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VII.
—Repíteme otra vez por qué no podíamos venir en el quinjet.
Natasha contuvo las ganas de entornar los ojos y permitió que Clint pasara delante de ella a la pequeña estancia. Las maletas golpearon contra el suelo de madera con pesadez, levantando una pequeña nube de polvo. Era obvio que hacía meses que nadie ponía un pie en aquel apartamento. Ahora que ya no contaban con los recursos de SHIELD, el presupuesto para pisos francos había decrecido hasta el mínimo. Stark solo podía permitirse adquirir cierto número de inmuebles antes de que sus actividades empezaran a llamar la atención de alguien más que de las agencias de hacienda. No se trataba de que fuera un problema para él hacerse cargo del tema económico, no. El asunto pasaba por intentar enmascarar sus operaciones inmobiliarias, pues, tal y como estaba el asunto, era bastante difícil distinguir un casero cotilla de un agente durmiente de Hydra.
—Porque el quinjet llama demasiado la atención y Steve no quiere que Hydra se dé cuenta de nuestra presencia hasta que hayamos cumplido la misión —le explicó de nuevo, depositando su propia bolsa sobre la mesa de comedor para a continuación girarse hacia el fregadero y servirse un vaso de agua—. Además, no sé de qué te quejas. El vuelo no ha sido tan malo.
—¿Estás de coña? Creo que no voy a poder volver a poner el cuello recto nunca más —se quejó Clint de forma exagerada, pasándose una mano por la nuca en un intento por deshacer el entumecimiento de sus músculos—. Odio la clase turista. Al menos Stark podría haber aflojado un poco y habernos conseguido billetes de primera.
—Eres un drama —le respondió Natasha negando con la cabeza antes de dar un largo trago de agua. A pesar del fino vestido de verano que llevaba, el calor de septiembre se había pegado a su piel en el trayecto desde Split a Zadar y aquel vaso de agua le supo a gloria cuando se deslizó por su reseca garganta.
—Si no estoy descansado, no rindo con profesionalidad —se excusó él sin detenerse en su camino hacia la ventana que daba al balcón—. Es así de simple.
Natasha resopló con humor y se apoyó contra el fregadero, echando un vistazo a su alrededor. El apartamento era el típico que se ponía en alquiler durante la temporada alta de verano. Era pequeño, con un dormitorio, un modesto baño y una cocina que hacía las veces de comedor, pero su situación en lo alto de una pequeña elevación en el casco viejo de la ciudad lo convertía en un punto estratégico.
Sin perder detalle de la habitación, se fue acercando hacía la recogida esquina que hacía las veces de sala de estar. Natasha pasó la mano sobre el respaldo del sofá. El mobiliario era sencillo, pero de buena calidad. Estaba claro que el arrendatario del apartamento había dedicado tiempo a restaurar aquel lugar para que resultara del agrado de los turistas.
—Al menos las vistas son increíbles —comentó Clint desde el balcón.
Natasha apartó la atención de la suave tela del sofá y la dirigió a la izquierda de este, hacia la ventana por la que había salido Clint. El sol se estaba poniendo, iluminando el mar de tonos anaranjados y rojizos, como si se tratara de un océano de fuego. La figura de Clint resaltaba entre aquel fondo de color. Se había desabrochado los primeros tres botones de la camisa que llevaba y su piel resplandecía con un brillo dorado bajo el atardecer del Adriático. Una cálida brisa marina mecía las cortinas y despeinaba el, ya de por sí, desarreglado pelo de su marido.
—Y que lo digas —susurró, sin poder reprimir los sentimientos que la figura frente a ella encendía en su interior.
Por desgracia para su orgullo, su susurro no fue tan silencioso como imaginó, pues Clint se giró para enfrentarla de nuevo con una sonrisa fanfarrona pintada en el rostro.
—Por favor, Nat. Se supone que los comentarios empalagosos y estúpidos son cosa mía.
Apartando la mirada de la de él, Natasha recurrió al humor para poder cubrir su humillante desliz.
—No he podido resistir la tentación. ¡Oh, tú, Adonis reencarnado!
