CAPÍTULO 4- CELOS
El despertador sonó estruendosamente, siendo ahogado su sonido varios segundos después por una mano molesta, que golpeó el botón de desactivación con brusquedad. Kagome resopló y se acurrucó entre las mantas. Empezaba a arrepentirse de haber aceptado trabajar por la mañana, pero se lo había prometido a Inuyasha. Intentando olvidar que era sábado para no sentirse aún más fastidiada, bufó y se levantó de la cama. Salió de su habitación y se dirigió perezosamente a la cocina, frotándose un ojo. Encendió la cafetera y, para ganar tiempo mientras ésta se preparaba, fue a vestirse. Eligió unos vaqueros oscuros y una camiseta larga de color coral, que le llegaba hasta medio muslo, y la complementó con un cinturón grueso de charol, que colocó justo debajo de sus pechos para realzar discretamente el busto.
Fue al baño, donde se peinó, perfumó y maquilló con la raya de ojos de cada día. Volvió a la cocina y se sirvió el café, el cual terminó en cinco minutos. Por último, preparó su bolso y salió de casa, asegurándose de que había cogido las llaves y la tarjeta del autobús.
Se plantó en casa del actor a las ocho y media de la mañana en punto, como había hecho en horario de verano anteriormente. Estaba bostezando cuando abrió la puerta de atrás, la que daba acceso a la cocina. Se guardó la llave en el bolso y lo colgó en el perchero, junto a su chaqueta. Volvió a cerrar la puerta y buscó el horario que Sango diseñaba para el actor cada mes. No tardó en encontrarlo, pegado a la nevera. Era sábado, por lo que hoy le tocaba desayunar tortitas con zumo de naranja.
-Bien, manos a la obra…-suspiró, bostezando de nuevo.
A las nueve menos cinco, Inuyasha entró en la cocina.
-Buenos días-la saludó, mientras se sentaba en la mesa y le sonreía. No sabía por qué ni cómo, pero le había gustado verla allí ya por la mañana, como ocurría en verano.
-Buenos días.
Le sirvió el desayuno y luego un vaso de zumo de melocotón para ella. Nunca tenía mucha hambre por las mañanas, por eso nunca desayunaba del todo con él, a pesar de que en verano él se lo había propuesto varias veces. Kagome se sentó delante de él y se bebió el zumo con tranquilidad, mientras conversaban de cosas triviales.
-A qué hora tienes cita en la joyería?-preguntó la chica un rato después.
-A las diez y media-el actor miró el reloj- Es dentro de una hora y está un poco lejos, será mejor que nos vayamos ya.
-Claro.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
-Señor Taisho! Cuánto me alegro de verle! Pase, pase-el joyero los recibió con una enorme sonrisa y le tendió la mano a Inuyasha, quien se la estrechó con cordialidad.
-Buenos días, Kaijibô-respondió el hombre, devolviéndole la sonrisa. Se le veía emocionado y algo nervioso.
- Buenos días, señorita Kagome-le estrechó también la mano a la asistente, ya que no era la primera vez que veía a la fiel acompañante de uno de sus mejores clientes. Sí, mejores. La chica no quería ni pensar en el dinero que se había gastado Inuyasha en esa refinada joyería si se sumaban los costes de todos los regalos que le había comprado a la Sanguijuela. Por Kami, si hasta se necesitaba una cita para poder comprar en aquel local!
-Hola, cómo está?-respondió, con una sonrisa tímida.
-Yo? Muy bien, gracias, pero eso no es lo que importa. Me parece que alguien está muy emocionado esta mañana, a que sí?-bromeó, volviendo a girarse hacia el actor.
-Keh! No digas tonterías, Kaijibô-se sonrojó un poco y apartó la mirada, aunque se le escapó una sonrisa ilusionada.
Kagome se echó a reír, aunque no pudo evitar sentir una punzada en el pecho, que ignoró.
-Recuerdo su llamada….Anillo de compromiso, correcto?-preguntó el joyero, más serio ya, pero manteniendo siempre la sonrisa cordial. Se notaba que le gustaba su trabajo.
