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Guerra


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IV

«And does it make you mad

To find that I have grown

I'll bet it hurts so bad

To see the strength that I have shown.»

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03 de Enero de 1977

James había pasado unos días de mierda. La muerte de su padre y la escenita en Cokeworth lo habían dejado irascible, aturdido y muy muy furioso. Se sentía desorientado, no podía entender que su padre ya no estuviera en el mismo mundo que él, y sólo podía pensar en distintas formas de venganza mientras deambulaba solo por los pasillos de Hogwarts.

No había querido volver al castillo apenas terminado el servicio, pero Dumbledore había sido firme en su posición. Se había despedido rápidamente de su madre, avejentada cien años en su silla, y había regresado cuando en realidad, quería… quería…. No sabía en verdad lo que quería, pero definitivamente no vaguear encerrado entre esos muros.

Sus amigos lo habían dejado a su aire, entendiendo su furia y la necesidad de estar solo. James sabía de cualquier manera que le seguían la pista con el Mapa, esperando que se decidiera a hacer algo estúpido.

Eso era lo que hacía James cuando no tenía la respuesta a sus problemas. Algo estúpido, algo estúpido y temerario. Y sin embargo, golpear hasta la muerte a algún pobre maldito Slytherin que se hubiese quedado en Hogwarts por las vacaciones ya no le parecía algo apetecible.

Deseaba en lo más profundo encontrarse de nuevo con Snape. Eso era lo que quería. Había canalizado todo su odio hacia los mortífagos en la figura macilenta y encorvada de su compañero, quería herirlo físicamente como nunca había querido hacerlo con otra persona. Quería hacerlo sufrir, agonizar lo mismo que estaba soportando él.

Cuando cayó en la cuenta que eso era lo que estaba buscando, moler a golpes a Snape, frenó de golpe su caminata errante por el pasillo que llevaba a la Torre de Gryffindor. Volvió a visualizar la expresión de Lily Evans apareciendo justo en el momento en el que estaba por descargar toda su reciente frustración en Snape, que se había personificado frente suyo como por arte de magia.

Lily tenía una mueca aterrada, pero no la dirigía a él. James pudo leer que temía por Snape. Esa serpiente rastrera y cobarde.

Quería gritar, golpear y ser golpeado hasta la inconsciencia para arrancarse de la piel esa asquerosa sensación de frustración, ira y decepción que lo estaba por hacer estallar. Y el rostro de Lily, una y otra vez, desencajado, al borde de conjurar un escudo entre ellos.

Para proteger a Snape.

James no había reflexionado realmente por qué mierda estaba el Slytherin escondido frente a la casa de Lily. En su cabeza solo había entrado la furia por el encontronazo y la desazón con la muerte de su padre, pero ahora, reanudando la marcha hacia la Torre, las piezas desencajaban más que nunca.

¿Qué mierda hacía Snape espiando a Lily?

Sirius le había dicho que la pelirroja había confesado que el Slytherin vivía allí, cerca de su casa. Eran vecinos.

A James le sonaba tan irónico que casi le daba risa.

Ya no le importaba. Ya nada importaba. Iba a hacer caer a unos cuantos mortífagos —en el grupo de Dumbledore o fuera de él— e iba a tomar venganza por la muerte de Charlus.

Y que Lily se fuera al demonio.

Como si hubiese realizado un hechizo convocador, James estaba a pocos metros del retrato de la Dama Gorda cuando este se abrió y dejó paso a Lily y a algunas de sus compañeras de curso. El muchacho sintió una esquirla de hielo deslizándose con parsimonia desde su garganta hacia su estómago, y decidió voltear y regresar por donde había venido.

—¡James, espera!

Por el rabillo del ojo el aludido vio como Lily se separaba enseguida de sus amigas y trotaba hacia el, con un libro firmemente sujeto contra el pecho.

James la vio más hermosa que nunca, y por primera vez, la odio por ello.

La odio por haber defendido a Snape y no a él.

—Lo siento, estoy ocupado.— dijo, en un murmullo letal, sin siquiera mirarla. Lily se quedó descolocada, con la boca abierta, y James aprovechó para escabullirse, con los ojos clavados en el frente y los puños apretadísimos en los bolsillos.

Sólo cuando llegó a la primera línea de árboles del Bosque Prohibido —el único lugar además del campo de Quidditch donde se podía sentir en paz—, reparó que Lily Evans lo había llamado por su nombre por primera vez.

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22 de Marzo de 1977

Por aquellos días, los estudiantes de Hogwarts aprovechaban cualquier oportunidad para volver a casa y visitar a sus seres queridos. Pocos permanecían en el castillo durante las festividades y las vacaciones, todos sabían que un regreso cualquiera podía ser el último.

Durante las cortas vacaciones de Pascua, Lily había decidido quedarse. En parte porque no deseaba dejar sola a Marlenne —Mary se había marchado en el tren para estar unos días con su madre— y en parte porque no se respiraba un buen ambiente en su hogar. Petunia se había ofendido personalmente por el plantón que les había dado en Navidad y aunque Lily había vuelto a casa para explicarles lo que había ocurrido antes de regresar a Hogwarts, no había habido forma de hacerla entrar en razón. Además, Petunia se casaba en el verano, y se había vuelto una especialista en poner cara de querer beber cianuro cada vez que Lily intentaba ayudarla, sin mencionar que desde entonces estaba obcecada con que su hermana iba a volver a plantarlos en la ceremonia. La pelirroja había desistido y le había prometido a su madre poner buen semblante en la ceremonia, pero no soportaría mucho más los preparativos. Refugiarse en el colegio había sido la huida más sencilla.

Esa noche había quedado con Marlenne luego de la ronda de prefectos. Al ser de casas diferentes, no era sencillo coincidir luego de la caída del sol, pero Lily había comenzado a ablandarse en relación con las reglas, y realmente les apetecía pasar un tiempo juntas y solas.

Marlenne entró en la última aula del quinto piso donde Lily la esperaba, con una enorme tarta de crema y chocolate en las manos, de esas que de solo mirarla ocasionaba caries. Lily levantó las cejas, divertida ante la extraña imagen de su amiga y un dulce tan impresionante.

