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"Canción secreta de amor"
por Kay More
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4. Un festival agitado
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Seiya silbaba animosamente mientras revolvía el desorden de su casillero. Intercambiaba libros que ocupaban mucho espacio y guardaba los que necesitaba y así, era perfectamente consciente de la mirada cargada de absoluta desconfianza que Yaten no dejaba de posar sobre él siempre que podía. Era como si vigilara cada paso, cada gesto y sobre todo: cada acción que llevaba a cabo. Esperando que un error, una incoherencia o lo que fuera que lo delatara de la mentira que él estaba seguro le había dicho sobre sus intenciones con Mina.
Aunque luego de su inesperada revelación de sentimientos, Yaten, tras recuperarse de la sorpresa, se rió con ganas y lo dejó plantado en la sala de su casa, luego, conforme fueron pasando los minutos, las horas y los días, su subestima comenzó a menguar. Al principio de la semana, Seiya no hizo nada más que actuar de la manera habitual, seguía siendo amigable con todos como siempre, pero daba la impresión que sólo estaba esperando que Yaten bajase la guardia, porque una vez que empezaron los preparativos para el festival de primavera, no sólo sacó el arma, si no que la disparó. Como hoy por la mañana en el instituto, cuando Yaten le preguntó de modo casual qué planes tendría para aquel fin de semana, él le dijo muy contento que tenía una cita con Mina.
Yaten cerró la puerta del casillero de su hermano con fuerza, haciendo que Seiya se hiciera el desentendido ante su gesto.
—No va a funcionar, Seiya —le dijo Yaten en tono aburrido, aunque no dejaba de percibirse hosco.
—¿El qué? —sonrió él como si nada.
—Sé lo que estás haciendo, y aunque admiro tu perseverancia para abogar por tu amiga, estás perdiendo tu tiempo —le explicó Yaten cruzándose de brazos —. No cambiaré de opinión.
Seiya se giró hacia él, frunciendo sus cejas con inocencia.
—La verdad no espero que lo hagas. Te he dicho que quiero intentarlo yo, ¿o no?
Yaten sonrió con cinismo.
—Claro, ¿y se supone que debo creer éso?
Él se encogió de hombros.
—No tienes que creerme, me conformo con que estés de acuerdo. Ya sabes, no quiero enredarme en problemas de faldas con un familiar, no es muy ético —le dijo sarcástico, y echándose la mochila al hombro.
Yaten se acercó un poco más, de modo que la conversación fuera más cercana, alejada al jaleo estudiantil por el cambio de clases.
—Entonces, según tú, mágicamente te empezaste a interesar en Minako —le acotó escéptico.
—No "mágicamente", pero sí... bueno, contrario a lo que tú o los demás piensan, los sentimientos sí pueden cambiar, Yaten —le dijo Seiya muy serio —. Mina y yo tenemos mucho en común, nos llevamos bien y tendríamos una relación muy divertida, y sobre todo nada dramática —luego, sonrió con picardía y agregó —, y ya sabes que tengo una debilidad especial por las rubias.
—Ajá, como Serena —intervino Yaten sin piedad.
Seiya no se encrespó en ningún momento.
—Se parecen, sí —murmuró pensativo.
—¿Y qué hay con ella?
—No sé —esquivó de modo natural, abanicándose con una libreta —¿qué hay?
Yaten resopló. Seiya era muy hábil (por no decir mañoso) para salirse por la tangente y eso tenía que reconocerlo. Y particularmente, tenía la virtud de sacarlo de sus casillas hasta querer tirarse por la ventana, así que sólo por ésa ocasión, dejó el tema por la paz. Ya se divertiría mucho con su mediocre espectáculo, en caso de que se empeñara en desempeñar ése patético papel del mejor amigo enamorado.
—Está bien, si tú lo dices... —concedió Yaten dándole por su lado —. Pero te repito, más te vale que no estés haciendo ésto para provocarme, no te vas a ir de rositas.
—Uy, ¿es un reto? —se interesó Seiya —. Me encantan las competencias.
Él rodó los ojos.
—Hablaba de Minako, no vaya a ser que la situación se te largue de las manos y encima te quedes sin... amiga —le espetó, y al final, sonó más ácido de lo que quería parecer.
—Aw... sí tienes un lado tierno, hermanito. Aunque tan en el fondo que no se note ni con microscopio...
Yaten abrió la boca con indignación e iba a soltarle una palabrota, cuando...
—Eres un...
—¡Buenos días! —Mina apareció de repente, irrumpiendo la charla, la burla y el intento de insulto de modo alegre. Yaten y Mina se miraron instintivamente, y ella bajó los ojos de inmediato con timidez —. Perdón, eh... ¿interrumpo algo importante? Sólo venía a avisarles que la venta de postres ya va a empezar.
Seiya le regaló una de ésas sonrisas que se usan para los anuncios de pastas dentales, mientras Yaten rodaba los ojos con hastío otra vez, y le dijo:
—Tú nunca interrumpes, guapa. De hecho, eres muy oportuna. Iba a preguntarte qué película te gustaría que viéramos el fin de semana.
Mina pestañeó, de una manera como si su mente se hubiese quedado completamente en blanco. Luego, trató de reflexionar unos segundos con el ceño fruncido las palabras de Seiya. Yaten ya estaba sonriendo con ironía, porque estaba doscientos por ciento seguro que aquello era un cuento deliberadamente inventado por Seiya y ella no tenía idea de la cita, hasta que Mina respondió:
—Acordamos... que haríamos un maratón de filmes de terror.
—¡Qué gran idea! —apremió él con exageración. Luego le extendió un brazo para pasárselo por los hombros y le guiñó un ojo a Yaten —. Bueno, si nos disculpas, después de las actividades tenemos que entrenar y prepararnos para nuestros respectivos partidos de eliminatoria, no queremos que el rival nos gane, ¿correcto, preciosa? —lo último lo dirigió hacia Mina, quien le dijo que sí con la cabeza, aunque algo ofuscada. Contrario a Yaten, que entendió el doble sentido de sus palabras a la perfección.
—Sí... eso creo.
—Mira, que no me había fijado —añadió Seiya muy fresco —. Eso es otra cosa que tenemos en común, ¿eh? Nos encantan los deportes. ¿Tú qué opinas, Yaten?¿verdad que es genial?
Yaten bufó y sacó una carcajada seca a la par. Ni siquiera se dignó a darle una respuesta desagradable, se marchó de ahí. La muchacha giró la cabeza como un búho mientras caminaban en dirección opuesta, porque Seiya ya la había arrastrado por el pasillo hasta que no tuvo de otra que perderle la pista al platinado.
Prosiguió a cuestionar su extraña actitud, sin poder aguantarse.
