¡Madre mía! ¡Un mes! ¡Un mes!

Lamento el retraso, pero recuperar la idea original de este fic, con tantos personajes, me ha resultado muy difícil, además que ha sido un mes de inspiración y he subido varias historias nuevas xD (Y sobretodo un mes de exámenes, ¡qué agobio!) :P

Pero bueno, ya por fin estamos de vuelta y con un capítulo mucho más largo que el último :D

Dato: el aspecto de Kidd es el de antes de los dos años. No creo que resultase muy sencillo encajar su nueva apariencia en un instituto, por lo que mejor nos quedamos con él como al principio.

www,wtf,com: ¡lo logré! Me siento como resucitada al haber pasado tanto tiempo… xD en fin, que espero que disfrutéis también de este capítulo. ¡Gracias!

Spades and Swords: ¡muchas gracias!

NaNaaRiidizulO: al review del capítulo 1: ¡gracias! Lo cierto es que no pensaba emparejar a Law hasta que escribí el segundo capítulo xD Pero tranquila, el personaje es una Oc porque no me pareció que pegase con ninguna chica de One Piece ^^ jajaj a mí me pasaría eso con Kidd… mmm… xD. Al review del capítulo 2: desarrollar el amor… pfff… suele costarme, pero en este fic me está saliendo del tirón xD Bueno, bueno, espero que no mates a mi Oc por acabar enamorando a Law, pobrecilla xDD ¡gracias! Al review del capítulo 3: ben este nuevo capítulo Kidd tiene menos protagonismo, pero ya lo recuperará en el siguiente ;) ¡Claro! Ace tiene un papel reservado, por supuesto, en este cap. sale :) ¡muchas gracias otra vez!

Los personajes de OP no me pertenecen, sólo la trama del fic y sus Oc.


- Diálogos.

"Pensamientos"

Memorias/Flash backs/Sueños

Canciones

"Libros/Escrito"


Capítulo 4: Hiena

Se asomó con semblante serio a la ventana de la habitación del hospital, desde donde observó el rostro magullado e inconsciente de su madre.

- Sí, Bellmer. Si no viviese al otro lado de la ciudad yo también diría que acabo de escuchar la voz de mi hermana gritando.

Sonrió para sus adentros, tratando de aliviar su pesar y apagó la luz de la sala antes de recostarse en la butaca de visitas. Aún era de noche y debía descansar.


- ¡¿Qué demonios haces tú aquí?

Nami se levantó de la cama de una forma mucho más brusca de lo que su cabeza se lo permitió, pero hizo caso omiso al dolor para lanzarle una mirada asesina al pelirrojo.

- ¡Sal de mi casa! – Gritó, lanzándole la almohada.

El muchacho la miró como si estuviese loca mientras trataba de controlar la carcajada que amenazaba con salir entre sus labios desde la boca de su estómago.

- Oye, mujer. Deja de causar tanto escándalo, aún no es de día.

- ¡¿Pero qué…?

Poco a poco los ojos de Nami se acostumbraron a la oscuridad de la habitación y su furia quedó congelada y una mueca de sorpresa la remplazó.

- ¿Ya te diste cuenta? – Le preguntó él, soltando una breve risotada.

- No estoy… en mi casa… ¿dónde…?

- Esta es MI casa. Gracias a que te derrumbaste en público anoche, no me dejaste más opción que traerte hasta que se te pasase la borrachera.

Las mejillas de la joven se encendieron levemente y apartó la mirada. De pronto, nada de lo que dijese le parecería lo suficientemente agradecido. Sin pensárselo le había gritado, había sido realmente borde e injusta con él sin molestarse en preguntar por qué estaban juntos. Y ahora… casi no sabía cómo disculparse. Se sentó de nuevo sobre la cama, mientras el pelirrojo, que aún permanecía bocarriba en su lado con los brazos bajo la nuca, observaba su figura a contraluz con el amanecer que se mostraba por su ventana. La escuchó suspirar y recibió su triste mirada con una sonrisa.

- Lo siento mucho, Kidd. De veras no quería…

El joven se incorporó al verla temblar y enterrar su rostro entre sus manos, mientras sus hombros se convulsionaban en un silencioso sollozo.

- … no era mi intención… es que ayer…

El llanto le robó la voz y no pudo evitar girarse y dejar caer su cuerpo sobre el pecho desnudo del pelirrojo mientras las lágrimas comenzaban a descender por su rostro.