—Me apetecía… —se excusó, encogiéndose de hombros y acercándose hasta donde estaba ella. Depositó con suavidad el plato en el pupitre en el que Lily se había encaramado y corrido junto a la ventana. La noche del otro lado del cristal estaba fresca y despejada.

—Wow, se ve… —Lily no encontró la palabra adecuada para describir el pastel, mientras Marlenne sacaba con una sonrisa dos cucharas del bolsillo de su túnica.

Picotearon en un cómodo silencio, rodeadas de los sonidos del castillo nocturno. Se sentían relajadas, permitiendo que la tensión de las últimas semanas rompiera su dique de contención, especialmente levantado frente a Mary. Marlenne se había recostado sobre el pupitre, sosteniendo la cabeza con una mano, la otra atacando al pastel, permitiéndose una vulnerabilidad que sólo mostraba frente a Lily.

Un portazo las sobresaltó de pronto, poniéndolas en guardia de inmediato. Marlenne saltó de su posición ya con la varita entre los dedos.

—Ah, no sabíamos que había alguien aquí —dijo una voz ronca en la entrada del aula, en un tono que daba a entender todo lo contrario.

Lily bufó, pero Marlenne no bajó la varita.

—Lo siento, chicas —dijo la voz de Remus saliendo detrás de Sirius Black y arrebatándole de la mano un pergamino viejo. —Ya nos vamos —murmuró en tono de disculpa hacia las muchachas, empujando con brusquedad a su amigo que seguía plantado en la puerta con una sonrisa socarrona.

—Ah.

James Potter y Peter Pettigrew habían hecho su aparición un segundo después, el primero con los brazos cruzados y el segundo rezagado detrás de los otros, mirando alternativamente a las chicas y al pastel.

—Maravilloso, el combo completo —refunfuñó Lily, hastiada. Remus sonrió intentando disculparse sin palabras, pero ninguna dijo nada.

Hubo un instante de silencio, donde Lily reparó que era la primera vez que se encontraba frente a James Potter desde que había intentado, presa de un impulso estúpido, hablar con él en el pasillo de la Torre. Lily se había repetido como una mantra, antes y después de aquello, que no tenía nada por qué disculparse. No habían vuelto a hablarse, ni a echarse riñas. Potter, de hecho, hacía como si la pelirroja no existiese, y eso era toda una novedad.

Al darse cuenta de ello, sintió lo violento de la situación. A su lado, Marlenne notó la incomodidad de su amiga.

—Bien, un hermoso encuentro. Ya pueden marcharse —dijo la muchacha de un tirón, sin emoción alguna, guardando su varita y volviendo al pastel.

Sirius Black, a quien era imposible explicarle el concepto de incomodidad, dio un paso sin dejar de sonreír.

—Pero si tienen aquí una linda reunión. No sabía que por las noches la brillante prefecta hacía de las suyas… —comentó, moviendo las cejas de forma sugerente hasta llegar al pupitre de las muchachas.

—Vete a la mierda, Black, y cierra la puerta al marcharte —replicó Lily mordaz, sin mirarlo. No quería desviar la mirada hacia los recién llegados porque entonces se toparía con Potter, y eso no estaba en sus planes ni inmediatos ni futuros.

—Por favor, Sirius, vamos ya —Remus le puso una mano en el hombro para tirar de él. De reojo, Lily sintió como todos se acercaban a su pupitre y maldijo por lo bajo.

—Ellas tienen comida, y nosotros, bebida —argumentó Black y recién ahí, la pelirroja se dio cuenta de que entre los dedos, Sirius sostenía varias botellas por su parte superior. Tintinearon apenas al depositarlas en la mesa. —Además, nos gusta mucho el pastel, ¿verdad Peter?

El aludido se puso algo rojo y murmuró algo ininteligible.

—No entiende el concepto de persona no deseada, perdón —repitió Remus tanteando una sonrisa conciliadora. Lily intentó reducir su visión al muchacho y se permitió sonreír a su vez.

—Yo creo que no tiene capacidad de entender demasiadas cosas, ¿cierto?

Remus y Lily rieron un poco, obviando la atmósfera enrarecida. Sirius bufó.

—Sí entiendo que son dos presuntuosos tocapelotas —rebatió dando un salto para sentarse junto a Marlenne que había permanecido callada intentando concentrarse en un punto cerca al postre. —Vamos a ponerle un poco de alegría a la velada.

Remus se encogió de hombros, como volviéndose a disculpar, y acercó otro pupitre para sentarse con Peter. Lily miró por primera vez a Potter, que permanecía de pie impasible, con una ceja alzada. Acabó por encaramarse junto a Remus, a juicio de Lily, peligrosamente cerca suyo.

—¿Entonces qué?

—Dime, Black, ¿acaso te enseñaron a permanecer callado por cinco segundos?

—Me gusta más el ruido —contestó el joven, pasándole una botella a James y otra a Peter. —Ya sabes, gemidos largos y ruidosos.

—Eres un cerdo.

—Y tú una mojigata.

—Ya, por Merlín, paz —intervino Remus al ver que la pelirroja buscaba a tientas su varita mientras fulminaba con la mirada a Sirius, quién no había dejado de sonreír tan egocéntrico y pagado de sí mismo como siempre. —¿Qué estaban haciendo? —preguntó para comenzar una conversación sin riesgos de estrangulamiento. No se le había escapado que James seguía callado —algo casi tan difícil como que Sirius cerrase la boca—.

—¿Antes de que apareciera el troglodita, te refieres? —se metió por fin Marlenne, dándole un manotazo a Sirius que intentaba ponerle bajo las narices una de las botellas que habían traído. Remus se rió un poco más y dio pie para que Peter también lo hiciera, relajándose un poco y reduciendo la distancia entre el pastel y él.

Lily se encogió de hombros, ajena al forcejeo. —Pues nada. Pasando el rato.

—No puedo creerlo —dijo James por primera vez, taladrando a la pelirroja con la mirada y una sonrisa sardónica bailándole en los labios. —Evans la brillante prefecta, ¿escabulléndose para "pasar el rato"? —había utilizado la misma expresión que Black, pero en Potter, sonaba peor que un insulto.

—James… —advirtió Remus por lo bajo. Lily, un poco colorada, le lanzó una mirada gélida para voltear decidida a ignorarlo. James se encogió de hombros con un movimiento rápido y bebió un largo sorbo de bebida. Marlenne y Sirius seguían forcejeando, y Peter —quién sabía de dónde había conseguido la cuchara— disfrutaba del pastel, procurando esquivarlos.