—¿Se puede saber que bicho te picó? —le preguntó ella con sospecha, mirando la mano posada en su hombro, igual que si fueran las garras de un león.
—¿Es que no puedo ser galante sin motivos ocultos?
Ella entrecerró sus ojos celestes.
—No es lo que me has enseñado éstos años... —murmuró sarcástica, y le quitó la mano de modo arisco —. ¿Qué le pasa a Yaten? Se veía algo enfadado.
—Yo qué sé. No soy su psicólogo, mujer.
Mina torció los labios con desánimo.
—Es que como la última vez que nos vimos... bueno, digamos que las cosas no quedaron muy bien —suspiró sin llegar a los detalles —. Tal vez debería hablar con él.
—¡Ni se te ocurra! —le amenazó Seiya tajantemente —. Quiere estar enfurruñado, que se quede así.
—Pero entonces sí es por mí...
—Sí y no —le sonrió Seiya de modo travieso —. Por ahora no pienses en eso. Mira, ahí vienen las chicas.
—¡Si no querías que pensara en eso para qué me metes la duda! —reclamó, aunque Seiya no le hizo caso.
Se unieron con los demás en breve, pues ya estaban llegando las familias y conocidos para presenciar el primer día del festival. Todo se encontraba muy animoso: había guirnaldas coloridas de flores colgando en los patios y jardines, tenderetes con guisados, postres y bebidas, y los carteles que anunciaban las actividades que se sucederían durante el resto del día. Todos los estudiantes se reunieron en el patio central para organizar las ventas y exposiciones, asistir a la obra de teatro o la canción que elegiría el coro, según lo que les tocara.
Pero aunque Serena y el resto querían información fresca, era obvio que Mina no tenía ninguna. El pastel les había salido bien, pero era el único éxito que había logrado constatar en aquella tarde, a pesar de haber estado a solas. Mina no quiso ahondar sobre el beso no logrado tampoco, pues ¿cuál es el punto de hablar sobre lo que no se realizó? Era un poco patético, además de agregar un fracaso más a su historial de tiros fallidos con Yaten, nada qué presumir. Prefería esperar y si tenía algo que compartirle a sus amigas, fuera algo que valiera la pena...
La mañana trascurrió veloz y entretenida, y en un momento de descanso donde no tuvo clientes, Mina se distrajo un rato mirando a su alrededor. Propiamente, pudo divisar a Serena, que andaba como niña en Disneylandia. de aquí para allá como un huracán.
—¡Waaa, todo está delicioso! —exclamaba. Serena andaba como una pilla, acaparando todos los tenderetes, y acarreando rebanadas de pastel, galletas y flanes de sabores, incluso empujando sin querer a algunos de los familiares para que la dejasen pasar. De vez en cuando se detenía y le daba una mordida una tarta o un panquecillo, luego a otro pastel y así. Se encaminó hasta su sitio —¡Qué feliz soy, podría comer ésto hasta que me muriera! Mira, Mina... ¿quieres un poco? Hay galletitas de almendra...
Serena le mostró su valioso tesoro a Mina, quien de inmediato exhaló el aire con resignación, aunque se le hizo agua la boca.
—No deberías... yo no debería... —consideró dudosa. Luego miró a ambas direcciones, Yaten (su compañero de venta) no estaba cerca pues había ido a conseguir platitos de papel, así que no lo pensó dos veces —¡Bueno qué diablos, sólo un poco!
Mina estiró la mano para tomar un suculento macarrón rosado que llamó su atención, y Lita, literal salida de la nada, le dio un palmazo en ella.
—¡Auch!
Llegó con Amy, como si fueran un par de policías, y la chica alta le arrebató el motín a Serena que llevaba escondido en los bolsillos del delantal, mientras que la de pelo azul le miró con severidad.
—Serena, ¿qué estás haciendo?
Ella se limpió los restos de migajas y merengue con el dorso de la mano, poniéndose algo pálida.
—Yooo...
—Ajá, tenemos una ladrona aquí —confirmó Lita al ver que eran justamente los postres que habían desaparecido de su reserva de la venta de su equipo.
—Ustedes me dijeron que ayudara a que se terminaran —se desalentó Serena —. ¿Por qué están enfadadas? ¿no se dan cuenta que así nos iremos más rápido?
—¡Pero te los estás comiendo!
Sus grandes ojos azules parpadearon y comenzaron a brillar con lagrimitas.
—¿Cómo? ¿no son gratis entonces?
—Claro que no, son para reunir fondos y remodelar el gimnasio. Eres una inconsciente —la retó Amy muy molesta. Mina empezó a reírse discretamente, no le extrañaba para nada que Serena no tuviera idea para qué era el festival, pues solía quedarse dormida en las clases de orientación escolar casi siempre.
Tras la cara de espanto de Serena ante la revelación, Amy cerró los ojos con indignación y decretó:
—Lo siento, pero como presidenta del comité estudiantil y encargada de las actividades culturales de la institución, voy a tener que tomar medidas en tu contra.
Mina se limpió la frente con alivio. ¡Menos mal no había tomado ninguno!
—¿Qué medidas? —preguntó doblemente miedosa.
—Vas a tener que quedarte a barrer todo el patio cuando termine la kermes —sentenció Amy —. Y también sacarás toda la basura. Todo lo harás tú sola.
—¡¿EEEH?! —Serena comenzó a berrear, porque si había algo que aborrecía después de los estudios y las verduras, eso era limpiar, sea lo que sea —. ¡Qué mala eres, Amy! ¡No es justo, soy tu amiga, ten piedad!
Serena se arrodilló frente a Amy jalándole la falda, pero Amy ni se inmutó.
—La ley debe ser imparcial, recuérdalo —se justificó la brillante sailor —. Es eso, o tendrás que pagar lo que te comiste. Elige.
Mina no quería burlarse y echarle sal a la herida, pero ver a su amiga en ésa situación era algo cómica, como cada cosa que hacía. Se tapó la boca aguantándose la carcajada y prefirió quedarse en la postura de ser Suiza. Sabía de sobra el trabajo duro que requería hornear un pastel, y ciertamente no era válido que ella terminara arrasando con su glotón estómago el material que usarían para su calificación, y si no lograban la meta de los ingresos quienes tendrían problemas serían ellos.
Aunque volver a hacer su pastel con Yaten no sonaba tan mal tampoco...
Serena comenzó a gimotear insistente al ver que nadie la apoyaba, a pesar de llamar la atención de varios compañeros. Nadie abogaba a su favor, y tampoco tenía ningún yen en el bolsillo.