Por su parte, Kidd estuvo tentado de apartarla de golpe, pero se contuvo. Se mantuvo quieto, dudando internamente si debía hacer o decir algo para intentar ayudarla, algo como unas palmaditas en la espalda y un "ya está, todo irá bien, ya no llores más". Cerrando los ojos al sentir sus convulsiones y escuchar sus sollozos, simplemente se acomodó sobre la cama y posó su mano sobre el pelo de la chica, que permaneció en aquella posición, aferrada a él, hasta que pareció que ya no quedaba nada en el mundo por lo que valiese la pena sufrir, hasta que el sol señaló la hora del desayuno.


- ¿Qué opina de esto, jefe?

- Usopp, ya te dije que no me llamases jefe, ¡no es SÚPER!

El joven de larga nariz puso los ojos en blanco y tomando de nuevo la lupa se agachó a observar el interior del vehículo que acababan de llevarles al depósito de pruebas. Al haberse dado a la fuga, aquellos tipos habían convertido aquel accidente en un casi homicidio si la mujer sobrevivía y en un homicidio si no lo hacía.

- Bien, Franky, aquí no hay huellas, ni ADN, ni cabellos, ni nada de nada. Los conductores llevaban guantes y parece que tuvieron cuidado de no dejar rastro de su presencia aquí.

El peliazul se rascó la sien, bastante serio.

- Entonces eso nos indica que lo prepararon, iban deliberadamente a por aquella mujer.

El moreno asintió y se acarició la perilla.

- Pero hay algo que no comprendo. Esa mujer tenía todos los papeles en regla: dos hijas adoptadas, permisos, pasaportes… tampoco había pertenecido a ninguna banda ni tenía antecedentes. Ni el más pequeño.

- ¿Insinúas que no tenían motivos?

Usopp asintió.

- He investigado personalmente a la mujer y estaba limpia, era casi un ejemplo a seguir, o eso me ha afirmado su hija Nojiko, quien estaba en el hospital ayer por la tarde cuando fui a hablar con el doctor. Ahora sólo debo encontrar a Nami, la menor de las hermanas.

- Está bien, tú encárgate de eso y de buscar posibles testigos. Yo continuaré con ambos coches, tarde o temprano, estas máquinas nos revelarán algo interesante.

El moreno sonrió mientras se acercaba al ascensor.

- ¡Buena suerte! ¡Eres el único que puede hacer que las máquinas hablen, jefe!

Una llave inglesa le golpeó en la frente antes de que las puertas del ascensor se cerrasen tras él.

- ¡No me llames jefe! ¡Franky es SÚPER! – Gritó el peliazul.

- S-sí… – masculló Usopp, más inconsciente que consciente contra la pared del ascensor.


Se había vuelto a dormir. El pelirrojo observó el cuerpo de la mujer que yacía acostada contra su pecho, con las mejillas aún húmedas y la respiración entrecortada. Se la veía exhausta.

La recostó de nuevo sobre la cama y se dirigió al sofá, pensativo. "… es que ayer…" había dicho la joven. Se recostó contra el respaldo y encendió la tele, pero sacó una vez más de sus pantalones la pequeña foto que había encontrado en el coche del accidente del día anterior. Observó a las tres mujeres que salían en ella, cada vez estaba más seguro de que sus suposiciones eran ciertas.

Aquella niña pelirroja de mirada enfurruñada… ¿podía ser la misma que ahora dormía en su cama? Apretó los dientes. Si era así, entonces ellos ya habían decidido ir a por ella también. ¿Por qué? ¿Se debía acaso a que el tipo del callejón la reconoció y decidió vengarse? Guardó rápidamente la foto cuando escuchó los pasos de la joven en su dirección y cambió de canal, acabando viendo una película antigua sobre mafia y asesinatos. "Irónico, como poco" pensó.

Por su parte, Nami caminaba descalza sobre la oscura madera del piso de Kidd con todas sus pertenencias en los brazos. Le observó sentado en el sofá sin hacer nada, miraba la tele pero no la veía, más bien parecía ausente. Un hombre curioso, desde luego. El primer día que se conocieron pensó que era un bruto para luego curarle las heridas y no volver a verle hasta esa mañana, en la que había despertado en su cama porque él, sin motivo alguno, la había ayudado cuando estuvo borracha en lugar de dejarla a su suerte.

- Gracias – murmuró, poniéndose de nuevo las zapatillas y acercándose a la puerta.

- ¿A dónde vas?

- A mi casa, tengo que alimentar a Poi.

- ¿Tu gato?

Ella alzó el rostro sorprendida.

- ¿Cómo sabes que es un gato?

- Tienes aspecto de gatita, no creo que te gustase la compañía de un perro.

Las mejillas de la pelirroja se sonrojaron ante su comentario y deseó poder borrarle esa estúpida sonrisa de la cara.

- Tal vez es por eso que no consigo tragarte, chucho – siseó.

