Un nuevo destino le espera a nuestra protagonista, y en él, muchos personajes interesantes. Espero que disfrutéis este capítulo tanto como yo escribiéndolo porque es uno de los que más ganas tenía de hacer.
Hetalia no me pertenece. Es propiedad de Himaruya.
Hacía más de una semana que habían salido de camino, y aún les quedaban un par de jornadas. El viaje hasta Austria estaba siendo realmente agotador, y especialmente solitario para España. Felipe había insistido en tener un carruaje privado para Juana y él, por lo que se había visto a obligada a ir en un segundo carruaje ella sola. No le dejaban ir a caballo, puesto que no estaba bien que una mujer cabalgara todo ese trayecto, así que contra su voluntad, se había visto encerrada en ese sitio. Los primeros días no hacía más que esperar a que Felipe saliera del carruaje principal para irse a charlar con Juana, pero al paso de los días, perdió total interés. Se pasaba la mayor parte del tiempo observando por la ventana el paisaje, aunque no le prestaba mucha atención, pues su mente estaba en otra parte. Tenía mil dudas en la cabeza, sobre cómo sería la ciudad, cómo sería el emperador Maximiliano, y sobre todo, cómo sería la nación. Jamás había visto un retrato suyo, no había conocido a nadie que lo hubiera visto en persona. Rumores, eso era todo lo que tenía para entretener a su cabeza durante el largo viaje. Rumores que no eran capaces de responder a ni una sola de sus preguntas.
Cansada del paisaje montañoso que se veía por la ventana, decidió cerrar los ojos y dar rienda suelta a su imaginación. Un apuesto joven vestido galantemente con ricos ropajes apareció en su mente… rubio… con grandes ojos color… ¡miel! Sí, seguro que era así. Suspiró dejándose deslizar levemente del asiento. Le dolía hasta el trasero de estar tanto tiempo sentada y estando sola, no tenía que preocuparse por la imagen que pudiera estar dando. Levantó las piernas y las colocó sobre el asiento de enfrente. Mantuvo los ojos cerrados mientras se imaginaba el castillo, los jardines… hasta que Morfeo la atrapó entre sus brazos.
-Señorita España, ya hemos llegado – la mencionada abrió los ojos y se incorporó rápidamente, propinándose un cabezazo contra el techo del carruaje - ¿Qué ha sido eso? ¿Va todo bien ahí dentro?
-Sí, sí Gonzalo, ya salgo – contestó frotándose la zona dolorida.
Enseguida le abrieron la puerta y la ayudaron a bajar. Una vez que tocó el deseado suelo firme, contempló el lugar. El palacio de Laxenburg se erigía sobre uno de los múltiples lagos de la región, otorgándole la majestuosidad digna de un emperador.
-Y esto solo es la casita de verano – murmuró España acercándose al carruaje de Juana, sin dejar de mirar el impresionante castillo – Juana querida, ya hemos llegado – La puerta se abrió de golpe para dejar salir a Felipe, tan prepotente y arrogante como siempre, pero después de él no hubo más movimiento. España se asomó inocentemente y contempló a Juana limpiándose las lágrimas que recorrían su pálido rostro. De inmediato subió al carruaje y se colocó junto a ella – Juana, ¿qué te ocurre? ¿Felipe te ha hecho algo? Si es así ahora mismo… - la joven negó con la cabeza y levantó el rostro para mirarla portando una sonrisa de auténtica felicidad.
-Estoy embarazada. Voy a tener un hijo – Juana se inclinó para abrazar a España, mientras que esta se había quedado con la boca abierta y con nula capacidad de reacción - ¿No te alegras?
-Sí, sí, solo es que me ha pillado un poco de sorpresa – se esforzó por esbozar una sonrisa – Felicidades.
Aunque se alegraba por su pequeña Juana, la idea de que tuviera un hijo de Felipe tan pronto no le entusiasmaba. Aún no llevaban ni un año casados, y ni siquiera el emperador les había dado su bendición. Esperaba, por el bien de ella, que no tuvieran ningún problema. Ambas salieron del carruaje y comenzaron a caminar hacia la entrada del palacio, en donde un pequeño séquito acompañaba al emperador en la bienvenida. Se trataba de un hombre apuesto para su edad, con el semblante serio, pero con el gesto de un muchacho. No sabía por qué, pero a diferencia de su hijo, le inspiraba cierta confianza.
