El maestro, sin tregua, me pidió lo mismo unas veinte veces y de la más variadas maneras. Casi, con todo respeto, lloró mientras sorbaba su café y se pasaba la mano por el rostro, preocupado, yo además ocupado en lo mío y viendo si el raspón que me habían dado dejaba de sangrar.´

-Vale, viejo – Dije por fin, tras un silencio abrumador que contagió a medio local, el veinticuatro horas en el que charlamos durante un buen rato sobre hechos relativamente horribles. – Lo he pensado durante un buen rato. Deja que yo hable con ese loco y de allí sacaré cuentas si es que puedo ayudarlo, ¿Te parece?

Recogí mi lengua un segundo para continuar hablando (Si es que debía) ante la mirada atónita del pobre hombre. Recordé que había una condición de por medio.

-Si no tiene caso lo dejo, parlotee con él o no

-Ah…-suspiró, sonriendo levemente – Gracias, ¡Muchas gracias!

La mañana recién se había encendido, y yo tenía planeado marcharme al canto del gallo, sino me sentiría, seguramente, sin ganas ni de mover medio pie.

-¿Otra vez a Nagoya, Takeshi?

Mi abuela me miraba, ¡Tan pasiva como siempre! – nunca dejaré de lado que me llegaba a dar escalofríos de esa manera-. Me rasqué la nuca y recogí a uno de los pequeños, a Dientes, el más joven de los peludos estos.

-¿Mientras antes mejor…no? Tengo muchas cosas que hacer, de verdad…

-Más te vale que no sea una pelea –respingó de mala gana- A la próxima te encerraré por un mes en esta casa, no estoy bromeando.

Intenté sonreír, pero no con todas las vibras que debía. Intentaba no tomármela enserio, al menos por ahora. De todas formas no estaba seguro si es que todo saldría bien. Me propuse el comer un poco, talvez solo beber un té que me mantuviera alerta, nada más; Partí veinte minutos después.

El tren tardó su buen tiempo. Me bajé sin equipaje, sin nada, solo un poco de carne seca que encontré en mi asiento al venir. Tal vez evidencia de un vegano para evitar la producción, tal vez un regalo de Dios para que no me muriera de hambre. Una de dos, no importaba, me iba a servir pues de encontrarlo no tenía ni la más mínima ni remota idea.

-"Puede que… en ese mismo parque. ¿Quizá en la escuela, seguirá yendo un cabrón como ese allí"? – Caminé y me respaldé contra un áspero y excesivamente rugoso tronco. Habían perros jugando, una máquina de refrescos al medio de la nada, un centenar de aves y poca gente a la cual ver.

"El mejor lugar para un amante de los animales"

Busqué una silla, un banco, lo que fuera pero sin encontrarlo. Apoyé mis manos en las rodillas habiendo tomado asiento en tierra , doblé el torso y me coloqué lo más cómodo posible. El sol me quemaba, me hacía dormitar. El atardecer llegó tan suave como una pluma cayendo al cielo.

Estaba que lo dejaba, pero no pude. Mis pies se detuvieron. Observé una mano desperdigar cereales como polvo. Alas revolotearon y se juntaron como si se tratara de un huracán –el dragón había llegado-.

-"Es hora de empezar con esto" – Y me vio

Se dio la vuelta, sus ojeras parecían pintadas por lo negras que estaban. Parecía incluso más dañado que la noche anterior. En eso levanté mis manos como para detener una embestida y fruncí el ceño por no responderla como me pedía el instinto.

-¡Antes de que hagas nada! – Grité , intentando no alterarlo más de lo debido. – Para, para ya. ¿Te llamas Sawamura, no?

Él parecía haberse calmado desde algún punto de vista, pero no se le quitaba esa mueca de odio e indiferencia irremediable.

-¿Qué quieres? – Su voz era seria, rozando el acento de su ciudad.

-¡Espera! Mira, quiero hacer las paces contigo. –Dije de una vez – Te entiendo, ¿Ya? Les diré a todos los del banda que no vuelvan a tocarte… si tu haces lo mismo.

-¿Y qué gano yo con eso? –Dijo serio, como si le viniera con un lío imposible.

-¡No lo sé! –Respiré un poco – Solo quiero poner bandera blanca. Mira, tómalo de esta forma. Estiré los ojos como platos pensando en una solución, Sawamura mientras me miraba como si una bomba de tiempo contara.

-La noche en que peleamos ninguno venció, ambos éramos … - Me tragué el orgullo en broma – éramos igual de fuertes. Si hacemos las paces podremos pelear sin matarnos, ¿No? Nos mejoramos el uno al otro para lo que se venga y cuando seamos lo suficientemente fuertes… ¡Nos batiremos en un duelo de verdad!

Él calló, un buen momento en silencio. Las aves se alimentaban tranquilas, como si no hubiera escena o problemas en el mundo.

-…Tus palomas … están muy bien. – Terminé por decir mirando hacia un lado, casi a intangibles murmullos. Saqué la carne seca, me acerqué aél sin que ninguno de los dos titubeara; alcé la mano y se la tendí en frente como un regalo.

-¿Paz?

Sawamura la recogió, dio la media vuelta y desapareció riéndose con dificultad, como si le atacara un nervio errante.

-"Salió bien"