Kidd soltó una carcajada, pero no se molestó en despedirse. Únicamente cuando escuchó el portazo de la joven fue cuando se inclinó sobre sus rodillas, apoyando su rostro en sus manos. Una semana con ella y ya no tenía más que problemas pendientes.

- Menudo problema estás hecha, Nami – murmuró, con los ojos cerrados, intentando apartar de su mente las lágrimas que había visto aquella mañana en los ojos de la muchacha.


- Nami, ¡Nami! Llevo toda la mañana llamándote ¿qué hacías?

- No es asunto tuyo, Foxy – le contestó de mala gana a su productor.

- ¡Tenemos sesión en 15 minutos! ¡¿Se puedes saber dónde estás?

- Cogiendo un autobús, tranquilo, en media hora estoy allí.

- ¡¿Tranquilo? ¡Vas a llegar tarde!

- ¡Pues haz tiempo! ¡No puedo ir más rápido, no tengo el coche cerca!

Colgó el teléfono de golpe, maldiciendo para sus adentros. El pelirrojo y el gato, el productor y los horarios, su madre y el accidente, su mascota y el almuerzo… ¿qué podía faltar?

- ¡EEEEH!

Volvió su mirada a las dos figuras que aparecían por la calle a contra luz y se cubrió los ojos para verlos mejor. Maldijo por enésima vez al reconocer a uno de ellos, que caminaba junto al moreno que acababa de gritar en su dirección agitando rápidamente la mano con una amplia sonrisa.

- Vaya, la negada en el kendo – rió el peliverde.

- Vaya, la lechuga con patas – le dirigió una mirada asesina.

El moreno soltó una carcajada y golpeó el brazo de Zoro.

- Parece que no le infundes temor, Zoro… ¿dónde os conocisteis?

Nami suspiró mientras buscaba su cartera en el bolso y sacaba un par de monedas para el autobús.

- En el instituto – murmuró cuando se hubo sentado, ya algo más tranquila.

Ambos muchachos se sentaron cerca suyo y continuaron hablando. Bueno, el moreno y ella, porque Zoro se limitó a dormir apoyado contra la cristalera de su asiento. La pelirroja observó al joven con el que estaba charlando. Vestía unos pesqueros negros y unas deportivas altas e iba sin camiseta, sin darle importancia a las miradas reprobatorias de la gente. Tenía los ojos oscuros, al igual que el pelo, y tenía algunas pecas sobre las mejillas. Llevaba un extraño y divertido sombrero de cowboy.

- ¿Vas al instituto… esto…? – Se mordió el labio inferior, no sabía su nombre.

El moreno sonrió.

- Ace – la ayudó –. No, pero sí mi hermano pequeño.

- Luffy – gruñó Zoro, en medio de un sonoro bostezo

Nami volvió a mirar a Ace. No se parecía en absoluto al muchacho despreocupado y bromista del instituto, es más, nunca habría dicho que ellos dos fueran hermanos.

- ¿Y a qué te dedicas? – Preguntó.

- A molestar. Voy de aquí para allá, sin rumbo fijo.

Nami alzó una ceja, dándole a entender que no le había dicho nada lógico. El muchacho le dedicó la sonrisa de esunsecreto y ella decidió dejarlo pasar, ya tenía suficiente por un día.

Ambos jóvenes se bajaron en la siguiente parada, a la altura de un barrio que, en opinión de la pelirroja, no tenían aspecto de ser muy legal precisamente. Nami continuó su trayecto hacia el centro. No podía creer lo lejos que vivía Kidd de la ciudad, estaba prácticamente en las afueras, lejos, a media hora mínimo de coche del instituto.

Cerró los ojos apoyando la cabeza contra el cristal, tratando de calmar así el dolor de cabeza que tenía a causa de la resaca, la preocupación por Bellmer y la confusión de haber sido ayudada por el pelirrojo. Trató de dormir, le quedaban por lo menos tres horas entre focos y fotógrafos, por no hablar de que luego tenía pensado saltarse el almuerzo para ir a casa, dar de comer a Poi y salir al hospital a visitar a su madre. Tal vez debía llamar más tarde a Kidd para darle las gracias…

Un suspiró escapó de sus labios cuando la oscuridad del sueño se apoderó de su mente.


- ¡¿La nueva?

La habitual calma de sus dos compañeros desapareció en cuestión de segundos. Kidd suspiró, recostado contra su sofá y con la mirada perdida en la televisión.

- Sí. Parece ser que Bellamy la identificó el otro día.

- ¡¿Bellamy? Espera, Kidd, frena un poco. ¿Qué leches hacías tú enfrentándote a Bellamy el otro día? ¿Cómo es que ella estaba también contigo?

