de siempre.
El hombre asintió con una inmensa sonrisa y sus dos mujeres, las que más amaba, se retiraron.
Frente al espejo del baño de damas, Marron observó a Dieciocho mientras se retocaba su maquillaje y arreglaba el ya arreglado cabello, ritual común en las mujeres como ella ese de mirarse al espejo una y otra vez para lucir espléndidas. Su piel era perfecta, sus manos y sus facciones eran de ensueño. Era una mujer bellísima, la más hermosa del planeta. Todo esto enloquecía a la joven que no lograba sentirse a gusto con ella misma por la mera existencia de su madre.
Dieciocho giró hacia Marron y nubló sus retorcidos pensamientos.
—A ver... —Se puso tras ella y le quitó su gorro negro de un arrebato para después peinar delicadamente su largo cabello rubio, heredado de ella—. Así está mejor. —Acomodó sus manos sobre los hombros de su hija y la observó a través del espejo—. Muy linda.
Una breve sonrisa terminó por adornar la extraña escena.
Marron atisbó las dos imágenes con sentimientos encontrados: la mujer perfecta y la imitación barata. La madre y la hija, las dos rubias que Krilin adoraba y que, entre ellas, jamás habían tenido gran vínculo.
—¿Vamos de compras el sábado que viene? —inquirió Dieciocho—. Hace mucho que no lo hacemos.
Marron necesitó sonreír con cierto dejo de nostalgia.
—Claro...
Luego de esa escena, había cenado con sus padres en la más grata tranquilidad. Al salir del restorán, algún que otro hombre había volteado hacia Dieciocho para mirarla sin poder evitarlo, tal vez extrañados por la imagen de un hombre muy maduro y una mujer muy sensual juntos.
A ella, en cambio, en las sombras, censurada por el resplandor natural de su madre.
Por supuesto que Dieciocho no lo hacía con mala intención, pero a los hechos debía remitirse.
«Me ama tanto como yo a ella. Pero, mamá...».
Se tapó la cabeza con la almohada, desesperada e imposibilitada de dormir.
—Si fuera como tú todo sería distinto...
«Quizá tendría valor de decirle lo que siento…».
Martes, ¿acaso existía peor día que el martes? Trunks los odiaba con toda su alma por enormes motivos: el principal era la lejanía con el viernes y el fin de semana anterior, que empezaba a quedar en la triste memoria. El miércoles también apestaba, pero no tanto por lo menos, ya que el viernes estaba un poco más cercano.
Reuniones aburridas, documentos asquerosos. ¡Qué dicha sintió al llegar las 20:30, su horario de salida de aquel día! Horrendo había sido atravesar horas extra, pero desgraciadamente habían sido necesarias para avanzar en ciertos proyectos. Su sonrisa amenazó con desdibujarse cuando su secretaria entró apresurada a su despacho.
—¡Señor Brief! —exclamó enérgicamente mientras peinaba su cabello y estiraba su pollera, nerviosa—. Sé que faltan cinco minutos para que salga, pero... —Le entregó un folio de hojas aún calientes por lo reciente de su impresión—. Llegó este contrato atrasado y necesito que lo lea y firme para entregarlo mañana a primera hora.
Trunks, casi, quiso llorar.
—Dámelo —pidió con aplastante fastidio—. ¡Ah! Odio esto...
La mujer lo miró apenada y lo saludó justo antes de retirarse a su hogar.
Le llevó algunos minutos leer el documento y firmarlo para dejarlo listo sobre su escritorio, listo para que su secretaria pudiera recogerlo al otro día. Mientras deshacía el nudo de su molesta corbata y tomaba su portafolio, su móvil sonó en su bolsillo. Al revisarlo, se encontró con un mensaje de texto de Pares, la prometida de su mejor amigo.
¡Ven a cenar a casa!
Sonrió sabiendo cómo era Pares y cuánto disfrutaba llevarse bien con él, por lo que contestó en ese mismo momento.
En 20 minutos estoy ahí.
Fue a su baño personal y se cambió de ropa no sin antes telefonear a su chofer para que se marchara tranquilo y sin esperarlo. Una vez listo con un atuendo más informal y cómodo, salió del enorme edificio y, ante la mirada de algunos curiosos transeúntes que seguramente lo reconocieron al verlo, sacó una moto de una cápsula y, después de ponerse un casco de seguridad, manejó hasta el Distrito 4, lugar donde se ubicaba el apartamento de Goten y Pares. No le demoró mucho. Al llegar, convirtió en cápsula su moto, una de sus favoritas dentro de su colección, y sin más fue hacia el portero eléctrico del enorme edificio. Pares le contestó con alegría y abrió la puerta desde su piso. Subió por el ascensor, en cuyo espejo vislumbró el cansancio de su rostro sin extrañarse demasiado por éste. Al bajar en el séptimo piso y encarar hacia el departamento B, allí estaba Pares, esperándolo con la puerta abierta, risueña como siempre.
—¡Hola! —lo saludó contenta. Él se acercó a la castaña para estrecharla suavemente—. Qué bueno que viniste: Goten sugirió que te invitara a cenar y me puse a cocinar lo más pronto que pude. —Lo impulsó a pasar y cerró la puerta—. Espero te guste la cena.
Con una mano, Pares señaló la mesa del comedor, y Trunks no pudo evitar arrojar una risa al ver ocho cajas de pizzas formando una prolija torre.
—Me encanta cuando cocinas para mí —comentó divertido.
—¡Siéntate! —Pares le ofreció la silla que él siempre usaba y le invitó alguna bebida—. ¿Alcohol o empiezan suave hoy?
Trunks seguía tentado y le pidió un poco de agua, eso porque no deseaba tomar algo fuerte sin nada en el estómago. No había tenido tiempo de almorzar; estaba tapado de trabajo. Como todos los días de su existencia.
—Compré muchas cervezas pensando en que tomarían mucho —explicó la joven, un poco apenada por el sobrio pedido del hombre—. ¡Así que tómenselas después de comer! Tal vez los acompañe con un pequeño vaso.
Trunks asintió, y Pares fue hacia la cocina en busca de platos. Solo, escuchó el agua correr y supo que Goten se estaba dando una ducha, así que simplemente se abandonó al silencio reinante.
La prometida de su amigo, sin embargo, no permitió lo último.
—¡Voy a poner un poco de música! —Pares dejó los platos sobre la mesa y fue hacia el reproductor de audio para darle play al compacto que estaba colocado—. ¿Te conté que me gusta Miss Mimi? ¡Hace música muy bonita! —La mujer, sin vergüenza alguna, empezó a bailar frente a un Trunks que reía suavemente—. El ángel que ha caído para borrar el dolor, ¡el demonio que ha sido elegido para su eterna salvación! —cantó infantilmente entre movimientos torpes—. Me gusta mucho... ¡Lástima que Goten no quiere llevarme a verla!
