¡Uf! ¡Cuánto tiempo sin actualizar este fic! Probablemente me odian, lo lamento. La verdad había perdido el hilo, no tenía idea de cómo seguir. Estaba atascada. Espero me perdonen. Intentaré seguir actualizándolo siempre que pueda, experimentemos a ver a dónde llega esta historia y qué final tendrá. Muchas gracias por seguirla. Aquí les dejo el próximo capítulo.
Te Veo
—¿Ya no vas a hablarme? —inquirió la voz masculina desde otra habitación.
La niña se aferró a las mantas de su cama en la oscuridad de su cuarto.
—Ya has dejado bastante claro que no tienes nada que decirme, ¿por qué debería hablarte yo? —respondió con voz seca una mujer.
—Sabes bien que lo hago por ustedes —dijo él, arrastrando las palabras.
—¡No! —exclamó ella—. No tenías derecho a decidir por nosotras, ¡jamás habríamos elegido lo que tú!
—Baja la voz, mujer, vas a despertar a Kagome.
La niña se tapó los oídos. ¡Ya no aguantaba más!
—¿Ahora te importa tu hija?
Una cachetada resonó en toda la casa.
—Kagome, ¿podrías ayudarme a colgar todo esto?
La joven azabache parpadeó repetidas veces, volviendo al presente. Era Sango quien le hablaba, sosteniendo un montón de ropa húmeda. De inmediato se puso de pie, sacudiéndose la arena de los pantalones, y le quitó la mitad de lo que llevaba para cargarlo hasta el improvisado tendedero que hicieron con las ramas más grandes que encontraron.
Cuando —con la ayuda de Inuyasha y Sesshomaru, los dos platinados— llegó con las maletas al campamento, todos se alegraron. La gran cantidad de ropa y otros artículos que aquellos bolsos contenían eran muy útiles para todos y les haría la estadía varados en la isla un poco más llevadera. Aquél día todos parecieron despertar con más optimismo y energía. Pronto se pusieron a trabajar, haciendo un área donde todos pudieran acampar más cómodamente, no como la noche anterior. El único que no parecía tener intención de ayudar era el platinado mayor, Sesshomaru.
Aquella mañana, cuando los encontró a ella e Inuyasha hablando el la playa, se limitó a acercarse, tomar un par de maletas e informar que las llevaría hasta el campamento. Ya se había notado ella de que él no era una persona muy comunicativa, pero era ahora que se daba cuenta de que era lo suficientemente egoísta o poco colaborador como para quedarse parado viendo el océano mientras todos trabajaban. ¿Qué tanto tenía que pensar? Sí, todos estaban en shock, pero aún así ayudaban.
—Hola, señoritas.
Ambas voltearon al mismo tiempo. Se trataba de Miroku, que llevaba una mochila al hombro.
—Hemos decidido ir a investigar los alrededores para ver si encontramos agua. Las pocas botellas que teníamos se están acabando demasiado rápido y no tenemos muchos hombres en condiciones de una caminata.
No hizo la pregunta explícita, pero ambas comprendieron perfectamente lo que les estaba pidiendo. Los ojos azules de Kagome chocaron contra los marrones de Sango, para luego asentir al mismo tiempo.
—Iremos —afirmó Kagome.
—Bien. Tomen una mochila y metan la mayor cantidad de botellas vacías que puedan. —Miró hacia la selva—. Partiremos enseguida para que no nos tome la noche.
Así se marchó, dejando a ambas mujeres solas. Kagome miró a Sango con una mirada preocupada que la castaña no entendió. Parecía que todos estaban buscando la manera de adaptarse a aquél nuevo entorno. Estaban construyendo chozas (si es que se les podía llamar así), ahora buscaban una fuente de agua… Pero claro, necesitaban sobrevivir hasta que llegara algún rescate y sólo estaban buscando la forma de que la espera fuese más cómoda y segura.
—Ve a buscar tu mochila, Sango. —Le pidió Kagome—. Enseguida te alcanzo.
