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"De viajes, envidias y licores"
Cuarta Parte
EL REGRESO
Y henos aquí en esta última parte de la historia, gracias por acompañarme en este viaje, sin más, los dejo con el desenlace.
Buscando con qué distraernos del fiasco del restaurante nos dirigimos a la iglesia, al arribar a la puerta nos percatamos que estaba cerrada. ¿Cuándo han visto la casa de Dios cerrando las puertas? Supuse que en aquel lugar Dios se tomaba muy en serio el día de descanso.
Buscando entrar mi prima miró por una ventana, dijo haber visto al pastor sentado mirando el Super Bowl en el televisor y que quizá ese era el por qué había cerrado, sí que era un pastor "devoto", así que fuimos a recorrer la pequeña plaza de lo que era el centro del pueblo; todos los locales y tiendas estaban cerrados —sí que le tomaron la palabra a la biblia o al football en este caso—. Así que decidimos ir a buscar algo típico como postre o algo con que entretener nuestros insatisfechos paladares. Regresamos al auto y mi prima condujo sin rumbo en busca de —por mayoría de votos— una panadería. Michiru se adentró en las minúsculas calles que rodeaban la plaza principal y sin éxito recorrió cada rincón por esos angostos pasadizos sin indicaciones donde sólo entraba un vehículo, aventurándose a circular esperando que ninguno fuera en sentido contrario, hasta que al dar vuelta a la izquierda se enfrentó con ese temor. Un automóvil blanco de vidrios polarizados se le venía encima a mediana velocidad. Por un instante en mi mente se me figuró un toro enardecido preparándose para embestir, más al ver que mi prima llevaba recorrida la mayor parte del trayecto, el conductor del auto blanco dio marcha atrás y le cedió el paso.
Después de ese último encuentro decidimos salir de la ciudad, o más bien: pueblo.
Regresamos a casa por la misma ruta. Miré un rato por la ventana y pensaba en Usagi, pensaba mucho en ella. Y como ya conocía el camino y el crepúsculo se acercaba peligrosamente, decidí leer un rato mi ya casi finalizado libro de Dan Brown que había llevado para este caso.
Al declinar el día me sentí agotado, y ocultándome tras mis siempre útiles gafas oscuras cerré los ojos, y descansé del desastroso viaje. Cuando desperté habíamos llegado a la ciudad donde hicimos la primera parada; comenzaba a sumirse en sombras y las luces eran similares a las de un Tokio en crecimiento; los espectaculares, los anuncios de neón, los logotipos, los semáforos y la gente en tránsito fueron casi como volver a casa. Centros comerciales se erigían junto a la calzada. Deseé tanto haber ido a pasear ahí, pero sé que esa es una petición que no figura, ni figurará en los planes de mis rústicas tía y prima.
Al cabo de un rato nos encontrábamos de nuevo en la carretera ahora completamente ennegrecida y apenas iluminada por los señalamientos de tránsito que reflectaban la luz del pequeño "bicho".
La carretera estaba llena de automóviles que se dirigían a Tokio. Me preguntaba si se trataba de otro grupo de paseantes que huían despavoridos del pueblo del mal sabor de boca. En la fila de coches la velocidad mínima iba sobre los 100 km/h dependiendo del carril; de pronto me sentí como en una competencia de Nascar.
Entonces, me dediqué a mirar el trayecto, se veían unas pequeñas luces sobre las franjas amarillas delimitando la carretera, eran señalamientos reflectantes que hacían lucir el camino como una pista aérea.
El viaje concluyó al dejar al novio en su casa de vuelta en "Los Viñedos" —que ironía—. Y amenazó con regresar a casa de mi tía más tarde —es preciso mencionar que ya era tarde, ¿a qué hora pensaba volver? ¿De madrugada?—. Pero antes de retirarnos, nos invitó a pasar a ver su pequeño departamento. Y lo llamo así ya que es bastante austero como para llamarle casa.
Decían que el tipo estaba comenzando a pintar —se veía tan ordenado que me hizo cuestionarlo—. Había instalada una cocina integral al fondo del primer cuarto de la cual, él se jactaba haber hecho solo, y un elegante refrigerador de acabado metálico se admiraba junto a la recién instalada cocineta azul.
—El hizo la cocineta —dijo mi prima.
—Pero… ¿él la hizo? —Preguntó mi madre—. ¿O venía en piezas y sólo la armó?
Nadie contestó y cambiaron de tema. Yo reí internamente. Luego de seguir hablando de lo maravilloso que era su apartamento y la duela laminada que venía incluida con la compra, mi prima por fin nos llevó a casa. Al llegar, ella bajó del auto y dirigiéndose a la cajuela sacó una botella, era un vino dulce de mesa bajo el sello de Casa Tenoh y se lo obsequió a mi madre. Agradecimos el gesto —"un recuerdo de un mal recuerdo"—, y tras saludar a mi querido auto que había dejado a salvo en la cochera, entramos a nuestro hogar, donde me esperaba mi muy confortable sillón favorito y me dejé caer agradecido por poder estirar las piernas. Luego me quejé un poco con mi madre sobre lo sucedido, especialmente el repentino cambio de planes: La inclusión del tipo. Y una vez más confirmé: "No vuelvo a ir".
Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que al final descubrí que el sujeto, "el novio", lleva por nombre el apelativo que más detesto en el mundo. Pues su nombre, es el mismo de aquel que por desgracia me ha arrebatado lo que más he amado: mi novia. O dos de ellas. Y lo que es todavía más grave, es que a mi mejor amiga la dejó otro tipo con ese mismo insulso nombre. ¿Es que a nadie se le ocurre un nombre mejor para sus hijos? Por favor… Y lo otro malo, aunque bueno a la vez, fue que mi novia actual Usagi, ya tuvo un novio con ese nombre, y gracias a Dios, esta vez —lo digo con orgullo y una sonrisa en mis labios—: Yo se la quité a él.
¿Qué cuál era el nombre? Los dejaré como a mí durante todo el viaje. Con la duda. Pero mientras tanto yo… ¡Salud! —Espero que por lo menos el vino valga la pena—.
Hasta la próxima y de nuevo gracias por seguir esta travesía.
Seiya Kou
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—¡Listo! Terminé el trabajo de un mes en una noche. ¿Debería agradecerle a mi tía? Bien, ya sólo tengo que enviarlo y… —Seiya presionó el botón de enviar en su correo electrónico para que fuera agregado a la página de la revista para la que trabaja. La confirmación de envío apareció en la pantalla—. Hecho.
Y en el momento en que sus pensamientos se remontaban a lo sucedido, su teléfono móvil sonó. Su rostro resplandeció al ver la pantalla.
—Hola mi amor, ¿cómo estás? —Contestó con alegría.
—Bien mi vida —dijo Usagi en el teléfono—, ¿cómo te fue en el viaje? ¿Sin contratiempos?
—Sí, todo bien. Bueno… más o menos, es que… No, en realidad fue un desastre, fue muy aburrido y no fuimos al museo.
—¿Por qué? ¿Sucedió algo?
—No, Michiru invitó a su novio y todo fue muy incómodo, y no sé por qué razón terminamos yendo a una fábrica de vinos llamada "Antigua Casa Tenoh" y…
—¿Antigua Casa Tenoh? Ah…
Algo cambió en su voz.
—¿Pasa algo?
—No, es que… recordé… mi ex novio… Haruka. Me había dicho que esa hacienda fabricante de vinos fue de su familia en el pasado, pero que fue donada al gobierno por su bisabuelo Hatori al fallecer para que sirviera como centro turístico.
—¿Eh? —De pronto Seiya tuvo un mal presentimiento—. ¿Haruka? ¿Haruka Tenoh?
—Sí, mi ex novio.
—No, no, no. Me habías dicho que se llamaba Haruka, pero no que fuera Tenoh.
—¿Tiene eso alguna importancia?
—¡Claro que la tiene! Sólo falta que sea el mismo Haruka que dejó a Makoto.
—¿Makoto?, ¿tu mejor amiga?
—Sí.
—Pues… estuve hablando con ella el otro día y…
—No, no lo digas, no te atrevas…
Seiya estaba nervioso, temía que sus sospechas fueran ciertas.
—Está bien no lo diré entonces —dijo Usagi.
—Maldición —murmuró él.
—Pero, ¿qué pasa?
—Un tal Haruka Tenoh me quitó a dos de mis anteriores novias, Minako y Rei, y ahora resulta que es el mismo que lastimó a Makoto.
—Pero ahora ellas son mis amigas y… él no te las quitó…
—¿Por qué dices eso?
—Ellas fingieron salir con él porque… ahora son pareja.
—¿Pareja? ¿Quiénes?
—Ellas, Minako y… Rei.
Por un instante el silencio reinó en ambas partes.
—Creo que no tengo comentarios para eso —dijo Seiya.
—Sí, yo tampoco…
Usagi sonrió levemente.
—¡Pero detesto ese nombre! Salvo por un buen amigo de la adolescencia que le tocó la mala suerte de llevar el mismo horrible nombre, pero que en él, no me molesta en lo más mínimo. ¿Será que no lo veo como posible amenaza?
—¿Y cómo sabes que tu amigo no es la misma persona? ¿O es que sigues en contacto con él?
—No pero… ¡Nah! No puede ser, seguro no es, no puede ser él.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque tú dijiste que era atractivo, alto y blanco, y el Haruka que yo recuerdo era bajo, bronceado, le decíamos "tostada quemada" y no tenía suerte con las mujeres. Además, lo último que supe, es que se fue a vivir con su familia a una granja, o yo que sé.
—Ya veo… no se parecen en nada.
—Ahora que lo pienso… Tu Haruka se parece más al nuevo novio de mi prima pero… ¡Nah! No me tomaré la molestia de indagar, no quiero saber. Pero, y si… Si fuera el mismo y lastima a mi prima como lo hizo con Makoto yo…
—Amor, ¿no crees que ya estás pensando mal de la gente sin conocerla?
Asintió.
—Sí, tienes razón, quizá, es sólo mi imaginación que me sugestiona.
—No hagas caso.
—No lo haré, no me inmiscuiré en eso. Amor, es muy tarde, hay que dormir.
—Es cierto, ya es un nuevo día, nos vemos en un rato, ¿sí?
—Claro que sí. Buenas noches amor.
—Buenas noches… descansa. Te amo.
—Te amo.
Seiya colgó y se reclinó en el sillón.
—Haruka Tenoh… —sonrió y olvidó.
