Día 4

Marina abrió los ojos lentamente y lo primero que vio fue el tranquilo rostro de Niccolo a su lado, quien dormía profundamente boca abajo y con la cabeza ladeada hacia ella, recargada sobre una almohada. La joven se acomodó mejor en la cama y cubrió su cuerpo desnudo con la sábana, antes de ocultar su cara entre las almohadas, sonrojada y avergonzada por los recuerdos abrumadores de la noche anterior.

Niccolo la había sacado de casa de Morgan y Elise para llevarla a su propio departamento, al otro extremo de la ciudad. La joven nunca supo que tenía su propio hogar en la isla, pues desde que apenas era una niña, él vivía en la residencia de los Valentine fungiendo como su guardaespaldas. Sin embargo, tiempo atrás había adquirido el lugar y aunque nunca lo usaba, siempre estaba disponible para cualquier emergencia; precisamente por eso era que nadie conocía su ubicación salvo él, la señora que le mantenía habitable el domicilio, y ella misma. Estarían a salvo por el momento.

En cuanto llegaron, ninguno de los dos pudo contener su urgencia de tenerse lo más cerca posible el uno del otro y, antes de que alguno pudiera percatarse siquiera de lo que sucedía, habían terminado por hacer el amor en aquella enorme y confortable cama matrimonial. Marina no se arrepentía de haberle entregado su primera vez al pelinegro. Le amaba con toda el alma y hubiera sido un total suplicio el estar lejos, sobre todo si se casaba con alguien que no era él. No estaba segura de los sentimientos de Niccolo hacia ella, pero no deseaba arruinar la felicidad que sentía en esos momentos meditando sobre el asunto. El sólo recordar el maravilloso cuerpo del hombre que tenía a un lado, el haber explorado cada parte de él con sus manos, el mezclar su aroma con el suyo y el vendaval de emociones y sensaciones que se produjeron en su interior cuando unió su cuerpo con el de ella era más que suficiente para que se volviera a acalorar y su pecho se contrajera de nueva cuenta, haciendo que perdiera el aliento. Daría toda la fortuna que poseía con tal de poder compartir más de eso con él, de poder seguir disfrutando de sus cálidos besos.

Apartó el rostro de las almohadas y volvió a fijar su mirada en la expresión serena y relajada de su rostro dormido. Respiraba profundamente, señal de que estaba completamente entregado al sueño y Marina supuso, por las ojeras que lograban notarse aún por debajo de sus párpados cerrados, que tenía mucho tiempo de no dormir de aquella manera.

—Nicco… —apoyó suavemente su mano sobre una de las mejillas de él y le acarició con los dedos un par de mechones negros que caían rebeldemente sobre su frente y sien. El aludido se quejó entre sueños antes de parpadear y mirar a Marina directamente a los ojos.

Estiró su brazo para poder rodearle la cintura con él, por debajo de la sábana, y atraerla hacia su cuerpo. Le besó la sien con delicadeza y comenzó a acariciarle el largo y sedoso cabello.

—Estaba pensando… —aguardó un momento, mientras reprimía un bostezo, antes de continuar: — que deberíamos salir de la isla lo más pronto posible. Iremos a donde tú quieras.

Marina parpadeó, con sorpresa, antes de separarse lo suficiente para poder verle el rostro.

— ¿Estás hablando en serio?

El otro sonrió de forma burlona antes de incorporarse sobre la cama, provocando que la sabana resbalara por su piel y dejara su pálido y musculoso cuerpo al desnudo. La castaña se sonrojó y apartó la mirada a otro lado, avergonzada.

—Creo que después de lo que pasó anoche, no podré llevarte con tu padre como si nada. Además —la miró de reojo, con sus ojos grises totalmente serenos pero a la vez haciéndola intimidar, pues la estaba observando de forma penetrante y posesiva— no planeo entregarte a ningún otro.

—Nicco… —Marina le miró, anonadada, y sonrió— Yo tampoco quiero apartarme de tu lado.

—Entonces, ¿quieres que reserve boletos para el día de hoy? —La joven miró hacia el techo para permitir que el otro saliera de la cama y se pusiera los pantalones.