La castaña asintió y se dirigió hacia un montón de bolsos y objetos resguardados por una techumbre de palitos y largas hojas, de la cual sacó una mochila vacía. Mientras tanto, la azabache se dirigió hacia el otro lado del campamento.
Lo encontró construyendo algo así como una choza con ramas gruesas y una especie de tela que parecía impermeable. Los músculos de su espalda desnuda tensándose cada vez que alzaba los brazos o levantaba algo. Seguía sorprendiéndole, ¿cómo podía ser que no tuviese ni un solo rasguño? Ella seguía resintiendo fuertemente su herida en el abdomen y casi todos habían salido heridos de alguna forma. Chico suertudo, pensó.
—¡Inuyasha! —Le llamó. El aludido dejó su labor y se volteó a mirarla—. Saldremos de excursión en busca de agua, ¿te gustaría acompañarnos?
—Seguro.
Se agachó y tomó una camiseta, que se puso rápidamente.
—Bien. Lleva una mochila y busca la mayor cantidad de cosas que podamos usar para traer el agua. Partiremos enseguida.
—Yo también iré.
Ambos voltearon, encontrándose con Sesshomaru acercándose a ellos con elegancia. Hasta que se dignó a hacer algo, pensó ella. No dio tiempo a que le dijeran nada y se dirigió a buscar una mochila. Kagome decidió que lo mejor era restarle importancia a su comportamiento y se alejó de allí hacia el lugar donde había hecho una improvisada choza con unas ramas y una tela impermeable que habían encontrado.
—¡Shippo! —llamó, sin entrar.
El pequeño se asomó con cara adormilada por la entrada. Se sintió culpable por despertarlo, el pobre debía estar muy agotado, tan sólo era un niño.
—Perdóname por despertarte. —Se agachó a su lado—. Iré con un grupo a buscar agua, así que no te asustes si no me ves cerca. Si necesitas cualquier cosa, busca a la anciana Kaede, ¿sí?
La anciana Kaede era una mujer mayor a la cual conoció gracias a que le ayudó con las ropas de las maletas que trajo aquella mañana. Era sumamente amable y parecía saber mucho, le agradó de inmediato. Además, era bastante fuerte. A pesar de la magnitud del accidente, había quedado menos herida que muchas personas y se mantenía calmada y optimista. Si a alguien le confiaba el cuidar a Shippo, era a ella.
El pequeño niño pareció asimilar sus palabras a medida que recobraba la lucidez. Al principio, el miedo pareció reflejarse en sus ojos, pero asintió.
—Cuídate, por favor, Kagome. —Le susurró con su voz infantil.
—Claro, Shippo. No nos alejaremos mucho. —Le sonrió.
Lo dejó seguir durmiendo dentro de la tienda. El grupo que iría por el agua ya se estaba reuniendo en la linde de la selva, pero ella aún tenía que hacer otra parada. Caminó con dificultad por la arena hacia el otro lado del campamento. Los tumbos que el terreno irregular la hacían dar provocaban que la tela que tenía amarrada a la cintura rozara constantemente su herida, lo que no ayudaba mucho a que esta cicatrizara correctamente. Dolía, pero había estado tan ocupada todo el tiempo que casi no la sentía. Sólo intentaba tener cuidado para que no se abriera de nuevo. Sin embargo, no era ni de lejos la peor.
Hizo una mueca en cuanto llegó a su destino. El hombre de tez bronceada estaba despierto, mirando al cielo con sus ojos zafiros. Su largo cabello negro se le pegaba a la cara a causa del sudor y la venda que le había puesto la noche anterior en el brazo ya estaba ensangrentada de nuevo, aun que no tanto como la última vez.
—¿Cómo se siente, joven? —Se arrodilló junto a su cuerpo.
Él la miró seriamente a los ojos, luego una sonrisa casi arrogante se plasmó en sus labios.
—He estado peor —susurró con voz pastosa.
