Salazar observó por unos segundos a su cónyuge, para después dirigir su vista a sus nuevos alumnos. No le dolía haber perdido un alumno, después de todo, era un honor para él saber que alguien en su casa tenía la suficiente capacidad como para comprender las responsabilidades que traía un gran poder. Sin embargo, no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que varios alumnos de Hogwarts no lo entendían. De cierta forma no los culpaba, porque con sólo ver una vez al director podía predecir que era el tipo de persona que sólo aceptaba una realidad.
Candelaria alzó su varita y el uniforme de sus estudiantes cambiaron de color y quedaron en dorado.
—Alumnos míos, voy a mostrarles su nueva Sala Común y a explicarles unas cuantas cosas —habló con emoción Crystoise, para así comenzar a caminar. Segundos después sus estudiantes la siguieron, porque después de todo, entendían de sobra que en sus casas ya no serían aceptados.
Antes de que Candelaria pasara por la puerta se detuvo para así mirar a el resto de los fundadores, quienes le sonreían en apoyo.
—Salazar, ¿vienes conmigo? —Slytherin no respondió, simplemente emprendió camino donde ella estaba, dejando más de uno sorprendido por este acto—. No te preocupes Albus, Godric, Rowena y Helga te van a explicar cómo serán las cosas a partir de ahora.
Mientras se acercaban a la Sala Común de la casa Crystoise Salazar se percató de que los alumnos frente a él estaban sorprendidos, aunque algunos de ellos intentaban ocultarlo un poco. Esto no sorprendió a Salazar. Desde que Candelaria creó su casa tanto él como los demás fundadores supieron que sería difícil que tuviera alumnos, y le dolió saber que por un largo tiempo no hubo ningún alumno nuevo. Este hecho también le había afectado a Cande, pero esta decidió ignorarlo para quedarse a su lado.
A veces es demasiado buena, pensó con pesar Salazar.
Sin embargo, sabía muy dentro de sí que no se podía quejar, porque muchos de sus recuerdos felices eran con ella, y no se podía imaginar la creación de Hogwarts sin Candelaria a su lado.
Cuando ya entraron a la Sala Común evito reírse al ver las expresiones de los estudiantes. Incluso los que intentaron controlarse antes no lo pudieron seguir haciendo. Delante de ellos había una sala con piso negro, las paredes parecían brillar en un color oro puro, y en el techo se podían ver el cielo azul junto a velas flotantes, tal como pasaba con el techo del Gran Comedor. Había grandes sillones color turquesa, y unos cuantos color verde esmeralda. En el centro de la habitación posaba una chimenea, y a cada lado había una escalera, que supuso, llevaban a las habitaciones.
—Este, queridos, será su santuario, el lugar donde nadie podrá molestarlos —informó alegre Candelaria.
—¿Cómo es eso posible? El retrato no se abre con contraseña —indagó desconfiado el que anteriormente fue un Slytherin. Sin no recordaba mal Salazar, se apellidaba Nott.
Candelaria no se molestó, sino que primero se rió con disimulo para después soltar la carcajada. Slytherin negó con la cabeza divertido; era una reacción predecible de su cónyuge, aunque por las caras de los adolescentes eso era lo último que se esperaban.
—Tranquilo, Theo, ¿puedo llamarte Theo? —El recién nombrado no hizo más que asentir—. Estarán seguros porque sólo ustedes que verán el cuadro que permite la entrada.
Esta vez fue una ex Ravenclaw la que interrumpió a la fundadora de su nueva casa.
—Pero el señor Slytherin está aquí, y eso significa que también puede mirar el cuadro.
—Padma, ¿acaso crees que yo construí esta habitación sola? Salazar puede ver el cuadro porque el me ayudó a crear el hechizo. —Ahora todos los adolescentes se quedaron mudos de la impresión, y Slytherin soltó la risotada, porque hacía tiempo que no se divertía tanto a costa de los nuevos alumnos de Cande.
Sin embargo, aunque Luna también estaba un poco sorprendida por todo lo que estaba pasando a su alrededor, no pasó por alto las miradas que se daban los fundadores frente a ella. No era la hermandad que se percibía cuando miraban a los demás fundadores, sino que parecía un sentimiento más intenso. Decidió que por los momentos lo más inteligente era guardárselo para sí misma.
—Disculpe, ¿qué pasará con nuestras clases? —preguntó con su voz suave voz.
—El director tuvo punto, y es que las clases ya están muy avanzadas, por lo cual seguirán con el mismo horario que tienen hasta ahora. Si tienen un problema con sus antiguos compañeros pueden venir a mí —comentó jovial Candelaria, aunque en el fondo esperara que lo hicieran. Lo último que quería era que dañaran a sus alumnos.
Y, aunque los adolescentes esta vez no expresaron nada, se sintieron tranquilos al escuchar que tendrían a alguien a quien acudir si pasaba algo.
—Pueden ir a sus habitaciones. La escalera derecha dirige a la habitación de las chicas y la izquierda a la de los chicos. —Sin decir más nada, todos los alumnos subieron; después de todo, tenían mucho de que hablar ahora que por los momentos parecía que sólo se tenían a ellos mismos para enfrentar a Hogwarts.
Cuando en la Sala Común sólo estuvieron Candelaria y Salazar, éste último se paró frente a su cónyuge. Era momento de tener respuestas.
—¿Estás lista?
—Pon un hechizo silenciador. —Salazar asintió, entendiendo que lo que se avecinaba iba ser todo menos fácil.