—Vamos, McKinnon, seguro un poco de whisky te alegrará la cara de velorio que te traes siempre —le decía Sirius carcajeándose, intentando a toda costa ponerle la botella bajo las narices.

—Déjala ya, Sirius, por favor —le pidió Remus, harto. —No sé ni por qué querías quedarte aquí sí solo consigues ser un fastidio para el universo.

Black le ofreció una de esas sonrisas llena de dientes y promesas sucias y bebió un trago antes de responder.

—Pues es obvio, ¿no? La estirada y la señora alegría son parte del club de "olvidados por nuestro querido viejo chiflado".

James y Peter festejaron el chiste —¿o los motes?— del muchacho chocando sus botellas y bebiedo hasta asfixiarse. Remus inspiró largamente, volviendo a echarles a las chicas una mirada de profunda disculpa.

—¿Qué quieren decir? —increpó Lily, llenándose de esfuerzo por ignorar la insolencia de su compañero y su absoluta falta de respeto hacia el director. Marlenne se había retraído para alejarse de Sirius hasta apoyarse contra la pared de junto, con las piernas recogidas. Detrás de su mueca de hastío, seguía la conversación con detalle.

—Eso —respondió James, ya menos hermético con su botella casi vacía. Volvía a ser el mismo, aunque evitaba los ojos de Lily. —Que Dumbledore nos ofreció… ya saben y luego, nada.

La pelirroja se cruzó de brazos y no dijo nada, no había forma de que le diera la razón a Potter.

—Eso nos convierte en abandonados, ¿no? —retomó Sirius. —¿Es por eso que traes esa cara, McKinnon? ¿No manejas bien la decepción?

—Cállate, Black, o te haré tragar la botella —le respondió Marlenne mordaz desde su sitio.

—Yo podría hacerte tragar otras cosas si te apetece….

—Sirius, basta —atajó Remus, tomándolo del brazo y obligándolo a volverse a sentar. Marlenne había vuelto a empuñar la varita y el muchacho se había incorporado, retándola con una sonrisa engreída.

—Son insoportables —declaró la Ravenclaw al comprobar que Black volvía a su lugar, no sin antes lanzarle una mirada muy sugerente.

Hubo un instante de silencio donde se podía cortar el aire con un cuchillo. Remus suspiró y volvió a la carga con eso de aquietar los ánimos.

—Lo que Sirius trataba de decir es que Dumbledore no volvió a insistir, ni nada.

Lily, decidida a ignorar al resto, se envolvió las piernas con los brazos de forma similar a Marlenne, pensativa. No podía negar que ya lo había pensado antes, pero no estaba segura qué responder.

—¿Quizá se arrepintió? —aventuró Peter desde su sitio, mirando a través del ojo de su botella medio llena. No lidiaba tan bien con la bebida como sus amigos, y no le gustaba sentirse más torpe de lo normal.

—No creo… —murmuró Lily, aplastando la mejilla contra su rodilla. —Él pidió que nos tomásemos nuestro tiempo, ¿verdad? Tal vez considera que necesitamos más tiempo para reflexionar.

—Eso es una estupidez. —declaró James, jugando con su botella vacía entre los dedos. No miraba a Lily, observaba distraído cómo hacía girar el recipiente con sus manos. —No hay nada qué reflexionar.

—Por supuesto que no —lo apoyó Black, sacando un pitillo del bolsillo de sus pantalones. —¿Quién no va a aceptar patearle el culo a unas cuantas serpientes rastreras?

Lily apretó los dientes ante el ataque.

—¿Es que no saben tomarse nada en serio? —masculló, furiosa. —Esto no es un maldito partido de Quidditch, ni pueden resolver todo a lo bruto, ¿saben?

—Yo creo que hasta ahora nos ha salido muy bien —replicó Black, ya con el cigarro encendido y exhalando lentamente una densa nube de humo de su boca.

Lily no entendía que era lo que la mantenía en su sitio, escuchando los sin sentido de esos idiotas.

—Y ya sabemos que no es un partido de Quidditch —completó James desde su sitio. —Esto será aún mejor.

La pelirroja lanzó el enésimo bufido de la corta noche, y Remus rodó los ojos, sintiéndose un completo inútil.

—Sí lo tomamos en serio, Lily, de verdad. Por eso Sirius quería verlas.

—A mi no me metas, yo a las mujeres sólo quiero verlas desnudas.

—Vete a la mierda, Black —pero el insulto de Lily se vio ahogado por las carcajadas de los chicos, escandalosos y algo ebrios. Hasta Remus se permitió sonreír.

—Traducido, quiere decir que estamos con ustedes. ¿Les parece hablar con Dumbledore?

—Primero deberían saber nuestra respuesta, ¿no crees? —intervino Marlenne desde su sitio alejado, observando con los ojos entornados al par de idiotas que se contagiaban la risa por algo que ya habían olvidado.

—¿Qué? —preguntó Sirius, desternillándose. Había perdido el cigarro por algún lugar, pero flotaba sobre él una tenue nube gris.

Peter, que había parado de reír un poco antes, miró directamente a las chicas frunciendo el ceño.

—Pero… ustedes… —a Peter no se le daba bien hablar directamente con la gente, mucho menos si eran mujeres, mucho menos si tenían la capacidad de asesinarlo solo con verlo, como Lily. La tartamudez de su amigo provocó otra ronda de risas idiotas y difíciles de controlar. A Lily comenzó a latirle una vena en el cuello con fiereza.

—Serán idiotas —masculló Remus ignorándolos. —¿Qué decías, Pete?

El aludido, sonrojado por el arranque de carcajadas a su costa, carraspeó apenas y dijo de un tirón.

—Que yo supuse que obviamente dirían que sí, porque yo en realidad no soy muy bueno con la varita, ni muy fuerte, pero como Dumbledore nos eligió a todos, seríamos como un equipo, no pueden quedar fuera...

Sirius emergió de su mundo tan gracioso para interrumpirlo y palmearle la espalda.

—Respira, respira.

Peter se calló de inmediato y murmuró algo ininteligible.