Trunks nunca dejó de reír. Le encantaba Pares: era alegre, despistada y daba una apariencia muy atontada que él no creía cierta; más bien era inocente. Era muy divertido verla intentando adaptarse a hechos de la vida a los que no estaba acostumbrada por provenir de una familia muy adinerada que la había criado como a una princesa de un cuento de hadas, entre algodones que la protegieran del mundo exterior. Gracioso había sido verla crecer durante los últimos años, verla pasar de la muchacha que no sabía lo que era una hamburguesa a la que invitaba pizzas y hacía chistes desenfadados. Se veía muy auténtica, eso le gustaba mucho a Trunks. Ella se había esforzado mucho para llevarse bien con él por su fuerte vínculo con Goten, gesto que el de ojos azules valoraba enormemente.
Con nostalgia, recordó lo bien que se llevaban Isabelle y Goten. La sonrisa que tenía en el rostro desapareció. Ésta no tardó en volver cuando su amigo apareció en el comedor con sólo unos jeans por ropa y una toalla enredada en su cuello.
—Qué sensual te ves, Goten —comentó Trunks con ironía.
El aludido rascó su cabeza y le dedicó la peor mirada.
—¡Siempre me veo sensual! Pero hoy no estoy para ti, amor —devolvió la ironía—. Hoy soy de mi chica.
Se sentaron a la mesa y, sin más, cenaron. Durante el típico momento incómodo que generan los saiyan al devorar todo lo que tienen delante, una animada charla dio inicio, para la cual Goten fue a la cocina por dos cervezas bien heladas.
—¿A qué se debió la invitación? —preguntó Trunks una vez finalizada su cena y después de disfrutar del primer sorbo de la bebida alcohólica.
Pares se cambió de asiento: fue a la silla que estaba junto a Trunks y se abrazó a él.
—¡Últimamente se ven mucho fuera de casa! —explicó la dulce chica—. Quería verte y parecía que ésta era la única forma. —Dirigió ojos asesinos a su pareja—. ¡Goten es malo! Me aleja de ti, Trunks.
El mayor de los tres rió con fuerza, como desde hacía tiempo no hacía. Al ver la furia de Goten, decidió seguirle el juego a Pares como tantas otras veces: tomó su cintura y la acercó a él.
—Si querías verme no hacía falta que estuviera él —le susurró con fingida galantería—. Podemos vernos siempre que quieras.
Pares estalló de felicidad-
—¡Sí! —gritó al abrazarlo con más fuerza—. ¡Eres muy lindo, Trunks!
—¡BASTA! —protestó Goten—. ¡Basta de jueguitos! Trunks, ella es mi chica... ¡Mira su dedo! Te acordaste tarde, hermano.
En su dedo, Pares portaba un hermoso anillo de plata. Goten se lo había dado hacía tres meses, cuando decidieron comprometerse luego de seis años juntos, en una relación muy sólida aunque peculiar.
—¡Ay, Goten! Sabes que te amo, pero también amo a Trunks —dijo ella con toda la dulzura del mundo—. No me niegues a mi otro amor...
Trunks giró hacia ella y se permitió abrazarla con más comodidad.
—Tranquila, linda —susurró—. Yo siempre estaré contigo.
—¡Trunks! —Y ella refregó su rostro en el pecho de él.
Goten rechinó los dientes.
—Bueno, bueno... —El de cabello negro intentó calmarse. Aquello era un juego que los dos siempre le hacían y no debía seguirlos, lo sabía, pero sus celos, a veces, podían jugarle malas pasadas—. ¡Ya! Si siguen distrayéndose, me voy a tomar toda la cerveza solo.
Se bebió su vaso de un solo trago. Mientras tragaba, recordó cómo solía apretujar entre sus brazos a Isabelle para poner furioso a Trunks. ¡Cómo olvidarlo! Isabelle tenía un sentido del humor un poco abstracto, pero con él se entendía a la perfección. Con una seña empezaban su juego: él la abrazaba, ella le besaba el cuello y se toqueteaban el uno al otro ante la atenta y furiosa mirada de Trunks. Extrañaba a su cuñada, realmente le tenía mucho cariño.
Pero ahora...
Continuaron con tres cervezas más. Pares únicamente tomó un vaso; el resto fue para los saiyan de hígado indestructible. Siguieron charlando de temas triviales hasta que Goten recordó una pregunta que deseaba hacerle a su mejor amigo:
—¿Leíste el blog? —inquirió con sonrisa pícara—. ¡¿Verdad que Alice Raven es genial?!
Trunks asintió mecánicamente, sin pensar. ¡Había olvidado el blog! Con todo el asunto de Miss Mimi, no había revisado su correo.
¿Y si ella le había respondido?
Pares se emocionó. Entrelazó sus manos en un gesto de ilusión.
—¡Alice Raven! ¡La amo! —exclamó feliz—. ¡Ese blog es genial! ¿También lo lees, Trunks? ¡Dime qué te gustó más! Yo amo a Alice.
Otra cosa que a Trunks le encantaba de Pares era el filtro nulo que tenía: no le daba vergüenza hablar de nada, todo lo decía con la misma sonrisa y el mismo tono alegre. No importaba si hablaban de política, entretenimiento o sexo. Ese era otro signo claro de la enorme inocencia que tenía esa mujer. Eso sí: hablar de cualquier cosa con ella le costaba un poco ya que era vergonzoso por naturaleza, mas se había acostumbrado, con el pasar de los años, a que con Pares se podía hablar de cualquier cosa. Ella no le hacía asco a nada.
A nada de nada.
—Eh... —titubeó—. Sí, lo leí.
Goten rió a carcajadas.
—¡Imagino que debes estar volviéndote loco! —Giró hacia su mujer y le dijo—: ¡Hace como un año que no tiene sexo!
Pares se impresionó. Su reacción fue aniñada.
—¡¿Qué? Ay, Trunks —atravesó la mesa con su mano y lo tocó—. Sólo debías pedírmelo...
Trunks se puso de todos colores mientras Goten mostraba fuego en sus ojos.
—¡Esto es demasiado! —no pudo evitar afirmar el muchacho.
Trunks rascó su cabeza.
—Ya me puse al día —confesó sutilmente apenado.
—¡¿En serio?! —Goten se levantó y lo abrazó—. ¡Qué emoción! Ya me preocupabas... ¡¿Y quién fue la afortunada?! Cuenta, cuenta.
