Un lugar tranquilo, donde las almas de los muertos iban tras dejar su cuerpo mortal. La calma, el descanso, la paz eterna e infinita.
El ideal de la comodidad. Se podría tener todo lo que se deseara, todo estaría a tu alcance, ya que los recursos serían ilimitados.
Y, por si fuera poco, tendrías unas hermosas alas con las que llegar incluso más alto y más lejos de lo que antes podías.
Sin hambre, sin angustias.
Así fue como Dios diseñó Pangea.
Los italianos escuchaban la narración de Arthur, con sentimientos confrontados.
- Espera, espera, espera... ¿nos estás contando algún pasaje de la Biblia?- Lovino, desconfiado por naturaleza, se mostraba escéptico ante las palabras del mayor. ¿Por qué debía él hacer caso de lo que parecían invenciones?
- Vee~ pero no me suena que en la Biblia hablaran de Pangea, fratello... creo que es la historia de aquí.- Feliciano ladeó la cabeza, con una amplia sonrisa en su rostro. Le parecía algo divertido.
- De todos modos... ¿qué es Pangea?- Marcello, el cual estaba agarrado al brazo de Peter, para la incomodidad de éste, no tenía una simple idea de lo que se estaba contando. ¿Pangea era algo para comer?
Arthur contuvo los impulsos homicidas que provocaban los italianos. Que Marcello no lo comprendiera estaba bien... apenas tenía trece años... pero, ¿sus hermanos? ¡Eran hombres adultos! Con un suspiro agotado, apretó los puños y los dientes, inspiró hondo y procedió a explicar por MILÉSIMA VEZ.
- Pangea...- La voz le temblaba un poco debido al enfado. ¿Le estaban ignorando, se divertían a su costa, o realmente eran tan estúpidos?- Pangea es como se llama esta tierra. La tierra de las almas. Donde van las almas de los que mueren.- Repitió, rezando interiormente para que lo entendieran aquella vez.
El menor de los italianos deshizo su agarre sobre su compañero, y se puso en pie con un salto grácil. Le dolía mucho la espalda. Sus alas rotas estaban empezando a entumecerle el cuerpo. Se estiró intentando aliviarlo, pero no consiguió otra cosa más que empeorarlo.
- ¡Jooo, como duele!- Lloriqueó, agitando los brazos arriba y abajo. No podía tocarlas porque empeoraría el dolor... pero si las dejaba como estaban, también le dolería mucho. Estaba en un callejón sin salida.- Eh, Arthur, dejando el problema del Panteón de lado... ¿no puedes hacer nada con las alas? ¡Duelen!- Gritó, sintiéndose impotente ante la situación. El inglés gruñó, y le respondió de mala gana.
- Es Pangea. Y si duele es por que están curando. Aguántate un poco, que casi eres un hombre ya.
- ¡Pero a mis hermanos no les duele! ¡Es injusto! ¡Si va a ser así, prefiero que no se curen nunca!- El pequeño volvió a sentarse, con un mohín de disgusto. Lovino y Feliciano empezaron a cuchichear entre ellos, aparentemente preocupados por algo.
- Hmpf. ¿Prefieres que no se curen? Ese es el error humano... siempre incorregible.- Murmuró Arthur, de mala gana.
Marcello hizo una mueca indignada, y nadie más dijo una sola palabra después de eso. El que se supone que debía hablar no tenía ganas, y el resto no sabían que decir. Peter, nervioso, pasaba la mirada de su hermano a su amigo, y de su amigo a su hermano, a gran velocidad, como si estuviera pensando en lo que podría hacer. Pero no se le ocurría nada. Sólo se escuchaba el viento suave que mecía las hojas de los árboles.
El calor que transmitía la poca luz que se filtraba entre las copas era muy reconfortante, y daba ganas de echarse una larga siesta, aunque no tuvieran el mas mínimo sueño. Se estaba bien... aún así, era una situación incómoda.
- Esto... señor Arthur...- Feliciano decidió romper el tenso silencio que se había formado. Parecía triste. El inglés le respondió con un monosílabo cargado de mal humor. Aunque sabía que no estaba enfadado con él, sino con Marcello, se sintió algo herido. Pero decidió formular su pregunta de todos modos. Después de todo, necesitaban la información.- Ha dicho que duelen porque se curan... pero a mi fratello Lovino y a mí no nos duele. ¿Acaso no van a curarse?
- Ah... no, no es eso...- Arthur se quedó un poco desconcertado ante las palabras del joven.- No es que no curen... es que están más atrofiadas que las suyas. Por eso apenas sentís nada si no las tocáis. Tenéis que darles tiempo; después de todo, sois más mayores.
- ¿Y por qué cojones las de Marce se están curando antes?- Lovino, aunque aliviado, estaba molesto. Su ceño estaba fuertemente fruncido.