Aun después de tanto tiempo juntos, a Natasha le seguía costando expresar en voz alta las emociones que sentía. Cuando lo hacía era de manera esporádica, aunque se esforzaba porque ocurriera más habitualmente, ya fuera solo por ver cómo se le iluminaba el rostro a Clint cuando así era.
Quizás nunca llegaría a ser capaz de ser tan expresiva como él, de gritar "te quiero" a los cuatro vientos o de exhibir su amor en público sin miedo a que las zarpas del pasado lo hicieran trizas, pero no por ello lo que sentía por Clint era menos. Le amaba. Si es que se atrevía a usar una etiqueta tan básica para definir lo que sentía por él. ¿Cómo iba a una simple palabra a abarcar todo lo que él representaba? Natasha le debía la vida, el alma, la cordura. Le debía todo y, sin embargo, él jamás había pedido nada a cambio; si bien había hecho todo lo contrario, dar cada vez más y más.
En los años que llevaban juntos habían desarrollado un vínculo tan complejo que era imposible de explicar con palabras. La había salvado tantas veces y de todas las formas en las que una persona puede ser salvada. A su modo, ella también lo había salvado a él. Y aún hoy en día continuaban haciéndolo de la misma manera desinteresada que lo habían hecho al principio.
Desde siempre le habían repetido que el apego es una debilidad letal; algo que debía ser evitado a toda costa. No fue hasta que Clint apareció con su sonrisa pícara, sus ojos amables y esa actitud abierta y generosa, que le hizo darse cuenta de lo equivocados que estaban sus instructores. Porque no había nada, absolutamente nada, que ella no estuviera dispuesta hacer por él. Porque en lugar de ser un hándicap, lo que sentía por Clint la hacía luchar con más fuerza y con mayor determinación en todo momento.
Así que sí, le amaba. Le amaba y, a pesar de todos sus terribles defectos y carencias, él la amaba a ella por igual. Todo lo demás era innecesario.
—¿Tentación, eh? —dijo Clint con una sonrisa indecente en los labios. Poco a poco, con pasos deliberadamente pausados, se acercó a ella. Colocó sus brazos alrededor de la cintura femenina hasta dejarla pegada contra su cuerpo.
La respiración de Natasha quedó contenida en su garganta cuando la boca de él descendió sobre el lóbulo de su oreja, distrayendo cualquier pensamiento coherente a medida que Clint se iba abriendo camino, mordisqueando y chupando sin pudor ni indulgencia.
La piel de Natasha se erizó al sentir la cálida respiración de él sobre su cuello. Clint acarició con la nariz la piel sensible de detrás de la oreja de ella antes de murmurar, con la más pecaminosa de las voces, contra su oído:
—Camarada Romanoff, cualquiera diría que está intentando seducir a este humilde arquero.
Y así, tan pronto como la frase dejó sus labios, el momento que estaban compartiendo se desvaneció gracias a la inoportuna bocaza del dicho arquero. Natasha colocó sus manos sobre los hombros de él, apartándole con suavidad hasta que pudo ver su cara con claridad y enarcó una ceja.
—Vuelve a llamarme eso y lo único que te va a intentar seducir en una larga temporada va a ser tu mano izquierda —le advirtió, dándole el pequeño impulso que faltaba para que tropezara con el reposabrazos del sofá.
Clint se desplomó de espaldas sobre los cojines con un sonoro resoplido. Aunque la sonrisa en sus ojos era inconfundible.
—Me matas, Tasha.
Ella se dio la vuelta y aprovechó para salir al balcón y respirar un poco de aquel delicioso aire fresco. Todo el puerto se extendía ante su mirada. El canal y el puente que conectaba la vieja ciudad amurallada y la ciudad nueva se veían con total nitidez. Desde esa posición se podía observar a los turistas caminar por el paseo marítimo, disfrutando del buen tiempo. A lo lejos, semi oculto entre las copas de los pinos negros, se veía el tejado del edificio del rectorado: su objetivo. Allí era donde, a la mañana siguiente, se iba a celebrar un coctel formal en el que Natasha tenía la intención de infiltrase.