Lily se había quedado sorprendida. Nunca había pensado en Peter como alguien a quién prestarle atención. Estaba tan eclipsado por la personalidad avasalladora de sus dos amigos, que ni se le había pasado por la cabeza que tal vez, sólo tal vez, tuviese las mismas dudas que ella.

Suspiró y bajó las manos hasta los tobillos para calentarse los pies helados, el mentón hundido entre las rodillas.

—Supongo que tienes razón. Sólo que me hubiese gustado pensar esto… después.

—¿Después de qué, Lily? —preguntó Remus, comprensivo, ignorando las miraditas entre James y Sirius.

—Después de graduarnos, no sé… Después.

—Después podemos estar muertos.

La frase de James cayó como un balde de agua helada sobre Lily, que no se atrevió a levantar la cabeza. Se estaba refiriendo a su padre, y todos lo sabían. Era probable que el muchacho estuviese taladrándola con esos ojos que se habían vuelto helados desde Navidad. La idea de disculparse la asaltó de nuevo, aunque hubiese pasado noches enteras asegurándose a sí misma que no había hecho nada —nada— mal.

El silencio volvió a ser salvado por Remus, a quién ya le quedaban pocas cartas diplomáticas para evitar que aquella extraña tertulia terminase peor.

—¿Tu qué dices, Mar?

—Sí, ¿qué dice la representante del mundo de los Inferi?

Marlenne hizo un enorme esfuerzo por no asesinar con la mirada a Black antes de responder.

—No lo sé. No importa lo que pensemos nosotros. Al final, creo que todos estaremos en el mismo bando.

Peter se relajó al saber que todos los presentes de una u otra forma secundaban la propuesta de Dumbledore. Eso le daba más coraje para avanzar junto a ellos.

El silencio esta vez fue un poco menos incómodo. Remus se permitió relajar, aceptando el cigarro de Sirius, y paseando la vista por sus amigos.

James balanceaba una pierna sentado en su mismo pupitre, mirando algún punto infinito mientras que a su otro costado Peter terminaba de dar cuenta del pastel con el alto al fuego.

Sirius en la punta del otro pupitre, volvía a fumar, sin abandonar su aire prepotente, y Marlenne seguía contra la pared apoyada en el marco de la ventana. Al otro lado Lily, pensativa y preocupada a partes iguales.

Hubo un instante en el que Remus deseó con toda su fuerza que ellos, todos ellos, consiguieran llevarse bien, o al menos, no asesinarse al estar en la misma habitación ya que a fin de cuentas, allí estaban las personas más importantes de su vida.

O casi todas.

—¿Ves pelirroja como sí nos tomamos las cosas en serio? —dijo Sirius al cabo de unos pocos minutos. Remus casi había podido oír cómo le zumbaba la cabeza en el silencio, imposible de tolerar. —Estamos todos aquí, pensando en ser héroes y tal. Deberían darnos un premio por ser tan maduros.

—A lo mejor prefiero echarte un maleficio.

Sirius sonrió engreído, alzando las cejas.

—Inténtalo.

James se rió por lo bajo, a la par que Remus se debatía si intervenir o no. La cara de enojo de Lily lo ayudó a desistir. Marlenne bufó con la mirada perdida en la noche.

—¿También te molesto a ti, McKinnon? —increpó Sirius, abriendo un nuevo frente de ataque. —Creí que los Inferi no podían enfadarse.

Marlenne se giró lentamente, con los labios hechos una fina línea recta.

—Que te den, Black. Eres demasiado idiota como para que desperdicie mi tiempo en ti.

Lily y Remus intercambiaron una breve mirada, asombrados de la gelidez de su amiga ante el joven Gryffindor que no había borrado su sonrisa petulante.

—Tienes razón, yo también prefiero interactuar con humanos, no con banshees.

En esa ocasión, Marlenne fue mucho más rápida. Sacó su varita en un tris y lanzó un maleficio que Sirius no hubiese podido bloquear. Fue el escudo que conjuró James el que evitó que su amigo terminara por el piso.

Lily se quedó con la boca abierta no solo ante la rapidez con la que Potter había actuado, incluso con una botella de whisky de fuego encima, sino porque Sirius había logrado romper la barrera de apatía natural de su amiga. Se recuperó enseguida al escuchar la carcajada estruendosa de Sirius, sobándose la barriga.

—Así que eres capaz de ofenderte —le dijo a Marlenne, que había vuelto a su sitio y procuraba ignorarle bajo la culpable mirada de Remus. —Eso es nuevo.

Sirius siguió riéndose hasta que terminaron por corearlo Peter y James, aún con la varita en la mano.

—Ridículo —masculló Lily, rodando los ojos. Todo aquello ya era más de lo que podía soportar por una noche. —Haré de cuenta que no los conozco, y que jamás estuvieron aquí —declaró levantándose y sacudiéndose la túnica. —No los reportaré por el whisky ni por los cigarros, pero no pueden ir por ahí con bebida ilegal.

Sirius se carcajeó más luego del discurso, apurando el resto de su botella. James ahora sí la miraba, casi desafiante.

—No vas a reportarnos porque tú también estabas aquí, Evans —le contestó, por encima de las risas de Sirius y Peter. Remus se había rendido finalmente de oficiar de árbitro y comía pedazos diminutos de pastel mirando a Marlenne de reojo. —Así que no es un favor hacia nosotros.

Lily se indignó, en parte porque tenía razón y en parte porque detestaba ponerse colorada. Le brindó la última mirada asesina de la noche y se volvió hacia Marlenne y Remus, ignorando el coro de risas cada vez más idiotas de los otros tres —y el comentario de Sirius de ¿has visto eso, Pete? ¡James logró callar a la pelirroja! ¡Se está por acabar el mundo!—.

—Lo intenté, Lily, pero no están domesticados, lo siento —repitió Remus una vez más, aunque algo divertido. Lily suspiró y se encogió de hombros.

—Son subnormales, eso es lo que son.

Marlenne asintió con convicción, aún con la mirada perdida más allá de la ventana.

Remus se permitió una risa floja.

—Vamos, Mar.

La aludida volvió a asentir y se bajó del pupitre, sin mirar a nadie en particular, ni el espectáculo de idioteces de los Gryffindor.