Yaten y Seiya se acercaron cargando unas cajas, y Serena se lanzó al pelinegro cuál náufrago hacia su salvavidas. Seiya sería su única esperanza, siempre la había sacado de un montón de apuros cuando nadie quería o podía hacerlo.
—¡Seiya, necesito que me prestes dinero! Las chicas son crueles y si no pago lo que hice me quedaré hasta la noche como esclava... ¿no crees que es horrible e injusto?
Él miró algo incómodo y confundido la situación. Serena le jaloneaba el brazo, le lanzaba una mirada suplicante de cachorrito perdido y Amy y Lita le decían con los suyos que no lo hiciera, negando la cabeza. Instintivamente miró a Yaten, que se cruzó de brazos muy interesado de pronto en la escena.
—¿No vas a ayudarla? —le preguntó su hermano con sospecha, ante su silencio.
—Claro que va a ayudarme —le discutió la princesa recelosa al platinado, y prosiguió a columpiarse como mono del otro muchacho —. ¿Verdad que lo harás?
Seiya pasó saliva ruidosamente, como si se hubiera tragado una pelota de golf. Estaba en una encrucijada muy complicada. Por un lado, supuestamente no podía demostrar preferencia por otra chica que no fuera Mina, se lo había planteado firmemente así. Por el otro, la adorable rubia chillona que se colgaba a su persona empezaba a hacer un efecto contrario del que se debería demostrar, y lo malo es que Yaten estaba ahí para desmantelar su odioso rostro delatador.
—Yooo...
—¡Por favoooor!
Tras agónicos segundos, Seiya, finalmente, se decidió e hizo una expresión rara. Se había puesto medio verde, como si algo le hubiese caído mal al estómago.
—Lo... lo...lo siento Bombón, pero tendrás que arreglártelas sola —escupió rápido.
—¿QUEEE?
—Necesitas hacerte cargo de tus errores. Er... eso te hará madurar, sí —luego se la sacó de encima, y le dio una palmadita en el hombro —. En serio, te hago un favor.
—¡Qué favor me vas a hacer! ¡Eres un insensible, odioso, traidor! —le reprochó ella una y otra vez —. Seiya, estoy decepcionada de ti.
Y con un desplante y lanzamiento de mentón, se fue muy disgustada a buscar una escoba, mientras Seiya suspiraba algo apesadumbrado.
Mina frunció las cejas sin entender, mientras el resto de sus compañeros volvía a sus funciones. El resto del evento fue agotador y se pasó rápido, con la sucesión de los primeros eventos del festival y en parte atendía su propio negocio. Lita alabó muchísimo su pastel, y aunque Rei la molestó un buen rato mosqueándola para confesar en qué pastelería lo había comprado, Yaten intervino sutilmente y le aseguró que todo lo había hecho ella sola, arrancándole a Mina una sonrisa complacida que le duró casi toda la tarde.
Luego, cuando ya estaba recogiendo los utensilios y el cielo se tiñó de un anaranjado suave, se puso a pensar qué habría ocurrido hace rato con su amigo. ¿Por qué Seiya no había sacado su traje de superhéroe como siempre? Nunca le había escuchado decirle un «no» a Serena, y menos tan tajante y con semejante excusa barata... al menos no desde que los Kou habían pisado un pie en éste planeta, así fuera el berrinche más absurdo de la historia de la humanidad, como el que había ocurrido.
Muy raro.
—¿Necesitas ayuda? —Yaten la sacó de su cavilación de modo abrupto.
—Estoy bien, creo que terminamos por hoy —repuso Mina desperezándose. Tomaron una bolsita con sobras de postres y los dos comenzaron a caminar hacia la salida del instituto, para marcharse por fin a casa —. ¡Oh, ésa no te la comas! —advirtió con urgencia.
Yaten se quedó con una trata en miniatura casi en los labios. Mina se la arrebató casi como si estuviera envenenada.
—No seas glotona, Mina. Comiste suficiente, ¿o no?
Ella enrojeció.
—¡No lo digo por eso! —difirió avergonzada, aunque sí había comido mucho, pero no esperaba que él se hubiese dado cuenta. Luego carraspeó y recompuso su posición, pretendiendo ser impositiva —. Tiene un montón de pasas. No vas a comerlas, ¿o sí?
Yaten se sorprendió.
—No, soy alérgico —dijo, y se sacudió las manos con molestia — ¿Como supiste? —indagó con curiosidad evidente mientras la seguía.
Ella se encogió de hombros, acompañando su ademán con una sonrisa.
—Oh, bueno, es que te llevó siglos quitárselas al relleno del pavo en Navidad, así que pensé...
En realidad pensó que no le gustaban, pero bueno, daba lo mismo.
Yaten arqueó una ceja, algo avergonzado.
—¿Estabas mirándome hacer eso?
—Siempre estoy mirándote...
Mina se paró en seco, mientras mordía su labio inferior y cerraba los ojos. ¡¿Por qué diablos había dicho éso?! Venía distraída con las nubes, cansada por un trabajo arduo y con no pensó que la conversación fuese mínimamente importante ni comprometedora sobre unas malditas pasas, pero no podía dejar de enfadarse por ser tan despistada, por pensar siempre en voz alta en los momentos menos adecuados.
—Yo, no quise... —Mina parecía una tetera a punto de sacar vapor por las orejas. Estaba muy roja y claramente arrepentida —. Perdón...
Mina lo vio y su rostro era un cóctel de expresiones poco descifrables: asombro, mofa, bochorno y pena. Y obviamente tenía motivos para ello, contando con que siempre solía soltarle las cosas que alguien sensato debería guardar en lo más profundo de su cabeza o en un diario personal, pero no andarlas pregonando como si nada.
En fin... ¿como evitar ser como era?
Pero lo que no esperó, fue que en Yaten aflorara una sonrisa cargada de timidez y también cierta resignación.
—Está bien... no me molesta.
—¿De veras? —dijo abriendo los ojos de par en par, mientras se quedaba prendada de su gesto.
Como ella no parecía salir de su trance, Yaten agregó con humor:
—Es decir, siempre y cuando no lo hagas con unos binoculares y desde la ventana de algún vecino, está bien.
Ella se rió con ganas.
—Vale.
Era curioso, pues con lo que había pasado ése día en su casa, juraba que Yaten podía estar incómodo o renuente a estar cerca de ella, pero no parecía así. Tampoco lo notaba tan serio o con ése aire misterioso que siempre portaba ante los demás, y aunque era la imagen más común con la que se sentía familiarizada o atraída, ésta le gustaba más.
Irónico que ella que siempre estaba pendiente de lo que hacía o no, no se había percatado de ello, pero era cierto, Yaten no actuaba de la misma manera con ella que con el resto del grupo, que francamente parecía que le importaban un bledo. Era mayormente insociable y apático. ¿O era sólo su impresión?
