Capítulo 3
Cuatro días desde la caída de la Venganza sobre San Francisco
10.50 am
La proa de la Enterprise tocaba la tierra de una forma antinatural en una nave espacial. Casi una cuarta parte de sus lustrosas cubiertas blancas habían desaparecido dejando que inmensos boquetes sesgasen las cubiertas. De vez en cuando la nave era surcada por temblores que hacían gemir el metal de la estructura. El sonido retorcía las entrañas de Scotty, que observaba el desastre desde el exterior de la nave.
El ingeniero estaba casi a un kilómetro por lo que podía apreciar la inmensidad de los daños estructurales que la nave había sufrido. Aún sin tener los informes ante él, sabía que las reparaciones podrían llevarle semanas, meses. La magnitud de los destrozos era tal que, por primera vez en años, el ingeniero no sabía por dónde empezar.
Se frotó los ojos con cansancio.
–Scotty, minos mal qui ti incuentro– Chekov llegó a paso ligero hasta él y le tendió un padd–. Nisisito qui firmes las pitisiones di matiriales para la nave.
–¿Peticiones? ¿No las ha autorizado Spock?
–Il comandiante istá con il doctor McCoy, qui ia ha inisiado il tratamiento dil kepitain. Dijo qui empleásemos todo aquello qui nicisitásemos en su ausencia, siempre y cuando tú estuvieses di acuerdo.
Repasando el contenido de la lista de materiales por encima, Scotty lo firmó, y le devolvió el padd al ruso.
–¿Vienes?
–Tal vez luego Chekov.
La negativa del ingeniero a regresar a su amada nave hizo que Chekov se pusiese en alerta.
–¿Qui susede?
–Nada, vuelve a la nave tranquilo muchacho.
–Nio puedo rigrisar tranquilo cuando el inginiero jefe de mi nave no quiere ir al lugar qui más ama dil mundo.
–Tenemos tanto que hacer que aún no sé cómo vamos a organizarlo. Alzar la nave de nuevo será una labor… casi utópica.
–¿Qui quieres disir?
Scotty se cruzó de brazos y volvió a recorrer con su mirada el perfil de la Enterprise.
–Mírala bien Chekov: hemos perdido un total de seis cubiertas, más de doce toneladas de estructura, una barquilla. Todo el sistema de refrigeración. Por no hablar de los motores, que han quedado completamente destrozados.
–Intiendo qui los daños son cuantiosos, io mismo puedo verlo. Pero has errado en uno di ellos: il motor de la Intirprais está siendo reparado ahora mismo por il doctor McCoy– las palabras de Chekov, su tono duro, hizo que Scotty le mirase con sorpresa–. Il motor de nuestra nave es el kepitain Kirk, y estoy siguro di qui il doctor lo traerá de vuelta y, cuando eso suceda, lo que más deseará nuestro kepitain será volver a ver su hogar– el ruso señaló hacia el lugar dónde yacía la Enterprise–. Y dispués di todo lo qui il kepitain ha hecho por nosotros no voy a permitir qui esto sea lo qui él vea.
El joven dio media vuelta y echó a andar hacia la nave sin mirar hacia atrás. Scotty observó con una mezcla de estupor y orgullo los pasos del navegador. Sabía que mientras él había dudado, Spock había urdido un plan junto con Sulu para llevar al capitán a un lugar seguro en tierra firme mientras Uhura se encargaba de mantener a raya a la flota y Chekov se ocupaba de la nave. Todos estaban dando lo mejor de si mismos en ausencia de su capitán. Repasó lo que Chekov le había dicho y se maldijo mentalmente por haberse dejado caer en la desesperación con semejante facilidad: Si Jim estuviese en su situación no sólo no habría dudado sino qué, con temple, habría iniciado la reconstrucción de la nave.
Sin más dilaciones, el ingeniero siguió los pasos de Chekov hasta la nave. Subiendo por una de las escaleras de emergencia que habían tenido que instalar, Scotty llegó al centro de la ingeniería, lleno de bullicio a pesar de su ausencia en las últimas horas. Buscó el origen de semejante actividad y se encontró con el joven ruso en el epicentro de todo pues este estaba organizando a los ingenieros por grupos según sus cualificaciones y aptitudes, repartiendo las tareas, indicando a dónde debía ser dirigido el material que llegaba…
Se acercó hasta el ruso, ganándose su atención.
–Mi alegra ver qui ha disido rigrisar a la nave señor Scotty– con una sonrisa, el navegador se cuadró ante él.
–Y a mi comprobar cómo durante mi ausencia nada se ha detenido.
–Ia le dije qui no voy a dijar que il kepitain vea su hogar así.