-¡Hijo! – Maximiliano abrazó a su hijo con gran afecto, y después se acercó a Juana y le besó ambas manos – Me alegro de conoceros al fin, y de teneros aquí.
-El placer es mío – dijo realizando una pequeña reverencia.
-Tenéis mucho que contarme, pero antes… Roderich hijo, no te quedes ahí parado, acércate - Un joven de cabello oscuro y buena planta se adelantó hasta quedar frente a ellos. Era bastante atractivo, aunque emanaba cierto aire de soledad, que se podía ver reflejado en sus ojos, de un tono violáceo que España jamás había visto – Él es nuestra nación, Austria, aunque me oiréis llamarle Roderich muy a menudo – el emperador se dirigió hacia España – Y os aseguro que estará encantado de acompañaros durante vuestra estancia aquí señorita España. Es un honor recibiros.
-El honor es mío – su mirada se cruzó con la de Austria y un escalofrío le recorrió el cuerpo. No le gustaba, no le gustaba la forma en la que la miraba, ni los aires de grandeza que se daba. Era un Felipe dos, y eso le asustaba más que cualquier cosa.
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Habían pasado casi cuatro meses desde su llegada a Austria, la princesa Juana ya lucía una incipiente barriga, y se pasaba el tiempo charloteando sobre los nobles de la corte con sus damas de compañía. España en cambio, se sentía más sola que nunca, más incluso que dentro del dichoso carruaje. No hablaba con nadie, ya que no conocía bien su lengua, no podía salir del castillo, porque como no conocía los alrededores podía ser peligroso. Se pasaba la mayoría del tiempo en su habitación o en la biblioteca. Gracias a Dios tenían decenas de libros en latín por lo que el leer se había convertido en una de sus actividades favoritas. La otra era investigar. Le encantaba deambular por el castillo sin rumbo, en busca de cualquier cosa interesante que pudiera encontrar. En un día de esos, en que se encontraba en algún lugar de la segunda planta del ala este, según sus cálculos, escuchó una música procedente del final del pasillo, por lo que se acercó a comprobar de qué se trataba. Abrió cuidadosamente la puerta entreabierta, y se asomó sin hacer el menor ruido. Se trataba de un coqueto salón, iluminado por dos grandes ventanales al fondo, y con poco mobiliario, a excepción de un piano colocado en el centro de la sala. En él, Austria estaba sentado y tocaba una melódica canción. Como hechizada por el sonido, España entró en la sala y se quedó en medio de esta inmóvil, escuchando ensimismada. Jamás se hubiera imaginado que Roderich fuera así, que tuviera ese lado tan sensible. Siempre que lo había visto, desprendía esos aires de superioridad que tanto detestaba, y que parecía encandilar a todas las demás. Apenas había cruzado unas palabras con él, ya que según parecía por su comportamiento, él siempre la evitaba. Un estruendoso golpe en el piano la devolvió a la realidad.
-Si vas a escuchar no lo hagas desde ahí parada, acércate – el moreno la observaba con las manos apoyadas sobre las teclas del piano. España tragó saliva y avanzó unos pocos metros – Aunque no lo creas, no muerdo. Ven, siéntate – el joven se hizo a un lado del banquillo, dejándole un hueco junto a él. La morena le miró decidida y se sentó a su lado. Estaba tensa, hasta que Austria comenzó a tocar de nuevo y cerró los ojos, permitiendo que su cuerpo se relajara por completo.
-Y bien, ¿qué te ha parecido? – abrió los ojos y vio como el joven esperaba anhelante su respuesta.
-¡Ha sido maravilloso! Tienes verdadero talento para la música. Oh, Maximiliano debe estar encantado contigo.
-Muchas gracias por tus halagos, pero él nunca me ha escuchado. En realidad eres la primera persona que lo ha hecho.
