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Un Príncipe para el Reino Novak
Por Ladygon
Advertencia: Hard lemon. Este fic tiene mucho lemon a partir de este capítulo. Lo advierto, porque solo es para mayores de edad. No es un mpreg porsi, o al menos no tengo la intensión de que lo sea, pero sí, es un fic hot, así que por favor lean con criterio.
Capítulo 4: Rituales de matrimonio.
Dean quedó parado en la puerta del baño por un buen tiempo, como si hubiera quedado petrificado.
—¿Todo bien Su Alteza? —preguntó el chico.
—Sí, sí —respondió—. Tengo hambre.
La verdad no tenía hambre, al menos no tanta, pero fue lo primero que se le vino a la mente para explicar.
—Lo lamento Alteza Real, pero no debe comer nada hasta mañana. Puede beber agua si gusta —respondió Kevin con solemnidad.
—¡Oh! —Fue lo único que dijo.
Claro qué tonta su pregunta. Lo hicieron lavarse por dentro, no permitirían que se ensuciara otra vez. Menos, ahora que venían las preparaciones para la boda.
Primero, secaron bien sus pies y le pusieron unas babuchas con talón sin tacos, sin medias, ni calcetas. Comenzaron a vestirlo con un camisón largo transparente, que le recordó mucho al velo, porque al igual que el otro, lo ataron con una pequeña cinta blanca, esta vez, en su pecho, tenía mangas largas también. No le pusieron ropa interior, lo cual a esta altura, no le llamó la atención. Lo que sí, le llamó mucho la atención, es que los chicos usaban guantes blancos de género y evitaban tocarlo y verlo lo menos posible. De pie, con ese camisón trasparente, se veía todo desnudo salvo por las sandalias.
La segunda capa de ropa, fue una túnica larga, blanca con motivos de hiedras doradas. Le llegaba hasta el piso y sus mangas largas tenían finos vuelos en las terminaciones triangulares de sus muñecas. Vuelos exageradamente, alargados que le llegaban hasta las rodillas.
La tercera, fue una especie de bata dorada, unida solo de la cintura por un cordón también dorado, ajustado, que le llegaba hasta las pantorrillas. Esta bata era más larga que la túnica, formaba una pequeña cola y sus mangas eran de ala largas, que se abrían desde arriba del codo hasta la punta de la muñeca, de forma que los vuelos de la túnica estilo pagoda, sobresalían por ellas. Las mangas continuaban en triángulo abierto hasta las rodillas.
Lo último, fue una gran capa blanca que cae por detrás, sostenida por unas bellas hombreras de ramas doradas. Esta última pieza, parecía tener varios metros, por lo cual, la dejaron enrollada en los brazos de uno de los sirvientes.
No le pusieron maquillaje en el rostro, salvo algo de brillo aceitoso en los labios, que lo aplicaron con un pincel, para que no se les resecasen. El peinado fue simple como casi siempre lo usaba, hacia arriba. Una corona de oro de flores y hojas en forma de cintillo, donde las florecillas en el centro tenían hermosas perlas blancas. Eran las mismas flores que le pusieron en las hombreras con ramas de hojas en oro.
La única joya que llevaba, a parte de la corona y las hombreras, era su anillo de compromiso a mano desnuda, sin guantes. Consideró ponerse el collar de Sam, pero no quiso arruinar el protocolo tan ceremonioso, que de seguro, no lo dejaría usar.
La boda sería en la catedral del reino, al lado oeste de la ciudad palaciega. Lo subieron a un hermoso carruaje blanco adornado, con motivos de ramas de hojas y flores doradas. La corona del reino estaba en la punta del techo como una perfecta réplica gigante. Tirados por seis hermosos caballos blancos con correas blancas y flores doradas adornando sus crines.
Había una luna llena grande, hermosa, que iluminaba todo como si fuera de día. Algo muy impresionante, como si el sol estuviera dentro de ella. Pudo verla desde dentro del carruaje y también comprendió que El Palacio Real de Novak era una ciudad dentro de otra ciudad. Antorchas largas iluminaban y adornaban el camino, custodiadas por soldados en armaduras brillantes.
Al entrar a la catedral, miles de súbditos estaban a las afueras para saludarlo y gritar su nombre. Él los saludó con la mano, con una sonrisa, provocando que el público gritara fuerte de súbito. En el umbral de la puerta, vio que la catedral estaba repleta de nobles. Kevin le entregó una cuerda hecha de flores y ramas, enrollada en un aro, le dijo que la mantuviera con su mano izquierda, delante de su cintura. Los otros dos sirvientes le arreglaban la capa estirándola por el suelo, cubriendo varios metros hacia atrás.