–¿Y por dónde se te ha ocurrido empezar?– quiso saber el ingeniero acercándose al padd que el joven blandía.
–Por la istabilisasión estructural. Podríamos riparar la nave con maior vilosidad en el puerto ispasial. Pero para ievar a la nave fuera di la atmósfera nisisitamos qui esta ailla recuperado todos sus sistemas di control.
Dándole una palmada en la espalda, Scotty asintió.
–Bien pensado muchacho. Si me permites seguir tus consejos e indicaciones, me pondré manos a la obra de inmediato.
–Adiliante siñior Scotty: Siempre adiliante.
11.20 am
Enseñando su identificación Spock logró entrar en la sección médica del EFIT, se plantó ante una de las puertas de cuidados intensivos, tecleó su código de acceso, y la puerta metálica se abrió permitiéndole el paso a la habitación dentro de la cual seguía trabajando el doctor McCoy. A diferencia de los cuatro días anteriores, el doctor no se cernía sobre un criotubo sino sobre el cuerpo de su capitán. La piel de Jim parecía translúcida, y una veintena de cables salían de su cuerpo. Un campo de oxígeno había sido dispuesto sobre su pecho, y media docena de monitores vertían diferentes datos acerca de sus ondas cerebrales y cardiacas, datos que eran analizados por un incasable McCoy. Spock hizo cálculos y concluyó que durante las últimas noventa y seis horas el médico había trabajado sin apenas descanso, empujado por una obstinación que nunca antes había visto en el humano.
–Buenos días Leonard– dijo anunciando su presencia–. ¿Cómo está el capitán?
–Todo lo bien que cabría esperar– gruñó el médico rascándose la barba negra que cubría la piel de sus mejillas–. Le he administrado la última dosis del suero hace siete minutos. Según las simulaciones debería comenzar a mostrar signos de actividad vital propia dentro de dos a cuatro horas.
–Es una buena noticia.
–Eso espero– murmuró el médico–. ¿Cómo están las cosas ahí fuera?
–Todo lo bien que cabría esperar tras los acontecimientos. Los almirantes tienen previsto comenzar los interrogatorios a la tripulación hoy mismo. Empezarán por los civiles, luego seguirán los soldados, los tenientes y, por último, los oficiales.
–Estupendo, cómo tengo tanto tiempo libre me imagino que puedo permitirme el lujo de pasar seis horas respondiendo a gilipolleces– dijo Leonard.
–Sé que es lo último que deseas mientras prosigues con el tratamiento del capitán, pero es necesario, y sobre todo, vital que las informaciones de los que sabemos lo ocurrido en el núcleo warp con Jim concuerden.
–En eso tienes razón– dijo Bones a regañadientes–. ¿Tienes ya algo pensado?
–Sí.
Leonard escuchó con atención el relato que Spock había ideado para que todas las versiones del accidente, vistas desde los puntos de vista de todos los que habían conocido la muerte de Jim, coincidiesen. El médico no tuvo problemas en ajustar los últimos minutos tras el incidente del núcleo warp y repitió la historia ante el Vulcano para que este certificase que estaba todo en orden.
–He de regresar a la nave– dijo Spock mirando hacia la cama en la que Jim proseguía sin dar signos de mejora alguna–. Si el capitán…
–Te informaré ante cualquier novedad.
Médico y comandante inclinaron la cabeza, despidiéndose con el improvisado gesto de reconocimiento mutuo.
11.30 am
La flota había dispuesto para Uhura de un despacho en el edificio centra de la sede en San Francisco. Al principio Uhura había declinado la oferta, pero tras arreglar el traslado de Jim al EFIT había tomado posesión del despacho para, desde allí, controlar todos los mensajes entrantes de la flota para con cualquier miembro de la Enterprise. Haciendo uso de todos sus recursos, la oficial había diseñado un complejo sistema que hacía que cada mensaje entrante o saliente de cualquier miembro de la tripulación pasase antes por sus manos sin que la Federación lo supiese. Hasta el momento no había tenido que interrumpir ninguna comunicación, ni mucho menos manipularla, pero si llegado el caso tuviese que hacerlo para mantener el secreto de lo acontecido en el núcleo warp la mujer no iba a dudar.
Estaba absorta en redactar una respuesta para el almirantazgo, en relación a los avances de reconstrucción de la nave, cuando una luz roja se iluminó en su panel de comunicaciones.
Con una rapidez digna de su pareja vulcana, Uhura se abalanzó sobre el comunicador pues llevaba tres días esperando aquella señal. Tecleó con rapidez varias secuencias numéricas en el comunicador, para abrir una vía segura, y permitió que la comunicación se estableciese.