Y claro, ésa era una idea igual de alentadora como arriesgada.
Cuando llegaron a la salida, Mina se dirigió a él, inspirada por un arrebato de alocada inspiración.
—¿Sabes? El viernes de la próxima semana es mi partido de voleibol por el campeonato estatal, y yo voy a ser la capitana —le dijo.
—Oh —murmuró él.
—Y como voy a ganar —continuó, y se esforzó por sostener la posición que normalmente tenía con los demás chicos (los que no la cohibían), coqueta, astuta y una sonrisita pícara —, después del partido saldremos a celebrar.
Yaten parpadeó desconcertado.
—¿Ah, sí?
—Claro, voy a dar todo de mí para que valga la pena —dijo Mina muy segura, tanto que ningún humano podría poner en duda su palabra ¡qué temple de chica! —. Y... no hablo sólo del partido, Yaten.
A éstas alturas ya no tenía sentido hacerse el sordo, así que el chico se ruborizó sutilmente al tiempo que exhalaba el aire con fuerza. Claramente Mina lo estaba poniendo otra vez en un aprieto con sus arranques fervientes de entusiasmo, y cada vez le parecía más difícil darle la vuelta a sus insistentes -y por desgracia, adorables- intentos pegajosos por agradar. Lo peor es que ella parecía igual de terca que él, así que bajó los hombros en rendición, y apuntó sutil:
—¿Qué hay con lo de sólo ser amigos? Tú dijiste...
—¿Eso dije? —inquirió Mina con una actitud de quien no ha matado una mosca en su vida, luego sonrió con suspicacia —. Es verdad, pero recuerdo también haberte dicho que me retractaba.
Él murmuró algo de modo imperceptible mientras sus ojos se dirigían a las copas de los árboles, que ya comenzaban a mostrar los primeros brotes de florecillas de cerezo y durazno. Unas voces conocidas los alertaron, y ambos se giraron hacia los interiores del edificio. Seiya iba saliendo con Taiki, y en cuanto la miró, le empezó a hacer señas a Mina con una mano, para que aguardase por él.
Inmediatamente Yaten gruñó al advertir su presencia, mientras le lanzaba una mirada fugaz de disgusto. Mina estaba tan confundida que casi podía salirle un signo de interrogación arriba de la cabeza, igual que en las caricaturas. Es decir, sabía que no eran almas gemelas, pero...
¿Qué habría pasado entre ésos dos?
Como se notaba un poco irritado, Mina empezó a considerar el retirar su oferta:
—Pero no tienes que ir, si no qui...
—Iré —atajó, sin dejar de mirarlos.
—¡Viva! —se alegró la rubia, mientras se le iluminaba el rostro y daba un breve aplauso—. ¡Te prometo una cita muy divertida, no lo dudes!
—Eso es justo lo que me preocupa... —murmuró, aunque Mina no alcanzó a oírlo.
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El festival duraba exactamente una semana. Mismos días en los que se habían pasado con más rapidez de lo habitual. Y aquella fugacidad se debía a que Mina se encontraba, como de costumbre, dormida en sus laureles a modo genérico y además agregando a Yaten a la fórmula más de lo normal, pues estaba nerviosa por la final de voli y emocionada por su posible cita secreta. Y se dice secreta porque sí, nadie sabía nada sobre ello. No quería hablar todavía, porque le daba la sensación que podía echarse a perder en un abrir y cerrar de ojos. Después de todo, los planes no le habían salido muy bien desde San Valentín...
Mientras estiraba las piernas por haber concluido su práctica, alcanzaba a oír ya los vítores de las canchas contiguas. Recordó que, en efecto, había selección para los competidores para la carrera final de velocidad también con el mismo instituto al cual se enfrentaría ella, rival desde hace años y ante el cual desafortunadamente habían padecido la derrota año tras años en aquella disciplina.
Sin embargo, en esta ocasión contaban con Seiya Kou, el popular y seductor pelinegro que había demostrado correr como gacela, golpear pelotas de béisbol como granadas y arremeter encontronazos de defensa como pared de concreto. Según todo el mundo, era un manojo de aptitudes deportivas. No había nada que Seiya no pudiese hacer.
—¡Hey, Mina! —Lita le llamó desde unos metros a la distancia —. Seiya ya va a salir, ¿no vas a verlo?
—¡Ya voy!
Mientras seguía a su amiga hacia las gradas, recordó lo que había sucedido extrañamente en los últimos días con respecto a él.
Seiya no se apartaba en ningún momento. Parecía como si de repente, algo lo hubiese pegado con chicle a su costado. Caminaba con ella en todos los cambios de clases, se sentaba a su lado en la cafetería en los almuerzos y todos los días le acompañaba hasta su casa, alegando estar muy aburrido en el trayecto hacia la suya. Incluso tuvo que empujarlo enojada al pasillo porque, una vez sin darse cuenta, ya se había metido a los lavatorios de chicas, causando un escándalo hormonal de aquéllos...
Luego, el fin de semana insistió en que se vieran, y aunque la pasaron muy bien como siempre, engullendo chatarras y mirando filmes terroríficos, algo en su interior le decía que Seiya le ocultaba algo que desconocía.
El menor de los Kou era su mejor amigo (varón) desde hace un tiempo considerable, y estaba acostumbrada a su compañía. Se habían alineado cósmicamente para deber las mismas materias y por tanto los dos quedaban rezagados en las clases de repuesto, le pedían los deberes a Taiki (Serena acaparaba todo el tiempo a Amy) y los hacían juntos. También solían ir a comer o jugar lo que se les antojara porque ambos eran muy inquietos y bromistas. Lita, Taiki y Amy a veces tenían clubes después de las clases reglamentarias y pasaba con él un buen rato en el gimnasio...
Serena era inseparable, claro, pero en su caso era un poco delicado formar alguna pandilla con ella. Hacía algún tiempo, la princesa había dejado clara la posición sentimental que dirigía hacia Seiya, no pudiendo ofrecerle nada más que amistad; y aunque Mina intuía que él no la había olvidado, Seiya a veces marcaba las prudentes distancias cuando la chica de chonguitos entraba en la ecuación, pues al traspasar algunos límites confianzudos, ella otra vez lo ponía en su lugar.
De acuerdo, pero aquello no resolvía el enigma de por qué ahora estuviera tan pegoste y raro. Además, lo se llevaban de modo tan tosco que aquellos ademanes de galán de película más que cautivarla, le ponían la piel de gallina:
Por ejemplo, el martes se tropezó en el pasillo con una mochila... y en vez de burlarse de ella le extendió una mano.