Escuchó otro clamor del público, uno más grande del que le hicieron a él y entonces el nombre del rey apareció en el aire. Miró por su lado izquierdo, pero no vio nada.
—Te ves hermoso —dijo la voz sensual.
Dean volteó hacia su derecha y ahí estaba el rey Castiel, vestido divinamente, con una chaqueta de corte militar larga de color azul, cinturón dorado con motivos de ramas, botones también dorados, pantalones blancos ajustados, botas negras de charol hasta arriba de las rodillas. La misma corona de oro con diamantes y rojos rubíes de su ceremonia de compromiso, adornaba su cabeza. Pero lo impresionante, era la capa de terciopelo azul larga con bordes dorados, que arrastraba por los suelos y que rodeaba sus hombros. Esta tenía un cuello de donde estaba abrochada con un cordón largo y dorado, terminado en flecos hasta más allá de su cintura. Parecía un collar dorado largo con sus vueltas en dobleces en el cuello para caer. Sobre la capa tenía hombreras blancas de cintos, donde una especie de collar de medallones de diamantes, en cuyo centro tenía zafiros azules, cruzaba su pecho, de hombro a hombro, haciendo una curva en "U" a la altura de su corazón.
—Bonita capa. —Fue lo único que le respondió Dean.
La música de un órgano tocó y él se puso nervioso. Por primera vez, echó de menos el famoso velo para que no le vieran la cara. Castiel le ofreció su mano izquierda y Dean posó su mano derecha encima de esta. La calidez de esa mano lo acarició y al mismo tiempo lo tranquilizó.
Comenzaron a caminar lento, al ritmo de la música por ese pasillo central hasta el altar donde los estaban esperando. Con la mirada al frente y la manos tomadas también estiradas al frente. Todas las personas estaban de pie, elegantemente vestidos con capas y las mujeres con vestidos largos acampanados.
El camino pareció largo, quería acelerar el paso, pero no podía. Al llegar al altar, los recibió el sacerdote con sotana blanca. La ceremonia comenzó y Dean dio un suspiro imperceptible. Era obvio que sería más aburrida que la ceremonia de compromiso. Menos mal que durmió en el camino, porque a estas alturas estaría cabeceando de lo lindo. Miles de palabras de un Dios que no conocía y lo maravilloso de la creación, bla, bla, bla.
Hasta que llegó una parte donde le pidieron la soga que llevaba en la mano. Fue Castiel que lo puso de lado, frente a él y le tomó ambas manos, alzándolas al frente. El sacerdote tomó un extremo de la soga de flores y la enredó en sus manos entrelazadas con dos vueltas simples, sobrepuestas. Dean vio el rostro de su prometido y cuando terminó el movimiento, lo vio a los ojos. El corazón le saltó a mil por horas, olvidando lo que estaba diciendo el sacerdote. Es que la mirada de ese sujeto era muy intensa, no pudiendo quitarla hasta que el otro la desvió a un cojín. Eran las argollas de matrimonio: el momento de la verdad.
Hace mucho tiempo había visto el matrimonio de su tío Bobby. Las palabras que dijo su tío las encontró un trámite, solo el rostro de su tío radiante de felicidad, era todo lo verdadero. Pensó que en su matrimonio —porque era un príncipe y debía casarse, sí o sí— las palabras no debían ser importantes, sino el sentimiento. Sin embargo, estaba equivocado.
Al escuchar la promesa de su prometido para él, la misma que escuchó en esa boda hace tiempo y la misma de todos los matrimonios, comprendió el verdadero significado de tan aburrida ceremonia. Las promesas eran dichas con mucha intensidad al mismo grado que su mirada. Entonces, le dio la idea de que ese sujeto debía ser muy apasionado como para decir algo así, de esa forma. Volvió a ponerse nervioso, mordió su labio inferior y corrió la vista. Sintió que le acariciaban su dedo: le estaban poniendo la argolla.
Cuando le tocó el turno a él, solo repitió lo que el sacerdote le decía mientras tomaba la argolla del cojín que tenía el sacerdote. Deslizó el anillo en el dedo de su prometido.