Ella sonrió, contenta de que al menos pudiera hablar coherentemente. La noche anterior tenía la fiebre tan alta que hasta eso lo dificultaba. Analizó la venda improvisada que había hecho con tela de su camisa: aguantaría un par de horas más. No quería quitarla hasta no tener agua para limpiar la herida.
—Dime, ¿cuál es tu nombre? —preguntó él.
—Soy Kagome.
—Kagome… —Casi parecía que degustaba su nombre—. Yo soy Kouga.
Ella sonrió. Llevó su mano a la frente de él, notando que claramente la temperatura había disminuido.
—¿Cuántos somos? —preguntó él entonces.
—No estoy segura exactamente, poco más de veinte.
Él cerró los ojos con fuerza y asintió. Lo entendía, era una cifra fuerte pensando en la cantidad de personas que iban en el avión. No era un vuelo pequeño.
—¡Kagome! —Escuchó que la llamaban. Volteó, era Sango—. ¡Ya debemos irnos!
—¡Ya voy!
Miró al joven frente a ella.
—Volveré en un par de horas con agua, Kouga. Por favor, no intentes levantarte.
Las comisuras de los labios de él se alzaron levemente.
—No te preocupes, no iré a ningún lado.
Minutos después de que se unió al grupo, ya estaban todos en marcha. Miroku lideraba el camino junto a otros dos hombres cuyos nombres no sabía, Sango iba con ella, pasos atrás Inuyasha las seguía y, tras todos, de último, iba Sesshomaru. La maleza era tupida y muchas raíces de árboles y plantas extrañas sobresalían, haciendo que tuvieran que estar muy atentos para no tropezar. La visibilidad también se veía afectada, ya que las copas de los árboles eran tan tupidas que no se filtraba mucha luz solar entre las ramas. Sin duda, el camino sería agotador.
Lo cierto era que, después de hora y media de caminata por ese terreno irregular, lo único que querían era descansar, pero no podían permitírselo. El día avanzaba rápidamente y, si no se apresuraban, anochecería antes de que pudieran salir de la selva.
Kagome suspiró. ¿Quién le habría dicho que se vería en esa situación? Al menos, podía dar gracias por estar viva. Lo que más le preocupaba era que seguro que en todo el mundo los darían por muertos en ese momento. ¿Qué diría su familia? ¿Y Kate? ¿La daría también él por muerta? Esperaba que sí.
Estaba tan distraída en sus pensamientos, que no notó una raíz que sobresalía del suelo. Soltó un gritito al sentir que caía, el cual se detuvo abruptamente cuando alguien la sostuvo, evitando el golpe justo a tiempo.
—Ten más cuidado. —Le dijo Inuyasha, soltándola en cuanto se puso de pie nuevamente.
—Sí, gracias.
En ese momento que miró a Inuyasha, captó algo de reojo. Sesshomaru estaba unos metros más atrás, mirando hacia su izquierda fijamente. Entonces, sin previo aviso, se adentró hacia ese lado de la selva. ¿Qué era? ¿Qué había visto?
Corrió hacia el punto donde él se encontraba hace unos momentos y vio hacia la dirección en que se fue. No veía nada, ni siquiera a Sesshomaru.
—¿Qué haces, Kagome? —gritó Sango. Todo el grupo se había parado a verla.
—¡Esperen aquí! —Les pidió.
Dicho eso, y sin darles tiempo a replicar nada, se adentró por donde lo había hecho el platinado mayor tan sólo segundos antes. ¿Dónde estaba él? No lo veía por ninguna parte.
—¡Sesshomaru! —exclamó al aire. La verdad, no se imaginaba al ojidorado respondiendo a su llamado, pero nada perdía con intentarlo.
La zona por la que avanzaba se volvía cada vez más espesa, obligándola a apartar las ramas de los árboles con cada paso que daba. ¿Cómo era posible que Sesshomaru hubiese atravesado todo eso tan rápido? De pronto, contra todo pronóstico, los árboles cesaron. Frente a ella había un pequeño lago y allí, agachado junto a la orilla, Sesshomaru llenaba una botella.
