Musa

6

"El plazo de Tsume"

No vi a Kiba durante los días que le siguieron y me sentí la gorda más desgraciada del universo. Con la sentencia que me había dado Tsume me puse ansiosa y devoraba secretamente los dulces que ocultaba papá en su gaveta para las visitas. Como casi nunca llegaban personas a la casa, la gaveta siempre estaba llena y cada vez que me encontraba sola en casa, desesperaba. Había desarrollado un inusual interés por las naranjas y agradecí que fuera una fruta en vez de una fritura, al punto que al maní que estaba algo más crecido lo apodé como naranjita. Era el nombre clave y con Kiba hablábamos del tema frutal en público sin que alguien sospechara algo. Claro que Kiba ya no me frecuentaba como esperaba que lo hiciera, el insistente llamando del lobby me tenía exasperada y por unos momentos pensé que podría ser una excusa para dejar mi mórbida figura a causa del asco.

Lloré incontables veces en el regazo de Sakura al ser sólo ella que sabía del tema de naranjita. Ella me calmaba diciéndome que eran las hormonas hablando por mí pero a esas alturas ya poco me importaba escucharla, según mi propio punto de vista, mi vida terminaba al decirle a papá que tendría a naranjita por nieto o nieta. Quizás se enfadaría tanto conmigo que me desterraría a un pueblucho de segunda a la espera de que la fruta naciera y entonces, volvería a la aldea triunfante con el retoño en brazos, diciendo que era un primo lejano que había quedado huérfano y que nos haríamos cargo de él, registrando a papá como el padre legal de naranjita. Aunque la idea se me hacía añeja y poco moderna, el ascua me tenía inventando disparates y la soledad, convirtiéndome en una loca sin remedio. Una loca preñada.

Esa locura entre mareos y antojos secretos, se curaba una vez Kiba aparecía por la puerta. Generalmente llegaba con algún regalo entre las manos, eternamente orgulloso de que estuviera ganando dinero de una manera más trabajosa y remunerada, pero casi siempre sus presentes eran comestibles. Las primeras veces las aceptaba con cierto rechazo, quería mantener la compostura de señorita equilibrada, pero a la tercera y cuarta vez mi olfato se había vuelto más fino y me revolvía los sentidos hasta el punto de inducir el hambre cuando en realidad no lo tenía. Después venía el arrepentimiento de comer tanto cuando no lo necesitaba y me torturaba pensando que el chocolate amargo se me iba acumulando en las nalgas en forma de celulitis.

Kiba sólo se reía de mí y me consolaba diciendo que estaba exagerando aunque reconocía que si llegara a suceder lo que yo tanto profetizaba, no estaría del todo triste. Llegué a pensar que lo hacía para hacerme subir de peso pero la voz de la razón apareció en el fondo de mi cabeza y me gritó con furia el hecho que estaba pasando por alto, Kiba era un hombre y no era muy creativo al momento de hacer un regalo y los dulces son más que sencillos de pensar, además de que la gran gama de posibilidades le permitían variar el presente para que no me aburriera.

Por supuesto, papá no pasó por alto esa nueva actitud que tenía Kiba y de la gran cantidad de envolturas coloridas que descubría en la basura, mostrándose bastante sorprendido cuando le comenté que estaba postulándose para capitán y por primera vez en todos esos meses, lo vi entusiasmado con la idea de que fuera mi novio. Algo que sumaba muchos puntos con él, era la proyección y la responsabilidad, y Kiba no las tenía al principio de nuestra relación.

Comenzó a ser más amigable con el chico que pocas veces podía escaparse para verme en la florería y cierta oportunidad, cuando me fui a la parte trasera del vivero a dejar unas gardenias, papá aprovechó para entablar una conversación con el Inuzuka.

