A/N: Tras unos días dedicados única y exclusivamente a recuperar las horas de sueño perdidas durante exámenes y vaguear viendo Gilmore Girls, ¡ya estoy de vuelta! Eso significa que espero poder actualizar de manera más regular, con suerte una vez a la semana ;)


Capítulo 4

Se despierta muy lentamente. Tiene una sensación extraña, como si estuviera despierta por algo y no simplemente porque su cuerpo ha decidido que ya ha tenido suficiente sueño por hoy.

Es vagamente consciente de que puede escuchar el sonido enlatado de música en el aire, igual que si alguien estuviera escuchando música en unos auriculares y tuviera el volumen tan alto que se filtra hacia fuera.

Sin embargo, está demasiado cansada como para ponerse a investigar. De modo que se acurruca más en la cama, sin ser muy consciente de su postura, y se predispone a seguir durmiendo.

Solo que…

- ¿Beca? – pregunta una voz masculina. Su cama se sacude cuando alguien se sienta en ella y siente un dedo pinchar suavemente su pierna por encima de la sábana –. Beca, despierta – insiste la voz.

La morena deja escapar un gruñido incomprensible y se gira, los ojos entrecerrados para protegerlos de la luz que se cuela al interior de la habitación a través de las ventanas. Por entre sus pestañas, dibuja la forma de un hombre que está mirándola.

Cuando lo reconoce como su padre, tiene aún más ganas que antes de dar media vuelta en la cama y fingir que no puede escucharle.

- Oh dios – gruñe, voz ronca con sueño y malas intenciones –. ¿Estoy teniendo una pesadilla?

Su padre opta por bufar una risa y sacude la cabeza.

- Es curioso – le comenta con su mejor voz bromista mientras mira a su alrededor –, esto no parece Introducción a la Filosofía.

Beca suspira y clava un codo en el colchón para incorporarse. Se da cuenta de que ha terminado encajada en la esquina que hace su cama contra la pared, rodeada de cojines y almohadas. No le extraña que hubiera estado tan cómoda.

- Me estoy planteando una cuestión filosófica – responde llena de sarcasmo –. ¿Si paso de esa clase, seguirá siendo un muermo?

Darren debe de estar de buen humor esa mañana porque también ignora la pulla en favor de esbozar una sonrisa bonachona, aunque no exenta de algo de preocupación.

- Mira, cariño, la universidad es genial…

Beca, que ya ha escuchado esta charla aproximadamente mil veces en los últimos años, pone los ojos en blanco y se dirige a su armario para vestirse. Se sorprende al ver que Kimmy Jin está en la habitación, trabajando en lo que parece un tedioso ensayo para alguna de sus clases.

- Tienes que vivirla, disfrutarla día a día – la voz apasionada de su padre sigue sonando de fondo mientras ella piensa en qué ponerse –. Tú dale una oportunidad.

Se gira hacia su padre, que ha acomodado su postura para poder seguir mirándola.

- Llevas aquí, ¿cuánto? ¿Un mes? – le pregunta –. ¿Has hecho algún amigo?

Camiseta en mano, Beca se detiene un momento. Se recoge el pelo detrás de la oreja y finge estar ligeramente ofendida por el hecho de que su padre dude de sus habilidades para socializar.

- Kimmy Jin es amiga mía – responde con facilidad, señalando hacia su compañera de piso.

- No – rebate esta sin siquiera dignarse a dejar de darle la espalda.

Beca le lanza una mirada furiosa porque no entiende qué ha hecho para que sea tan borde con ella. No le pide que se convierta en su amiga del alma, pero ¿qué le cuesta por lo menos echarle una mano con su padre?

- Tienes que salir, Bec – suspira Darren mientras se levanta de su cama.

Con el cuerpo tenso, Beca le observa acercarse a su mesa, donde tiene el portátil encendido y abierto en su programa de edición de música. Su padre, sin embargo, parece más interesado en el ordenador de mesa.

Mueve el ratón de lado a lado para devolver la pantalla a la vida, aunque luego no hace nada con ella. Solo toma asiento en la silla de ruedas y se gira para mirar a Beca.

- Tienes que hacer algo – le pide, dejando que se note su preocupación.

- Tengo un trabajo en la emisora.

Deja que su cargo exacto dentro de la emisora permanezca un misterio. Está segura de que su padre no tendría problema alguno con lo que hacía antes, que era básicamente organizar y limpiar el sitio.

Pero ahora que trabaja en el turno de medianoche, lo que supone llegar a su habitación alrededor de las cinco de la mañana, sabe que a su padre no le hará gracia alguna enterarse de eso.

- Oh, es estupendo ese sitio – las palabras de Darren derrochan sarcasmo, y en ese momento Beca puede ver claramente todo lo que tiene en común con él –. Está oscuro, sucio y hay… No sé, tres bichos raros trabajando allí.