Uhura vio como el rostro de una mujer aparecía en la pantalla, pero no la recordaba tan ajada. Sin duda alguna ya había recibido las primeras noticias.
–Uhura qué…
–Antes de nada debo advertirle que estamos en un canal confidencial y, aún así, no puedo extenderme todo cuanto querría, comandante Kirk.
Con un leve asentimiento, Winona le hizo saber que comprendía lo que quería decir: iba a darle información, pero sólo aquella que pudiese ser escuchada por oídos indiscretos.
–Mi nave ha salido del espacio profundo hace cuatro horas– comenzó a explicar Winona–. Justo en ese instante las comunicaciones desde la Tierra llegaron al puente informándonos de que Marcus había ido contra la Enterprise– los labios de la mujer se fruncieron en un claro gesto de contención–. He tratado de ponerme en contacto con Jim, pero me han remitido a ti.
–Comandante, durante la batalla contra la Venganza nuestra nave tuvo que hacer frente a grandes desperfectos. El capitán lidió con todos y logró evitar una catástrofe aún mayor de lo que ha supuesto la caída de la Venganza sobre el centro de San Francisco. Durante la batalla el capitán Kirk sufrió severas heridas que requieren de un intensivo tratamiento por parte del doctor McCoy. Le aseguro comandante que el doctor está haciendo todo lo posible, e imposible, por ayudar a su hijo.
La oficial de comunicaciones vio como el dolor ensombrecía el rostro de la mujer ante ella.
–Entiendo…– Winona tomó aire–. Voy a solicitar un transporte de emergencia hacia la Tierra, pero tardaré ocho días en poder llegar. Puedes avisar a…
–Sam ha sido avisado hace tres días. Esperamos su llegada en cuestión de horas.
–Gracias teniente.
–Si ocurriese cualquier cosa le avisaré.
Winona asintió y cerró la comunicación.
18:01 pm
Bones estaba sentado en un sillón junto a la cama de Jim. Durante las primeras horas de vigilia se había mantenido tenso, erguido ante cualquier posible cambio en la condición de su amigo; pero con el paso del tiempo el temor a que algo hubiese salido mal iba haciendo mella en su voluntad.
¿Y si el suero no estaba funcionando?
Apoyando los brazos sobre la cama, Leonard dejó que su cabeza descansase sobre ellos. Su vista estaba a la altura del vientre de Jim pero alcanzaba a ver parte de la pared del lateral de la habitación.
El médico no pasó por alto la pérdida de peso que el cuerpo de su amigo ya había experimentado en apenas tres días tras la salida del éxtasis criogénico. Si sus cálculos eran correctos su recuperación en la zona de cuidados intensivos le iba a hacer perder aún más peso. Aunque para que aquello sucediese el suero debía funcionar, y ya llevaba casi seis horas de retraso según sus peores previsiones.
¿Y si Jim no lo lograba?
Un nudo atenazó la garganta de Leonard que parpadeó con fuerza para alejar los rastros de lágrimas de sus ojos. En uno de esos parpadeos todo su ser se congeló. Clavando la mirada en lo que sus ojos veían esperó…
–¡Por todos los cielos!– exclamó levantándose de pronto, tirando la silla con su ímpetu. Se aproximó aún más a Jim, y posó su mano sobre su pecho para cerciorarse de que lo que había visto no era una ilusión.
Y no lo fue: lentamente el pecho de Jim se hinchó, apenas unos milímetros, los necesarios para que sus pulmones cogieran un soplo de aire; una ínfima cantidad que estaba muy lejos de permitir que Leonard quitase el campo de oxígeno del cuerpo de su amigo, pero la suficiente para que el médico estallase en carcajadas.
El alborto hizo que Christine entrase.
–¿Leonard?
–¡Respira! ¡Ha comenzado a respirar!–Leonard rió antes de fijarse en los paneles de control situados alrededor de la cama. Señaló uno de ellos–. Sus pulmones responden– su dedo índice pasó a otra pantalla–. Y el corazón ha recuperado un cuatro por ciento de su autonomía, Pásame mi padd.
Perpleja ante lo información que acababa de darle Leonard, Christine se acercó al médico pasándole su padd y comprobando por si misma como las lecturas del estado de Jim comenzaban a mostrar signos reales de que este estaba vivo.
–Oh Leonard… Lo has conseguido…
–La primera parte sí pero aún nos queda mucho– el médico tecleó varias órdenes en el padd–. Quiero un análisis de la saturación de oxígeno cada treinta minutos, lecturas de las ondas cerebrales cada quince, y un control de sangre cada dos horas. Y…– rebuscó en los bolsillos de su uniforme–… ¡maldita sea! Tráeme un comunicador, tengo que informar a Spock de inmediato.