—¡Sí! ¡Cuenta! —pidió Pares con el mismo gesto de siempre.
Sabía perfectamente que ellos eran de confianza, pero no deseaba contarles su noche con Miss Mimi; prefería guardarse esa historia para su intimidad. No era hombre que contara triunfos, era muy humilde en ese aspecto.
Isabelle, indirecta y contradictoriamente, lo había vuelto así.
—No importa —aseguró—. Lo que sí, no fue gran cosa.
Eso era cierto. Si bien a nivel corporal se había compenetrado perfectamente con ella y sexo había sido placentero, un sabor agridulce era lo que sentía luego de esa noche. Todo por esas palabras, por esa advertencia y por la peligrosidad de sus ojos. Cada vez que pensaba en ello, volvía a la ofuscación del después. Ahora, finalmente volvía a sentir el recuerdo de Alice Raven y sus historias desesperadas. Se había sentido demasiado identificado al leerla, sí, y, si lo pensaba bien, tal vez el asunto con Miss Mimi no había tenido tanto brillo para él por causa de la escritora.
Pensándolo con más detalle, eso era muy posible.
¿Y si realmente era por ello? ¿Y si se mentía a sí mismo y afirmaba que era Alice y su desesperación y no Isabelle y su ausencia lo que había quitado brillo a su noche con Mimi?
Al llegar, verificaría su correo. Necesitaba hacerlo.
Siguió tomando con sus amigos hasta rozar la medianoche, momento en el que decidió marcharse no sin antes ser despedido con cariño tanto por Pares como por Goten.
—Si necesitas algo, ya sabes —susurró Goten mientras lo abrazaba.
Le agradeció a la vida tener un amigo tan fiel.
Fue en moto a su departamento, aún con el antojo de manejar el tipo de vehículo que siempre había sido su debilidad. Una vez en su hogar, se despojó de su ropa y fue hacia su cama con la laptop en mano, cómodo en unos simples bóxer.
Después de escuchar un poco de música, cosa que no hacía demasiado seguido —no era un gran fanático de algo en especial sino que se guiaba por canciones que alguna vez hubieran llegado a sus oídos—, finalmente decidió revisar su cuenta de correo falsa, la que le había dejado a Alice por si ella decidía contactarlo. Encontró, para su alivio y sorpresa, un mensaje de ella. Se alegró más de lo esperado por ello. Poco tardó en aceptar la prometida solicitud de amistad para poder hablar con ella a través del programa de mensajería instantánea que casi ni usaba pero que por algún extraño motivo todavía tenía instalado en su computadora.
Y allí estaba ella.
Sonrió una vez más y, con ciertos sentimientos inexplicables atravesándole el corazón, le habló.
«Y que pase lo que tenga que pasar».
Ahora estaba seguro: al ir con Miss Mimi estaba esperando a Alice Raven. Esa mujer, con sus relatos, había calado demasiado hondo en el rincón menos explorado de su pecho: el de la desesperación y, en igual medida, el inspirador.
Ese rincón de su corazón que se negaba a tocar desde hacía tiempo.
Ese rincón de su alma que parecía, desde hacía cuatro años, tan muerto como Isabelle.
Escribía poseída por lo que las palabras simbolizaban. Era imposible dejar de escribirle a Trunks. No podía, pues él le sacaba lo mejor de adentro. Lo mejor y lo peor, contradicción absoluta que en su pecho era totalmente posible.
Pero se detuvo.
Un ruido proveniente de su programa de mensajería instantánea la distrajo. Un cartel que anunciaba que Touji, finalmente, había aparecido fue visible.
—Siento mucho la tardanza de mi respuesta, pero estuve un poco ocupado.
Marron no respondió a los dichos de su seguidor, a la expectativa y de antemano desilusionada. Touji habló rápido:
—¡Qué cabeza la mía! Ni siquiera dije hola. Buenas noches, señorita Raven.
Rió ante la ausencia de tuteo, motivo que la llevó a contestarle al fin.
«¿Qué más da? No hay nada por perder...».
Eso lo tenía más que claro.
Guardó y cerró el documento de texto que aún no acababa y amplió la ventana de conversación, decidida a charlar un poco con su nuevo y misterioso lector:
—Puedes tutearme.
Esas fueron sus palabras, a lo que Touji respondió:
—¿Qué edad tienes? No sé por qué te tuteaba. Creo que fue por el respeto que me generaste.
Largó una pequeña risa al aire, segura de que era mejor no creerle.
—Tengo 28 años —dijo.
Touji no respondió rápido, extrañamente se tomó su tiempo.
—Eres más joven que yo —afirmó finalmente.
El comentario preocupó un poco a la mujer. Marron tenía sus reservas con los cuarentones e incluso cincuentones, y más, que la acosaban por medio del blog.
—Ajá... ¿Y qué edad tienes tú? —inquirió con cierta antipatía.
—Tengo 33. Si lo pienso bien, no es tanta diferencia —respondió el hombre.
Marron se paralizó por primera vez.
«Tiene la misma edad que Trunks...».
Se apresuró a contestar con esa certeza navegando en su pecho:
—Sí, no es mucha diferencia. Pero eso no importa. ¿Podrías explicar tus palabras? Mentiría si te dijera que no llamaron mi atención.
Al grano: no quería darle muchas vueltas al asunto, por lo cual pensaba debía ser directa para que él sacara su verdad. Si es que ésta existía.
Touji respondió segundos después:
—Así como tú, yo también deseo a alguien que jamás podré tener. Eso es lo que me llegó. Eso y la pasión tan «particular» que describes.
—¿Y por qué dices eso? ¿Ella te rechazó? —necesitó preguntar la rubia.
La respuesta de Touji volvió a llegar rápido:
—No exactamente, es más difícil de explicar y no deseo aburrirte con historias que no vienen al caso. ¿Y tu situación? Si es que me permites preguntar, claro.
Marron se tomó su tiempo para armar su respuesta lo más disfrazada posible. Se dijo que nada de malo tenía decirle un poco de su verdad dada la situación en la que se encontraba: sola en su casa e indetectable para cualquier lector.
—Es un conocido. Siempre que lo veo me paralizo y no puedo mover la lengua.
Y no mentía.
—Es una lástima que no te des una oportunidad de hablarle y decirle lo que sientes. Solo en mi cama como estoy ahora, mataría por alguien como tú.
El calor corrió por su cuerpo por causa del último comentario. Respondió más con instinto que con razón:
—¿Y eso por qué? ¿Qué crees que tengo yo que no tenga otra mujer? Me asombran tus palabras.