Killer se situó frente a él, ocupando su campo de visión. Law se sentó en una de las butacas, habiendo recuperado ya su habitual y calmada apariencia.

- Bellamy y algunos tipos le arrinconaron en un callejón a la salida del instituto el primer día, pero Nami apareció justo cuando el rubiales iba a acabar con él.

- Bellamy no habría tenido oportunidad alguna contra mí – rugió Kidd, lanzándole una mirada fría como el hielo.

- Vamos a ver, Kidd – Killer llamó su atención –. ¿Quieres contármelo todo desde el principio? ¿Por qué ha dormido ella aquí hoy?

Kidd suspiró y apretó los dientes, para después sonreír siniestramente. No le gustaba dar explicaciones de sus actos a nadie, no obstante, con Killer era… algo diferente. Era no sólo su compañero, sino su mejor amigo, y Law… bueno, Law era un caso aparte.

Se acomodó en su asiento mientras su compañero enmascarado se sentaba en la otra butaca que quedaba libre y comenzó a contarle lo acontecido en los últimos días y el cómo había averiguado que Nami era la joven de la foto del coche.

Killer asintió cuando hubo terminado de hablar y guardó silencio, pensativo.

- ¿Crees que… la busquen a ella para llegar a ti?

Kidd alzó una ceja.

- Ella no es nada mío. No conseguirán nada dañándola.

- Dijo el hombre que al verla desvanecer entre sus brazos la trajo desde la otra punta de la ciudad hasta su cama – murmuró Law, con tono teatral.

- ¿Acaso tú la habrías dejado allí en su estado?

- Yo no Kidd. Tú sí lo habrías hecho – finalizó el moreno, con una arrogante y triunfal sonrisa –. Pero por alguna razón, no lo hiciste.

Kidd fue a replicar pero cayó en la cuenta de que tenía razón. Killer le observó levantarse y salir al balcón, sin una palabra. Cuando estuvo seguro de que no les escuchaba, se giró hacia Law.

- Le gusta.

- Sí. Pero es él quien tiene que darse cuenta antes de que ellos la encuentren.

Killer no dijo nada más, pero el rostro de la joven pelirroja no se apartaba de su mente. Tal vez gracias a ella… pudiesen avanzar algo más en sus objetivos.


- Tienes aspecto de gatita, no creo que te gustase la compañía de un perro.

- Tal vez es por eso que no consigo tragarte, chucho.

"¡No!" Nami movió la cabeza. ¿Por qué le había dicho eso? Soltó sus cosas y se acercó a él, quien permaneció sentado en su sofá y no parpadeó siquiera ante su cercanía. Acercó sus manos al rostro de Kidd y lo acarició, como esa vez en el parque, tras su pelea con aquellos pandilleros.

- ¿Qué haces? – Preguntó él.

"No lo sé" pensó. No podía hablar, por lo que simplemente tragó saliva y se arrodilló ante él, descansando el rostro sobre su pecho desnudo. ¿Qué estaba haciendo? De pronto, Kidd la agarró del hombro con fuerza y la apartó de él, alejándola de la ventana, cuyos cristales estallaron en pedazos ante a intrusión de un joven rubio con aspecto de hiena.

- Lárgate – gruñó Kidd, cubriéndola con su cuerpo.

El joven sonrió y de un gesto lo acorraló contra la pared, volviendo a golpearle en el estómago. Como aquella tarde. Nami quiso gritar, pero su lado irracional actuó de prisa. Agarró un pequeño jarrón de una encimera y se lo estampó en la cabeza al joven rubio.

- ¡Nami!

Escuchó la voz de Kidd, pero el miedo la paralizó al ver que el intruso se volvía en su dirección, con el puño manchado por la sangre de Kidd alzado en su dirección.

- ¡Nami!

Cerró los ojos, esperando el golpe, pensando en el último momento lo extraño que le resultaba escuchar su nombre de labios del pelirrojo.


Nami abrió los ojos con un grito, jadeando y completamente empapada en sudor. Quiso abrazarse a sí misma, pero las manos le temblaban y a penas fue capaz de retirarse con éxito algunos mechones de pelo de la cara. Observó a su alrededor, temerosa de encontrar de nuevo aquellos horribles ojos negros puestos en ella, pero todo lo que encontró fueron las miradas extrañadas del resto de pasajeros del autobús. Suspiró, con una mano sobre la frente, dejando su cello doblarse hacia atrás sobre el cabecero del asiento. ¿Qué había sido aquello? Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Como pesadilla había sido horrible.