Beca parpadea, y ese momento de conexión con su padre se pierde sin dejar rastro. Como si nunca hubiera existido.

- Pues ahora somos cuatro – se señala a sí misma para dejar claro que se incluye en el grupo de raritos.

Darren suspira, probablemente lamentando su elección de palabras y haberle dado la oportunidad a Beca de, una vez más, coger todo lo que dice y retorcerlo hasta hacerlo pasar por un ataque personal.

- Me preocupa que ese trabajo te quite tiempo que deberías dedicar a las cosas…

- ¿Importantes? – le corta Beca en un tono de frío desafío.

- De la universidad – termina su padre, dejando claro solo con la calma con la que dice las palabras que era lo que tenía pensado decir en un primer instante y no le gusta que Beca haya sido tan rápida a la hora de juzgarle.

Pero Beca no termina de estar del todo convenida y no duda en dejárselo ver cruzando los brazos y ladeando la cabeza.

Darren pilla la indirecta de que la conversación ya ha llegado a su fin y alza las manos en señal de rendición. Se levanta de la silla y la vuelve a empujar para que el asiento quede recogido bajo la mesa.

- Está bien – acepta –, ya me voy.

Titubea un instante al pasar junto a Beca, pero al final toma una decisión y se inclina para depositar un breve beso en su pelo.

Beca siente algo removerse violentamente en su pecho. Se encoge fuera del radio de alcance de su padre y, aunque su corazón da un agudo pinchazo al ver la mirada dolida en sus ojos marrones, se mantiene estoica.


Lo peor de la situación es que Beca es completamente consciente de que su padre lo está intentando.

Por supuesto que se da cuenta de que está intentando tenderle una mano amistosa. De que intenta ser paciente con sus ataques. De que quiere comprenderla. De que quiere enmendar todos los errores que cometió en el pasado.

Pero quizá sea precisamente eso lo que hace su relación tan conflictiva.

Su padre espera que sea capaz de olvidarse del pasado y comenzar de cero. Borrón y cuenta nueva. Pero Beca no puede olvidar que su padre se marchó de su vida cuando ella tenía seis años y ni siquiera intentó mantener la comunicación.

Simplemente desapareció.

No sé paró a pensar en el agujero que dejaría en ella. No se paró a pensar en que quizá una niña de seis años necesita a un padre que esté ahí, que se preocupe y que la quiera. No se paró siquiera a mirar una última vez por encima del hombro.

Años después, en clase de Cultura Clásica, les enseñaron el mito de Orfeo y Eurídice.

Eurídice murió y Orfeo, que la amaba con locura, no fue capaz de superar su muerte. Con el consejo de los dioses, decidió bajar al inframundo para recuperar a su esposa de las manos de Hades. Llegó a un pacto con él: podría recuperar a Eurídice siempre que saliera del inframundo delante de ella y nunca mirase hacia atrás para comprobar que le seguía.

Orfeo aceptó, convencido de que podría lograrlo. Sin embargo, se dio cuenta de que la tentación era demasiada. Le comía la angustia solo de pensar que todo hubiera sido un truco y Eurídice no estuviera detrás de él.

Logró resistir hasta el final. Solo entonces se permitió girar la cabeza, pero Eurídice no había salido del todo. Todavía tenía un pie dentro del inframundo y se desvaneció frente a sus ojos.

Beca recuerda estar sentada en clase escuchando el mito de los labios de su profesor y pensar: mi padre no habría tenido ese problema.

Recuerda pensar: ojalá mi padre hubiera sido como Orfeo y hubiera mirado una última vez.

Todo ese resentimiento lo lleva dentro. Lo odia porque eso significa que todavía le importa, que todavía le afecta. Significa que su padre siempre va a tener un poder sobre ella con el que Beca no se siente del todo cómoda.

Es ese resentimiento también el que hace que responda a todos los intentos de su padre con palabras venosas. Como el mordisco rabioso de un perro.

Si es sincera consigo misma, por supuesto que le encantaría ser capaz de hacer borrón y cuenta nueva como su padre quiere que haga. Le encantaría poder retomar su relación donde la dejaron antes de que todo ardiera en llamas.

Le encantaría poder sentir que tiene un padre.

Pero no puede. Hay una parte de ella que no se lo permite porque hay una parte de ella que no cree que jamás sea capaz de perdonar a su padre por abandonarlas.

Hay una parte de ella que seguirá convencida de que su madre cayó enferma de pena, como esos matrimonios que llegan hasta la vejez juntos y, cuando uno fallece, el otro tarda poco en seguirle porque no saben vivir sin su otra mitad.