-¿Qué? ¿Es en serio? – Austria asintió - Un don así debe compartirse – el austriaco se sonrojó levemente, un gesto que a España le hizo darse cuenta de que no era el monstruo que ella se había imaginado – Sabes, a mí me gustaría saber tocar el piano tan bien como tú, pero he de conformarme con el laúd, que por cierto lo domino – ambos se echaron a reír.
-Si quieres puedo enseñarte – la morena le miró asombrada.
-¿De verdad lo harías? No quiero molestarte.
-No es molestia. Adoro la música y si puedo ayudar a que alguien la sienta como yo, estaré encantado de hacerlo – España le sonrió de oreja a oreja y colocó las manos sobre el teclado, comenzando a tocar a duras penas una sencilla melodía, desencadenando la risa del moreno.
-Vale, creo que vamos a tener que trabajar más de lo que pensaba – dijo colocando sus manos sobre las de España para enseñarle cómo se hacía. Al principio pareció no darse cuenta hasta que el sonrojo de la joven se hizo del todo notorio.
-Lo siento, no debería haberme tomado tal atrevimiento – reaccionó soltándola al instante.
-No ha tenido importancia, de verdad, solo es que estos meses he estado muy alejada de todo el mundo y bueno, no me lo esperaba… - mintió, claramente nerviosa.
-Bueno, de todas formas, será mejor que lo dejemos. No sería correcto que nos vieran a los dos solos en una habitación – Austria se levantó del banquillo, pero rápidamente España le detuvo.
-No tienes de qué preocuparte, supuestamente es como si estuviéramos casados, y además, este podría ser nuestro pequeño secreto, ¿no te parece? – el austriaco la sonrió y volvió a sentarse en la banqueta.
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Las risas que provenían del salón de música se iban haciendo más sonoras con el paso de los días. Austria había demostrado ser todo un caballero y se había convertido en un agradable amigo con el que pasar el tiempo. Había sacado a España de esa espiral de soledad en la que se había sumergido, y la había hecho sonreír de nuevo.
-Hombre profesor, ya era hora. Comenzaba a pensar que te habían secuestrado por el camino – bromeó España desde el piano. El austriaco se acercó hasta ella y se sentó a su lado.
-Perdona la demora, pero resulta que "alguien" le ha dicho a Maximiliano que toco "de maravilla" el piano, y me ha pedido que toque en la fiesta que se dará el viernes en honor al matrimonio de los príncipes y de su embarazo.
-¡Enhorabuena! – la morena lo abrazó con tanta fuerza que casi lo tira al suelo – No sabes la alegría que me das.
-Bueno, ha sido gracias a ti. Debería ser yo quien te lo agradeciera.
-¿Yo? – dijo España totalmente asombrada, como si la acusación le tomara totalmente por sorpresa – No sé de qué me estás hablando – dijo sonriéndole de oreja a oreja. Austria la miró sin evitar poner cara de embobado.
-Gracias.
-No tienes que darlas – la morena se levantó de golpe – Supongo que hoy no hay clase, ¿me equivoco?
-No, no hay. Maximiliano me ha encargado ocuparme de la llegada de los invitados, así que estos días voy a estar hasta arriba de trabajo – la morena puso cara de desilusión y volvió a sentarse en el pequeño banco – Bueno, si quieres puedes acompañarme. Aunque se celebre aquí, ambos somos los anfitriones…
-¡Por supuesto! – se le había iluminado la cara totalmente – Oye, pero, ¿no es un poco tarde para celebrar la fiesta? Es decir, llevan aquí desde hace casi cinco meses.
-La idea de realizarla surgió hace mucho, pero no es fácil encontrar una fecha en la que todos estén de acuerdo – España asintió con la cabeza en señal de entendimiento – Ven, quiero presentarte a alguien que acaba de llegar.
El austriaco se levantó y le tendió la mano para ayudarla a incorporarse. Ambos salieron al pasillo cogidos del brazo.
-Y, ¿quién es esa persona a la que tanto interés tienes en que conozca?
-No te quiero desvelar nada, solo te diré que también es una nación.