- Él es joven.- Explicó el mayor, con un gesto.- Cuando nacemos, nuestra alma, que es la que tiene las alas, está recluida en nuestro cuerpo. Al no poder usarlas en vida, se atrofian. Por lo tanto, cuanto menos vivas, menos tiempo habrá estado tu alma dentro de tu cuerpo. Lo que hará que tus alas se curen antes, ya que habrán estado menos tiempo inhabilitadas de lo normal.- Los presentes, con la boca abierta, asintieron con la cabeza en un gesto de comprensión a medias.- Claro que hay otros factores que tienen que ver con la rapidez de la curación, como la voluntad, la libertad individual, entre otros... pero no creo que eso sea algo importante en este momento.
- ¿Y no hay una forma de... desentumecerlas antes, o como sea? Esto es jodidamente molesto.- Preguntó Lovino, angustiado por llevar un peso muerto a su espalda. Sus alas no eran precisamente de tamaño mini. Eran dos trastos grandes que le llegaban por el trasero, pesaban mucho y le hacían mantener una postura poco natural o ergonómica. Le hacían caer hacia atrás. Seguro que acababa cayéndose hacia atrás.
- Claro que lo hay. Aunque es extremadamente doloroso... ¿quieres probarlo de todos modos?- Arthur sonrió con malicia, sabiendo internamente que el italiano no se atrevería. En efecto, éste se negó en rotundo, retrocediendo un par de centímetros.
Lo siguiente de lo que habló el ángel fue del fin de lo idílico.
Todo lo bueno llega a su fin, naturalmente. La gran Pangea era perfecta. Pero, aún poseyendo toda aquella perfección, tenía un error.
El error fatal de Dios fue dejar que los humanos entraran.
Al principio, nada parecía ir mal. Pero al no diferenciar la muerte entre el bien o el mal; entre los ricos o los pobres...
Pangea acabó siendo como la Tierra. Un buen lugar, aunque lleno de codicia y maldad.
Los que llegaron primero al poder tomaron el monopolio de todo tipo de recursos. Los que, aunque innecesarios, eran agradables y deseables.
Las guerras por el poder comenzaron. Se produjo una masacre. Miles, millones de ángeles fueron asesinados...
- Espera, espera, espera...- Lovino volvió a interrumpir la narración, para martirio del pobre Arthur.- ¿Ángeles asesinados? ¿Que acaso no estamos muertos ya?
Oh, pero esa era una muy buena pregunta.
- Lo estamos, es cierto. Pero...- Arthur hizo una pausa dramática para aumentar la tensión. Sonrió al ver que daba resultado.- Nada es eterno, Lovino Vargas. Sólo Dios, creemos, es eterno. El resto es sólo pasajero. Todo puede ser destruido. Hasta lo que ya lo está.- El inglés acompañaba su narración con frenéticos gestos y aspavientos, lo que a Feliciano le hacía reír interiormente. Le recordaba a su mamma.- La espiral de destrucción comenzó en ti antes de que hubieras nacido siquiera, ¿sabes? Se cree que éste es el último eslabón antes del fin.
- El.. ¿el fin?- La voz de Lovino se volvió temblorosa por un segundo. Comprendía lo que le había dicho el mayor, o eso creía. Lo tomó como una especie de reencarnación eterna o algo así, pero lo del fin le había escamado.- ¿Qué... qué quieres decir con "el fin"?
- El alma es lo último que queda. Lo último que es destruido. En este estado somos prácticamente inmortales, pero... si somos destruidos, desapareceremos para siempre.
- ¡Vee! Pa... ¿¡para siempre!?- Feliciano dio un grito. Su cara se había vuelto casi tan pálida como sus propias alas.
- Disculpa a mi hermano, Feliciano... no pretende asustarte.- Peter se disculpó, con un gesto muy serio. Parecía que no estaban bromeando.
- Bueno... no es muy diferente a la idea que tenía de morir... así que me vale, no es un problema.- Marcello cruzó las piernas despreocupadamente.
- Vee... Marcello, ¿cómo puedes estar tan tranquilo? Yo tengo miedo...- En efecto, Feliciano estaba aterrado.
- Ha dicho que somos inmortales, ¿no? No pasará nada mientras nadie intente asesinarnos.
- Oh... ¡es verdad! Ahora estoy mejor~ no es como si alguien quisiera matarnos, ¿no, Arthur?
Hubo un nuevo silencio, esta vez cargado de tensión. Podría cortarse el aire con un cuchillo si se intentara. Feliciano volvió a preguntar, siendo incapaz de leer el ambiente. Pero no obtuvo respuesta aparente durante un rato. Arthur evadía la mirada de los jóvenes, y Peter no parecía ser el primero en querer hablar. Finalmente, ante la mirada suplicante de Marcello, el pequeño habló.