Hay una parte de ella que culpa a su padre de la muerte de su madre. La mató con sus mentiras, con esperanzas y la ilusión de una vida perfecta que luego resultó ser todo un espejismo. La mató el día en que se marchó sin mirar atrás.

Ese día estará para siempre clavado en el corazón de Beca.

Todavía recuerda a la perfección lo último que le dijo su padre. No fue un adiós, no fue un te quiero, ni siquiera fue un no te preocupes porque esto no va a cambiar nada. Su padre ya tenía claro que iba a desaparecer completamente.

Lo último que le dijo fue:

- No puedo esperar para siempre.

Beca acababa de llegar del colegio. Tardaba exactamente cinco minutos desde la parada de bus al final de su calle hasta la puerta de su casa, lo había cronometrado con el reloj que su abuelo paterno le regaló por su sexto cumpleaños.

Iba canturreando algo para sí misma, perdida en sus alegres pensamientos sobre el día. Pero en cuanto abrió la puerta de casa y escuchó el espeso silencio que colgaba en el aire, supo por instinto que algo iba mal.

Entró con pasos tentativos, quitándose la mochila. Cuando rodeó la esquina del pasillo y llegó al salón, la mochila resbaló de su mano y cayó el suelo con un golpe sordo de sus libros.

En el sillón estaba su madre sentada, llorando silenciosamente, pero tratando de mantenerse estoica. Retorcía incesantemente un clínex entre sus dedos temblorosos y Beca se quedó mirando, pensando en que, si seguía así, lo iba a romper.

Su mirada saltó a su padre. Estaba de pie, con aspecto sombrío, cambiando el peso de un pie a otro con impaciencia o incomodidad. Tenía el abrigo puesto y parecía preparado para marcharse en cualquier momento.

Beca primero pensó en que alguien había muerto. Todavía no comprendía del todo qué pasaba cuando alguien moría, aparte de que ya no estaban en el mundo nunca más. Pero sus padres estaban actuando igual que cuando le dijeron que su abuela había muerto.

Sin embargo, luego se dio cuenta de las maletas que estaban junto a la pared al lado de la cual su padre se paseaba. Y ahí fue cuando pensó en si había vacaciones pronto, en si por fin se iban a ir a Disneyland como le llevaban prometiendo desde que tenía memoria.

Pero entonces no entendía por qué su madre lloraba y su padre estaba tan serio.

Se quedó ahí parada, indecisa. La tensión del ambiente estaba empezando a hacerle efecto a ella también y sus manos se convirtieron en puños alrededor de su falda. Su pecho se sentía raro, como si alguien muy pesado se hubiera tumbado encima de ella.

Quería abrir la boca, preguntar qué estaba pasando. Pero tenía miedo de hablar.

Sus padres compartieron una mirada tensa, la misma que siempre compartían cuando estaban tratando de decidir a quién le tocaba echarle la bronca esta vez. Beca trató de recordar si había hecho algo mal.

Su madre abrió y cerró la boca varias veces.

- Beca, cielo – dijo al final con una voz tan rota que a Beca le costó reconocerla como la de su madre –. Tu padre… – se atragantó y tragó saliva, parpadeado muy rápido –. Tu padre se va a ir un tiempo de casa.

Beca cambió la mirada hacia las maletas, luego hacia su madre, y por último a su padre.

- ¿Te vas de viaje? – preguntó, ladeando la cabeza.

- Algo así – respondió él con un seco asentimiento.

Pero había algo que no iba bien, porque su padre parecía incapaz de mirarle a la cara.

- ¿Cuándo vuelves?

Su padre esbozó una mueca y sacudió la cabeza. Suspiró, frotándose los ojos con las puntas de los dedos como solía hacer cuando estaba cansado pero tenía que seguir trabajando.

- Esa es la cosa, cielo – empieza a explicarle –. Yo, um… Tu madre y yo nos vamos a, eh, separar. De modo que… No voy a volver.

Ahí fue cuando algo dentro de Beca hizo click. Su mirada volvió a caer a las maletas y todas esas noches en las que escuchaba discutir a sus padres, la falta de sonrisas en el rostro de su madre y el hecho de que ya nunca cantaba, todo cobró sentido de repente.

Salió corriendo y se lanzó a las piernas de su padre, suplicando entre lágrimas que no se fuera. Que sentía lo que había hecho. Que la perdonase. Que no se fuera por su culpa.

Su padre nunca le dijo que no había sido culpa suya. Dejó que siguiera creyendo que había sido ella la causa de que su familia feliz se destruyera.

Tras una mirada, su madre se levantó y cogió a Beca entre sus brazos para dejar a su padre libre. Este cogió una maleta en cada mano y les lanzó una última mirada apenada.

- No puedo esperar para siempre – dijo a forma de disculpa y explicación.