—Ino me dijo que estás trabajando para ser capitán. —comenzó el rubio y cuando lo escuché, me apresuré para volver al mostrador. Kiba se mantenía estoico mirando la puerta esperando mi regreso y cuando se dio por aludido, sonrió ligeramente y asintió. —Es difícil a tu edad pensar en eso. Me imagino que debe haber un motivo de tu decisión. —adivinó papá y casi me quedé calva de la impresión. Como estaba torpe por el peso de más llegué justo para la parte final y vi por la expresión de Kiba que estaba por confesarse, había trazas de culpabilidad en sus ojos afilados y una inmensa carga sobre sus hombros. Pero aparecí antes.

—¡Papá! No hay más abono. —dije tan fuerte como pude y el espía pronto se desconcentró, y partió al mercado con desesperanza, si sus gardenias se marchitaban o perdían luminosidad, su ánimo también lo haría.

Tanto yo como el chico nos quedamos en silencio incómodo y Kiba de pronto suspiró desesperado. Estuvo a punto de delatarnos y eso nos arruinaría todos los días que venían. Me disculpé por mi arrebato por que sabía que entre más tiempo pasaba, más grande se hacía el problema y el plazo de Tsume se comenzaba a terminar.

Poco después me llevó al departamento que le habían asignado. Estaba en los pisos más altos y yo hacía esfuerzos enormes para mantenerme aparentemente calmada cuando tenía el corazón palpitándome hasta en los ojos por el cansancio de preñada. Kiba me ofrecía descansar cada dos pisos pero yo, orgullosa, no quería aceptar que estaba fuera de forma y seguía subiendo escaleras. Sería como una forma de bajar los kilos de sobra, pensaba yo.

Su departamento no era amplio pero a falta de muebles, lo parecía. Tenía el colchón sobre el suelo y apenas unas sábanas encima, la ropa la tenía sobre una silla que servía de decoración y al mismo tiempo, mesa de noche. Era un inicio pobre pero funcionaba, era el único lugar donde éramos libres de hacer lo que se nos diera la gana y Kiba no se molestaba en ocultar el deseo que aún sentía por mí, desde la noche que habíamos creado a naranjita. El problema era que me había vuelto pudorosa al grado de que fuera una tortura bañarme y verme el abdomen inflado como si me hubiese tragado un melón entero. Ahora era visible y mis pechos estaban llenándose de leche paulatinamente y estaban algo más grandes. Me sentí voluptuosa y deforme, aunque Kiba estuviera más entusiasmado de verme desnuda que cuando estaba delgada y hermosa.

—¿Me podrías hacer un favor? —dije de pronto, Kiba suspiró, estaba tan cansado que mi voz lo traía de vuelta al mundo real cuando quería dormir. Estuvo todo el día de turno, durante toda una semana, y la tarde que tuvo libre, me invitó a su departamento para descansar junto a él, puesto que resultaba más fácil tenerme cerca y descansar que hacerlas por separado.

—Depende, ¿me tengo que levantar? —me dijo con un ojo abierto y el otro cerrado. Sonreí culposa y algo molesta por su comentario, ni yo misma entendía las mezclas de sensaciones que estaba sintiendo.

—Por supuesto que no. —dije algo molesta. Ya habíamos comido algo instantáneo y se recostó en la cama para dormir antes de tener que irme a dejar a mi casa entrada la noche, a eso de las diez de la noche. Como yo tenía todo el tiempo del mundo puesto que sólo cumplía turnos cortos en la florería e impartía pocas horas a la semana clases en la academia, estaba descansada como por dos años, muy a diferencia de Kiba, y no pegué un ojo en toda esa tarde. Me entretuve rizando su pelo castaño con los dedos y él, para dejarme tranquila me tomaba las manos con suavidad y me abrazaba por la espalda. Como ya estaba acostumbrada a sus muestras de cariño, su ahora estrategia para dejarme tranquila duró la primera hora. Ya me estaba aburriendo. —No hablemos de naranjita cuando estemos solos.