- Bueno... la verdad es que... no es como si alguien quisiera mataros a vosotros en particular...- Comenzó.
- Ve~ entonces no pasa nada~
- Pero... ¿recordáis lo que dijo mi hermano sobre las guerras de poder?- Marcello y Feliciano asintieron. Lovino estaba alejado del grupo, con un mal presentimiento recorriéndole el cuerpo.
- Bueno... estamos en guerra de nuevo. No es por el poder esta vez, pero está resultando bastante violenta, y...- Arthur empezó a contar, pero fue cortado por un grito de terror de Feliciano.
- ¿¡Guerra!? ¡Veee! ¡Odio las guerras! ¡Son malas y muere mucha gente! ¡Vamos a morir, vee! ¡Nos matarán y desapareceremos para siempre!
Lovino empezó a hiperventilar. ¿Desaparecer para siempre? Eso sonaba ciertamente como muerte absoluta... pero... ¡él no quería morir! ¡En primer lugar, nunca quiso! ¿Por qué la vida... o la muerte, le hacía esto? Se mordió el labio con fuerza, y sintió la sangre fluir.
Le dolía. Era algo extraño. Estaba muerto, pero le dolía. Sentía el dolor. Le preguntó a Arthur al respecto, el cual le soltó una gran parrafada sobre el alma, su sensibilidad y sus efectos en los cuerpos vivos. Nadie le entendió, así que simplemente lo resumió en una frase.
- Lo que nos hace sentir el dolor es, en parte, el alma. Por eso te duele.
- Aaaah...- Hubo un asentimiento general. Definitivamente, todo era mejor si era sencillo.
- ¡Ve! ¡Pero la guerra! ¿¡Qué pasa con ella!?- Feliciano volvió a gritar. Estaba asustado. El pensamiento de morir era tan horrible como la primera vez; un constante mareo y dolor de cabeza. Si su corazón hubiera continuado latiendo, iría a mil por hora. Un sudor frío le recorría la espalda. La imagen del turco volvía a su mente, aunque esta vez era diferente. Esta vez tenía alas, y le asesinaba de una forma más dolorosa que un simple tiro en la cabeza. Imaginaba mil maneras, ninguna de ellas era agradable. Su estómago se revolvió, y le entraron ganas de vomitar.
No era sólo por él. Después de todo, era una guerra.
No podía pensar en otra cosa que no fueran miles y miles de personas, (en este caso, ángeles), asesinados sin piedad. Sus cuerpos descomponiéndose en medio de la calle sin que a nadie le importaran... había oído de las guerras por sus abuelos, y no le parecían nada agradables. Todos sufriendo, muriendo... ¿para qué? ¿Por qué sólo había dolor en sus vidas?
Una mano se posó en su hombro, sobresaltándole. Dio un respingo, asustado, y pudo ver que era Lovino.
- F... fratello?- Consiguió decir.
- Feliciano... ¿estás bien? Estás pálido, maldición. No pasa nada.- Dijo éste. Ahora que su hermano estaba a punto de desmoronarse, tenía que hacerse el fuerte... por él, y por Marcello también. Mentiría, robaría, mataría por protegerles.
- Pero... Lovino... yo no... no podré protegeros... yo no...- Feliciano comenzó a llorar, abrazando a su hermano mayor con desesperación.
- Idiota... ¿estabas preocupado por eso? No tienes que protegernos, joder... ese es mi trabajo.- Lovino, un poco avergonzado, le abrazó de vuelta. Había dos extraños mirando, maldición... pero bueno, todo por consolarle, ¿no? Tendría que tragarse el orgullo.
Marcello era el único que estaba tranquilo. Bueno, relativamente tranquilo.
No le importaba la idea de que hubiera una guerra mientras estuviera con sus hermanos. Ellos le protegerían, y quizás hasta él pudiera ayudar un poco. Mientras estuvieran unidos, no habría problema. Eso era lo que pensaba. Realmente su amnesia le estaba facilitando mucho las cosas. Seguramente si hubiera recordado sus muertes, su pensamiento sería diferente. Pero las cosas eran como eran, y Marcello no estaba asustado. La excitación recorría su cuerpo. En sus fantasías infantiles se veía a si mismo eliminando a los malvados, volando con sus geniales alas y siendo el mejor de todos los guerreros.
Siendo realistas; aquello jamás pasaría. Pero al menos podía soñar, ¿cierto?
- Se hace de noche...- Peter posó una mano en la cabeza de Marcello, y se levantó.- Será mejor que os acompañe a la ciudad más cercana en la que no haya disturbios.
Arthur asintió con la cabeza.
- Bueno, pues me despido aquí. Nos veremos otro día, quizás.- Musitó. Y, con un fuerte batir de alas, haciendo temblar la hierba de nuevo, se alzó por los cielos, antes de darles tiempo a reaccionar. Marcello aún se asombraba de lo guay que era.