Luego, durante el receso, tiró por millonésima vez el jugo sobre sus apuntes... y no armó un drama por ello.
Le invitó un helado de su sabor favorito (incluyendo las asquerosas combinaciones) y no se lo cobró.
¡La dejó ganar en Mario Cart! Estaba segura que le había dejado ganar. Era su videojuego favorito y en el que hasta hace poco, estaba invicto sin cederle el trono a nadie, ni siquiera a Serena, aunque siempre le llorase darle una oportunidad de saborear la victoria aunque sea una vez.
Y hablando de Serena... se dio cuenta que tampoco se dirigía a ella con tanto interés. No le lanzaba piropos juguetones ni la elegía como compañera de equipo en clase de educación física...(su amiga era tan obtusa que nadie más la elegía, y él evitaba que se sintiese mal por ello).
Y la pregunta del millón era: ¿por qué?
Y después de ésa interrogante estaba otra más: la extraña fricción que existía entre él y Yaten últimamente, en apariencia, sin razón alguna. Se lanzaban comentarios punzantes y miradas altaneras, fuera de las bromas pesaditas que solían cargarse, ahora existía una vibra distinta entre ellos, una turbia y hostil. Le mataba la curiosidad por averiguarlo, pero Seiya le dijo que estaba loca, y a Yaten no iba a preguntárselo ni de coña, así que lo hizo con Taiki, la persona más sensata de ésa familia.
Pero él sólo le sonrió con amabilidad -y algo de pena ajena- y le dijo que necesitaba tener el cromosoma Y para entenderlo, pero que no se preocupara, y tampoco sus hermanos iban a matarse por mucho que aparentaran lo contrario.
Por supuesto que eso no aclaró nada en absoluto.
—¿Dónde está Serena? —le preguntó a Amy. Además de la ausencia esperada de Yaten, tampoco estaba su amiga.
—Matemáticas —explicó sin mayores conjeturas, pues no era necesario.
—Ya.
Pobre Serena, seguramente estaría en éstos momentos exprimiéndose el cerebro para, por obra divina, averiguar alguna de las respuestas a los ejercicios. Conocía a aquél profesor, como no tenían clase continua, los torturaba encadenándolos al pupitre hasta entrada la tarde si no entregaban los deberes. Era un sádico de adolescentes.
Seiya recibió la ovación femenina que esperaba cuando apareció en la pista, y le picó un ojo antes de acomodarse para correr. Mina le sonrió mientras negaba con la cabeza, daba igual lo presumido que fuera, era su amigo.
Los resultados fueron predecibles, su escuela pasó a la final sin lugar a dudas. Y el grupo de amigos se acercó al él una vez que el se deshizo de los halagos y felicitaciones.
—Ésos mequetrefes de instituto Hajiri no podrán quitarme la medalla —fanfarroneaba Seiya con descaro —. A cualquiera se le harían polvo los pulmones con ése récord. Yo soy digamos... algo excepcional. Me viste, ¿Mina?
—En vivo y directo —rió.
—¿Y te fijaste como rebasé al número 8, el bobo que creía que tenía distancia de ventaja?
—Ay, Seiya —suspiró Taiki.
Las estudiantes que pasaban retirándose a sus casas hablaban entre ellas, inflando su ego como un globo aerostático.
De algún rincón alejado del mundo idílico de Seiya, se escuchó un sutil y claro "idiota", en una combinación de un bufido y queja.
Pero él reconoció la voz al instante.
—¿Disculpa? —Seiya se hizo el inocentón y el sordo al mismo tiempo, poniéndose la mano sobre los ojos a modo de visera, algo así como si mirarlo le lastimara la vista —, ¿has dicho algo?
Yaten solía ignorar los múltiples logros de Seiya sobre cualquier tema, incluyendo su popularidad con las chicas, su habilidad en deportes o el canto. Era Taiki quien usualmente le reñía y recomendaba no ser tan chulo, pues había que ser humildes, nadie era perfecto, etcétera, etcétera. Posiblemente sólo ante Serena lograba cohibirse si las cosas le salían al revés, deshaciendo su autoestima sin menor esfuerzo, pero el peliplateado siempre se abstenía de halagarlo o criticarlo, ni siquiera le prestaba atención.
Pero igual que las ocasiones anteriores, parecía resentido con él por algo, así que todos lo notaron girando sus cabezas hacia él. Yaten permanecía recargado en una columna continua que unía ambos corredores del patio, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Tal vez no sea fácil —repuso Yaten arrastrando las palabras —, pero tampoco es algo imposible.
Los ojos azules de Seiya destellaron como fuego, captando inmediatamente el pique.
—¿Tú? —señaló Seiya con ironía —. ¿Estás de broma?
—No.
—¿Tienes fiebre?
—Tengo trentaiséis y medio normales grados centígrados.
—O quizá ahora tienes impulsos suicidas. Digo, no te ofendas, pero sabes que te voy a aplastar como insecto...
—Tal vez sea éso —sugirió de modo raro —. Impulsos suicidas...
Yaten esbozó una ínfima sonrisa ladeada, y todos los miraron de inmediato con excesivo interés. No solían ver ése comportamiento en ninguno de los dos. Sólo Taiki suspiró cansino, probablemente, siendo el único consciente de hacia dónde iban éstos comentarios, así como el motivo y el resultado de los mismos.
El chico de ojos verdes se encogió de hombros, porque Seiya seguía mirándolo atónito.
—Tú no mueves ni un dedo —escupió Seiya, más desconfiado que nada —, ¿a quién tratas de timar?
—Pensé que sería interesante averiguarlo, pero si quieres lo dejamos para otra ocasión... es decir, te ves agotado —señaló su persona y el uniforme deportivo sucio.
Pero Seiya se adelantó un paso con decisión.
—Estoy perfectamente. Sólo no te eches a llorar si te tragas mucho polvo, ¿ah?
—Lo que tú digas —concedió él, con la misma voz calmada y peligrosa.
Cuando llegaron a la pista, ahora vacía, tenían sólo una pequeña tribuna esperando a ver qué ocurría, todos intrigados como desconcertados. A Yaten jamás se le había visto haciendo nada físico que no fuera caminar por necesidad básica. Incluso en la clase obligatoria, solía arreglárselas para evadir las pruebas y poder escabullirse a leer algún libro o sencillamente dormir bajo la sombra fresca de un árbol. Así que esto era un hecho insólito, igual que los eclipses solares. Pronto atrajeron a más curiosos, ambos eran hermanos, guapos... y populares. Muy populares. Nadie que estuviese alrededor se lo quería perder.
Y eso no iba a pasar desapercibido para ninguna estudiante femenina, incluyendo Mina.
