~*~Dulce Inocencia~*~


Capítulo IV Decisión


Rukia estaba tumbada en la cama, mirando el techo. Al otro lado de la ventana podía oír cómo el viento ganaba fuerza, golpeando los cristales y las ramas de los árboles. Era curioso lo preocupada que había estado por la tormenta unas horas antes. Pero ahora, ni siquiera la amenaza de un huracán era tan turbadora como la presencia de Ichigo Kurosaki.

¿Por qué lo había besado así?, se preguntaba una y otra vez.

Lo único que tenía que hacer era ir a Sicilia con él y hacer el papel de perfecta madre y esposa…

Podía irse al infierno, pensó, golpeando la almohada con el puño. ¿Cómo había podido creer alguna vez que él era un ser humano decente? Creer que estaba enamorado de ella… qué tonta había sido.

Poco antes había oído sus pasos por la escalera y se llevó una mano al corazón. No había cerrojo en su puerta y si decidía entrar…

Afortunadamente, sólo iba al cuarto de baño. Había oído el grifo de la ducha.

No sabía qué podría haber pasado si hubiera entrado en su habitación. Sí, lo odiaba, pero algo realmente extraño le ocurría cuando la tocaba. La hacía perder el control de sus emociones, la convertía en alguien u quien ni siquiera era capaz de reconocer. Y no tenía nada que ver con el maldito dinero. ¿Qué tenía Ichigo que la afectaba de esa forma? No lo sabía. Lo único que sabía era que le daba miedo.

Lo oyó salir del baño y se sentó en la cama, aguzando el oído. Enseguida oyó que abría uno de los armarios. Evidentemente iba a dormir en el sofá del salón y buscaba sábanas y mantas, como si estuviera en su propia casa. Claro que era su casa ahora. Cada vez que lo pensaba se ponía enferma.

Los establos de Santa Lucía eran su refugio. Habían sido de su madre y siempre había pensado que, tras su muerte, los heredaría ella.

Evidentemente, su padre había llegado antes. Rukia apretó los puños. Ofrecérsela a Kurosaki como si fuera una propiedad que pudiera ser intercambiada… claro que no debería sorprenderla. Su padre era un experto usando a la gente.

El matrimonio de los Kuchiki había sido un fraude. Byakuya Kuchiki se había casado con su madre porque pertenecía a la aristocracia y eso era conveniente para sus propósitos. En cuanto a su madre… aunque era de clase alta estaba casi en la ruina y a punto de vender la casa de Surrey que había pertenecido a su familia durante generaciones y los establos de Santa Lucía cuando conoció a Byakuya.

Nunca debería haber aceptado su proposición de matrimonio, pero ella creyó que la quería. Aunque no tardó mucho en darse cuenta de que, en lugar de rescatarla, estaba atrapada en un matrimonio sin amor. Ni siquiera pudo conservar la casa de Surrey, la casa en la que se había criado, porque su padre la vendió al mejor postor.

Byakuya Kuchiki era un tirano y un mujeriego. Había usado los contactos de su esposa para medrar profesionalmente y, al mismo tiempo, despreciaba que tolerase sus abusos.

Según pasaban los años, la relación se deterioraba cada vez más. Ni siquiera el nacimiento de su única hija, Rukia, había servido para ablandar el duro corazón de Byakuya. Al contrario.

A los seis años la habían enviado a un internado en Inglaterra por decisión de su padre, pero la relación con su madre había seguido siendo tan cariñosa y tan estrecha como siempre. Fue ella quien la convenció para que dejase a su padre. A los dieciséis años, Rukia la había ayudado a hacer las maletas y se había ido con ella a Santa Lucía.

Le dijeron a su padre que iban a pasar unos días de vacaciones para celebrar su cumpleaños, pero nunca volvieron a Las Vegas. Y desde allí, su madre había solicitado el divorcio.

La furia de Byakuya Kuchiki no se hizo esperar. A él no lo dejaba nadie.

Pero ella se mantuvo firmemente al lado de su madre y, aunque ya estaba enferma, la ayudó a levantar los establos, perdiendo la oportunidad de hacer una carrera, para no depender económicamente de su padre.

Las cosas podrían haber salido bien. Siempre había turistas en Santa Lucía y los establos empezaban a dar beneficios. Habrían podido ser independientes si la enfermedad de su madre, de caro tratamiento, no hubiese empeorado.