Era cierto, aún tenía curiosidad acerca del incidente de los pandilleros. O eso supuso ella que serían, ya que en un principió lo primero que pensó de ellos fue que Kidd les había provocado con algo. Pero tras el comportamiento del pelirrojo aquella noche… ya no estaba tan segura de que fuese tan frío y desagradable como quería aparentar. Y si lo era, entonces desde luego también tenía algo de bueno en él.

El sonido que anunciaba la última parada del trayecto de aquella línea de autobús la sacó de sus pensamientos y tomando su bolso de un tirón, se bajó a toda prisa del transporte, entrando más rápido aún, si era posible, en el enorme edificio que quedaba frente a la acera. Los pasillos se sucedieron a su alrededor a gran velocidad hasta llegar al vestuario, donde con los nervios a flor de piel, decidió que lo primero de todo sería darse una buena ducha.

Las fotos ya habían esperado bastante, podían esperar un poco más.


- Líbrate de ella. El jefe no quiere interferencias, nuestro objetivo son los otros, los Supernovas.

- Lo sé. Hemos empezado a derrumbarla. De este modo, el tipo del callejón acabará perdiendo los estribos y será mucho más fácil acabar con él. Siendo de los más fuertes de ese grupo de 11 tipos, sin él será coser y cantar el librarnos del resto.

Un tenso silencio reinó en aquella habitación tan escasamente iluminada. El viento sopló a través de la ventana abierta y las cortinas, aparentemente rojas, danzaron con él en el interior de la sala. Ambos hombres permanecieron en sus respectivos sitios.

El de apariencia más joven estaba de pie ante el otro, de tez morena, que estaba sentado a la mesa de una cocina tomando lo que parecía un resto de filete de la cena anterior. Éste último dejó caer sonoramente el cubierto metálico sobre el plato una vez que hubo acabado.

- Hacedlo como queráis, pero sed consecuentes – su mirada atravesó el cuerpo de muchacho –. No tenéis margen de error. Si no sale bien… lo pagarás con tu vida, Bellamy, ya lo sabes.


Arriba, abajo, corriendo de un lado para otro, posando. ¿Había habido algún día peor o menos estresante en toda su vida que aquel? Gruño por lo bajo. Si había sido así, en aquel momento no lo recordaba.

Salió a toda prisa de su apartamento, cerrando la puerta de golpe, después de darle de comer a su desesperado compañero felino, Poi, y haberse cambiado de ropa tras la sesión de fotos. Arrancó su coche y aceleró por una de las avenidas más concurridas de la ciudad, mientras pensaba en su madre.

Su madre. No había podido ir a ver a Bellmer en todo el día y no tenía duda de que Nojiko se lo recriminaría al llegar al hospital. Y con razón, pensó. Pero claro, ¿cómo le explicaría sin quedar como una insensata que la noche anterior se emborrachó como una colegiala inconsciente, se despertó en casa del tipo más huraño de su instituto y había tenido que ir en autobús a la sesión de fotos de la tarde? Suspiró y se dejó llevar por el ritmo del Rey del Soul, cuya canción sonaba en la radio en aquel momento.

El sonido del tráfico de la gran ciudad la distrajo de sus preocupaciones al ritmo de la música hasta que aparcó en el parking del hospital. Bajó del coche con lentitud, tras varios minutos de permanecer sentada en el asiento, con los ojos cerrados y la mente perdida.

- Hola, busco la habitación en la que se encuentra mi madre, la trajeron ayer, está en coma – le dijo a la secretaria.

La joven comenzó a buscar en la lista y se volvió a mirarla con una sonrisa cansada.

- ¿Busca a Bellmer? – Nami asintió – Bien, venga conmigo.

La secretaria se levantó de su silla, dando a ver que no era demasiado normal, tenía una estatura media. Era delgada y de cuerpo elegante, con ojos castaños y melena dorada y ondulada. Le dedicó una mirada tranquilizadora.

- Ayer los médicos terminaron con las operaciones previas, todo fue un éxito. En una semana la chequearán en el quirófano por última vez y bueno… la mantendrán con vida a la espera de que despierte.

Nami se apartó el pelo de la cara, tratando de ocultar la angustia que oprimía su corazón.

- Gracias por vuestro trabajo.

- ¡Oh! Lo hacemos… bueno, iba a decir encantados, pero la verdad es que preferiríamos ver finales felices en lugar de tanto drama – sonrió con tristeza.

Nami la observó en silencio. No debía tener muchos más años que ella, por lo que dedujo que estaría de prácticas. Finalmente, se detuvieron frente a su habitación.

- Perdone, señorita… ¿es usted Nami?