Especialmente en el caso porque el retador era Yaten, quien era todo un fenómeno que estuviera prestándose a ello, contrario a los habituales alardeos de Seiya que disputaba con todo el mundo.
Sorpresivamente, la mayoría de los comentarios de apoyo del público empezaron a dirigirse hacia el platinado, lo cual hizo a Yaten regocijarse internamente de satisfacción. No contaba con eso, la verdad, pero vaya que era un agregado divertido al asunto.
—¡Tú puedes, Yaten! —gritó una chica de pelo negro y corto.
—¡No dejes que te gane! —vitoreó un chico de primero.
—¡Patéale el culo a ése presumido!
—¡¿Qué diablos?! —espetó Seiya, colocándose en su posición, porque aquél último bramido era de un compañero suyo de la alineación de fútbol, que sonreía socarronamente —¡Muchas gracias por los ánimos!
Ya se las pagaría después. Todos se las pagarían. No era justo que tan rápidamente se hubieran olvidado de su triunfo, y ahora estuviesen del lado de Yaten sólo porque era la novedad.
¿El mundo estaba loco o qué?
—Te dije que no era bueno ser tan arrogante, Seiya —sermoneó Taiki.
Seiya soltó una retahíla de maldiciones mientras se acomodaba con una rodilla al pecho en la marca de salida y las manos las colocaba sobre la tierra roja; Yaten por su lado, saludó con una mano desde su posición agradeciendo el apoyo aunque ni los conociera, sólo por joder a su hermano. El pelinegro rechinó los dientes y se juró, por su propia vida, que ganaría aquella carrera. Yaten se estaba cobrando cada uno de los picones de la semana con creces, y de la peor manera. Muy astuto: humillándolo frente a sus amigos, admiradoras y compañeros de equipo y nada menos que en su propio terreno.
Taiki ignoró como se echaban chispas con los ojos y sonrió nervioso, al tiempo que accedía a hacerla de jurado.
Se colocó a un costado con el cronómetro y contó:
—En sus marcaaaas...
Seiya miró al frente y se agazapó como un leopardo, esperando... con la sangre bulliéndole fuerte en las venas.
—Listooos...
Yaten, a su lado, tronó la boca sonoramente. Su rival le miró de inmediato, ceñudo ante el reflejo del sol.
—¿Qué?
—Serena ha venido a verte, creo —soltó de pronto.
—¿Eh, qué? ¿en dónde?
Las gradas no estaban llenas de gente, pero tampoco veía a la rubia de peinado singular por ningún lado.
—¡FUERA!
Un segundo.
Dos.
¿Tres?
Seiya reaccionó de modo tardío, cuando se percató, Yaten ya se había esfumado como por arte de magia.
Serena no estaba.
Yaten tampoco estaba.
La carrera era... ¡la carrera!
—¡Carajo!
Aunque salió disparado y forzó y estiró las piernas lo más que pudo al correr, su hermano ya llevaba suficiente ventaja, y creíble o no, parecía que iba a su máxima velocidad. Se recriminó mientras alargaba el recorrido casi sin aliento, pero era imposible, Yaten atravesó la línea blanca de la meta a zancadas, mientras a él le faltaba todavía unos cinco o seis metros más.
Agachado con las manos sobre las rodillas, Yaten miró con burla como Seiya se dejaba caer al piso, derrotado y jadeando. La pequeña tribuna aplaudió y echó vítores, pero Yaten ya no se dirigió a ellos, caminó hasta donde Seiya y le extendió una mano.
—Oye, lo de comer polvo no era literal —se mofó —. Anda, levántate, no des lástimas.
Seiya le echó una mirada rencorosa, completamente indignado. Rechazó la ayuda y se levantó sacudiéndose el uniforme y girando la cara en dirección contraria.
Enseguida los demás amigos se le unieron, en una manera de lamer las heridas de la derrota y en otra, celebrar el logro del ganador. Amy, por ejemplo, le dijo a Seiya por compasión que estaba comprobado que los atletas tienden a dar malos rendimientos en cualquier momento, incluso en competencias olímpicas o aún si llevaban largos periodos de preparación. Lita en cambio, le comentó a Yaten que no descarara la idea de meterse en el club de atletismo, que no le iría mal...
Pero Seiya no escuchaba nada de eso, miraba con los ojos entrecerrados como Yaten se alejaba muy campante hacia los bebederos para refrescarse. Cuando comprobó lo que ya sabía, recorriendo con la mirada a su alrededor, se lanzó hacia él como una fiera.
.
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Apenas tuvo tiempo de echarse agua en la cara y secarse con una toalla pequeña, Seiya ya estaba acorralándolo de modo desafiante.
—Hiciste trampa —se quejó.
Yaten se rió con soltura.
—Qué mal perdedor eres, Seiya.
—¡No lo soy, sabías que con ésa jugarreta de Serena iba a distraerme, y aprovechaste la oportunidad! —reclamó y admitió a partes iguales. No sabía que le enfadaba más.
Yaten aleteo las pestañas como un niño inocente.
—Mmm, la verdad es que juraba haberla visto ahí. Además nunca te aseguré nada, dije «creer» haberla visto.
—¡Mentiroso! —rugió Seiya, levantando y apretando un puño —, ¡exijo la revancha, ahora!
—No —atajó Yaten de modo dictatorial —. Si te distrajiste es problema tuyo, nunca te obligué que miraras a otro lado y no estabas pendiente del conteo. No hice nada ilegal y la culpa es tuya por ser tan ingenuo.
—¡Pero lo hiciste a propósito!
—¿Y qué más da? Creí que era Minako quien te interesaba —soltó haciéndose el desentendido, y echándose la toalla al hombro —. ¿Por qué habría de usar a Serena para eso? ¿a ti qué más te da?
Seiya se mordió la boca, sin saber qué decir. A la par, acumulaba otra cantidad considerable de ira por haber sido tan torpe y haber caído en ese truco tan barato.
Yaten sonrió victorioso.
—Lo sabía, tú sigues enamorado de Serena —le reveló, acercándose y encarándolo. Luego bajó el tono —. Deja ya esta estupidez de la conquista para fastidiarme; no seas bruto, Seiya. A mí no me importa con quién salga o no Minako, y además no eres el único que sabe jugar. Apártate.
—Así que por eso lo hiciste —murmuró Seiya —. ¿Por orgullo? ¿Venganza?
—Prefiero llamarlo justicia —evadió el platinado, inclinándose para tomar agua del bebedero y luego se limpió los labios con el dorso de la mano —. Bueno, espero haber sido claro en...
Seiya dirigió sus ojos un instante hacia el corredor, y sonrió sospechosamente.