-No seas malo, dímelo – España le había dado un ligero codazo, el cual al austriaco le había hecho mucha gracia.
-No seas impaciente.
Pronto llegaron a la escalinata principal. Comenzaron a descender cuando los ojos de España se posaron sobre una mujer que se encontraba en el gran hall, y sonreía despreocupada al austriaco. Era más alta que ella, con el cabello castaño claro ondulado y mucho más largo que el suyo. Cuando estuvieron más cerca pudo distinguir que poseía unos ojos de un verde intenso, que destacaban sobre su pálida tez. Era guapísima, y España no pudo evitar sentir un pequeño golpe a su autoestima.
-Siento la tardanza, ella es de quién te había hablado – se dirigió a la morena – España, ella es Hungría, un país fronterizo al mío, y una gran amiga – la húngara se acercó y le tendió la mano.
-Es un placer conocerte. Austria no ha parado de hablarme de ti – el moreno se sonrojó ante esas palabras.
-Gracias – la contempló unos segundos más. Realmente era muy guapa, seguro que era la envidia de toda la corte. Tan pálida, con ese cabello tan largo y cuidado, y ese cuerpo tan… voluptuoso… Se sentía como una niña a su lado, tan bajita…
-¿España, ocurre algo? – la joven volvió en sí y se dio cuenta de que los dos la observaban fijamente.
-N-no nada, simplemente es que nunca antes había conocido a otro país que fuera una mujer. Creía que era la única – se esforzó por fingir una sonrisa. No quería parecer arisca la primera vez que se veían.
-Yo tampoco me lo creí cuando Austria me lo contó. Es maravilloso, estoy segura de que vamos a ser grandes amigas. Ahora, si me disculpáis, me gustaría ir a mi alcoba para descansar y acicalarme un poco. Estoy horrible después del viaje.
La muchacha les sonrió por última vez antes de comenzar a ascender las escaleras.
-Bueno, ¿qué te ha parecido? – Austria volvió a agarrarla y continuó caminando hacia la salida.
-Parece muy agradable – se limitó a decir. Aunque era cierto, se negaba a admitir su belleza frente a él.
-Lo es. Va a pasar un par de semanas con nosotros así que tendrás la oportunidad de conocerla mejor.
-Estupendo. ¿Ha venido para la fiesta?
-Sí, aunque principalmente por unos asuntos sobre unos territorios y sus impuestos – España frunció el ceño – Nada importante, no te preocupes.
-Me agrada la idea de hacer una fiesta. Tras enterarse de la muerte de sus dos hermanos, Juana ha estado con el ánimo muy decaído, y no creo que eso sea bueno para su embarazo.
-Sí, han sido dos noticias nefastas. ¿Cómo se encuentran los reyes?
-Por lo que han escrito en sus cartas, afectados, aunque lo que más les preocupa es mantener la paz con Portugal. Tras la muerte de la princesa Isabel, han decidido desposar a la pequeña María con su viudo, el rey Manuel – suspiró e hizo una pausa – No me gusta del todo el cómo están manejando a sus hijos, pero no puedo hacer nada – el joven le acarició con ternura la mano en un intento de consolarla.
-No te preocupes, ellos lo hacen por el bien común. Gran parte del trabajo de los reyes consiste en sacrificarse ellos mismos. Es el precio que pagan por el poder.
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-Oh, señorita, está usted preciosa.
España se miró en el espejo y se alegró al comprobar el resultado. Lucía un precioso vestido perfecto para la ocasión. Era de color burdeos, con un brocado negro que decoraba todo el tejido. La parte de delante estaba decorada con finos cordeles dorados que subían hasta llegar al corpiño, todo atado con el mismo cordón, dejando ver la blusa blanca que llevaba debajo. El pelo se lo habían trenzado hacia uno de los lados, haciendo que la trenza le cayera por el hombro, hasta debajo del pecho. Se veía deslumbrante, aunque sabía que eso no era suficiente para que las mujeres de la corte la aceptaran. Primero, porque era una extranjera, y segundo, porque no le perdonaban que tuviera la piel tostada. Una mujer de alta cuna no se podía ver así, ese color solo lo tenían las que trabajaban el campo, las aldeanas. Y aunque ella no lo fuera, les era suficiente para darla de lado. Las únicas que se mostraban agradables con ella eran las criadas, y no sabía con certeza si era porque la entendían, o porque era su trabajo. Menos mal que tenía a Austria, sino estaría totalmente sola.