Lily salió muy digna, seguida de su amiga, generando más carcajeos estúpidos y más comentarios insidiosos —Oye, James, yo creo que sí tiene un palo atravesado ahí... ¡Mírala, es una vara!— a los que estuvo a punto de responder volteando y agitando con furia su varita. Marlenne, como si aquello sucediese todos los días, le tomó el brazo por un segundo y le señaló el pasillo, decidida a irse de allí cuanto antes.

Antes de que la puerta se cerrase, ambas pudieron escuchar con claridad cómo, entre risas estruendosas, alguien decía

—¡McKinnon casi te deja fuera de juego!

—Tengo que admitir que la banshee tiene huevos.

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05 de Abril de 1977

El regreso a clases luego de las breves vacaciones de Pascua había estado más apagado que nunca.

Mary había vuelto con un pánico atroz, habían atacado Edimburgo la noche anterior a su regreso, y el pútrido aroma del miedo había llegado hasta su sensible nariz. Lily se había encargado de consolarla y de recordarle que allí estaba Dumbledore, que todo estaría bien.

Marlenne tenía otra opinión, que como solía hacer, prefirió guardarla para cuando estuviese a solas con la pelirroja.

De cualquier manera, Mary estuvo histérica y tan temblorosa como un ratoncito cobarde, por lo que Marlenne decidió mantenerse al margen por unos días.

No es que odiara a Mary, ni mucho menos, pero le costaba horrores comprenderla a veces. Había acusado a Lily en más de una ocasión de sobreprotegerla, pero ella hacía oídos sordos.

—Tu no la viste aquel día, Mar, no seas injusta —repetía, no con rencor, sino con profunda tristeza.

Lily se refería a ese terrible encuentro del que Mary jamás hablaba, que hacía que saliera corriendo hacia otro lado nada más ver a Mulciber aparecer por un pasillo. Marlenne no había preguntado —después de todo, no era asunto suyo— pero intuía que el desagradable encuentro había reafirmado la personalidad quebradiza y asustada de Mary.

Se dirigió sin demasiado ánimo hacia la biblioteca, no tenía aún demasiada tarea pero era mejor que vaguear sola por el castillo. En la mesa de siempre divisó a Remus y, alegrándose un poco, se acercó hasta él.

Marlenne no tenía amigas dentro de su Casa. Ni de su curso ni de otros años. De hecho, hasta conocer a Lily, eran pocos los progresos que había conseguido en materia social. En su curso decían que era huraña y hosca, y sinceramente, Marlenne no había hecho nada por hacerlos cambiar de opinión. Solía sentarse sola y escribir largas cartas para Marilyn, lo que contribuía a crear una atmósfera enrarecida a su alrededor que nadie se atrevía —o deseaba— quebrar.

Sin embargo, cuando Lily entró en su vida, casi sin permiso, resultó que no sólo venía Mary en el paquete, sino también Remus.

A Marlenne le gustaba Remus. Era reservado, como ella, pero inteligente, como Lily. Y parecía agradarle su presencia. Eso la hacía sentir bien. Y no tenía necesidad de controlar sus palabras, como frente a Mary.

Ambos disfrutaban su soledad, y Marlenne sospechaba un aura de melancolía y autocompasión en el Gryffindor que le recordaba mucho a ella misma.

Se sentó frente a él, quién le otorgó una dulce sonrisa cansada, y siguió en lo suyo. Marlenne apoyó con pesadez la mejilla contra su palma y se dedicó a repensar los últimos acontecimientos, como hacía a diario.

Al final, había resultado que Dumbledore simplemente les había dejado espacio para pensar.

El último día antes de regresar a clases —y que el Expreso regresara con la mayoría de los estudiantes—, el director se las había arreglado para citarlos sin levantar sospechas, para pedirles con amabilidad una respuesta.

Marlenne no fue la única que pensó que, a fin de cuentas, era una estupidez pedirla. Dumbledore no era tonto. Los había convocado a ellos, precisamente a todos ellos porque sabía que estaban hasta el cuello por la misma causa.

Y ya eran miembros de la Orden.

Marlenne se sentía un poco tonta, pero guardaba el secreto en su interior como un talismán, como si ser parte de una organización secreta contra el mago oscuro más poderoso de todos los tiempos fuese un mejor escudo protector que un protego, que la inmunizaba del horror que embestía las paredes del castillo. Se sentía ridículamente a salvo, parecía que esos últimos meses había estado dando manotazos para no ahogarse y ahora estuviese sumida en la tranquila profunidad marina.

—Luces cansado —le comentó distraída al Gryffindor, que seguía enfrascado en su redacción. Marlenne presumió que se trataba de Pociones.

Remus hizo un gesto con la cabeza, a medio camino entre asentimiento y resignación y continuó escribiendo.

Sin duda, Remus era el que mejor le caía del nuevo equipo que habían formado los de sexto. Si bien luego de la reunión con Dumbledore no había vuelto a hablar con el resto de los Gryffindor, a Marlenne le escocía ser parte de algo con ellos, con lo que —salvo Remus— no tenía nada en común ni deseaba tenerlo.

A menudo se había unido a Lily en las eternas interrogaciones acerca de por qué Remus era tan amigo de esos otros tres, sin obtener ningún resultado satisfactorio para las muchachas. Lupin había sido claro en que venían juntos en el paquete, y Lily había suspirado y lo había dejado en paz.

Mary era otra cuestión.

Remus sólo se acercaba a ellas cuando estaba solo. Marlenne suponía que era para ahorrarles el mal trago, después de todo Lily se llevaba fatal con Potter y Black. No estaba segura que iba a ocurrir a continuación, siendo evidente que tendrían que estar todos juntos más a menudo, y por todos, se incluía a una pelirroja de muy mala leche en la misma habitación que los dos egos más grandes del universo. Ya habían tenido un dulce adelanto en Pascua, y Marlenne no envidiaba en lo más mínimo el papel de árbitro que Remus cargaba a la espalda.

—¿Tu estás bien? Vas a caerte... —Remus había abandonado con frustración su pergamino, y miraba a Marlenne con las cejas alzadas preocupado. La Ravenclaw estaba tan extendida sobre la mesa, escarbando su propia mente, que su precario equilibrio parecía que se rompería con la más mínima brisa.

Marlenne despegó la piel de su rostro de la palma, sorprendida por la interrupción del hilo de sus pensamientos, y le sonrió, acomodándose en su asiento. Se encogió de hombros.