—Sería lo mejor… —frunció el ceño.

Había algo que la molestaba, no podía definir qué era, pero sentía que tenía algo que hacer antes. ¿Qué era?

Giró el rostro hacia la ventana con las cortinas corridas y observó a un tímido rayo del sol naciente asomarse por un resquicio mientras escuchaba a Niccolo en el baño contiguo. Se estiró cual larga era sobre la cama, suspirando, y cerró los ojos mientras meditaba el asunto.

—Espera —abrió los ojos y miró a su guardaespaldas, que salía del baño y la miraba con una ceja alzada, con incredulidad. Ya lo recordaba— Antes de eso, me gustaría poder dirigirme a un lugar en especial. Tengo algo que hacer.

Morgan leyó la nota de Marina por enésima vez, pero eso sólo consiguió que se confundiera aún más. Lo único que decía era que volvería, y también le agradecía por todo lo que había hecho por ella hasta ahora. Miró a Elise, que se encontraba sentada en la silla que estaba a un lado suyo, en la mesa del comedor, y esta sólo se encogió de hombros.

— ¿Crees que algo le sucedió?

Elise lo meditó por unos momentos antes de negar con un gesto de cabeza.

—Dice que volverá, ¿no? Debemos creerle. No parecía una mala chica y estoy segura que ya nos dará una explicación de todo lo sucedido. ¿No piensas así?

—Eso creo… —pero a pesar de que lo decía, su voz reflejaba la inseguridad que la castaña tenía al respecto.

—No te preocupes —su compañera se puso en pie y le dio unas cuantas palmaditas en el hombro para tranquilizarla— Ustedes dos comparten un lazo especial que nada ni nadie puede romper.

— ¿A qué te refieres? —Abrió sus ojos verdosos y la miró con sorpresa y confusión.

— ¿Acaso no te diste cuenta? —Por la expresión que puso Morgan, se percató de que así fue. Suspiró— Cuando regrese, sabrás a lo que me refiero.

Se dirigió a la puerta y tomó sus llaves que se encontraban colgadas en un pequeño clavo, a un lado de esta.

— ¿Vas a salir?

—Así es —Elise se giró y le dedicó una mirada llena de picardía con sus ojos castaños— Estaré fuera todo el día, así que si necesitas algo, sólo me llamas al celular y listo. Mientras tanto, aprovecha para arreglarte —le guiñó el ojo traviesamente.

— ¿Arreglarme? Espera un segundo… —cayó en la cuenta de lo que a la otra se refería y frunció el ceño— No me digas que ayer me viste en el club…

—No te lo digo entonces —sonrió como si nada y vio el reloj que estaba colgado en la pared: la una y media de la tarde— ¡Mira la hora! Se me hace tarde.

— ¿Para?

—Eso es obvio, ¿no? Para comprar más flan

Y sin decir nada más, salió al pasillo del exterior y cerró tras de sí, dejando a Morgan completamente sola en aquel pequeño departamento y aún con la duda de si asistir o no rondando por su mente.

—Bueno, no sé si sean buenas o malas noticias, pero tienes que oír esto —Carlos entró a la habitación que Joaquín había destinado como oficina en su residencia y la cual embargaba todo lo necesario para que el rubio pudiera realizar su trabajo con comodidad.

El aludido, que se encontraba de pie frente al enorme ventanal que daba al precioso y bien cuidado jardín de la mansión, se dio la vuelta para observar al pelinegro, quien acababa de entrar, como siempre, sin avisar, con una expresión de desconcierto en su rostro.

— ¿Qué ha sucedido exactamente? ¿Ya se sabe algo de Marina?

Carlos negó y enseñó una carpeta a rebosar de papeles en su interior. Los informes de los distintos detectives que habían contratado para el caso de la chica.

—Algo parecido, la cuestión es que… mira —sin pedir permiso, tomó el control remoto de la mesa de centro de la estancia y encendió el enorme televisor de pantalla plana, cambiando los canales rápidamente hasta dar con las noticias locales— mira quién acaba de llegar a la isla.