—¿Cómo…? —murmuró, incapaz de completar la frase.
El platinado se volteó a verla con una expresión carente de emoción, a la vez que guardaba la botella en su mochila.
—¿Qué haces ahí parada? ¿Acaso no viniste a buscar agua?
Su voz profunda la hizo salir de shock. Lo que realmente quería preguntarle era: ¿cómo supo que había agua allí? Lo había visto determinar la dirección por la que debía ir con tal seguridad, que no le cabía duda de que no había sido casualidad. Sin embargo, se quedó callada. No importaba eso, lo importante era que habían encontrado agua. Se agachó junto a él y comenzó a cargar las botellas con agua. Cuando ya llevaba un par, Sesshomaru se detuvo.
—Es suficiente —dijo con voz ronca y barítona—. ¿Qué pretendes reteniéndonos aquí?
Su voz sonó mordaz y amenazadora. Había algo tras sus palabras que no había dejado explícito y ella no era capaz de entender.
—¿De qué hablas? —No entendía. ¿Qué quería decir con que «los retenía»?
Él la miró fijamente. Podía sentir como su mirada la atravesaba. Dos lanzas doradas que se clavaban en sus ojos azules. Sesshomaru apretaba con fuerza la botella que tenía en la mano, que sólo por obra y gracia del Señor aún no explotaba. Su expresión era claramente enojada.
—¿Estás diciendo que no sabes a qué me refiero?
—Pues, no. —Lo miró con el ceño fruncido. ¿Por qué sentía que él sabía algo que ella no?
Estaba a punto de preguntar, cuando un grito llamó su atención.
—¡Kagome! —Era la voz de Sango. La estaba buscando.
—¡Por aquí! —gritó, esperando que pudieran seguir el sonido de su voz—. ¡Hay agua!
No tardaron mucho en llegar al lago. Las caras de todos se iluminaron al ver esa gran fuente de agua dulce. Enseguida se pusieron a llenar botellas, aprovechando de beber también.
—Este lago nos será muy útil, ¿cómo lo encontraron? —preguntó Miroku, luego de beber una botella completa.
Kagome negó con la cabeza e indicó al platinado mayor.
—Yo sólo seguí a Sesshomaru, él fue quien lo encontró.
Todos lo miraron con admiración y sorpresa.
—¿Cómo lo encontraste? —preguntó Sango.
—Lo escuché —contestó simplemente él. Estaba a un lado del grupo, apoyado contra el tronco de un árbol.
—Pero qué astuto eres, Sesshomaru —dijo uno de los hombres cuyos nombres no sabía. Su tono era meloso, extraño. El aludido le dirigió con una mirada asesina. A Sesshomaru tampoco le había gustado su tono.
—Tienes toda la razón, Naraku —corroboró el otro hombre con una sonrisa. Éste sí parecía un chico común y corriente. Habló con un tono desenfadado, como si no tuviera problemas. En cambio, hasta la apariencia de Naraku era extraña. Era tan pálido como una hoja de papel y su cabello era tan negro como la noche. Su ojos tenían un color marrón tan peculiar, que se veían rojizos, dándole un aspecto muy extraño.
Decidió no darle importancia, ya que no podía juzgar a un libro por su portada. Además, había prestado su ayuda para ir a buscar agua, por lo que no podía ser una persona de malas intenciones.
—Iré a marcar algunos árboles para no perdernos la próxima vez que vengamos —avisó ella, y volvió por el camino por el que llegaron.
Marcó uno, dos, tres árboles con una roca que encontró en el suelo, hasta que notó un árbol de apariencia extraña. Su madera era especialmente oscura, pero poseía unas marcas poco naturales de un color más claro. Eran líneas, un montón de líneas amontonadas de forma extraña Entonces lo notó: se trataba de letras.
Sintió cómo su corazón se aceleró al comprender el mensaje tallado de manera bruta sobre la corteza. Sus manos sudaban frío, se sintió débil y sus rodillas cedieron. No podía creer lo que aquello rezaba:
Aún te veo, Kagome.