Acercaron un libro grandote hecho a mano, en una mesita especial para ese libro. El rey Castiel tomó una pluma, la mojó en tinta y firmó. Le pasó la pluma a Dean, quien tenía su mano derecha atada con suavidad con la soga de flores, pero esta no hizo ningún problema con la ayuda de su prometido, quien se acercó con él al libro para sostenerla: era el acta de matrimonio. Dean dio un respiro y firmó con letra clara, precisa. Pasó la pluma a uno de los monaguillos que se la pidió.
Castiel y Dean se tomaron de ambas manos para mantenerlas estiradas. Luego, el sacerdote tomó la soga de flores y la ajustó, atándolos a los dos de las manos.
—Los declaro esposos y reyes del Reino de Novak —anunció el sacerdote.
Fue cuando Castiel se acercó a Dean, recogiendo sus brazos, puesto que tenían sus manos atadas, para besarlo en los labios. El beso fue muy suave, tibio por encima de sus labios y con una lengua que solo rozó con humedad el umbral. Pese a ser tan simple, Dean sintió un respingo extraño. Abrió los ojos, lo cual le hizo darse cuenta que los había cerrado, quedó muy confundido al ver el rostro sonriente de su marido.
—¡Viva los Reyes Novak! —gritó el maestro de ceremonia, alzando un báculo desde el centro del pasillo de la iglesia, frente a los novios.
—¡Viva! —gritaron los súbditos.
El maestro de ceremonia, Uriel, dio vuelta hacia los reyes, les hizo una reverencia, después volvió a dar la cara a los invitados y golpeó el báculo en el suelo, retumbando en todo el lugar.
Castiel y Dean se pusieron de frente a los invitados, de espalda al altar, para retirarse de la iglesia. Con ambas manos atadas, cruzadas entre ellos, comenzaron a salir de la catedral entre los aplausos de sus súbditos.
El pueblo los aclamó mientras se subían a un carruaje sin techo, ayudados por Kevin, quien recogió con rapidez la capa de Dean y después hizo compañía al cochero. Kevin estaba con el uniforme azul y blanco de paje. También este carruaje era blanco con motivos de flores y hojas doradas en su alrededor. Ruedas doradas y los caballos eran los mismos que lo trajeron en el otro carruaje, o eso pensó, porque estaban igualmente, adornados.
Castiel desató una de sus manos para poder saludar a la multitud, las otras manos, entrelazadas, permanecieron atadas con la soga de flores, mientras los monarcas saludaban a su pueblo. Dieron un paseo por la plaza ciudadana, donde les dieron vítores de alegría de camino a la ciudad palaciega. Dean quiso decir algo, pero la bulla entre los gritos y el sonido del carruaje se lo impidieron, así que cruzaron las rejas entrando a la ciudad palaciega y llegaron a un lugar solitario, un camino con varias vueltas como si estuviera escondido. La comitiva había menguado en cantidad de soldados que los escoltaban. El cochero le dejó a Kevin el carruaje y se bajó, así como todos los demás de la comitiva, siguiendo solos por el camino iluminado por la luna.
Estaba solitario, muy silencioso, pues el único ruido eran los cascos de los caballos y trajín del carruaje. Dean quiso iniciar una conversación con su marido a su lado, pero solo veía la espalda de Kevin, quien manejaba el carruaje, algo en su interior le decía que no debía hablar.
Llegaron a una especie de capilla abandonada. Kevin los ayudó a bajar del carruaje a ambos y limpió las telas de arañas de la puerta, hermosamente, labrada con motivos épicos de reyes antiguos. Castiel desató sus manos de la soga ceremonial.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Dean confundido.
Castiel hizo el gesto de silencio con su dedo en sus labios. Se vio tan sensual que tragó saliva. Kevin procedió a quitarle la ropa a Dean y este se opuso por un instante, pero la mirada de Castiel le dijo que se dejara. Kevin lo dejó solo con el camisón transparente, sin corona en el pelo. Al menos le dejaron las babuchas puestas.
El rey permaneció vestido, abrió la puerta y Kevin le entregó una antorcha a Castiel. Entraron los dos reyes y la puerta se cerró a sus espaldas. Kevin quedó afuera con el carruaje y ahora estaban los dos solos. El camino era un túnel lúgubre, Dean iba tomado de la mano por su marido, extrañamente, no tenía frío, pese a la poca ropa, el clima de ese lugar era cálido hasta el punto que, pensó que el rey debía quitarse la capa, sino quería asarse.