-Ajá-confirmó Inuyasha.
-Síganme, por favor.
Kaijibô les guió por el enorme local hacia una mesa situada en un rincón. Kagome no pudo evitar mirar maravillada las vitrinas llenas de joyas con diamantes y piedras preciosas durante el trayecto, fascinada por los miles de diseños y la finura y elegancia que transmitían en el cuello de los maniquís. Tomaron asiento delante de la mesa mientras el joyero se sentaba al otro lado, no sin antes buscar en unos delgados cajones un par de bandejas llenas de anillos. Cuando se sentó los posó sobre la mesa, mostrándoselos.
-Tiene alguna idea aproximada de cuánto planea gastar?-preguntó Kaijibô.
-No me importa el precio.
-Bien. Alguna preferencia?
-A decir verdad…a Kikyo le gusta el oro blanco y los diamantes. No es mucho de zafiros, esmeraldas y esas cosas.
"Tsk, claro. La bruja va a lo caro, sabe que lo tendrá", pensó Kagome, rodando los ojos con disimulo.
-Bien…Empecemos por éste.
El empleado tomó con delicadeza un bonito anillo que se ajustaba a los deseos de su cliente. Era fino, con un diamante con la típica forma de fresa luciéndose encima.
-Éste cuesta cuarenta mil yenes. Cinco quilates, oro blanco. Queda muy delicado puesto en una mujer.
-Kagome?-preguntó Inuyasha, poniendo la palma de su mano hacia arriba.
Ella puso su mano sobre la de él, quien la guió a la mesa. Una débil corriente eléctrica en ambos les hizo mirarse a los ojos de forma fugaz, casi imperceptiblemente, pero fue suficiente para dejarlos confusos y nerviosos. Ignorante de lo sucedido, el joyero le colocó el anillo en el dedo anular. Kagome movió un poco la mano y estiró los dedos, para que Inuyasha viera bien cómo quedaba.
-Es bonito pero tiene algo que no me gusta.
La asistente asintió, mostrando su acuerdo.
-Es muy delgado, y contrasta demasiado con el diamante-opinó, quitándoselo con cuidado y devolviéndoselo a Kaijibô- Es muy aparatoso.
-Bien, probemos otro entonces.
Estuvieron media hora probando anillos. Inuyasha siempre encontraba algo que no le gustaba, ninguna de esas refinadas joyas se acercaba a la perfección que él buscaba para su querida novia. Hasta que dieron con el ideal. Bueno, ideal para Inuyasha. Para Kagome, era mucho más de lo que esa arpía merecía. Kaijibô volvió con otra bandeja y les mostró un precioso anillo que no era ni gordo ni delgado, con toda su superficie incrustada de diamantes pequeños.
-Ciento treinta mil dólares. Diez quilates, oro blanco.
-Es precioso-al fin, los ojos del actor brillaron triunfalmente-Me permite?
El joyero asintió y le dio el anillo. Inuyasha lo tomó entre sus dedos como si fuera a romperse. Lo examinó unos instantes y después, con la mano libre cogió la izquierda de Kagome. El corazón de la asistente empezó a latir con fuerza en cuanto el hombre empezó a deslizar el anillo por su dedo anular, el del matrimonio por excelencia, como debía ser. Confundida a más no poder, luchó por calmarse, pero no pudiendo evitar el calor que invadió sus mejillas. Por suerte, Inuyasha pareció no darse cuenta, ya que estaba prácticamente embobado mirando el refinado aspecto que la joya mostraba en la mano femenina.
-Es precioso. Queda muy bonito-reafirmó, sonriendo bobamente. Kagome tragó saliva, frustrada al no comprender qué diablos le pasaba. La magia se rompió cuando el actor le quitó el anillo y susurró-Es perfecto para Kikyo.
En ese instante la asistente sintió ganas de llorar. El pecho le dolió y tuvo deseos de salir corriendo.
"Cálmate, Kagome, para eso hemos venido, no pasa nada", se dijo a sí misma, desconsolada sin saber por qué.