Agachó la cabeza y salió de la casa sin decir nada más. Beca se revolvió con fuerza sorprendente en una niña de seis años al escuchar el motor del coche de su padre encenderse. Su madre, débil por el llanto y su propio dolor, fue incapaz de seguir sujetándola.

Y Beca corrió.

Fuera de casa, por el camino de entrada, tras el coche de su padre.

Corrió calle abajo, llorando y gritando, suplicando que no se fuera. Que no las dejara.

Que no la dejara.

Su padre no deceleró en ningún momento y las cortas piernas de Beca no podían competir con la velocidad de un coche. Al final de su calle, se frenó, jadeando tan fuerte por el esfuerzo y los sollozos que apenas podía respirar.

Al borde de un ataque de ansiedad, vio el coche de su padre desaparecer en el siguiente cruce.

Cayó al suelo, esperando el mordisco del asfalto contra su piel, pero su madre estaba ahí para cogerla. Sus brazos impidieron el golpe y la acunaron con fuerza contra su pecho, meciéndolas hasta que sus lágrimas dejaron de caer.

No puedo esperar para siempre.

¿Quién dice eso?

¿Quién dice eso y espera ser perdonado?


- Me has estado evitando.

Las palabras, que suenan a la vez a una acusación y a una pregunta, rompen la concentración de Beca y desvían su atención del libro que tiene alzado por encima de su cabeza, en una posición concreta para que le tape el sol.

Guiña los ojos cuando baja el libro hasta que el borde inferior reposa contra su pecho y se queda sin su sólida protección frente a los rayos del sol otoñal. A través de sus pestañas, ve cómo Jesse deja caer su mochila en el césped y se sienta a su lado.

- ¿Ese es el veredicto o aún tengo oportunidad de defenderme? – pregunta en un tono divertido.

Pone el marcapáginas en su posición actual y cierra el libro, incorporándose hasta estar a la misma altura que su compañero de trabajo.

- Es el veredicto – responde Jesse con firmeza, asintiendo como si quisiera darle más fuerza a su decisión –. ¿O acaso lo vas a negar ahora?

Beca se pasa la lengua por los dientes delanteros y guiña los ojos.

- Tengo la impresión de que nada de lo que diga va a hacerte cambiar de opinión – arquea las cejas, desafiando al joven a que le lleve la contraria.

- Sé cuándo alguien me está evitando – Jesse le lanza una mirada dolida –. ¿Por qué no has venido en toda la semana a la emisora? ¿Lo has dejado para no tener que hablar conmigo de lo que ocurrió el otro día? – acusa con el ceño fruncido.

La morena pone los ojos en blanco. Este es justo el tipo de drama del que tan desesperadamente quería huir.

- Jesse, no eres el centro del universo – se burla en un resoplido –. Luke me ofreció el turno de medianoche en la radio, habría sido gilipollas si le hubiera dicho que no.

- Oh – el joven casi parece decepcionado por su respuesta, pero se repone con la velocidad del rayo –. Bueno. De todos modos, eso no cambia el hecho de que tampoco te he visto el pelo por el campus y nunca estás en tu habitación cuando voy por allí.

- He estado ocupada.

- Y yo voy y me lo creo – rebate Jesse, sus ojos entornados en una muestra de sospecha.

Beca bufa, pero esta vez no hay ni una pizca de diversión. Se está cansando de este juego, ya son mayorcitos para tener que andar con explicaciones sobre lo que hace y por qué lo hace. Especialmente teniendo en cuenta que no le debe nada a Jesse.

- Mira, cree lo que te dé la gana – dice con desgana.

Mete su libro en la mochila y cierra la cremallera con más fuerza de la realmente necesaria. Se levanta, sacudiéndose la parte trasera de los vaqueros para librarse de cualquier hierbecilla que se haya podido quedar pegada en la tela.

- ¿Sabes qué creo que es lo que te pasa, Beca? – le pregunta Jesse.

La morena se cuelga la mochila del hombro y alza una ceja, sin dejarse impresionar por la expresión de superioridad del joven.

- El otro día casi nos besamos y de repente te vuelves la persona más esquiva del universo. Y el otro día en la Feria mi reloj se puso a cero, ¿y sabes lo que creo? Creo que el tuyo también llegó a cero – Jesse se levanta hasta alzarse por encima de ella, cambiando la dinámica de poder –. Y creo que eso te asusta.

No hay ningún tipo de maldad en sus palabras, simplemente se está dedicando a constatar lo que él cree que son datos certeros. Y lo que más le molesta a Beca es el hecho de que no esté tan desencaminado.

- Primero, permíteme que te corrija – alza un dedo y lo usa para señalar al joven –. Tú casi me besas, yo no hice nada que sugiriera que estaba interesada en que eso ocurriera.