Joaquín abrió los ojos con sorpresa al ver al hombre de edad madura bajar del jet privado, propiedad de los Valentine, e inmediatamente subir a una limusina blanca tras ser asediado por todos los reporteros de las distintas áreas de los medios de la comunicación, quienes gritaban sus preguntas respecto a la desaparición de su hija y las medidas que se estaban llevando a cabo para localizarla. Su ayudante y guardaespaldas trataban de mantener bajo control a la multitud que los rodeaban. El primero trataba de explicar que no se trataba de un secuestro, pues hasta ahora nadie se había comunicado con ellos para acordar el precio del rescate, echando por tierra así las teorías que se habían especulado todos esos días en las noticias. Mientras tanto, Facundo Valentine se mostraba tan frío e imperturbable como siempre. Una cámara logró hacer un acercamiento claro de su rostro, con sus duros ojos celestes mirando a los demás con arrogancia y superioridad y su corta cabellera de color arena, por la cual asomaban ya varias canas que anunciaban su edad madura. Segundos después, se perdió en el interior de su vehículo seguido en primer lugar por su asistente y en segundo lugar por los hombres de seguridad. Todo eso ocurría en vivo desde el aeropuerto.

Joaquín frunció el ceño, con la vista fija en la pantalla y su atención sumergida en el caos que se había ocasionado en la isla por la aparición del magnate número uno del lugar.

—Apaga la televisión —ordenó antes de encaminarse hacia su escritorio y tomar asiento en su silla de cuero. Carlos le obedeció— Así que el importantísimo Facundo Valentine viene a hacerse cargo del asunto él mismo.

—Bueno, tú ya habías sospechado que lo haría, ¿no? Al fin y al cabo es su única hija y ya han pasado tres días desde su desaparición. En su lugar, yo haría lo mismo.

Joaquín se masajeó las sienes al tiempo que trataba de meditar el asunto.

— ¿Cuánto tiempo calculas que transcurre antes de llegar hasta aquí?

— Uno de sus asistentes se puso en contacto conmigo hace sólo una hora. Su itinerario no incluye una visita a los Lombardi por lo pronto, pero me pidió una recepción contigo mañana a primera hora, tuve que recorrerte algunos pendientes para que puedas estar a la hora concertada. Creí que querrías que lo hiciera.

—Sí, sí, me parece perfecto. Actuaste bien.

Carlos asintió, orgulloso por su proceder, antes de tenderle la carpeta que llevaba en las manos.

—Estos son los reportes actuales de la investigación. Al parecer, uno de los detectives dio con un perímetro más o menos aproximado de su ubicación y ya están buscando. Respecto a Niccolo Tescotti, aún no se tiene mucha información. Se le vio en un club nocturno, en una de las calles que dan directamente a la avenida principal, la misma noche en la que se perdió contacto con él. No se ha sabido nada más.

Joaquín asintió, meditabundo. Así que tanto Niccolo como él habían tenido la idea de visitar el mismo club, sólo que él un día antes. ¿Habría encontrado alguna información de importancia? Al parecer toda aquella locura estaba por finalizar.

—Carlos, cancélame todas las citas y deberes que tenga para el día de hoy —habló por fin, tras unos minutos de estar sumergido en sus cavilaciones.

— ¿Cómo? —Su asistente se veía sorprendido por esta decisión— ¿Qué planeas hacer?

El chico no respondió y se puso de pie, tomando su saco y colgándoselo sobre uno de sus hombros; se encaminó hacia la salida.

—Espera, Joaquín…

—Tengo algo que hacer.

Eran las cuatro y media de la tarde y planeaba llevar a cabo lo que había dicho la noche anterior, aunque fuera por última y única vez.

Era hora de terminar con todo aquello.

No entendía aún porqué estaba allí, pero antes de que pudiera darse cuenta de lo que hacía, Morgan había salido de su departamento y se había encaminado hacia el lugar indicado anteriormente por el rubio. ¿Por qué estaba allí? Ni siquiera le conocía, no sabía su nombre y su única fuente de información que tenía para averiguar algo más sobre él consistía en un pequeño trozo de papel con el nombre y teléfono de su asistente. Tarjeta que ni siquiera se había tomado la molestia de leer. Si realmente estuviera interesa de saber algo sobre él, ya lo hubiera investigado desde el momento en que lo conoció, ¿no?