La respuesta la impresionó todavía más:
—Tus escritos tienen un dejo de desesperación, frustración e insatisfacción. Me cuesta horrores encontrar una mujer que sienta tanto y que no esté tan vacía de significado.
Respuesta increíble tratándose él de un hombre, a quienes Marron tenía en muy mal concepto debido a su nefasta experiencia con ellos. Necesitó contestar aquello:
—Los hombres, no todos pero sí muchos de ellos, no buscan significado en la cama; buscan un rincón para disfrutar, solamente eso. Me sigues sorprendiendo.
Touji contraatacó:
—Cuando en la vida te suceden ciertas cosas y te cruzas con cierta gente, empiezas a acostumbrarte a las personas con personalidad y significado. La mujer de la que te hablé más arriba era así: tenía mucho significado. Estar con una mujer que sólo se pone en la pose que le pides es frustrante.
Marron no pudo evitar reír, aunque sin entender del todo el porqué de su necesitada risa. Respondió luego de calmarse:
—Y estar con un hombre que sólo quiere tener sexo y marcharse, como si tú únicamente fueras un objeto, también es frustrante.
Y la respuesta de él la descolocó por completo:
—Entonces deberíamos conocernos.
La rubia volvió a paralizarse, ciega, muda. Tragó saliva y, después de hacer un esfuerzo sobrehumano por pensarlo, supo qué debía decir.
«Será mejor cortar por lo sano».
Siempre era lo mejor cuando no sabía qué hacer y la cabeza no rendía al máximo como para analizarlo bien.
—Lo voy a pensar. Por ahora debo irme, tengo sueño —avisó.
—Está bien, pero antes...
Touji, esta vez, se tomó un buen tiempo para escribir sus palabras. Marron se vio desconcertada.
—Como lector ocasional de tus relatos, debo decir que lo que más llamó mi atención fue la violencia implícita (y no tanto) con la que adornas tus palabras. Cuando dices que quieres matarlo o sacarle los ojos para tenerlos siempre contigo, no sé por qué pero me siento demasiado seducido por ti. Creo que estoy un poco loco.
La piel de Marron, sin más, se erizó.
«No es posible...».
¿Qué debía contestar? No sabía el porqué, pero con pocas líneas, ese hombre le había inspirado confianza. Hablaba muy bien y se lo notaba inteligente, lo cual era llamativo siendo Internet, desde su punto de vista, el nido de los que se expresan mal. Era respetuoso aunque lanzara algunos hilos de seducción entre líneas.
—Si lo que buscas es una mujer a la cual golpear, no cuentes conmigo.
Sí: ser seca y volcarse a la razón era la forma más coherente de proceder.
Touji se apresuró a contestar:
—Jamás golpearía a una mujer. Las veo como criaturas demasiado hermosas, perfectas; no podría violentarme con una. Lo siento, creo que me expresé mal. No soy un hombre que use mucho este tipo de medios para comunicarse con la gente y me siento inexperto hablando así, mediante letras que aparecen en una pantalla. Lo que para mí suena de una forma, tal vez no te llega como es debido.
Una nueva risa en Marron. La empatía cobraba vida en la raíz de su sensibilidad.
—Te entiendo. Me pasa todo el tiempo: la gente piensa que por escribir relatos eróticos soy una perversa. No lo soy.
¿Mentía?
«Creo que sí...».
Prosiguió:
—Soy una mujer enamorada que refleja la pasión que el hombre de sus sueños le genera con letras que hablan de la desesperación, esa que siente por no tenerlo. Todo lo que escribo habla de él y es para él. Uso el blog para compartirlo con enfermos mentales parecidos a mí, nada más. Es una mera excusa para no sentirme tan sola en medio de la insatisfacción que experimento.
La contestación de Touji tuvo tanto apremio como las anteriores:
—No eres una enferma mental por expresarte... ¿Sabes? Yo pinto.
Marron se sorprendió gratamente: adoraba las artes plásticas.
—¿Cuadros? —inquirió.
—Sí, aunque hace tiempo que no lo hago y jamás se lo conté a nadie. Qué lindo es chatear y permanecer en las sombras. Es a mi mujer a quien más pinto, a esa mujer inalcanzable e imposible.
La rubia, con piel que se erizaba más y más, tragó saliva.
—Supongo que no somos tan diferentes...
—No, creo que no lo somos —afirmó Touji—. Por eso te dije que eres mi par en la desesperación. Pintar a mi mujer me hace feliz y es lo único que sé hacer para acercarme a ella. ¡Ah! Perdón por saltar con cosas así...
Marron sintió lágrimas en sus ojos. Las limpió antes de que resbalaran por sus mejillas.
Sentirse acompañada de tan fría forma la reconfortaba por algún extraño motivo.
Emocionada, pura sensación, respondió rápidamente:
—Está bien, no te preocupes. Todos los seres de este planeta sufrimos por algún motivo. Tú y yo sufrimos por lo mismo y nos descargamos de la misma forma: expresándonos por medio del arte. El arte salva vidas y consuela almas; lo que tú y yo hacemos, por lo tanto, está bien.
La respuesta, esta vez, demoró un poco en llegar:
—Quiero conocerte. Quiero, sin culpa alguna, pensar en ella haciéndolo contigo. Quiero, por sobre todo, que pienses en él haciéndolo conmigo...
La rubia no pudo evitarlo, ni quiso, ni nada: se excitó.
Justo como cuando escribía.
Justo como cuando lo imaginaba, a él, sobre ella.
—Suena erótico dicho de forma tan delicada, estimado Touji. Entiende mi «ni» por respuesta: nunca usé mis relatos con fines sociales, sólo los uso para gritar lo que siento por el hombre al que amo. Jamás, debido a esto, me encontré con un lector cara a cara. La idea me provoca ambivalencia.
—Te entiendo... Aún así, no puedo sacarte de mi mente. Cuéntame cómo eres, dame algo para conformarme.
Marron parpadeó repetidas veces, confundida.
—¿Físicamente? —preguntó.
Touji elaboró una larga respuesta:
—En todo sentido... ¡Y sin miedo! Soy de los que prestan más atención a la personalidad por todo lo que ya te he dicho; no soy un superficial que busque una súper modelo ni nada por el estilo. Tal vez no puedas creerme, pero sé perfectamente por qué te lo digo.
Lanzando sus prejuicios por la ventana, Marron se dijo que nada de malo tenía contestar algo así. Seguía estando sola, seguía a salvo en la intimidad de su mundo.
—Soy de contextura pequeña, bastante delgada. Mi cabello es rubio y mis ojos completamente celestes. Mi piel es muy pálida.