- No, perdona – le interrumpe Jesse, ofendido –. Estabas mirándome fijamente.

- ¡Porque no dejabas de murmurar los diálogos y me estabas poniendo de los nervios! – exclama Beca en un arrebato que explota de su boca lleno de sinceridad.

Se da cuenta de que el tono de su voz atrae unas cuantas miradas curiosas de las personas que están en los alrededores disfrutando de una tarde relajada bajo el sol, de modo que coge aire y se fuerza a calmarse.

- Nunca he estado interesada en… – agita una mano en el aire, tratando de englobar su extraña dinámica –, lo que sea que es esto. Pensé que lo había dejado claro, pero ya veo que no, y lo siento – hace contacto visual para que Jesse pueda ver la sinceridad en sus ojos –. Lo siento si te he creado falsas ilusiones.

El ceño del joven aumenta de profundidad a medida que se va frunciendo cada vez más. Su rostro tiene una expresión de absoluta confusión, y agita la cabeza en cuanto Beca termina de hablar como si esperase que eso le fuera a ayudar a ver las cosas más claras.

- Entonces… – de forma inconsciente, Jesse se rodea la muñeca derecha con la mano izquierda –. ¿Qué me dices del reloj? ¿Cómo explicas eso?

Beca se pausa, porque ojalá pudiera darle una respuesta. Ojalá pudiera darse a sí misma una respuesta.

- No lo sé, tío – niega con la cabeza, derrotada –. Yo no era la única que estaba ahí en ese momento, ¿sabes?

- Pero estaba hablando contigo.

- Jesse, el reloj no es una ciencia exacta – resopla Beca, exasperada –. Ni siquiera es una ciencia, son simplemente numeritos que tenemos tatuados por algún motivo. Quizá miraste a alguien en ese momento y boom – chasca los dedos –, llegaste al cero.

Jesse vuelve a sacudir la cabeza, como si no terminase de creérselo.

- Estoy bastante seguro de que te estaba mirando a ti.

- No sé qué decirte – Beca se encoge de hombros y frunce el ceño. Su voz suena consternada cuando continúa –. Mi reloj no está en cero, no puedo ser yo.

Ve el momento en que la esperanza es ahogada por la confusión en los ojos de Jesse. Sus hombros caen hacia adentro, igual que su cabeza. Parece profundamente perdido, como un perro al que su dueño acaba de dejar a un lado de la carretera y que no entiende por qué está siendo abandonado.

Qué ha hecho para merecer ese castigo.

- Lo siento – murmura al cabo de un rato de lucha interna, abatido –. Estaba convencido de que… – no termina la frase, simplemente deja que su voz se apague y muera en sus labios.

Beca suspira.

Odia el aspecto desolado de Jesse. Odia que sea culpa suya. Odia que haya tenido que mentir y ese haya sido el resultado. Pero no está preparada para enfrentarse a la verdad.

- Yo también lo siento – admite en una exhalación agotada.


Después de semejante encuentro, la cabeza de Beca es un hervidero de auténtico caos.

Sabe que en ese estado en el que se encuentra no va a ser capaz de hacer nada productivo. Su mente ahora mismo tiene la misma capacidad de concentración que la de un niño de un año, aguanta dos segundos antes de recaer en la espiral del desorden.

Con la mochila golpeando la parte baja de su espalda a cada paso que da, camina sin rumbo fijo en una dirección cualquiera. No presta atención hacia dónde va, está demasiado perdida en el interior de su cabeza como para ver lo que tiene delante.

Sigue volviendo una y otra vez al aspecto de absoluta derrota de Jesse. La forma en que sus hombros se habían hundido y sus ojos marrones habían perdido su fuego para volverse planos. La desolación en su voz tras aceptar que estaba equivocado.

Beca no puede evitar encontrar similitudes entre la reacción de Jesse y la de su madre.

Ha sido testigo del momento en que a dos personas se les ha caído el mundo encima. El momento en el que lo que creían ser verdad, resultaba no serlo y eso les dejaba con las manos vacías y peligrosamente inclinados hacia el precipicio.

Ha visto sus manos desesperadas dando zarpazos al aire con la esperanza de encontrar algo firme a lo que agarrarse.

Y le mata que ella haya sido la causante de eso. Las dos veces.

Se pregunta cuántas vidas más tiene que arruinar antes de que su mal karma decida que ya ha tenido bastante y considere que su cuenta está finalmente saldada.

Sale de esa espiral viciosa con un traspiés, tanto mental como físico. Tropieza con una pizarra colocada en la acera a las afueras de un bar, y el hecho de no reconocer donde está hace que parpadee un par de veces y se quede quieta en el sitio.