—Pero eso no tiene sentido. Es cuando podemos hacerlo, Ino. —dijo sorprendido de mi nueva locura.

—No quiero hacerlo, al menos por un tiempo.

—Como tu quieras. —respondió intranquilo y cerró los ojos otra vez, cuando se acomodó nuevamente para descansar, volvió a despegar los labios. —Sólo para que lo sepas, fuiste tú quien trajo el tema ahora.

Me reí por mi incoherencia y caí en cuenta que, no era que habláramos siempre de naranjita estando solos, sino que yo no podía para de pensar en eso.

Para mi suerte, entramos en invierno y el frío gélido me daba la excusa perfecta para andar tapada de pies a cabeza. Comencé a usar el uniforme oficial de la Hoja por primera vez y me sentía como un tarro sin curvas, pero era lo único que me iba disimulando la subida de peso. Seguía impartiendo clases en la academia y me sorprendía que no me llamaran a alguna misión especial, aunque lo agradecía, el ritmo lento que había tomado mi vida me servía para aparentar. Lo único que iba extrañando era a mi cómplice, entre más iba pasando el tiempo, más lo solicitaban y los ratos libres los usaba para descansar. Tiempo para mí ya no iba quedando pero disimulaba, era fuerte y no lo necesitaba, aunque a veces me deshidratara llorando en la noche cuando papá estaba durmiendo.


Como si no tuviera noción del tiempo, me dirigí a la florería a cambiar de turno con papá para que éste pudiera cumplir con sus jornadas en el Cuartel de Espionaje y Tortura, sin darme cuenta realmente que ese día se terminaban los momentos de aparente tranquilidad ya que el plazo llegaba a su término. Mucho tiempo después supe que la mamá de Kiba estaba consciente de que no tenía las agallas de enfrentar a papá y que estaba segura que la emisaria de aquella noticia nefasta sería ella. Cuando me anuncié en la tienda al son de las campanas de viento puestas en la puerta, no tuve más remedio que adentrarme a la florería con los pies convertidos en dos piezas de plomo. Tsume acababa de terminar de hablar con papá que estaba más pálido que una tiza y me miró con los ojos desorbitados, completamente incrédulo.

—¿Dónde está Kiba? —preguntó mi flamante suegra y yo negué con la cabeza ligeramente, tan muda como había quedado papá. Luego traté de zafarme del nudo en la garganta para que mi respuesta lo dejara lo mejor parado posible y papá no lo sintiera como un descarado.

—Lo han llamado del lobby, estuvimos juntos hasta hace poco. —dije con la garganta apretada y de mi pecho salió un sollozo pero sin lágrimas. Estaba tratando de mantenerme en calma y no enloquecer al frente de los futuros abuelos.

—¿Es cierto, Ino? —me cuestionó el rubio con la mente alborotada con posibles mentiras y verdades de lo que pudiera estar pasando, quizás lo que la loca matriarca del clan canino estaba diciendo era un disparate que se le había ocurrido, o quizás no era así. No lo sabía realmente, tampoco me estaba creyendo el cuento de que estaba encinta, sólo notaba el considerable aumento de peso pero no había sentido movimiento dentro de mí, no sabía si lo que tenía alojado en el cuerpo era una criatura viva y no un revoltijo de comida producto de una ansiedad extraña. Asentí con los ojos secos y el rubio me analizó con curiosidad.

¿Cómo no se había dado cuenta de mi cambio de cuerpo, de mis ansiedades y mis piernas cansadas? Quizás estaría pensando que no era el mejor padre por que pecaba de despistado. Tampoco me había hablado de los hombres, ni de sus diferencias con nosotras, cosa que me parecía inútil por que yo ya las conocía charlando con mis conocidas, aun cuando no había medido las consecuencias cuando le di ese abrazo caliente a Kiba, entregada y cegada.