Su trabajo era una pesada responsabilidad, pero había veces en las que también tenía sus ventajas. El poder viajar alrededor del globo y disfrutar de atardeceres tan espectaculares como el que se desplegaba en ese momento frente a ella, era una de ellas.
Sintiendo la mirada de Clint sobre su espalda, se giró lo suficiente para poder mirarle por encima del hombro. Mientras ella había estado perdida en su contemplación de aquel pacifico paisaje, él se había incorporado hasta quedar sentado en el centro del sofá, con la cabeza apoyada de forma placida contra el respaldo.
Ahora las tornas se habían cambiado y era el turno de Clint de devolverle su lapsus anterior paso por paso. No obstante, en lugar de aprovechar para hacer una broma, Clint la observaba con una intensidad que, Natasha estaba segura, era capaz de ver hasta lo más profundo de su alma. La miraba con esos ojos penetrantes cargados de adoración, como si ella fuera la razón por la que el mundo giraba.
—No digas nada —le dijo ruborizada, apartando varios mechones de rojizo cabello que la brisa amenazaba con despeinar.
—No podría ni aunque quisiera—respondió él con suavidad, casi con reverencia.
La sonrisa serena de su rostro fue lo que la desarmó por completo. Dejó el balcón y regresó al salón, tomando asiento a su lado. Los ojos de Clint no se extraviaron de los suyos en ningún momento.
La intimidad de aquel momento se hizo insoportable y Natasha tuvo que apartar la mirada para apaciguar la marea de emociones que la invadían. No obstante, él parecía tener otros planes. Con una delicadeza infinita tomó la mejilla de ella entre su cálida palma y la obligó a volver a mirarle a los ojos. Natasha podía ver como sus azules ojos buscaban algo en los de ella; el qué, era imposible saberlo. Sentía que podía perderse en la profundidad de aquellos enigmáticos zafiros.
Clint acortó la distancia hasta que su boca se posó sobre la de ella. Apenas fue un roce, pero su tacto era suave, cálido, dulce. Así era como un beso de rayo de sol debía sentirse, pensó Natasha. La paz y serenidad que inundó su cuerpo con ese pequeño contacto la hizo sentir como si volara fuera de su cuerpo, libre y pura. Sin ataduras ni cicatrices, como si, por fin, hubiera encontrado el sentido a todas las piezas de un indescifrable puzzle y ahora viera la imagen que conformaban. Con Clint a su lado, se sentía como una mujer completa.
Nadie podía saber por cuánto tiempo permanecieron así, intercambiando besos tan suaves como suspiros mientras el sol se ponía en el horizonte. La ternura de aquellas caricias la estaban consumiendo por dentro. Finalmente, la necesidad incontrolable de aumentar el contacto ganó la batalla. Natasha se removió en su asiento hasta quedar sentada a horcajadas sobre el regazo de Clint. Las manos de él descendieron por sus brazos, dejando una sensación eléctrica por su piel. Poco a poco, la intensidad de los besos se fue incrementando a medida que la pasión se iba encendiendo en ellos.
Sin romper la conexión de sus labios, Natasha fue desabrochando uno a uno el resto de botones de la camisa de Clint. Su mano acarició el firme pecho de él, deleitándose en el tacto irregular del vello bajo sus dedos, hasta bajar por su abdominales y encontrar la hebilla de su cinturón.
Clint contuvo la respiración a la par que ella soltaba la hebilla y le desabrochaba el pantalón. Las firmes manos de él se posaron sobre los muslos de Natasha, ascendiendo por ellos hasta desaparecer bajo la ligera tela de su vestido.
Natasha introdujo una mano en sus pantalones, pasándola sobre el creciente bulto en sus boxers y redirigió su atención hacia el cuello de Clint. Colocó su boca bajo su mandíbula, usando sus labios y lengua para suscitarle ahogados jadeos de placer a su paso. Bajo sus labios podía sentir el acelerado pulso de su marido cuando rozó sus dientes sobre la yugular de él, obteniendo un escalofrió en respuesta.
Mientras ella seguía entretenida en su asalto indiscriminado al cuello de Clint, este había comenzado a desabotonar su vestido. Natasha se separó lo suficiente como para facilitarle la misión. Clint apartaba la tela de su torso con fascinación, dejando que las mangas se deslizaran por sus hombros y cayeran a su espalda, hechas un arrugado montón en el suelo.