Tratar de ubicarse es estúpido cuando está totalmente perdida, así que recoloca bien la pizarra sobre sus cuatro patas. Pero no llega a alejarse, o a dar media vuelta para volver por donde ha venido, sino que permanece en la entrada de ese bar.

La música se filtra desde el interior del establecimiento hasta la calle. Es una suave melodía de guitarra con un aire muy indie, alegre en tempo, y que le hace pensar en noches de verano y hogueras en la playa.

Baja la mirada a la pizarra con la que tropezó y se fija por primera vez en el mensaje escrito con tizas de distintos colores:

Open Mic Night

Todos los miércoles a partir de las 19h

Abierto a cualquier arte

Beca no sabría decir muy bien qué le empuja a entrar.

Quizá sea que no hay nadie en la puerta pidiendo el carné de identidad para comprobar que sea mayor de edad. Quizá sea porque necesita beber para olvidar. Quizá sepa que la música es una medicina mucho más efectiva que el alcohol.

Pero el hecho es que Beca observa la letra desgarbada de la pizarra unos instantes más antes de girar hacia su izquierda y tirar de la barra vertical pegada a la puerta para abrirla.

El bar, que solo una vez ya está dentro descubre que se llama The Corner, es oscuro y pequeño. La barra está en todo el centro, diseñada de forma circular alrededor de las estanterías en las que se muestra las variedades de alcohol disponibles.

Justo enfrente, pegado a la pared, hay un escenario que consiste más bien en una vieja tarima que cruje bajo el peso de hasta una mosca. Cuenta con un polvoriento piano de madera que parece haber visto mejores tiempos, y un micrófono plantado bajo un foco de luz amarillenta.

Esparcidas por cualquier espacio disponible hay mesas que Beca ignora a favor de uno de los taburetes pegados a la barra. Salta sobre uno de ellos y apoya los codos de su cazadora vaquera sobre la pegajosa superficie de la barra.

Es una noche lenta, de forma que el camarero se acerca a ella sin necesidad de pelearse con cinco personas más para atraer su atención.

- ¿Qué te pongo? – pregunta.

Beca le observa: es un chico de unos veintipocos años con una frondosa barba de hípster y el pelo largo recogido en un moño. No cree que le ponga muchas pegas o sea muy escrupuloso con la edad legal para beber.

- Una cerveza – pide para probar suerte.

El camarero asiente, alarga una mano bajo la barra y saca una cerveza. La deja sobre la barra con un golpe seco y, en un gesto practicado, hace balancear el abridor que lleva colgando de un cordel de la muñeca.

La herramienta de metal cae en la palma abierta de su mano al mismo tiempo que la dirige para que muerda el borde de la chapa del botellín. Un brusco gesto de muñeca hace que la chapa se doblegue y el vacío se rompe con un siseo.

Y aunque es un truco bastante impresionante, Beca no puede evitar presenciarlo a medias. Porque su atención se ve atraída hacia el escenario y la chica de pelo trenzado y gloriosa piel chocolate negro que acaba de terminar de tocar la guitarra.

Beca aplaude con los demás y bebe su cerveza tranquilamente mientras dos personas más pasan por el escenario.

Descubre que el mensaje de la pizarra es cierto, porque no todo el mundo viene a hacer música: hay un chico que se sube con una libreta manoseada y, plantado frente al micrófono, relata un poema desgarrador que le roba la respiración a Beca.

Cuando la tercera persona se baja del escenario, Beca llama la atención del camarero.

- ¿Qué hay que hacer para estar ahí arriba? – pregunta inclinándose sobre la barra pegajosa para hacerse oír sobre la chica afinando su guitarra.

El camarero no contesta, solo alza una mano con el dedo índice estirado. Beca sigue la dirección en la que apunta y al final del recorrido encuentra a la chica con el pelo afro recogido en trenzas y gloriosa piel chocolate negro.

Paga por su consumición y se baja del taburete, abriéndose paso por el oscuro bar hasta llegar a la mesa apartada en la que está la chica sentada. Parece estar haciendo recuento de algo así que Beca espera a que termine para no distraerla.

Se sorprende cuando unos ojos de un verde intenso se alzan de las hojas a ella, y el septum que lleva la chica en la nariz reluce bajo las luces amarillentas que cuelgan del techo sobre su mesa.

En cuanto ve a Beca parada de pie frente a ella, la chica coge una tablilla de madera con una hoja enganchada. La hace girar y la desliza sobre la mesa hasta que la esquina redondeada se clava en el muslo de la morena.

En la hoja hay impresa una tabla de tres columnas y múltiples filas. Un tercio ya está relleno con nombres en distintos bolígrafos y escrituras.

- Pon tu nombre y lo que vas a hacer – le explica al mismo tiempo que le ofrece el bolígrafo que estaba utilizando.

- ¿El piano se puede usar o es de decoración? – pregunta Beca antes de nada.