Pero a pesar de que se quería aferrar inútilmente a ese pensamiento, era completamente consciente de que las cosas no eran así. Desde el mismo momento en que sus miradas se cruzaron, supo que estaba perdida y que a partir de ese momento, compararía a todos los hombres con el chico que había tenido enfrente. ¿Qué diablos le estaba pasando?

Se acercó al viejo olmo, que ya conocía bastante bien, y por una milésima de segundo pensó que él no asistiría, que todo había sido parte de su imaginación y ahora descubriría que, efectivamente, nada fue real. Pero en cuanto estuvo allí, sus ojos se toparon con la silueta del rubio, quien tenía la vista fija hacia el cielo mientras la esperaba. Aquella visión fue más que suficiente para robarle el aliento y que sus piernas comenzaran a flaquear. ¿Por qué tenía que ser tan irresistiblemente apuesto?

Como si se hubiera percatado de su presencia, Joaquín giró su rostro hacia ella y le miró fijamente con aquellos ojos de color esmeralda que tanto habían cautivado a Morgan desde un inicio. Tras unos segundos sin que ambos dijeran nada, el otro al fin le dedicó una sonrisa que a ella le pareció encantadora.

—Viniste.

—Tú me citaste aquí, ¿no? —La joven trató de mostrar algo de dignidad y alzó la barbilla, desafiante— tenía tiempo libre y pasaba cerca de aquí; de otra manera jamás hubiera venido.

El otro rió, divertido ante la pastura de ella, y la tomó de la mano sin previo aviso, haciendo que se recargara contra el tronco rugoso del viejo árbol y mirándola de aquella manera tan arrebatadora mientras la tenía aprisionada de aquella manera.

—Desde el día en que estuve a punto de atropellarte, no he podido sacarte de mi mente…

Morgan abrió los ojos con sorpresa y tragó saliva, sintiéndose turbada por sus palabras.

—Ni siquiera nos conocemos… no sabes ni mi nombre, y yo no sé el tuyo… —musitó con voz entrecortada, en un vago intento por mantener la racionalidad.

Joaquín alzó una de sus manos y tomó un mechón de su cabellera clara, para sentir su textura y disfrutar con el contacto.

—Eso se podría solucionar, si sirviera de algo…

— ¿A qué te refieres? —Trató de buscar su mirada, pero el otro se empeñaba en mantenerse distante, a pesar de la cercanía corporal que mantenían. Súbitamente se apartó, dejando a Morgan por completo anonada— Oye, ¿qué te sucede? Tú me citaste… y me dices todo esto, ¿acaso juegas conmigo?

Él negó, pero en ningún momento hizo amago de voltearse a verla. Seguía dándole la espalda, con la vista fija a la distancia.

— ¿Jugar contigo? —Habló por fin, con una voz que no parecía la suya— He jugado con muchas mujeres en mi vida… pero con la única que jamás jugaría es contigo. —Volteó a verla y le dedicó una sonrisa apesadumbrada y fue en ese momento en el que la castaña se percató qué era lo que su mirada tenía de diferente en aquella ocasión: soledad. — Sé que no te conozco, ni tú a mí… pero no puedo evitar que algo me queme por dentro cada que pienso en ti… en tus ojos, en tu cabello, en tu sonrisa, en tu rostro…

— ¿Por qué?

— ¿Por qué, preguntas? ¿Por qué el sol sale todos los días y se oculta de igual manera? ¿Por qué hay estrellas en el cielo? ¿Por qué existimos? No puedes responder a eso, como yo tampoco puedo responderte… Dime, ¿sientes lo mismo?

Morgan asintió, hipnotizada por la voz del hombre que tenía ante sí, y con todo lo que decía, aunque la información le costaba ser asimilada por su mente. Él sonrió, de la misma manera que lo había hecho minutos antes.