Nada más que una situación de vida o muerte habría obligado a Rukia a pedirle ayuda a su padre. Y, por supuesto, el estaba encantado de que se la pidiera. Había aceptado pagar el tratamiento de su ex mujer en el mejor hospital de Estados Unidos pero, como siempre, el precio del rescate había sido muy alto.

Culpaba a su hija por el divorcio y había decidido que esa traición era imperdonable. Incluso amenazó con dejar de pagar las facturas del hospital si Rukia no obedecía sus órdenes.

De modo que se vio obligada a volver a Las Vegas para hacer de anfitriona en sus fiestas y para ser cómplice de sus sucias tretas profesionales.

La peor de las cuales había sido la de Ichigo Kurosaki.

Y cuando su padre descubrió que estaba enamorada de Ichigo le había hecho creer que ella era cómplice de la trampa, por supuesto.

Rukia apoyó la cabeza en la almohada y volvió a mirar al techo en la oscuridad de la habitación.

Verse entre la espada y la pared, entre evitar que su madre tuviera que salir del hospital o ayudar al hombre del que se creía enamorada, era una situación que no olvidaría nunca. Había sido una tortura. Estaba atrapada y, a pesar de no tener culpa de nada, se sentía culpable por todo. Pero cuando intentó explicárselo a su madre, ella no la entendió.

—He sido más feliz estos años contigo en Santa Lucía que durante toda mi vida de casada —le dijo—. Me alegro mucho de haber dejado a tu padre.

Pero su madre no sabía que Rukia tenía el corazón partido.

Al principio, sus citas con Ichigo eran castas. Con dificultad, se apartaba de sus besos y lo mantenía a raya, no porque no lo desease sino porque lo deseaba tanto que la asustaba.

Y hacía bien en estar asustada. Porque siempre había que pagar un precio muy alto por todo lo que tenía que ver con su padre.

Ella quería que su relación con el pelinaranja fuese limpia, sincera. Intentó razonar con su padre, explicarle lo que sentía… pero no sirvió de nada. De hecho, le molestó mucho que se atreviera a cuestionarlo.

—Llévatelo este fin de semana a mi rancho de Palm Springs —le ordenó—. Y entretenlo hasta que te diga que podéis volver.

Ella sabía que su padre estaba intentando engañar al padre de Ichigo y, por primera vez, se negó a hacer lo que le pedía. Pero cancelando un simple cheque, Kuchiki Byakuya le recordó que no era su vida la que estaba en peligro.

De modo que, sin decirle nada, invitó a Ichigo al rancho. Afortunadamente, él no era tan tonto como su padre creía y había contratado a un abogado para que revisase el acuerdo.

Se lo había contado en el rancho y Rukia se sintió increíblemente aliviada. Todo iba a salir bien, se decía a sí misma. Su padre no iba a engañar a la familia Kurosaki y saber eso hizo que caer en sus brazos fuera aún más dulce.

Recordaba la pasión de ese primer encuentro, recordaba haber apoyado la cabeza sobre su pecho después, creyéndose locamente enamorada de él…

Qué idiota. No podía creer que hubiera sido tan ingenua. Claro que entonces tenía dieciocho años y nunca antes había estado con un hombre. ¿Qué sabía ella? Ichigo sólo estaba interesado en el sexo. Había disfrutado la emoción de la conquista sin hacer promesas, sin palabras que lo comprometieran.

Y mientras él disfrutaba tomándola ese fin de semana, su padre estaba ocupado comprando a su abogado.

Todo, aparentemente, podía ser comprado y vendido. Todo el mundo tenía un precio. Así era como su padre se había hecho rico, pero no sabía que Ichigo también fuese de esa manera.

Rukia secó las lágrimas que acababan de asomar a sus ojos de un manotazo.

Había cometido el error de enamorarse de Ichigo Kurosaki y lo único bueno que había quedado de eso era Kaito. Y no pensaba dejar que se lo arrebatase.

Estaba embarazada de tres meses cuando su madre murió, el peor momento de su vida. Pero entonces había demostrado lo fuerte que era. Desaparecida la razón por la que había tenido que volver a Las Vegas Rukia decidió cortar todo contacto con Byakuya Kuchiki y volvió a Santa Lucía para retomar el negocio de los establos.