La chica sonríe.

- Se puede usar.

Beca asiente y acepta el bolígrafo ofrecido. La tinta es lila y es tipo pluma, así que tiene cuidado con no apoyar el dorso de la mano sobre la hoja para que no se corra. Hashtag: desventajas de ser zurda.

La primera columna es para el nombre: Beca.

La segunda columna es para lo que va a hacer: Cantar.

La tercera columna es para el instrumento que va a usar: Piano.

Los ojos verdes de la chica recorren la fila rápidamente para comprobar que todo esté correcto y asiente, recuperando su boli.

- Espera a tu turno – instruye –. Te avisaré cuando la persona que vaya delante de ti ya esté en el escenario, ¿vale?

Beca obedece y vuelve a recuperar su sitio en la barra. El camarero se ha deshecho de su botellín de cerveza vacío, la única prueba que queda de su existencia es un aro de agua formado por la condensación sobre la madera pegajosa.

Sus dedos tamborilean de forma nerviosa, cada vez más rápidos, a medida que el tiempo pasa y la posibilidad de tener que subirse a ese escenario se vuelve más real.

No sabe en qué estaba pensando cuando decidió apuntarse. Quizá ese sea el problema: no estaba pensando. Porque no es capaz de pensar con claridad. Su mente sigue siendo un auténtico torbellino de caos y Beca está actuando sobre su instinto.

No es muy diferente a un animal ahora mismo.

A mitad del set de la nueva persona en el escenario, el camarero se acerca a ella con un vaso de agua templada. Lo deja en la barra pegado a sus dedos inquietos, que golpean el cristal con las uñas y se detienen.

Alza la mirada hacia el chico en busca de una explicación y, sin dejar de rascarse la barbilla a través de su frondosa barba, él hace un gesto con la cabeza hacia el escenario.

- Vas después – informa –. Buena suerte, novata.

Da un último golpe con dos dedos al borde vaso y desaparece por el otro lado de la barra para atender a los que están en la otra mitad del círculo.

Beca intenta mantener sus nervios bajo control, bebiendo el agua con toda la calma posible. Sus manos tiemblan cuando ve al chico abandonar el escenario por las escaleras laterales. Y siguen temblando en el aire cuando Beca se levanta para ir a ocupar ese espacio bajo el haz de luz amarillento.

La chica está subida en la tarima, inclinada hacia un lado para evitar el foco pero poder llegar al micrófono.

- A continuación, Beca nos va a cantar algo en el piano – dice a modo de presentación.

Beca se para a su lado y exhala una respiración llena de ansiedad. La chica debe oírlo, o ya tiene experiencia manejando los nervios pre-actuación, porque le regala un guiño cómplice mientras recoloca el micro sobre el piano.

El instrumento está colocado de lateral de forma que, cuando Beca toma asiento en la banqueta, no está totalmente de espaldas al público. Pero si gira la cabeza un poco es casi como si estuviera sola en una habitación oscura cantando para sí misma, y eso ayuda a disminuir un poco sus nervios.

- Hola – dice en el micrófono. No llega a ver al público, la luz del foco es demasiado fuerte y lo único que puede entrever son siluetas vagas –. Um... Hace mucho tiempo que no canto delante de alguien así que… – bufa una risa –. Intentaré que no sea una mierda.

Su comentario arranca unas pocas risas, pero Beca ya no está prestando atención.

Reposa sus dedos sobre las teclas amarillentas del piano, cuidadosa de no ejercer presión alguna todavía, y simplemente permite que su piel se acostumbre a su suave roce. Están pulidas por el uso, más blancas en los extremos por la erosión de muchos dedos presionando siempre en el mismo sitio.

Beca casi puede escuchar su historia musical, todas las notas que ha producido en los años que lleva en ese bar y las que produjo antes de llegar al bar.

Se imagina otros tiempos en los que el piano no estaba tan polvoriento y, en vez de estar en una vieja tarima en un bar oscuro, brillaba en el centro de una habitación bien iluminada en el que era el centro de atención.

La gente se peleaba por tocarlo y se pasaban horas acariciando sus teclas, haciéndole sentir dolor, alegría, melancolía…

Su madre le enseñó a escuchar a los instrumentos, a tratar de ver más allá y hacia atrás. Decía que si comprendías a tu instrumento, si sabías su historia y la hacías tuya, entonces también lograrías hacer tuya su música.

Casi sin darse cuenta, Beca coge una profunda respiración y ejerce presión con su mano izquierda sobre las teclas más graves. Las primeras notas son tentativas, mientras escucha las vibraciones de las cuerdas y se adapta a ellas.

Luego, los acordes se vuelven más seguros y la melodía más estable. Toma forma y se alza por el aire, envolviéndola en un abrazo cálido.