—Manejable como una dulce muñeca. Coinciden los ojos que buscamos en el otro: yo tengo los azules que buscas y tú los celestes que busco.
Marron sonrió ante tan original comentario.
—¿Y tú? ¿Cómo eres?
—Alto (no en exceso, pero sí algo). Mi cabello es de un color raro, prefiero no develarlo. Practico artes marciales: me gusta mucho entrenar así que mi cuerpo está bastante trabajado. Con esto no quiero tentarte: no soy esa clase de hombre que solamente trabaja su físico para ser deseado; lo hago por pasatiempo y por el bien de mi salud psicológica.
Tembló a más no poder. ¡La descripción era casi la de Trunks! Empezaba a ser seducida por Touji y no sentía vergüenza al admitirlo. La piel se le erizó aún más (era posible, era todo) y quiso el sexo desesperado de los pares en ese preciso instante. ¿Y qué tal si era atrevida? ¿Qué tal si escribía junto a ese hombre un relato en esa ventana de conversación? Era algo nuevo para ella, pero...
«Quiero hacerlo».
Lo necesitaba. La inspiración que acababa de llenarla era demasiado poderosa como para prohibirse semejante acto de locura.
Decidida, tecleó:
—Dime qué me harías si estuviera contigo, Touji. Dímelo y demuéstrame tu desesperación...
Pues deseaba conocer a alguien como ella. Su corazón solitario y el silencio que la rodeaba constantemente lo pedían a gritos.
Trunks reprimió su enorme excitación al leer tremendo comentario de parte de Alice Raven. Se sonrojó totalmente.
¿Recuerdas?
¿Recuerdas la sensación de novedad y el rojo ante ti?
¿Lo recuerdas, Trunks?
«Jamás hice algo así».
Sabía de gente que entraba en chats y seducía a otra gente por medio de palabras. ¡Los adolescentes solían hacerlo mucho! Goten, sin ir más lejos, lo hacía hasta la llegada de Pares a su vida. Recordó a su amigo contándole las barbaridades que hablaba con distintas mujeres por medio de Internet, con y sin webcam de por medio, y se dijo que no podía ser tan difícil.
Sin nada más por pensar y en un momento de inspiración que hacía mucho no sentía, pues no tocaba ese cuarto desde hacía tiempo, se dejó llevar por la sangre que corría por sus venas.
Las palabras se escribieron solas en la pantalla.
—Te quitaría bruscamente la ropa y...
Minutos después, no podía creer lo que había escrito. A esas palabras sencillas le siguieron otras que no usaba en la vida cotidiana; otras que, seguramente, jamás en su vida había escrito.
Describió detalladamente una situación sucia y desprolija, una danza horizontal que le hizo agua la boca. Desesperado por no tenerla allí y con una erección que empezaba a doler, dijo cosas sin pensar, completamente rudas y que rayaban una violencia que encendía más su deseo. Se dejó llevar tanto, tanto.
Se le había ido de las manos.
Y siempre te ha encantado que eso te suceda.
Pasados un par de minutos, Alice volvió a aparecer en pantalla a través de las letras:
—Y yo...
La autora anónima continuó el relato y ambas partes, las de él y las de ella, se fusionaron armoniosamente como un conjunto. Él pensaba en Isabelle y ella, seguramente, en el hombre al que amaba. Eso los inspiraba, eso los excitaba. Dos animales que querían decir algo, que necesitaban sentir una unión corporal con un ser inalcanzable, se unían a través de una pantalla y se deseaban mucho más allá de ella.
Qué maravilloso era el anonimato que le daba Internet. Ahora no era Trunks Brief, simplemente era Touji.
Y ella Alice Raven.
—Basta, Alice.
Sincerarse fue necesario: realmente no podía más. ¡Si no poseía a una mujer en ese preciso instante, perdería la razón! Pero no, en realidad no era así, porque no quería a cualquiera; quería a su par en la desesperación. No quería a Miss Mimi o a una mujer cualquier de un bar.
La quería a ella.
No se atrevió a admitirlo, pero por un instante tuvo, incluso, la sensación de que ni a Isabelle quería.
¿Era eso posible?
—Si, basta... Basta, Touji.
Trunks maquinó con ímpetu su mente, sus pensamientos volcados al sexo que tanto deseaba tener con ella.
—Esta semana estoy muy ocupado con el trabajo. ¡Me encantaría verte ahora mismo! Pero el horario y las responsabilidades no lo permiten.
Y sí, era la verdad: se moría por abrir su ventana y volar hacia Alice pero no podía hacerlo. En casos como esos, odiaba ser tan responsable.
Su par no tardó en responder:
—Imposible para mí también durante la semana: estoy en época de trabajar mucho (no te diré mi oficio pues no lo considero pertinente) y estaré ocupada hasta tarde todos los días.
Ofuscado más que excitado, Trunks empezó a implorar:
—¿El viernes por la noche? Dime que sí: me muero por hacerte tantas cosas... Por encerrarte contra el colchón, completamente a mi merced...
¡Suplicando a una mujer sin rostro! Qué raro se sentía y qué cosas retorcidas sacaba aquella mujer anónima de su cabeza.
—Sí, el viernes en la noche. Los desesperados debemos unirnos en pos de la locura y el sexo.
El híbrido adoró esas palabras, sobre todo por venir de tan apasionada mujer.
—Hay un bar en el Distrito 6 de la Capital del Oeste... ¡Ah! ¿Dónde vives? Estoy dando por hecho que vives cerca de mí, lo siento.
Trunks deseó que no viviera lejos y no pudo evitar acongojarse por pensar en la lejanía que quizá los separaba.
—Vivo relativamente cerca de allí... ¿Y tú?
Pero el comentario de Alice borró toda congoja: finalmente pudo sonreír.
Vivía en el Distrito 3, el más caro y típico de la gente adinerada. El 2 el área comercial y el 1 donde estaba el centro bancario. En el Distrito 6, sin embargo, estaba el departamento de ligue que antiguamente compartiera con Goten. Aún lo conservaba y usaba con mujeres a las que no consideraba oportuno llevar a su verdadero hogar.
Decidido, escribió:
—En el Distrito 6, justamente... A dos o tres manzanas del bar Onix. Te espero ahí a medianoche. Ponte una cinta blanca en la cabeza o algo así, para que pueda reconocerte.
Rió patéticamente por una idea tan deplorable. El calor que lo rodeaba no lo dejaba pensar con propiedad.
—Tú ponte una en la muñeca derecha —pidió Alice—. Y ahora sí: debo irme.