El túnel se abrió en una curva, mostrando una luz al fondo. Supo que ahí debían llegar. La luz se hizo más intensa y no necesitaron la antorcha, así que el rey la dejó puesta en la pared del túnel, quizás para usarla de regreso. Cuando llegaron donde estaba esa luz, Dean quedó con la boca abierta: era un jardín techado con cúpula de cristal. La luna estaba justo encima, rodeando toda la cúpula como una gran lámpara en el techo, la cual alumbraba todo el jardín. Había unas flores hermosas doradas y plateadas que estaban abiertas, recibiendo la luz de la luna. No conocía ese tipo de flores tan extrañas y bellas. Las enredaderas y arbustos trepaban por las paredes, creando hermosos motivos. Un pequeño membrillo en flor estaba en el centro. Estatuas de mármol de jóvenes desnudos alados con lanzas en sus manos y al medio, justo al lado del membrillo de flores blancas, había una estatua mayor, con la figura de una hermosa mujer alada, mirando hacia abajo, vestida como con unas sábanas. Todas las figuras estaban arriba de pedestales, también de fino mármol blanco, y tallados con dibujos circulares. El pedestal de la estatua de la mujer de cabello largo ondulado, tenía unas especies de manillas, dos barras, que le llamaron la atención, porque desentonaba con la estatua.
Caminaron por los pequeños senderos de mármol, hasta el centro del jardín frente a la estatua de la mujer. Dean recién se dio cuenta que se veía toda su desnudez y sus mejillas se colorearon cuando se vio observado por su marido. Castiel lo miró con intensidad y su pene dio un respingo, producto de esa mirada que parecía desnudarlo y acariciarlo desde los pies a la cabeza. Su vista se fijó en su entrepierna y su respiración se agitó.
Castiel avanzó, tomó su rostro y lo besó con intensidad. Retiró los cordones de su camisón y este se deslizó por su cuerpo hacia abajo. Dean lo agarró con rapidez a la altura de sus brazos para que no cayera al suelo y lo dejara desnudo. Castiel tomó el camisón y lo deslizó, él mismo, fuera de sus brazos, cayendo al suelo y dejarlo completamente desnudo. Dean no pudo mirarlo a los ojos, ya que los cerró muy fuerte, producto de lo acelerado de su corazón. Las babuchas volaron, no supo cómo. Sintió que lo volteaban y abrió los ojos de golpe. El rey lo había acercado hasta la estatua de la mujer y se puso atrás de él, le abrió las piernas con los pies y le inclinaron la espalda. Sintió la punta del miembro en su entrada como hacía presión para entrar. El tipo ni siquiera se había sacado la ropa, solo tenía su pene afuera, haciendo el trabajo. Le puso las manos en las manillas de la estatua que tenía al frente para que se sujetara de ella, fue cuando supo para qué eran esas extrañas barras.
Castiel comenzó a entrar en él. Dean abrió los ojos y la boca, en un grito silencioso. Sentía como lo penetraban duro hasta el fondo sin detenerse. Agarraron su cabello y lo tiraron hacia atrás. Quedó mirando hacia arriba y vio la estatua que lo miraba a los ojos. Se sujetó más fuerte de las manillas cuando sintió el tope de los testículos, entonces, pegó un grito que sintió, fue absorbido por la estatua, esa de mármol blanco.
El movimiento comenzó con lentitud salvaje y el resultado era lo mismo que la primera penetración. Cuando llegaban al fondo, al tope, pegaba un grito que después se volvió un quejido a medida que el ritmo aumentó, haciéndose continuo. Así estuvieron por minutos que a Dean le parecieron horas, hasta que el cuerpo comenzó a dolerle en verdad, más que a su pobre ano, entonces, el movimiento cesó y sintió un líquido caliente recorrer sus entrañas. Sus piernas fallaron y cayó al suelo de rodillas. El hombre se puso delante de él y le levantó el rostro. Hizo que abriera la boca y le metió el pene. Cuando miró hacia arriba a los ojos de la estatua, sintió el líquido en su boca, quiso retirarse pero no pudo, fue obligado a tragarlo todo.
Estaba tosiendo cuando volvieron a levantar su cabeza y le colocaron la punta del pene pegajoso en una de sus orejas, luego en la otra, pasando y mojando su cara, sus narices y sus ojos. Sintió que le mojaban todo su cuerpo, las palmas de sus manos, su ombligo, la planta de sus pies y luego agarraron su pene y lo juntaron con el otro con movimientos rítmicos.