Salió de la habitación y fue en busca de Juana. Al llegar a su alcoba le dijeron que acababa de marcharse de la mano de Felipe, por lo que salió disparada hacia el gran salón. La fiesta ya había dado comienzo y los invitados conversaban y bailaban por donde quisiera que mirara. Buscó con la mirada a Austria, y observó que estaba charlando con un par de duques, por lo que no quiso interrumpirles. Se acercó a una de las mesas en donde habían colocado la comida y se dedicó a observar el espectáculo. No entendía ni una palabra de las conversaciones que flotaban en el aire, tampoco conocía a nadie con el que ponerse a charlar, por lo que se dedicó a picotear la comida junto a ella. Divisó a Juana a lo lejos, que reía junto a su esposo. Aunque no le cayera nada bien, se alegraba por ella, porque su matrimonio, a pesar de haber sido concertado, estuviera siendo feliz. Resopló en silencio, a ella también le gustaría casarse y formar una familia, aunque sabía que eso era algo imposible. Las naciones no estaban para eso pero… le hubiera gustado tanto llegar a estar rodeada de nietos algún día…
-Disculpe señorita, ¿me concedería el honor de un baile? – el duque de Bohemia le tendía el brazo afablemente.
-Será un placer – contestó ganándose las miradas de odio de unas cuantas mujeres envidiosas.
Se unieron al resto de parejas que había en la pista y comenzaron a bailar. Colocaron palma frente a palma, sin llegar a tocarse, y empezaron a danzar en círculos. Escasos minutos después, su salvador llegó para rescatarla.
-Disculpa, ¿me permites bailar con mi… prometida? – el duque frenó en seco y se hizo a un lado para dejar al austriaco tomar su lugar.
-¿Prometida?
-Bueno, de algún modo tenía que llamarte para que ese pesado se fuera de aquí – España disimuló una sonrisa – Siento haberte dejado sola antes. Sé que las mujeres de la corte no te tratan como deberían.
-Ah, no te preocupes, también hay que entenderlas, soy una extraña que les está quitando a su príncipe.
-¿A Felipe? Entonces deberían estar disgustadas con Juana – el ritmo de la música cambió y comenzaron a girar en el sentido contrario, a más velocidad.
-Me refería a ti – el sonrojo del hombre se hizo notable.
-Si me permites decirlo, te ves radiante esta noche – la joven dirigió la vista a su vestido y volvió a mirar a su acompañante.
-Gracias. Pensé que esta noche debía lucir a la altura del momento…
El sonido ensordecedor de las trompetas interrumpió el baile por completo.
-Oh no – Austria se llevó una mano a la frente.
-¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué pasa?
-No pensaba que él llegaría a tiempo para la fiesta. Me encargué personalmente de que su invitación se retrasara unos cuantos días…
-¿Él? ¿Quién es él?
-¡Alegrar esas caras! Lo mejor de la fiesta acaba de llegar – la voz estruendosa de un joven acababa de irrumpir en la sala. España se puso de puntillas para poder mirar al recién llegado.
Se trataba de un chico joven, como de su edad y la de Austria, alto, fuerte, pero que más allá de eso, llamaba mucho la atención. Traía puestos unos ropajes muy ostentosos, que ya de por sí destacaban sobre los de los demás, pero lo más llamativo era su pelo, blanco como la nieve, o quizás ¿plateado?, con la luz de las velas no lo distinguía del todo bien. Su piel, igual o más blanca aún, parecía que tuviera luz propia por la forma en la que resplandecía, y lo más raro, iba agarrado de la mano de un niño pequeño. Una ricura a los ojos de España, rubio, un tanto regordete y con unos enormes ojos azules que se veían desde lejos.
-Austria, ¿quién es él?