Un cartel le anunció que ella se había desconectado, y Trunks, ansioso, jadeante, lanzó la notebook a un costado de su enorme cama, la cual le resultó inmensa con tremenda excitación a cuestas.
Una ducha fría no arreglaría algo así.
Agitado y con Alice personificando a la lujuria que invadía su mente de forma morbosa, deslizó sus manos hacia el eje del problema que experimentaba. No le hacía mucha gracia, de hecho se sintió más patético que nunca, mas no quedaba otra alternativa.
«Me siento un maldito adolescente».
Uno que necesitaba sentir calor sobre su piel lo más pronto posible.
Lo había citado en el mismo árbol de que había sido testigo del infame beso que nunca hubiera querido dar. Allí estaba, sentada contra el grueso tronco producto de la más dulce naturaleza y con la hermosa luna sobre su cabeza, eternamente resplandeciente. No quería que él llegara; sus nervios le imploraran que abandonara aquella absurda misión que se había propuesto cumplir: hablar con él y aclarar la situación en la que se encontraban desde hacía tiempo.
¿Para qué negarlo? Esto no había empezado con el beso, había empezado muchísimo antes que aquel hecho inesperado. ¿Cuándo había empezado realmente? Pan repasó las miradas de Oob sobre ella que se habían dado durante años y supo que no había fecha exacta: desde niños que algo en sus ojos era distinto cuando de ella se trataba.
Eso le daba aún más deseos de huir; sin embargo, ya era tarde. Ahí estaba Oob, frente a ella.
—Pan —murmuró él con clara pena—. Quería disculparme contigo, ¡sé que fui un idiota! Pero es que...
La muchacha se levantó y lo enfrentó con toda la seriedad que tenía en su persona.
—No hace falta que pidas disculpas —aseguró ella con todo el respeto que le fue posible proferir—. Discúlpame a mí por irme tan abruptamente. Me tomaste por sorpresa y no supe cómo reaccionar.
Oob la tomó de las manos e internó sus ojos en los de ella.
—¡No te disculpes! —suplicó emocionado—. Te entiendo, linda... Te juro que te entiendo.
«¡¿Linda?!».
Pan quiso huir por enésima vez.
—Oob, yo... —balbuceó nerviosa, insegura acerca de las palabras que venían—. No quise lastimarte, pero...
El muchacho parecía contenerse por algo que Pan no lograba comprender, algo que no sabía qué era ni por quién o qué era motivado en él. Oob suspiró con marcada frustración, como cuando se pierde una batalla, y la abrazó para después besarla una vez más.
—Te amo —le susurró entre beso y beso, con respiración agitada y ojos apretados—. Eres todo para mí, Pan. No me rechaces... No lo hagas...
Besaba muy bien, mucho mejor que los chicos que ella había besado hasta ese momento. No habían sido muchos siendo Pan una chica tan antipática cuando no estaba entrenando, pero sí había algunos en su historial.
Ninguno de ellos era como Oob.
Intentó entender el porqué de la clara diferencia y se aseguró a sí misma que era por los sentimientos que el moreno profesaba por ella, los que tornaban al beso con algo realmente encantador, lleno de dulzura.
—Oob, yo... —farfulló en una de las varias pausas que él se tomó para respirar—. Yo...
—Dame una oportunidad. —Los besos volvieron, aunque brevemente—. Sólo una oportunidad...
La pegó al tronco del principio y la besó con más soltura, con más atrevimiento; se permitió viajar con sus manos hacia los rincones más femeninos de la muchacha. Surcó su cintura, su estómago, sus piernas...
—Te amo —siguió jadeando entre besos—. Te amo, Pan...
La híbrida estaba aterrada, completamente inmóvil y a merced del fuerte alumno de su abuelo. Quería huir pero no deseaba lastimarlo, no deseaba sumirlo en la tristeza en la que Goten había sumido a Bra.
«No quiero ser la mala...».
Porque sabes que no debes.
Y ese beso era adictivo, pues era hermoso como ninguno que hubiera experimentado.
—Oob... —gimió para sorpresa de él y de ella misma—. Es tarde, no quiero que nos vean.
El muchacho se detuvo después de un último y rápido beso. Le sonrió justo antes de soltarla.
—Mañana veámonos aquí, ¿sí? A esta misma hora. —La estrechó en un sentido abrazo—. Tendré toda la paciencia del mundo, Pan. La mereces. ¡Y no te preocupes! Nadie se enterará de esto si no lo deseas.
La joven se sintió más confundida que nunca. Así, huyó para su casa después de asentir, sin pensarlo, a los dichos de su rival.
Ya en su casa y, específicamente, ya en su cuarto, tapó su cabeza con la almohada y gritó con todas sus fuerzas.
—¡Imbécil! —se maldijo—. Lo ilusionaste en vano como toda una imbécil...
Una que realmente había disfrutado el beso del enemigo.
—Por eso mismo, Pan... Por eso eres una imbécil.
Se dio una buena ducha para después fumar un cigarrillo en la sala de estar, mientras contemplaba la ciudad desde la ventana principal de su departamento. Vivía en uno de los edificios más imponentes de su distrito, probablemente el más exclusivo. Entre sus vecinos había otros empresarios, afamados conductores de televisión, una cantante tremendamente popular, un diputado del gobierno de la ciudad, etcétera. Claro que él se había quedado con el departamento más grande y aislado del lugar: estaba en el último piso, completamente solo. Había modificado su ambiente con la última tecnología que conocía y más parecía el departamento de un científico loco con la cantidad de facilidades que tenía con solamente teclear en un monitor o con decir unas palabras al aire.
Terminó el segundo cigarrillo de la noche y el pensamiento que había evadido por la imponente ciudad frente a él finalmente llegó: Alice Raven y la conversación desquiciada que habían tenido.
Rió como un tonto y recordó cierta parte de la charla.
«Le dije que pinto. ¿No se me habrá ido la mano?».
Caminó hacia el pasillo principal de su casa, herido por cinco puertas de las cuales la primera y principal era la de su cuarto. Pasó de largo tres puertas más —cuarto de huéspedes, gimnasio improvisado, cuarto vacío en el que pensaba hacer una pequeña oficina algún día— para llegar a la que estaba al fondo, que tenía un panel sobre el picaporte. Escribió una serie de números en el panel y la puerta se abrió.
Permaneció de pie frente a la puerta, incapaz de ingresar, de internarse en la oscuridad que embargaba al ambiente. Entonces, un recuerdo, ese recuerdo, se manifestó.