Cuando empieza a cantar, su voz es baja y rota.

Oh, shut my eyes, lose myself in teenage lies

If I fell in love a thousand times, would it all make sense?

Cierra los ojos y piensa en la incertidumbre en la que parece estar sumida su vida. Piensa en la expresión derrotada de Jesse tras mentirle a la cara. Piensa en el dolor en los ojos de su padre cuando se apartó de su beso. Piensa en su reloj en cero y todas las dudas que tiene.

Se permite sentir perdida. Y canta.

'Cause I've been feeling pretty small

Sometimes feel like I'm slipping down walls

And every line I ever get a hold it seems to break

A medida que Beca se va sumergiendo de cabeza en sus emociones, su forma de tocar el piano se vuelve menos delicada. Sus dedos presionan con fuerza las teclas, tanta que puede notarlas vibrar contra sus yemas.

La vibración sube por sus dedos y por sus brazos hasta expandirse por su pecho. Su corazón se sacude y es como si volviera a la vida de golpe, como si hubiera estado bajo algún tipo de hechizo aturdidor y solo ahora estuviera realmente despierto.

Lo nota latir contra sus costillas con firmeza, igual que si se estuviera asegurando de que Beca sea consciente de su presencia. Se acelera y da potencia a su voz, que se desgarra con cada palabra que cae de sus labios.

Call you up

I could tell you just how much

No, no, maybe I will just get drunk and it will all make sense

El piano sigue su ritmo sin protesta alguna, y la música es tan alta que Beca se olvida por completo de dónde está.

Deja de sentir el calor del foco sobre su piel, como lenguas de fuego que lamen su cuerpo y hacen que haya algunas gotas de sudor aventurándose por su columna vertebral. Deja de oler la espesa mezcla de polvo y cerveza. Deja de escuchar el crujir de la banqueta con cada cambio de su peso.

I could promise you my heart don't cry

But would it all make sense?

Su desesperación es cegadora. Su frustración, ensordecedora.

Lo que tienen estas emociones es que son engañosas. Son explosivas, pero no de forma inmediata. Actúan a largo plazo. Se van acumulando, como gotas de agua o granos de arena. Uno a uno, poco a poco.

Te dan la impresión de que lo tienes bajo control, de que puedes manejarlo. Te hacen creer que eres tú sobre ellas, no ellas sobre ti.

Hasta que llega el momento en que alcanzan el límite. Y es un límite invisible, tú no lo ves venir. Puedes sentir que te cuesta cada vez más ignorarlo, pero sigues con la tonta creencia de que eres tú quien tiene el control.

Son una explosión repentina, como el fogonazo de un cañón o el destello de un relámpago cruzando el cielo. Breves, pero intensas. Necesitan de toda tu energía durante esos instantes en los que la luz que emiten es casi cegadora.

Después, te sumen en una ola de profundo cansancio.

Beca lo siente, el agotamiento, pero va más allá de algo físico. Parece salir directamente de sus huesos, de sus órganos, de su alma. Se expande con cada bombeo de su corazón hasta que llega a cada rincón de su cuerpo.

Sus dedos se ralentizan y su voz se convierte en un tarareo con el que acompaña al final de la canción. Las últimas notas son apenas audibles y se desvanecen en el aire sin dejar rastro, como si nunca hubieran existido.

Beca se queda mirando las teclas amarillentas hasta que, poco a poco, sus oídos hacen un efecto parecido al de destaponarse y el mundo recupera el volumen. Es vagamente consciente de los flojos aplausos que le llegan desde distintos rincones del bar oscurecido.

Algo aturdida, se levanta de la banqueta y baja por las escaleras laterales. Se dirige con la rectitud de una flecha a la barra, con el nombre de su marca favorita de whiskey ya preparado en la lengua.

Reposa los codos sobre la barra pegajosa y estira una mano en el aire para llamar la atención del camarero, que está atendiendo a unas chicas en la curva opuesta.

Entonces, dos cosas pasan a la vez.

Unas manos aparecen a su lado sobre la superficie de madera, la derecha curvada alrededor de un botellín de cerveza de la misma marca que estaba bebiendo antes la morena, y un cuerpo cálido se apoya junto a ella sobre la barra

Al mismo tiempo, la persona hace un comentario en tono ligeramente burlón que va dirigido a Beca sin duda alguna:

- ¿No era que no cantabas?

Y sabe que va dirigido a ella porque conoce esa voz.

Beca siente como si el suelo hubiera dado una sacudida bajo las suelas de sus deportivas y su estómago se encoge igual que si estuviera en caída libre desde metros de altura. Despacio, gira la cabeza y…

Efectivamente. Ahí está.

Chloe.


A/N: "Sense", by Tom Odell. (Por si os preguntabáis.)