Ambas jóvenes se volvieron hacia el hombre de pelo oscuro y nariz larga. La pelirroja agradeció con una sonrisa a la secretaria y ésta regresó a su puesto cuando él sacó su placa de policía.

- Soy yo. ¿Y usted es…? – Contestó.

- Usopp. Trabajo con la policía, estamos investigando el intento de homicidio de su madre adoptiva.

Ella abrió los ojos de golpe, sorprendida y horrorizada.

- ¿Homicidio? – Susurró.

El joven se sentó en una de las sillas de la sala de espera y le indicó que le acompañase. Ella titubeó un momento mirando a Nojiko a través del cristal, pero finalmente su hermana asintió y ella se acercó al policía. No quería dejar a Nojiko encargada de su madre por más tiempo, ya tenía bastante.

- Verá, según nuestro técnico, el impacto contra el vehículo de su madre fue intencionado, preparado con anterioridad. Seguramente ya la esperaban en algún punto apartado y al verla sólo tuvieron que acelerar. ¿Tiene alguna idea de por qué alguien querría hacerla daño?

Negó con la cabeza.

- Bellmer es una persona excelente. Es fuerte y siempre defiende aquello que le resulta importante. Mi hermana y yo somos un ejemplo de su buen corazón, ya que sin su ayuda… nunca habríamos llegado tan lejos.

- Ya veo. ¿Han tenido algún imprevisto últimamente? ¿Dónde estaba usted a la hora de los hechos?

- Estaba en el instituto. Recibí un mensaje de Nojiko avisándome de lo ocurrido. En cuanto a los problemas… ninguno. Lo más nuevo es mi cambio de instituto, pero eso es irrelevante para el caso.

El joven lo apuntaba todo en su cuaderno, a gran velocidad.

- ¿Dónde está estudiando ahora?

- En el instituto Sabaody. ¿Pero qué relevancia puede tener eso? – Preguntó, algo incómoda.

El joven inspector pareció tener suficiente con eso, ya que se levantó, cerrando de golpe su cuadernillo.

- Muchas gracias por su tiempo, señorita, haremos todo lo que esté en nuestras manos.

- Adiós, agente – murmuró ella, algo confusa.

Un golpecitos en la cristalera de la sala le recordaron a Nojiko, quien no había comido por no dejar sola a Bellmer.

- Me voy a comer. Gracias por venir, Nami – la abrazó – ¿te subo algo?

- No gracias, ya he comido – mintió ella, con una falsa sonrisa tranquilizadora.

No tenía hambre. Tras un breve intercambio de palabras con su hermana, acabó quedándose completamente sola con su inconsciente madre. Pasaron los minutos mientras permanecía sentada en uno de los butacones del hospital, observándola tranquila, plácida.

- Casi parece que estés dormida, Bellmer – murmuró –, como cuando éramos pequeñas y te íbamos a despertar por las mañanas. Te hacías la dormida y cuando nos acercábamos… saltabas sobre nosotras, asustándonos.

Nami cerró los ojos. "Nunca imaginé que algún día el susto nos lo darías por no despertar" pensó, con tristeza. Cerró los ojos, recibiendo en sus párpados el suave brillo de la puesta de sol a través de la ventana.

- ¿Sabes? – Volvió a hablar a su madre – Me haces falta. Ya sé que te puede parecer un motivo egoísta, pero… no sé a quién contarle lo que me ha ocurrido estos días. Necesito tanto tu opinión…

Guardó silencio, siendo consciente de que tal vez, muy posiblemente ella ni siquiera pudiese escucharla. Una lágrima indiscreta rodó por su mejilla.

- He conocido a alguien. Es un tipo problemático y arrogante, le creía un bruto, pero ha resultado ser… una sorpresa. Ayer me ayudó… – comenzó a sollozar – no sé qué pensar de él. Antes he soñado… he soñado con él. Que le pegaba el mismo tipo que le pegó en el callejón el primer día de clases. Y la sensación que me recorrió por dentro… fue como si de pronto nada más que él importase, él y el hecho de que le estaban haciendo daño. La acaricié el rostro en sueños, Bellmer. ¿Qué significa eso?

Su madre permaneció inmóvil y ella rompió a llorar, abrazándose las piernas, de forma silenciosa. No fue hasta más tarde, mucho más tarde, que unos toques en el hombro la despertaron.

- Nami, te has dormido. ¿Necesitas ir a casa?

Ella le miró, desorientada. ¿Cuándo se había dormido? Estaba tan cansada que no se había dado cuenta.

- ¿Genzo? ¿Qué haces tú…? – Bostezó, sin poderlo evitar.

- Nojiko me llamó esta mañana y me lo contó, y al venir a verla ahora te he encontrado a ti durmiendo. Vete a casa, pequeña, yo me quedaré esta noche.