Despertó en medio de la noche y un enorme mareo lo invadió. La noche anterior había sido descontrolada como ninguna: había bebido demasiado con Isabelle y habían hecho cosas de las cuales no se acordaba. Despertarse desnudo le dio la pauta de que algo había sucedido y probablemente no se habían cuidado durante sus actos pasionales. Otra vez a sufrir hasta que el periodo de Isabelle hiciera aparición.
Tenía que convencerla de tomar anticonceptivos, ¡era demasiado joven para ser padre! Eso o tendría que ser más responsable, opción que se veía más madura. A Isabelle no le gustaba tomar pastillas y tenía que respetarla. Él sólo tenía 23 años y era la primera vez que salía con una mujer mayor; eso lo hacía sentir virgen más de una vez. Lo incomodaba y excitaba en niveles parecidos, casi idénticos.
Aunque... ¿Era prudente pedirle que tomara pastillas por estar con él? No eran pareja. ¿O sí?
Le encantaba estar con Isabelle y, tenía que admitirlo, lo hacía sentir demasiado a gusto pese a ser ella una simple amante con quien la pasaba bien.
La vislumbró en medio de la oscuridad y no pudo evitar sonreír por ser ella tan hermosa. Era la mujer más divina que había conocido. Empezaba a ser difícil considerarla como una más del montón; bien sabía él que no lo era.
La acarició antes de abandonar la cama para ir al baño a mojarse la nuca, única forma que conocía para calmar un poco la resaca.
Una vez más en el cuarto de Isabelle, yació sobre la cama por varios minutos con una sensación extraña latiendo en su pecho. Supo que debía hacer lo que quería y necesitaba, así que buscó en su saco el pequeño anotador que siempre llevaba consigo junto con un lápiz que vio abandonado en el escritorio de su amante, con quien no llevaba más de tres meses de aventura.
Tenía que hacerlo, así que abrió el anotador y buscó una hoja en blanco, de las que ya casi no había. Una vez estuvo frente al blanco de la hoja y con la luz tenue de la lámpara de noche iluminándolo al costado de la cama, donde se había escondido para que Isabelle no se percatara de lo que hacía, empezó a mover su mano sobre la hoja con el lápiz entre sus dedos. Garabateó extrañas formas geométricas que, en principio, solamente parecían dibujos de un niño de jardín de infantes; no pasó mucho para que se transformaran en algo real, totalmente entendible para cualquiera: una moto con diseño aerodinámico.
Dibujó poseído por lo que tenía frente a sus ojos, embelesado con la actividad que ejercía y embriagado de necesidad: no iba a parar hasta lograr que ese diseño fuera perfecto. Hizo pequeñas anotaciones técnicas en cada rincón de la hoja sin dejar de garabatear por un minuto, cada vez más inspirado por las líneas que comenzaban a revelarle secretos e inspiración.
Era feliz. Así, exactamente así.
—Bebé... —Y unos brazos rodearon su cuello en el peor momento—. ¿Qué haces?
Isabelle besó su hombro izquierdo haciendo un ruido espantoso. Odiaba que lo besara haciendo tanto énfasis en el ruido, mas a ella le encantaba hacérselo y no podía quejarse: era demasiado linda para decirle que no a cosa tan absurda. Ni hablar del hecho de que le dijera «bebé», que lo hacía sentir un infante sin cerebro. Ella adoraba decirle así porque era algunos años más joven y, según Isabelle, demasiado adorable desde su perspectiva.
Se puso nervioso y, con torpeza, cerró el anotador con la falla de haber dejado el lápiz en el interior.
—¿Qué es eso? —Era tarde, sin embargo, pues ella lo había visto todo. Le mordió el cuello para distraerlo y le arrebató el cuadernillo de las manos—. A ver...
—Isa, no —pidió al manotear el anotador. La mujer lo alejó de él girando hacia la dirección contraria de donde Trunks se encontraba—. Dámelo, por favor... —pidió infantilmente—. Es importante.
Es todo para mí.
¡Qué lástima no poder usar su velocidad saiyan para quitarle el anotador! Pero era imprudente hacerlo: ella nada sabía sobre su secreto.
Ninguno de los dos secretos.
—Trunks —balbuceó Isabelle finalmente, luego de algunos interminables segundos de esquivarlo mientras miraba las hojas del cuaderno—. Esto...
El muchacho sabía perfectamente que si ella lo llamaba por su nombre significaba algo serio: ¡jamás le decía «Trunks»! Jamás.
—Isa, no te burles —suplicó avergonzado, sabiendo que el humor diabólico de esa mujer era capaz de burlarse de su afición por el dibujo—. No es algo importante, yo sólo...
—¡Mi vida! —Lo arrastró hacia sus pechos y allí apoyó su cabeza—. Bebé, esto es fascinante... ¿Lo dibujaste tú?
Trunks, sonrojado por estar hundido en tremendos y sensuales senos, asintió tímidamente.
—¡LO SABÍA! —Ella lo abrazó fuertemente—. Tienes talento, Trunks. Sabía que tenías talento para algo y desde que te conozco intento adivinar para qué.
—Gracias por el cumplido, querida —profirió decepcionado.
—Claro que tienes talento para «eso» —Isabelle hizo viajar la palma de su mano por la espalda de él, sugerente—, pero me refería a otro tipo de talento, uno que se relacionara con el arte.
Aprovechando una distracción de la pelirroja, Trunks le arrebató el cuadernillo.
—Esto no es arte —aseguró él—. Son simples diseños.
—Pero no copiaste a nadie, bebé —contestó ella mientras peinaba el cabello lila con sus dedos—. Son dibujos muy bien hechos, te aseguro que dibujas muy bien; estoy sorprendida.
Trunks se sintió patético por un momento, para luego pasar a mirar sus dibujos con gesto indiferente, hoja por hoja.
—No hay nada de arte aquí —volvió a afirmar—. No veo arte en un simple garabato.
—Qué concepto triste tienes del arte, bebé.
Isabelle lo dejó sobre la cama no sin artes robarse la sábana blanca que la tapaba. Con ésta rodeando su cuerpo, caminó por el cuarto no sin antes tomar nuevamente el anotador de Trunks. Lo observó por largos minutos, ensimismada en sus pensamientos; cada vez parecía más fascinada. Trunks, por su parte, la atisbó desde la cama, sin saber qué se proponía su acompañante. Cuando meditaba, no era por cualquier cosa.
«Debe estar tramando algo».
—¿Sabes por qué soy fotógrafa? —inquirió repentinamente la sensual pelirroja.
Trunks se mostró extrañado.
—No.