-Prusia, aunque quizás te suene más el nombre de orden teutónica. Es un demente con el que estoy obligado a tratar – el austriaco se mostraba nervioso – Espera un momento aquí, por favor.
El moreno indicó a los músicos que continuaran tocando, y se abrió paso entre la multitud hasta llegar frente al recién llegado.
-Hombre, nuestro niño rico, ¿cómo has estado? Por lo que he oído, muy ocupado aumentando tu fortuna.
-Yo también me alegro de verte Gilbert – Austria no esperó respuesta y se agachó para hablar con el niño – Hola Ludwig, ¿cómo estás? Has crecido mucho desde la última vez que te vi.
-Gracias Roderich – por más que le intentaba hablar, nunc a le sacaba más de dos palabras seguidas. Una tos le hizo levantar la cabeza.
-Bueno, Austria, ¿cuándo me vas a presentar a tú… qué es? ¿Esposa? ¿Prometida? ¿Amante?
-Es la nación con la que mis reyes han decidido unirse.
-Bueno, ¿dónde está? – Prusia giró la cabeza a ambos lados esperando encontrar a la chica – Seguro que es horrible y está en su habitación escondida para que nadie la vea – Austria levantó una ceja y se marchó en busca de España.
-Austria, ¿ya has hablado con él?
-Sí, pero quiere conocerte.
-¿A mí? Ah, de acuerdo vamos.
-Espera – la detuvo – Como te he dicho está un poco mal de la cabeza así que te advierto que es posible que diga algún comentario fuera de lugar.
-Está bien, sabré reaccionar.
España le agarró por el brazo y comenzaron a caminar hacia el albino. Este se encontraba agachado, dándole al niño uno de los canapés que se estaban sirviendo.
-Bien Prusia, te presento a España – el prusiano levantó la mirada y se quedó observándola fijamente durante un rato con los ojos abiertos como platos. España se sentía incómoda al sentir su mirada clavada en ella, además de que los ojos del hombre le asustaban un poco. De lejos no los había distinguido, pero eran rojos, del color de la sangre, otorgándole un aspecto tenebroso.
-E-encantada – le tendió la mano, intentando romper el hielo que se había formado al no haber reacción alguna por parte de él.
-Lo mismo digo – dijo levantándose y estrechándole la mano - Austria sonrió para sus adentros – Bueno creo que debería ir a acostar al enano, que es tarde y está agotado por el viaje.
-Ey, yo no estoy cansa… - un bostezo le impidió concluir la frase, cosa que la mujer encontró adorable.
-Bueno, os veo más tarde – Prusia se agachó para coger en brazos al pequeño, y tras una última mirada a España, a la cual le puso los pelos de punta, se marchó de la sala.
-Pues menos mal que ha estado calmado, seguro que ha sido porque estaba Ludwig delante. Aunque es un arrogante, hay que reconocer que se esfuerza por ser un buen ejemplo para él.
-¿Quién es el pequeño?
-Ludwig es la nación del sacro imperio romano germánico. Sé que es muy pequeño, pero está creciendo a pasos agigantados. Algún día llegará a ser muy poderoso – la morena permaneció en silencio - ¿Te encuentras bien? Estás muy callada.
-Sí, sí, perdona. Es que nunca había visto a nadie como él.
-¿Albino? Es una enfermedad poco común. Normalmente es bastante peligrosa, ya que provoca serios daños en la piel, pero supongo que al ser una nación le ha afectado de manera distinta. Simplemente hace que tenga ese aspecto, nada más – la morena seguía en silencio - ¿Te ha asustado?
-Me ha impresionado un poco la verdad. Sus ojos eran… - el hombre le agarró ambas manos y las acarició con dulzura.
-Yo estoy a tu lado, no te preocupes por nada – la española le devolvió la sonrisa – Y ahora, deberíamos ir a saludar al resto de invitados, ¿te parece?