Luego lo interrumpió con velocidad:
—Está bien, ya que me diste mi merecido, lo menos que puedes hacer es admitir tú también tu parte, ¿no crees? Así estaríamos realmente a mano.
—¿De qué hablas?
—Sólo admite que te retorciste de celos al verme con Mina toda la semana, y quedamos parejos. Una especie de tregua.
—¡Serás terco, carajo! —se impacientó Yaten —. ¿Quién podría sentir celos de ésa... chiquilla? —bufó, tropezando con sus propias palabras.
Tal como Seiya lo esperó, ya estaba perdiendo los estribos, como cada vez que alguien indagaba en sus sentimientos, así que lo aguijoneó un poco más:
—Cualquiera, ésa chiquilla es una de las más guapas y divertidas que conoces, no lo niegues.
—¡Pues quédate tú con ella!
—Lo intenté, y te me echaste encima... hasta me amenazaste y todo.
—No, no fue por eso —alegó Yaten. Odiaba que Seiya siempre terminara enredándolo con sus propias palabras y eso era desesperante, lo hacía sentirse impotente y tonto —. Lo hice por que ya me tenías hasta la coronilla con tus tretas infantiles, y merecías que te diera una lección. Eso es todo.
—Repítelo hasta que te lo creas, hermano —silbó Seiya echando los brazos hacia atrás, con aire distraído —. Cualquiera que te oiga te notará despechado...
Yaten se rió de modo vacío, aunque estaba cabreado. Y era una verdadera pena, pues se iba a arrepentir de no actuar de acuerdo a su edad y la madurez que se jactaba de tener contrario a su hermano. Y sobre todo, a no perder la serenidad ni ser como una carga de dinamita, siempre lista para estallar cuando alguien le impusiera a Mina en sus pensamientos.
Lo siguiente que dijo lo escupió nítidamente, pero con una voz gélida:
—No dudo que haya una fila de subnormales esperando emparejarse con una cría ruidosa, que se hace la payasa a cada rato sólo para llamar la atención y sobre todo tonta de genética como cualquier rubia; pero te decepciono. Todavía no estoy tan desesperado, aunque te alucines de lo contrario, me tiene tan harto como me tienes tú...
¡Plaf!
Un ruido seco detrás de ellos le hizo girar la cabeza, a Seiya, sólo levantar un poco la vista. Lo que había caído al suelo no era otra cosa que un envase de agua embotellada que rodó hasta sus pies, pero cuando Yaten levantó la vista, no esperó ver lo que vio. Mina estaba de pie, rígida como una estatua y pálida. Inexpresiva...
El secreto del amor y el desamor no está en las palabras, si no en los ojos. Sino en la manera que tienen las personas de mirarse unas a otras, en cómo se comunican con ellos y se hablan cuando los labios están inmóviles, como los de ella. Los ojos de Mina le acababan de decir a Yaten más que diez mil palabras, causando el mismo impacto que un par de balazos en él.
Mina pareció recuperarse, como de quien le acababa de dar una bofetada imaginaria. Aún así incluso esbozó una ínfima mueca, parecida a una sonrisa. Una rara, funesta y esquinada, pero sonrisa al fin y al cabo, fingió estar apenada por oír aquello.
Yaten no sabía qué decir.
—Mina...
Pero Mina sólo soltó un ruidito involuntario, débil y agudo, como si le saliera directo del pecho. Le echó una última mirada herida, y luego salió corriendo.
Yaten se quedó con la palabra en la boca, porque la melena de Mina ya era lo único que se alcanzó a ver por la esquina de donde había salido. Mina Aino era una merodeadora incansable, él lo sabía. Siempre insatisfecha, siempre buscando algo mejor que hacer para descubrir y curiosear. Y no era raro que tras el extraño incidente en la pista, quisiera saber qué había ocurrido con su mejor amigo y con él y los hubiera seguido hasta ahí.
Él avanzó un par de pasos apresurados en automático, cuando la voz de Seiya le retumbó en la nuca, haciéndolo detenerse en seco:
—¿Vas a seguirla? —preguntó con sorpresa poco disimulada.
Yaten cerró los ojos, perdiendo completamente la paciencia. Sintiendo como si fuese una olla de presión en el punto más álgido de ebullición. Giró sobre sus talones y lo miró, queriendo aniquilar a Seiya de la forma más lenta y dolorosa posible, ahora que acababa de armar las piezas del rompecabezas.
—Tú... —siseó.
Seiya levantó las manos, como si mostrara un gesto de ofrenda de paz.
—No te detendré, sólo digo que no es muy coherente eso de perseguir lo que... ¿cómo dijiste? «te tiene harto»
—¡Tú sabías que estaba escuchando! —rugió Yaten.
Pero Seiya no se dejó intimidar.
—Tal vez... pero "¿qué importa?" Como dijiste —citó con los dedos índice y anular, luego miró el envase de agua tirado en el piso y lo levantó, suspirando con un dejo de decepción—. Mira nada más, una sola botellita... apuesto que te la trajo a ti. Es una lástima que por mucho que Mina se esfuerce, no reciba de ti más que desplantes. No la mereces.
—¡Si escuchó fue por culpa tuya! —se defendió Yaten, aunque el estómago se le encogió en una sacudida.
Seiya sonrió y le corrigió con mezquindad:
—No, tú te distrajiste y fuiste muy ingenuo —repitió de su puño y letra —. Y aunque así fuera, sinceramente, no fui yo quien puso ésas patanerías en tu boca, así que si Mina te odia, que estoy muy seguro que te odiará, sólo será culpa tuya, Yaten. Oye pero, ¿qué es ésa cara? Deberías agradecérmelo, te libré de tu pesada maldición. ¡Eres libre!
Yaten se le echó encima deliberadamente, quería tumbarle a Seiya todos los dientes y no estaría satisfecho hasta lograrlo.
—¡Hoeee, qué está pasando! —de la nada salió Taiki, quien se interpuso entre los dos, que seguían mirándose con hostilidad y desagrado —. Yaten, cálmate... ¿qué haces?
Como detrás de él vinieron las chicas y otros estudiantes que se marchaban a casa, Yaten le dirigió una última apuñalada con los ojos a Seiya y pasó a su lado, golpeándole el hombro con brusquedad.
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Mina no se marchó a casa de inmediato. No tenía ansiedad por llorar, pero tampoco tenía ganas de actuar, decir que estaba bien e irse con sus amigas de regreso como cualquier otro día. Más bien, parecía que se había quedado en un raro punto muerto, un especie de limbo decepcionante.
Probablemente porque no era la primera vez que escuchaba algo desagradable sobre ella viniendo de él y cuando la gente nos defrauda cada vez, inconscientemente, nos va haciendo impermeables a sus tratos. O quizá simplemente ella se había cansado de tratar de retener algo que se le iba todo el tiempo, como el agua con los dedos. No servía. Era un total despropósito.