Tsume decidió que era momento de ella para retirarse, era natural que Kiba no me advirtiera de su llegada por que su relación con su madre estaba muy rota y no se veían desde que había dado su ultimátum. La vi retirarse y caminar a la esquina desde las ventanas y me encogí de brazos cabizbaja. Aunque papá pensara que la culpa en todo el asunto la tenía solamente él, yo no terminaba de convencerme que no era más que yo la pecadora y ardería en el infierno por mis malas costumbres y haberle manchado el apellido a papá.

—Lo único que lamento es que no me hayas contado en cuanto lo supiste. —comenzó papá arrepentido y sentí que el mentón me tiritaba sin control. —Sólo quiero ayudarte. —confesó con la voz quebradiza.

Como era de esperarse, el rubio no fue a su turno en el cuartel y a la mañana siguiente vinieron unos emisarios a entregar un furioso mensaje de parte de los superiores pero papá no le dio importancia. Le dije lo que tenía en mente, irme lejos de la villa a tener el crío y volver flamante, con el cuerpo compuesto para aplacar los secreteos de los vecinos y papá me respondió con un no rotundo. Según él, la mejor manera de callar a los habladores era pasear delante de ellos con la frente en alto y no pudo sacarme de casa a caminar si no era realmente necesario. Tampoco me permitió usar el uniforme oficial por que decía que me estaba afeando y me vestí de civil para recuperar la gracia que naturalmente tenía.

El mismo día que vinieron los edecanes a reprenderlo, fue a la oficina de mis superiores para excusarme de cualquier actividad que me forzara demasiado, aceptando abiertamente que estaba embarazada y así, sólo me tuve que preocupar de la academia y de la tienda. ¿Dónde estaba Kiba? No tardó en aparecerse por la florería sin tener la idea de que ya estaban todos al tanto de la situación y al verme como civil, realzando la figura de zapallo en vez de ocultarla, no hizo más que sonreír ante la impresión. Traté de sonreír también cuando me extendió el nuevo regalo que traía en las manos, más fino y más chico, por que lo lujoso siempre viene en pequeñas cantidades. En cambio, miré a todas partes en busca de papá que se había perdido momentáneamente en la parte trasera de la tienda en busca que una vasija vistosa para su nueva adquisición, una flor importada.

—Hola, Kiba. —dije nerviosa pero el chico no se dio por aludido y en cambio, se me acercó emocionado.

—Te ves muy bonita. —dijo y se sentó a un lado mío detrás del mesón. No pude evitar sonreírle y le di las gracias, pensé que nada malo nos podía pasar, hasta que papá hizo su aparición en la parte visible de la tienda y nos miró serio a mí y luego a Kiba. Desesperé y el chico se levantó del asiento con rapidez, extendió la mano con respeto y dijo: —Buen día, señor.

—Creo que tenemos que hablar, muchacho. —respondió de vuelta y Kiba supo enseguida lo que temía. Luego, el rubio se dirigió a mí, tenía la intención de platicar con el chico a solas por lo que me quiso fuera de la tienda. —Ino, no hay más abono, ve al mercado.

Por supuesto que sabía que había abono, había llegado el último encargo durante la mañana, así que me levanté pesadamente del mostrador y salí fuera, a sentarme en una banca a pleno sol y me quedé ahí durante la media hora que se demoraron en hablar. Esta acalorada cuando Kiba salió de la florería con la cara sin vida y saltón, quise acercarme y él se apresuró a aproximarse, manteniéndome sentada. Me acarició el mentón suavemente y me prometió que me volvería a visitar al día siguiente, que ya no le quedaba tiempo y se despidió brevemente.

—Espera, ¿qué ocurrió? —pregunté alarmada y papá salió de la tienda para ver qué era lo que me demoraba tanto, nos miró expectantes. El chico forzó una sonrisa y me negó con la cabeza.

—Nada importante. —y se fue.

Lo miré hasta que desapareció de mi vista, luego, me dirigí a papá con cautela aunque eso no quitara el hecho de que estaba furiosa. Lo interrogué, qué era lo que le había dicho.