Los ásperos dedos de él jugaban con la banda elástica de su ropa interior, bajo la atenta mirada de ella. De improviso sus ojos se encontraron. Los zafiros de Clint estaban oscurecidos por el deseo, pero había algo más en su expresión, un brillo de emoción oculto bajo sus dilatadas pupilas. Al ver aquello los latidos de su corazón se aceleraron, hasta el punto en el que Natasha pensaba que iba a salírsele del pecho.
Volvió a acortar la distancia, perdiéndose en su boca mientras Clint le respondía con igual ímpetu. No sabía muy bien cómo, pero entre aquel incontrolable frenesí de pasión en el que se vio sumido su cerebro, su ropa interior había desaparecido. Los pantalones y los boxers de Clint habían sufrido la misma suerte, ya que yacían abandonados a los pies del sofá. Ahora, sin ninguna barrera física nada se interponía entre ellos.
—Tócame —le ordenó, rozando sus labios por la perilla de él, aunque del modo en el que las palabras abandonaron su boca sonó más como un ruego.
Clint obedeció al instante, sus dedos introduciéndose en ella y llevándola hasta el más puro éxtasis. Pero aquel placer no era suficiente. Quería más, quería fusionarse con Clint y compartir aquella unión física hasta el extremo.
Natasha se separó para volver a deleitarse con la expresión encendida de su marido. Su erección, prominente entre ellos como una invitación tácita.
Tomó su miembro en su palma y lo guio hacia su entrada. Clint se introdujo en ella con facilidad. El cuerpo de ella se adaptó con familiaridad a su envergadura.
Clint envolvió un brazo alrededor de su cintura, apretándola y hundiéndola más contra él en cada envite. El ritmo, a diferencia de minutos antes, era lento, casi tortuoso, pero la intensidad… ¡Oh, dios cada movimiento amenazaba con dejar a Natasha hecha cenizas! Su cuerpo ardía, se tensaba y electrificaba y, a la vez sentía que se derretía, licuándose con cada nuevo roce de su piel contra la de él.
Quería saborear aquel momento, aquella intimidad y ternura con la que sus cuerpos se unían; pero a la vez no tenía suficiente de Clint, necesitaba sentirle dentro de ella, necesitaba sentir que no había espacio entre ellos, que eran solo uno. Un solo cuerpo, una sola alma, una sola conciencia. Necesitaba que todos sus sentidos exclamaran su nombre del mismo modo que ya lo hacía su corazón.
Así alcanzaron su clímax, en una desesperada sucesión de lentos movimientos y ardientes deseos. Sus cuerpos entrelazados en un sensual abrazo cargado de placer y necesidad.
Después de haber saciado sus impulsos, Natasha se desplomó encima de Clint. Sus respiraciones seguían alteradas y sus cuerpos aún se estremecían con los últimos coletazos de sus recientes orgasmos.
La brisa continuaba meciendo las cortinas, de tal modo que parecían bailar bajo la tenue luz de la luna como fantasmas de plata. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Natasha. Ahora que el sol se había ocultado, la brisa marina se había convertido en una corriente de aire heladora que golpeaba impunemente su cuerpo desnudo y sudoroso. Sin necesidad de decir nada, Clint les inclinó hacia delante lo suficiente para poder quitarse la camisa y envolver a Natasha con ella. Ya fuera el calor residual del cuerpo de su marido o el olor masculino de aquella prenda, Natasha se sintió reconfortada al instante.
Era increíble el efecto que su mera existencia tenía sobre ella. Y cuando la miraba así, con la misma ternura y devoción con la que lo hacía ahora, Natasha podía sentir que no había nada más en el mundo que ellos dos. La pesada carga del deber desaparecía, los fantasmas del remordimiento se esfumaban; el miedo, la duda y los secretos no tenían cabida. Con Clint a su lado, Natasha podía sentir que no había dificultad que no fuera capaz de superar.
Quería sentirle junto a ella. Quería abrazarle y no dejarle escapar. Quería que aquella noche durara eternamente.