Las ilusiones son como telarañas, muy fáciles de deshacer. Ahora, por fin, veía la con claridad la realidad. ¿Y dónde estaban ésos sueños ahora? ¿En los ayeres? ¿en los mañanas? No, ciertamente, en ésta hora, en éste minuto, en ése segundo donde oyó (por casualidad o destino) aquellas cosas.
Prefirió quedarse un rato en su refugio favorito, el gimnasio donde solía entrenar al voleibol cada tarde; canalizando su desazón con ésos pobres balones que nada tenían que ver con sus desgracias.
No esperaba que Yaten fuera a buscarla un rato después, pero tampoco le motivó ninguna emoción. Él permaneció unos minutos callado, mirando con cautela (y prudente distancia) como ella lanzaba contra la pared del gimnasio sus saques de modo aniquilador. Parecía que, en el fondo, Yaten sabía que Mina se imaginaba que ésas pelotas eran su propia cara y lo que quería hacerle a él, pero aún así, se fue con pies de plomo, y no se marchó a la primera.
No fueron más que breves segundos de su parte, sólo girándose hacia él, con las manos puestas en la cintura y la mirada más fría que le había dedicado jamás. En vez del brillante celeste, parecían de hielo.
—Mina... sé que estás molesta, y llevas razón —empezó Yaten algo extraviado, porque no estaba acostumbrado ni a dar razones de lo que hacía con nadie, ni a que Mina le mirara así —. Yo... ¿podemos hablar de esto?
—En realidad, no estoy molesta—respondió Mina en tono monocorde.
Yaten arqueó una ceja y miró de nuevo los balones tirados por toda la duela, aquellas víctimas golpeadas y caídas.
—No parece...
—En serio.
A Yaten le recorrió un escalofrío en la espalda. Esa voz ronca, forzada... la de una extraña, le causaba una fea sensación.
—Aún así, no debías escucharlo. Es que... las cosas se salieron de control, yo sólo...
El se mordió el labio inferior y trató de crear un discurso... o algo, alguna cosa que fuera de mayor contenido, más útil, pero no tenía idea de qué decir que arreglara las cosas. O eso parecía.
Por eso, Yaten guardó silencio del mismo modo súbito que había empezado a hablar, y Mina le sacó partido a ése lapso, convenciéndose de que, al menos por una vez, no bajaría la guardia:
—Oh, no... tú sólo estabas enfadado —le adivinó Mina arqueando las cejas —, ¿o me equivoco?
Yaten abrió un poco más los ojos, desconcertado. Algo en la conversación, en las miradas y las palabras, aunque en contenido tuvieran todo el sentido del mundo, estaba como manchado.
—Sí, exactamente —coincidió —. Me alegra que lo entiendas, porque...
—Sin embargo —le interrumpió Mina, aunque con cordialidad, su tono no dejó de percibirse fracturado —. Yo jamás, por muy enojada o confundida o lo que fuera que estuviera, nunca diría algo así sobre ti. Nunca me moverían las circunstancias ni echaría las culpas a nadie, lo sé, porque lo siento siempre. Supongo que eso es lo que nos diferencia y por eso actuamos tan opuestamente, Yaten. Tú sí significas algo para mí.
En cuanto acabó, miró a su receptor, sin remordimiento, y descubrió su rictus, que siempre estaba tan serio, estupefacto como nunca, con la mandíbula ligeramente desencajada. O quizá era lo que Mina quería ver, después de todo, el corazón es siempre tan traicionero...
Tras eternos minutos, Yaten murmuró, perdido:
—Lo siento...
—Como sea, no te molestaré más. Acepto tus disculpas, y te aseguro que no volveré a ser una pesada ni sabrás de mí. Sé que dije que lo intentaría, pero... no tiene sentido, las cosas han cambiado.
Había dicho todo esto sin amargura, sólo con nostalgia. De la misma manera monótona que un médico emite un diagnóstico de que su paciente está desahuciado.
Yaten continuó mirándola, muy callado, y Mina reunió sus últimas sus fuerzas de no verlo a los ojos y tomar sus cosas. Desde hace mucho, supo que ésas pupilas, de un verde tan poco convencional como fascinante, iban a ser su propia marca personal de kriptonita. Con la misma intensidad y destrucción cual héroe lucha inútilmente con su talón de Aquiles, así que entendió, (y aunque comprenderlo casi la hace ponerse enferma) que era el momento de dejar de luchar. No lo más agradable ni más fácil, pero sí lo mejor.
—Si eso quieres —concedió Yaten, aunque Mina dudó que eso fuera lo que él pretendía decir en realidad. Sus ojos airados -que no abandonaron un curioso enfado en ellos- parecían querer decir más.
No obstante, nunca llegó el mensaje.
Ella asintió, sin sonreír, sin llorar. Aunque claro, aquella afirmación no iba dirigida hacia dejar de quererlo, o hacerse un lavado de cerebro, pues sabía que eso no era posible. Más bien, era la impronta de una promesa a proponerse el dejar de sentirse así. Tan insegura... eso no podía ser amor, al menos no bajo el concepto que ella quería.
Mina se estiró perezosamente, como lo haría enfrente de cualquier otro, y sin mantener ninguna compostura, tomó su maleta deportiva y salió del gimnasio; no sin antes decir a su paso:
—Adiós...
Y no, no se puede elegir a la persona de quien se ha de enamorar uno, sobre todo cuando las flechas de Cupido claramente, en su caso, siempre habían estado mal apuntadas.
Ése día Mina entendió que el amor es como una burbuja de jabón. Frágil, bonita, sí... tan reluciente flotando en un momento y reventando al siguiente.
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Notas:
¡Hola! Ya sé, ya sé... no tienen que decirlo. Mi ausencia fue algo evidente, pero no me sentencien tan pronto. Sinceramente, me fue imposible empezar este capítulo antes por motivos personales y otras tantas cosas de la vida, aún así lamento haber hecho esperar tanto a quienes paciente y lealmente están acá cada que actualizo. La vida se ha re-ordenado, así que haré todo lo posible por ser constante. En compensación este fue un poco más largo... :P
Sobre el capítulo... uy, ¿fuerte? Bueno, me gustan las vueltas de tuerca. Quienes quieran asesinar a Yaten pueden intentarlo, pero denle en beneficio de la duda por ahora... es un patán, sin duda. Pero algunos tienen remedio... otros... ejem, ya veremos. XD.
Espero les haya gustado, aún con todo lo deprimente que pudiera parecer, ja, ja!
Abrazo a todas, y espero sus opiniones y comentarios.
Kay