— ¿Lo ves? Eres especial… lo supe desde el mismo momento en el que estuve a punto de matarte y tú, en lugar de recriminarme y amenazarme con sacar cada centavo posible a mi costa por lo sucedido, me preguntaste si mi automóvil estaba bien. Pero eso no cambia las cosas… —volvió a desviar la mirada, incómodo. Morgan no dijo nada y él continuó, hablando más para sí— Cuando te cité ayer en este lugar, lo hice con la intención de conocerte, de saber todo lo posible de ti y que tú pudieras hacer lo mismo respecto a mí, si es que realmente sentías lo que yo siento y no sólo eran imaginaciones mías.

—Lo siento —aseguró, con voz fuerte y clara, apremiante— También creía que no eras real y que tarde o temprano debía despertar a la realidad. Pero no quiero hacerlo, me importas… llámalo amor a primera vista si quieras —se sonrojó ante su sinceridad, pero siguió hablando de la misma manera apasionada— pero de igual manera no he podido sacarte de mi mente. Quiero conocerte, saber todo lo que pueda de ti y vivir mi vida descubriendo cada mínimo detalle de la tuya.

Joaquín abrió los ojos con sorpresa y volteó a verla, anonadado y, según creyó ver Morgan, alegre por sus palabras. Pero inmediatamente aquella expresión radiante desapareció y fue sustituida por una de pesar.

—No podemos.

— ¿Por qué no? Tú me citaste, te importo… me importas… ¿Por qué no?

Él se acercó a ella nuevamente y le acarició con suavidad su mejilla con el dorso del dedo índice.

—Mi nombre es Joaquín Lombardi.

Por unos momentos, Morgan no encontró relación de eso con lo que hablaban, hasta que la verdad cayó sobre sí como una pesa de mil toneladas, dejándola indefensa y sin aliento.

— ¿Lom…Lombardi?

Asintió, sin muchas ganas, y la miró fijamente a los ojos, dejando caer su mano y perdiendo el contacto con su piel. No podía creerlo, era el empresario multimillonario, codiciado por todas las chicas de la alta sociedad. El soltero de oro, por decirlo de alguna manera. Y no sólo eso, una de las personas más importantes para la comunidad de aquella isla. Sencillamente no podía creerlo, pero debió habérselo imaginado desde el principio. Una persona como él jamás se fijaría en ella, iba totalmente en contra de toda ley y orden social. Había sido una estúpida por creer que podría pasar algo más.

—No podemos vernos ya.

Movió la cabeza lentamente en un gesto afirmativo, tratando de mantener a raya todo el dolor que sentía por dentro y no ponerse a llorar allí, frente a él. No valía la pena. Ni siquiera se había interesado por su nombre, sencillamente porque todo lo que había dicho era nada más que palabras. No podía siquiera imaginar que sus verdaderas intenciones de no desear saber cómo se llamaba consistían en que sería más doloroso para él el tener que separarse de ella, tomando en cuenta que era un hombre comprometido y que no podía faltar a su palabra ya dada desde tiempo atrás. Aunque ahora se arrepentía completamente de ello.

—Lo comprendo.

Joaquín alzó la mano, en un vago intento por tocarla aunque fuera por última vez, sin embargo se contuvo en el último segundo y en cambio, la miró a los ojos, deseando poder descifrar lo que estos trataban de decirle. Se apartó lentamente.

—Lo siento.

—Yo más.

Joaquín tragó saliva y abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla sin emitir ningún sonido y en cambio se dio la vuelta, alejándose de allí con paso rápido y firme. Mientras más distancia pusiera entre los dos, sería más fácil. O al menos eso deseaba suponer.

Cuando su silueta se perdió a la distancia, Morgan permitió que las lágrimas que tanto habían insistido por salir en esos últimos minutos, brotaran con libertad de sus ojos y se deslizaran suavemente por sus mejillas, sin poder apartar la mirada del lugar por el cual había visto por última vez al hombre que amaba.

—Fuiste una tonta…

Sus piernas no pudieron soportar más su peso y lentamente resbaló por el tronco hasta caer sentada limpiamente en el pasto, con las rodillas dobladas frente así. Se las abrazó con fuerza para ocultar su rostro entre ellas y poder de esta manera llorar.

El sol se ocultaba entre los edificios de la ciudad, tiñendo todo a su alrededor con una nítida luz dorada y anunciando que la noche pronto llegaría. Se preguntó si algún día este volvería a brillar para ella.