Natasha levantó la cabeza para poder fijarse en él. Bajo el sutil brillo plateado de la luna, su rostro resplandecía con luz propia. Acarició su mejilla, su frente, su pelo, su boca.
—¿Qué sucede? —preguntó Clint, confuso ante las acciones de su esposa.
—Nada —respondió ella, con la voz cargada de demasiadas emociones como para poder siquiera clasificarlas— Solo… abrázame. Quédate conmigo.
No hizo falta que se lo dijera dos veces. Clint resituó sus brazos alrededor de ella y la atrajo contra él, sujetándola contra su pecho como si toda su existencia dependiera de permanecer lo más cerca posible de ella.
El cansancio de las actividades previas había empezado a hacer mella en Natasha. El jetlag tampoco ayudaba. Aún tenían que hacer el reconocimiento previo esa madrugada, pero por que cerrara los ojos durante unas horas no iba a acabarse el mundo, se dijo a si misma sin ninguna intención de romper el abrazo. Se apoyó con más comodidad contra el firme cuerpo de Clint, sus brazos a su alrededor protegiéndola de la fresca brisa marina. El olor inconfundible de su piel inundando sus sentidos. Su respiración profunda y pausada, acompasada a la de ella. Y los latidos de su corazón, convertidos en una nana con la que Natasha se dejó llevar al mundo de los sueños.
VIII.
La oscuridad fue total una vez abandonaron el ascensor y las puertas de este se hubieron cerrado tras ellos. El eco de sus pasos resonaba por el cavernoso espacio dándole una atmosfera siniestra a todo aquel lugar. A medida que se iban adentrando, los sensores de movimiento captaron su presencia y los focos de LED comenzaron a iluminar poco a poco su camino. Las sombras se fueron definiendo, dejando ver la gran aeronave que ocupaba el centro del espacioso hangar. Clint conocía aquella nave como la palma de su mano, era la que él y Natasha habían acostumbrado a usar cuando aún eran el Strike Team Delta. Clint prácticamente había aprendido a volar en ella y el cariño que le había cogido durante todos sus años de servicio era incalculable. Fue esa misma aeronave la que pilotó durante la Batalla de Nueva York. Le había apenado pensar que después de haberla estrellado a los pies del viaducto iba a acabar como chatarra en algún desguace de SHIELD. No obstante, Tony le había sorprendido al recuperar los restos y repararla hasta convertirla en una maquina incluso más increíble de lo que ya era originalmente: rápida, ágil, bien armada, indetectable….
—Ah, no. No me gusta nada a donde lleva esto —dijo Clint en cuanto se percató de la finalidad de aquella excursión nocturna al cuartel general de los Vengadores. Natasha, no obstante, siguió caminando con paso decidido hacia el quinjet. La rampa de la bodega de la nave se abrió con un familiar sonido hidráulico y Clint contempló con indignación como su esposa entraba en la cabina sin mirar atrás.
—¡Natasha, venga ya! —protestó en cuanto la perdió de vista dentro del aparato—. Deja de ignorarme y no hagas una gilipollez.
Tal y como esperaba, no recibió respuesta alguna. Durante un par de minutos Clint permaneció a los pies de la rampa, escuchando a Natasha hacer la comprobación previa al despegue, mientras deliberaba consigo mismo sobre si debía avisar al resto del equipo. Se negaba a seguirle la corriente a Natasha en esto. Que ella no le dirigiera la palabra era una cosa, pero ayudarla a robar la nave del equipo era otra bien distinta. Por un lado, sabía que debía informar por lo menos a Steve de lo que estaba ocurriendo, pero por otro… Los problemas de pareja que hubiera entre él y Natasha eran algo personal y que solo les incumbía a ellos dos. Fuera lo que fuera que estaba atormentando a Natasha, estaba claro que era algo que ella no quería compartir con nadie; ni siquiera con él.
Clint miró a su alrededor, cruzándose de brazos. El hangar estaba vacío. Ni un alma estaba presente a esas horas de la madrugada. Ni siquiera la siempre presente inteligencia artificial de la base parecía estar activada. Por alguna razón eso no le extraño en absoluto. Si Natasha quería escabullirse sin ser vista, iba a tomar todas las medidas necesarias para que no la descubrieran hasta que ella quisiera. Y eso incluía arreglárselas para encontrar un hueco entre los turnos de la base y silenciar a JARVIS temporalmente.
Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en todas las precauciones que ella había tomado para poder llevar a cabo su plan. Indiferentemente de lo que tenía en mente, era obvio que se trataba de algo deliberado. Y según la experiencia de Clint, cuando Natasha se tomaba tantas molestias en ocultar sus huellas era porque lo que se traía entre manos eran malas noticias. Por lo general iban acompañadas de venganzas enrevesadas y misiones prácticamente suicidas. Era algo que le volvía loco. Después de tantos años, Natasha seguía pensando que tenía que solucionar sus problemas ella sola, que esa era la única manera de protegerlos a todos. Sus fantasmas eran suyos y se negaba a que las personas que le importaban se vieran afectadas por las consecuencias de sus decisiones del pasado.
—No me pienso ir de aquí sin ti —insistió, en voz alta en dirección al interior de la aeronave—. Lo digo en serio, Natasha.
Los motores reverberaron y las turbinas se colocaron en posición de despegue. Clint no quería subir a ese avión por nada en el mundo. Era una estupidez lanzarse de cabeza a una misión, sin avisar tan siquiera al resto del equipo. Clint entendía que Natasha no quisiera pedir ayuda, era decisión suya, a fin de cuentas. Pero no le parecía correcto hacerlo a espaldas de los demás. No entendía muy bien porqué ella insistía en aquel secretismo. Después de todo lo por lo que habían pasado todos juntos, no era capaz de entender la actitud de su esposa. No era propio de ella volver a estos patrones pasados. Y desde luego esto no hacía más que sumarse a la larga lista de inconsistencias que, en los últimos días, estaban afectando el carácter de Natasha. ¿Qué podía haberla afectado tanto y tan profundamente como para que Natasha se comportara de esta manera tan extrema?
No obstante, y por muy numerosas que fueran sus dudas, Clint no iba permitir que su mujer se embarcara sola en una de sus cruzadas autodestructivas mientras él se sentaba a mirar desde la comodidad de su casa.
—Ah, mierda.
Negando con la cabeza, Clint subió corriendo la rampa del jet antes de que esta se cerrara.
El quinjet despegó con elegancia, dejando atrás el hangar y abriéndose camino entre las nubes bajas en dirección Este. Desde la cabina del avión el océano se extendía frente a ellos como un oscuro manto de seda, entretejido por el reflejo de un millón de estrellas que brillaban como diminutas perlas.
La luz de los instrumentos de navegación era lo único que iluminaba el rostro concentrado de Natasha. Los ojos de Clint alternaban entre contemplar la vasta oscuridad fuera de la cabina y el enigmático perfil de su esposa.
Después de poco más de media hora de vuelo, el silencio de la nave fue roto cuando la radio emitió un molesto sonido estático. Un par de segundos después la exaltada voz de Stark inundó el habitáculo.
—¡Romanoff! Más te vale que me digas que te has llevado mi pequeña joya de ingeniería aeronáutica para ir de compras a Paris en un arrebato consumista porque si no…
Un gran escándalo se pudo escuchar por el transmisor y tras un par de ruidos indescifrables y unas quejas lejanas de Stark, la voz de Steve tomó el control de la radio.
—Natasha, da la vuelta.
Lejos de sonar como una orden dada por el líder de equipo, aquellas palabras eran un ruego de un amigo preocupado.
—Por favor, no sigas con esta locura —continuó Rogers—. Entiendo mejor que nadie por lo que estás pasando ahora mismo. Y créeme cuando te aseguro que esta no es la solución. Esto no es lo que él hubiera quer…
Antes de que Steve siguiera, Natasha desconectó la radio con un brusco movimiento, sobresaltando a Clint. Sin mediar palabra, Natasha puso el piloto automático y se levantó en dirección a la parte posterior de la nave.
Por un par de minutos Clint permaneció sentado en la cabina, dándole vueltas a lo que acababa de oír. Las palabras de Steve habían despertado incluso más dudas en él. No comprendía nada. ¿De qué estaba hablando el capitán?