- Gracias – la joven se levantó y besó torpemente la frente vendada de su madre, antes de salir hacia la noche, que ya había caído hacía tiempo. En el camino se encontró con la mirada preocupada de la enfermera.

- No irás a conducir en ese estado, ¿verdad? ¡Te estás cayendo de sueño!

- Estoy bien, vivo a diez minutos en coche, no tardaré.

La joven negó con la cabeza.

- Te acercaré, acabo de terminar el turno, dame las llaves del coche y ya me iré luego en autobús.

Nami estaba demasiado cansada para replicar y era consciente de que la chica tenía razón, no debía correr riesgos innecesarios, no con las cosas tal y como estaban. Le tendió las llaves con un "gracias" y una breve sonrisa.

Ya en el coche, el frío viento de la noche pareció despejarla un poco.

- ¿Cómo te llamas?

- Lana. ¿Tú eres Nami, cierto?

- Sí.

- Lo sabía – sonrió –. Hace poco te vi en una revista anunciando unos relojes con mi novio.

La pelirroja se rascó la cabeza, pensativa.

- Relojes… – Nami abrió los ojos sorprendida – ¿Sanji?

La morena asintió, con una sonrisa.

- No llevamos mucho, pero es un encanto.

- Sí que lo es – sonrió ella también. Observó el fluir del tráfico – ¡Oh! Por aquí a la derecha, es ese portal.

Lana maniobró con maestría el vehículo, aparcándolo en una plaza de garaje perfecta. Ambas bajaron del auto y le devolvió las llaves a Nami.

- Espero que tu madre se recupere, Nami. Mis padres murieron en un accidente similar.

El rostro de las dos jóvenes se ensombreció.

- Gracias, Lana. Y gracias por traerme, no tenías por qué hacerlo.

- Bueno – se encogió de hombros –, tal y como te he dicho, de vez en cuando en mi trabajo es agradable ver una sonrisa amiga.

Comenzó a caminar en dirección a la parada del autobús y Nami sonrió. Sí, tal vez pudiesen llegar a ser amigas. Observó la luna con una triste sonrisa. Tal vez el tiempo de las mejoras estaba por llegar y todo lo que le iba mal en aquel momento mejorase pronto. Subió al piso, con esa pequeña esperanza en su interior.


El sol le golpeó en los ojos a través de las opacas gafas que llevaba puestas para ocultar un ojo morado. Demonios, qué asco de noche, pensó.

Eustass Kidd caminaba por algunas calles algo apartadas del centro de la ciudad, junto a los jardines de uno de los centros comerciales más grandes de la zona. Un tirón le recordó el terrible dolor que sentía a causa de su hombro desencajado por una pelea la noche anterior y no pudo evitar una mueca.

Y es que… vaya noche. Aquellos tipos no habían soltado prenda sobre el paradero de Bellamy y para colmo, éste había aparecido en el momento en el que estaba acabando de despacharlos, dislocándole el hombro cobardemente por la espalda. Pero lo peor vino después, cuando el rubio amenazó a la pelirroja.

¿Qué había hecho ella para verse involucrada en aquella masacre? Ella no era como ellos, los Supernovas. Ella era una joven normal, ¿acaso era simplemente por haber causado su derrota el otro día? Apretó los dientes mientras entraba en una farmacia.

- ¿Puedo ayudarle en…? – Comenzó la dependienta, pero en seguida se calló al reconocerle y se giró al interior de la tienda – ¡Niña! Es para ti.

- ¿Sí? ¡Ah, Kidd! Te esperaba, Law me dijo que vendrías – sonrió una joven de cabello dorado y ojos castaños.

El muchacho frunció el ceño y pasó sin saludar, dando a entender que no le caía bien. Ella suspiró.

- Aún no te fías de mí, ¿eeh?

- No tengo por qué. No eres más que una recomendada por el hermano de Luffy, y ninguno de los dos me inspira fe precisamente.

Ella suspiró por segunda vez.

- Soy la más adecuada para este trabajo. Ahora déjame verte el brazo.

Comenzó a masajear la zona dañada causándole una aguda sensación de dolor que él evitó exteriorizar.

- ¿Averiguaste dónde vive? – Ella asintió y le dio un pequeño trozo de papel con la dirección – Bien, Lana. Parece que nos vamos entendiendo.

La joven sonrió con suficiencia y movió su brazo bruscamente, devolviéndolo a su posición original de golpe. El gruñido del pelirrojo se escuchó por toda la farmacia.

- Quejica – dijo ella, poniendo los ojos en blanco.