—Déjame —le dijo, en cambio, extendiendo la mano para que el muchacho le pasara la redacción. A Marlenne se le daba bien las Pociones, quizá no como a Lily, pero podía defenderse.

—Gracias —suspiró Remus, inclinándose hacia atrás y pasándose la mano por el pelo.

Marlenne tomó su varita y empezó a corregir la redacción, con un ojo puesto en su amigo.

—¿Has hablado con Mary últimamente? —preguntó al pasar, cambiando raíces de margarita por raíces de valeriana.

Remus regresó con lentitud a su posición normal, cuidándose de no demostrar ninguna expresión en su rostro.

—No.

—Vale —Marlenne esperó un momento antes de proseguir. —Pues deberías, está un poco… sensible.

Remus elevó las cejas. Marlenne no sabía muy bien por qué estaba desviando esa conversación. Estaba segura que Remus estaba colado por Mary, era un secreto clamado a gritos, y sin embargo, nunca había visto a su amigo realizar un movimiento que fuese más allá de su sobrehumana cordialidad.

—Por el ataque a Edimburgo —se vio obligada a aclarar, sin levantar la vista del pergamino. —Mary vive en los alrededores.

—Ya.

Marlenne esperó un comentario que nunca llegó.

—Remus... —empezó, suspirando, y elevando la mirada. El Gryffindor le inspiraba algo, con esos aires de resignada melancolía, luciendo siempre un poco enfermo, como si no acabara de encajar en el lugar que había logrado hacerse. Marlenne se sorprendió al descubrir un ligero instinto protector, un eco débil del que sentía por Marilyn.

Quería ayudarlo, aunque no supiese cómo.

—Tienes razón, Mar, sí estoy algo cansado —la atajó él con una sonrisa conciliadora. Marlenne se enredó en las palabras que no terminaban de salir, encogiéndose de hombros. —Gracias por la ayuda.

La joven asintió, confundida, y le devolvió la redacción, impotente ante la necesidad de hablar sin saber cómo, y comparándose una vez más con Lily. Ella hubiese sabido cómo manejar la charla.

—Nos vemos en la cena.

—De acuerdo.

Remus se marchó y Marlenne tuvo la certeza de que estaba huyendo.

Y que ella estaba rompiendo el muro de apatía que había estado construyendo con cuidado los últimos años, y ya no solo a causa de los embistes de Lily y Marilyn.

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25 de Mayo de 1977

Remus estaba agotado. Aún no se recuperaba de la última luna llena, tenía los músculos agarrotados y le escocían los bordes de una fea herida en la rodilla, pero tenía mucho que estudiar y los exámenes lo acechaban como un boggart en el armario. Por eso, en vez de disfrutar la tarde junto al lago con James, Sirius y Peter, se había disculpado para hincar los codos en la biblioteca, aunque por ello se ganase varias burlas por parte de sus amigos.

No los culpaba. James y Sirius eran brillantes, y Peter siempre conseguía aprobar pese a las corridas de último momento. Él, sin embargo, necesitaba las mejores notas si deseaba tener alguna esperanza de inserción en el mundo mágico. Incluso así, Remus no albergaba muchas ilusiones.

Se distrajo de su composición de Runas al percibir un movimiento a su derecha, con un aroma inconfundible. Remus tenía un olfato excelente —presumía que era un efecto secundario de su licantropía—, y podía reconocer con seguridad el olor dulce de Marlenne antes de que ella se sentara a su lado.

—¿Mucho estudio? —susurró a modo de saludo, colocando disimuladamente una pila de libros frente a ellos, para no ser molestados.

—Un poco —respondió Remus con una sonrisa, soltando su pluma. —¿Y Lily y Mary?

—Lily está en su habitación estudiando como una posesa —ambos sonrieron imaginándose a la pelirroja, era muy propio de ella. —Y Mary está por allí, muy avergonzada de acercarse.

Remus abrió los ojos y Marlenne dejó escapar una breve carcajada. Se acercó mucho al muchacho para indicarle en un murmullo apenas audible.

—Mira con disimulo hacia la sección de Transformaciones.

Remus levantó la vista por encima de la muralla de libros para ver el tercer pasillo a su izquierda, donde una muchacha menuda con el uniforme de Hufflepuff miraba sin ver las estanterías, bien ubicada para observar su mesa. Tenía las mejillas arreboladas.

—Deberías ver tu cara, es un poema —lo distrajo Marlenne, tirando de su manga para ocultarse nuevamente entre los libros. Remus le dirigió una mirada reprobadora.

—Oye, relájate. No vengo a hablar de Mary —aseguró la muchacha, con las palmas hacia arriba. —Además, no creo que ella sea tan obvia, ¿verdad?

Remus masculló algo sin sentido, no estaba seguro qué decir. Sus ojos querían desviarse sin demora hacia la sección de Transformaciones, pero resistió el impulso con todo su esfuerzo.

—¿Entonces? —la apremió él, buscando salir de aquella incómoda situación. —¿Qué sucede?

—Pues que queremos hacerte unas preguntas —le confesó Marlenne, echando una miradita maliciosa hacia donde estaba su amiga. —Pero a Mary le dio pena y me pidió que viniera yo.

—Mar, perdona, pero no tengo tiempo para esto. Tengo que… —balbuceó Remus, seguro que en realidad la muchacha quería seguir insistiendo sobre su relación con Mary. O su no-relación.

—Espera, en serio. Es sobre Lily —se apresuró a aclarar Marlenne, poniéndose seria.

—¿Qué pasa con Lily?

—Pues… —Marlenne no sabía bien cómo explicarse. En verdad, la que tenía una gran capacidad para expresarse era Lily, no ella, pero por razones obvias no podía ser la pelirroja la que hablase con Remus. Y tampoco podía ser Mary. —Es que…

Remus la miró sin comprender. La muchacha inspiró profundo antes de hacer su mejor esfuerzo por exponer sus pensamientos.

—En realidad, me convenía que Mary no escuchara esto, porque no podemos compartir con ella lo que creo que está pasando —el muchacho se perdía más a cada palabra. — Ambas notamos que Lily está rara…

—¿Rara cómo?

—Ese es el punto, no lo sé. Más… reflexiva, más cerrada. Remus, creo que es por lo que pasó en Navidad.

