Capítulo 3

Hija de la nada

Había esperado más de seis horas en esa sala fría y vacía a la que le habían llevado, pero nadie había salido, como si se hubiesen olvidado de él. Comenzó a pensar lo peor mientras se sentaba en uno de los bancos de madera y se agarraba la cabeza con ambas manos.

Tal vez estaba muerta, pensó con miedo y sus manos comenzaron a sudar.

– Me dijeron que estabas aquí. –El cuerpo del joven se tensó con tan solo escuchar la voz tan conocida de su madre.

Levantó la cabeza y la observó con detenimiento. Con el barbijo aun en la boca y su bata color azul. Se quitó el barbijo usado y Scorpius pudo ver el rostro cansado de la mujer. Sus facciones finas pero avejentadas por el trabajo y lo duro que había sido la vida desde que su preciado esposo se había ido.

La rubia le sonrió ligeramente mientras se quitaba el gorro del quirófano y dejaba caer su fina cabellera rubia. Así se veía más joven pero siempre tenía esa mirada melancólica en el rostro al observarlo a él. A veces, Scorpius se sentía mal casi enfermo porque sabía que su viva imagen le recordaba a su padre. ¿Cómo Astoria podía vivir con eso? Si hasta para él era una lucha constante al verse al espejo y ver las facciones de Draco Malfoy impregnadas en su rostro, como un constante recordatorio de que su padre ya no estaba más entre ellos y que posiblemente era su culpa.

– Me dijeron que tu trajiste a la chica. – dijo ella con neutralidad, con esa voz molesta que utilizan los medimagos para dar malas noticias. El muchacho aguantó la respiración, preparándose para lo peor. – Está bien, si eso es lo que te preguntas. – dijo rápidamente, haciendo que Scorpius respirara – Tuvo más de treinta puñaladas profundas, pero tuvo suerte. Todas ellas solo rozaron los órganos y arterias vitales. Aunque la mano la tiene algo magullada y tardará en sanar, tuvo suerte.

– La suerte no existe. – dijo Scorpius con la voz tensa. Toda esa situación, la carta, él sueño y la pelirroja, era demasiado extraña para no sospechar que había algo más que él aún no estaba viendo. Su madre asintió con la cabeza.

– Entonces alguien simplemente no quería matarla, pero si quería hacerle mucho daño. – continuó y se sentó a su costado. Le puso una mano en el hombro. – Cariño, deberías de ir a tu casa y descansar. Hasta Harry ya se ha marchado. – habló, viendo la sala vacía.

Scorpius se paró de un salto recordando que Potter había ido a supervisar la casa, a verificar si había más sobrevivientes, si los aurores estaban bien.

– ¿Hay más sobrevivientes? – pregunto él, ahora ansioso. El cuerpo de su madre se tensó.

Así que eso era.

– Trajeron a tres más, ninguno salió con vida. Las heridas…– su voz se entrecortó y Scorpius pudo ver la mirada de su madre, recuerdos horribles estaban tras esos ojos azules. Le tomó la mano para darle fuerza y ella la apretó. – Eran incurables, hicimos todo lo posible pero no sobrevivieron.

– ¿Algún herido de nuestro lado? – preguntó Scorpius. Había sido tan inconsciente, ni si quiera se le había ocurrido pensar en los demás Aurores, ni si quiera en Albus.

– No, nadie. – dijo su madre, tranquilizándolo. – Cariño. – Habló y esta vez fue el tono de voz tan tranquilo y dulce, como el que utiliza la Astoria antigua, esa madre cariñosa que lo había criado tantos años, a quien extrañaba todas las noches pero que ya no estaba desde que su padre había muerto; que hizo que le mirara.

– Ella esta despierta, esta despierta desde hace un rato. No se lo he informado aun a Potter, creo que deberías de hablar con ella primero.

– ¿A que te refieres?

– No creo en las coincidencias. Para mí no existen, pero sí que creo en el destino. Y que esa chica vuelva a tu vida, es parte del tuyo. Ve, habla con ella antes de que los Aurores inicies sus procesos burocráticos y te hagan a un lado.

Scorpius no lo pensó dos veces y aun que probablemente estaba volviendo a romper las reglas, le hizo caso a su madre.