-En efecto, es muy elegante-confirmó Kaijibô, con una sonrisa amable.
-Me lo quedo.
-Me parece perfecto, señor Taisho. Sin duda, ha sido una elección sabia.
Sacó una cajita pequeña de terciopelo del escritorio y depositó el anillo en ella, cerrándola después casi con devoción.
-Va a pagar en efectivo o con tarjeta?
-Con tarjeta.
-En ese caso, le importaría dirigirse a la entrada? Shima le cobrará. Yo tengo que recoger todo esto.
-Bien.
Los tres se levantaron de la mesa. Los hombres se despidieron con un apretón de manos y un "Buena suerte" por parte del joyero. Inuyasha se dirigió a caja, y Kagome empezaba a seguirlo cuando sintió que la llamaban.
-Señorita Kagome, puede esperar un momento, por favor?
Kagome volteó, confusa. Aunque Inuyasha no se dio cuenta, sumido en su mundo de ilusiones. La joven volvió sobre sus pasos al lado del empleado.
-Ocurre algo, Kaijibô?
El hombre hablaba mientras ordenaba con cuidado las bandejas que poblaban la mesa.
-Perdone mi intromisión, señorita, pero hay algo que me ha llamado la atención durante su visita.
-Oh. Y de qué se trata?
El joyero le sonrió.
-Cree usted estar haciendo lo correcto? Me ha dado la sensación de que no soy el único que piensa que el señor Taisho se está equivocando.
Kagome abrió más los ojos, confusa.
-No sé a qué se refiere.
Parecía que Kaijibô iba a añadir algo más, pero terminó sonriendo de nuevo y negando suavemente con la cabeza.
-No importa, olvídelo. Perdone mi impertinencia. Encantado de haberla visto, señorita Kagome.
-Igualmente…-respondió, confusa, estrechándole la mano.
Pensando una y otra vez a qué se refería el joyero, volvió al lado de Inuyasha, quien estaba firmando el recibo. Su expresión llamó la atención de su jefe.
-Todo bien, Kagome?-preguntó, deteniendo los trámites por un momento para mirarla bien.
Ella le sonrió, agradecida por su preocupación.
-Claro.
Mientras se despedían de la cajera, Kagome creyó comprender las palabras del joyero. Hasta se le volvieron obvias. Por supuesto que Inuyasha se estaba equivocando! Esa arpía lo llevaría por el camino de la perdición, eso no sólo lo pensaba ella, sino también Miroku y Sango, y ahora, al parecer, Kaijibô también se había dado cuenta. Pero…había algo más. Tenía la sensación de que aquello no era lo único a lo que el joyero se refería.
"Cree estar usted haciendo lo correcto?"
Pues claro…qué podía hacer ella? Era su empleada, no se podía meter en la vida personal de su jefe. No podía hacer nada por mostrarle lo arpía que su novia era…
O sí?
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Nuevamente, Inuyasha había insistido en conducir él. Se le veía feliz, ilusionado y de muy buen humor. Por el contrario, Kagome se sentía hundida, nerviosa y triste. Y también frustrada: hacía mucho tiempo que un hombre no despertaba esa clase de sentimientos en ella. Por lo menos, aquella visita a la joyería le había servido para atar algunos cabos sueltos. Su jefe la ponía nerviosa con la mirada y su contacto le aceleraba los latidos del corazón, además de que le deprimía sobremanera que la usara para probarse anillos que le llevarían a comprometerse con otra.
Había llegado a la conclusión de que Inuyasha le atraía. Le atraía mucho. Poseía un magnetismo y un encanto masculino únicos que no había visto nunca antes. Pero aun así, no dejaba de ser su jefe. Y no iba a permitir que un simple capricho le hiciera sufrir de nuevo. Él iba a casarse con la arpía de las pasarelas, y ella no estaba dispuesta a sufrir por ello. Pero aquello no significaba que no pudiera mostrarle a un amigo la magnitud del error que estaba a punto de cometer.
-Ocurre algo? Estás muy callada-la voz de Inuyasha la sacó de sus pensamientos.