X . x . x . X
- ¿Por qué no nos ha acompañado tu hermano?- Preguntó Marcello, un rato después. El sol se había puesto del todo, y las estrellas eran visibles en el vasto firmamento.
El grupo estaba caminando desde hacía más de diez minutos por un sendero que Peter les había mostrado. La grava suelta se deslizaba bajo sus pies, haciendo un ruido sordo y ameno. Se podía oír a los grillos cantar desde alguna parte de la vegetación, cosa que tranquilizaba mucho a Feliciano.
El italiano hacía ya un rato que había dejado de llorar, pero aún continuaba asustado. Iba agarrado a Lovino, quien casi le andaba cargando, de lo mucho que se apoyaba en él. Pero no le importaba; de hecho, la calidez de su hermano le proporcionaba seguridad, de alguna manera. No es que fuera a decírselo, claro, pero bueno... que estaba bien así y punto.
- Hmmm...- Peter se apresuró a responder a la pregunta de Marcello.- La verdad es que a mi hermano le buscan mucho. Su vida está en peligro, así que se esconde.
- ¿Es malvado?
- ¡Claro que no! Es porque... porque...- El chico dudó un poco, y miró al cielo, intentando pensar.- Creo que es algo que tiene que ver con que vuele...
- ¿Acaso es malo?
- N... no, no, es genial volar, seguro... pero... ¡ah, no lo sé, no entiendo esas cosas!- Peter hizo un puchero y se adelantó un par de pasos.- Ya se ve el pueblo a lo lejos; daros prisa, antes de que alguien se lance sobre nosotros y trate de matarnos.
Feliciano dio un respingo, asustado. Lovino fulminó al chico rubio con la mirada. Con lo que le había costado calmarle...
- ¿Cómo se llama el pueblo?- Marcello no paraba de preguntar cosas, y Peter se ponía nervioso. Él no era el indicado para responder a nada... después de todo, no tenía demasiados conocimientos generales de la guerra. Nadie le decía nada excepto su hermano, y este tampoco le daba mucha información útil... todo por ser un niño. Se sentía inútil.
- Se llama Loncastel.
- Que nombre más raro.- Se burló Marcello.
- ¡Yo no se lo he puesto!- Se quejó el pequeño, empezando a molestarse. Lovino pareció notar la incomodidad del chaval, por lo que decidió intervenir.
- Marce, calla un rato. Déjale respirar.- Ordenó. El italiano, con un quejido de disgusto, se cruzó de brazos y calló.
Pasaron en silencio los diez minutos que tardaron en llegar a Loncastel. Al llegar a las puertas del pueblo, Feliciano estaba dormido. Lovino había tenido que cargarle, si. Ahora estaba dolorido y molesto. Cargar a alguien no era fácil si tenías las alas rotas y sensibles. Un mínimo roce te hacía saltar de dolor. Y cargando a alguien como si fuera un saco de patatas no puedes evitar que choque con ellas. Era el infierno.
- Podías haberle llevado estilo nupcial, Lovino...- Sugirió Peter, preocupado por el estado del mayor de los hermanos.
- ¡Y una mierda! Paso de cargar a un hombre como si fuera una princesita... ¡menos aún si ese hombre es mi hermano!- Gritó éste.- Ah... me duele todo, maldición... ¿dónde podemos pasar la noche?
Marcello iba a indicar que a él le dolían muchísimo más las alas que a él, pero recordando cómo le habían hecho callar, se enfurruñó y continuó en silencio.
- Podéis quedaros en mi casa... la comparto con unos cuantos, espero que no importe.- Dijo el pequeño, sonriendo amablemente.
- Mientras pueda dormir, me la suda en gran medida.- Gruñó Lovino, enfadado, cansado y dolorido.- Aunque no tengo sueño, supongo que me irá bien descansar, ¿no?
- Correcto. Aunque aquí no necesites dormir, el reposo siempre hace bien. Y dormirte, te duermes igual, así que puedes hacer el vago todo lo que quieras.
Bueno... podía dormir en paz.
Al menos esa Pangea tenía algo bueno.
Siento que me ha quedado raro C: No me gusta C: Pero es que no me sale otra cosa C:
Las explicaciones pueden llegar a ser pesadas... pero trato de hacerlas amenas... lo habéis entendido todo? ^^U
Alguna pregunta sobre el confuso tema, me la dejais en forma de review, y trataré de solucionarlo en el próximo capítulo :B
Bueno... ahora la incógnita...
Quienes serán los que comparten casa con Peter? Solo puedo decir que son cuatro... y que uno de ellos es grandioso!
CHAN CHAN CHAAAAAAAAAAN!
Hasta el próximo capítulo xDD