No había sido fácil. Levantar un negocio siendo madre soltera no era precisamente la mejor de las circunstancias… pero se las había arreglado.

Daba igual lo que Ichigo pensara de ella, Rukia podía mirarlo a los ojos sabiendo que no era una niña mimada que haría cualquier cosa por dinero. Pero ser trabajadora y decente no ayudaba nada cuando una había perdido su casa.

La verdad era que, aunque había conseguido mantener a su hijo, no tenía dinero para contratar a un abogado si Ichigo decidía solicitar la custodia del niño.

Un violento trueno sacudió los cristales de la ventana en ese momento; parecía un eco de su propia rabia.

Seguramente estaba tirándose un farol, se dijo. Él no querría cargar con un niño. Y todo eso del matrimonio… eso también era un farol.

Quizá, cuando se levantase por la mañana. Ichigo habría desaparecido de su casa y de su vida.

Rukia enterró la cara en la almohada e intentó dormir, pero le resultaba imposible.

Cuando empezó a amanecer fue un alivio levantarse de la cama para ir a ver a Kaito.

El niño estaba despierto y sonrió al verla entrar.

—Hola, cariño —rió , sacándolo de la cuna—. ¿Cómo estás, mi amor?

Todo iba a salir bien, se dijo, mientras apretaba al niño contra su corazón. La tormenta parecía estar alejándose, el sol empezaba a salir. Mientras se ocupaba de vestir a su hijo, la noche anterior empezaba a parecerle una pesadilla. A lo mejor Ichigo se había ido. Rezando para que así fuera, bajó al primer piso, con Kaito en brazos.

La casa estaba en silencio. La única señal de que Ichigo había estado allí eran las sábanas, cuidadosamente dobladas sobre el respaldo del sofá.

Se había ido. El corazón de Rukia empezó a dar saltos dentro de su pecho… hasta que entró en la cocina. La puerta trasera estaba abierta y la silueta de Ichigo recostada en el umbral se apreciaba.

—Buenos días. ¿Qué tal has dormido?

¿Qué tal había dormido? Cualquiera diría que aquélla era una situación normal, pensó ella, enfadada. Cualquiera diría que no se había presentado con un absurdo ultimátum, amenazando con destrozarle la vida.

—He dormido bien, gracias —contestó, sin mirarlo—. Pensé que te habrías ido.

—No sé por qué. Anoche dejé bien claras mis intenciones.

Rukia tragó saliva. No quería pensar en ello.

Después de dejar a Kaito en su silla empezó a organizar el desayuno como si Ichigono estuviera allí, pero no era fácil porque podía sentir sus ojos mieles clavados en su espalda.

Como ella, llevaba vaqueros y camiseta y parecía más joven que la noche anterior.

Ojalá no lo encontrase tan atractivo… pero así era. Ojalá pudiera dejar de mirarlo por el rabillo del ojo cada vez que pasaba a su lado… pero no era capaz.

¿Cómo podía odiar a alguien y, a la vez, sentirse atraída por él? Era un misterio. Un misterio que no le interesaba nada descifrar, se dijo a sí misma mientras ponía leche a calentar y abría un paquete de café. Quizá un poco de cafeína haría que su cerebro empezase a funcionar de una vez por todas.

—Parece que ya ha pasado lo peor de la tormenta —comentó Ichigo.

—Sí, genial.

—Pues sí, lo es.

Cuando se sentó a la mesa Kaito le sonrió e Ichigo sonrió también, alargando una mano para acariciar su pelito naranja.

—Han levantado las restricciones de vuelo, de modo que me iré esta tarde. Mi avión está esperando en el aeropuerto.

Rukia, que estaba esperando que terminase la cafetera, se volvió de golpe.

—¡Te marchas!

—Sí, esta tarde, a las cuatro.

De modo que todo lo que le había dicho por la noche había sido sólo… ¿para qué, para asustarla, para vengarse de ella?

—Mira, Ichigo, sé que debió ser una gran sorpresa para ti descubrir que tenías un hijo. Y anoche dijiste muchas cosas, pero estoy segura…

—Yo nunca digo cosas que no pienso.

Ella arrugó el ceño. Iba a decirle que lo mejor sería dejar atrás el pasado y que podía ver a Kaito cuando quisiera porque, después de todo, era su padre.