España no sabía a cuánta gente había saludado ya, pero le dolía la mano de tanto estrecharla, la cabeza le daba vueltas del mareo de ver a la gente bailar dando vueltas una y otra vez, y se sentía agotada. En el momento en el que Austria tuvo que sentarse al piano para dar el pequeño concierto, aprovechó para retirarse a su habitación. Estaba andando por el pasillo cuando distinguió una silueta en la oscuridad que se acercaba hacia ella. Poco a poco fue distinguiéndola hasta que logró reconocer a Prusia. En la oscuridad se veía todavía más temible.
-Buenas noches – logró articular sin tartamudear. El hombre no emitió sonido alguno, por lo que la chica siguió andando hasta llegar a pasar a su lado. De pronto el joven la agarró con fuerza y la colocó contra la pared, acorralándola por completo. No emitió ningún sonido, los ojos amenazantes de él la tenían totalmente amordazada.
-¿Qué estás haciendo aquí?
-Me voy a mi cuarto, estoy cansada…
-No, que qué haces en Austria – el hombre apretó su agarre.
-Acompañar a mi princesa y heredera al trono, ¿te parece una buena razón? – el hombre la observó sin apartar la vista un instante, intentado averiguar si lo que decía era cierto o no.
Al tenerlo más cerca, España pudo observarle con más detenimiento. En realidad no era tan tenebroso como le había parecido en un primer momento, todo lo contrario. Sus ojos eran expresivos y tenían un gran brillo, su mandíbula era bastante marcada, y sus labios… ¿en qué estaba pensando? El tenerlo a tan poca distancia no le estaba haciendo ningún bien y entre el mareo y el hecho de que nunca había estado tan cerca de un hombre, la estaban confundiendo. Aunque era innegable que era atractivo y mucho.
-¿Solo eso? ¿Ninguna intención más?
-¿Qué podría pretender? Los asuntos económicos y políticos son asuntos de los reyes, no míos.
-Yo creo que eres una niña rica y malcriada, y que has venido aquí para darte la buena vid… - el golpe seco de una bofetada resonó por el pasillo. El prusiano se llevó una mano a la cara mientras que España le apartaba de ella.
-Ni si te ocurra volver a hablarme así, o atente a las consecuencias.
Sin decir nada más prosiguió con su camino hacia el dormitorio, y tras cerrar la puerta de este tras de sí, se dejó deslizar hasta el suelo. Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas, y enterró su rostro en las rodillas.
Ese no era su lugar, ni lo sería nunca.
Bueno pues hasta aquí el capítulo. Siento la tardanza pero estoy con todos los trabajos de final de cuatrimestre de la universidad y es difícil sacar tiempo para hobbies.
Sobre la historia: realmente no hay mucho que contar ya que no he avanzado en el tiempo. Este capítulo está situado en el año 1498. Es un poco cómo comenzó el matrimonio de Juana y Felipe, maravilloso al principio, pero que luego se volverá un desastre, en parte por la locura de Juana, como por la actitud de Felipe. Juana está embarazada de su primera hija, Leonor, que nació a finales de ese mismo año. Sobre Prusia, en realidad en estos años todavía no era llamado así, fue un poco posterior, a principios de 1500 cuando el nombre se le cambió, así que por eso he puesto lo de "quizás lo conozcas como" para mostrar que el nombre aún no estaba cambiado oficialmente. Hungría, todavía en este momento no estaba unida a Austria, fue un poco más tarde, por lo que la he situado como una amiga de este. Se me olvidaba, el Gonzalo que aparece al principio del capítulo es Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el gran capitán por su excelencia en las distintas guerras de Castilla y Aragón en las que participó.
En el siguiente capítulo avanzará más la historia. Reyes morirán y reyes nuevos nacerán.
Sobre el capítulo: lo único que me gustaría aclarar es la actitud de España. Aunque es un imperio y todo eso, quería resaltar que es una chica que representa unos dieciocho años, que se ha ido a un sitio en el que no conoce a nadie y en el que no se habla su idioma, así que creo que es normal que esté un poco asustada, aunque eso no quita que tenga carácter, como se ve en la bofetada que le ha dado a Gilbert xD.
Como siempre muchas gracias por leer y nos vemos en el próximo capítulo.
PD: siento las posibles faltas de ortografía.
PD2: los reviews y los favs me gustan mucho.