Kidd se levantó dispuesto a golpearla, pero una mano le detuvo. Dirigió su mirada hasta el recién llegado.

- Law.

Él negó con la cabeza.

- Recuerda que ahora mismo ella es la más cercana a Nami cuando no está en el instituto. La necesitamos.

La joven sonrió al pelirrojo, agradecida internamente a Law, ya que estaba segura de que un golpe de Kidd dolería más que cualquier otro tipo de herida. Volvió a mirar al pelirrojo, quien apartó el brazo y salió de la tienda, murmurando por lo bajo.

- Gracias, Law – susurró.

Él le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

- Creo… – comenzó – que lo mejor será que me quede por aquí, por si vuelve.

- No creo que sea necesario. Tengo trabajo – le sonrió.

Él le dedicó una enigmática mirada.

- No importa, si hay algo que no tengo es prisa – y dicho esto, se sentó sobre una de las sillas mientras comenzaba a leer un libro de medicina.

Lana sonrió ante la visión y volvió a centrar su atención en los clientes.


- Vamos, Nami. ¡Algo habrá que te guste!

- ¡No lo sé, Porche! No encuentro nada que me favorezca.

- ¡¿Que no? Nami, si conociese a alguien con mejor figura que tú te lo aceptaría, pero ¡a ti todo te queda bien!

Tras dos horas de compras aquella mañana de domingo, Nami era aún la única que no se había comprado nada. Se sonrojó involuntariamente y Robin soltó una risita.

- Me alegra verte mejor, Nami.

- Bueno, todo acabará mejorando, espero – sonrió.

- Eso es ser muy optimista… ¿no crees?

De pronto, el vello de la nuca se le erizó al reconocer aquella voz. Sólo la había escuchado una vez antes, pero la había perseguido hasta en sus más recientes pesadillas. La sonrisa se le congeló en el rostro.

- Tú… – murmuró, horrorizada, dejando caer la percha del vestido al suelo.

El joven rubio asintió con una carcajada.

- ¿Qué te parece, prima, hablamos aquí o en privado? No creo que te interese que tus amigas nos escuchen hablar de temas… familiares – sonrió y nuevamente, a Nami se le antojó que su aspecto era el de una hiena.

Pero el doble sentido de su frase no le pasó percibido y se dio cuenta que él iba a hacerla daño. Y le estaba dando la oportunidad de salvar a sus amigas. Tragó saliva, preparándose para mentir de la mejor forma posible a sus atónitas compañeras.

- Yo… no, vámonos. Chicas, nos vemos luego – se despidió temblorosa mientras él la tomó del brazo con fuerza y la sacó de la tienda a rastras, ante la perpleja mirada de sus amigas, que compartieron una mirada de preocupación.


- ¡Suéltame! ¡Déjame en paz! – Le golpeó furiosa, tratando de soltarse inútilmente de su agarre.

- Eres persistente, ¿eh, Nami? Esperemos que tu madre salga de esta, eso sería bueno, ¿no? – Sonrió, siniestro.

Ella se horrorizó.

- Tú… vosotros… – ante la atónita mirada del resto de personas que caminaban por los pasillos del centro comercial, la pelirroja le mordió en el brazo, con fuerza, consiguiendo soltarse, y salió corriendo en dirección contraria, con los ojos llenos de lágrimas.

Ellos habían sido. Ellos habían atacado a Bellmer. Por su culpa, por interrumpir inconscientemente una pelea contra Kidd. Gimió, lamentándose por su madre. Un terrible presentimiento sobre Kidd la hizo estremecer, pero en aquel momento, su supervivencia era lo primero, ya que aunque supiese qué pasaba con Kidd… no le serviría de nada estando muerta.

Corrió a toda velocidad, sintiendo la presencia del rubio cada vez más cerca. Salió por la entrada al parking y al ver que no estaba en la planta en la que estaba aparcado su coche, sino en un subterráneo, aceleró sus pasos haciendo un gran esfuerzo por la rampa de entrada de vehículos, saliendo a la calle a toda velocidad. Se giró para ver que su perseguidor estaba a punto de alcanzarla.

Gritó y volvió a correr hacia el parque, donde habría más gente y supuso que él no la atacaría en público. Pero no llegó muy lejos. Sintió su peso caer sobre ella, golpeándola duramente contra el asfalto de la calle.

Le escuchó reír por encima del pánico que sentía. Volvió a intentar morderle pero esta vez, él no dudó en golpearla con un puñetazo en las costillas, haciéndola jadear de dolor.

La visión se le volvió borrosa, pero le vió sonreír mientras volvía a cargar su puño contra ella. Y esta vez… esta vez no era un sueño.


Continuará…