—Por varios motivos. —Isabelle siguió paseándose por el cuarto con la sábana en torno a ella: recordaba a una pintura hecha en otro periodo de la historia, uno muy lejano—. Uno de ellos es mi falta de talento en las manos. —Giró hacia a la cama y se lanzó sobre él para darle un cálido beso—. De pequeña dibujaba mucho, pero jamás fui buena. Tú sí eres bueno, demasiado bueno.
Él se sonrojó.
—Son sólo...
—¿Garabatos? —Isabelle, en cruda confianza, se sentó sobre él, la sábana al fin abandonada, la desnudez al fin presente, explícita, compartida—. No, bebé. Estos no son garabatos; son diseños de vanguardia, diseños novedosos y sumamente estéticos. Son artísticos.
—¡No soy un artista! —afirmó él entre irritado y divertido por los extraños caminos que tomaba la conversación—. Es estúpido considerarme como tal por hacer diseños de naves, motos y autos.
Claro que su afición no se limitaba a ello, pero jamás lo admitiría.
—Arte es mucho más que una pintura renacentista, bebé —Isabelle lo besó con ternura—. ¿Has pintado alguna vez?
Trunks sintió cómo explotaban sus mejillas en el más llamativo rojo carmesí.
—¡Claro que no! O, mejor dicho, sí... ¡Pero en la escuela! —mintió a medias.
—¿Cómo te iba en tu clase de dibujo?
—Tenía 10 —admitió avergonzado.
—¡Sí! —Ella lo abrazó una vez más—. Bebé, mañana es el día.
—¿Qué día? —inquirió él sin comprender, su rostro de nuevo hundido en los senos de Isabelle.
—El día en que me muestres al artista que hay en ti.
Cerró la puerta y el código de seguridad, así, se reactivó.
—No tiene sentido.
Ya no sentía inspiración para hacerlo: Isabelle era su inspiración y con ella se había ido lo que, justamente, ella más amaba de él.
—Ella amaba al artista que creía ver en mí.
Con frustración disfrazada de genuina tristeza, se fue a dormir.
«Amaba al Trunks que quería gritarle cosas al mundo».
Al Trunks que, aparentemente, había silenciado al morir.
Nota Final del Capítulo III
Sobre el capítulo: Me interesa explorar la naturaleza sexual sin hundirme en lo obsceno, por eso no puse las barbaridades que Trunks y Marron se dijeron por chat ni las cosas locas que hicieron Trunks y Mimi.
Ya habrá algunos pseudo-lemon (?) perdidos en algún capítulo (jeje), eso lo aseguro no porque yo sea una pervertida al más puro estilo Marron (?), sino porque ese acto, en las relaciones entre dos personas que se quieren y/o desean, me parecen cruciales. La consumación es el momento clave en toda pareja, sea ésta hija de la lujuria o del amor.
Además, quiero escribir lemons particulares, no algo que se vea todos los días. Espero salga algo que, desde el lenguaje, sea estético.
Si bien el sexo es IMPORTANTÍSIMO en esta historia, no lo es por el sexo en sí sino por lo que éste significa en las mentes y emociones de las personas, eso me gustaría aclararlo desde ya. El sexo no es tabú y hablar de él, me parece, no está mal sino todo lo contrario: mucha de nuestra humanidad está hecha de sexo y es difícil, por lo menos desde mi punto de vista, no tocar el tema cuando se quiere hablar de amor, seducción o pasión.
Sobre 18: poco y nada se sabe de su pasado, ¡ni siquiera sabemos su verdadero nombre! Hay información confusa sobre ella. Supuestamente, 18 es inmortal, pues es un androide. No me gusta pensarlo tan así; prefiero pensar en un envejecimiento más lento o que tarde más en llegar más un deterioro brusco después de cierta cantidad de años. No sé por qué, pero esa es mi teoría. Algo parecido leí en DBMultiverse. La prueba de su envejecimiento nulo está en el futuro de Mirai Trunks: 20 años después de tantos asesinatos y locura sigue estando IGUAL. La 18 de esta dimensión, la "común", si se peinó y vistió como una mujer más madura al final del manga/Z no me parece que haya sido por la edad en sí, sino como una forma de acompañar la madurez de su marido.
Cuéntenme qué piensan sobre eso (?).
Se dice que ella y 17 tenían alrededor de 20 años al ser "modificados" por Gero, lo cual me da ganas de escribir Mirai Trunks x Mirai 18 (?).
Sobre un comentario que me hizo la querida Greida (¡holis! n.n), que ya se lo contesté por pm pero me parece que está bueno dejarlo acá: Pan está apagada de momento, más que nada porque está con su temita con Oob y poco y nada relacionada a Trunks. Ya van a ir pasando algunas cosas, pero si hay algo que me interesa en este fic es que todo sea a su tiempo.
Eakeles (¡mil gracias por tu review! =D), me hizo un comentario un poco similar, así que mejor aclararlo. =)
Mojarse la nuca para calmar la resaca: juro que funciona (?). Me lo enseñó mi mejor amigo, Mati (?), y siempre me da resultado. XD
El hashtag: Una pequeña broma sobre Twitter. XD El hashtag es una frase que empieza con un numeral y sirve para conectar temas dentro de esa red social. Es un poco darle un aire "realista" y moderno a la fama de Miss Mimi.
Y de reírme un poco. XD
Mimi y sus ideas locas: me pasó varias veces de cruzar gente que me dijera a mí o a alguien cercano algo extraño y sin motivo aparente relacionado con la mirada (?). Creo en la existencia de gente que te lee la mirada; a mí dos veces, dos personas muy distintas, me dijeron LO MISMO sobre mis ojos y le pegaron terriblemente a pesar de apenas conocerme. Desde entonces me volví un poco creyente de eso. Tómenlo como algo místico, como algo sin explicación, que sólo puede percibirse si se "cree" lo suficiente.
Creer o reventar (?).
Aclaración final: EN ESTE FIC, NO HABRÁ GOTEN x BRA. Lo siento, pero estoy en época de querer a Pares (?) y quise dejarlo con ella por esta vez. n.n
Un agradecimiento: MIL GRACIAS a Esplandian por cierta guía —genial, por cierto n.n— que me mandó para escribir cierto final de escena... No sé si todos lo capten, creo que se entendió pero no sé si lo suficiente, pero pasó algo medio fuerte al final de una escena en particular.
Socialmente está mal visto, pero no hay nada más humano que eso. =)
Sin nada más por decir, les dejo un beso gigante. ¡Y GRACIAS POR LOS REVIEWS, POR LOS TWEETS Y POR LOS MENSAJES VIA FACEBOOK! Me hicieron MUY feliz. =)
¡Nos leemos!
Dragon Ball (C) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.
