Capítulo 4. Ruta 3.
Al día siguiente Lillie despertó con pesadez. Hacer el recorrido largo por la ruta 1 resultó más agotador de lo que había supuesto. Tuvo que hacer estiramientos un tanto más prolongados que de costumbre para quitarse el entumecimiento de los músculos. Luego de cambiarse salió de su habitación. Se encontró a Ash y Hala en el comedor. Toda la actividad de ayer no parecía haberle rendido cuentas al joven proveniente de Kanto.
–Buenos días Lillie – Le saludó Ash a penas la vio –. O mejor dicho. Alola, mira lo que me dio Hala.
Levantó su mano izquierda exhibiendo el brazalete Z color blanco. Lillie boqueó anonadada. Tenía entendido que el Kahuna resguardaba bastante sus brazaletes de entrenadores extranjeros
– Este chico lo merecía – dijo Hala.
– Dice que con esto puedo hacer aquello que hizo en nuestra batalla. Movimientos Z, no? ¡No puedo esperar a probarlo! – Lillie suspiró con pesadez, abrumada por esa energía – ¡Oh! Y también me dio esto.
Ash tomó su mochila y la abrió. Dentro, una criatura dormía con una expresión placentera en su rostro. El Rowlet parecía acomodarse bien al interior y roncaba augusto. Rotomdex se acercó y le tomó una foto. Así que no sólo le había dado un brazalete sino uno de los Pokémon destinados a ser iniciales de los entrenadores novato. Que carisma el de aquel chico.
–¿A qué no es lindo? –le dijo Ash – Se encariñó conmigo de la noche a la mañana.
–Cuídalo bien, aquí en Alola tomamos en serio el lazo que se forman con los Pokémon y entrenadores que se han elegido mutuamente – le explicó Hala.
–¡Claro que lo haré!
–Bien, ahora ve al lugar que te dije y ahí conseguirás tu primer cristal Z.
–¡Localización guardada! ¡Rotom! – exclamó Rotomdex mostrando en su pantalla un mapa con un punto señalado.
Tras haber desayunado y empacado más comida para el camino, los jóvenes salieron de Pueblo Iki y tomaron el sendero que lleva a la ruta 3. El terreno se volvió mucho más inclinado y el sendero más estrecho. Llegó un momento donde estaban entre la una pared rocosa y un acantilado con el mar abajo. En el tope de aquella pendiente llegaron a un puente que colgaba sobre una gigantesca grieta que parecía cortar la isla. La vista al mar era impresionante. Ash se acercó peligrosamente al borde y estiró sus brazos para inhalar el viento proveniente del océano.
Tras pasar el puente el cambio en el escenario fue más abrupto. Ya no había césped, el terreno era rocoso. Lillie advirtió de la presencia de Pokémon voladores en esa zona y que deberían tener cuidado de sombras que podrían aparecer repentinamente. Aunque conocía el terreno eso no reducía del todo la dificultad de transitar aquel tramo. Fueron rodeando el filo de la isla hasta que Lillie pudo divisar el lugar idóneo para descansar. Condujo a Ash hacia una cueva. Al lado de la entrada había un letrero.
–Antes de entrar asegúrate de leer las reglas – le indicó Lillie, temiendo a que actuara impulsivamente.
Jardines Melemele. Patrimonio de la región de Alola.
No bote basura.
No arranque las flores.
No capturar Pokémon.
No se pueden tener batallas.
–Parece más estricto que una zona safari – comentó Ash.
–Hay una buena razón para eso.
Los dos entraron en la cueva. No era un corredor largo, a varios metros se podía ver la salida que no tardaron en alcanzar. Ash y Pikachu miraron con asombro aquel lugar. En un espacio que se asemejaba a un cráter estaba un campo de flores amarillas. El aire estaba perfumado con una dulce fragancia tan exquisita que daba la impresión de poder saborear el dulce del néctar dorado que goteaba desde las flores. Daba la sensación de estar en un paraíso perdido. Ash notó unos Pokémon diminutos de color amarillo volando y bebiendo de las flores. Varios de aquellos notaron a los jóvenes y se acercaron sin ningún reparo. Lillie acarició a uno que aceptó posarse en la palma de su mano. Por su parte, Ash estaba prácticamente cubierto por un montón de esas pequeñas criaturas. Reía y se quejaba al tiempo por recibir los piquetes.
–¿Qué son estos? – preguntó.
Rotomdex procedió con su explicación.
Cutiefly. El Pokémon mosca abeja. Pueden detectar el aura de los seres vivos, ya sean personas, Pokémon o plantas. Para recolectar el néctar y el polen de las flores, las identifican según el color y el resplandor de su aura. Por lo visto, cuando los seres vivos experimentan emociones intensas, sus auras se asemejan a las de las plantas en plena floración y por eso los Cutiefly suelen revolotear cerca de aquellas personas o Pokémon que se sienten particularmente felices o tristes.
–¡¿Creen que soy una flor?! – Ash mantenía sus brazos extendidos en el aire como espantapájaros temeroso de lastimar a esos Pokémon de apariencia frágil.
El mismo acoso de los Cutiefly disminuyó el entusiasmo del entrenador y terminaron alejándose. Caminaron por un sendero hacia la agradable sombra de un árbol. Luego de que tomaran asiento Lillie le señaló a Ash otros Pokémon del mismo color que las flores. Las nuevas criaturas bailaban animadamente. Tenían los rasgos de las típicas especies de los tipo volador. Salvo que en el final de sus alas tenían cúmulos de plumas a maneras de pompones. Ash no había visto porristas tan animadas desde Dawn. Entonces otro Pokémon llegó volando. Este era parecido, pero de plumaje rojo y otros detalles que lo hacían diferente. Pero tras beber el néctar de una de las flores su cuerpo resplandeció y tomó la apariencia de los pájaros porristas.
–¿Evolucionó? – preguntó Ash.
Rotomdex terminó de grabar la escena y procedió con su siguiente explicación.
Oricorio. El Pokémon pájaro danza. Dependiendo de donde nazcan o de qué néctar beban cambian su apariencia, estilo de danza, tipo primario e incluso su personalidad.
–¡Eso es increíble!
–No puede decirse que sea como la evolución, ya que no hay forma primera ni última realmente – añadió Lillie –. Durante la primavera los Oricorio viajan entre las islas de Alola hacia los lugares donde están las flores que le otorgarán la forma que desean tomar.
–Vaya. Eso me recuerda que una vez en Johto estuve en un campo donde abundaban los Gloom y el viento traía restos de piedras sol o piedras hojas. Unos dejaban su evolución al azar sin darle importancia, pero otros no tenían la fortuna de evolucionar en lo que querían y eso les causaba una crisis de identidad.
–¡¿De verdad?! – Exclamó Lillie, sorprendida por el dato.
–Claro, y si me lo preguntas los Oricorio son muy afortunados al poder cambiar de apariencia indefinidamente. Varios de mis Pokémon y otros temen a la evolución porque es algo irreversible.
A medida que fueron charlando Lillie se dio cuenta de que sorprendentemente ese chico tan enérgico e infantil contaba con una amplia experiencia. Sus anécdotas revelaban información fascinante. Rotomdex reconoció el valor de dichos relatos y decidió grabar la conversación entre ambos con el objetivo de ampliar el contenido de su información.