La mujer lo llevo por unos largos pasillos iluminados con luz mágica, una luz que Scorpius detestaba por los recuerdos que le venían a la mente. Despues de todo, él casi murió allí y lo poco que recordaba de ese día en ese hospital, eran esas horribles luces blancas.

Su madre paró frente a una puerta de madera y su respiración comenzó a agitarse. La vería de nuevo y esta vez, si podría hablar con ella, si podría agradecer lo que ella había hecho por él.

– Hay algo más. – dijo su madre. Scorpius la observó por unos segundos. Estaba nuevamente con esa mascara de seriedad en el rostro. Evito sentirse decepcionado por ello, pero falló. Y la sensación de extrañar a su madre volvió nuevamente a su pecho con fuerza. Se obligó a mirarla, esperando a que hablara nuevamente.

– Ha estado algo irascible desde que despertó. Logramos poner un hechizo en la habitación para que estuviera…– contuvo el aliento por unos segundos, tratando de encontrar la mejor palabra para culminar – más relajada. – finalizo y Scorpius imaginó que la pelirroja había sido difícil de controlar. Tragó saliva y estuvo a punto de preguntar si era peligrosa, pero su madre no dejo que hablara. Sacó su varita rápidamente y la puso frente a él. – Así que deja que te ponga un protector. – habló mientras hacia un ligero movimiento frente a su nariz. El chico sintió y al instante apareció una especie de mascara en su rostro, cálida y ligera. Por puro instinto paso las manos por su nariz y boca, pero sobre su rostro no había nada.

– Ahora si Scorpius. Entra. – dijo su madre con impaciencia. Y Scorpius se dio cuenta que ella no tardaría mucho en hablar con los Aurores y comunicar que la joven estaba consciente y que además de eso había sido algo temperamental al despertar.

Entró en silencio y aun que cerró la puerta con rapidez, se tomó su tiempo para voltear. Había soñado muchas veces con aquel encuentro, pero jamás se había imaginado que llegaría a ser así. Giró creyendo que encontraría a una muchacha decaída, pálida y sucia (a pesar de lo que su madre le había dicho) pero lo que encontró lo dejó sorprendido. Primero, la estancia estaba hecha un desastre, como si hubiese pasado un torbellino por allí. Las frazadas en el piso, el pequeño florero del velador, roto, en la esquina opuesta. Y ella, en el medio de la cama, abrazando sus rodillas, observándolo. Su mirada era mortecina pero sus ojos parecían arder, sus moretones eran más visibles que nunca, resaltados por su ondulante cabellera de color rojo cobrizo que caía por sus hombros. Su mano derecha estaba vendada pero manchada de sangre, como si hubiese tratado de moverla sin mucho éxito.

Sus ojos se encontraron con los de ella, seguían siendo los mismos con los que había soñado durante todos esos años, color avellana, con un ligero reborde dorado.

– ¿Niño de plata? –Fue lo primero que preguntó con una voz ronca, como si las cuerdas bucales se le hubiesen dañado por tanto gritar. El corazón de Scorpius se le hizo un puño mientras la muchacha fruncía el ceño con confusión. – ¿Estoy muerta? – preguntó rápidamente. A Scorpius le pareció una actitud muy peculiar para alguien que creía estar muerto, debido a que no había miedo en esos hermosos ojos.

No, no había nada de eso en ellos.

Scorpius negó con la cabeza.

– No lo estas. – dijo con seriedad.

– Entonces ¿Cómo es esto posible? – volvió a fruncir el ceño y observó todo con más detenimiento. La mirada de rabia había desaparecido por completo y ahora una mirada de perplejidad se reflejaba en sus ojos. – ¿Estoy atrapada en una celda? – Scorpius negó rápidamente con la cabeza.

– No, claro que no. Esta segura, al otro lado del muro. – los ojos de la muchacha se abrieron de par en par, llenos de sorpresa. Y Scorpius se dio cuenta de lo raro que sonaba eso y de las miles de preguntas que se estaría formulando en ese instante.