—¿Pero te marchas?

—Sí, vuelvo a Sicilia, contigo o sin ti.

—¿Quieres decir que todo eso de casarte conmigo…?

—Lo decía en serio. Ella tragó saliva.

—No te entiendo.

—O aceptas mi oferta y vienes conmigo a Sicilia o me voy y dejo todo en manos de mi abogado. Depende de ti.

Hablaba en serio la noche anterior, aunque no sería capaz de privar a Kaito de su madre. Pero el niño también necesitaba un padre.

Ofrecerle matrimonio le había parecido una inspiración…

Kaito tendría a su madre y él tendría a Rukia donde la quería. Y sabía exactamente dónde la quería, pensó cuando se estiraba para sacar las tazas del armario.

Era deseo, por supuesto. Pero había un fácil remedio para eso. Iba a hacer que Kuchiki Rukia pagase en su cama por haberlo engañado y, al mismo tiempo, saciaría su deseo de ella.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé, aún no lo he decidido.

—He echado un vistazo a tus cuentas. No tienes dinero…

—¿Quién te ha dado permiso para hacer eso? ¿Quién crees que eres? —le espetó la morena, furiosa—. ¿Cómo te atreves a mirar en mis papeles?

—Los papeles del establo ahora son míos. Cuanto antes aceptes eso, mejor para todos.

—Yo no acepto nada —replicó ella—. Y contrataré un abogado, no te preocupes.

—¿Con qué vas a pagarlo?

—Aunque no es asunto tuyo, tengo algo de dinero ahorrado.

Ichigo sonrió.

—No tienes nada y tú lo sabes. Te he ofrecido una salida, Rukia. Hacerme esperar con la esperanza de que te ofrezca algo mis no va a servir de nada. De hecho, si no aceptas solicitaré la custodia de Kaito… porque tú no puedes mantenerlo. Estará mejor en Sicilia, además. Yo puedo darle todo lo que tú no puedes: una buena educación, un hogar confortable, un buen futuro…

—¿Y el cariño qué? —lo interrumpió ella, angustiada.

—Seré un buen padre. Tienes mi palabra.

—Ah, qué consolador —replicó ella, irónica.

—Si tan preocupada estás, ven con nosotros. Ya conoces mis términos.

—No puedo irme de aquí. Tengo caballos que atender, tengo responsabilidades…

Ichigo sonrió. Las cosas empezaban a ponerse a su favor.

—Yo contrataré más empleados y a un capataz. La ventaja del dinero es que siempre soluciona los problemas de intendencia.

—¿No me digas?

Si tenía que enfrentarse con Ichigo en los juzgados podría perder la custodia del niño… perder a Kaito para siempre. Pero la alternativa era dejar que Kurosaki la comprase como compraría una propiedad. Tenía que encontrar una ruta de escape, pero no se le ocurría ninguna.

¿Entregarse a Damon era la única opción? Una abrumadora sensación de angustia la superó por completo. Dejar su casa, a los empleados que tanto la habían ayudado… y luego estaba su caballo. Blacky, un castrado de tres años al que había rescatado de una vida de abusos y que le había robado el corazón con sus ojazos y su cariñosa disposición.

—No puedo…

Ichigo apretó los labios. Parecía tan frágil, tan vulnerable. Recordaba que cuando salían en Las Vegas a veces había visto esa misma expresión en sus ojos. Y cada vez que la veía deseaba cuidar de ella, protegerla…

Ninguna mujer lo había hecho sentir lo que sentía por Rukia. Qué tonto había sido. Ella sólo lo había utilizado para que su padre se saliera con la suya.

Recordar que era una mentirosa lo decidió aún más. Lo había engañado una vez, no volvería a hacerlo.

—No tengo tiempo para discusiones y no sé a quién crees que estás engañando.

Rukia levantó la barbilla, intentando controlarse. No pensaba dejar que la viera llorar.

—Ir a Sicilia conmigo será lo mejor para nuestro hijo. Así tendrá a su padre y a su madre y todas las ventajas que tú no podrías darle. Además, estoy dispuesto a poner un anillo en tu dedo —Ichigo se encogió de hombros—. Es un buen trato. Estoy dispuesto a ser más que generoso contigo.

—¿Y se supone que yo debo estarte agradecida? —le temblaba la voz de rabia—. Ese anillo no será más que una cadena para mí.