—Todo lo que tenía que decirle. —respondió simplemente. —Que ya estés encinta no significa que podrán hacer lo que les de la gana, son niños.

Básicamente lo que papá le había dicho al chico era que no podía volver a estar conmigo a solas en casa ni podía ir a su departamento. Las visitas sólo serían de día y que ni pensara en casarse conmigo una vez que naranjita naciera. Para él, el amor entre adolescentes no era más que un alborote de hormonas y lo que sentíamos por el otro, no era más que el instinto que se estaba despertando en nosotros. No quería que arregláramos un error, cometiendo otro, dijo. También dijo que no se sabía lo que iría a pasar con naranjita una vez que naciera, el que hayamos mezclado los clanes sin pensarlo había abierto un debate: ¿qué clan debería quedarse con la criatura? Si se decidía que uno de nosotros tenía que dejar nuestro clan para unirse al otro o si se formaba otro completamente nuevo, eso lo decidiría un consejo conformado por miembros de los dos clanes y un mediador que velara por el orden.

Aunque papá me mantuviera informada de todas las sesiones, poco sabía de la decisión final de todo el asunto.


Me sentí como animal de zoológico cuando comprendí que la florería se llenaba de clientes curiosos y no precisamente por las flores de la estación otoñal. Las opiniones estaban divididas, había quienes me trataban cordialmente en mis fugaces idas al exterior, fuera de la tienda. Otros simplemente me evitaban, una embarazada era difícil de tratar, especialmente una adolescente, quizás la bolsa se me reventaría mientras hablaba con ellos o qué se yo lo que se les pasaba por la mente. Kiba, en tanto, era el incógnito. Aunque lo vieran pasear conmigo por las tardes para hacerme caminar y oxigenar mi sangre, algo que papá siempre estaba presionando, no sabían a ciencia cierta si era o no el padre de la criatura. Lo miraban como un ejemplo, se había quedado con la chica fácil aún cuando le había sido infiel con otro, decían las chismosas señoras de las tiendas vecinas. Muy bien, Kiba, te felicito. Me embarazaste y quedaste como el bueno de la película.

—Están mirándonos. —lloriqueaba cuando veía a los curiosos y Kiba chasqueaba la lengua.

—No lo están haciendo. Estás paranoica. —mentía y me instaba a seguir caminando.

—Quizás no debí venir, el lobby debe estar repleto a esta hora. —dije mientras lo tomaba de la mano y me quedaba parada, y que a su vez, él también lo hiciera. Kiba rió.

—¿Desde cuándo estás así? Pensé que sólo había una Hinata en la aldea, solías ser más segura. —dijo y yo fruncí el ceño. —Las señoras del mercado me siguen creyendo psicópata cuando voy allá y eso lo conseguiste solamente con un grito.

—Ahora es distinto, Kiba. —murmuré y volteé la cabeza con desgano, Kiba sonrió.

—Yo lo veo igual. —y siguió caminando.

Como si fuera pitonisa, el lobby estaba lleno y la sensación térmica era de unos grados más arriba que afuera. Me sentí fuera de lugar, mucho tiempo atrás estaba trabajando como chunnin, ahora sólo era una civil común y corriente. Me imaginé un futuro cercano, cocinando, planchando y criando. Kiba sólo estaría unas horas en casa para ver cómo crecía naranjita y la Yamanaka que había sido era absorbida por el clan canino. No quise pensar que ese podía ser más que una visión y me rehúse. Estaba decidida a conservar mi apellido y mi rango, quizás optaría por el examen para subir a jounnin una vez que diera a luz. Sonreí ante mi pensamiento y Kiba no pasó por alto mi incoherente felicidad.