Decidido, Clint abandonó la cabina y fue en busca de su esposa. Natasha estaba de pie frente a las pequeñas taquillas que ocupaban el lateral de la bodega de carga. La puerta de su taquilla estaba abierta y estaba terminando de abrocharse su uniforme cuando Clint llegó a su a su lado.
—Bueno, ya vale —señaló Clint, cruzándose de brazos—. ¿Me quieres contar qué coño está pasando?
Natasha cerró su taquilla con un fuerte portazo. Antes de que Clint pudiera reaccionar, el puño de Natasha arremetió con gran violencia contra la metálica puertecita; una vez y luego otra y otra hasta que sus nudillos ensangrentados dejaron una marca en la abollada puerta. Ahogando un grito de frustración en su garganta, Natasha dejó que su frente se apoyara contra la superficie de las taquillas.
Clint observó atónito a su compañera. Sin poder evitarlo, una rabia comenzó a arder en su pecho. No era ella la que debía estar enfadada. No era ella a la que habían estado ignorando y dando la espalda. No era ella a la que habían estado castigando con el silencio, sin ni siquiera explicar qué era lo que había hecho en primer lugar. Si había alguien en esta historia que debía estar destrozando habitaciones y hundiendo puertas a puñetazos, era él.
—¿Ya te has quedado a gusto o quieres que te traiga un par de platos para que puedas estrellarlos contra el suelo y así poder actuar como una autentica histérica?
El veneno en su voz le dejó un mal sabor de boca. Un mal sabor que inmediatamente se transformó en remordimiento cuando vio la entereza de su esposa derrumbarse ante sus ojos. Su cabeza estaba gacha y sus hombros hundidos, casi como si estuviera cargando con el peso del mundo sobre ellos. Natasha se apartó un par de palmos de la puerta sobre la que se apoyaba y desvió su mirada hacia la taquilla de su derecha, la taquilla que Clint reconocía como suya.
En un primer momento, Clint no supo lo que había llamado la atención su mujer, hasta que reparó en la difuminada mancha de pintura que ocupaba la esquina superior izquierda de la puertecilla metálica. La mancha era casi indistinguible debido al desgaste de la pintura y el frecuente uso de la taquilla, pero, si se sabía dónde mirar, la silueta que su mano había dejado era perfectamente reconocible. Recordaba con total claridad cuándo y cómo se había originado aquella mancha: una flecha de señalización experimental, un detonador mal sincronizado y un Clint cubierto de pies a cabeza en pintura fluorescente, intentando manchar lo menos posible el quinjet mientras emprendían el viaje de regreso a la base. Fue la última vez que Clint intentó patentar sus propias innovaciones en las puntas modificadas de sus flechas.
Natasha apoyó la mano sobre la mancha de pintura. La fuerza de aquel simple gesto golpeó de lleno a Clint. De repente, todas las vivencias que habían compartido juntos, se materializaron en aquel roce de su mano contra la antigua huella que, hacía tanto tiempo, él dejó allí.
—No te enfades por esto, Clint —susurró, cansada, mientras con su pulgar acariciaba distraídamente la mancha—. Es… es algo que necesito hacer. No puedo permitir que…
Su voz se quebró por un momento. Natasha tomó aire un par de veces antes de poder continuar. Clint se acercó, en silencio, despacio, dándole tiempo para que ella decidiera si quería su presencia o no.
—Sé lo que me dirías, pero también sé que tú harías lo mismo en mi posición.
—No lo entiendo, Tasha. —dijo Clint, colocando su mano sobre la de ella, en una señal de callada tregua—. ¿De qué estás hablando?
Natasha no contestó. Por un par de momentos dejó que Clint siguiera acariciando con su pulgar el dorso de su mano antes de romper el contacto y liberarse con la misma fluidez que el aire. En silencio se dio la vuelta y terminó de ajustare sus brazaletes. Antes de que Clint pudiera decir nada más, Natasha ya estaba de regreso a la cabina.
Otra vez ignorando los intentos de acercamiento de Clint. Otra vez actuando como si él no estuviera allí.