18.27 pm
Junto con Sulu, Spock revisaba las estaciones del puente de mando de la Enterprise.
–Vamos a necesitar cableado eléctrico– musitó Sulu sacando las tripas del panel de control de seguridad–. Unos cincuenta metros.
–Entendido– Spock lo anotó en su padd y prosiguió con su propio estudio, que fue breve ya que Uhura entró en el puente.
–Ya he podido hablar con la comandante Kirk, viene hacia aquí. Y Sam aterrizará en una hora y veinte minutos en el puerto secundario de la academia.
–¿Le has dicho algo a la comandante?
–Sólo que Jim estaba bajo los cuidados de McCoy.
–Has hecho bien– le aseguró Spock.
–También tengo novedades del almirantazgo, ya han comenzado los interrogatorios– dijo Uhura saludando con la cabeza a Scotty y Chekov que acababan de llegar–. Sulu, tú y Pavel debéis presentaros a las dos mil cien en el edificio de inteligencia. Scotty, tú y yo tenemos que ir a las trescientas horas de mañana. Leonard a las seiscientas, y tú Spock a las ochocientas.
Todos asintieron sin pronunciar palabra alguna pues eran conscientes de que aquel era uno de los últimos pasos para mantener lejos de la opinión pública el secreto de lo acontecido en el núcleo.
El comunicador de Spock sonó sobresaltando a todos. El Vulcano lo activó y lo alzó hasta su oreja.
–Está respirando.
Aunque llevaba horas esperando aquella noticia, las dos palabras que Leonard McCoy había pronunciado robaron el aliento de Spock, un hecho que se ganó la atención del resto de la tripulación alfa allí presente.
–¿Spock?
–Te oigo Leonard, yo sólo… estaba asimilándolo. Me encargaré de comunicárselo a la flota de inmediato. Iré en cuanto pueda.
Cerrando el comunicador, Spock miró uno a uno a sus compañeros y, por primera vez desde que estos le conocían, se permitió esbozar una pequeña sonrisa.
–El capitán ha respondido al tratamiento.
19.05 pm
Después de seguir la evolución de Jim durante las últimas horas, y de ver el aumento en su frecuencia respiratoria, Leonard se permitió un descanso y anunció a Christine que iba a su despacho.
Cerrando la puerta tras él, Leonard paseó por la sala con paso calmo, casi cómo si nunca antes hubiera estado allí. Al acercarse a la mesa, las yemas de sus dedos se deslizaron sobre la superficie de la pulida madera.
"El corazón de Jim ha vuelto a latir…"
De pronto, se abalanzó sobre la mesa derribando todo su contenido. Tomó la lámpara auxiliar y la arrancó lanzándola contra una de las paredes.
"… sus pulmones comienzan a funcionar…"
La silla en la que solía reclinarse cuando estaba haciendo informes se cruzó en su camino, recibiendo una patada que la hizo chocar contra el mueble en el que guardaba las historias médicas de sus pacientes en soportes individuales.
"…Jim va a vivir…"
Los pocos papeles que habían tenido la desgracia de encontrarse en el despacho del médico sobre la mesa fueron despedazados, así cómo dos cuadros acabaron en el suelo, con la tela desgarrada.
"… pero…"
Finalmente, tras cuatros minutos destrozando todo lo que quedaba a su alcance, Leonard se dejó caer al suelo de rodillas sollozando pues en algún momento que no recordaba había comenzado a llorar. Una presencia se cernió sobre él antes de agacharse a su lado para pasarle un brazo sobre los hombros.
–Has hecho un grandioso trabajo.
–Pero… por un momento… creía que le había perdido para siempre.
Al pronunciar en voz alta su mayor temor, los sollozos del hombre se convirtieron en llanto.
–Y aún así lo has traído de vuelta a su sitio: junto a nosotros.
Si Leonard no hubiese estado completamente emocionado se habría dado cuenta de lo extraño de la situación pues quien le consolaba era nada más y nada menos que Spock que con una delicadeza antinatural, le abrazó.
El calor del Vulcano reconfortó al médico que en aquel momento sentía todo su ser helado ante la magnitud de todo lo que acababa de suceder en la última semana, hechos que por fin su mente comenzaba a asimilar.
Nota: Gracias a todos y todas por vuestros comentarios acerca del fic, realmente me alegra ver la acogida que está teniendo. Quiero darle especialmente las gracias a Sogni por sus alentadoras palabras.
Un abrazo para todos!