Kagome no se giró a mirarlo al contestar, sino que se limitó a seguir mirando por la ventana como si la alegría de su jefe no fuera con ella.
-No, no pasa nada-no pudo evitar que su respuesta sonara cortante y fría, cosa que no pasó desapercibida por él, quien frunció el ceño.
-Seguro? Pues no lo parece.
-Que tú estés contento y flotes en el mundo de la piruleta, no significa que los otros tengamos que sentirnos igual.
-Se puede saber qué te pasa?-replicó, molesto, sin poder comprender la seca actitud de su asistente.
-Te he dicho que no me pasa nada.
El actor soltó una palabrota y aparcó el coche en un hueco que encontró a su derecha en ese preciso momento, sorprendiendo a la chica por ese acto tan espontáneo.
-Qué haces?
Inuyasha apagó el motor y se giró para encararla.
-A ti qué te parece? Desde que he elegido el anillo estás que muerdes.
-Eso no es cierto-gruñó, pero el hecho de que siguiera sin mirarlo y respondiendo de forma tan cortante fue una evidencia para él de que su empleada mentía.
-Maldita sea, Kagome! Deja de fingir y dime de una vez por todas qué ocurre! Si no sé lo que te ha molestado cómo pretendes…!
Kagome se giró con brusquedad y lo enfrentó, harta del tema y de sus malditos sentimientos.
-Quieres saber qué me pasa, boss?-interrumpió, sarcástica- Pasa que no puedo seguir callada y fingiendo que todo está bien mientras me refriegas por la cara cómo estás a punto de tirar tu vida por la borda! Satisfecho?
El hombre se quedó callado, mirándola sorprendido. Hasta que, nuevamente, el enfado empezó a tomar posesión de su ser.
-Pero qué…? Lo dices por Kikyo? Que no te caiga bien no significa que sea un monstruo!-no soportaba que se metieran con su querida novia, y Kagome lo sabía, pero no le quedaba paciencia para seguir fingiendo respeto por esa bruja.
-Abre los ojos de una vez, Inuyasha! Sólo te quiere por tu apellido y tu dinero!
-Cállate!-gritó, enfurecido-Eres mi asistente, no tienes derecho a meterte en mi vida privada!
Si pensaba que con esas palabras y ese tono de voz autoritarios la intimidaría, estaba muy equivocado. Kagome estaba cegada por la rabia y la impotencia que llevaba reprimiendo meses.
-No te lo digo como tu empleada, sino como cualquier persona con ojos en la cara que quiere evitar que desperdicies tu existencia! Kikyo es superficial y manipuladora, y te está utilizando. Siento decírtelo, pero es lo que pienso.
Esperaba más gritos como respuesta, pero él se limitó a fruncir el ceño de nuevo y mirarla con incredulidad, sorprendiéndola.
-Qué pasa?-preguntó, brusca. El hombre parpadeó y siguió mirándola con esa odiosa expresión de No-me-lo-puedo-creer, antes de soltar la bomba sin pensárselo dos veces.
-Estás celosa?
-Cómo?
Al instante él se arrepintió de haber preguntado, y ella de haber sido tan evidente. Celosa? Analizó mentalmente sus sentimientos. Sentía celos? Descubrió que sí. Muchos. Estaba tremendamente celosa. Pero ése no era el tema, ni la única razón por la cual quería evitar el desastre. Pero tenía que responder algo enseguida, o de lo contrario, sería como reconocérselo a él.
-Pero qué tontería es esa?-balbuceó. Oh, muy bien, Kagome. Una respuesta del todo inteligente, digna de una niña pequeña con un berrinche.
Ambos desviaron la mirada, sonrojados e incómodos, acomodándose de nuevo en su asiento y mirando por sus respectivas ventanas, como quien no quiere la cosa.
-Lo siento. He dicho una estupidez-se rindió él, avergonzado.
-No importa, déjalo.