La mirada de Remus se ensombreció.

—Sabes que no le dijimos nada a Mary de lo de la Orden… —prosiguió Marlenne con un hilo de voz. No sabía si estaba bien hablar de ello en un lugar tan expuesto como la biblioteca. —Pero creo que no tiene tanto que ver con eso, sino con…

—¿Con qué?

—Con Potter.

Remus abrió mucho los ojos y olvidó por un momento la presencia de Mary varios metros más allá.

—¿Con James?

Marlenne asintió.

—Si conozco un poco a Lily, creo que se siente… culpable —hizo una pausa en la que el muchacho reflexionó lo que su amiga estaba diciéndole.

—Pero Lily no tiene por qué sentirse culpable.

—Ya lo sé. Yo tampoco lo entiendo bien, pero creo que es eso lo que le ocurre… —Marlenne se mordió el labio antes de proseguir. —El problema es que Potter pasa de ella como si fuese parte del mobiliario.

Remus se sintió en la obligación de defender a su amigo.

—Mar, no juzgues a James sin conocerlo. Además, Lily dejó en claro que no es su persona favorita.

—Ajá, pero no esperaba que fuese… así. Potter le quitó la palabra luego de que, según él, Lily defendiese a Snape.

—James no pasó un buen momento, Mar, asesinaron a su padre.

—Ya lo sé —repitió la muchacha exasperándose. —Y lo entiendo. Pero igual, de repente, ni siquiera se digna a mirarla, como si ella tuviese la culpa…

—No lo sé, Mar, es... complicado.

Marlenne se encogió de hombros.

—Piénsatelo. Y observa a Lily, tenemos razón.

Remus asintió y volvió la vista hacia la sección de Transformaciones.

—Ella también está preocupada —le comentó al notar el desvío en los ojos de Remus. —Pero no podemos decirle nada de esto, no sé cómo…

—Ya sé —suspiró Remus, volviendo finalmente a su composición. —Lo pensaré, ¿vale? Y hablaré con James.

—Gracias, Remus —le sonrió Marlenne, más relajada. —Bien, voy a ir a ver a Mary, se muere por que le de todos los detalles de esta conversación.

Remus se rió un poco, más nervioso que otra cosa, y tomó su pluma.

—Quién diría que me convertiría en una mentirosa profesional —suspiró la muchacha levantándose de la silla con sigilo. —Oye, Remus, ¿de veras…?

—No, Mar, no insistas —atajó Remus, cansado, leyendo su pergamino. Sabía que Marlenne iba a preguntar por Mary.

—Bien, sólo quiero que quede claro que pienso que eres un tonto.

—Yo también te quiero.

Marlenne se encogió de hombros y no insistió. No acostumbraba a meter demasiado las narices donde no la llamaban, se sentía rara por todas las conversaciones serias que había tenido con Remus ese último tiempo. Entendía que detrás de la tozudez de su amigo había algo más profundo que no llegaba a comprender. De cualquier manera, en su fuero interno, no creía que Mary pudiese ser una buena pareja para el Gryffindor.

Se alejó a paso ligero, reuniéndose con una ansiosa Mary que esperaba los resultados como una niña. Marlenne inhaló profundamente antes de empezar a reinventar toda la conversación que acababa de tener.

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29 de Mayo de 1977

Remus entró decidido a su dormitorio, después de rato de reflexión, ignorando a Sirius y a Peter que simulaban una partida de ajedrez mientras echaban miraditas a las Gryffindor de quinto. No solía meter las narices donde no lo llamaban, salvo cuando sospechaba que sus amigos estaban por cagarla de forma monumental. Lily lo había acusado más de una vez de permisivo, él prefería conformarse con tener la certeza de que no se lavaba las manos ante grandes problemas. Los pequeños bien podían arreglárselas sin él.

Sin embargo, las palabras de Marlenne habían calado hondo, y Remus no estaba seguro cómo actuar. Sí se había dado cuenta, no era idiota, que la actitud de James hacia su pelirroja favorita había cambiado casi de la noche a la mañana, pero no le había otorgado mayor importancia. James no había pasado un buen período desde Navidad, con la muerte de su padre. Era totalmente comprensible, y Remus había pensado que su apatía —y casi frialdad— hacia Lily se debía a su duelo personal.

Pero ya habían pasado más de tres meses, y aparte de la noche durante las vacaciones de Pascua y las dos reuniones con Dumbledore, Remus no había visto a James interactuar con Lily. O sí, y su abierto comportamiento hostil lo había dejado pasmado.

¿Qué demonios se traía James entre manos?

El susodicho estaba revolviendo su baúl cuando el licántropo entró a la habitación, ya tenía puesto el uniforme de Quidditch y su preciada escoba estaba sobre la cama. James solo volteó apenas para ver quién era y volver a su búsqueda.

—Oye, ¿has visto mis rodilleras?

Remus rodeó los ojos internamente, sabiendo que el orden no era compatible con James Potter y Sirius Black. Vivía nueve meses inmerso en un mar de caos, desperdicios y calcetines sucios.

—No, pregúntale a Sirius.

—Mierda.

James siguió buscando, sabiendo que si Sirius había puesto sus manos en las rodilleras, bien podía encontrarlas en el fondo del lago.

Remus se sentó en su cama, esperando a que su amigo se rindiera de su empresa imposible.

—¿Tienes un minuto? —en realidad, sabía que no era el mejor momento para indagar a James, pero no sabía cuándo lo encontraría de nuevo sin los otros dos. Todo el mundo era más sensato una vez lejos de la influencia de Sirius.

—Ya —se rindió James, cerrando el baúl de una patada. —Sí, dime, tengo que bajar al campo en quince minutos.

—Bien… —Remus no sabía por dónde empezar. —Vale, escucha… ¿qué hay con Lily?

—¿Qué hay con qué? —replicó su amigo de inmediato, a la defensiva, sentándose en su cama frente a Remus. No estaba particularmente feliz.

—Que qué hay con Lily… y contigo.

James levantó las cejas, asombrado.

—Nada. Nunca hubo nada, ¿recuerdas? —respondió, amargo. Remus se revolvió incómodo, buscando la manera de llegar más profundo. Sus amigos no solían tener profundas conversaciones, a no ser que fueran referentes a lo mucho que querían «patearle el culo a esos mortífagos de mierda», en palabras de Sirius. De hecho, en ese momento que había iniciado la conversación, Remus se dio cuenta que James nunca les había confesado si tenía sentimientos reales por la pelirroja.