Me tomó de una mejilla y tan brusco como podía ser, me acercó a su rostro y pegó sus labios en la mejilla opuesta. No pude evitar sobresaltarme a su arrebato y lo miré como tonta unos momentos. Claro que se alejó tan rápido como su espontáneo beso y me quedé sola en medio de la estancia mientras Kiba hacía el largo papeleo para salir de sus obligaciones por el día. Suspiré, para lo único que había ido era para esperar, por lo que me devolví unos pasos hasta llegar a unos asientos vacíos y reposé en silencio, buscando con la mirada algo para leer, una revista o un reporte, todo servía.

—Buen día, Ino. —me alarmó una voz desde mi frente y levanté la cabeza con lentitud, no quería encontrarme con nadie en mi trayecto al lobby, ni de vuelta. Traté de sonreír cuando vi a mi superiora, Shizune-sempai, la que me supervisaba en mi ninjutsu médico.

—Buen día, sensei. —dije de vuelta y me contorsioné de manera que la panza de preñada no se notara en demasía. Ella sonrió ante mi conducta pero su condición de médico la hacía impasible en cuanto a mi embarazo de seis meses. Me preguntó acerca de mi estado y cómo me estaba sintiendo últimamente, si es que la iría a visitar dentro de los próximos días para un nuevo control médico. Me reí un poco, sólo ella y Sakura sabían el sexo de naranjita, ya que Kiba se había puesto histérico en cuanto nos dieron la posibilidad de conocerlo y decidió no saber, pensé que sería porque aún no quería asimilar nuestra situación pero no lo culpaba, yo tampoco quería hacerlo.

—Shizune-sensei, le quería preguntar algo.

—Adelante, Ino. —respondió ella sonriente, Tonton gruñó un poco. Shizune la dejó en el suelo y fue entonces cuando hablé otra vez.

—Me estaba preguntando si pudiera inscribirme en los próximos exámenes para subir de rango, me gustaría ser jounnin. —dije simplemente y ella se sobresaltó. Los exámenes jounnin eran un tanto menos numerosos que los chunnin y se hacían en grupos pequeños, tomando en cuenta el número de misiones tomadas como chunnin. Según mi opinión, ya contaba con los requisitos suficientes para serlo y pensarían que era simplemente para darle una mejor vida a Naranjita, y en cierta medida lo era, puesto que no quería quedarme haciéndolas de ama de casa sólo por haberme embarazado.

—¿No crees que no estás en las condiciones para hacer los exámenes, Ino? —me dijo mi superiora como tratando de cambiar el tema y yo negué con la cabeza.

—Eso lo tengo en mente. Tengo seis meses aún pero no planeo darlos ahora, puedo esperas tres o cuatro más. No quiero perder mucho tiempo, sensei.

—No creo que tengas mucho tiempo libre en tres o cuatro meses, ¿qué te parecen seis? Hablaré con Tsunade-sama para que te de las indicaciones como corresponde, Ino, no hay necesidad de apresurarse, aún eres joven.

—No lo entiende, debo hacerlo. —dije con la misma determinación que obligó a Kiba a convertirse en capitán, si mi vida había cambiado de esa manera tendría que ser para bien, o terminaría maldiciendo el día en que naranjita había aparecido.


Nota de la Autora: Después de mucho tiempo, he aquí el penúltimo capítulo de Musa, ¿ahora ya entienden por qué se llama Musa? Si no lo saben aún, es por que inspiró a Ino y a Kiba a hacer algo por sus vidas, más grande de lo que ellos esperaban hacer.:) Espero que les haya gustado pero antes de irme, les dejaré un concurso jaja Ojalá lo tomen en cuenta puesto que me imagino que sólo una persona atinará a participar xD Esperemos que no sea así... Bueno, aquí va: Pónganle un nombre y género a naranjita, es su decisión :D Elegiré la mejor proposición, esto bajo mi percepción.

Gracias por haber leído hasta acá, por sus comentarios, los quiero mucho y espero que hayan tenido una feliz navidad y un año nuevo topísimo, si es que no alcanzo a actualizar antes del 31. RP.