Se quedaron en silencio durante casi un minuto, luchando por tranquilizarse. Kagome suspiró y se giró para mirarlo, temiendo un poco volver a tocar el tema anterior, pero sintiéndose responsable de la situación. Ella había sacado el tema, y ahora tenía que defender su tesis si no quería que sus ideas pasaran desapercibidas en la conciencia de Inuyasha y que éste las olvidara. Si quería evitar que se casara con esa arpía, tendría que ser convincente.
-Escucha…Entiendo que no me creas, y que creas que te digo todo esto sólo porque ella no me cae bien. Y sí, lo reconozco, la odio, pero tú no dejas de ser mi jefe y no opinaría sobre el tema si no fuera importante.
Inuyasha se giró y la miró a los ojos intensamente. Kagome agradeció mentalmente que él fuera tan buen profesional, y que esa mirada que de nuevo ardía de rabia y rencor por haberse metido con su pareja estuviera bien oculta en esa fachada de aparente tranquilidad. De no ser así, sabía que no sería tan fácil hablarle con calma del tema. Al ver que él no añadía nada, ella respiró hondo y prosiguió.
-No soy la única que piensa que te estás equivocando…
-Quién más lo dice, si se puede saber?-interrumpió, ronco, luchando por no ponerse borde de nuevo.
Kagome sonrió un poco y negó suavemente con la cabeza. No quería involucrar a sus compañeros de trabajo.
-Eso no importa. Pero si me lo permites…déjame demostrarte que ella no es trigo limpio. Ya sé que no tengo derecho a meterme en tu vida a privada pero…
-Cierto, no lo tienes-sentenció, cortante, arrancando el coche de nuevo e incorporándose de nuevo al tráfico.
La joven dejó pasar unos minutos más antes de seguir, sabía que estaba jugando con fuego y que era mejor no presionarlo.
-No te lo pido como empleada, Inuyasha. Te lo pido como amiga. Dame la oportunidad de mostrarte que te estás equivocando antes de hacer nada…
-Ya hemos llegado-interrumpió, aparcando de nuevo.
Llegado adónde? Sorprendida, Kagome comprobó que se encontraban justo delante del bloque de pisos donde vivía.
-Pero…ésta es mi casa.
-Lo sé. Y?-no la miraba, su vista seguía fija al frente.
-Pero mi turno aún no ha acabado…en horario de mañana termina a las tres y sólo son las once y media.
-Eso lo decido yo-su tono de voz era frío, y estremecedor por el rencor que expresaba-Nos vemos el lunes, Kagome.
La chica sintió ganas de llorar. No sólo Inuyasha se había enfadado con ella, sino que además no había conseguido abrirle los ojos. Recordó con nostalgia el juego de miradas de la noche anterior en ese mismo lugar en cuanto se desabrochó el cinturón. Al principio se sorprendió por haberlo conseguido con tanta facilidad, pero luego recordó que el cinturón que se atascaba era el del Ferrari, no el del Porsche donde se encontraban. Suspiró y salió del coche, colgándose el bolso de su hombro. Inuyasha pisó el acelerador nada más ella cerró la puerta, alejándose de su herida asistente sin mirar atrás.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
El microondas anunció el final del proceso culinario con un pitido. Con un doloroso nudo en la garganta, Kagome abrió la puerta del aparato para coger el plato de pasta con salsa de queso. Se sentó en el sofá y se envolvió en una manta, mientras masticaba la comida sin ganas y miraba la televisión, tampoco sin interés.
Se sentía humillada e impotente, como también fracasada y poco importante para Inuyasha. Cómo había podido pensar que su idea funcionaría? Ella no dejaba de ser su empleada, y había sido descaradamente atrevida al intentar convencerle de que estaba tomando un mal rumbo en su vida privada. Con razón Inuyasha estaba enfadado con ella. Había tenido suerte de que no la despidiera por criticar sus decisiones tan abiertamente, como si fuera su madre, su novia o una amiga de toda la vida.
"Idiota"
Cuando estaba a punto de terminarse la comida, oyó como sonaba su teléfono móvil del trabajo. Seguramente se trataría de Miroku, ya que sólo el mánager e Inuyasha tenían ese número. En cuanto a Sango, su amiga se había tomado la libertad de comenzar a llamarla a móvil personal por confianza. Y dudaba mucho que se tratara de Inuyasha después de aquella amarga discusión. Suspiró una vez más y se levantó para cogerlo. Frunció el ceño al tomarlo y ver que se trataba de un número desconocido. En fin…
-Diga?-contestó.