No había sentido placer en esto, puro dolor, hasta este momento. Boca arriba, en ese colchón de hierbas, lo masturbaban deliciosamente, junto a la suavidad del otro pene. Su piel comenzó a calentarse de verdad. No creía que eso fuera posible, producto del daño y la humillación anterior, pero ahí estaba el placer. El placer aumentó de súbito cuando la boca acarició su entrepierna por largo rato, recibiendo la lengua en su orificio, en sus testículos, mojando, chupando y acariciando con boca, lengua y manos. Las caricias eran largas y deliciosas y no se detuvieron. Pudo ver la cabeza de Castiel subir y bajar por su pene, de lado, del otro, chupando la punta acariciando con su mano el tronco, y cuando lo miró a los ojos mientras lo chupaba, Dean dio un quejido, sintiendo como crecía y se hinchaba su pene más y más, hasta una excitación difícil de recordar si anteriormente había tenido. Sin embargo, no se detuvo, fue el turno de su ano para esa lengua de ser saboreado mientras su pene era atendido por la mano del otro.
Dean abrió las piernas por inercia y su trasero fue levantado, para que esa lengua lo follara con ritmo que sacudía su vientre con espasmos de deseos. La misma dedicación a su pene, lo tuvo en su ano por largo rato, hasta que sintió que sus paredes se contraían en palpitaciones. Ahí fue cuando se retiraron para desilusión breve, pues fue el turno de sus testículos de ser chupados y saboreados con la misma asiduidad.
Cuando el líquido preseminal de Dean comenzó a bajar por su miembro, completamente erecto, Castiel se detuvo: terminó de quitarse la ropa, la corona, se puso en la entrada de Dean y las piernas de él rodeando su cintura desnuda, se inclinó para besarlo. Dean recibió el beso lleno de deseo y pegó un quejido, que el otro saboreó al entrar en él con suavidad, piel con piel caliente. Esta vez se abrazaron mientras los golpes del sexo se hacían rítmicos, deliciosos. Los quejidos de placer, de ambos, se escucharon por todo el jardín cerrado y las pieles estaban calientes en extremos. Las piernas seguían rodeando la cintura del rey Novak a modo de descanso, pero luego tomaron el impulso para ayudar en la penetración. El cuerpo receptivo se movía también en busca de placer. Dean también quería que lo follaran profundo.
—¡Ah, ah, ah, sí, así, sí, más! —alentaba.
El ritmo cambió buscando, en los recovecos de las entrañas, ese punto especial para el desmayo, y lo encontró después de dos entradas fallidas donde tuvo que acomodar su pene para volver a entrar.
—¡Ooooooh! ¡Oooooh! —gritaba Dean cuando rozaban ese punto.
Abrazó más a Castiel y con una mano tomó su nuca, poniéndolo en uno de sus hombros. Echó la cabeza hacia atrás y abrió más sus piernas para adaptarse a ese falo maravilloso que lo follaba con insistencia en el punto donde lo hacía ver luces de colores y gritar como si estuviera en celo.
Una vez que ha sido encontrado ese punto, sería tocado mil veces y su pene rozado entre los estómago, recibía caricias calientes que lo hacían vibrar. El calor ya lo sofocaba y no supo que estaba a punto de venirse, porque tuvo unos espasmos maravillosos.
Sin aviso previo, se vino con un grito desgarrador y vergonzoso que no parecía de él. El cuerpo comenzó a temblar cuando el movimiento se hizo corto y profundo, marcando el nuevo llenado de su interior con la corrida del rey. Esta fue larga acompañada de quejidos y gruñidos. Dean abrazaba mientras, también se quejaba, se vaciaba entre los estómagos, y lo llenaban con semen.
Permanecieron un largo rato unidos hasta que Cas se retiró sintiendo un vacío dentro. Cas se puso a su lado para recuperar el aliento.
—Ahora eres, oficialmente, mío —le dijo con una sonrisa cansada.
Vaya que sí, lo era.
La luna pareció alejarse de la cúpula como dando fin al ritual, porque todo eso, claramente, fue un ritual: El Ritual de Posesión.
Fin capítulo 4
Gracias por los reviews. Este capítulo me costó subirlo, porque no sabía si cambiarlo o no para que no quedara tan hot. Resulta que es un ritual y por eso no pude cambiar nada. Después de pensarlo dos días, decidí dejarlo así como está. Espero no pervertirlas/os mucho XD