– ¿Cómo? – Preguntó con asombro. – ¿Cómo es esto posible...?¡Oh dioses! los niños, yo debo de regresar a esa casa. ¿Como diablos llegue aquí? Astrid…

Hablaba rápidamente, descontroladamente y comenzó a agitarse. Scorpius dio dos pasos hacia adelante.

– Toma aire. – le ordeno y la muchacha lo miró con molestia. – Por favor. – dijo rápidamente y su mirada se suavizó. La pelirroja inhaló con fuerza y al hacerlo una mueca de dolor apareció en su rostro. Aún estaba herida.

– ¿Qué hago aquí? ¿Cómo es que termine al otro lado del muro? – pregunto con más tranquilidad.

Scorpius se encogió de hombros con decepción. Había creído erróneamente que ella tenía la respuesta.

– Pensé que tú lo sabrías, pediste ayuda. – dijo con confusión.

– ¿Ayuda? – preguntó perpleja. – yo no pedí ayuda, si lo hubiese hecho supongo que no hubiese pasado esa masacre. – la voz se le resquebrajo al momento de decirlo y cerró los ojos con fuerza, recordando.

Así que lo sabía, sabía que había terminado en un desastre, pero aun así había pregunto por niños; aun así, quería regresar a esa casa.

– Me llego un mensaje de ceniza, una dirección y una frase. – la muchacha regresó de sus pensamientos y frunció el ceño. Scorpius continuó. – Quiero que sepas que esto lo hago por ti. – hablo, esperando que la muchacha reconociera la frase, pero ella simplemente parecía más extrañada que nunca. – Eso decía el mensaje – se apresuró a aclarar algo avergonzado.

– ¿pero que mierda quiere decir eso? – preguntó y nuevamente Scorpius se encogió de hombros.

No, no le diría que significaba para él.

– No lo sé – mintió. – pero de todas maneras fui.

La sensación de presión regresó a su pecho como un golpe sordo que lo dejo sin aire. Como si le dijera "no te olvides de mí". Scorpius lo supo entonces, tenía que hablar de la Banshee.

– Hay algo más. – dijo mientras se tocaba el pecho sin comprender por completo la sensación de presión que sentía allí. – soñé con una Banshee, sabia mi nombre y me dijo que cumpliera mi deuda de muerte.

Aquello sí que la tomó por sorpresa, la muchacha negó con la cabeza un par de veces.

– Eso es imposible. – susurró ella y luego levantó la voz – ¿por qué demonios un demonio llorón quisiera ayudarme? – preguntó y Scorpius se encogió de hombros. No tenía esa respuesta. No tenía casi ninguna respuesta. Se sentía algo patético allí. – ¿Cuál es tu nombre? – preguntó sin más.

Scorpius la miró confuso y recibió una mirada intensa de su parte que hizo que el respondiera de todas maneras, sintiendo que el tiempo se les iba acabando.

– Scorpius Malfoy. – Dijo él. Ella pareció retener el aliento por unos segundos. Cerró los ojos con fuerza y dijo:

– Bien, Scorpius Hyperion Malfoy. Yo, Rose sombra de Asterion, hija de la nada y heredera del agua, dejo constancia que tu deuda de muerte queda saldada.

Al terminar lo que dijo sus ojos se abrieron y el halo dorado que tenían ellos, brillo con fuerza, como oro líquido. Scorpius sintió una punzada en el pecho y la sensación de presión se desvaneció por unos segundos fugases, pero regresó con más fuerza, quitándole con dolor el aire de los pulmones. El muchacho lanzo un ligero alarido mientras se tocaba nuevamente el pecho. Jadeante tuvo que apoyarse en una de las paredes para no desplomarse en el piso.

La muchacha lo miraba con incredulidad. Se acercó a él con cautela y le toco el hombro. Una sensación cálida paso por todo el cuerpo de Scorpius al sentir su mano sobre él, tan cálida que le quemo el cuerpo y los ojos. Dioses, sus ojos estaban ardiendo. Volvió a gruñir de dolor.

– Abre los ojos Scorpius. – le ordeno y el muchacho los abrió. Fue la primera vez que veía la sorpresa y el terror reflejados en los ojos de la pelirroja.

– ¿Qué pasa? – Pregunto él.

– Al parecer la deuda de muerte no es conmigo. – dijo lúgubre.