-Habla Kagome?-preguntó una voz femenina que le resultaba familiar.
-Sí, soy yo, con quién tengo el placer de hablar?
-Soy Kikyo, la novia de tu jefe.
-Oh-balbuceó, sorprendida-Ocurre algo?
-Inuyasha me llamó ayer para disculparse, y me prometió que hoy haríamos algo. Verás, dijo que iríamos a comer pero ha tenido que asistir a una entrevista de última hora.
Cómo? Kagome abrió rápidamente su agenda de trabajo, que casualmente se encontraba justo a su lado. Inuyasha no tenía nada concertado ese día…Es que no se habían entendido con Miroku al concretarle los horarios? Por suerte, Kikyo siguió hablando antes de que pudiera meter la pata.
-Para compensarme me ha dicho que te diga que tienes que acompañarme de compras, y que puedo gastarme lo que quiera. Dice que pagues con la tarjeta que te dio para emergencias del trabajo, y que correrá de su cuenta.
Kagome abrió la boca, desconcertada. Era eso cierto? No estaría mintiendo esa Sanguijuela? Pero si fuera mentira, Kikyo no podría haber conseguido su número de trabajo así como así…
-Estás ahí?-preguntó la modelo.
-Espera un momento, por favor.
No se fiaba ni un pelo de ella. No le hacía mucha gracia hablar con Inuyasha después de la incómoda discusión de hacía apenas una hora, pero no podía permitir correr el riesgo de que Kikyo la estuviera engañando para sonsacarle más dinero a su jefe. Corrió a coger su móvil personal, pero justo cuando buscaba el número de Inuyasha en su lista de contactos, un nuevo mensaje apareció en pantalla. Lo abrió.
De: Inuyasha
Haz lo que te dice y acompáñala. Miroku ha aparcado el Porsche delante de tu casa, las llaves están en tu buzón. Tienes dos horas. Si resulta que me has hecho dudar de ella en vano, te arrepentirás amargamente de haberme tomado el pelo.
En ese momento lo comprendió. Inuyasha le daba carta blanca para demostrarle si en verdad su novia era una hipócrita manipuladora. Y por eso la mandaba unas horas con Kikyo a solas. Pero…qué podía hacer para demostrárselo? Mientras cogía el otro teléfono y quedaba con Kikyo para recogerla media hora después, pensaba sin parar de qué modo podría desenmascararla. Teniendo en cuenta la amenaza que transmitía la última frase que Inuyasha había escrito en el mensaje, no le cabía duda de que si fracasaba y mostraba que había criticado y acusado a Kikyo sin motivo alguno, sería despedida sin contemplaciones. Conocía perfectamente a su jefe como para saber que no permitiría que nadie perjudicara a su amada modelo.
Una pequeña idea empezaba a tomar forma en su mente…Tendría que ser ágil y precisa, pero si funcionaba, sus efectos no se notarían hasta que Inuyasha le propusiera matrimonio a la arpía esa noche. Era muy arriesgado, y rezó para que él tuviera paciencia como para alargar el plazo unas cuantas horas más, pero ahora que se había metido de lleno en el asunto por tonta inconsciente, no podía volver atrás. O eso, o se resignaba a ser despedida sin luchar por su puesto.
Y nadie es más orgulloso y testarudo que Kagome Higurashi.
FIN DEL CAP 4!
Lo sé, yo tampoco sabía que podría actualizar tan rápido, pero últimamente tengo mucha inspiración para este fic.
Como prometí, le dedico el capítulo a mi amiga Aida y a Mery J Black, quienes me dieron ideas y motivación para escribir este capítulo. Reconozco que al principio estaba un poco encallada :P
Os adelanto que en el siguiente capítulo ya habrá los primeros roces…no digo más ;) sólo que espero vuestros rw!
Bss^^
Dubbhe