—Pero una cadena que te concederá muchos privilegios.

—A cambio de ciertos favores.

—¿Favores? —el hombre parecía divertido—. Oh, no. Rukia, no es así como va a funcionar nuestro acuerdo —dijo, levantándose—. La verdad es que a ti te gusta tanto como a mí.

Cuando pasó una mano por el contorno de su cara, la caricia provocó un temblor por todo su cuerpo; pero era un temblor de deseo, no de repulsión. Un temor que confirmaba que Ichigo estaba en lo cierto. Y eso la turbaba profundamente.

—Nos entendemos muy bien —siguió él, sus ojos quemándola—. Estaremos juntos, pero esta vez la relación será más honesta. Espero que eso haya quedado claro.

—Sí, lo has dejado tan claro como el cristal. Pero no hay nada honesto en esta relación.

—Será más honesto que lo que pasó en Las Vegas —Ichigo levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.

Esas palabras dolían como un puñal. Lo había querido en el pasado… o se había creído enamorada de él.

—No tengo elección…

—En la vida siempre hay elecciones. Uno puede decidir qué camino tomar.

—¿Como ahora, por ejemplo?

Por un segundo, el temblor en su voz lo conmovió. Y cuando vio las sombras en sus bonitos ojos, cuando notó cómo habían pasado del azul al violeta…

—Damon, lo que pasó entre nosotros fue…

—¿Qué, un error? —la interrumpió él, enfadado consigo mismo—. Supongo que desde tu punto de vista podría ser así. Te equivocaste, elegiste al caballo perdedor. Tu padre ya no puede darte todo lo que necesitas. Rukia , pero yo sí.

Era extraño que su voz sonase tan brutal y, en cambio, el roce de sus dedos fuera tan suave, tan delicado.

—Olvidas que te conozco bien. Sé cómo piensas y lo que quieres. Esta pretensión tuya ha ido demasiado lejos, así que vamos al grano. ¿Tenemos trato o no? —mientras hacía la pregunta, pasaba un dedo por sus labios y la caricia hizo que el anhelo que sentía se convirtiera en un deseo abrasador. Quería que la besara, quería que la abrazase…

No podía entenderlo. ¿Cómo era posible que la excitase de esa forma? ¿De todos los hombres del mundo, por qué él precisamente?

—Te lo repito: ¿tenemos trato o no? —insistió él, tomándola por la cintura.

Rukia se imaginó a sí misma durmiendo con él cada noche. Cuando cerró los ojos casi podía sentir las manos masculinas sobre su cuerpo, los labios de Ichigo aplastando los suyos.

El sexo había sido maravilloso con él. Tenía razón, había química entre ellos. Y, por mucho que la avergonzase, debía reconocer que lo deseaba.

—¿Rukia?

Se sentía atrapada por las circunstancias… pero también por sus emociones.

—¿Tenemos trato o no? —insistió Ichigo.

No podía atarse a un hombre que no la amaba. ¿Pero qué otra cosa podía hacer?

—¿Qué pasará con mis empleados?

Él arrugó el ceño. No era ésa la pregunta que esperaba.

—Conservaran sus puestos de trabajo.

—Sobre ese acuerdo que quieres que firme… quiero leerlo antes de aceptar nada.

Era como un pez emergiendo del agua, luchando por soltarse del anzuelo. Ichigo tuvo que sonreír.

—Ah, por fin aparece la auténtica Kuchiki Rukia.

—No te hagas el listo conmigo.

—El acuerdo dejará bien claro que tendrás todo lo que necesites mientras sigas viviendo conmigo, pero ya sabes cuáles son mis términos. Así que te haré la pregunta por última vez: ¿tenemos trato o no?

El corazón de la morena latía con tal fuerza que casi le hacía daño. No podía hacer nada, no tenía a quién recurrir.

—Sí, tenemos trato —asintió.

Ichigo la miró con un brillo de triunfo en los ojos.

—Ah, por fin has dejado de fingir.


Mis agradecimientos a : Sakura-Jeka, varie77, Gzn, ichigorukiaxsiempre, May Hudson,

alessandra08, Ghost iv, Inukarenesmee, MaryRebeca, BriseII.

Espero les guste este capítulo se los dedico a ustedes, cuidan un montón y nos estamos leyendo.

*Metitus*