—Lo que quiero decir es, ¿por qué la tratas así?

—¿Así cómo? —volvió a replicar James a la defensiva.

—Así como… con desprecio.

James se levantó, enfadado.

—No la trato con desprecio —respondió, bufando. Volvió a inclinarse en vano, sobre su baúl. —Durante años me pidió que la dejara en paz, ¿no? Bueno, es lo que estoy haciendo. ¿Por qué te importa tanto?

Remus suspiró, derrotado.

—Porque Lily es mi amiga.

—Las amigas sólo están para tirárselas —Sirius eligió ese momento para hacer su entrada triunfal, seguido de un azorado Peter. —Sino, pregúntenle a Pete, que va a ser muy amigo de Susan Smith este verano.

—No seas bestia —Sirius hizo caso omiso de la reprobación de Remus y sonrió con satisfacción al ver que James se sorprendía y chocaba los cinco con Peter.

—Ya, ya —los calmó Peter, buscando desviar la atención de su recién conseguida cita —¿Qué decían?

—Que Remus es una nenaza.

—No, que ustedes son idiotas —respondió el aludido a Sirius, que se echó a reír, con eco en los otros dos. Esperó a que el ataque de estupidez se pasara para continuar. —En serio, Lily y Marlenne son mis amigas y estaría bien que no fuesen unos trogloditas con ellas —Remus desvió la mirada a donde Sirius se había tumbado, como si lo que estaba diciendo no le concerniera. —En especial tú, Sirius.

—Si yo trato estupendamente bien a las mujeres —respondió el con inocencia fingida, provocando la risa cómplice de James.

—Ellas no son sólo mujeres —Remus volvió a la carga, hartándose y entrecomillando con los dedos la última palabra. —Son nuestras compañeras, son mis amigas, y lo que es más importante, son parte de… eso.

Nadie necesitaba aclarar que se estaban refiriendo a la Orden.

—Vale, entonces porque todos estamos del lado de Dumbledore, tengo que ser un caballero con ellas —resumió Sirius desde su posición, gesticulando con exageración. —No encuentro la unión entre las dos cosas.

Remus se masajeó las sienes, buscando paciencia.

—Tienen que comportarse porque se los estoy pidiendo yo. ¿Es tan difícil?

—Sí.

—Sirius…

—… Vale.

—¿James? —Remus se volvió hacia su otro amigo, que se había vuelto a rendir en su búsqueda y seguía la conversación indiferente.

—Yo estoy siguiendo las instrucciones que Evans me dió durante seis años: que la deje en paz.

Remus suspiró, pero Peter se adelantó.

—Eso es verdad, Remus, además, Evans lo trató muy mal cuando James sólo quería salir con ella.

El licántropo decidió guardarse para sí la opinión que tenía de las surreales pedidas de citas que James había acumulado en esos años. En vez de eso, dijo

—Bien, ignórala. Pero no la molestes, ¿de acuerdo?

—Encantado —James no sólo sonaba irónico, sino que por un segundo, Remus pudo volver a ver la máscara de rabia y desconsuelo que había forjado después de Navidad, y que sólo el tiempo había podido empezar a resquebrajar. El muchacho se ablandó, y decidió preguntar aquello que quería cuestionarle a James en privado, sabiendo que quizá no hubiese otra oportunidad.

—James, ¿estás enamorado de Lily?

Hasta Sirius entendió el cambio en la atmósfera, y por un milagroso momento, decidió callarse la boca y no hacer ningún comentario soez. James miró serio a Remus, como si hubiese esperado esa pregunta y estuviera resignado a dar una respuesta.

—Supongo —dijo el aludido al fin, sin mirar a nadie a la cara.

—No entiendo nada —confesó Remus, con las palmas abiertas hacia arriba, demasiado sorprendido para comentar algo más. Siempre había juntado en la misma bolsa al incapaz sentimental de Sirius con James, y atribuía su obsesión con Lily como un simple capricho, porque ser la única que lo había rechazado.

—No hay nada que entender —explicó James en tono cansino. —Me gusta, pero estoy harto de sus desplantes, ¿vale? Ya vieron lo que pasó en Navidad —Peter y Sirius intercambiaron una mirada preocupada; por regla tácita habían decidido no hablar más de ese tema. —Me desprecia. Estoy cansado y la vida es corta. ¿Quiere que la deje en paz? Pues bien por mí.

Remus supo que a James le estaba costando lo indecible manejar sus sentimientos, acostumbrado siempre a la superficialidad con la que controlaba su vida. Todos sabían que aquella noche de Navidad había dejado una marca sangrante y profunda en su amigo, que no conseguía cicatrizar del todo.

Una vez más, fue Sirius el que no soportó tanta seriedad y se incorporó de un salto.

—Tiene razón, Remus. Las mujeres como Evans son un fastidio —le palmeó la espalda a James, que había recobrado su aspecto habitual, escondiendo de nuevo las heridas para la soledad de la noche. —Ahora vámonos a jugar Quidditch antes de que empecemos a pintarnos las uñas y a hablar de con cuántos nos enrollamos.

Peter se rió y se levantó a su vez, marchándose los tres hacia el campo y dejando a Remus sumido en sus pensamientos.


¡Hola a todos! ¿Qué les pareció esta vez? Hemos regresado a Hogwarts.

Este capítulo estuvo un poco —muy— centrado en L&J, lo sé. Es que en realidad, ellos son mi pareja favorita en la tierra, tengo debilidad por ellos. Además, aunque mi objetivo es escribir sobre ellos y sobre Frank y Alice, en mi opinión, hablar de Lily también es hablar de Marlenne y de Mary, contar sobre James implica incluir a Sirius, a Remus y a Peter, y así... entienden a dónde quiero llegar. Que esto es un enredo enorme de personajes varios e historias mezcladas que intentaré enhebrar para contarles.

Bueno, hablando del capítulo, pues quería dejar patente el hondo cambio operado en James con la muerte de Charlus, y todo lo que lo afectó en su —no— relación con Lily.

Espero leerlos a inicio de mes, y prometo traer de vuelta a Alice.

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.

Ceci Tonks.